Archives for enero 2013

Pocos pesos de propina

Poco tiempo.
El taxi en la esquina.
Corro, no quiero perderlo.
Nadie dentro.
Nadie a la vista.
Mucho tránsito.
Taxis llenos.
El chofer sale del kiosco.
Sí, está libre.
La puerta trancada.
Da la vuelta despacio.
Renguea.
Apenas.
Se acomoda.
Demora demasiado.
No abre.
Pone algo junto a la radio.
Se estira y saca el seguro.
Agraciada y Bulevar
Un semáforo.
Otro.
Tres seguidos.
Maneja despacio.
Le pido que se apure.
Después que choqué, no corro más.
¿Te bajás y esperas otro?
No respondo.
Antes tampoco jugaba.
Señala.
Un número de lotería.
Junto a la Radio.
Sí ganas, es pa lío.
Mucho problema.
A mi dejame así.
Pero mi mujer dice que juegue.
Ponete el cinto.
Mucho milico, y la multa la pago yo.
Mirá esas minas.
Se les ve todo.
Liceales, tiene razón, polleras muy cortas.
Putas de chicas.
Todas putas.
Pasamos frente a una iglesia.
Se persigna.
Todas putas, repite.
¿Podemos ir más rápido?
No responde.
No acelera.
Hace calor.
Voy a llegar tarde.
Más semáforos.
Tiene que frenar de golpe.
Un ómnibus pasa cerca.
Muy cerca.
Se para en la bocina.
Están de vivos, estos.
Ahora acelera, enojado.
Llego justo a tiempo.
¿No tenés más chico?
Voy a buscar.
Se baja.
Esperame acá
Demora.
Lo veo conversar.
Una cinta roja en el retrovisor.
Olor a tránsito.
A tabaco viejo.
Sigue hablando.
Se ríe.
El billete de lotería.
Lo guardo.
Cruza despacio.
Me da el cambio.
Le dejo propina.
Poca.
Menea la cabeza.
Bajo.
Doblo la esquina.
Miro.
Va lejos.
Llego dos minutos tarde.
Me dicen que espere.
Miro el billete.
Lindo número.
Se sorteó a la tarde.
No saqué.

Perseo era crá

Perseo era crá
Pasa esto; había un rey, medio caracagada, allá en la antigua Grecia.
Bueno, con eso no limito mucho el rango, pero igual.
De otra manera que tampoco reduzco el target, es diciendo que éste rey consultó al oráculo, en Delfos, sobre su futuro.
Sigo sin reducir mucho diciendo que el oráculo dijo que su nieto lo mataría; más o menos, eso se aplica a la mitad de la realeza de Grecia.
La otra mitad, es aquella a la que la pitia dice que serán sus hijos, en lugar de sus nietos, quienes los matarán.
Éste rey, Acrisio, tenía una hija. Una hermosa mujer, llamada Dánae
Cuando el rey vuelve de Delfos, ordena encerrar a su hija en un sótano de palacio, para que ningún hombre pudiera acceder a ella y “conocerla” (Guiño, guiño)
¿Pero, que tienen en común los reyes griegos que son caracagadas y a los que el oráculo vaticinó una muerte violenta a manos de sus hijos/nietos/yernos?
Tienen una hija que está firme cómo teletubby en cama de velcro.
Y Zeus es muy de enterarse de eso.
¿Y qué hace Zeus cuando se entera?
Va y te preña a la nena.
Y uno no puede andar jactándose del suegro; porque viene Hera y te hace algo.
Generalmente malo.
Resulta que Zeus va y la ve a Dánae.
La ve y dice: ¡Ay, me meo!
Y se miyó nomás
Pero sobre la pobre Dánae, en lo que se conoce como lluvia dorada. Y parece que eso tuvo consecuencias inesperadas; los divinos pececitos de Zeus, inundaron el inmaculado cuerpo de Dánae.
Y le llenaron la cocina de humo.
En lugar de mearla, podría haber hecho otra cosa que era mucho más interesante, pero Zeus tenía esas cosas.
Acrisio se enteró que la nena estaba en la dulce espera. Y que necesitaba una ducha.
Pero sabía que, de tomar acciones contra su hija, atentaría contra el hijo de Zeus.
Y Zeus era mucho de fulminarte con el rayo si se enteraba que le limpiabas un descendiente; o te pegaba con la Égida, con resultados igualmente funestos
Tons, Acrisio pensó cómo podía deshacerse de su hija y del niño, que ya había nacido (es lo que tienen los pescaditos divinos; te sacan un botija enterito en un abrir y cerrar de ojos. Cualquier cristiano te hace un pibe en 38, 40 semanas. Pero Zeus te los desarrollaba en un par de noches nomás. Y, como bien puede afirmar Alcmena, Zeus te hacía durar las noches todo el tiempo que quería)
Bueno, total que el rey encierra a hija y nieto dentro de un gran baúl, que luego tira al mar.
Pero, como era medio ladino, agarra y dice: ¡Oh, Poseidón! A ti encomiendo al hijo de Zeus todopoderoso, de rostro cual fuego refulgente. ¡A ti, oh soberano de todas las aguas!
A ti encomiendo al hijo de Zeus y la princesa Dánae de Argos, su madre, mi hija.
Todo esto suena muy ceremonioso, muy griego.
Pero en realidad, era pa lavarse las manos.
Porque, si vos encomendás un baúl al dios del mar, podés alegar que, si sus incómodos ocupantes se ahogan, no es tu culpa, sino la del señor de las aguas.
Entonces, Poseidón se dice, allá en su trono de nácar, rodeado de Nereidas, Sílfides y Tritones; eleva su voz majestuosa, su voz cual rumor de mares lejanos y alegres cañadas de montaña, su voz que recuerda al arcoíris en las cascadas y a la lluvia corta de veranos luminosos.
Y dice: che, pa mí que éste está de dobandi
Porque el culo roto de Zeus se preña a cualquier gato fino de por ahí, y después los defiende como a hijos legítimos.
Así que Poseidón, pa evitarse problemas, se lava las manos y los hace derivar a la isla más cercana, que resulta ser Serifos.
El rey de Serifos se llamaba Polidectes y podía tener múltiples defectos; pero, definitivamente, la ceguera no era uno de ellos; así que, viendo a Dánae, se enamoró de ella.
Dánae lo rechazaba continuamente, por lo que, pasado un tiempo, el bueno de Polidectes, decidió tomar por la fuerza, aquello que no se le daba de buena gana (conducta que contradice aquello de “el bueno de Polidectes”), pero se daba cuenta que Perseo no parecía el tipo de hijos que toman a bien la violación de su madre.
– Mejor lo hago limpiar – se dijo Polidectes – Pero con cuidado, Zeus no debe saberlo.
Pero Zeus, el que lleva la Égida, es muy de enterarse cuando le limpian un hijo.
Es uno de los beneficios de ser el rey de los dioses (eso y descuentos en Corega. Porque sería horriblemente bochornoso que al rey del Olimpo se le caiga un tedien en pleno discurso ¿nocierto?)
Entonces, a Polidectes se le ocurre un plan.
Hace correr la noticia que iba a enamorar a la princesa Hipodamía (que era un caballo)
Perseo, cuando se entera, exclama: ¡Paaah! Esa mina está bárbara, si te la levantás, te hago flor de regalo de bodas; la cabeza de Medusa, una manada de briosos corceles, un apartamento en Puntaleste, lo que quieras.
Ahí Polidectes para la oreja y dice: te tomo la palabra, oh Perseo, querido como un hijo (mentira, pero había que disimular), nada haría mayor honor a mi amor por la bella Hipodamía.
No había forma de echarse atrás, porque toda la corte había oído su promesa, así que Perseo se vio obligado a partir en busca de la cabeza de la más famosa de las gorgonas.
Ser hijo del rey de los dioses tiene pila de ventajas, Zeus movió unos expedientes en el Olimpo y le consiguió algunas cosas que nunca deben faltar en ninguna expedición de matada de Medusa que se precie de tal.
Era una garantía tener de padre a Zeus; ta, ponele que Hera te complicaba, (como al pobre de Heracles) pero igual tenía sus ventajas.
Pero, como todo eso era en el tiempo de antes, no había ADN todavía; no se había inventado; (esas cosas son inventos de los japoneses, viste que a los japoneses se les da bien, eso de hacer las cosas más chicas) Zeus podía negar la paternidad, pero igual, siempre te apoyaba.
Resulta que Zeus le consiguió una bolsa de la que nada podía escapar, unas zapatillas que Hermes usaba para correr (como alitas tenían atrás) y Atenea, (que era medio machona) le regaló un escudo; tan pulido que te podías afeitar en el de lo bien que reflejaba y, por último, un casco de Hades que, si te lo ponías, eras invisible.
Un lujo para meterse en los vestuarios de las mujeres de los baños públicos de Atenas.
Entonces, Perseo va a la caverna donde vivían las parcas, Clotho, Athropos y Laquesis, que serían muy parcas pero tenían un sólo ojo, que se iban pasando por turnos.
Nuestro héroe se escondió tras ellas y, mientras una se le pasaba a otra, se apoderó del ojo que compartían (Re mal, Perseo, ahí; aprovecharse de la gente con capacidades diferentes)
Pero en la antigua Grecia, eran muy de divertirse así; a Homero, ese que escribió de la guerra de Troya y eso, le decíamos que lo ayudábamos a cruzar la circunvalación del Partenón y lo dejábamos ahí, entre los carruajes y eso. Divertidísimo
Y al Pigmalión ese, el escultor, también lo podíamos por rarito (medio enfermito era, se culeaba las estatuas)
“Che, media fría tu novia” le gritábamos, “Media dura de entender, ¿no?” cosas así.
Al final se armó una que estaba muy buena y Afrodita le dio vida (aunque bailando era durísima) y la llamó Galatea.
Al final, todos los que nos reíamos de él, le terminamos envidiando la mina.
Habíamos dejado a Perseo con el ojo que le había robado a las parcas; ellas para recuperarlo, le dijeron donde vivían las gorgonas.
Las gorgonas eran tres hermanas, una de ellas era Medusa.
Se ve que era el apellido o algo, las Gorgonas; como las Pérez, las Gómez, y eso.
Perseo entró a la caverna donde vivían las Gorgonas y esperó a que estuvieran dormidas. Cuando lo estuvieron, usó el escudo de Atenea para cortarle la cabeza a Medusa, sin mirarla directamente.
Porque la cabeza de Medusa, además de lacios cabellos, que en realidad eran víboras, tenía unos ojos horribles cuya sola contemplación, te convertía en piedra.
Y ahí no había Afrodita que te salvara; te quedabas hecho piedra por toda la eternidad y algunos meses más.
Luego de decapitar a Medusa, Perseo guardó la cabeza en la bolsa mágica y huyó.
Pero debió ponerse el casco de invisibilidad, porque las hermanas de Medusa habían despertado y no tomaron muy bien eso de encontrar a la hermana decapitada.
Los zapatos de Hermes son lo último a la hora de surcar raudo los cielos, sobre todo si sos perseguido por un par de furiosas gorgonas, aunque, justo es decirlo, de poco luce la elegancia si uno usa el casco de invisibilidad de Hades.
Cuando Perseo se acercaba a su isla, pasó frente a Etiopía, donde había unos barrancos, a los que estaba encadenada una muchacha.
La madre de la nena no sabía mucho de la debida humildad para con las deidades, así que se anduvo jactando de estar más buena que las Nereidas.
A los dioses no les importa que, en realidad, vos sí estés mas buena que comer dulce de leche con el dedo, lo que les molesta es que lo andes pregonando por ahí, así que llenaron de calamidades al pueblo.
Y los llenaron de plagas e inundaciones, hasta que los sacerdotes dijeron que la pobre botija tenía que ser ofrendada al mar y devorada por un mostro marino.
En aquella zona se daban mucho; había bastante pique de mostros marinos en aquellas costas.
Pero resulta que Perseo venía, vio a esa hermosa muchacha y se enamoró de ella.
Lo que fue muy conveniente para Andrómeda, ya que el mostro se acercaba y parecía tener bastante apetito.
Perseo, sacando la cabeza de Medusa de dentro del saco mágico, se la mostró al mostro al grito de:
“La saco del saco, se la mostro al mostro”
El pobre bicho quedó convertido en piedra y Andrómeda se enamoró de Perseo.
Regresaron juntos a Serifos y encontraron que Dánae y Dictis (un hermano del rey y padre adoptivo de Perseo) se habían encerrado en un castillo, acosados por Polidectes que quería tomar a Dánae por la fuerza.
Entonces, lleno de furia (a ningún botija le gusta que alguien se quiera enhebrar a la madre, y menos medio de a prepo) se apersonó a Polidectes y le dijo: Mirá que linda medusa, la medusa que cacé.
Y el tipo quedó de piedra.
Literalmente
Que es bastante más incómodo que hacerlo en sentido figurado.
Así que, con el apoyo de su hijo adoptivo, Dictis se convirtió en rey de Serifos y colmó de honores a Perseo y Andrómeda.
Luego, Perseo supo que era el legítimo heredero de Argos y para allá marchó, junto a Dánae y Andrómeda.
Acrisio se enteró que su nieto (y con él, la amenaza de la profecía) se dirigía a su reino, así que decidió escapar de incógnito.
Cansado de huir, dijo: ¡Ma sí; yo me vua ver unos partidos!
Y se detuvo a presenciar unos juegos en la ciudad de Larisa. Pero no fue de risa el final de su día, porque Perseo decidió participar en esos juegos, en el lanzamiento de disco.
Hera, que siempre traía desgracia a los hijos de Zeus, hizo que una ráfaga de viento desviara el disco de Perseo, con tanta mala suerte que golpeó a su abuelo, y lo mató.
De esa manera se cumplió la profecía, Perseo se convirtió en rey de Argos por legítimo derecho, pero cedió el trono a uno de sus primos.
Más tarde fundó Micenas, una de las más importantes y hermosas ciudades de Grecia.
Pero eso ya es otra historia.

El primer baño del tío Artemio

Resulta que mi tío Artemio no era muy amigo del agua.
No si no se presentaba en forma de cubitos.
Los demás tíos le decían que no podía ser así, que avergonzaba la familia.
– Tenés que ser como nesotro, Artemio, que se bañamo. Dos vece al año, aunque no haga falta, se bañamo.

Tanto insistieron que quedaron bien arrepentidos cuando, en pleno primer baño, el finadito tío Artemio se ganó ese título.
– Sino le estaríamos diciendo de bañarse, el Artemio taría vivo, todavía.
Hablaban así por telúricos que eran nomás, porque amaban la tierra. Excusa que usaban cuando los invitaban a bañarse.
– No, señor, amo a mi tierra y la llevo pegada. –

Pero el tío Artemio no era así. Trabajaba en los viñedos de Artigas. Cerca de Masoller.
El tío tenía un puesto de importancia. Barría. Pero no sólo dónde se veía, Donde no se veía también, aunque no hubiese alfombras.
Un día viene el gerente, que según el tío no sabía nada, y le dice: ¿Don Ramos, no se me anima a lavarme ahí los barriles?
Mi tío no le tenía miedo al trabajo. No señor. Le mandaban hacer algo y él se quedaba un rato largo quietito, pa’ demostrar que no se amedrentaba.
Valiente, el hombre.
Uno no se quedaría parado delante de un tren o de un tigre furioso. No, porque les tiene miedo.
El tío se paraba ahí, horas delante de un trabajo urgente, sólo pa’ dejar en claro que no le tenía miedo al trabajo.

Bueno, el gerente le pidió que le lavara los toneles y allá fue mi tío.
Y lavó las duelas (así se llaman los palos de los barriles) por afuera.
Tan bien lo hizo que hasta borró los carteles con los nombres de los vinos y las fechas.
Pero él sabía de vinos, así que agarró y les puso todos los nombres que sabía.
Le puso 1924 que fue cuando Uruguay salió campeón olímpico.
Muy del deporte y muy patriota mi tío, para qué negarlo.
Y estaba tan contento que decidió lavar los toneles por dentro también.
Si hago treinta, hago treinta y uno, dijo. Así que agarró la escalera y la apoyó en el barril “Clarete de la casa” cosecha 1924.
Pero le costaba subir con todos los cuestiones, así que dijo: mejor agarro y llevo sólo el jabón.
Y ta, bajó y dejó todo lo demás. Pero allá arriba no había lugar para pasar, así que le sacó la tapa al barril y se metió.
El tío era muy trabajador, pero muy distraído también, así que olvidó que, aunque parecía mentira, en una viña los barriles a veces tienen vino.
Así que, cuando revoleó la pierna, cayó en dos metros y medio de vino.
Con el estruendo vino gente de toda la bodega, para ver que estaba pasando, y lo encontraron al tío Artemio, braceando en el clarete.
La verdad sea dicha, como un tigre se defendió el tío a todos los intentos de sacarlo.
Tanto se resistió que, al final, se ahogó nomás.
Pero les dejó un vino que era un lujo, doce mil botellas del famoso “Clarete de la casa, 1924″.
Eso sí, hubo que velarlo de cajón cerrado, pobre tío, no quedaba bien que tuviera esa sonrisa de oreja a oreja en el propio velorio.
Y menos en el velorio de él mismo.

Pero peor fue cuando le cumplieron la última voluntad, que era ser cremado.
Con todo el alcohol que tenía tío Artemio adentro, el horno empezó a agarrar una temperatura que no se podía estar cerca, brillaba la chimenea.
Un faro parecía.
El horno quedaba cerca del río Cuareim, así que, con la luz que largaba la chimenea, pila de gente bajó esa noche a pescar a la encandilada.
De boca abierta, los pescado.
Bueno, abrían y cerraban, pero estaban bien sorprendidos, animalitos de Dios.
Chimenea así de brillante, no debían tener visto.
Todavía se recuerda, allá en Artigas.
Pero es un recuerdo agridulce, porque, que el tío necesitaba un baño, era cierto.
Pero andar muriéndose así, en pleno horario laboral…
Mirá sí la familia quedaba marcada de desprolija.

Mariposas que olían flores

En Japón, los cuadros son poesía.
Una vez, un maestro.
Puso la prueba final a sus alumnos.
Dibujen, dijo:
Un caballo que haya corrido entre flores.
Cosa harto difícil.
Pues, es fácil dibujar un caballo corriendo entre flores.
Más no que haya corrido entre flores.
Pero el maestro había sido explícito en su parquedad.
Frente a sus alumnos, sentado, y sin levantar la vista de su trabajo de caligrafía.
Dijo: Un corcel corrió entre los campos de flores.
Y un gesto, tan sutil como grácil, indicó que podían retirarse.
Una reverencia silenciosa.
A la que el maestro respondió, más con la voluntad que con el cuerpo.
Los despidió.
Larga se hizo la noche.
Llena de temores.
Y dudas.
La vergüenza de la familia.
La falta de aptitud.
La convicción que parecía ganar.
Pero la duda reptaba en el fondo de la mente.
Las horas fueron cortas.
Y, uno a uno, presentaron sus trabajos.
Los ojos húmedos del maestro.
Sus pasos cortos.
Vacilantes.
Piernas débiles y manos llenas de gracia.
Se detuvo.
Asintió.
Los demás bajaron los hombros.
El maestro había vuelto a su caligrafía.
Y ellos esperaron.
De a uno, se movieron.
Y miraron el dibujo elegido.
Silenciosas reverencias de respeto.
El incrédulo aprendiz.
En su último día como tal.
Esperaba atónito.
Las sakuras estaban en flor.
El sonido del agua en el jardín.
Una de las flores cayó frente a sus ojos.
Eso lo despertó.
Con pasos cortos.
Temiendo hacer un ruido que rompiera el hechizo.
Miró su dibujo.
Mariposas volando junto a los cascos de un caballo.
Mariposas que aún olían las flores…

Cecilia

… y cuando la miraba, todas las palabras querían salir a verla y se empujaban y tropezaban en mi boca…

Preguntas en la noche

Caminábamos en silencio.
La lluvia hacía que apretáramos el paso, la cabeza hundida en el cuello, encorvados.
El culparnos el uno al otro no tenía sentido, así que avanzábamos en un hosco y obstinado silencio.
Nos habíamos dormido en el ómnibus y el chofer no quiso traernos de vuelta.
Ya corto, dijo, cerró la puerta y nos quedamos viendo cómo se achicaban las luces a lo lejos.
Empezó a caminar y lo seguí; podíamos esperar al próximo, pero iba a demorar, cerca de dos horas, más o menos.
Caminando rápido habríamos llegado en la mitad del tiempo, así que el andar iba a acortar la espera.
La lluvia había parado mientras dormíamos, pero los charcos parecían buscar nuestros pies, la carretera oscura los ocultaba y, cuando podíamos saltar sobre uno, era sólo para caer en otro mayor.
Aun así, nos manteníamos bastante secos, a excepción de los zapatos, claro.
Hacían ruidos esponjosos a cada paso.
A lo lejos se escuchaba un motor que se acercaba rápido
Un relámpago cruzó el cielo y a su luz pudimos ver un lago sobre la ruta. Un largo, y al parecer profundo, charco que cruzaba la calzada y se alargaba paralelo al arcén.
Mi primo me rozó el codo y bajamos a la banquina.
Pregunté si le hacíamos señas al coche que se acercaba, mi primo se encogió de hombros y empezó a caminar de espaldas, el brazo extendido y el pulgar en alto.
La camioneta avanzaba rápido y no nos acordamos del charco hasta que una cortina de agua se elevó delante de nosotros.
Recuerdo que me llamó la atención que los faroles la iluminaran, esas cosas que uno piensa tan rápido que luego no parece haber tenido tiempo de hacerlo.
Nos empapó.
La suerte que habíamos tenido antes, la suerte de haber evitado la lluvia por pocos minutos ya era historia.
La camioneta frenó varios metros adelante y nos esperó.
Unas sombras se pararon en la caja, comentaron algo con los que iban en la cabina y nos llamaron.
Corrimos, y cuando estábamos a pocos metros, uno de los que estaba arriba dio un par de golpecitos en el techo.
La camioneta aceleró mientras un coro de carcajadas salvajes se alejaba de nosotros. Vimos una mancha blancuzca sobre la caja, tal vez uno nos mostró el trasero.
No tuvo mucho éxito en que lo viéramos, pero la ofensa llegó clara cómo el día.
Los insultamos largamente, hasta que empezamos a reír.
Nuestra situación no tenía mucho de divertida, pero de haber estado en la camioneta, y tomados como sus risas dejaban adivinar, lo que nos habían hecho parecía lo mas cómico del mundo.
De repente, a lo lejos, las luces de posición se movieron bruscamente y, en el silencio encapotado de la noche escuchamos una frenada.
Larga, casi un grito agónico.
Apuramos el paso, mientras mi primo deseaba en voz alta que alguno de aquellos jueputas se hubiera caído.
Se prendieron las balizas de la camioneta, pero sólo un momento. Luego, simplemente dejaron de parpadear.
Allá pasó algo, dije en voz baja y la seguridad de que había sido algo grave nos empujó a trotar.
Habríamos recorrido menos de quinientos metros cuando se descolgó el temporal, un aguacero fuerte y sin viento.
Un aguacero de los que duran horas.
Y aún no habíamos alcanzado la mitad del camino.
Las luces se encendieron de nuevo y la camioneta se alejó.
Al parecer no había sido nada, una comadreja o algún perro, por la frenada, se habría cruzado, pero nada más.
La lluvia había disipado la risa, y también la sensación de urgencia, pero seguíamos avanzando rápido.
Nos quedaban casi tres kilómetros de caminata bajo el agua.
Cuando llegamos donde calculábamos que podía haber ocurrido el incidente, no encontramos nada. Sólo lluvia que anegaba la carretera.
Continuamos, yo con la cabeza baja, la vista tratando de detectar algún pozo por el reflejo, mi primo mirando obstinado hacia delante.
Otro rayo nos iluminó y tuve tiempo de saltar a un costado antes de pisar un charco.
Me llevé por delante a mi primo que había parado como si hubiera chocado contra una pared.
No pareció darse cuenta, Allá hay algo, dijo.
Había un bulto en la banquina, la luz era muy poca, pero nuestros ojos se habían acostumbrado.
Si el golpe no lo hubiese matado, seguro que el tener la cabeza sumergida en un charco lo habría hecho.
Mi primo sacó su encendedor y logró disparar un par de chispas antes que la lluvia lo humedeciera.
Y fue una suerte que lo hiciera, porque la visión era terrible.
Discutimos que hacer, en la calle de casa había una comisaría, quedaba para el otro lado de la ruta, pero la distancia era la misma.
Uno de nosotros debía ir.
Estuvimos de acuerdo en que no podíamos dejarlo ahí. Sabíamos que no podíamos moverlo, ni que tenía mucho sentido hacerlo, era obvio que estaba muerto.
Pero sus amigos lo habían dejado allí, nosotros no podíamos hacer lo mismo.
Voy yo, dijo mi primo, al final fui yo el que pedí que se cayera.
No sé por qué estuve de acuerdo, yo tenía tan pocas ganas como él de quedarme con el muerto (no me engañaba con lo de la culpa, lo que tenía era miedo) pero no podíamos ir los dos.
Él salió casi corriendo, mientras yo me quedé allí, bajo la lluvia, con el muerto.
El único resguardo lo ofrecía un pequeño árbol, unos metros más atrás. Fui hasta el no tanto para buscar refugio, sino para alejarme del cuerpo.
Lo que había confundido con un matorral de pasto al pie del árbol, era un perro grande que gimió cuando tropecé con él.
El padre de la criatura, pensé.
El chofer intentó esquivarlo olvidando que llevaba gente atrás. Muchas veces pasa eso en la ruta.
Por evitar lastimar a un animal, se termina haciendo un daño mayor.
Pero, estoy seguro que ese pobre perro moribundo no habría dejado sólo al cadáver de un amigo.
Porque lo habían abandonado.
En la camioneta habrían tenido tiempo de sobra para ir hasta la comisaría y volver.
Lo dejaron.
Sus amigos prefirieron evitarse problemas y preguntas incómodas. Dejaron a su amigo tirado al lado de la ruta. Con la cabeza rota y hundida en agua barrosa.
Vomité.
Salí del resguardo del árbol, la lluvia había amainado mucho, y me acerqué al cuerpo.
No tenía mucho sentido, pero no quería que estuviera sólo. Quería que supiera que no todos éramos cómo los que se llamaban sus amigos.
La policía seguramente me mataría de enterarse, pero lo di vuelta. Me parecía obsceno que tuviera la cara metida en agua sucia, quería que tuviera la dignidad que sus amigos no le habían dado.
Un relámpago nos volvió a iluminar y pude ver su rostro.
El golpe lo había desfigurado, sí. Pero aún pude ver, o creí ver, un dejo curioso en su mirada.
Cualquiera se reiría ante una afirmación así, la mirada curiosa de un muerto. ¿Pero cuántos mirarían a los ojos a la muerte?
Metí las manos en sus bolsillos cuando vi las luces de la camioneta policial.
Llegaron y me interrogaron como si hubiésemos sido nosotros quienes lo hubieran dejado ahí.
Les respondí con furia y uno de los policías, un hombre de barriga prominente y frente baja me pregunto si quería visitar el calabozo.
Ahí sabemos tratar a los atrevidos, amenazó.
Si hubiese tenido tiempo de contestarle, probablemente habría averiguado como trataban a los atrevidos como yo, pero un policía que tenía una linterna lo llamó.
– Comiserio, venga por favor. –

El comisario me dio una última mirada fría y fue a ver porque lo llamaban.
El milico raso le mostró una chapa de matrícula que iluminaba. Eso no pareció decirle nada a su superior, pero el otro insistió tomándolo del brazo.
Por la poca experiencia que tenía con el comisario, habría jurado que llevaría al milico a conocer como se trataba a los que tomaban del brazo a sus superiores.
Pero al oír lo que el otro tenía para decirle, palideció. Aún con las luces parpadeantes del patrullero, lo vi empalidecer.
– ¿Está seguro? – preguntó. Aunque su tono era más un pedido que una pregunta. Pedía que la respuesta fuera negativa.

El otro hombre asintió en silencio.
Y en ese momento agradecí haber revisado los bolsillos del cuerpo.
El comisario se acercó, todo simpatía, preocupándose por habernos dejado “toda la noche en plena tormenta” y se ofreció a llevarnos personalmente a casa.
Mi primo aceptó encantado y yo no tuve fuerzas para llevarle la contraria.
El comisario suspiró aliviado cuando accedí.
Todos en casa nos quisieron llenar a preguntas, pero el comisario se deshacía en elogios por nuestro civismo y hombría de bien…
Me acosté harto de oírlo.
Al despertar, al mediodía siguiente, mi familia creyó entender mi silencio y me dejaron en paz.
Se suponía que el juez nos llamaría para dar nuestra versión de los hechos, pero se conformó con el parte policial.
Accidente fatal y fuga.
Conductor desconocido.
Pasó un mes y no hubo novedades.
Fui hasta el correo y compré un sobre mediano.
Con la mano izquierda escribí el nombre del hijo de una persona importante.
Y lo dejé en el buzón de su casa.
Con los documentos de su amigo dentro.
Para que alguien más se hiciera preguntas en la noche.

El diputado y “El sordo Sosa”

Me acuerdo que hacía días que mis padres estaban como nerviosos.
Parece que venía un DIPUTADO de Montevideo.
Cuando ellos lo decían sonaba todo en mayúsculas. EL DIPUTADO.
El tío Gabino no daba mucha bola.
– ¿Pa que va venir, decía, si al final siempre es lo mismo? Siempre cuesta lo mismo parar la olla. Si no cuesta más.
Me llamaba la atención que pensara así, porque mi padre estaba bien contento que viniera el DIPUTADO. Capaz que no se da cuenta, pensé, porque no pareció entusiasmado cuando le fui a contar, capaz que no entiende bien quién viene.
– Pero tío, mire que el que viene es el DIPUTADO, ¿eh?
– Cuando sea grande va a entender que todo eso es teatro, mijo. O no, capaz que sale como su padre y cree en esas cosas. – dijo, y se cebó un amargo.
Yo no dije nada, pero lo miré serio hasta que se dio cuenta. Me miró de reojo y siguió amargueando. Yo meta mirarlo, callado nomás.
El viejo se cebó un par más, hasta que lo noté inquieto. Yo sabía que mirarlo así, medio era un atrevimiento, pero hay cosas que no se dicen.
Otro me hubiese rezongado o metido un soplamocos, pero el tío Gabino era distinto.
Los grandes siempre te tratan como a un gurí, pero piensan que uno, además de gurí, es abombado.
El tío no me trataba como si fuera grande, no señor, pero por lo menos, no me trataba como un abombado.
-Ta bien, mijo, no tuve que decir eso. ¿Le da un abrazo al tío?
¿Cómo no le iba a dar? ¿Si yo lo quería y el medio se me había disculpado?
– Ahora vaya que debe tener deberes de la escuela.
– No me gusta estudiar. Yo voy a ser tropero o algo.
– ¡¡Peero!! – dijo fastidiado – Usté primero se porta cómo un hombre y después cómo un gurí abombado. ¡¡Camine para casa!!
Medio amagó que iba a agarrar el rebenque y yo salí corriendo.
Pero me reía.
Y creo que él también.
Al otro día fue el gran día.
¡¡¡Iba a venir el DIPUTADO!!!
Mis padres insistieron en que bañara, yo les decía que no hacía falta ninguna, que ya estaba limpio, pero no hubo caso.
Al final mi padre se cansó de tanta conversación y medio me amenazó con una paliza, así que me tuve que bañar.
Y al final allá fuimos.
Estaba lindo yo. Me puse la ropa de los domingos.
Fui a lo del tío Gabino para que me viera, pero no estaba.
Volví rápido porque a mi madre no le gustaba que fuera y que el tío Gabino no estuviera no hacía que me hubiera escapado menos.
Hacía calor y toda la sombra de la plaza estaba ocupada, así que nos paramos cerca del camión que estaba en la mitad de la calle.
Papá dijo que habíamos conseguido el mejor lugar, cerca del estrado. Pero mi madre dijo que nos íbamos a morir de calor.
– ¿Mirá si al Julito le da una insolación o algo? Vamos mas para allá.
Mi padre no le hizo caso, él era el hombre; ¿cómo iba a aflojar?
Pero el sol tampoco aflojó, así que al rato estábamos todos sudados y las miradas que mi madre le daba a papá eran de las que cortaban leche.
Pero al final vino el DIPUTADO…
Y fue un chasco, porque parecía un hombre.
Además, era bajito y medio pelado. Le brillaba la pelada. Y tenía la camisa mojada abajo de los brazos.
Yo lo miraba a mi padre como pidiéndole una explicación.
Pero él lo miraba como si estuviera mirando al niño Dios.
Al final el diputado era un fiasco, ni voz gruesa tenía.
Me fui a jugar a la sombra, mis padres ni se dieron cuenta; mamá estaba tan embobada como papá.
Ahora a la sombra había mas lugar, la gente se había apretado contra el camión para ver al diputado aquél.
Y para escucharlo, porque hablaba bajito.
Al final el tío Gabino tenía razón. El diputado era un fiasco.
– ¿No estás escuchando Julito? – dijeron al lado mío. Medio me asusté porque estaba distraído y casi me gritaron.
El hombre me sonaba, pero no lo terminaba de sacar.
– No señor. Mi tío Gabino dice que esto es puro teatro…
Ni bien lo dije me dieron ganas de cortarme la lengua. ¿Cómo iba a decir eso adelante de un grande?
Si el hombre me daba un sopapo, mis padres iban a estar de acuerdo.
– Ah, sí. Muy bien, muy bien – dijo el desconocido, con una sonrisa de oreja a oreja.
Pero, pero… ¿Yo acababa de decir que el diputado era puro teatro y aquél viejo me daba la razón?
Entonces me di cuenta quién era y porque no lo había reconocido.
¡¡Era el sordo Sosa!! ¡¡Pero con dientes!!!
Si toda la vida había tenido uno sólo. Bien adelante, pero uno sólo.
Yo sabía que había dientes postizos. Cuando la mama sesteaba, ponía los de ella en un vaso.
Yo los había visto.
Pero los del sordo debían ser nuevos.
Aquél había sido, sin dudas, un día de muchas sorpresas.
Pero ver al sordo Sosa con dientes era la más grande de todas.
Casi no podía más de ganas de contarle al tío Gabino. El sordo Sosa era muy amigo de él.
¡¡Pero cuidadito de decirle el sordo adelante del tío!!
Para el tío Gabino y para nadie más, el sordo era Elisardo Sosa.
Por fin todo terminó en la plaza y nos volvimos para casa.
Mi padre no daba más de contento y estaba meta preguntarme sí había visto al diputado.
Él lo decía como si todavía fuera todo en mayúsculas, pero yo sabía que no era así.
Le dije que sí, que lo había visto, pero estaba tan entusiasmado que ni me oyó.
Mamá era otra cosa, estaba contenta por el diputado, sí, pero se había insolado y le dolía la cabeza.
Así que cuando llegamos, nadie me hizo caso.
Mamá se acostó con un trapo mojado en la frente y mi padre se fue a lo de un conocido a hablar del diputado.
Yo me puse la ropa de andar en casa y me fui a lo del tío Gabino.
– ¡¡Tío, no sabe lo que vi!!
– Buen día, Julito. ¿O dormimos juntos?
– No señor. Buen día señor.
– Buen día mijo.
Una vez cumplidas las formalidades, le conté la historia de don Sosa y su dentadura nueva.
Yo le decía así, don Sosa, con cuidado, para no equivocarme y largar un “sordo”
El tío Gabino se carcajeó.
– ¿Así que se la puso? ¡Jua Jua! ¡¡Ay, Elisardo, amigazo, tan viejo y tan bobeta!!
Me contó que esa dentadura no era nueva, sino que tenía sus buenos años y el sordo la guardaba como un tesoro. Estaba muy orgulloso de ella.
– Pero no la usa nunca, sólo en ocasiones especiales. Y se ve que el muy bobeta creyó que esta era una.
– Con los dientes casi no lo reconocí al sordo… – dije y me quedé helado. Se me había escapado.
– Lógico – dijo el tío Gabino – caso nadie lo vio con dientes. Y casi nadie le conoce el nombre. O no les importa.
– Yo si – dije orgulloso y aliviado porque se le había pasado lo de sordo – se llama Elisardo, don Elisardo Sosa.
– ¿Cierto, pero sabe cómo vino ese nombre?
No esperó mi respuesta y empezó a contar.
Los padres habían tenido seis hijas mujeres, una atrás de otra. La gente ya empezaba a bromear (y no tanto) con que la próxima mujer sería bruja.
Yo asentí con la cabeza, la séptima hija mujer es bruja. Y el séptimo varón es lobizón.
Cualquiera sabe eso.
Pero el viejo se lastimó la pierna con un hacha (era monteador, como tu padre) casi se la corta y estuvo a punto de morir desangrado. Se arrastró por medio monte hasta encontrar a alguien que lo ayudara.
Se salvó, gracias a Dios, pero nunca más fue el mismo.
Esa familia pasó hambre, Julito, y cuando peor estaban, llegó Elisardo.
Capaz que, como el padre estaba enfermo, la semilla no estaba bien, porque Elisardo nació casi sordo.
Pero desde chiquito trabajó y se puso la familia al hombro.
Nunca preguntó el peso del fardo, siempre le puso el hombro a la responsabilidad.
Fue más hombre que muchos que conocí y a una edad en que los demás gurises andaban correteando todo el día.
Por eso no me gusta que le digan “el sordo”. Elisardo Sosa es un hombre.
Es más hombre que muchos que ganaron menos peleas de las que se pavonean.
– Y ahora párese.
Yo sabía lo que venía, pero me paré igual y le día la espalda.
Me pegó con la lengua de la fusta, una sola vez, en la cola.
Yo no iba a mariconear después de lo que me había contado, y lo cierto es que me pegó suave.
– ¿Sabe por qué fue eso, ¿no?
– Sí señor. Por boca floja.
Asintió y me indicó que me sentara.
– ¿Sabe una cosa, Julito? Elisardo no se iba a llamar así.
Lo miré extrañado.
Si, dijo, se iba a llamar Lizardo.
– Pero cuando el padre lo fue a anotar (eso es cosa de hombres) le dijo al juez de paz: El Lizardo.
Y el hombre anotó Elisardo.
No sé si esa historia era cierta o el tío Gabino la inventó como disculpa por la palmada, pero lo cierto es que largué la carcajada.
Mi padre me llamó y me fui para casa siendo bien amigo de mi tío.
Cuando estaba a unos metros me gritó
– ¿Cómo estuvo lo del diputado?
– Puro teatro, le dije
Y le tocó a mi tío el turno de reír.

Cuando mi tío me ganó al rompecabezas

Resulta que una vez anduve medio ofendido con el tío Gabino.
Como tres días sin ir a comer la grasita de los churrascos estuve.

Había pasado a cuarto año con buena nota y estaba contento. Todo orgulloso de mí mismo, yo.
Mis padres me habían prometido un regalo y no daba más de ganas que me lo dieran.
Pensé que podía ser una miel que me gustaba y que papá traía a veces de campaña, cuando volvía de montear.
Había algunos camoatíes cerca de árboles de naranjas o de limoneros y la lechiguana quedaba con gusto rico.
Me gustaba mucho y más cuando mi madre me dijo que la flor del limonero tenía un nombre lindo.
Entonces, yo siempre esperaba que me trajeran la dichosa miel de azahar.
No sabía escribir el nombre, así que le pedí a mamá que me enseñara.
Capaz que, si lo escribía bien, la miel prometida llegaría antes.
Pero un día llegó lo prometido y no era miel, sino una caja (envuelta con papel de regalo y todo) que no dejaba adivinar que podía tener adentro.

– Ah, ¿no es miel de azahar?
– No sea bobo, mijo. La lechiguana de limonero sale en invierno.

Él nunca la llamaba por el nombre de la flor; me va salir fresco el gurí si sabe el nombre de todas flores, lo oí decir.
No me pareció conveniente corregirlo y la verdad, la famosa cajita me estaba llamando y la curiosidad me picaba bien fuerte.

¡Un rompecabezas! ¡Pero si salían un platal!

Casi no podía creer la suerte que tenía.
Cuando lo vi por primera vez, paseando por Lecueder, mamá se lo mostró a mi padre y casi le da un ataque.

– Pero eso es un platal. ¡Si está todo roto!

Mi madre lo miró con cara de “no te hagas el bobo” y él me miró.
Puse mi mejor cara de yo no fui.
Aquello le gustó tan poco cómo el precio del cuestión, así que miró a mamá de vuelta.
Pero ella se había cruzado de brazos y le dijo: vení negro, vení que te quiero decir una cosa.

No supe que habrían hablado, pero cuando terminaron mi padre me miró como si yo tuviera la culpa de todo.
Ellos eran así. Mi padre trabajaba, traía la plata y mandaba.
Pero si a mi madre se le metía algo entre ceja y ceja, el viejo llevaba las de perder.
Podía enojarse, hacerse el ofendido y hasta pegar unos gritos, pero mamá, bien tranquila, lograba lo que quería.
Yo me había olvidado de eso hasta que papá apareció con el rompecabezas; orgulloso como si lo hubiera cortado el mismo.
Fuerte abrazo para él, otro más largo para mamá y me hubiese ido corriendo a lo del tío Gabino a mostrarle, si ella no me dijera (con tono áspero).

– No hace falta que vaya corriendo. Le puede contar a su tío cuando quiera, pero el rompecabezas se queda en casa. –

Me quedé helado.

– Pero mamá…
– ¿Que parte del “se queda en casa” te cuesta entender, Julio Daniel? – dijo bien tranquila.

Ay, ay, ay. ¡Los dos nombres!
Quietito y calladito había que quedarse. Y decir Sí a todo.

– Sí señora. – bajé las vistas y me fui a sentar en la mesa del comedor.

Mi padre amagó a decir algo, pero un ¿Sí? lo dejó calladito también. Salió.
Mamá se sentó al lado mío y me empezó a mostrar cómo era.
Estaba medio ofendido con ella, pero al ver cómo, de a poco, se iba formando el dibujo, me olvidé de todo y sólo veía las piezas de colores.
Al otro día ya me consideraba un experto y le fui a contar al tío mientras desayunaba.
Él comía churrascos de mañana y me daba a mí la carne gorda.
Yo hamacaba las piernas mientras le contaba.

– ¿Así que lo hace rápido? ¿No me miente? Pa mí que es lento usté – agregó, mirándome de reojo.
– ¡Ja! – le dije – A usté le gano de ojo cerrado.
El viejo largó la carcajada.
– Pero yo tendría que meterle un rebencazo!

Sabía que no lo iba a hacer, pero el tío Gabino me sorprendió diciendo: Tendría
que meterle un rebencazo, pero le vua hacer algo peor, le vua ganar.

No lo podía creer, me quedé de boca abierta. Si me hubiese dicho que las vacas volaban me hubiera sorprendido menos.

– Pero mi madre no me deja sacarlo…
– Ah, bueno. Si tiene miedo de perder, no pasa nada mijo.
– No, no. No señor, lo que pasa es que…

Me dio un pedazo de grasita y me dice, no hable con la boca llena.
Yo masticaba y masticaba (me había dado un pedazo de nervio, pero me di cuenta mucho después) y pensaba y pensaba.
Él me miró medio con lástima y me dice: Igual mijo, no pasa nada. – Y siguió comiendo, sin mirarme.

Un hombre es un hombre, aunque tenga ocho años y hay cosas que no se pueden dejar pasar. Si a uno le mojan la oreja, no se puede quedar quieto.

– ¿Sabe qué? Mañana lo traigo – y lo miré serio.
– Pero su madre…
– Usté quédese tranquilo que yo mañana lo traigo.

Me levanté y me fui sin terminar de comer. Caminaba bien enojado y a cada paso me convencía más que el tío me estaba mirando.
Y que se reía.
A la tarde, a la hora de la siesta, sentía que el rompecabezas me llamaba, como que me decía: vení, vení. Practicá.
Pero yo sabía que le ganaba igual al tío, no iba a andar mariconeando cómo si no lo supiera armar.

– Con los ojos cerrados lo armo. – dije.

Dormí mal esa noche. No sé qué habré soñado, pero dormí mal.
De mañana preparé todo, pero mi madre no se iba.
Esa era una trampa que le había hecho al tío, yo le había dicho mañana porque mi madre tenía que hacer unas vueltas.
Pero yo había dormido horrible y ella no se iba más.
Y pa pior, tenía sueño.
Cuando mamá se fue yo esperé un rato, por si volvía y allá marché para lo del tío Gabino.
El viejo me esperaba en el frente de su casa, con una sonrisa de oreja a oreja, me esperaba.
De vuelta sentí que el tío se reía mío, pero no iba a aflojar.

– Pensé que no iba a venir, mijo. Casi voy a preguntar si estaba enfermito o algo. – todo buena voluntad el tono, pero no me convencía.
– Traje el cuestión – dije a modo de saludo, mostrándole la caja debajo de mi brazo.
– Bueno, viene seria la cosa. ¿Empieza usté?
– Como quiera, yo le vua ganar igual – me salió medio fuerte el tono y me enojé conmigo.
– Bueno, yo ya le di cuerda – dijo y puso su reloj arriba de la mesa.

Cuando me dio la señal, di vuelta la caja y una lluvia de piezas cayó sobre la madera.
Muy comedido, el tío me iba diciendo los minutos a medida que pasaban.
Luego de un rato parecían que pasaban más rápido y las piezas se me escondían.
Empecé a sentir el calor, el canto de los pájaros parecía más fuerte de lo normal.
Un mosquito me picó el pie y me daban ganas de rascarme, pero la cuenta de los minutos avanzaba cada vez más ligero y no quería perder tiempo.
Menos ahora que hacía rato que no colocaba ninguna pieza en su lugar.

– Capaz que esta va ahí, Julito – dijo una voz a mi lado. El tío sostenía una ficha entre los dedos, sonriendo amable.
– No me ayude, no preciso. Yo puedo. ¡Gracias!

Él levantó las manos, como diciendo que no había querido molestar, pero miró su reloj y dijo veintitrés.

¡¿¿¡Veintitrés!??! ¿Cómo podían ir ya veintitrés minutos?

Bajé la vista y traté de concentrarme.
Por el rabillo del ojo vi que el tío hizo un movimiento raro con las manos, pero me obligué a no mirarlo.
No me iba a dejar distraer.
Para cuando dijo veintiocho me faltaban bien poquitas fichas. Me apuré más y para cuando dijo treinta me faltaban tres.
¡¡Pero sólo quedaban dos!!

Lo miré al tío y dije: ¡Falta una!
– ¡No! – dijo, luego preguntó – ¿Si?
– Si, mire. Me quedan tres lugares y sólo quedan dos.

Puse las que me quedaban en su lugar y le señalé mi rompecabezas rengo con las dos manos.

– Mire.

Él miró, asintió con la cabeza con gesto preocupado y dijo, treintidó.
Yo lo miraba, miraba el agujero enorme que dejaba esa ficha faltante y no me salía palabra. Sólo señalaba con las dos manos, como empujando.
El tío volvió a mirar la mesa y dijo: Pa mí que se le cayó al traerla.

– Contó cuantas eran antes de empezar?
– No, no. Usté vio que no las conté. Pero ayer estaban todas.
– Treintitré.

Medio traté de convencerlo que la cuenta debía parar, sí no aparecía la ficha debía parar.
– No señor, si usté fue el que habló de más, tiene que apechugar ahora.

Iba a seguir discutiendo, pero cuando dijo: treinticinco, no hubo más que hablar.
Me puse a buscar la ficha por abajo de la mesa, en la caja, por el camino y hasta fui corriendo a casa a revisar en la cómoda.
La pieza seguía tan desaparecida cómo el treinta y cuatro.
Busqué, busqué y rebusqué, pero la ficha no aparecía. Lo único que había era la cuenta que aumentaba inexorable.
La sonrisa campechana del tío también se había ido.
Sólo miraba el reloj.

Para cuando escuché el cuarenticuatro, me di cuenta que la ficha no iba a aparecer.
Me decía todas las palabras prohibidas por no haber practicado.
Capaz que al hacerlo veía que faltaba una pieza y no pasaba esto.
Perdía y además quedaba como un descuidado.
Derrotado, fui hasta lo del tío, y luego de escuchar, ¡cuarenticinco! Admití que no encontraba la pieza faltante.

Él bajó el reloj, me preguntó si estaba seguro, si había buscado bien por todos lados, si de verdad me rendía.

Yo no había pensado en la posibilidad de rendirme, pero estaba tan abatido por la pérdida de la pieza que dije sí.

– Si, tío, me rindo.

El frunció el ceño, asintió y dijo.

– ¡Qué macana! Bueno, cuando van cuarentisiete minuto, el Julito se rinde.

Yo me senté en la silla donde había tratado de armar el rompecabezas, con la cabeza baja.
La madera se había calentado con el sol, pero casi no la sentí.
El tío me tendió su viejo reloj y dijo
– Bueno, me tendrá que tocar a mí.

Sin entender miré el reloj, lo miré a él, y lo vi poner la ficha desaparecida en su lugar.
– ¡Ja! – dijo – ¡Lo terminé en menos de un minuto!

Se tiró para atrás y largó la carcajada.
Yo me paré bien durito. Junté todas las fichas, las puse en la caja y me fui a casa sin hablar.
Sólo dejé la pieza que el tío Gabino había escondido.

– Julito – me llamó – Julito era una broma, mijo. No se enoje.

Estuve cómo tres días sin ir a comer la grasita de los churrascos.
Hasta mamá me preguntó sí no quería ir un rato a lo del tío.
No quise.
Al tercer día me llega una cartita de su puño y letra.

“Aquí está su ficha, mijo querido. Fíjese en el reloj sí no será tiempo de ir perdonando a su tío, que lo quiere mucho y le pide disculpas”
Me había traído el reloj sin darme cuenta. Fui a la cómoda, la abrí y ahí estaba.
Lo miré hasta que las lágrimas me impidieron ver que las agujas no se movían.
El reloj no funcionaba.
El viejo había estado casi una hora mintiéndome el avance de los minutos…
Me tragué el sollozo y me dije: ¡Qué viejo sabandija! ¡Una hora se estuvo aguantando!

Y no tuve que aguantar las lágrimas porque la risa las barrió.
Me fui corriendo a abrazarme con el tío Gabino.

Pero no le devolví el reloj.

La “primer” vergüenza de mi tío

Una vez había acompañado a mi padre a campaña y me traje una bolsa por la mitá de pitangas.
Le llevé unas al tío y quedó chocho.
Primero me dijo que trajera “gelo” de la heladera. Cuando volví, había puesto las frutitas en un plato hondo y las había cubierto de agua.
Puse el hielo con cuidado de no volcar y me senté.
Las chicharras cantaban mientras esperábamos que las pitangas quedaran fresquitas.
– Hace años, dijo, cuando hice mi primer viaje de tropero, vi el pitanguero más grande que tenga visto. – Revolvió el agua con la punta de los dedos y continuó.
“Ese fue mi primera tropilla y también la más larga, hasta Cerro Largo tuvimos que ir.
El viaje fue largo, pero además nos quedamos un par de semanas en aquella estancia, para que los animales no sufrieran tanto el viaje.
Cuando el verano se ponía amargo nos íbamos a bañar al Tacuarí.
Después del primer baño para sacarnos lo peor del calor, trepábamos a la isla del ahogado a comer pitangas.
La isla del ahogado no era una isla, pero el ahogado parece que tampoco se había ahogado.
Una de las orillas se levantaba como cinco metros sobre el arroyo, cuando había crecidas era la única parte que no se inundaba.
Sólo, en la parte más alta, un viejo pitanguero miraba el agua.
Una vez, hacía años, un paisano buscaba un par de vacas perdidas.
Cuando la tormenta es grande, con mucho relámpago y truenos, el ganado se espanta y no hay corral que lo aguante.
Se habían soltado algunas en el campo de los Irureta y a este peón le dio por inventar que habían disparado para el arroyo.
Allá fue a buscarlas, pero vino un empuje de agua y no pudo volver a vadear.
Lo encontraron casi una semana después, loco de hambre, pero con un ternero al lado. Empapados los dos, pero a salvo.
Aquel había sido un verano lluvioso, así que tenían un árbol lleno de pequeñas frutas para alimentarse.
Pero seis días son muchos, y el hombre había compartido su alimento con el animal.
No quedó bien después de aquello.
Cuando don Clivio quiso mandar el ternero, que ya era novillo, al abasto, se puso como loco y los amenazó a todos con el facón.
Las cosas entonces no eran como ahora, Julito, por una cosa así el patrón podía mandarte a degüello y nadie diría nada.
Incluso se decía que el viejo Saravia, en el campo de al lado, lo había hecho más de una vez.
Pero don Irureta era un vasco derecho.
Lo echó al hombre, sí; pero no hizo la denuncia y hasta dejó que aquel desgraciado se llevara al bicho.”
– ¿Y se ahogó?
– No, mijo. Nunca más se supo de él, pero a aquella piedra de la orilla le quedó la isla del ahogado, nomás. Nosotros íbamos luego de la siesta, nos dábamos unos buenos baños, y después saltábamos desde allá arriba.
– ¿En serio? ¿Y era hondo?
– En esa parte el arroyo se estrechaba y era más profundo, pero en las partes más anchas podías pasar caminando y el agua no te pasaba del pecho.
Yo me miré el pecho, tratando de imaginar hasta donde me daría el agua, pero el tío se sonrió y me despeinó.
“Hasta el pecho de unos muchachones de dieciséis años.
Ahí me enamoré por primera vez. Mi primer amor de hombre, pero también la primera gran vergüenza de la que me acuerdo.
Yo lo miré buscando que se riera, pero el tío hablaba en serio, siempre me sorprendía con esas cosas.”
Los grandes no saben hablar con uno. Creen que además de gurí, uno es abombado.
El tío me hablaba casi como a un grande, y escuchaba. Eso era más raro todavía.
Comió una pitanga, escupió la semilla y siguió “yo estaba tirándome desde la piedra con el Remigio; trepábamos, tomábamos carrera y al agua.
Después de un rato hasta eso se puede volver aburrido, así que nos tirábamos de espaldas, de costado, con las piernas abrazadas o en punta.
Era raro que hablara del tío Remigio. Yo sabía que era hermano del tío Gabino, unos años mayor y que había sido “de mal beber”.
En una estábamos jugando a quién aguantaba más abajo del agua, Remigio salió antes y yo me quedé un rato más sólo para mostrarle que podía.
Me pareció oír como un chiflido, pero abajo del agua no podía estar seguro.
Mi hermano me tocó la cabeza y yo salí, resoplando.
Así aguantas bastante, me dijo, pero a ver si aguantás tanto después de tirarte.
Quería que me tirara de la isla del ahogado y aguantara sin salir.
Te gano, dijo.
¡¡Ja, ni muerto!! Contesté y empecé a trepar.
Ya el silencio me tendría que haber avisado algo, porque Remigio estaba muy callado, pero en medio del desafío no me di cuenta.
Cuando me tiré, alcancé a ver un brillo dorado en la otra orilla y mientras entraba al agua me di cuenta que la hija de don Irureta nos estaba mirando.
Remigio la había visto venir y me hizo subir por gusto, nos bañábamos pelados…”
Yo largué la carcajada, y más me reí al ver que el tío Gabino se había vuelto a poner colorado luego de tantos años.
Él le juró a mi padre que no la había visto, pero después, cuando estábamos solos me dijo que sí.
El tío sonreía rascándose la nuca.
Ahora me río, pero que malo estaba. ¡Mire que hacerme eso!
Miró el plato vacío y dijo pucha, me quedé sin pitangas para la caña. ¿La verdá que tampoco tengo mucha caña, no mijo?
No señor. Vua buscar, dijo y se fue a lo del vasco.
Yo sabía que esos mandados siempre le llevaban tiempo, el tío era conversador y el vasco…
Bueno, el vasco era un buen almacenero.
El tío siempre demoraba, pero creo que al volver encontró las pitangas que le había dejado.

Migraciones

Surgió un problema con su pasaporte.

Sígame.