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Sus ojos

Debía haber visto aquellos ojos; no podía haberlos imaginado, no con la diáfana claridad con que se le aparecían noche a noche. Un atisbo entre la multitud, quizás; un rostro que se divisaba un segundo entre las cortinas de un carruaje, una mujer que hubiese visto en su infancia.

Desechó esa idea con la misma exasperación con que la desdeñara en ocasiones anteriores, con el fastidio que sólo puede sentirse ante las propias tonterías. No; aquellos no eran ojos de su niñez. No podían serlo pues lo que despertaban en él era la respuesta primitiva de un hombre pleno en deseo y fortaleza viril.

Los ojos del artista

– ¿Por qué, maestro, deberíamos guardar algo que no usaremos?
L’ettore sonrió complacido. Sabía que esa pregunta vendría; instaba a sus alumnos a preguntar todo, incluso la menor de sus dudas. Siempre que se tratara de arte, naturalmente.
No había allí lugar para tonterías ni distracciones, estaban allí por y para el arte, todo lo demás era ruido; trazos inútiles que oscurecían el lienzo.
Con los años había delineado una respuesta que transmitía de la mejor manera lo que pensaba: “Vuelvan a su obra, mírenla dentro de algunos años. Lo que plasmaron un día seguirá allí, pero ustedes (y los miró uno a uno antes de proseguir) no serán los mismos. La experiencia, la vida misma, hará que cambie su forma de ver las cosas. Y por eso necesitan guardar todo, porque si es difícil saber qué necesitaremos dentro de un tiempo, es imposible saber que conmoverá a aquel desconocido que seremos dentro de algunos lustros”