Archives for junio 2013

Olvido

A veces no es fácil, pero el resto del tiempo es casi imposible.

Sociedad

Volamos libres
Dicen, tontas, las hojas
En el otoño

Habilitado por la municipalidad (un extracto de Gregorio)

Nelson Pavón era, como gustaba decir, un comerciante en maderas “habilitado por la municipalidad”, esto es, era proveedor del municipio para cualquier trabajo mediano.
Si la obra era grande, la municipalidad compraba en grande, era algo lineal. Una línea que pasaba muy por encima de las posibilidades del mejor de los hijos de don Pavón, que en paz descanse.
Pero, como él mismo dijera a su hijo, “a veces no es lo mucho, es lo seguidito”, claro que el hombre se refería al motivo del malhumor con el que llegaba a casa cada vez que su mujer mandaba a nelsito a buscar a su padre al boliche.
No era una gran molestia que lo mandaran buscar, el problema era lo seguido.
Su hijo entendió el concepto y trató de aplicarlo siempre, eso no hizo que las palizas que su padre les daba, a él, a su madre y hermanas cada vez que llegaba muy bebido, dolieran menos, pero, a la larga, resultó ser una gran lección de vida.
Los que se dedicaban a los grandes embarques tenían ganancias enormes, eso era innegable, pero la propia dimensión del negocio hacía que los márgenes no fueran tan amplios como se podría pensar. Y los riesgos no eran algo a pasar por alto.
Pavón conoció un par de mayoristas que se creían demasiado grandes para caer, que movían enormes cantidades de materias y dinero, pero en un caso una tormenta en el Paraná y en el otro un voraz incendio (se murmuraba que no del todo accidental) los había llevado a la ruina y las puertas de la tragedia.
Él se dedicaba a los pedidos medianos, aquellos que no llamaban la atención de los grandes mayoristas, pero escapaban de las posibilidades de la mayoría; cambiar la madera de cien o doscientos bancos de plaza no ameritaba mover un barco por todo el río hasta Misiones, pero era el tipo de pedido que se hacía con regularidad.
Y, como nelsito había aprendido mientras las lágrimas de mamá corrían como las suyas, lo importante no era lo mucho, era lo seguidito

Estoy

A este valle de las lágrimas
Viniste un segundo

Y usaste mi carne, mi sangre y mi alma
Para transmitir tu mensaje

Para contar tu orgullo
Y recordar tu presencia

Para dejarme compungido
Y agradecido

Por saberte allá
Pero sabiéndote acá

Por mostrar que el amor vence a la muerte
Y tus palabras fueron la muestra.

Y estás, como yo estaré, como él estuvo
Con aquella espiga de trigo.

Enseñando que la abundancia es palpable
Porque es en dones del corazón

Visita

El frío fuera
Lo tibio de tus labios
Templó mi alma

Algunas consideraciones sobre personajes

Al dedicarse a la prosa, es inevitable que, tarde o temprano, un escritor deba crear un personaje.
Muchas veces, ese “individuo” es totalmente funcional a la historia, su aparición es efímera y luego de su paso, se perderá para siempre.
Podemos abocarnos a imaginar una historia para él, crear un entorno donde sea el eje de su universo, pero ése sería un trabajo inútil. Porque su razón de ser, su razón de “vivir” es la historia en la que participó, el pequeño papel que desempeñó en ese teatro que es un cuento.
Claro que, en ocasiones, el rol que debe cumplir no es nimio, sino todo lo contrario; su participación es fundamental para el devenir del relato. Pero sigue teniendo una “vida” en función de la obra; respira con ella y para ella.

En otras oportunidades, raras cual joyas, un personaje creado para un cuento, crece más allá de lo que el creador o la historia necesitaban de él.
Pasa que, nada más nombrarlo por primera vez, sabemos de él muchas más cosas de las que sería dable esperar, dado lo corto de su vuelo.
Sabemos al encontrarnos con él, que su “vida” no será una nota a pie de página, una anécdota contada al pasar, sino que será protagonista de sus propias historias, que tendrá vida.
Que cruzará el abismo entre ser una creación de la mente y ser un objeto en el corazón de su descubridor.
Porque ahí está la enorme diferencia.
Hay personajes que están “vivos” en la mente (en su talento, en su imaginación, o el nombre que quiera dársele) de su creador y otros que viven en su corazón.

Personajes que guían, que curvan la historia según su personalidad, que la enriquecen, la hacen más grande, compleja y plena.
Que deciden que decir, que terminan un diálogo de manera inesperada incluso para el escritor (que, no olvidemos nunca esto, es el primer lector), que tienen control sobre su parte de la historia.
Ver que un personaje es libre, que ayuda en la búsqueda de la historia, es una experiencia fascinante.
Tal vez la más grande que puede experimentar un escritor.
Y que lleva a hacer una pregunta, que plantea una duda inherente a la magia del proceso creativo.

¿Realmente crea un artista? ¿Inventa todo lo que plasma en la hoja en blanco?
¿O es, acaso, un mero descubridor? ¿Estuvo la historia siempre allí, cual tierra prometida mas allá del mar, esperando que alguien la encuentre? ¿Que alguien, plantando bandera la reclame como suya?
El saber (sin comillas) mucho de la historia de un personaje nada mas crearle, obliga a plantearse esa pregunta.
Pregunta que se plantean todos los creadores en algún u otro momento, el escultor que sabe que Diana se esconde dentro de ese bloque de mármol o el músico que despierta con la melodía sonando en su mente.

Es una pregunta, retórica si se quiere, pero cuya respuesta es igualmente válida en uno u otro sentido.
Porque crear y descubrir pueden ser caras de una misma moneda.
Y eso es enorme.