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Divertimento glíglico

Los maldos corvos
protan, binan y gajan.
Salamen sobre el pairo,
eneldan sus gafres.

¿Cós el calve
su pérido bofo?
¿O lanca, devirado,
sus poles vileritos?

Obsturva la comada
de báleres colerizos
y páino el aragonte
salica sus reboles.

¿Ega toma?
¿Vere gota?
¿O fístulas las cotas,
se geran y supinan?

Pole to, to.
Pole to que firo,
omito.
Químa so, a vota sé…

Paranoia

Había visto las noticias todo ese tiempo; cualquier persona que apreciara su vida tenía que hacerlo.
Según decían, y siempre se ocultan verdades en estos casos, había un asesino en la ciudad. Alguien que contaba media docena de crímenes en apenas un par de meses. Y la policía, para variar, no tenía pistas; decían que lo único que ligaba a las víctimas era la virulencia con que habían sido atacadas.
Cinco hombres y una mujer; esto, ella, pareció haber desconcertado aún más a los investigadores. Los asesinos seriales difícilmente atacaban a personas de distintos sexos, pero el modus operandi era el mismo que en los crímenes cuyas víctimas eran de sexo masculino. Ataques por la espalda con un arma blanca. Se decía que debía ser un cuchillo de hoja gruesa, pues uno convencional no podría soportar aquel maltrato sin quebrarse.
Él sabía de eso, devoraba los programas de investigaciones en el cable y era un asiduo visitante de cada web sobre crímenes que encontrara en la red.
Porque el conocimiento salvaba; no había otra forma de decirlo. Si se conocían las costumbres de los criminales o las características de los lugares donde solían atacar, se podía establecer una rutina que, a la larga, podía salvar la vida.
No se le escapaba, sin embargo, que aquella frase constaba de dos condicionales. De uno sólo, en realidad, aunque repetido.
Entonces mucho de lo que estudiaba, gran parte de lo que planificaba estaba teñido por el pensamiento mágico, por el deseo de que todo funcionase bien. Se podía extremar precauciones, pero nunca se estaría cien por ciento seguro.

Al principio eso no le molestaba, pues estaba consciente de que en el país no había más que un antecedente; bueno, existían otros, pero eran personas de mala vida que se deshacían de la competencia.
Pero la duda era un parásito insidioso; se mantenía callado, inmóvil en apariencia, pero moviendo lentamente su colita ponzoñosa. Y el efecto de ese veneno que se destila lentamente es el miedo a toda sombra, a todo ruido imprevisto, a la forma que una imaginación agitada dibuja tras cada árbol o zona oscura.
Por eso miraba hacia atrás al llegar a las esquinas, por eso usaba suelas de goma, suelas que no interferían con su sentido del oído, que le permitían estar alerta. A veces escuchaba pasos detrás de él, pasos que le seguían pero que desistían al notarle atento, en tensión, preparado.
Aunque no siempre era así; no, no lo era.
Y había tenido que actuar en consecuencia, lo habían obligado a devolver con saña cada golpe que pensaban asestarle.
Seis veces lo había hecho, ya.

Zetting

– Finnegan, deberá hacerse cargo de su escuadra. – dijo el capitán Fortswithe – ¿Puede hacerlo o tendré que llamar a alguien más, chief?

No había “alguien más”; días atrás, los pacos y las ametralladoras pesadas habían diezmado el regimiento desde casi una milla de distancia. Por eso el capitán hablaba conmigo, apenas un cabo, para que dirigiera la artillería durante el ataque. Pero, aunque nuestros números fueran los correctos, habría aceptado sin vacilar; quería vengarme de aquellos bastardos.
El ataque a Zetting era apenas una manobra de diversión dentro de una ofensiva mayor que cubriría varios sectores del frente, sería la respuesta aliada a la ofensiva de las Ardenas. Los nazis nos habían tomado por sorpresa y el alto mando quería que pagaran la afrenta con sangre.

Observaba el pueblo desde una colina cercana. Nos habíamos dado de bruces con un habitante que huía aprovechándose de la confusión y nos había hablado de dónde estaban los alemanes y con qué equipamiento contaban. Con esa información había precisado dónde caerían mis obuses; llamé varias veces a la unidad meteorológica para cerciorarme de como estaría el clima a la hora del ataque; no quería que nada saliera mal.
De repente un reflejo en el campanario llamó mi atención. Duró menos de un segundo y apenas lo vi por el rabillo del ojo, pero estoy convencido de que estaba allí. Revisé mis notas y vi que la iglesia no era uno de los objetivos. Eso habría de cambiar, porque no había mejor lugar que la altura de su torre para instalar un nido de ametralladoras o para que un paco se apostará allí con su fusil de precisión.
Comuniqué las nuevas coordenadas a mis muchachos para que agregaran ese objetivo; un par de disparos de 105 serían suficientes.

Cuando llegó la hora señalada, me quedé pegado a los binoculares mientras los obuses volaban sobre mi cabeza, me puse en marcha cuando vi que el campanario de la iglesia comenzó a desmoronarse tras un impacto directo.
Trepé de un salto al jeep que me aguardaba colina abajo y avanzamos en loca carrera tras la infantería que corría tras la cortina de artillería que se desplazaba barriendo todo a su paso. Había que tener cojones para hacerlo; a veces, la metralla y los escombros volaban sobre ti, pero si les dabas tiempo, los hunos se reponían y comenzaban a disparar ni bien levantaban la cabeza.

Llegué diez minutos tras la avanzada y la situación parecía ya de relativa calma.
– Los nazis abandonaron el pueblo ayer por la noche, chief. – dijo un soldado nada más bajé del jeep. – Sólo hay algunos heridos que se quedaron para cubrir a sus camaradas…

No sé cómo habría continuado, pero una mujer le interrumpió con sus gritos, mientras corría hacia nosotros.
– ¡Les enfants! ¡Les enfants, monsieur soldat! – no hablaba una palabra de francés, pero uno de los alemanes, alarmado, tradujo: ¡los niños, se refiere a los niños!

Corrimos tras la mujer y al girar una esquina vinos cómo el campanario de la iglesia había caído sobre un edificio anexo a ésta. Uno de los muchachos corrió hacia mí, líneas claras marcaban sus mejillas, las lágrimas habían barrido el polvo, allí.
– La torre cayó sobre el orfanato, chief. Habían traído niños de toda la zona. –

¡Oh Dios, no! – pensé mientras corría. – ¡Por las dulces lágrimas de Cristo, no permitas que haya asesinado niños!

Nos lanzamos sobre los escombros, tratando de liberar a los pequeños. En un momento alguien, no recuerdo si francés, alemán o de los nuestros, levantó la mano y pidió silencio.
Sobre el tronar de los cañones del ataque principal, a cinco millas de allí, escuchamos el ahogado llanto de los niños atrapados bajo los escombros.
Luchamos contra los restos de las paredes derrumbadas, y, poco a poco, fuimos abriéndonos camino. El esfuerzo no conocía de bandos, pues aún los alemanes, con sus vendas ensangrentadas, se afanaban igual que nosotros.
Pero sus camaradas, que no sabían de nuestro esfuerzo, iniciaron un contraataque y el pueblo recibió su segunda barrera de artillería del día.
Milagrosamente, las cargas cayeron a nuestro alrededor mas no afectaron nuestro trabajo. Quedaba poco, ya, cuando empezaron a oírse disparos.
Muchos de mis compañeros huyeron, pero yo no podría haber vivido de haberlo hecho, así que me quedé, escarbando con mis manos desnudas, manchando de sangre cada escombro que tocaba.
De repente, una bala silbó sobre mi cabeza y otras más le siguieron como abejorros enfurecidos, me volví, tratando de tomar mi Garand cuando vi una granada volando en mi dirección.
La explosión me hizo volar por los aires, un retorcido trozo de metal asomaba de mis entrañas.
Antes de perder el sentido vi que los niños empezaban a salir por un hueco entre los escombros; uno de ellos clavó sus ojos en los míos, como si supiese quién era yo.
Ese es mi último recuerdo de la guerra…

Haditha

El calor era abrasador, incluso para alguien criado en Nuevo México. En casa podías soportarlo porque sabías que, por más pesado que estuviera el sol, el aire acondicionada te esperaba cuando volvías al camión o la casa. En la noche la temperatura volvería a caer, como siempre lo hacía en el desierto, pero a mediodía nada quería moverse. Desearía estar en casa, allá, en Los Álamos, la semana próxima será el día de la pesca sin licencia. De estar allí invitaría al viejo e iríamos a tirar nuestras líneas al río Bravo. Tal vez así le encuentre sentido a la pesca, entienda por qué mi padre ama tanto hacerlo.
Pero ya he vuelto a distraerme, es la segunda vez que me pasa desde que he llegado. Lo más probable es que se deba a que este es el primer año que pasaré mi cumpleaños lejos de casa. Ya no soy un crío, pero la distancia tiene esas cosas. La añoranza, el desear cosas que jamás harías estando en Nuevo México.
Hace más de dos horas que estoy controlando el pueblo; los marines avanzan casa por casa y debo cubrirles las espaldas.
Esta zona es tranquila, no es Fallujah, pero nunca puedes fiarte de estos cerdos; no hay un día en que algunos de ellos quieran ganarse un viaje al infierno. Su único equipaje, una mochila cargada de explosivos. Daesh, les llaman aquí, aunque en voz baja, temerosa; hasta el ejército iraquí les teme.
¡Payasos! Perdieron casi todo su territorio sin ofrecer resistencia, huyeron como cobardes, dejando atrás incluso algunos de los Abrams que les dimos para volver a crear sus unidades acorazadas.
Esta semana apenas di cuenta de cuatro de ellos, muy lejos de la leyenda de Chris Kyle, pero lo suficiente para poner nervioso a algunos jefazos entre los jodedores de cabras. Inteligencia dice que han enviado a un par de sus francotiradores a cazarme.
No me preocupa, no les temo. Ellos creen ser muy valientes, pero en Sinjar retroceden frente a los kurdos y sus francotiradoras.
Abdulillah dijo que, si es una mujer quien te mata, no puedes ir al cielo, no te ganas el pasaje vip al prostíbulo de vírgenes que Alá montó en el cielo.
Por lo menos su paraíso parece más divertido que su país, donde no beben y están rezando la mitad del día; cualquiera lo desearía con esa vida miserable en este lugar horrible.

La radio cruje, Jim responde y me informa que hay un francotirador activo en el sector cinco. Debemos movernos rápido; el humvee llegará en dos minutos y hacerlo esperar es peligroso. Se detiene entre una nube de polvo, carrera hacia él, gritos, una conducción temeraria y subir tres pisos corriendo hasta el sitio donde estará nuestra posición de tiro.
Es un buen lugar, el campo de tiro está limpio y desde aquí controlo cinco bloques de la calle principal. Lo único que me molesta es que un hilo de la red de camuflaje está frente a mi visor. Miro a Jim, pero está transmitiendo nuestra posición al capitán; decido componer yo mismo mi puesto. Me agacho frente a la ventana, miró el cañón de mi Barrett y muevo un poco más la red.
– Sin novedad, cambio y fuera. – dice mi camarada; luego me mira y agrega. – ¡Sal de ahí, idiota! ¡Pueden dispararte!
Siento un golpe en la cabeza y me desplomo. Jim corre hacía mí…

Ejercicio Lorquiano

Y del ínclito maestro el camino he seguido.
Y tras pírricas batallas, el sosiego he conseguido.
No hallé en el descanso el ósculo querido,
mas si la yerma tierra de mis cultivos perdidos

Primer equinoccio

Caminábamos, soñando,
a la vera del rio.
Sabiendo que aquel momento,
efímero, sería lo único nuestro
en mucho tiempo.
Volvimos a la cama, después,
y las ansias supieron a despedida.
Las miradas, los suspiros, los sabores.
Las sonrisas compartidas
y los pasos lentos.
Como si todo el tiempo fuera nuestro.
Todo el tiempo, de todas las vidas.
Mintiéndonos la tranquilidad,
saboreando los minutos,
como si no estuviesen contados.
Conscientes del futuro silencio
obligado de nuestros cuerpos
Temiendo que en el futuro
no habría lugar, ni tiempo.
Es el recuerdo, la promesa que es,
cual invitación vacua,
enunciada sin ánimo de cumplirla
Quedan los sabores, las sensaciones.
Los recuerdos de sabores,
los recuerdos de sensaciones
Que agitan las ascuas
de un fuego que, languidece,
mas nunca se apaga

Mates

Ya casi no se hablaban así que decidieron separarse.
Pero, para evitar discusiones, acordaron repartir todo a la mitad.
Exactamente a la mitad.
Todo, hasta los mates.
Y para estar seguros de que tomaban la misma cantidad, no había otra que tomarlos juntos.
Así que allá siguen, compartiendo sus mates.
Uno para vos, uno para mí; uno para vos, uno para mí.
Y allí siguen, compartiendo todo.
Como toda la vida.

Amargo otoño

Y le esperó cada día
hasta que sus piernas
se hundieron en el suelo
y sus brazos se elevaron al cielo.
Entonces, sus pensamientos se convirtieron
en hojas de otoño y partieron
en busca de aquel
que se resistía al horizonte…