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Idílico

Plácido lago
Alta, fría montaña
de nívea cumbre

El Último Regalo

Ana lo vio llegar; vio el coche girar casi tocando la fuente. Poco antes se había ido Juan. Tenían todo calculado, el tiempo siempre ajustaba perfectamente.
Él llegaba siempre a las dos de la tarde, media hora antes Fausto dejaba la casa. Luego tendrían cuatro horas para amarse, para demostrar lo que sentían el uno por el otro, para sentirse.
Fausto entró mientras pensaba; era quince años mayor que ella, la había visto crecer, forjar su belleza. Cuando Ana cumplió los veinte se casaron; pronto haría dos años.

– Te traje un regalo, mi vida. Espero que te guste, combina con tus ojos – dijo.

Ella se acercó con dos pequeños pasitos y suavemente lo besó en los labios.
Fausto sacó una pequeña cajita de su bolsillo izquierdo y con una leve inclinación de cabeza se la entregó.
Ana sonrió, abrió la caja…
La esmeralda brilló y el oro bajo ella pareció desaparecer. En el negro terciopelo de la caja, el brillo del oro que parecía irreal y la clara pureza de la esmeralda parecían resaltar su belleza. Ella no pudo contener una exclamación de sorpresa y júbilo.

– Quiero probármela – dijo – ¿puedes colocármela?

Mientras lo decía, se volvía recogiendo sus cabellos; el azabache de su pelo contrastaba con la blancura de su piel. Fausto colocó el collar en su cuello y la besó, sintió su perfume atrapante y sugestivo…
Todo en ella era perfecto, sus labios, su piel, su cuerpo… Su cuerpo era la realidad más hermosa que los sueños pudieran pedir.
Ana nunca se sacaba su collar, a veces hasta dormía con él.

Ese día Fausto llegó más temprano que de costumbre, era la víspera de su aniversario, mañana cumplirían dos años juntos, dos años desde que se conocieran y que ella soportara la dulce crueldad que terminó con su inocencia.
Entró sigilosamente, quería darle una sorpresa. Ana no estaba en el estudio, ni tampoco en el living.

– Debe de estar dormida – pensó mientras caminaba hacia el dormitorio.

Abrió la puerta con cuidado para no despertarla… Sintió que su corazón se detenía, allí estaban, amándose, en su cama, en su propia cama.

Cerró con mayor sigilo que el que había usado para abrir, contuvo su ira y su llanto y salió.
Pensó seguir al amante de su esposa – Saldrá por detrás, nunca saldría por delante, nunca lo haría. Se escondió entre los Fresnos del parque y oculto, esperó, Fausto tenía razón, Juan salió por detrás; antes Ana miró cuidadosamente hacia ambos lados, para que nadie los viera.
Luego se despidieron con un furtivo beso y él se marchó.
Caminaba rápidamente, conocía el camino, Fausto se preguntó cuántas veces lo habría hecho.

Ya se veía la cabaña de Juan en el bosque, donde tantas veces se habían amado. Juan pensaba en ella, en su belleza cuando creyó oír el tenue ruido de una rama al quebrarse, cuando se volvió, sólo vio el bastón de Fausto caer sobre su cabeza.
Trato de defenderse, pero fue inútil… Despertó en su cabaña.
Sintió calor… ¿¡En invierno!?
Entonces vio las llamas bailando a su alrededor, sintió miedo, mucho miedo.
Gritó, gritó con todas sus fuerzas, pero sólo Fausto lo escuchó mientras se alejaba sonriendo.

Ana no se preocupó, Fausto llegaba tarde casi siempre, se fue a la cama temprano. Cuando él llegó, ella dormía
Abrió la puerta del cuarto y la miró, un rayo de luna iluminaba su hermoso cuerpo, su blancura parecía irreal. Fausto contuvo su ira, su llanto y salió
Fue hasta la biblioteca, se sentó en su sillón rojo y tomó la caja del collar que estaba sobre la repisa de la chimenea. Estuvo largo tiempo acariciando el terciopelo negro de la caja.
Luego fue hasta el dormitorio; abrió, la esmeralda brilló, caminó hasta la cama y tomó el collar que aún estaba en el cuerpo de Ana. Tiró, sintió un leve estremecimiento en el cuerpo de su esposa; tiró con más firmeza hasta no sentir resistencia.
Sacó el collar del cuerpo inmóvil pero tibio aún. Se lo puso y no pudiendo contener las lágrimas salió del cuarto
En la cocina se preparó café, su reloj dio las doce, sonrió, hoy cumplirían dos años; el café estaba muy cargado, no importaba, acarició el collar, sonrió sin motivo. Salió.

El coche estaba lejos, caminó hasta él, bajó la capota y partió.
Miró su reloj, doce quince, volvió a sonreír y aceleró.

Las curvas de la carretera, la sonrisa todavía en sus labios, la capota baja, el viento en su pelo, la barranca…

Los Oprimidos

– Vos vas a tener un gran futuro como abogado, Ramirito, vas a ayudar a los oprimidos, porque en éste país ningún político se interesa por nosotros… – de esta manera, doña Perla comenzaba su arenga socialista, y su defensa de los obreros. Algo que normalmente duraba horas y me aburría mucho.
Como todos en mi familia, yo era derechista, aunque a mi edad no me interesara la política, ni que significaba ser de derecha.
Ella, en cambio, por un resentimiento con su padre, antiguo terrateniente, era una de esas comunistas acérrimas, y no soportaba que no me interesara la política, la lucha de clases, ni ayudar a los oprimidos, como llamaba a los trabajadores.
Realmente, nunca supe si a ella le interesó lo que yo quisiera para mi futuro.
Algo que me llamaba profundamente la atención, era que a su gato diera más mimos y cuidados, que a ella misma.
Stalin, era un gato común – Proletario, Ramirito, proletario- gordo, que tenía la desagradable manía de lamer a todo el que se le acercara. Desgraciadamente, yo debía hacerlo seguido.
A decir verdad, no me desagradaba mucho visitar a doña Perla, ya que, si bien, sólo hablaba de política, cocinaba a las mil maravillas, y sus tortas de coco eran un canto a la gula.
El minino comía mejor que muchos de los oprimidos, que su dueña tanto defendía.
Lo sabía porque, normalmente le hacía los mandados a Doña Perla. Hígado, carne picada, alimento especial, y los jueves, como había feria, pescado. No era cualquier comida la que tenía que comprarle al gato, debía ser de la mejor que pudiera conseguir, por ejemplo, el pescado, tenía que ser Pescadilla “porque es más sabrosa que la Merluza”.
Esto, unido a sus molestas costumbres, hizo que, al cabo de un tiempo, empezara a sentir cierto desagrado por el gato proletario
Algunos de mis compañeros de estudio, comían peor que Stalin, lo que me parecía terriblemente injusto.
Si su dueña alardeaba de su bondad para con los proletarios, había mejores formas de ayudarlos que rellenar a un gato.
Siempre pensé que lo alimentaba, incluso mejor que a ella misma; las veces que se lo comentaba, respondía: “para tenerlo, hay que tenerlo bien, ¡pobrecito! Porque los animales, a veces son mejores que las personas”
Muchas veces pienso, que la razón por la que Doña Perla era comunista tenía más fundamento en el resentimiento con su padre, que por razones meramente ideológicas.
Cuando era joven en la estancia, había un peón de su edad, bastante buen mozo, que supo enamorar a la hija del patrón, quién, como su amado abrazó la doctrina de Lenin.
Don Augusto no veía con buenos ojos, que este peoncito insolente, le hubiese enamorado a la Perlita, así que, cortando por lo sano, despidió al joven y mandó a la Perlita a un internado. “Hasta que se le pasen esas locuras de gurisa”.
Fueron dos largos años de encierro los que tuvo que soportar, pero como siempre pasa en estos casos, el resultado fue distinto del que esperaba su padre.
Lo que empezó como un romance de adolescentes, que podría haber terminado con el tiempo, se convirtió en un amor platónico que idealizaba lo que había sentido. Todo ese tiempo fue acuñando un rencor profundo hacia el padre castrador, que apenas decreció con el tiempo y que duro más allá de la muerte del viejo.

Ella nunca lo hubiera aceptado, pero se sentía culpable en cierta forma de que su padre hubiese muerto, sin que hubieran podido reconciliarse. Tal vez por ese sentimiento de culpa, doña Perla misma se había convertido en uno de los oprimidos que tanto defendía. Aunque su opresor no era un patrón explotador, sino que tenía cuatro patas, era Stalin.
El gato vivía como un sibarita, mejor dicho, era un sibarita, no solo comía opíparamente, sino que dormía todo el día y cuando quería salir, Doña Perla debía dejar todo lo que estaba haciendo, sin importar día, ni hora, para abrirle la puerta.
Esas, entre otras eran las razones por las que yo odiaba a Stalin, además del terrible insulto de mirarme como si me perdonara la vida, cada vez que iba a su casa.

En esa época, los gatos estaban en celo, lo que significa, que todas las noches lo tenía al bendito en mi techo maullando hasta la mañana.
Tal vez, esa fue la gota que desbordó el vaso, además ya estaba dándome cuenta de la posición en la que estaba mi vecina, y lo triste de su vida; fue entonces cuando decidí matar a Stalin.
Por más gatos que hubiera en el barrio, siempre podían encontrarse en las alacenas, las marquitas de los dientes de ratones; la casa de doña Perla no fue la excepción, es más, era una de las peores. No era difícil entender, entonces, que allí hubiera veneno para ratas.
– Con lo goloso que es éste bicho, no debe ser muy complicado cambiarlo de lado. – Pensé.
Pero como el minino estaba siempre bien alimentado, y sólo comía de manos de su dueña, no aceptó comer de mi mano.
Tampoco dio mucho resultado el tratar de obligarlo a comer la carne “sazonada”, que con tanto trabajo había conseguido sacarle a mamá; un doloroso arañazo en mi mano, fue la mejor forma que encontró para darme a entender que no quería abandonar este mundo.
– ¿Que te pasó en la mano, querido? – me dijo Doña Perla, mientras me servía una porción de torta.
– No. Nada, lo que pasa es que mi madre me pidió un limón y me raspé al arrancarlo. – mentí, motivando una mirada de compasión que me rompió el corazón.

Ese martes, cuando Doña Perla salió a cobrar su pensión (una pensión que le había dejado su padre, y que el rencor no le impedía cobrar) entré a su casa con media bolsa de veneno.
En una lata, prepare un excelente caldo de veneno para el gatito.
– Stalin, Stalin, venga gordito; venga mi viejo. ¡Vení bicho imbécil! – dije tratando de atraparlo, pero el minino se negaba a bajar del galpón desde donde me miraba.
Con mucho cuidado me trepé al techo y empecé de nuevo a llamarlo; tal vez por casualidad o por un extraño sentido de autoinmolación, Stalin se me acerco contoneándose.
Lo tomé entre mis brazos, y por primera vez en todo ese tiempo lo acaricié, su piel era suave y tersa; tranquilizadora. Ahora entendía por qué Doña Perla pasaba tanto tiempo acariciándolo.
Casi me sentía culpable… Pero luego de este desliz sentimentalista, mi convicción aumentó.
Con cuidado le abrí el hocico y lentamente fui poniéndole el veneno… no hubo reacción, esto era frustrante.

Stalin me lamió, esto me sorprendió mucho, yo acababa de dictar su sentencia de muerte y este bicho me lamía.

Luego de un momento, empezó a correr para todos lados, sin ton, ni son; trepó de un solo salto a la parra, que en esa época debía de medir casi tres metros, para bajar luego con un grito agudo.
En un momento, el dueño del mundo se había convertido en una bola de pelos que corría desesperadamente, sin rumbo fijo. Luego se quedó tieso…
Acababa de hacer una buena acción. Después de todo, estas ideas de izquierda no estaban tan mal.
Había liberado a una oprimida.

¿O no…?

Espera

La tarde caía mientras esperaba, sorbiendo el sucio aire de la ciudad, que la humedad volvía casi líquido.
Sentí la cálida seguridad de que al final de la espera la tendría, y todo lo demás ya no importaría. Aunque parezca extraño tuve la rara certeza de que ella vendría, cuando en mi walkman sonara un tema que me gustara; Era algo casi matemático, no podía escuchar mis canciones favoritas sin que algo o alguien me interrumpiera.
Según mi reloj, ésta era la hora acordada y mi tema preferido era el telón de fondo para mis pensamientos. Ella debía de bajar ahora.
Pero ésta vez las matemáticas fallaron, y el siguiente tema estaba por terminar, cuando traté de explicarme por qué mi tesis no había funcionado, pero lo más importante, por qué ella aún no estaba aquí.
Llegué a dos conclusiones, la primera, fue que la interrupción en este caso había sido mi propia impaciencia, al preguntarme continuamente, porque aún no había bajado.
Pero lo que más me convenció, fue que ella jamás sería una interrupción, sino el principio de todas las cosas.
– No sería la primera vez que te atrasaras tanto, bonita, pero no es habitual que te demores de esta manera. – me dije –
– Después de todo, cinco minutos no son tantos, y demostrar tanto interés puede ser contraproducente. – mentí.

Deje que el tiempo pasara discutiendo con mi orgullo machista, pero sabiendo que cuando Camila llegara no importarían la espera, ni guardar las apariencias.

– Estás raro mi vida – dijo mi prometida – ¿te pasa algo?
– No, no – dos negaciones afirman, siempre hacía lo mismo cuando no quería contarle algo; aunque parezca cínico, aliviaba un poco mi sentimiento de culpa.
– No estabas así, desde lo que paso hace un año; ¿tenés algo que decirme?
– Asusta saber cuánto me conoce – pensé, pero no respondí.
Una tenue llovizna comenzó a caer sobre mí, la espera se volvía eterna. La gente pasaba a mí alrededor inmersa en sus mundos particulares, esquivando gotas que caían de las marquesinas y los paraguas que las ancianas previsoras ya sacaban a relucir. Algunos las maldecían en voz baja, mientras ellas los usaban inconscientemente como arietes o estiletes poniendo en peligro los ojos y el autodominio de quienes pasaran a su lado.
Recordé una canción infantil “Paraguas multicolores, arcoíris de las calles…” Una de esas canciones creadas para la entonación forzada de los niños, que siempre acentúan todas las sílabas.
Me gustaría saber qué pensaría el autor, al ver a estas frágiles señoras blandiendo como armas sus “arcoíris de las calles” mientras los usan bajo toldos, marquesinas y galerías, ocupando el poco espacio resguardado que quedaba en la acera.

La espera me estaba volviendo ácido, irónico. Sonreí. Podría decirse que mi situación es irónica – me dije – Estoy aquí mojándome y tomando frío, es probable que me enferme y mi novia tenga que cuidarme, ¿y todo por qué? Por esperar a otra mujer.
– Que no lo vea tu novia – dijo mientras me daba un post-it con su teléfono; creo que aún lo llevo en mi billetera.
Nuestros dedos se rozaron cuando lo tomé. Sentí eso que algunos llaman química fluyendo a raudales entre nosotros; el contacto duró sólo lo suficiente para que ambos supiéramos que, aunque lo pareciera, no había sido accidental.
– No te haces una idea de todo lo que me gustás – dije por fin.
Ella supo darle a su respuesta ese tono, entre sorprendido y halagado, que confirmó todo lo que sus ojos me habían dado a entender.
– ¿Sí?
Es sorprendente como un monosílabo puede resultar tan esclarecedor como un discurso de horas.

– Holacomolevabienyustébiengracias. – dijo un vecino, despertándome bruscamente de mi ensueño. Siempre me molestó esa gente que, en su saludo, recita todo un “versito” sin respirar, ni interesarse por la respuesta que pudiera dársele.
Además, el que hubiera interrumpido mis pensamientos me exasperó lo suficiente como para que en mi rostro se pintara el desagrado que su llegada me había provocado.
Pero él no pareció darse cuenta.
– Hola – dije lacónicamente, con la esperanza que mi parquedad fuera freno para sus ansías de comunicación.
– Qué tiempito, ¿eh? – Ahora viene eso de “Este tiempo `ta loco, loco, loco.” – pensé.
– `ta locazo el tiempo. – dijo, sonrió
– Sí, uno no sabe cómo va a salir, ahora llueve, pero hoy hacía calor. – Era lo que se esperaba que dijera.
– Ahí viene el ónimo – dijo caminando hacia el cordón – ¿no lo toma?
– No, en este siempre viajo parado, el próximo viene con asientos libres- dije mintiendo descaradamente, pues se veía a la distancia que el ómnibus venía vacío. – hasta luego.
Feliz por haber recuperado mi libertad para sentirme melancólico, cambié de emisora y sintonicé la que transmite solamente música clásica.
– Si no me atormentan con violines y piano en plan “soprano triste”, perfecto – pensé.

Acababa de terminar un programa llamado “Joyas del Barroco”, hice una mueca. Me encanta el barroco.
Pero la emisora se redimió con unas obras de Ravel, empezando por el Bolero, a mi entender, una de las composiciones más eróticas que existen.
Mi exclamación de satisfacción debió ser audible, pues una joven se volvió a mirarme.
La obra comenzaba ahora, con su ritmo cadencioso, sensual, envolvente.
Me deje llevar por la melodía y ya no importaron el frío, la media hora de espera, ni la llovizna convertida en lluvia. Todo se detuvo a mí alrededor.
Una vez escuche decir que, por su duración, pero ante todo por su ritmo el Bolero era lo mejor que se podía encontrar para oficiar como telón de fondo para hacer el amor. Pensándolo ahora, debe de ser verdad.
La recordé, y volvieron a mi memoria su voz, su piel, la estrechez de su cuerpo, pero sobretodo, sus jadeos agudos y excitantes y su forma de repetir mi nombre…

Mi sonrisa y mi mirada debían de reflejar muy claramente todo lo que pensaba, pues la joven que me miraba tenía una sonrisa cómplice en sus labios.
“Quien sólo sonríe, sus pecados recuerda”. Dijo en cierta oportunidad una amiga; estaba total y completamente en lo cierto.
Vas a tener que pensar en otra cosa, precioso – me dije – porque con esa mirada la gente sabe perfectamente que pasa por tu cabeza.
Le guiñé un ojo a mi “cómplice” y traté de tener pensamientos algo más santos.
– Sabés bastante sobre historia – dijo luego de una mini clase sobre la revolución rusa.
– Sabiendo misceláneas, uno puede ser considerado brillante, yo trato de parecer informado y los temas que me interesan, los estudio. Es simple
– Sabiendo solamente fechas no se puede hablar diez minutos con tanta seguridad – dijo obstinada.
– Puede que tengas razón – acepté; si ella estaba empeñada en acariciar mi ego, no sería yo quién la convenciera de lo contrario.
La lluvia había amainado, y me sentía de maravilla, un poco de buena música hace milagros en la moral de quien espera.
Faltaba poco para que el Bolero terminara cuando la vi; bonita como siempre y con ese andar felino que rezumaba femineidad.
La adoraba.

La chica de la parada se movió bruscamente y eso llamó mi atención. Su ómnibus había llegado; la seguí con la mirada, mientras subía y compraba su boleto.
Se sentó y volvió a mirarme, cuando el coche empezó a moverse me dedicó un mohín y un beso
Sonreí, jamás había tenido suerte con el sexo opuesto; ahora estaba enamorado de dos mujeres maravillosas y lo mejor de todo (aunque tal vez fuera lo peor) era que ambas me correspondían y ahora una chica bastante interesante me tiraba besos desde un ómnibus.
Mi autoestima galopaba.

Seguí el coche con la vista hasta que vi nuevamente a Camila, parada en uno de los arcenes centrales de la avenida. Cruzó la calle con su pasito apurado, aún no me había visto; estaba resguardándome de la lluvia bajo un dintel. Di un paso hacia delante
Nuestras miradas se encontraron, su rostro se iluminó.
Se acercó sonriendo y suavemente me beso en los labios; sentí su perfume, me encantaba; se lo había recomendado.
– Me gusta tu perfume – dije oliendo su cabello.
– ¿Sí? Por eso lo uso; para tenerte bajo mi poder – dijo forzando su voz para que pareciera fantasmal.
Ambos reímos de buena gana, más que por su broma, por la alegría de estar juntos. Nos miramos a los ojos y me sumergí en la claridad de su mirada y la calidez de su cuerpo.
– Lamento haber llegado tarde, ¿Esperaste mucho?
– Acabo de llegar – dije, y la besé en los labios.

Un dinosaurio triste

Estaba lloviendo y mis amigos y yo nos quedamos en casa para merendar. Mamá nos preparó tortas fritas y las comimos con la leche.
De repente empezaron a escucharse los ruidos que hacen los trenes; acá no hacen “chucu”, sino “fuuuiiii”, finito.
Mamá dijo: ¿Chiquilines, a que se parece ese ruido?
El Carlitos que siempre habla sin pensar, dijo ¡¡A la bocina de un auto!!
– No – dijimos todos- no se parece a la bocina de un auto; es más gruesa, como la de un camión. La bocina de un camión se parece a la de un auto, pero más gruesa, esta termina finito y la de un camión, no.
No es como la bocina de un camión tampoco.
Juan levantó la mano como si estuviera en la escuela y dijo, La sirena de un barco – después hizo que no con la cabeza y se quedó pensando…
Nos quedamos esperando para ver que iba a decir- la sirena de un barco no termina finito y esta sí…
Yo los miraba y no se me ocurría nada; pensé en una vaca, pero las vacas hacen “muuuuu”.
Capaz que una vaca triste sí, sino no.
Mi hermanito se puso a mirar una de dinosaurios en la tele y eso me dio una idea.
– Se parece a un dinosaurio, un dinosaurio solo y triste. –
Todos estuvimos de acuerdo.
Mamá sonrió y se fue a la cocina a prepararle el mate a Papá.

Muñecas de trapo

Por enésima vez miró el reloj. El segundero parecía haberse detenido y volvió a temer que se hubiera quedado sin pilas.
La fina aguja se movió y mantuvo un ritmo invariable hasta que dejó escapar el aire, casi mareada. Había estado conteniendo el aliento sin darse cuenta.
Parada junto a la mesa, apoyaba una mano sobre el respaldo de una silla. Esa y la del otro extremo eran las únicas que quedaban del juego original. Las otras fueron víctimas del tiempo y las mudanzas. Estaba descolorida, el asiento ya no era mullido y uno de los resortes asomaba por debajo.
La mesa había perdido brillo. Todo desde su matrimonio había perdido brillo.
Volvió a pasar un trapo húmedo sobre el mantel; estaba limpio, lo sabía, pero a él no le gustaba “comer entre la mugre”.
Fue una de las cosas que aprendió más rápido.
Lo primero que supo fue que le molestaba que le hablara luego del sexo.
Se habían casado rápido; lo vio la primera vez que sus padres la habían dejado salir a bailar, como regalo por su decimoctavo cumpleaños.
Con una seguridad en sí misma que no había sentido nunca antes.
Tal vez fueran esos dieciocho años.

Su madre dijo que todo cambiaría cuando fuera una mujer, pero despertó ese día sintiéndose igual que siempre; los días eran iguales, monótonos y el de su entrada en la adultez no se distinguió de los anteriores o los que siguieron.
Pero un día todo tembló.
Sentada frente a la ventana, leyendo una Corín Tellado de las que había cambiado hacía poco, acompañaba a su madre mientras tejía.
Hmm, dejó escapar la señora; siguió su mirada y vio a Carina, la hija mayor de la vecina de enfrente.
Entendió la desaprobación de su madre. La muchacha volvía a salir con esa pollera por encima de la rodilla. Carina ya había tenido varios novios. ¡Varios! Como tres o cuatro.
Un escándalo. Y, aunque no los conocía, mamá afirmaba que no debían ser trigo limpio.
Ella había visto uno y sintió que la miraba de manera indebida. Sintió un calor que la recorría, pero no le pareció bien. Él no debía mirarla de esa manera, no era apropiado; el calor que había sentido lo probaba.

Su madre levantó la vista del tejido y la miró por encima de sus lentes.
Parecía magia, pero mantenía el ritmo de sus puntos como sí aún los estuviera viendo. Ella creía que contaba los puntos en voz baja mientras no miraba, pero era de mal gusto mirarle los labios.
– El sábado vas a ir a bailar – Contó las hileras que le faltaban para la sisa, afirmó con la cabeza y continuó – Ya sos una mujer, tenés que salir; no podés quedarte para vestir santos.
Recién había cumplido la mayoría de edad, pero mamá pensaba que sí no se casaba antes de los veinte, todos los buenos partidos estarían tomados.

Recibió la noticia casi con horror. ¿Cómo sería salir a bailar? Ella había bailado con sus primos en los cumpleaños de quince. Sueltos, claro, y con su madre vigilando todo como un halcón, pero ella hablaba ahora de salir a una discoteca.
Y todo indicaba que pretendía que fuera sola.

Miró a la calle, pero Carina ya había desaparecido de la vista.
¿Cómo sería tener novio? Tener más de uno era impensable. ¿Pero si su novio tenía bigote? ¿Y si el bigote le hacía cosquillas? ¿Y si tenía mal aliento?
Llevó una mano frente a la boca y olió el suyo.
No tenía ningún olor. Aunque no era probable que su futuro novio apareciera ahora a comprobarlo
.
Por primera vez no recitó todo el rosario en la misa de las siete. Si hoy era viernes, mañana sería sábado y llegaría su primera salida.
Cuando juntó fuerzas para preguntar si su prima más querida podía acompañarla, su madre se negó fastidiada.
Las mujeres que van de a dos se ponen a hablar y reírse entre ellas y los hombres se dan cuenta que son muy niñas.
Vos ya sos una mujer…
Había ido sola. Poco después de entrar vio al que había sido novio de Carina y decidió que él sería su marido.
Esa noche, la acompañó casi hasta su casa. No permitió que pasara de la esquina, pero para endulzar su negativa lo dejó besar su mejilla.
Poco tiempo después la acompañaba hasta la puerta de casa y luego de un mes el candidato era felizmente recibido en casa por su futura suegra.
Antes de un año los anillos habían cambiado de manos y, orgullosa, había agregado un “de Rodríguez” a su apellido.
Fue una fiesta pequeña; algunos amigos del novio y pocos familiares de ambos.
Él tomó mucho.

Cualquier sueño que hubiese tenido sobre su luna de miel quedó desgarrado con su brusquedad.
El alcohol había hecho que no fuera delicado, amable ni paciente.
Tomó lo que era suyo y le dio la espalda. Ella había ensayado mil veces las palabras que diría en ese momento y no quería quedarse sin decirlas. Nada había resultado como soñara, pero era la esposa y eso le daba ciertos derechos; decidió hablar de todas formas.

Cuando empezó, él masculló algo y no se dio vuelta.
Alzó un poco la voz para que no tuviera forma de no oírla; lo que quería decir era importante, lo había ensayado muchas veces.
– Esas gotitas que ves ahí… En realidad, era una sola y bastante grande, pero a su esposo no parecía molestarle; no estaba de su lado.
Continuó hablando hasta que él se dio vuelta despacio…
Al fin la oiría, sabría lo que ella sentía en ese momento.

– ¿Vos me estás tomando el pelo?
Se quedó helada. Jamás se le habría ocurrido una reacción así. – No, no mi amor, yo…
– Entonces callate y dejame dormir.
Trató de explicarle y en ese momento le dio el primer bofetón. No fue muy fuerte, no fue el último. Ni siquiera le dejó una marca.
Eso vendría después.

Las marcas, las “caídas” y hasta el yeso vendrían después.
Ese no fue el golpe más fuerte.
Pero fue el que más le dolió.

Hasta anoche.
Llegó a casa, muy borracho. Sin saludar se sentó en la mesa y empezó a comer. Se limpió la boca con la manga y dijo: Me voy con otra.
Miró el plato de su esposo sin entender. No comían juntos; ella hacía ruido. Él había tratado de enseñarle, varias veces; y creyó haber aprendido. Comieron juntos un par de semanas hasta que, una noche, él dejó caer su tenedor sobre el plato.
– Haces mucho ruido.
Ella se aflojó, había aprendido que si se quedaba floja los golpes dolían menos.
A golpes se aprende.

Pero no le pegó esa noche. Sólo dijo: vas a comer después de mí. Lo miró sin comprender.
– Yo voy a comer, vos vas a lavar mi plato y después vas a comer. – No hace falta ensuciar otro, usas el mío.

De alguna manera aquello la había asustado mucho más que los golpes.
Pero ahora un terremoto había golpeado su vida.
– ¿Q-qué?
– ¿Qué? – remedó él – Que me voy con otra, sorda. Que no te aguanto más. Ahora andá a prepararme la valija. Y pobre de vos que las camisas no queden bien planchadas.
Ella miraba el plato de su esposo. No había acabado aún su comida.
¿Cómo podía estar diciéndole esto si aún no había terminado su sopa? Era inaudito.
Algo estaba mal. Muy mal.
Él amagó a pararse y gritó ¡¡dale mierda!!
Ella fue corriendo hasta el cuarto y empezó a arreglar toda la ropa en dos valijas.
Una tenía el cierre trabado y se quebró una uña al abrirla.
Enchufó la plancha con el dedo en la boca.
El sabor metálico de la sangre la distrajo y dejó calentar demasiado el hierro.
La plancha dejó una leve aura marrón en la solapa de la camisa.
Volvió el hierro hacia arriba y se dio cuenta que lloraba.
Una lágrima cayó sobre el metal y se evaporó con un siseo.
Si se entera de esto me va a pegar, pensó.
En ese momento la cabeza de una de sus antiguas muñecas de trapo se desprendió y cayó sobre la cama.
No había motivo para que eso pasara, así que dejó la plancha y parándose descalza sobre la cama revisó la muñeca descabezada.
De sus hombros sobresalía, a modo de macabro cuello, un rollito de billetes.
Esas muñecas eran lo único suyo que había en la casa. Él las había querido tirar innumerables veces, le habían costado dos costillas y dolores al respirar los días fríos.
Pero estaban allí y eran lo único realmente suyo en esa casa.
Las miró un rato, volvió a poner la cabeza sobre la que la había perdido y le arregló una trenza rebelde.
– Traeme el vermú. – dijo su marido – Y acordate que son dos hielos, no tres.
Al rato, como si no viniera al caso agregó: pelotuda de mierda.

Se acercó por detrás, alzó la plancha y golpeó.
Golpeó por el vermut y por cada piedrita de hielo.
Aunque decidió servirle tres.

Caballo de madera

Hay un caballo de madera.
Un balancín, de patas largas.
Con dos palitos a cada lado de la cabeza, plana, para agarrarse.
Está pintado de Beige.
La crin es roja y los rasgos, azules.
El niño se hamaca.
Lo adora.
Lo encuentra años después.
En una casa de antigüedades.
Lo renueva.
Un gran obsequio para su hijo.
Ahora.
Las imágenes.
La alegría.
El niño cae hacía atrás.
El padre se estira.
Se estira.
Se estiiiiira…

Cuento “A la inglesa”

Marcas de suelas manchaban el piso del pasillo. Había un viejo felpudo pero la gente parecía ignorarlo los días de lluvia.
La cerradura no le dio problemas, no era tan urgente llamar a alguien para repararla.
Hacía frío, y Barnaby Street se veía más gris que de costumbre.
Sólo le quedaba un cigarrillo, negro. Un cigarrillo que le recordaba que debía dejarlo; tal vez lo hiciera, pero no ahora. Lo mantenían enfocado.
Mientras esperaba entre dos autos encendió el Gitanes, el vapor que despedía su boca dejó lugar al humo del tabaco. Los conductores parecían haber entendido por fin que no debían correr un día de lluvia, el tránsito avanzaba casi a paso de hombre.
Cruzó la calle detrás de un Renault destartalado, las manchas de herrumbre se veían por toda la carrocería.
Hizo una bola con la cajilla y la tiró a un desagüe obstruido casi a la entrada del mercado.
Cruzó los portones, viejas y altas puertas de hierro forjado, pintadas de un verde oscuro y manchado.
Las grandes arcadas parecían telarañas sostenidas por el techo.
Le gustaba el bullicio del interior, sentías como golpeaba tu pecho nada más entrar. Y los aromas, la mezcla de olores era estimulante.
Pescado, quesos, frutas y hasta el leve aroma del pan recién horneado.
Su abuela hacía pan casero, todos los niños del vecindario recibían su rodaja, estrictamente iguales entre sí.
Nadie podía quejarse de eso y si se le hubiese ocurrido, nieto propio o ajeno, recibía la misma fría mirada de aquellos verdes ojos alemanes.
Las clientas más viejas controlaban que los tenderos no las engañaran con el peso o poniendo a escondidas fruta en mal estado. Debió esquivar sus carritos para avanzar.
Las naves del mercado eran amplias, pero los puestos crecían siempre hasta el punto que el pasaje en los corredores era un estrecho zigzag.

Cuento “A la francesa”

La llave fallaba a veces, el esperaba con molestia anticipada que volviera a ocurrir, pero la humedad parecía haber lubricado la cerradura.
Siempre que atravesaba la puerta se decía que debía llamar a alguien que la reparara.
Pero, pocos pasos después, una marea de pensamientos sepultaba esa idea. Como una ola que rompía en la costa y arrastraba fragmentos de valvas rotas.
El tiempo desapacible lo recibió, el vapor empezó a salir de su boca ni bien cruzó el umbral.
Rebuscó en sus bolsillos y sacó la cajilla arrugada. Debía dejar de fumar. Sí, debía dejar de hacerlo, pero no hoy, no mañana, no mientras todavía lo ayudara a pensar.
Esperó entre dos autos un hueco en el tránsito. La calle estaba húmeda y, por una vez, los conductores manejaban con prudencia.
Un Renault que había conocido mejores épocas, pasó a su lado mojando la punta de sus zapatos con la negra agua de la calzada.
Cubrió con la mano la llama y el recio placer del tabaco negro bajó por su garganta.
Miró a ambos lados, las casas grises eran las mismas de siempre, pero la mansa lluvia las hacía ver más tristes.
En el mercado el bullicio lo golpeó como un boxeador que lo encontrara con la guardia baja.
Cerró los ojos e inhaló, múltiples aromas competían con el del tabaco.
Pescado, fiambre, frutas y legumbres. Incluso llegaba a él una sombra de olor a pan recién horneado. Pan crujiente y de corteza dura, como lo hacía su abuela. La anciana sacaba el pan de su horno de barro mientras los niños la miraban boquiabiertos. Cortaba el pan en varias rodajas, todas iguales, sin importar cuántos niños estuvieran. Eso evitaba peleas entre sus nietos, los nietos de sangre y sus amigos, que lo eran por adopción. Todos la llamaban mama, propios y ajenos.
Tampoco era que los niños se pelearan en su presencia, menos por comida. Un relámpago de aquellos ojos verdes cortaba cualquier queja.
Avanzó esquivando los carritos de ancianas que, atentas, vigilaban que no les pusieran mercadería fea o las engañaran con el peso.

Caligrafía exquisita

Marcelo Zapata tenía muy buena letra. Todas las maestras se lo decían.
Su madre estaba contenta, con eso. Marcelo no.
La diferencia de criterio se basaba en que su madre no entendía la dinámica masculina.
Tal vez hubo un tiempo en que la buena caligrafía (mierda por conocer esa palabra) era motivo de orgullo grupal y envidia silenciosa.
Pero eso fue hace mucho, y, Marcelo no tenía dudas al respecto, sólo entre mujeres.
Ahora, si tenías una buena cali… (¡no, no, y no! Si tenías buena letra). Ahora, si tenías buena letra, te odiaban.
Bueno, capaz que no te odiaban, odiaban, pero el resultado era tres cuartos de lo mismo; tus “compañeritos” (¡ay, mamá! ¿Cómo pudiste decirlo en voz alta?) te llamaban al orden, te pegaban, te “atendían”.
Eso era lo natural, lo había entendido por segundo o tercero, mas o menos por la época en que entendió que no era buena idea comentárselo a sus padres.
Mamá había ido a hablar con la maestra, que después les dedicó una perorata que les consumió medio recreo.
Marcelo creyó que perder la mitad del recreo, había hecho que sus compañeros entendieran que se habían comportado mal; pero no. Naturalmente que no.
Y demostraron su molestia de la manera más física posible.

Cuando le contó a su padre, a la salida (sí, había sido en tercero. Fue el último año antes que papá cambiara de horario), éste lo miró y le dijo: “Bueno, te voy a anotar en Karate”
Marcelo lo miró incrédulo, esperando una sonrisa o algo que le confirmara que su padre bromeaba, pero no; parecía haberlo dicho en serio.

– O se está volviendo loco, o cree que, de verdad voy a aprender de un día para otro – pensó.
Su padre seguía hablando se los beneficios que le traería el aprender karate: te va a hacer bien mover el cuerpo, vas a sentirte mejor, vas a tomar aire y te vas poder defender. – y dándole un leve codazo (su padre era bastante bajo), agregó: ¡¡y las nenas te van a perseguir!!
Marcelo lo volvió a mirar, su padre le guiñó un ojo y eso confirmó sus sospechas.
Lo había dicho en serio.

A su madre no, no le gustó la idea, no aprobaba “toda esa violencia”, pero estuvo de acuerdo en que le vendría bien un poco de ejercicio, “Para que tome un poco de colorcito”.

La suerte le sonrió a su hijo, pues el profesor dijo no tener cupos.
– Puedo ponerlo en lista de espera, y llamarlos si algún niño deja de venir, pero a esta altura del año, es bastante difícil. – Miró a Marcelo y lo sorprendió con una sonrisa franca – Vas a tener que esperar, campeón.
Éste le devolvió la sonrisa sin darse cuenta, el profesor le había caído bien instantáneamente; casi lamentó no poder empezar.

Al poco tiempo, sus padres olvidaron las artes marciales y él siguió siendo el blanco de burlas y golpes de algunos de sus compañeros.

El peor era Lautaro, un niño insoportable al que su madre jamás había podido controlar (Marcelo lo sufría desde el jardín de infantes). La mujer se limitaba a llamarlo y repetir “Lautaro, vení. Hace caso, le voy a decir a papá”
Todo con el mismo tono aburrido que el niño no parecía oír.
Lautaro era un misterio para Marcelo (quien creía que también debía serlo para su madre), hasta tercer año había llorado todos los días de la primera semana de clases.
Corría, empujaba, pegaba y gritaba, ajeno a los llamados de su madre hasta bien pasada la hora de entrada, sí, por casualidad, ella podía agarrarlo en sus correrías, la pateaba y se resistía con furia, Marcelo recordaba la sorpresa cuando vio aquello por primera vez, pero llegado el momento de entrar al salón, Lautaro se abrazaba a las piernas de su madre como un náufrago se aferra a un salvavidas.
La última oportunidad, fue memorable (la penúltima en realidad); Lautaro había hecho toda su actuación habitual y ya nadie le dedicaba más que una mirada aburrida, cuando tropezó con sus piernas al aferrarse a su madre.
El resultado fue que la mujer lo dejó caer para sostener los pantalones deportivos que su hijo había bajado accidentalmente al tratar de sostenerse.
El niño ni sintió el golpe, con una risa histérica trataba de volver a bajarle el pantalón, revolviéndose cada vez que su madre lograba atraparlo.
Su hijo alcanzó a bajarlo un poco por segunda vez, pero eso colmó la paciencia de la mujer, quien le dio un bofetón que lo hizo caer al piso.
El niño alcanzó a mirarla incrédulo un par de segundos, antes que su madre, roja de furia y vergüenza, lo levantara de una oreja y se lo llevara de vuelta a casa.
Al día siguiente, toda la escuela esperaba con ansias el segundo acto de aquel drama; pero uno de los actores cambió.
Lautaro y su padre aparecieron en la esquina y todos los ojos estuvieron clavados en ellos hasta que sonó el timbre.
El hombre, que vestía un mameluco engrasado y no había soltado a su hijo ni un segundo, lo llevó hasta la puerta del salón y, sin siquiera mirarlo, lo dejó junto a la puerta.
Lautaro no lloró ese día, ni ninguno de los siguientes, tampoco cuando su madre volvió a llevarlo todas las mañanas.

En sexto se había enamorado de una compañera y Marcelo tenía la mala suerte que esa niña, su compañera de banco, era de las pocas que le hablaban y que no lo trataban como a un bicho raro.
Pero Lautaro, que aparecía periódicamente con manchas de grasa en las manos, no veía con buenos ojos esas atenciones.
De poco valía explicarle, pues parecía inmune al influjo de las palabras, y el razonamiento tampoco era algo que se le diera muy bien.
Así que las golpizas volvieron, y realmente eran complicadas, porque Lautaro defendía a “su mujer”, el hecho que la niña lo despreciara y que él prácticamente no pudiera mas que balbucear cuando se dirigía a ella, no parecía importarle mucho.
Porque ella era “su mujer”, porque él ya trabajaba, él ya era un hombre.
Marcelo trataba de evitarlo de todas las maneras posibles y, la verdad, se le iba dando bien. Lautaro no se le había podido acercar en cerca de dos semanas.
Pero todos tenemos necesidades, y Marcelo debió ir al baño una mañana.
Odiaba usar el baño de la escuela; el piso siempre estaba mojado por una gotera casi centenaria, los mingitorios no tenían presión de agua y las bachas tenían dos de tres canillas rotas.
Pero lo peor era sí uno tenía que hacer “lo otro”; en los cubículos, de paredes muy escritas y rayadas con dedos sucios, no había inodoros sino tazas turcas.
Marcelo no usaba el baño salvo en casos de extrema necesidad y éste, gracias a algo que comió y le había producido una descompostura terrible, entraba de lleno en esa categoría.
Mientras discutía con la maestra que necesitaba ir al baño, que lo necesitaba faltara poco para el recreo, se dio cuenta que no sólo era una necesidad; era una emergencia.

Mientras se aliviaba, en precario equilibrio por no querer tocar las paredes, sonó el timbre del recreo.
Se limpió concienzudamente, tiró la cadena por segunda vez y, al abrir la puerta, casi se dio de lleno con Lautaro.
La vieja cisterna hacia un ruido atroz, y, a decir verdad, estaba tan concentrado en salir sin tocar nada, que no habría notado ni siquiera la entrada de un elefante.

– Mirá quién está acá – dijo el otro con tono casi alegre – el que me quiere sacar mi mujer.
Había dos o tres con él, siempre los hay alrededor de los matones, que festejaron lo que dijo, aunque no parecieron entenderlo.
– Vení, maricón, “letra linda”, vení que te voy a mostrar lo que hacen los hombres. –
Marcelo fue súbitamente consciente de todos los olores que poblaban el baño. Fue consciente de cada uno de ellos y lo que significaba.
Y supo que estaba perdido. Contra Lautaro era prácticamente imposible defenderse, pero con sus seguidores cubriendo la salida, ni siquiera tenía sentido plantearse resistir.
Pero Lautaro sacó una revista que tenía en el bolsillo trasero y, con un ademán orgulloso, se la mostró a los demás.
– ¡Esto es lo que compra un hombre con su primer sueldo! – y abrió la revista pornográfica para que todos pudieran verla.
Marcelo la miró con bastante curiosidad al principio, las revistas de ese tipo eran algo casi mitológico a aquella edad, aunque, al poco rato, empezó a sentirse asqueado.
No entendía muy bien la mitad de las fotos y la otra mitad le parecían simplemente asquerosas, pero Lautaro y sus amigos estaban absolutamente fascinados con las imágenes.
– Mirá, esto es lo que le voy hacer a la Karen – decía y sus amigos asentían sin quitar los ojos de las fotos, callados salvo algunas exclamaciones ahogadas.
Cuando creyó que había pasado un tiempo prudencial, Marcelo dijo “bueno, me voy” y empezó a alejarse despacio. Si les llamaba la atención corriendo o algo, lo más seguro es que olvidaran la revista y se ocuparan en pegarle.
Creyó que lo había logrado cuando sintió una pesada mano caer sobre su hombro. Los olores volvieron a ser nítidos, casi tangibles y esta vez, Marcelo apretó el puño y se dispuso a golpear. Lo habían dejado acercarse a la puerta y contaba con la sorpresa.
Pero la voz Lautaro no fue amenazante, incluso su agarrón se sentía distinto.
– Este es el que me va a ayudar en las pruebas, éste es el que me va a pasar todas las respuestas. – lo giró casi sin esfuerzo y preguntó – ¿noverdá?
Marcelo decidió que no, que no le iba a pasar las respuestas, que no le iba a pasa una sola puta respuesta; pero recordó cómo Lautaro había compartido con él su revista, luego de encontrarlo en el baño, absolutamente inerme y cambió de opinión.
– Si, amigazo, te las voy a dar. – sonrió.
Lautaro pareció absolutamente sorprendido, tanto que no hizo nada cuando Marcelo se alejó tranquilo.

Al día siguiente, Marcelo se apuró como nunca en marcar todas las opciones de su hoja de prueba, pero la dejó sin firmar. Cuando la maestra se distrajo respondiendo una pregunta, pasó la prueba terminada hacia atrás y recibió la de Lautaro, casi en blanco, a excepción de la fecha, casi dibujada en el vértice de la hoja.
“El hombre” era tan imbécil que todavía le costaba escribir algunos números.
Molesto, Marcelo borró la fecha y, antes de rellenar la hoja de prueba, puso, con su mejor caligrafía, su nombre y la fecha…

Pasó el fin de semana y el lunes lo encontró tranquilo, feliz. Lautaro pasó a su lado y al grito de ¡amigazo! chocaron las palmas.

La maestra se sentó y comenzó a dar las notas según el sentido en que estaban sentados, luego de decir la de Marcelo (49 respuestas correctas, sobre un total de 50) dijo la de Lautaro.

El estudiar mucho, tiene ventajas. En las pruebas, por ejemplo, uno sabe bien cuáles son las respuestas correctas. Por eso, Marcelo hizo una mueca al saber que había fallado una respuesta.
La mueca se mantuvo aun cuando sintió la pesada mano de Lautaro dándole golpecitos en el hombro, felicitándolo.
Saber todas las respuestas correctas, implica saber, también, cuáles no lo son; por eso, la sonrisa volvió por fin a Marcelo, cuando oyó la nota de Lautaro.
Un resonante cero en cincuenta.