Gregorio – adelanto IV

No sería la primera vez que un aprendiz se arrepintiera a último momento, ante la dificultad de un trabajo; los talleres donde se hacían muebles sencillos sabían de esa gente.
Pero Duarte se negaba a creer que Gregorio se hubiera asustado. El muchacho era mas responsable que la mayoría de la gente, y jamás había mezquinado esfuerzo. Además, estaba el hecho innegable que el joven tenía un don. Estaba seguro que no era “sólo” talento; Gregorio tenía un don, lo había visto en sus ojos, menos de doce horas antes.
- Duarte, cuánto se puede cubrir con barniz? – La pregunta lo tomó absolutamente por sorpresa, el muchacho había roto su silencio nada mas que para preguntar eso. Sin ningún preámbulo.
El artesano dudó. No porque la pregunta fuera difícil, sino que, su aparente símplicidad debía esconder algo más.
Quiso tomarse un tiempo para pensar, pero la mirada apremiante, casi angustiada, de su aprendiz, lo instó a responder.
- Mire, se barnizan barcos enteros. Y algunos son muy… – la mirada de Gregorio, de una exasperación rayana en el insulto, lo silenció en seco. Respiró hondo, quería al chico casi cómo a un hijo.
- Qué es bien, lo que quiere saber? -preguntó.
- Si yo hago un hueco, póngale, de dos pulgadas – se inclinaba hacia adelante con pasión mientras hablaba, Duarte se sorprendió con lo mucho que había cambiado. – ¿lo puedo rellenar con barniz? Suponga que es una pileta del tamaño de media puerta y dos pulgadas de profundidad.
Duarte quiso tragar saliva, pero su boca estaba seca. Gregorio no quería abandonar, no estaba asustado, ni su silencio se debía a falta de confianza.
El muchacho quería hacer algo nuevo…