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Leyendo fábulas

“Y, mientras parado junto a la ventana lamía sus patas húmedas, el gato pensaba: delicioso el pececito dorado”
Sonrió; sin duda Esopo jamás habría terminado así una fábula, pero este era uno de esos casos en que lo importante no es tanto el relato sino la voz del narrador.
El barcito estaba a pocos pasos; no podía llamársele así en el sentido estricto de la palabra, mas tenía cuanto necesitaba para disfrutar la lectura.
Una viva gota rubí tiñó el blanco mantel al servir.
Saboreó despacio su copa de vino, suspiró de placer y se sumergió en la siguiente página.

Por accidente

No recuerdo cómo cayó la copa, sólo que tenía vino en mi blusa de estreno.
“El baño está clausurado. Por favor, use el de caballeros al otro lado del salón”
Me volví como diciendo ¿Puedes creer esto? Pero se había sumergido en su móvil.
Cuando salí, lo vi mirar a la puerta del otro servicio.
Una mirada furtiva, orgullosamente culpable.
Antes de guardar el teléfono leyó con deleite lo que había recibido.
Sonrió y levantó su copa en un brindis invisible, feliz.
Así nació la sospecha, por una copa de vino.

Esperando

Desde fuera la taberna no prometía demasiado. Paredes blanqueadas con cal hacía poco, como atestiguaban algunas secas gotitas blancas en la vereda.
Dentro se estaba fresco; nada más acostumbrar la vista a la penumbra, la tranquilidad caía bien.
Una mujer poco mayor que él, sin curiosidad ante el desconocido, terminó de secar un vaso y preguntó. ¿Una copa de vino para empezar?
De la casa, respondió.
Un tinto espeso, natural, vivo.
Las manos de la mujer estaban limpias; supo que comería bien allí. Nada muy elaborado, pero si honesto.
La iglesia abría más tarde, así que pudo alargar la sobremesa.