Cometas de nombre raro

Era una primavera bien ventosa y las cometas se veían por todo el cielo.
Las mirábamos con el tío; pasábamos rato, el mateando y yo jugando con alguna piedra o algo.
A veces conversábamos un poco, pero eran frases cortas, el tío tomaba mate despacio, casi siempre sólo, por eso mismo.
Había gente lo devolvía enseguida, como si el objeto de tomar mate en ronda sólo fuese tomar agua caliente con yerba.
Y hablaba poco mientras mateaba.

Yo había hecho un camino con tierra (tuve que darle un chirlo al Nippur, porque estaba meta oler lo que hacía y me desarmaba todo) y estaba jugando, cuando el tío dijo:

– Aquella cometa tiene la cola muy corta. – lo miré y agregó, señalando con el mentón – por eso hace esas piruetas.

Seguí su mirada, buscando aquella cometa, pero no hacía falta; había varias en el aire, pero sólo una daba vueltas, nerviosas.
Se hamacaba de un lado al otro, se hundía en el aire cayendo diez o veinte metros y se remontaba, veloz, a la altura de donde había caído.

– En cualquier momento se mete en una bajada muy fuerte y la tienen que recoger toda rota. –

Nos quedamos mirándola, en silencio, pero la cometa siguió su loco baile de subidas y bajadas sin que esa caída grande llegara.
El caminito de tierra me volvió a llamar y estuve moviendo piedras y palitos de un lado a otro, por un ratito.
Mamá siempre terminaba mi jornada con un baño, cada vez que hacía eso, pero valía la pena.
Con los palos hacía corrales de los que trasladaba rebaños de piedritas de uno a otro.
A veces, alguna se me escapaba y había que mandar al tropero a buscarla y llevarla de regreso al ruedo.

– Mirá, el tano – dijo el tío Gabino, casi para sí mismo. El tropero tuvo que esforzarse en llevar una vaca rebelde al corral, antes que pudiera distraerme en prestar atención al tío.

– ¿Cómo, don Ramos?
– Aquella cometa; – dijo, y volvió a señalar, esta vez con la bombilla – aquella la hizo el tano Vattolo.

Las cometas que tenía vistas eran todas, más o menos parecidas y de dos formas distintas; unas redondas, que se hacían con cuatro tiras de tacuara y unas medio cuadradas, que mamá decía que tenían forma de rombo.
Éstas se hacían sólo con dos tiras de caña, uno largo y otro más corto, como haciendo una cruz.
Como sólo tenían dos palos, todo el que quería aprender a hacer sus propias cometas, empezaba con ese tipo; daban bastante menos trabajo que las otras.

Esas eran las que conocía, había otros modelos, claro, pero eran las otras con algunos cambios o directamente, mal hechas.

Esta no, esta era totalmente distinta y, según mi experiencia en cometas, no podía estar volando.
¡Pero si ni siquiera cola! ¡¿Cómo podía volar una cometa sí no tenía cola?!
Era una estrella; no una cosa medio parecida a una estrella, no señor. Era una estrella.
Con cinco puntas y cortos flecos que salían de ellas.
Y volaba.
Aunque no pudiera creerlo, la cometa se elevaba tranquila, casi sin moverse para los costados. Subía como siguiendo un riel, derechita.

La que hice era una pregunta bastante tonta, y merecía una respuesta que fuera medio rezongo, pero el tío parecía entender tan poco como yo del porqué volaba esa cometa.

– La verdá no sé, mijo. El tano tampoco, si uno cree lo que dice (y no tiene porque no hacerlo), pero la cosa es que las hace. Una o dos por año, nada más, y las regala.
Y sus cometas vuelan, y son únicas, no hay manera de confundirlas.
En eso estaba de acuerdo, esa cometa era única.
Y sí me hubieran dicho que volaba mansa sin tener cola, no les habría creído, pero la estaba viendo. Mis ojos no mentían.

– ¿Pa, tío, y le podremos comprar una? – Yo había estado juntando, muy despacio para mi gusto, los vintenes que me regalaban de los vueltos. Pero al ver a esa cometa me dije que mi pobre chanchita tenía las horas contadas.

El tío Gabino me miro molesto – Pero usté se debe haber caído de la cuna cuando era chico. ¿No le digo que no las vende, que las regala? –
Sí, me había dicho, y estaba bien rezongado. Si le llegaba a decir que había pensado romper la chanchita, me ligaba un rebencazo y de vuelta estaría bien.

Me quedé mirándola callado, sin acordarme de mis corrales de tierra, llenos de vacas rebeldes.
Cuando mamá me llamó para adentro, acaricié a Nippur, que se había acercado y, mientras me pegaba manotazos en la ropa para sacar lo peor del polvo, le dije al tío.

– ¿Sabe qué? Me gustaría tener una, pero más me gustaría saber por qué vuela tan bien. –

El tío asintió en silencio. Ya estaba llegando a casa cuando lo escuché decir: A mí también.
Al día siguiente, el tío me dijo que le pidiera permiso a mi madre para hacer un mandado.
Mamá estaba fregando la olla de las conservas; era grande, vieja y pesada, se ponía directo sobre el fuego de leña y siempre terminaba llena de hollín.
Cualquier distracción era buena para robarle un segundo a un trabajo tan pesado, así que mamá dejó lo que estaba haciendo, se sopló un mechón de pelo que le caía sobre la cara y me sonrió.
Me encantaba que hiciera aquello con el pelo; fruncía un poquito la boca, soplaba y el mechón se acomodaba. Me hubiera encantado aprender a hacer algo así, pero los hombres no llevan el pelo largo.
Y dejarme crecer un mechón sólo para poder soplarlo era bastante bobo.
Me dejó ir, pero antes me pidió un abrazo. Nos dimos un abrazo raro, porque mamá tenía las manos y brazos tiznados (y era a ella a quién le tocaría lavar mi ropa cuando se ensuciara) y no quería mancharme.

El tío me esperaba en el portón. Nippur iba y venía, parecía nervioso. Hacía pocos meses que el tío me lo había regalado y ya éramos inseparables.
Dio unas vueltas y se agachó como para hacer de cuerpo; yo miré para otro lado, pero el tío enganchó los índices y, tirando de ellos, se los mostró a Nippur.
El bicho se paró y lo quedó mirando sin entender mucho.

“Jiejiejie” se río el tío, en voz baja. Y empezó a caminar, chiflando. Si largaba la carcajada, era un “Juajuajua”, bien clarito y que te hacía reír, aunque no supieras muy bien porqué.
Pero si me hacía alguna maldad de las de él, o me tomaba el pelo, se reía así; parecía un gurí chico.

– ¿Que fue, tío? –
– Si uno hace así, – volvió a enganchar los dedos y dar un par de tironcitos – el bicho no va de cuerpo; no hace.
– ¿Y eso que gracia tiene, pobre animal? – me sonaba medio raro, pero me moría de probar, a ver sí funcionaba.
– Pal bicho, garanto que ninguna – se encogió de hombros, como si tampoco fuera cosa seria y no pude menos que sonreírme.
A veces, el gurí chico parecía él.

Habíamos caminado dos o tres cuadras, cuando el tío me llamó la atención, había un perro en la vereda, olfateando todo y me dije que esa era la oportunidad de probar.
Nippur ya había hecho, pero lo habíamos dejado en paz; no era cosa de andar judiando al animal de uno, mire si se enfermaba.

El perro se fue a agachar, y yo medio le chiflé bajito. Cuando me miró, hice lo que el tío me había mostrado… ¡El bicho miró para otro lado, luego me miró de reojo y se levantó sin hacer nada!
Sorprendido, miré al tío Gabino y largamos la carcajada al mismo tiempo.
El pobre perro caminó media cuadra y se agachó de nuevo, mirándonos con desconfianza, pero lo dejamos aliviarse; con una vez era suficiente.

Poco después llegamos a un galpón grande, que tenía cinco o seis largas porteras apoyadas en el frente. Al otro lado de la entrada había algunas puertas y marcos de ventana.
Un ruido agudo venía desde adentro, luego vería que era una gran sierra que cortaba largos tirantes del tronco de un árbol; un pino, tal vez.
El olor de la resina se mezclaba con el del engrudo que usaban para pegar y el penetrante olor del barniz.

– Andá con cuidado que esto no es juguete, Julito. No te alejes y no toques nada. – asentí y el tío le habló a un muchachito que no alcanzaría los doce todavía y que, con muchísimo cuidado, pintaba una portera. A decir verdad, el gran portón de madera ya parecía estar perfectamente pintado, pero el muchacho se esmeraba como si la madera aún estuviese virgen.

– Buen día, mijo – saludó el tío – ¿El tano anda por ahí? –
– Sí, señor – dijo el muchacho mientras se paraba, se enderezó y soltó un gruñido cuando su espalda estralló. El tío preguntó si había sido una jornada larga y el muchacho sonrió – Pocos patrones tan bravos como el padre de uno. Ya se lo llamo. – agregó.

Oímos como la sierra se apagaba y al salir, poco después, el joven nos invitó a pasar. Lo último que vi antes de entrar, fue como miraba la portera con ojo crítico.
El galpón parecía más grande por dentro que por fuera, y en su penumbra cavernosa había maderas de muchos colores y tamaños diferentes, en pilas que llegaban casi hasta el techo.
Una pared estaba ocupada por un tablero enorme, donde colgaba todo tipo de herramientas. Siluetas pintadas en amarillo indicaban el lugar que cada una debía ocupar.
Si se miraba con atención, uno se podía dar cuenta que el desorden que parecía haber era engañoso.
Todo estaba ordenado y las cosas que se usaban más seguido, se encontraban bien a mano.

El hombre se alegró al ver al tío y hablaron un rato antes de acordarse de mí.
Me entretuve mirando las herramientas, las distintas maderas, el gran tronco del que la sierra cortaba tablones del ancho de mi puño.
Me quedé bastante quieto hasta que vi una pequeña montaña de aserrín; me acerqué y, sin poder evitarlo, hundí las manos, tomé una buena cantidad y aspiré el aroma de la madera.

Cuando volví a dejar el aserrín en su pila, el tío Gabino me miraba incrédulo, mientras que el tano lo hacía con una semisonrisa complacida.
Sonreí, culpable (pero nada arrepentido) y me acerqué; el tío hizo las presentaciones y el tano Vattolo sonrió de nuevo cuando le tendí la mano.
– Todo un caballerito, el señor – dijo mientras hacía desaparecer mi mano entre la suya. Antes de soltarme, pareció recordar algo y preguntó: ¿Que le dijiste a tu tío de mis pandorgas, ayer?
No sabía a qué se refería, y sentí la aspereza de sus manos alrededor de las mías; pero antes de ponerme nervioso, recordé la charla que, el tío y yo habíamos tenido la tarde anterior.
Pero ni muerto me acordaba de la palabra que usó el hombre para decir cometa.
– Le dije que me encantaría tener una, pero más me gustaría saber cómo vuelan tan serenitas sin tener cola.

El hombre me soltó y sonrió, sin decir palabra, se fue al fondo del galpón. El tío me acarició la cabeza y dijo: Pandorga, Julito. En Paysandú, y parte de Argentina, a las cometas las llaman pandorgas.

Vattolo volvió con una de sus cometas; una estrella. La hacía hamacarse, sosteniéndola sólo con dos dedos apoyados en las puntas de dos de sus rayos.

Me la dio, la giró un poco antes de hacerlo y me dijo: ya que te interesa más el secreto que la pandorga, vamos a hacer esto: Si descubrís cual es, te regalo una.
Antes de encender la sierra, señaló al tío Gabino y sonriendo, gritó: ¡Pero que ese viejo sinvergüenza no te ayude!

El tío salió y yo me quedé mirando la cometa, sin saber muy bien qué hacer. Para colmo, era incómoda de agarrar, se le daba por inclinarse para un lado.
El señor Vattolo no había hablado de tiempo, pero me molestaba estar ahí parado, como un bobo sin que se me ocurriera nada.
Me puse a mirar la carpintería y volví a darme cuenta que el desorden era sólo aparente.
Si aquí se cuidaban tanto los detalles, era seguro que el secreto de la pandorga debía estar muy cuidado, no se debía ver con facilidad, debía estar escondido.
Los flecos que caían de cada rayo de la estrella no alcanzaban ni por asomo a juntar el largo de una cola normal, eran más de adorno que de otra cosa.
Pero, en realidad, en uno de los rayos de los rayos no había flecos. El acabado era impecable, como en toda la cometa, así que el que no estuvieran, tenía un motivo, ese rayo era el de arriba.
Al girar la pandorga para que esa punta quedara en su lugar, me di cuenta de otra cosa, la manía de la cometa por girar, no se notaba.
Había algo que hacía peso, y, estando abajo, la mantenía derecha, no la dejaba girar.
Mi sonrisa fue creciendo a medida que me iba dando cuenta de eso; la cometa tenía unos pequeños contrapesos unos gramitos de plomo o algo, que la mantenían en la posición correcta.
Me asomé a la puerta, donde la luz era más fuerte, y me puse a examinar las puntas los dos rayos que quedaban abajo. Sí, ahí estaban, casi invisibles si no se los buscaba y el único lugar donde la terminación no parecía tan fina como en los otros extremos.
Había encontrado el secreto.
No se los veía, pero debajo de la piola que los cubría, debía haber dos pequeños pedacitos de plomo que mantenían la cometa derecha.
El tío me había visto sonreír luego de descubrir el secreto, se acercó, pero no le dije nada; simplemente, entré a la carpintería con la cometa sostenida en posición invertida.
Cuando Vattolo me miró, la dejé girar.

Una gran sonrisa iluminó y su cara. Apagó la sierra y se acercó…

Cuando volvíamos a casa, el tío hacía girar la pandorga (de ahora en adelante, sólo las llamaría así) y la miraba con respeto.

Y estábamos tan contentos en ese viaje de vuelta que no molestamos a ningún perro.

Helados derretidos

– ¿Vamo en el vasco, Julito? – dijo el tío, ya en el portón.
Yo había hecho la mitad del camino hasta donde estaba, cuando preguntó: ¿No le pregunta a su madre?

Podía decir que no hacía falta, que era ir y venir, ahí, hasta el vasco nomás, pero era más rápido ir a preguntar, que discutir y tener que ir igual.

Encontré a mamá con los ojos llenos de lágrimas y me asusté.
Ella sonrió al ver mi expresión, – no pasa nada mijo, estoy pelando cebollas.
Le pregunté sí podía acompañar al tío, puso cara de “ya sabés lo que pienso yo del tío de tu padre”, pero igual me dejó ir.
Mamá nunca hablaba del tío Gabino como “tu tío”, sino que decía “el tío de tu padre”. No le gustaba mucho el viejo, pero sabía que yo lo quería mucho y que la cosa era mutua.
El tío no era santo para sus velas, pero sí me prohibía ir, íbamos a pasar mal los tres, y yo no tenía la culpa.
Así que me dejaba ir, no le gustaba nada, pero me dejaba ir.
Salí de la cocina y me acordé de lo mal que me sentí cuando creí que lloraba. Me di vuelta, le pegué flor de abrazo, bien apretado, y, antes que se diera cuenta, ya estaba corriendo para el portón.

El tío lo estaba peliando al Nippur.
Lo miraba con cara de malo y el bicho se ponía nervioso, bajaba las orejas y se ponía a olfatear las piedras, mirando de reojo.

– Mire que si lo muerde yo no tengo la culpa. – El tío dejó su juego y Nippur enseguida se puso a hacerme fiesta.
– Algo habrá hecho, ese bicho, sino no se pone nervioso.

Me encogí de hombros, cómo diciendo: “quién sabe” y rumbeamos para el almacén.
El vasco tenía unas heladeras viejas, no muy limpias por afuera y que hacían bastante ruido.
Pero adentro estaba la cosa.
Tenía unas cubeteras y les ponía jugo o licuado. Cuando se empezaba a poner durito, les ponía un escarbadientes y ya tenía un helado que nos vendía por unos vintenes.
Claro que uno los podía hacer en casa, con licuado, pero el vasco tenía una novedad brasilera. El suco, que era un polvo que uno le ponía al agua y quedaba jugo.
A mí me gustaba el de uva, No tenía gusto a uva, pero me gustaba.
Y, como el tío me compraba algunas veces, yo iba bastante ilusionado con la idea de comer un heladito.

Pero, cuando llegamos, el vasco estaba rezongando en la puerta.
El vasco no era vasco; se llamaba Vasco, pero era brasilero, y cuando se enojaba (parecía estar enojado siempre con los empleados) hablaba en una cruza de español y brasilero cerrado que no se le entendía nada.

– ¿Qué fue, vasco? – dijo el tío Gabino, a modo de saludo.
– A geladeira esa ¡podre! Que não marcha.

El hombre siguió hablando y quejándose en aquella mezcla rara, pero ya había dicho todo lo que me podía interesar oír.
No habría helados ese día. Sin “geladeira”, no hay helados, me dije, así que fui a sentarme al cordón hasta que el vasco se calmara, conversara media hora con el tío y al final pudiéramos volver a casa, el tío con su botella de caña, y yo con el rabo chato de esperar.

A veces me quedaba adentro, escuchando, y a veces, hasta trataba de hablar un poco, pero el vasco era de aquellos convencidos que los gurises no eran gente, sólo eran grandes mas abombados y petisos, así que no me hacía mucho caso.

Me senté afuera y me puse a mirar serio a Nippur, a ver sí se ponía nervioso, como cuando lo miraba el tío. Ni bolilla, medio me le acerqué tratando de poner cara de malo, pero me lamió la cara, loco de contento.
Me había lamido la boca, también, así que le tiré un sopapo mientras me limpiaba con asco, pero él pensó que era juguete y se puso a correr y ladrarme.
Iba para un lado, medio se echaba y me ladraba desde allá; luego corría para el otro lado y me volvía a ladrar.
Cuando estaba contento ladraba finito y molestaba a un pueblo.

El tío me llamó y, dándome una rapadura de las que vendía el vasco, me mandó hacerlo callar.

– Haga callar ese cusco, mijo, que está medio pesado.
– ¿Meio? Só si mira con um olho fechado. – acotó el vasco. El tío lo miró y asistió, levantando su vaso de caña.

Cuando estaba en ese estado, Nippur no respetaba nada, así que casi se mete para adentro del almacén, buscándome para seguir jugando.
Una cosa es el juguete, y otra ponerse atrevido, así que lo salí corriendo.
Pero mi perro no estaba como para distinguir entre juegos y rezongos así que pensó que esto era parte de la fiesta y bajó corriendo a la calle.

Bajó corriendo ciego de alegría, tal vez por eso no vio el carro que venía al trote. El gaucho se paró tirando de las riendas hacía atrás, en un afán inútil por parar, pero esa calle era en bajada y el caballo venía rápido.
Sin poder moverme, vi como mi perro miraba feliz hacía atrás hasta último momento. Todo mi cuerpo pedía que hiciera algo, pero estaba como pegado al piso, con las piernas y los brazos fríos como el helado que no comería ese día.

Recuerdo haberme sorprendido de lo lento que me pareció todo, cómo el carro se agrandaba frente a mi perro, las chispas (visibles aún a la luz del día) cuando las herraduras patinaban en los adoquines y cómo, a último momento, Nippur se dio cuenta del peligro que corría…

Una de las patas delanteras lo golpeó y lo envió debajo de la otra. El caballo casi se había sentado sobre sus ancas traseras, tal había sido el tirón a las riendas.
El carro se detuvo, y por un momento tuve la seguridad que mi perro había muerto, pero enseguida lo vi salir disparado de debajo del carro, aullando casi como un niño.

El tío Gabino y el vasco salieron corriendo del almacén y, en ese momento vi la fina línea de sangre que Nippur había dejado en su camino.
Mi alivio desapareció y corrí hacia él.
Mi perro corría unos metros, paraba y parecía querer morderse la cola, luego seguía un corto tramo y lo volvía a hacer.

El tío Gabino lo alcanzó segundos después que yo lo hiciera, y aunque casi no pudiera creerlo, aún tenía el vaso de caña en la mano.
Quise tocar a mi perro, pero, por única vez en su vida, Nippur me mordió fuerte.
Me llevé la mano a la boca, sorprendido.
El animal volvió a tratar de morderse la cola y me di cuenta que su rabo se movía raro, en un ángulo imposible.

El tío lo agarró, dijo: ¡¡Quieto, mierda!! cuando Nippur le tiró un tarascón, pero no lo soltó.
Le miró el rabo, le apretó la cabecita debajo de un brazo y, antes que pudiera entender lo que pasaba, sacó el puñal que siempre llevaba atravesado en el cinto y en un sólo movimiento, separó el muñón que el caballo casi había cortado.

Nippur aulló y se sacudió furiosamente, tratando de liberarse, pero el tío lo tenía muy agarrado.
Tal vez yo le habría dicho algo, o le hubiera gritado preguntándole por qué había hecho eso, pero lo que hizo a continuación, me dejó helado.
Cambió a Nippur de posición y le metió el rabo en el vaso. Casi se le escapó esta vez, pero el tío repitió “quieto, mierda”, y lo apretó más fuerte.
Cuando estaba casi por entrar al almacén, se acordó del gaucho del carro y le hizo señas para que siguiera. El hombre dudó un momento, pero luego se llevó la mano al ala del sombrero y se alejó despacio.

Yo hubiese querido tirarle una piedra o algo, pero al bajar la vista buscando una, vi lo que quedaba del rabo de Nippur y me olvidé de todo.
Estuve un rato quieto, sin saber que hacer hasta que el vasco se asomó a la puerta y me llamó.

– Vení, Julito, que este bicho no se queda quieto. Hablale pa que fique tranquilo – dijo mientras entrábamos. Quise decirle que, por necesidad de ser calmado, yo también necesitaba.
Entramos.

El tío lo seguía agarrando fuerte, aunque Nippur ya no se movía tanto.
Entre el vasco y el tío Gabino fueron haciéndole una venda en el rabo, yo le hablaba bajito, diciéndole que se estuviera quieto.
No demoraron mucho, e hicieron un trabajo bastante prolijo, pero al terminar, ambos tenían las frentes peladas en sudor.

Cuando volvíamos para casa, dimos la vuelta para el otro lado, no pasamos por donde estaba el rabo cortado.
Yo llevaba a Nippur en la falda, y el bicho parecía tan contento como si tal cosa.

– Me tarasconeó – le dije al tío – Debía estar loco de dolor, ¿no?
– Y sí, mijo. No es para menos, pobre animal.

Llegamos a casa y mi madre casi se muere cuando me vio las manchitas de sangre en el buzo.
Medio iba a cantarle las cuarenta al tío, cuando se le cruzó Nippur.
Vio que el perro estaba fenómeno y eso la tranquilizó bastante.

Paró y me preguntó seria: ¿Qué fue, bien, lo que pasó?
Le conté todo, hasta como había querido tirarle una piedra al pobre gaucho.
Le hablé del corte, de la caña y como me llamaron para tranquilizar a un Nippur tan nervioso como yo.

Cuando terminé, ella asintió con la cabeza, y no dijo nada.
Pero esa tarde le llevó una torta al tío Gabino.

Carreras bajo la lluvia

Las libélulas volaban, nerviosas en un mediodía cargado. Las nubes gordas, negras, apenas habían dejado pasar algún rayo de sol en la mañana, pero ahora, luego del almuerzo, parecía que estaba a punto de anochecer.
Cuando me desperté, lo segundo que dijo mi madre fue: Andá a lo del vasco, a buscar grasa.
Cuando agregó que también debía traer dulce de leche, casi tuvo que atarme para que no fuera antes de desayunar.
El día podía estar todo lo nublado que quisiera, pero la perspectiva de tortas fritas con dulce de leche, hacía que lo disfrutara tanto como si estuviera despejado y claro.
El rabo de Nippur, cortito, iba bien derecho mientras me acompañaba al almacén; parecía que sabía la tormenta que se venía, porque paró un par de veces y olió el aire.
El tío nos había dado los buenos días al salir y ahora teníamos un encargo suyo para traer del almacén.

– Buen día, Julito. ¿Paseando temprano?
– Buen día, tío. No señor, voy en el vasco.

Mamá decía “ir a lo del vasco” y afirmaba que decir “ir EN el vasco”, como decía el tío Gabino, estaba mal.
Naturalmente, yo siempre lo decía de esa manera, salvo cuando mi madre estaba cerca y podía oír.

– Tráigame naco, mijo. – fue a buscar dinero y al volver dijo, como siempre – Fuera cusco.
Pero Nippur no le hizo mas caso esta vez, que todas las anteriores. Estaba muy entretenido tirándole tarascones a algunas libélulas que rondaban por ahí.
– Perro abombado, mire sí va agarrar un alguacil. ¿Cómo era que les decía usté?
Nippur acababa de desmentir al tío, atrapado una libélula al vuelo (pero el bicho se le movió en la boca o algo, porque la largó enseguida, sacudiendo la cabeza. Se quedó mirándola con rencor, mientras parecía masticarse la lengua.
Sonreí
– Liblélulas, tío. Le decía liblélulas. – me encogí de hombros – era chico.
– Puff, – dijo, poco convencido con mi excusa – sí habrá dicho así hasta ayer o anteayer. Lo que pasa que usté nunca fue del todo despierto.
Volví a sonreír mientras el tío me daba el dinero, diciendo: y se me trae una rapadura o algo.
A veces me compraba y a veces, no. Claro que las rapaduras me gustaban, y los helados más, pero tampoco era cosa de aprovecharse. No me costaba nada hacerle mandados al tío, y, además, él no me pedía muy seguido.
Mientras guardaba la plata en el bolsillo de atrás (mamá tuvo que hacerme bolsillos traseros en casi todos los pantalones, porque “lo único que juntás más rápido que mugre, son agujeros en los bolsillos, Julio Daniel”), el tío vio a mi perro mirando el cielo. El miró también.
– Los animales huelen la lluvia – dijo, señalando a Nippur con el mentón. – por eso hay tantos alguaciles. Se viene linda esta vez; va a llover como para guardar.

Había bastante gente en el almacén, y, por los pedidos, se veía que mamá no era la única a la que se le había ocurrido matear con tortas fritas, esa tarde.
– ¿Grasa y que más, vas a llevar, Julito? – algo que me sorprendía del vasco, era que siempre sabía, y se acordaba, el nombre de todos. Chicos, grandes, gente que iba mucho o poco; el vasco se acordaba.
Claro que, si estaba mal humor, cosa que pasaba medio seguido, te decía gurí, nomás. Y si el horno no estaba para bollos, un: ¿qué vas a llevar?, malhumorado, era todo el saludo que uno recibía.
Pero se le perdonaba, porque si estaba de buen humor, te regalaba algún caramelo, o rapadura.
Helado no.
Las ventas iban bien, así que, al salir, la calle me encontró masticando rapadura regalada.
Nippur tenía olfato para las tormentas y también para las golosinas, porque me esperaba con las orejas paraditas.
No entraba.
El vasco me había mirado feo un par de veces cuando Nippur era cachorrón y se había metido, así que tuve que correrlo. Y darle una palmada, también, por porfiado. Pero lo que había hecho el milagro de que respetara la puerta, fue la vez que perdió medio rabo, bajo aquel mismo techo.
Yo trataba de hacerme el desentendido, el que no lo veía, pero el bicho era insistidor y me miraba con las orejitas tan paradas con el rabo. Al final, miré para todos lados, para que no me vieran, y le tiré el restito que me quedaba.
La cazó al vuelo y allá se fue, contentísimo.

Después de almorzar, me escapé de la siesta y me senté en el fondo, a mirar para afuera. Nippur debía estar en su cucha, así que estuve un rato sólo, viendo las rápidas idas y vueltas de las libélulas.
Cuando cayeron las primeras gotas, gordas y espaciadas, pensé que donde una sola le cayera encima a un alguacil, seguro que daba con ella en el suelo, pero un trueno fuerte, que se fue murmurando rezongos entre las nubes, pareció indicarles que ya no era seguro estar en mi patio.

El tío tuvo razón, llovió mucho, horas; las gotas hacían burbujas en los charcos, y los sapos empezaron a croar ya con las primeras gotas.
El olor de la grasa caliente llegaba de la cocina mientras miraba la correntada que se había formado en la canaleta, frente a casa.
De repente, sin poder creer lo que estaba viendo, vi pasar una lata de aceite flotando rápida en el agua, y detrás de ella, a un gurí que iba perdiendo la carrera contra la corriente.
Me encantó la idea.
No tenía a mano una lata de aceite, pero sí un trozo de madera al que el tío había dado forma de barco.
Mamá no estuvo muy de acuerdo que saliera, pero los relámpagos habían parado (hasta yo sabía que, si uno corre abajo de una tormenta, es seguro que le cae un rayo arriba) y hoy tocaba baño, así que, más porque saliera de la cocina ¡está la grasa hirviendo, Julio Daniel! que por otra cosa, me dejó jugarle carreras a la corriente.

La primera, la perdí por destrozo.
Las piedras estaban empapadas, resbalosas y había que tener cuidado de no patinar. Las sentía en la planta del pie, tibias todavía con el calor de la tarde, filosas bajo mis dedos.
Tenía que mirar bien por donde pisaba, tenía que tener cuidado de no resbalarme, ni patear alguna punta traicionera.
La elección era difícil, correr con cuidado o ganar
¿Pero, quién ganó una carrera mirando por dónde pisaba?
Tuve suerte que una rama caída detuviera mi barco, sino, a estas alturas, era seguro que hubiera llegado al mar.
No estaba dispuesto a correr el riesgo de perderlo, así que, lo dejé en el portón de casa; arranqué un trozo de la rama que lo había parado y ya tenía competidor nuevo.
Perdí de nuevo, pero por poquito, esta vez. Más o menos, sabía por dónde pisar, al volver miré con cuidado, separé un par de piedras flojas y me grabé en la cabeza el lugar donde estaba una punta fea.
El agua estaba cayendo cada vez más fuerte, no era seguro que tuviera muchas oportunidades mas, antes que mi madre me llamara; había que dar el todo por el todo en esta carrera y después, retirarse ganador.
Me esforcé al máximo, y, esta vez, no hubo corriente que pudiera conmigo, le habría sacado medio metro a la rama cuando pasé frente a casa y, de refilón, vi a mamá descorrer la cortina.
Era seguro que me iba a llamar, pero también que no iba a hacerlo mientras corría, no querría distraerme.
Sentía las gotas golpeándome el pecho, la cara, metiéndose en mis ojos, porfiadas.
Escuchaba cada respiración, agitada por el esfuerzo y por toda el agua en el aire. Mi corazón bombeaba fuerte, lento, lo que era raro, pero notaba cada latido en mis oídos.
Las cosas parecían volar a mí alrededor y supe que podía dar un poquito más.
Aceleré todo lo que pude, para que mamá viera un amplio triunfo y resbalé.
Dolió.
Dolió mucho y en varios lados.
Fue un golpe, varios golpes feos; tanto que mi madre ni me rezongó cuando me levantó del charco donde estaba tendido, llorando.
Dio un respingo cuando vio mi rodilla. Una piedra filosa me había abierto una herida larga y profunda.
Sangraba mucho; entre las lágrimas vi algunas gotitas caer a la corriente y diluirse. No sé por qué, eso me hizo llorar más fuerte.
Mamá me limpió la herida con cuidado, despacio y tratando que ninguna piedrita o suciedad quedara en la herida.
Pero la sangre no paraba y me dijo que había que limpiarla con agua oxigenada; dije que no iba a llorar, cuando me dijo que capaz que me ardía.
Pero lloré de nuevo, porque la herida era honda y vi cómo la piel se separaba cuando me puso el chorrito.

Recién después de estar bien vendado, y que mi madre se desahogara de todos los rezongos que no me pudo dar cuando me caí, pude comer mi primera torta frita.

Por lo menos, mamá me había dejado el tarro de dulce de leche y le pude poner bastante.
Cerré los ojos mientras masticaba y suspiré.
– Permiso – el tío Gabino me miraba con semblante preocupado, y evitaba mirarme la venda, como con miedo de hacerme doler si posaba los ojos en ella.
Se quedó poco, y creo que medio fue un alivio para él, que mamá le dijera que “me dejara descansar”.
Cuando salía, dijo: Sí seré abombado, casi me olvido.
Y dejó el barquito a mi lado.
No corrí más, esa tarde, pero mi barco viajó muy lejos en las corrientes de mis sábanas.

El gato en la punta de la columna

Hacía un calor bárbaro ese día; las chicharras cantaban, los grandes sesteaban y el sol dejaba las piedras hirviendo.
Si se miraba la calle, a las dos o tres cuadras parecía que estaba mojado, que había agua. Yo sabía que era por el calor, pero no entendía bien como era eso que el calor hacía que las calles y los techos parecieran tener agua arriba.
En casa se bajaban las cortinas todo el día; no se veía nada, pero era más fresquito cuando el sol planchaba las tardes.
A esa hora, el calor era mucho y el aire poco; había que estar loco para salir con ese sol matador.
Así que, ni bien los grandes se durmieron, agarré un gorro, le pegué una chiflada a Nippur y allá salimos los dos, calladitos, para el arroyo.
Eran como treinta cuadras, siguiendo las vías del tren. Charlando se hacían cortas, pero sólo con mi perro y abajo de aquel sol pesado, parecieron el doble.
Nippur corría siempre adelante, de un lado para otro y olfateando las piedras, ramas o yuyos que encontraba, el muñón del rabo bien paradito.
Pero no ese día.
Caminó un rato delante, y olisqueó algunas cosas, sí; pero al poco rato sintió el calor y empezó a caminar detrás de mí, tratando de usar la poca sombra que yo dejaba.
– No sos bobo, vos – le dije, pero ni siquiera levantó las orejitas.
Cuando me cansé de tenerlo tropezando a cada rato con mis talones, pegué una carrerita corta, para ver si le levantaba el ánimo. Pero no dio mucho resultado, al ratito ya lo tenía arriba mío de vuelta.
Medio le pegué una patada con el talón y entendió que no me gustaba que me anduviera pisando. Empezó a caminar más lejos, sí, pero cabizbajo y con un aire triste que me hizo sentir culpable.
¿Pobre bicho, que culpa tenía si buscaba algo de sombra? Él no tenía gorro para cubrirse, así que se pegaba a la sombra más cercana, y esa sombra era yo.
– Vení, abombado. – le dije agachándome – Vení acá.
Ni se acordó de que le había pegado, en dos saltitos estuvo en mi falda y me lamió la cara cuando lo levanté.
Ese era un secreto que teníamos, ni siquiera el tío Gabino sabía. A veces lo levantaba en la falda y hasta dejaba que me lamiera.
Pero al rato volvimos a morirnos de calor y los dos nos sentimos igual de aliviados cuando lo bajé para que caminara.
Igual, ya faltaba poco.
Poco después, Nippur me miró y salió corriendo; paró como cincuenta metros más allá y me volvió a mirar.
– Dale, dale. – le grité – Andá nomás.
Salió alto del piso y, cuando llegué al terraplén que bajaba al arroyo, allá lo tenía al hombre, empapado, lengua afuera y loco de contento.
Había gente que se tiraba desde arriba del puente del tren cuando el arroyo estaba bien; pero no había llovido en primavera, y si te tirabas de esa altura, lo más seguro que terminaras enterrado en medio metro de barro.
Caminamos como dos cuadras, bordeando la orilla, hasta un poquito más lejos de donde habíamos ido a pescar con el tío.
La semana anterior había ido con mis primos más grandes, después de un rato largo de órdenes y recomendaciones de mamá.
Toda esa perorata se podía decir de forma mucho más corta; lo que entendí fue: Si ves que te vas a divertir, no lo hagas.
Pero lo malo es que mis primos estaban bastante de acuerdo con algunas cosas y se pusieron bastante pesados con aquello de hacer caso y tener cuidado.
Nos divertimos igual, pero había cosas que me había quedado con ganas de hacer.
Ellos ya conocían esa parte y aunque a nosotros nos hubiera venido fenómeno bañarnos al lado del puente, insistieron en ir para otro lado.
Me acuerdo que cuando vi aquello, me acordé de la isla del ahogado que me había contado el tío.
Acá también había una piedra sobre el arroyo, que lo estrechaba bastante y formaba como una laguna más profunda del lado de la corriente.
Había un árbol viejo y grande, que tenía una rama gruesa que llegaba casi hasta la mitad del arroyo.
Los gurises chicos nos bañábamos del otro lado, que era más llano y seguro, pero los grandes se tiraban a la laguna desde la rama y disfrutaban de lo lindo.
El Lolo, el Shico y el Joselo nos dijeron bien clarito que ni pensar de tirarse de ahí hasta que supiéramos nadar: “Esta parte es onda; no es juguete”
Ahora que no había nadie que me dijera que hacer, me fui con Nippur para aquel lado a bañarme y sacarme todo el calor de la tarde.
Pero estaba llegando y me empezó a picar el remordimiento: yo me había escapado, eso era una verdad. Como también serían de verdad los chinelazos que me iban a dar si se enteraban donde había estado.
Pero esos no serían nada si además se enteraban que, no sólo me había escapado al arroyo, sino que, encima, me había ido a bañar en la laguna.
A uno le dolía la cola sólo de pensarlo.
Así que, por las dudas, y para no tentarme, dejé mi ropa “del lado de acá” de la piedra, y me metí a chapotear un rato. Saltaba en el agua, al lado de Nippur y lo empapaba, él, chocho de la vida, meta ladrar. O sino, me paraba cerca de la orilla y lo llamaba, cuando estaba cerca, pateaba el agua y lo volvía a mojar.
Jugamos un rato largo así, el agua hacía pequeños arcoíris en los rayos de sol que atravesaban las ramas más altas.
Pateé el agua diez o veinte veces, sólo para ver los colores.
Nippur me hacía fiesta, ladraba feliz, como pidiendo que lo volviera a mojar.
Los perros, cuando se divierten, son incansables, como sabe cualquiera que haya querido volver a atar un perro escapado, así que me aburrí mucho antes que Nippur se diera por satisfecho.
Me senté un rato en la orilla y él seguía ladrando, dando vueltas, iba y venía, corría y ladraba sin mostrar señal de cansancio o aburrimiento.
Me acosté, con la esperanza que, al verme tranquilo, él también se tranquilizara un poco y pudiéramos bañarnos en silencio, o, por lo menos, sin tanto barullo.
Pero él no encontró mejor idea que tomar impulso y saltar arriba mío; con tanta mala suerte que me cayó en la verija. ¡¡Ay, mamita!! ¡¡Que dolor!!
Me senté de golpe, sólo para caer de costado, agarrándome esa parte, loco de dolor. Nippur se me acercó curioso, y le pegué un sopapo con todas las fuerzas que pude juntar.
Eso, por lo menos, hizo que se pusiera serio. Se alejó unos cuantos pasos y se sentó; me miraba con desconfianza.
Cuando el dolor se hizo más soportable, me metí de nuevo en el arroyo y me senté, esperando que el agua fresca me aliviara un poco.
Me hizo mucho bien, y al rato, aunque dolorido, podía moverme más o menos bien.
Pero ya no tenía muchas ganas de quedarme, quería volverme a casa y comer uvas frescas, recién sacadas de la heladera.
Salí del arroyo, y, cuando empezaba a ponerme la camiseta, me dije que sería un crimen haber ido hasta allá, arriesgando flor de paliza y volver sin haberse bañado en la laguna.
Así que dejé las sandalias y la camiseta donde estaban y, con cuidado de no resbalar (no fuera que me cayera y me volviera a pegar ahí abajo) empecé a treparme al árbol de al lado de la laguna.
Nippur se paró enseguida y empezó a mirarme nervioso, moviendo muy rápido el corto rabito; cuando alcancé la rama, ladró por primera vez.
Me paré en la rama y, despacio, fui caminando hacia la punta. Nippur seguía mirándome y soltaba unos ladridos cortos, nerviosos.
– Mejor que te calles, vos – le dije – El horno no está para bollos contigo.
Pero él seguía mirándome con aquella actitud ansiosa, una patita levantada y dobladita para atrás.
Me puso nervioso, el abombado; parecía que me rezongaba. No, no parecía que me rezongaba, parecía que me pedía que bajara.
Ya estaba casi al final de la rama, a la mitad de la laguna cuando decidí dar vuelta.
Perro bobo, ese, me había puesto nervioso, y más bobo yo, que le había hecho caso.
Pero una cosa era avanzar, y otra distinta era dar vuelta, así que decidí sentarme y hacerlo despacito, y con cuidado.
Al agacharme, con la tensión, un rayo caliente me subió de la entrepierna, llevé la mano ahí, y perdí el equilibrio.
Lo último que oí antes que me sumergiera el agua, fue otro de aquellos raros ladridos de Nippur, sólo que éste sonó angustiado.
Traté de contener la respiración, pero me asusté, seguía hundiéndome cada vez más profundo, el arroyo no parecía tener fondo.
Cuando lo toqué me llené de asco, era un barro pegajoso y frío. Moví las piernas con desesperación, para escapar de él, pero el dolor volvió con tal fuerza que grité. Grité abajo del agua, y tragué mucha, mucha.
Me parecía oír los ladridos frenéticos de Nippur en la orilla. Recuerdo haber pensado que mi tío, ateo como era, se persignaba siempre que oía a un perro haciendo lo que llamaba “aullido de dueño muerto” y pedí por favor que Nippur no ladrara de esa manera.
Me di cuenta que había pensado en morir, no había cumplido once años y estaba pensando en morir.
No sé por qué, pero eso me dio tranquilidad y me dije que la orilla estaba a menos de tres metros de donde había caído.
El aire me empezaba faltar, pero empecé a mover las manos con cuidado, impulsándome despacio hasta la orilla.
Rocé el barro del fondo, me volvió a dar asco, pero pensé que, si lo había vuelto a tocar, era porque el lecho estaba subiendo, y me acercaba a la orilla.
Mis pulmones estaban reventando y me parecía ver como lucecitas en los ojos.
Me afirmé en el barro y salté hacia arriba, el dolor volvió, pero el delicioso sabor del aire me hizo olvidarlo.
Nippur aullaba, de esa forma mi tío decía que era de mal agüero, como ladran cuando se les está por morir el dueño.
– Hoy no. – pensé, mientras salía de agua.
Mi perro estaba tan feliz que continuó aullando, pero el sonido no era triste, sino eufórico.
Corrió todo el camino de vuelta, haciéndome fiesta y ladrando a todo lo que veía a su paso.
Yo caminaba despacio, cansado cómo nunca, aunque todo me parecía más luminoso, más intenso.
Como si algo hubiese cambiado los colores por otros más vivos.
Nippur correteó un gato que, justo a tiempo, encontró una columna; un tarascón en la cola lo hizo subir hasta la punta. Allí quedó parado, con las cuatro patas en el circulito de la punta de la columna.
Entrando a casa, miré para atrás y lo vi, todavía parado allá; con miedo a caer, tal vez.
El tío Gabino estaba mateando a la sombra de su casa.
Le conté del gato aquel.
– Capaz que se cae, pobre animal. – el tío no se preocupó demasiado.
– Los bichos son vivos; nunca se meten en lugares donde no saben si pueden salir.
Me quedé pensando y le dije: Al revés de la gente.
El tío me miró un rato, asintió y me dio un mate. – Al revés de la gente. – repitió.

Cuando me tocó hacer de maestro

Hacía dos o tres años que estaba pasando con buena nota y un día me di cuenta que hasta podía ser escolta y todo.
Abanderado era muy difícil, ni hablar de la uruguaya, eso era cosa de los hijos del contador.
Esos eran finos para los números, mi padre decía que era porque eran judíos; unas gotas de sangre moshe adentro de uno y las cuentas se le hacen solas, decía.
Había dos en Artigas, el contador (que era casi rico) y uno que tenía un almacén allá por la bajada San Vicente.
Ese, según mi padre, vivía quejándose que pasaba mal; “no póido” para acá, “no póido” para allá, pero le había hecho flor de cumpleaños de quince a la hija, pero a los trece.
De eso hacía cómo tres años y no estuvimos invitados, pero yo la conocía de vista a la gurisa.
Una vez vino un senador para inaugurar no sé qué cosa y juntaron a las tres escuelas.
Estaban todas las clases en Plaza Artigas y a la gurisa le tocó hablar, delante todo el mundo.
Pensé que le iba a entrar vergüenza o algo (a mí me daría, hablar frente a toda la plaza) pero ella como si nada; va, y así flaquita y de lentes como era se manda terrible discurso. ¡Y sin leer!
De repente miro al hijo del contador y parecía malísimo. La miraba a la gurisa como para matarla.
Está bien que uno medio le tuviera envidia, porque todos la aplaudían y el senador hasta le dio un beso, pero no daba para mirarla así.
Yo no estaba convencido de querer que todos me aplaudieran sí el precio era hablar delante de todo el pueblo, y pensaba que todos sentirían la misma mezcla envidia y miedo.
Pero encontrar esa mirada de odio, porque era odio nomás, me sorprendió.

Así que al llegar a casa le comenté al tío Gabino.
Lo que pasa que los hermanos no se pueden ni ver, y que el pobre le gane al que está mejor es casi una ofensa.
¿El otro es hermano del contador? No sabía.
Sí, pero hace añares que ni se hablan. Uno se fundió y el otro dijo algo que no debía. Los negocios son negocios, pero si sos judío, está mal visto fundirse.
¿Son malos los judíos o algo?
La gente es mala y es buena sin importar mucho de donde sea, mijo. Las malas gentes están bien repartidas, en ningún lado falta.
Como los abombados, dije yo.
Sí señor, dijo el tío Gabino, mire nomás, yo toy hablando con uno.

Le di una mirada seria, pero me reí enseguida, muy de hacerme esas bromas, el tío.

Pasaron unos años y volví a saber de esa muchacha, en la última semana de clases de quinto año me dieron una sorpresa: no resulté escolta, salí abanderado.
Claro que de la bandera de los Treinta y Tres, no de la nacional o la de Artigas, pero era abanderado. El primero en la familia.
Esa semana comí todo lo que quise, me compraron una túnica y zapatos nuevos y todos los tíos me despeinaban contentos cuando pasaban al lado mío.
Cuando le conté, el tío Gabino me dio un abrazo fuerte, apretado y largo mientras se reía. Me agarró de los hombros y me alejó para mirarme mejor.
Los ojos húmedos tenía.

En eso pasó mi padre y el tío le preguntó sí iba en el vasco. Sí señor, dijo, ¿precisa algo?
Que me espere nomás. El viejo se apuró y al ponerse al lado de mi padre dijo, espérenos acá, Julito.
Cuando hablaba un grande no se discutía mucho, así que me fui a jugar con Nippur.

Pasaron algunos días, casi una semana y una tarde el tío Gabino me dijo que lo acompañara.
Cruzamos media ciudad y yo meta preguntarle donde íbamos, pero el tío era fino para cambiar de tema y yo siempre terminaba distrayéndome.
Al final llegamos a un almacén bien provisto, prolijo, limpio y lleno de olores que no se parecían en nada al olor del almacén del vasco.
Un hombre bajito y algo pelado salió de atrás del mostrador y le dio un apretón de manos al tío. ¿Este es el abanderado?
Sí señor, este es Julio Daniel, mi abanderado.
Por primera vez, el tío no me decía Julito, entendí que era por orgullo; el viejo estaba orgulloso de mí y a un abanderado no se le llama por el nombre de chiquilín, pero igual me sentí raro.
¡Ah sí, sí! Dijo el hombre, el estudio lo va a llevar muy lejos, sí señor. El estudio lo va a llevar muy lejos.
Me dio la mano, blanda era, no apretó y le dijo al tío, ¿y si hablamos de nigocios?
Me quedé mirando los cajones con fideos, los tarrones de semillas y las latas de galletitas. Todos los vidrios estaban sanos y limpios.
Había café en grano (molido en el acto, ¡oferta!) y un viejo molinillo todavía tenía una medida pronta para moler.
Había unos yuyos sobre un costado; los conocía, mi madre me hacía té de Marcela cuando me dolía la panza.
Una voz habló a mi espalda, era la muchacha que había hablado en la plaza, pero de aquella gurisa de voz firme y clara parecía quedar poco.
Era la misma, sí. Las mismas piernas blancas que parecían no haber visto nunca el sol y aquel pelo rojo como los ladrillos secos.
Pero era tímida y hablaba bajito. Me hizo señas para que la siguiera y cruzamos un pasillo con altas pilas de cajas a cada lado.
Acá está, dijo cuando salimos, y entonces la vi.
Y fue amor a primera vista.
Había bicicletas en casa, todos andábamos, pero había que pedir permiso porque eran de los tíos. Y no se usaban para bobear, no señor, se hacían mandados, se iba a trabajar o a comprar algo a Quaraí, pero usarlas era asunto serio.

Pero aquella bicicleta, grande, verde y linda iba a ser mía, y ya me imaginaba lo compinches que íbamos a llegar a ser.
Examinaba los frenos, unas gruesas varillas de metal, cuando llegaron el tío y el almacenero. La gurisa me miraba con una semisonrisa, recostada contra la pared, pero cuando padre apareció, se paró derechita detrás de él y desde allí miraba todo con aquellos enormes ojos celeste pálido.

Si el judío se hubiese guiado por mis respuestas, lo más seguro es que creyera que las banderas se las daban a los abombados. No puedo recordar lo que dije, sólo que él me preguntaba cosas, muy entusiasmado y yo respondía sin escucharlo.

Volvíamos subiendo despacio la bajada San Vicente cuando se me ocurrió preguntarle al tío si sabía andar en bicicleta.

Que blanca esa gurisa, ¿eh Julito? Pa mí que el padre la deja salir a tomar sol después de medianoche nada más.

Largué la carcajada, “o los días nublados nomás”, dije.
Seguimos bromeando y conversando casi hasta llegar a casa, el tío dijo que se iba a tirar un rato y yo, que no daba más de ganas de mostrarle a todos mi nuevo orgullo, monté e hice andando los últimos metros.
A Nippur, que se había quedado atado, casi le da un ataque cuando me vio aparecer arriba de semejante cosa, y me ladró bien enojado desde adentro de su casa.
Incluso cuando me acerqué a desatarlo, miraba a la bicicleta y le lardaba desconfiado. Cuando estuvo suelto me olió por todos lados para ver si seguía siendo yo mismo, cuando comprobó que no me faltaba nada, se acercó a la chiva, con las orejas duritas y el pelo del lomo medio levantado.
La desconfianza le duró algunos días, pero luego la tomó como una prolongación de mí y los tres nos hicimos inseparables.

Pero mi duda se mantenía, cada vez que le preguntaba al tío si sabía andar o no, cambiaba de tema o simplemente no me daba bola.
Que un grande no supiera andar en bicicleta era increíble, pero al mismo tiempo tenía un encanto que no dejaba atraerme.
Era cómico, sí, pero también era algo triste.
Y de algo estaba seguro, el tío no podía seguir escapándose; yo tenía que saber.

Así que un día lo encaré y le pregunté de frente.
Tío, ¿usté sabe o no sabe andar en bicicleta?
El medio amagó a cambiar de tema, pero al darse cuenta que no iba a dejarme engañar esta vez, suspiró.
Yo tendría que meterle un rebencazo por atrevido, ¿cómo me va a andar preguntando así?
Sí me da un rebencazo va estar mal. Porque no es de sentir vergüenza, hasta yo podría enseñarle, nadie se tiene que enterar.
El viejo largo la carcajada, y dijo, ¡vivir para escuchar esto!! Usté se da cuenta del atrevimiento que tiene? ¿Cómo es eso que nadie se tiene que enterar? ¡Ni que fuera tanta vergüenza!!
Yo estaba decidido a no dejarme distraer con bobadas, así que le dije, si no es tanta vergüenza, cómo dice usted, – el viejo supo bien clarito de donde iba a venir el golpe y supo también que no iba a poder esquivarlo. – ¿Por qué entonces no me dijo de primera?

Estuve tentado a seguir, pero los dos sabíamos no hacía falta.
Con el tiempo aprendí que ser valiente no es no sentir miedo, sino hacer lo correcto, aunque tenga miedo.
El tío Gabino nunca me lo dijo con esas palabras, pero ese día me enseñó lo que quería decir esa frase.
Lo que hizo requería una gran, una enorme dosis de valentía (mire si un hombre grande se iba a dejar enseñar por un gurí) pero, además, una dosis de generosidad que no todos tenían.
Porque es generoso quién acepta ayuda ofrecida desde el corazón.

Así que el tío pensó, no mucho, y me dice, está bien mijo. Pero entienda que es medio raro que un hombre de mi edad ande aprendiendo como un gurí que no sabe ni como limpiarse el traste. Hay que aprender medio donde no se nos vea, ¿vio?

Así que hubo que encontrar lugar, y nos costó, porque no era cosa de ir a cualquier terraplén o parte con bitumen, mire sí el tío se me caía. Estaba bien para su edad, pero la cosa ahí era esa, para su edad.
Sí se me llegaba a lastimar, él iba a ser víctima de todas las burlas y yo me iba a ligar unos buenos cintazos “por meterle esas cosas en la cabeza al pobre Tío”
Y ese era mi miedo principal, que sí el tío se llegaba a caer, iba pasar a ser “el pobre tío” y no se merecía eso.
Me dije de todo y muchas veces cuando me di cuenta de eso. Creo que ese fue mi primer pensamiento adulto, el entender que la intención podía no tener mucho que ver con el resultado. Y eso me enseñó también que las cosas habías que pensarlas de antemano, eso no garantizaba que todo saldría bien, pero era mucho más lógico que elegir a las apuradas, sobre la marcha.

Pero al final un campito bien liso detrás de la arrocera nos sirvió de salón de clases. Toda esa zona había sido nivelada porque se usaba para acopiar las cáscaras, así que teníamos terreno liso, protección contra miradas indiscretas y también contra caídas, como el tío se ocupó de señalar con aire pesimista, si veo que me vua caer, me tiro arriba del afrecho.

Y se cayó nomás, varias veces.

Yo hacía fuerza para no reírme, y dígase esto en mi nombre, pude aguantarme varias veces. Pero ver al tío avanzando con la punta de la lengua asomando y bamboleándose como borracho en temporal daba gracia, y yo sólo era un gurí de escuela.

Pero hubo un momento que no me reí, hubo un momento que me asusté mucho y me arrepentí mil veces de haber insistido.
El tío Gabino medio le había agarrado la mano a la cosa y lo vi dar sus primeros pedaleos vacilantes, vacilantes, pero sólo.
No podía creer que le hubiera tomado la mano tan rápido, hacía menos de una hora que estábamos allí.
Y, entusiasmado, grité, ¡Bien tío, bien! ¡Ya está andando!
Pero le entraron los nervios, medio quiso mirar para atrás para ver si era cierto que estaba andando sólo y la rueda se le cruzó.
Se desparramó, se cayó de mala manera y se quedó quieto en el piso, boca abajo y hecho un revoltijo con los fierros.
Me acerqué corriendo, con miedo que se hubiese lastimado, pero vi algo que me paró como si hubiera chocado con una pared.
Temblaba, se sacudía apenas, como si estuviera llorando.
Llorando…
Caí de rodillas y empecé a llorar, avanzaba raspándome las rodillas contra las cáscaras secas, con el corazón lleno de angustia.
Había hecho llorar al tío, lo había lastimado hasta el punto de hacerlo llorar.
Y quedé helado al darme cuenta que había pensado “pobre, pobre tío”

Pero el tío aulló, tirándose hacia atrás, y me di cuenta que se reía como nunca lo había visto.
Vamos a tener que ir pa casa mijo, porque sí me sigo riendo me vua miyar.

Y dicho esto se volvió a tirar para atrás, a las risas ambos.

El tío aprendió a andar en bicicleta, yo aprendí que me gustaba enseñar y aunque nunca salimos juntos a pedalear, yo sabía que siempre me acompañaba.
Siempre.

Tobera

Unos amigos del tío habían estado de cacería por campaña y le avisaron que tenían algunas mulitas y chorizos de carpincho.
La mulita era rica, sabrosa, pero los chorizos eran medio fuertones, así que apenas comía.
O comía solo cuando se hacían cazuelas, lo mismo que el charque.
Pero al tío le encantaban y los amigos, que lo conocían, le avisaban siempre que hacían y él encantado.
Le pregunté, una vez, porque no hacía él mismo, así siempre tenía.

– No me gusta cazar, no me gusta carnear y los chorizos le quedan mejor a Tobera. Así que… – hizo un gesto, como diciendo que no había mucho más que agregar.
– No caza, pero le gusta pescar.
– No es lo mismo. El pescado no chilla. ¿Escuchó un chancho chillar cuando lo carnean? – no esperó mi respuesta – Dios nos libre, parece un gurí.
Hizo una pausa y se encogió de hombros. – El pescado no chilla. Tampoco es muy guardián.

Me pareció que había entendido mal, pero al mirarlo el viejo sonrió y me despeinó.
Años después, me di cuenta que hacía ese tipo de cosas muy seguido: si hablábamos de algo feo, siempre agregaba una broma o algo que me hiciera sonreír (cuando no largaba la carcajada), como para borrar el mal sabor de boca.

Tobera era un hombre raro, no era difícil encontrar gente bien conversadora, era un poco más difícil encontrar sordos.
Pero “toberita”, como lo llamaba el tío, era el único sordomudo conversador del que haya tenido oídas.

Tobera trabajaba para el municipio, era el cuidador de plaza Zorrilla, desde hacía como mil años, capaz que mas; el tío decía que un intendente le había dado el trabajo, pero no se acordaba quién. Lo cierto es que la plaza Zorrilla no sólo era la más limpia de la ciudad, sino que las flores, alegrías y pensamientos, eran las más coloridas y cuidadas.
¡Y pobre del algún gurí que las quisiera arrancar!
Tobera no hablaba, no sabía decir casi nada, pero aquel que le tocara alguna planta se ligaba un rezongo que le quedaba más claro que si el hombre supiera hablar.
Muy pocas veces tuvo que rezongar dos veces al mismo gurí y al que le tocó, se acordaba para toda la vida; pero, al poco rato volvía a ser nuestro amigo.
Siempre nos dejaba tomar agua de la manguera si hacía calor y nunca le faltaban curitas y agua oxigenada si nos caíamos.
Buen hombre, Tobera.
Hasta que quería conversar; porque sí algo le gustaba, era conversar, y una cosa tan mínima como ser sordomudo no lo iba a dejar sin charla.
Así que, dos por tres, nos agarraba y estaba largo rato tratando de conversar con nosotros o contarnos cosas, todo muy regado con gestos y caras muy exageradas.

Al principio daba gracia, aunque uno no quisiera, pero después terminabas haciendo el mismo esfuerzo por entender que él hacía para que lo entendieras.
Hacía años que debía haberse jubilado, pero le gustaba estar en la plaza, así que se quedaba, aunque ahora había otra persona que venía dos o tres veces por semana y le hacia el trabajo pesado, o le cambiaba algún foco.
Pero los jardines seguían siendo cosa suya y, si algún perro tenía la mala idea usarle los canteros como baño, el los corría con la misma energía de antes, al grito “ptamárre, ptamárre”

Nippur nos había seguido con toda su alegría de cachorrón, olfateando todo lo que tenía a mano y un poco mas también. Corría media cuadra, encontraba algo interesante y se quedaba dando vueltas hasta que lo alcanzábamos, luego corría de nuevo y la cosa se repetía.
Hasta que, sin darse cuenta, siguiendo un rastro que lo tenía bien interesado, casi se dio de frente con un gato.
El bicho bufó, furioso, y arqueó el lomo.
Eso último no hizo falta.
Nippur se llevó tal susto que casi pareció decir “ay mamá” y se vino que no le daban las patitas, cuando estuvo pegado a nosotros se puso a ladrar, enojadísimo.
Ladraba mirando al gato, que incluso lo había corrido un par de metros, así que no se dio cuenta que el tío se agachó y le pellizcó una pata como si algo lo mordiera.
El pobre se volvió a llevar un susto bárbaro, pero pareció calmarse cuando se dio cuenta que sólo era el tío.
– ¡Pero qué animal bien flojo! ¡Mire que salir disparando de un gato!
– el tío se reía casi tanto yo.
Nippur nos miró con vergüenza y estuvo todo el resto del camino caminando pegadito a mis pies, sin olfatea nada, como recién bañado.

Cuando llegamos, las cosas no mejoraron mucho, Tobera lo había sacado alto del piso cuando quiso hacer en un cantero. Y los dos se acordaban.
El hombre lo vio, me miró y llevándose un dedo a un ojo me dijo: Ójo, ójo. Y señalaba a Nippur.
Él sólo gruñó, con un gruñido que era mitad lloro, también.
Y se quedó detrás de mí.

El tío se puso a conversar con Tobera como si tal cosa y al rato pasaron al fondo, el viejo me hizo señas que me acercara y dijo en voz baja que, si quería, podía pasar, pero Nippur tenía que quedarse ahí.
Lo hice sentarse y allí, lo dejé, quietito y como temblando, mientras me alejaba.
Habitualmente Nippur se habría levantado antes que diera tres pasos, pero ese no era su día y él parecía saberlo.
Así que se quedó, sentado, quietito y mirándome anhelante mientras pasaba al fondo.
El tío Gabino vio que venía sólo, miró al corredor, esperando que Nippur apareciera y asintió al ver que no lo hacía.

Tobera entró a la casa y poco después salió con una tabla de picar con chorizos y pan cortado en cubitos.
Ellos empezaron a comer mientras hablaban por señas. Yo los miré un rato, y al final empecé a entender bastante. Los gestos eran bastante sencillos de adivinar, cada cosa que se quería decir tenía su gesto exagerado.
Me serví una rodajita de chorizo, y agarré dos panes, para ayudar a bajarlo. No era muy rico, era medio fuertón para muy gusto, pero con el pan se pasaba más o menos bien.
Luego de un rato, todos aquellos gestos no tenían miras de aflojar, así que, pedí permiso, y me fui al frente.
Nippur medio que zapateó, sentadito, al verme y dejó escapar un ladrido finito.
Lo hice callar casi como si hubiera ladrado en la iglesia y su carita extrañada me hizo preguntarme, porque lo hacía callar.
Y por qué el tío me había hablado en voz baja.

Me quedé jugando con Nippur hasta que aparecieron, bastante después que yo creyera que no podía dar más de aburrimiento.
Nos despedimos, Nippur mirando receloso detrás de mí, y cuando estábamos a una cuadra, le conté al tío que había hecho callar a Nippur cuando ladró.
El viejo me miró como sí no entendiera adónde quería llegar.

– Si, tío. Lo hice callar, igual que usted me habló en voz baja cuando se iba para el fondo – “Ajá”, acotó él, pero seguía con cara de no entender.
– Claro, tío, en la casa de un sordo no tiene mucho caso hablar bajito.

El viejo asintió con la cabeza. Caminamos algunos metros en silencio, viendo cómo Nippur miraba al gato que lo había corrido.
Todo erizado y repitiendo aquel gruñido, que era mitad queja.

– ¿Sabe lo que pasa? Usted dijo “en la casa de un sordo, no hace falta hablar bajito”, ¿nocierto? – cuando dije que sí, continuó – ¿Y cuáles son las palabras mas importantes en lo que dijo?
– ¿Que es la casa de un sordo? – sabía que esa no era la respuesta que el tío buscaba, pero no estaba seguro de haber entendido la pregunta.
– Es la casa de alguien, Julito; no es nuestra casa. Que el dueño sea sordo, rubio o abombado (y me tocó la cabeza al decirlo) no tiene nada que ver. Es casa ajena igual.

Nos sentamos en un banco de la plaza, el tío puso la bolsa entre los dos y empezó a pelar naco para hacerse un cigarro.
Nippur olvidó los buenos modales y trató de olfatear mejor aquella bolsa que olía tan bien.
Le di un sopapo y se echó medio lejos, mirándonos y quejándose de vez en cuando.

– ¿Sabe qué? Yo me siento raro cuando don Tobera me habla, pero me siento más raro por sentirme raro. ¿Entiende?

El tío armó y prendió el cigarro sin decir nada. Hacía girar su yesquero, despacito, el sol se reflejaba en el metal pulido por el uso.

– ¿Sabe lo que pasa? – hizo una pausa, cómo reconsiderando lo que iba a decir. Me acuerdo que en ese momento Nippur se quejó, el tío Gabino levantó la vista del y se dio dos golpecitos en el muslo.
El bicho se acercó contento y se sentó al lado del viejo.
– ¿Sabe lo que pasa? A la gente las cosas nuevas o diferentes, le llaman la atención. A todos. – aclaró.
Guardó el yesquero, pegó una pitada y continuó.
– Pero pasa que a la gente le gusta vivir tranquila, le gusta que las cosas sigan siempre igual. Aunque no estén conformes; se acostumbran y viven tranquilos.
Pero si un día les aparece un mudo, un sordo, un gringo o cualquier cristiano que no se vea todos los días, usted va a ver que hasta el más conversador parece tropezarse con las palabras.

El tío no tenía como saberlo, pero yo sabía muy bien lo que quería decir; hacía cerca de una semana que teníamos una compañera nueva en la clase.
Y cada vez que la miraba parecía que todas las palabras querían salir a verla y se empujaban y tropezaban en mi boca.
Sí, lo entendía.

Tobera es mudo, y eso ya complica. Pero encima es conversador y eso termina de descolocar a cualquiera.
Hay gente que se enoja, se ríe o trata de evitarlo. Y eso es de lo más normal, la gente reacciona más o menos así con todo lo que no entiende.
Y al portarse así olvidan que Toberita, antes de mudo conversador, es un cristiano. Y bastante brava la tiene aquel que le gusta conversar, pero es mudo. ¿No?
– Sí, señor.
– Así que, si se siente raro de sentirse raro, yo le diría que no se preocupe. – se paró, hizo sonar los huesos de la espalda y me sonrió. – No se preocupe, mijo. No se preocupe que va por buen camino.

Nos volvimos para casa. El tío pensando sus cosas y yo, en cómo hacer para que, la próxima vez, las palabras me salieran ordenadas.

Cecilia

Y un día las palabras encontraron su orden. Y dejaron de empujarse y tropezar. Y ella respondió. Y no imaginé que su voz fuera mágica.
Porque sólo escuché su voz, sólo escuché su voz. Por varios días.
Sólo escuché su voz.

Y creí que todo era distinto. Y se lo dije al tío.
El me miró, para nada conmovido, y dijo:
– La pucha que le pegó fuerte el primer amor. –
Quedé tan sorprendido que por un momento no pude decir nada, lo miré incrédulo y al final, ambos largamos la carcajada al mismo tiempo.
– Me parece que sí, señor. Pero, sí la viera… – suspiré. Él se sonrió – cuente – dijo, y estuve.rato contándole como era, como brillaba su pelo cuando le daba el sol y como todo parecía nuevo cuando la oía reír.

Hablé rato, mientras él cebaba mate y me miraba con aquella semi sonrisa un poco incrédula.
Al rato, cuando hice una pausa para respirar, creo que la primera en media hora, el tío preguntó: ¿Y cómo se llama?
– Cecilia. Se llama Cecilia. – el pestañeó y se tiró hacia atrás, casi como si le hubiera pegado.
– Ojalá pueda ser feliz, mijo; ojalá todo termine bien. – Era bastante claro que aquel nombre le traía recuerdos amargos y, en ese momento me di cuenta que nunca lo había oído hablar de una mujer. Nunca le conocí novia, ni supe que hubiera estado casado.

– ¿Tío, usted se casó, alguna vez? – Pensé que era extraño no haberle preguntado antes algo tan natural, pero las mujeres nunca habian sido parte importante en nuestras charlas.

– No, mijo. Nunca. – tomó un mate, con el ceño fruncido, como pensando intensamente. Cuando se cebó el segundo sin romper el silencio, me dije que no había sido buena idea hacerle esa pregunta; pero continuó: Nunca me casé, pero estuve enamorado.
Asintió y repitió.
– Estuve enamorado. Mas que usted, probablemente. Pero, a veces, eso sólo no alcanza.
“Se llamaba Cecilia, como habrá.adivinado, y era muy bonita. Hay mujeres lindas, Julito, hay algunas hermosas, pero es con las mujeres bonitas con las que uno tiene que casarse”.
Al ver que yo no entendía la diferencia, movió la cabeza, en un gesto que le había visto hacer muchas veces, algo podía traducirse como: es complicado.
“Cuando uno es joven, se enamora de una cara linda. Luego, le pueden llamar la atención unas buenas curvas, pero al final, con la madurez (y no crea que a eso se llega sólo creciendo), uno se da cuenta que lo mas importante es lo que no se ve a primera vista”

– Papá dice que las que dicen eso son las madres de las feas.

El viejo se sonrió a pesar suyo y asintió “Si, es verdad, lo dicen. Y tienen razón. Hay muchachas que son preciosas, pero sólo piensan en lo que uno puede darles.
Quieren “un buen candidato” y se olvidan que eso no es lo mismo que querer a su candidato.
Cecilia era una muchacha muy linda, despierta, de buen corazón y, ¿Sabe qué? Divertida.
A ningún hombre con la cabeza en su lugar le puede gustar una mujer que se haga la cómica, o se ría de todo. Pero una mujer que sepa ser seria cuando haga falta y que lo haga reír cuando usted lo necesita, es un milagro.
Esa muchacha se adueñó de mi corazón, de mi cabeza, y de mis suspiros – asintió, como si diera cuenta que había dicho una verdad que todavía no había visto – Se adueñó de mis suspiros…
Recuerdo que, cuando la vi por primera vez, sentí un golpe acá – dijo golpeándose el pecho con la mano abierta – como si mi cuerpo supiera que esa mujer sería única”
Me miró y dijo: nunca me pude explicar eso. Lo pensé mil veces y después lo volví a pensar y sigo sin entenderlo.
Yo era muchachote y trabajaba como tropero, todavía, ese fue el último trabajo que hice, después no quise viajar mas.
Fue en Fray Bentos, me acuerdo que el viaje era sólo hasta Mercedes, pocos kilómetros, pero había una crecida y el río negro no daba paso.
Acampamos en el galpón de la estancia, y matábamos el tiempo entre mate, guitarras o alguna cosa que nos llevara tiempo.
Remigio no había ido, tenía una pierna rota;sus problemas con la bebida ya eran bastante graves y borracho, se había caída del caballo.
Tu tata se entendía bien con la guitarra y pasaba horas tocando suave sin hacer mucho caso de lo demás. Por suerte no se le daba por cantar, porque se le daba bien la música, pero no el canto.
No salíamos mucho, ni nos ofrecíamos para ninguna tarea, el capataz de la estancia era un petiso bien prepotente con los peones pero lamebotas del patrón, se hizo odiar a la primera charla.
Pasados dos o tres días, quiso congraciarse y se acercó a nuestra ronda de mate, se puso a hablar como si fuese amigo de años y se reía muy fuerte de sus propias historias.
Se nos estaba acabando el agua y el tata me dijo de ir a buscar agua.
– Deje nomás – dijo el hombre – deje nomás, que acarrear agua no es cosa de hombres. ¡¡Cecilia, agua!! – gritó y enseguida apareció la mujercita mas linda que hubiera visto.
¡Dios mío, que linda era!, le garanto que se me ocurrieron todas las rimas bobas que se le hayan ocurrido a usted y muchas mas también.
Ella trajo el balde con agua, sacó la pava del fuego (con un guantecito, para no quemarse) y la volvió a poner en su lugar, sin derramar una gota.”
– ¿Sabe qué? – dijo el tío, mirándome, casi con sorpresa – hacía todo así. No se le caía una gota, no se le arrugaba nada, todo le salía cómo si lo hubiera hecho toda la vida. Se movía como sí estuviera bailando.
Pero no era que buscara hacer las cosas así, le salían así naturalmente, entiende? – le brillaban los ojos al hablar, el amor y la maravilla de aquellos tiempos se notaban en su mirada.
“Cuando terminó, dijo: permiso. Y ya se daba vuelta para irse cuando su padre le ordenó quedarse.
– Esta es la Cecilia, mi única hija. La madre murió de parto, pero bueno. Ella me sacó a mi mujer, pero ahora me va a sacar de pobre. – se notaba que la muchacha estaba bien incómoda y yo me pregunté cuántas veces el padre había hecho la misma escena – El hijo de los Lence, de allá de la estancia que llevan el ganado ustedes, ya le echó un ojo. Y cuando ésta se case, se terminó el trabajo pesado para mi. ¡¡Juajuajua!!
El hombre se río hasta darse cuenta que nadie acompañaba sus risas; despidió a su hija con un gesto y se quedó un rato mas con nosotros, pero el clima ya no era el mismo.
Yo tenía la cabeza en la mirada que me había dado Cecilia, antes de volverse.
Cuando preparaba todo para dormir, el tata se acercó y dijo: el abombado de tu hermano sólo tiene ojos para la guitarra y la novia esa que parece que tiene por la plaza Zorrilla.
Pero vos tenés dos ojos que miraron bobos a la hija del capataz. Y eso sólo puede ser para problema. Los jóvenes creen que inventaron el amor con cada mirada, y no es así, Gabino.
Vos tenés el nombre de tu abuelo, así que vas a entender lo que me dijo un día “uno siente el enamoramiento como una llamarada en el corazón, pero el fuego que sirve, el que da calor, no es ese, sino el fuego lento de un hogar, el que dura toda la vida”
– Yo lo entendía, sí. Pero en mi juventud, pensé que podía estar equivocado. Pensé que podría controlar un incendio y al final, mi error barrió con todo.

El tío tragó saliva y estuvo rato callado, rato.

“Al otro día – continuó – estuve relojeando el aljibe hasta que la vi aparecer con los baldes; me hice el distraído y “de casualidad” llegamos casi al mismo tiempo.
Un par de buenos días, medio asustados, y le ofrecí ayuda para llevar el agua hasta la cocina.
– Gracias – dijo, con los pocitos de la sonrisa en sus mejillas. Cuando estábamos cerca de la cocina me pidio que los dejara donde estaban, mejor que no lo vean conmigo.
Me quedé pensando en la forma rara en que lo había dicho, porque yo habría esperado un “que no me vean con usted”, pero ella se ganó una sonrisa, y mi corazón, cuando, antes de entrar, dijo: y si va a disimular, por lo menos trate que le salga un poquito mejor.
Los pocitos aparecieron de nuevo y yo estuve toda la mañana con la misma cara de sorprendida (y algo boba) alegría.
Nos vimos tres días seguidos, y el último casi nos pescan, así que decidimos, sin hablar, ser mas cuidadosos.
La última jornada, me animé a acompañarla de nuevo, ella habló primero: Se va mañana, no? Asentí en silencio, dolorido.
Tomó aire y me pidió los baldes, eran pesados, no podía decirle eso porque era el hombre, pero esos baldes eran pesados.
Antes de entrar, me miró seria y dijo: abajo del ombú cuando estén todos dormidos.

El día previo a la salida es de bastante trabajo, así que todos nos acostamos casi con las gallinas. Me acuerdo que incluso dormité un poco, pero la luna no estaba alta todavía, cuando yo llegaba al ombú.
Me acuerdo que demoró bastante y varias veces decidí que me iba a quedar “un ratito mas”, hasta que por fin vi un movimiento, muy cerca, y Cecilia llegó, casi sin hacer ruido.
Nos dimos un abrazo largo, apretado, como asegurándonos que era cierto que por fin estábamos juntos.
Olí su pelo, su piel y supe que ella hacia lo mismo. Por fin, por fin, decía yo, y el primer beso lo compartimos con las sonrisas.

Ella me juró que no quería casarse con aquel hombre, que no quería vivir mas con su padre, en ese lugar.
– Llevame contigo – dijo, en un tiempo que las parejas de años se trataban de usted – Quereme.

Y nos quisimos, como los grandes, todo lo que nos animamos, hasta que el lucero nos obligó a separarnos.
Nos volvimos a dar un abrazo, largo y apretado. Pero no igual al primero. No como El Abrazo.

Poco después salimos con la tropa y antes de cinco días estábamos de vuelta.
Encontramos la estancia toda revolucionada, el capataz se había vuelto loco, de golpe, y había matado a Cecilia.
La gente oyó una discusión horrible la noche después que nos fuéramos y era recién media mañana cuando alguien se animó a entrar a la casa de Rodríguez.
La muchacha estaba tirada en su cuarto y del padre no había rastros.
Al mediodia lo encontraron, colgado, en el ombú.”

Habían pasado mas de cuarenta años y al tío aún se le caían las lágrimas al recordar aquello.
Me miró sin enjuagarse la cara y dijo: Disculpe que le haya contado.
Ojalá usted pueda ser feliz.

Ocho años después, en el primer carnaval luego que el tío tomara su última caña, me encontré con Cecilia luego de largo tiempo.sin vernos.
Junté coraje casi toda la noche, hasta que por fin me animé a invitarla.
– ¿Y ahora viene? ¡Que dormido, el baile está casi por terminar!
El ver los pocitos en su sonrisa me llenó de fuerzas
– Ahora, por decirme eso, se va a casar conmigo.
– ¿Ah, sí? ¿Cuándo, sí se puede saber?
– De aquí a dos años, el cinco de octubre.

En realidad, no tuve razón esa noche.
El cinco de octubre era domingo, así que nos casamos el viernes tres.

 

Un árbol en el fondo de casa

El tiempo vuela cuando disfrutamos; los malos momentos son los que se llevan la mayor parte en los relatos.
El “y vivieron felices por siempre” es mucho más corto que toda la tragedia de los personajes, aunque “por siempre” signifique toda la vida.
Eso fue lo que sentí cuando Nippur se fue.
Me había acompañado por casi ocho años, pero, mientras iba cada vez más profundo con la pala, me parecía que sólo habíamos estado juntos un rato.
Había pasado de ser un gurí de poco más de nueve, en cuarto año de escuela, que miraba con desagrado a algunos grandotes peleadores a ser un muchacho que acababa de terminar el preparatorio.
Mi idea era trabajar un año, juntar algo de dinero e ir a estudiar a Montevideo.
No era algo común en una familia trabajadora, nadie en mi familia lo había hecho, pero yo pensaba salir adelante, quería volver a Artigas ya recibido.
Tendría que trabajar y estudiar, tendría que agotarme entre largas horas de trabajo y trasnoches de preparación de exámenes.
Muchos me decían que eso no era para alguien como yo (no por mí, sino por ser hijo de trabajadores pobres), que lo mejor era empezar a trabajar desde temprano y sacar adelante una familia que me diera las alegrías.
Había quienes decían que lo que quería hacer era, simplemente, producto de la desidia; “este quiere estudiar pa no trabajar” y pasaban por alto que tenía muy claro que lo que planeaba hacer, llevaría tanto esfuerzo como pasar jornadas embrutecedoras, en campaña, bajo el sol.
Mire quién le dice eso, mijo – decía el tío Gabino – Fíjese la vida de esa gente, se rompen el lomo todo el día, trabajan de sol a sol y, mucho de lo que ganan lo terminan miyando en las veredas.
Esos que le quieren enseñar a vivir, no tienen algo que se pueda llamar vida.
Claro que había mucha gente, entre los que opinaban, que no se gastaba medio sueldo en chopp, cada fin de semana (o, cada día de la semana), pero tampoco era gente que tuviera una vida ejemplar.
– Si la gente fuera tan buena viviendo su vida, como enseñando a otros a vivir la suya, todos seríamos preciosos e hinchas del Wanderes.
– No, señor, del Independencia.
– Puff – dijo, y me cebó un mate.
Era el único que tomaba con él. Desde aquella tarde en que una escapada a nadar casi terminó en desastre, el tío y yo compartíamos los amargos.

Nos quedamos en silencio, mateando, podíamos estar media hora callados, con sólo el ruido de los amargos entre nosotros, que esos silencios nunca se hacían incómodos.
Y en esos días, las pausas se alargaban, yo había tomado una decisión que muchos podían considerar valiente, pero en realidad, estaba bastante nervioso. Tal vez, asustado fuera la definición más adecuada, pero no el miedo al trabajo, como algunos pensaban, sino el temor mas natural de todos.
El miedo al cambio.
Muchos hablaban, hablaban y hablaban. Aconsejaban, opinaban y creían ser de mucha ayuda.
El tío fumaba, armaba sus cigarros con las dos manos cuando pensaba, acariciaba a Nippur, casi sin darse cuenta, y decía algo. A veces, sólo una oración. Preguntaba, aconsejaba, naturalmente, pero sus consejos nunca empezaban con: Lo que tenés que hacer es…

Una mañana, salí y me sorprendió que Nippur no viniera a hacerme fiesta.
Siempre aparecía, ni bien abría la puerta, cuando no estaba mirando fijamente para adentro, pero esa vez, estaba echado bajo el alero del tío.
Y el viejo tenía semblante preocupado.
Di un trotecito hasta su casa, pero mi perro apenas levantó un poco la cabeza, su rabo corto se movió apenas, suspiró.
– Ese animal no está bien, mijo. Para mí que comió algo podre.
Me agaché y comprobé que el tío debía tener razón. Aparte de su apatía casi total, su hocico estaba seco y de sus ojos, salían dos largas líneas cómo lagañas.
Me hicieron acordar, cuando tuve conjuntivitis, y cómo me había asustado al no poder abrir los ojos cuando desperté. Las pestañas estaban pegadas por la mucosidad. Nippur tenía los ojos abiertos, pero no tenían el brillo despierto de siempre.
Le hablé, lo acaricié un rato y apenas esbozó una respuesta. Miré al tío, con los ojos llenos de preguntas.
– Los bichos son así, ¿Vio? Pueden no dar más de gordos, pero igual comen cualquier cosa que encuentren, cuánto más feo el olor, mejor.
Nippur levantó la cabeza, ese perro siempre sabía cuando hablaban de él, e insinuó moverle el rabo.
El tío sonrió, aún con la bombilla en la boca, y dijo: fuera cusco.
Y, en un gesto que nos llenó de horror, con mucho esfuerzo, Nippur se levantó y con paso vacilante, fue a echarse a su cucha.
Nos miramos, tan sorprendidos como asustados, y volvimos a mirar a Nippur, que se había echado en la casa que el tío le había hecho, un día antes que lo trajera.
– Aceite con leche – dijo el viejo, no recordaba haberlo escuchado tan alterado nunca – déale aceite con leche.
Corrí a casa, preparé un plato hondo con aquella mezcla que se veía tan fea (recuerdo los grandes trozos de nata que flotaban en la leche) y la llevé al patio, sin volcar una gota.
Nippur no dio muestras de interés ante aquel plato que, a sus ojos, debía verse tan apetitoso.
Lo agarré, con cuidado, para acercarlo y ayudarlo a beber, pero un gemido me hizo entender que le dolía.
Una sombra se posó sobre nosotros, y supe que el tío nos miraba.
– No quiere tomar, – dije – capaz que no tiene fuerza.
– Vamos para allá, dejémoslo tranquilo.
Habría querido quedarme allí, pegadito a mi amigo, pero me di cuenta que no tenía mucho sentido.
Creo que esa fue la mañana en que estuvimos más callados, gastamos casi dos calderas de agua, pero ninguna palabra.
Sentimos que alguien aplaudía, en el frente, el tío murmuró “Lima” y siguió con la vista clavada en el piso.
Tenía razón, era el cartero, mientras leía que el destinatario era yo, escuché que Lima decía: buen día, señora, es para el hombre, acá, la carta.
Miré sobre mi hombro y vi que mamá había salido de casa, se sacaba las manos con un repasador. Saludó al cartero con una inclinación de cabeza, agarró el sobre sin decir nada “es para vos” dijo mientras lo abría.
Vi cómo su semblante iba cambiando de curioso a exultante de felicidad, – Siiiiiii – gritó, abrazándome Siiiiiii, sí, sí.
Saltaba mientras me abrazaba, no entendía que estaba pasando, sólo quería volver a sentarme donde estaba, mirando a mi perro, preguntándome por qué no tenía que estar abarajándolo para que no saliera disparado a tarasconearle los garrones al pelado Lima.
Mamá me dio la carta y, mientras la leía, escuché, sorprendido, cómo llamaba al tío, absolutamente feliz.
– ¡Tío, tío! ¡Venga, mire!
En cualquier otro momento, la sorpresa me habría hecho caer de espaldas, a mí y al viejo, porque para mi madre, el tío Gabino era “Don Ramos” o, si las cosas andaban tirantes, “el tío de tu padre”, nunca en la vida, la había escuchado llamarlo Tío.
La carta era la respuesta, en pocas palabras, decía que “Bienestar Estudiantil” me había autorizado la beca alimentaria.
Eso significaba que, uno de los principales problemas de ir a estudiar a la capital, quedaba casi resuelto, no me iba a morir de hambre.
Pero también traía un problema que, hasta hacia un par de horas, nunca habría llamado así, tendría que adelantar un año mi calendario.
Porque, si quería, podía empezar la carrera ese mismo año.
En realidad, no sólo fue ese mismo año, sino que fue ese mismo mes, mamá tenía una hermana que trabajaba en la inspección de secundaria y, aunque era una veterana mala y borracha (por eso mi madre no tenía mucho trato con su hermana mayor), movió los trámites muy rápido y, luego de cobrar un par de favores, consiguió que la carrera de ingeniería tuviera al primer Ramos, de Artigas, en el alumnado.

Cuando mamá vio que ni el tío ni yo, nos mostrábamos todo lo entusiasmados que debíamos estar, preguntó que nos pasaba.
Recién se dio cuenta que Nippur no estaba allí, culebreando entre nuestros pies, cuando le dijimos lo que pasaba.
Era una buena madre, era una mujer generosa y, a decir verdad, la que alimentaba más seguido a mi perro, pero el hecho que estuviera apagado no palideció la alegría que sentía por su hijo.
– Denle aceite con leche, vomita y en un par de días está fenómeno de vuelta. – me sonrió, orgullosa y volvió a casa. Dijo que debía bañarse para salir y “hacer todos los trámites hoy mismo”

Nippur tomó aquella mezcla horrible y vomitó, es cierto, pero eso no lo alivió.
Los días siguientes resultaron un caos, mis padres corriendo todo el día, haciendo trámites, orgullosos, igual que toda la familia, mientras el tío y yo estábamos tristes, viendo como mi compañero de andanzas se marchitaba de a poco.

Desperté muy preocupado, esa mañana.
Se suponía que debía viajar a Montevideo a firmar la inscripción. Se había hecho una excepción en mi caso, como favor personal a mi tía Isabel.
Si no estaba mañana a primera hora en la facultad, podía olvidarme de empezar ese año, y de la beca, porque si no quería estudiar, no merecía una beca por la que muchos luchaban.
Pero no quería dejar sólo a mi amigo, no quería fallarle en el último momento.
Sabía eso.
Lo sabía tan bien como sabía que la oportunidad que se me había presentado era única.
La disyuntiva me mantuvo despierto toda la noche. Las primeras luces de la mañana me encontraron en una cama húmeda y desordenada, me lavé la cara y salí a ver si había novedades.
En el correr de la noche, Nippur había logrado arrastrar su cobijita casi hasta la puerta del tío.
Eso había agotado sus fuerzas.
Dicen que los hombres no lloran. Siempre supe que eso era una tontería, siempre lo supe. Así que lloré, de rodillas frente a la puerta, mirando a quién me había acompañado tantas veces.
El tío abrió, me miró con los ojos húmedos. Recuerdo cómo crujieron sus rodillas al agacharse, pasó su mano, despacio, a lo largo del lomo de nuestro perro y apretó los labios.
Entró a su casa y, poco después, salió con una pala. Me la ofreció.
Sin entender, la tomé, mientras él se agachaba, decía “permiso” y levantaba a Nippur.
Fuimos hasta el fondo, nos detuvimos en un rincón y el tío bajó a Nippur con infinito cuidado.
– Una de las últimas cosas que me enseñó el Asdrúbal – dijo – fue que la despedida es menos difícil si uno mismo es quién hace los honores.
Decía que el esfuerzo alivia un poco del dolor.
No sé si eso es cierto o no, mijo. – se encogió de hombros y pareció diez años mayor – Pero creo que usted debería hacerlo.
Mi espalda ya no es la misma, pero puedo quedarme acá, acompañando, si no le molesta.

Trabajé mucho rato, mientras las lágrimas caían calladas, por mis mejillas. La tierra estaba dura, y llena de piedras, el calor pesaba en mi espalda y el olor de la tierra se mezclaba con el de mi esfuerzo.
En cierta forma, me gustaba que así fuera, me hubiera sentido estado si el pozo no me hubiese costado trabajo.
Había bajado casi un metro cuando el tío me tocó el hombro, dejé la pala a un lado y recibí de sus manos a mi perro.

A la noche, mientras el ómnibus devoraba kilómetros rumbo a mi nueva vida, encendí la luz de arriba y miré mis manos doloridas; tenía ampollas que habían nacido y reventado mientras cavaba, esa mañana.
El tío dijo que no sabía si el hecho de hacer uno mismo el pozo resultaba de ayuda, soy chambón con las herramientas, así que tenía la espalda, los brazos y las manos (además del corazón) doloridos por el esfuerzo, pero estaba seguro que lo que había hecho me había ayudado.
Naturalmente, la pérdida de mi amigo era algo que me dolía en el alma, pero el hecho de poder “trabajar” mi dolor, de “hacerle los honores”, como decía el tío, había aliviado, un poco, mi alma.
Poco antes de salir, el tío se acercó a despedirse y me prometió que plantaría un jazmín donde descansaba Nippur.
Me alegré con eso, me encanta el aroma de los jazmines.

Cuando mi tío se quedó sin caña

Fue raro que me llamara mamá.
O, mejor dicho, si uno se ponía a pensar (cosa que yo no estaba en condiciones de hacer) ella mejor que nadie sabía de la fuerza de lo que el tío y yo sentíamos.
Habló un rato largo, creo que consolándome o diciendo que no era taaaan necesario que fuera, que el tío sabía que estaba con él y así.
Pero ella sabía tan bien como yo que luego que dijo: “tu tío está mal” mis oídos se cerraron y ya no escuché más que un murmullo sin sentido.
Cuando cortó, me quedé mirando los cuadraditos que había dibujado mientras mi madre hablaba. Filas y filas de pequeños cuadrados, con los bordes resaltados con varios trazos.
Estuve rato mirándolos, pensando que era una tontería hacerlo, pensando que debía hacer algo, que debía hacer muchas cosas, pero no podía despejar mis ojos de aquellos trazos nerviosos.

– ¿Tenemos encomienda? Dijo una voz alegre desde la cocina. – ¡¡No te olvides que te toca lavar los platos!!
Se asomó al corredor, donde estaba la repisita del teléfono (llamadas al interior ¡¡SE PAGAN ANTES!!) y su sonrisa se apagó.
– ¿Qué te hicieron, mi niño? Me abrazó, recuerdo que atenazó mis brazos, pues no tuve fuerzas para levantarlos.
Era casi cómico, Erminia que pasaba a duras penas del metro y medio, consolando a un grandote que le sacaba casi dos cabezas.
Maestra jubilada, cada vez que podía nos decía que le dábamos más trabajo que todos los alumnos que había tenido y que debía estar loca cuando aceptó manejar el hogar estudiantil, pero nos cuidaba como a hijos y tenía fotos de muchos flamantes profesionales, todas prolijamente enmarcadas en la sala de estar.

– ¿Qué te pasó, Juli? – Dijo mirándome a los ojos. Nunca me habían llamado así, siempre Julito o, más tarde, cuando estudiaba, Ramos, pero solo Erminia me llamaba Juli.
– El tío. El tío está embromado.
– ¿Tu padrino?
– Sí, el tío Gabino.

Ella sabía bastante de nosotros, todas las tardes uno debía ayudarla a lavar los platos y en ese tiempo hablaba hasta por los codos.
Y nunca se te hacían pesadas esas charlas, nos rezongaba si no íbamos bien en los estudios, se quejaba que hacía añares que no ponía una foto nueva, pero siempre dejabas la cocina con una sonrisa en los labios.
Cuando todavía era nuevo se lo comenté a mi compañero de pieza.
Estábamos acostados y vi como la brasa de su cigarro brillaba más fuerte antes que respondiera.
– ¿Sabés lo que pasa? Te voy a repetir algo que me dijeron cuando dije eso mismo: “Erminia es de esas maestras que se acuerdan de los nombres de los alumnos callados.”

– Está bastante embromado, repetí.

Ella me soltó, me miró a los ojos y dijo: “vaya, mijito. Si no llegas a ir, te vas a arrepentir siempre. Me puso la mano sobre la mejilla, ¿pero vos ya sabías eso, ¿no? ¿Ya estabas decidido, ¿verdad?”
Me di cuenta que tenía razón; ya estaba decidido.

Por suerte había cobrado, eso era una cosa menos de la que preocuparse, pero, aun así, no era sencillo explicar que iba a faltar quién sabe cuántos días, luego de mi primer sueldo.
No fue fácil, mi patrón me miró con cara de pocos amigos, – ¿ya enfermando gente?
Una nube roja cruzó mis ojos y la sentí hirviendo en toda la cara. Realmente necesitaba el trabajo, así que conté hasta diez antes de responder.
Pero el hombre había visto mi reacción y supo que era de verdad. Levantó una mano, aplacando mi tono y dijo: “una semana. Más no puedo esperarte.”
Le di las gracias y antes de salir, me preguntó: ¿necesitas plata?
– No señor, gracias.

El ómnibus del mediodía ya había salido, y, aunque lo sabía inútil, pregunté en ventanilla si había otra frecuencia antes de las diez.
Con la simpatía propia de un empleado público, el hombre de la ventanilla dijo: “¿y qué quiere? ¿Llegar a las tres de la mañana?
Hubiese querido decirle que sí, que las tres de la mañana me parecía fenómeno, y las dos y media, mejor, pero no tenía mayor sentido, no iba a importarle.

Casi no pude dormir en todo el viaje. Había llamado a Artigas y, cuando mi padre atendió, después que el vecino que tenía teléfono lo fue a buscar, solo pudo decirme que seguía estable, luego hizo una pausa y dijo:
– Mirá, Julito, los médicos dicen que no… Que no… Mirá, mijo, dicen que de esta no sale. Que debió haberse dado cuenta, que debía haber estado miyando sangre desde hace meses, que debía estar sufriendo bastante.
Pero nunca lo vimos quejarse.
Mientras mi padre hablaba no podía dejar de sorprenderme lo poco que lo conocían. Esperar que el tío Gabino comentara que orinaba sangre era como esperar que entrara desnudo a misa. Jamás lo haría, de esas cosas no se hablaba.
¿E ir al médico para que le revisara ahí? Dios nos libre, mire si lo atendía una mujer. Era inaudito, ni siquiera se le pasaría por la cabeza; no señor.
Probablemente estuvo tomando yuyos, buscando alivio, pero hay cosas que los yuyos no pueden curar. Que la medicina no puede curar.

El cansancio y la tensión me vencieron al pasar Tacuarembó, pero cuando enfrentamos la bajada de Pena, me desperté.
Algún insomne había prendido un cigarro, una mujer vomitó y el aire se volvió irrespirable.
Por suerte no hacía frío y pude abrir la ventana, un poco de aire fresco ayudaría a aclarar mis ideas.

Mi padre me esperaba en la terminal, me invitó a ir a casa, estuve a punto de decir que no. – No te van a dejar entrar, mijo. Desayuná, bañate y a las ocho, cuando abran las puertas, estás ahí. Apoyó su mano en mi hombro: “tenés tiempo Julito”
Había traído las bicicletas, y no sé por qué, eso casi me hizo llorar.
Mientras pedaleábamos en la mañana no conversamos mucho, agradecí eso, el estar en la misma ciudad que mi tío parecía haber hecho más fuerte la angustia.
Mamá me esperaba despierta, me dio un abrazo y me dijo que podía bañarme cuando quisiera.
Al salir, con el pelo húmedo y sin peinar, la mesa estaba servida. Las galletas de campaña, manteca casera y la leche, fría, como siempre me había gustado.
Me senté al borde de la silla y comí apenas, mi madre insistió que seguramente no saldría del hospital en días, quién sabe cuándo podría volver a desayunar decentemente.
Comí sin muchas ganas, hablamos poco de mis estudios y mi nuevo trabajo, pensé que preguntaría si me iban a hacer problema por haber venido, pero no lo hizo.
Salimos al fondo, y me quedé mirando la casita del tío. Hacía menos de un año desde la última vez que había estado, pero parecía haberse encogido.
Se veía mucho más triste y abandonada.
El tío siempre la había mantenido limpia y prolija: “si uno es desordenado con sus cosas, Julito, es desordenado con la vida”
Recordar esa frase, casi oyéndola, reabrió la herida. Cada recuerdo parecía profundizar mi miedo.

– Cuando eras chico también hacías así.
Miré a mi madre, que se había parado a mi lado. – ¿Así cómo?
Cuando eras chico y no querías llorar, ponías la trompita así, como dando un beso.
Nunca había llorado de esa manera, nunca mojé las ropas de alguien con mi llanto.
Pero nunca antes había sentido tanto miedo a la muerte. Nunca había sentido el miedo enorme a la pérdida.

Estaba chiquito.
No era que solo hubiera adelgazado, se lo veía chico, frágil.
Dormía cuando llegué, y eso fue una suerte, porque se habría preocupado al ver mi expresión.
Me senté a su lado, tomé su mano que asomaba entre las sábanas y nos quedamos allí, de la mano.

Debo haber dormitado un rato, porque sentí un leve apretón en la mano, abrí los ojos, y vi los ojos del tío, los ojos de siempre, calmos, sabios, mirándome.
Sin cambiar la expresión seria me dijo: – si me sigue agarrando de la mano vua crér que se me volvió fresco.
La incredulidad dio paso a una risa franca, que me hacía mucha falta.

El tío se rió también, pero su risa se cortó de golpe.
Me sorprendió la fuerza con que apretó mi mano, pero la expresión de sufrimiento en su rostro no dejaba dudas. El dolor debía ser atroz.

Al rato aflojó, y su respiración volvió a acompasarse. Mientras secaba algunas gotas de sudor en su frente le pregunté si le pasaba seguido.
– Mierda, me prometí no quejarme delante suyo, ¿y qué es lo primero que hago? Empiezo a mariconear ni bien llega.

– ¿Y qué sabía usted si yo iba a venir? Capaz que me quedaba allá, y me evitaba el viaje, y que me llamaran de fresco antes de decir buen día. –
El viejo me buscó la mano y la levantó un poco.

– Me estoy quedando sin caña mijo, pero nunca tuve miedo de quedarme solo. –

Hablamos, recordamos y reímos. Y el dolor fue misericordioso y no volvió a atacar.
Una enfermera nos rezongó por reírnos en el hospital, pero no nos importó y seguimos hablando como si estuviera a su lado esperando mi ración de carnecita gorda.

Cuando llegaba la noche el tío me dio un beso en la mano, – ¿Sabe qué? Siempre regué el arbolito del Asdrúbal… No señor, del Nippur, va a pensar que estoy chocheando.
No le vua pedir que lo riegue usted, porque tiene que volver a la capital, recibirse y casarse con una gurisa que no sea de allá.
Pero una cosa sí le voy a pedir. No le vaya a poner Gabino al botija. Nombre de viejo, pobre gurí.

Lo había pensado varias veces, pero sabía que muy pocas mujeres me querían tanto como para dejar que les pusiera ese nombre a nuestros hijos.

– Está bien, tío. Le prometo. –

Salí a estirar las piernas cuando se volvió a dormir. Miré la noche, la luna estaba asomando, enorme y roja.

Volví a mi silla y dormí un rato.
Desperté y apoyé mi mejilla en la mano del tío, estuve rato respirando su olor, recordando.
Y el ritmo se rompió.
Sin aspavientos, sin un estertor, simplemente dejó de respirar…
Algunos años después, volví a encontrar una muchacha que me amaba lo suficiente como para acompañarme en la idea de mentirle al tío.
Pero solo como segundo nombre.