Cuando escribo 

​Cuando escribo
Me gustan las oraciones cortas
Cortas
Contundentes
Terminantes
Seguras
Que aseguren
Y duden
Que cuenten
Y pinten
Que huelan
A pan
A lluvia
A amor
A rosas
A rosas de amor
A aventura
Y paz
A tormenta
Y amanecer
A tormento
Y sosiego

Me gustan las oraciones cortas
Cuando escribo

En el fondo del tío Cacho

Resulta que mis tíos tenían gallinas
Y tenían perro también
Pero el Roco vivía atado
Porque era malo
Entonces sólo ladraba
Pero no cuidaba
Y una medialuna de tierra había dejado
Frente a su cucha
Porque iba y venía
Iba y venía
Pero en verano no
Porque las chicharras llamaban al sol
Y el sol caía a plomo
Y capaz de dolerte la cabeza
Pero al Roco no
Porque se echaba en la sombra
Había Tacuaras
Y la sombra se iba moviendo
Y el Roco seguía la sombra
Y no ladraba
Porque el calor aplastaba el ladrido
Y las gallinas cacareaban a las seis
Porque más tarde les pesaba también
El sol que llamaban las chicharras
Y nosotros no queríamos
Pero sesteábamos igual
Porque en el oscuro se estaba fresco
Y de tardecita se sacaban las sillas
Para afuera se sacaban
Y se escuchaba la quiniela
Y uno iba en el vasco
Y se traía un helado
Los hacía el vasco
Con jugos y un escarbadientes
Y un gato quería comer las gallinas
Y se acercaba con cuidado
Y las gallinas nerviosas porque le sentían el olor
Cacareaban
Pero al gato tampoco le gustaba el sol
Y se movía de mañana
Cuando las gallinas cacareaban porque ponían
Eran de poner las canaritas
Había un gallo que te gritaba si pasabas cerca
Pla Pla Pla plá
Hacía con las alas en el pecho
Y kikirrikiii
Y te atropellaba
Pero estaba el alambrado
Y lo toreábamos
Pero un día se escapó
Y nos correteó
Casi hasta la cocina
Y la tía se reía
Porque el canarito era chiquito
Chiquito, pero compadrón
Y nos sacó altos del piso
Y el gato se metió por ese agujero
Que habían hecho las gallinas
Porque son de insistir
Las gallinas son de insistir
Y el tío justo salió
Porque las gallinas cacareaban
Pero distinto
Y el gato estaba adentro
Y el canarito le hacía frente
Pero el gato no tenía miedo que lo correteara
Pero le saltó el gallito
Y de la sorpresa el gato se asustó
Y cuando salió el tío Cacho estaba afuera
Con una bolsa de arpillera
Y lo agarró
¡Cómo se movía la bolsa de arpillera!
Y los ruidos que hacía el gato
Porque arañaba
Y las uñas se le enredaban en la arpillera
Y más malo se ponía
Y el tío lo colgó del techo de atrás
De ése que nos sentábamos abajo
A mirar la lluvia
Mientras ellos tomaban mate
Pero ese día no llovía
Y el Roco iba a seguir el reloj de las tacuaras
Pero más tarde
Porque ahora ladraba
Loco de malo
Con todo el lío del gato y las gallinas
Y el tío agarró los guantes
Era alambrador el tío Cacho
Y tenía guantes de cuero basto
Sin curar casi
Porque los alambres se te clavan
Y te arañan
Y cualquier guante no sirve
No señor
No sirve
Y el tío se puso los guantes de trabajar
Y lo agarró al gato
Y me dice
Julito traiga la nasta
Porque te trataba de usté el tío Cacho
Y no avisaba
El tío Cacho te daba nomás
Y yo pensé que le iba a tocar fuego
Y me pareció medio mucho
Apure mijo
Porque el gato se retorcía
Y arañaba para todos lados
Pero los guantes aguantaban los alambres
Mire si no iban a aguantar un gato
Y le di la nasta al tío
Y él le abrió la boca
Y le fue echando
Paaah
Si se movía antes
Ahora era una locura
Pero el tío lo agarró más fuerte
Y no digo un litro
Pero medio le hizo tomar
Y agarró y lo soltó
¡Y cómo salió ese gato!
Pasó al lado del Roco
Que cuando quiso largarle el tarascón
El gato ya había pasado
Como dos, tres veces
Subió en la parra
Y bajó de un salto
Que a un cristiano capaz de romperle una pierna
Romperle algo
Y de repente hizo
Fffssshhhhhh
Y se quería arañar la panza
Y seguía corriendo
Y en una agarró y paró
Y las chicharras se callaron
Y las gallinas se callaron
Y el gallo canarito no cantó
Y el Roco quedó callado
Y el sol caía igual de fuerte
Y yo le digo al tío
¿Murió el gato, tío Cacho?
No mijo
Nomás se le acabó la nasta

Mumi

Empezó jugando.
Si ella hasta venía a casa.
Tomaba mate cocido
De chiquita, tomaba.
Yo tenía esa cuerda
Se cayó de algún piso.
Y ella salió
A jugar al hockey.
El bastón se le cayó
Y lo agarré.
Y quise jugar
Como siempre.
Si de chiquita iba a casa.
Pero bajó enojada
Y se enojó más
Y dijo dámelo.
Y gritó.
Y me dijo estúpido.
Pará un poquito
Te lo doy si me hablás bien.
Y lo puse del otro lado
Al bastón.
Y la separé con la mano.
Pero la toqué
Sin querer
Le toqué un seno.
Chiquito, tibio.
Y se enfureció.
Dijo que iba a contar
Que la toqué.
Por gusto la toqué
Iba a decir.
Y me asusté.
Porque perdía todo.
Y le quise dar el bastón.
Pero seguía gritando.
Y tironeó
Pero se enredó en la cuerda
Y se golpeó cuando tiró.
¡Me pegaste!
No, no.
¡Me pegaste hijo de puta!
Y amenaza
Y grita.
Si me echan pierdo todo
Trabajo
Casa
Familia.
Porque qué me va a creer
Si estamos en la calle
Y es su palabra
Su palabra contra la mía.
Le ruego que no
Le digo que fue un accidente.
Me arrodillo.
Y se ríe
Por primera vez.
Se ríe de mí.
Y se siente poderosa.
El poder embriaga.
Y ríe, amenaza y ríe.
Se ríe de mi miedo
Y sólo quiero que se calle.
Que se calle, que se calle.
Y su risa se corta de golpe.
Porque en dos pasos estoy con ella
Y veo sus ojos dilatarse en duda.
Y le tapo la boca.
No para hacerle daño, no
Solo para no escucharla más.
Pero ella se retuerce.
Si se zafa va a gritar
Y sus amenazas serán verdad.
Voy a perderlo todo.
Y ella se sigue moviendo.
Le aprieto el cuello.
Con la cuerda
Le aprieto el cuello.
Y hace ruidos.
Y mueve los pies.
Me araña.
Y en sus ojos los vasos
Las venitas
Se hacen visibles.
Y me golpea las manos.
Pero yo aprieto
Porque ella va a contar.
Aprieto.
Y yo voy a perder todo.
Y tengo terror
Terror.
Pero no puedo volver atrás.
No quiero que esto pase
No quisiera que esto esté pasando.
Sus piernas no se mueven
Sus brazos caen flácidos.
Mis manos no se quieren abrir.
La bajo con cuidado
No quiero que se golpee.
Mis dedos duelen
Los abro y cierro
Duelen.
Y ella no se mueve
Yo no quería.
No quería
Pero ella no se callaba.
Y se reía.
Se reía.
Se reía.

No
No
¿Qué hice?
Se va a saber.
Mumi
Ay, Mumi.
Si tomaba mate cocido
En casa, tomaba.
No puede saberse.
¿La escondo?
No, la encuentran.
¿La saco?
Me ven.
¿Una bolsa?
Entra, tan chiquita
Pobrecita.
La levanto
Como en la falda
Con cuidado.
La pongo en el tacho.
Al contenedor.
Pero no a éste.
No
A otro.
¿Y si me ven?
Digo que el mío está lleno.
Una cuadra
Dos
Tres.
No puedo seguir.
Me van a ver
Van a saber.
Tiro unas bolsas.
La saco
Pesa más
¡Ahora pesa más!
No
No.
Son mis nervios.
Nadie me vio.
Me vieron
Pero no me miraron.
Tiro otras bolsas
Terminé.
¿Terminé?
Mis manos tiemblan
Camino temblando
Mis piernas quieren fallar.
Pero llego
¿Llegué?
¿En serio?
Respiro
Me calmo
No pasó nada.
No sé nada.
Nunca la van a encontrar.
No sé nada.
Era chiquita
Si iba a casa
Mate cocido tomaba.

Desesperación

Caminaba, silbando.
Rumbo a mi trabajo.
El aire fresco
Salado del mar
Subía, refrescante.
Un cielo diáfano
El sol pleno.
El día, una promesa de amor de primavera.
Dos policías
Mujer uno de ellos.
Él pregunta:
¿Quién salta en un día como hoy?
Mis pasos se hicieron más lentos.
Miré hacia atrás.
La mujer policía
Alta, gruesa,
Tenía los ojos húmedos.
Cruzados los brazos,
Una mano cubriendo su boca.
Frágil.
Supe que hablaban de una suicida.
No dudé
Supe que era mujer.
En la esquina tres policías.
Hablaban rígidos.
Seguí sus miradas furtivas.
Una cinta impedía el paso.
La explanada del edificio
Vacía.
Un cuerpo roto
Cubierto con mantas.
Volví la cabeza.
Uno de los policías.
Había llegado a su lado.
Con la cara gris.
Decía:
Del piso doce.
Desecha.
Bajé la vista.
Seguí caminando.
Ese fue un día gris.

Caballo de madera

Hay un caballo de madera.
Un balancín, de patas largas.
Con dos palitos a cada lado de la cabeza, plana, para agarrarse.
Está pintado de Beige.
La crin es roja y los rasgos, azules.
El niño se hamaca.
Lo adora.
Lo encuentra años después.
En una casa de antigüedades.
Lo renueva.
Un gran obsequio para su hijo.
Ahora.
Las imágenes.
La alegría.
El niño cae hacía atrás.
El padre se estira.
Se estira.
Se estiiiiira…

Pocos pesos de propina

Poco tiempo.
El taxi en la esquina.
Corro, no quiero perderlo.
Nadie dentro.
Nadie a la vista.
Mucho tránsito.
Taxis llenos.
El chofer sale del kiosco.
Sí, está libre.
La puerta trancada.
Da la vuelta despacio.
Renguea.
Apenas.
Se acomoda.
Demora demasiado.
No abre.
Pone algo junto a la radio.
Se estira y saca el seguro.
Agraciada y Bulevar
Un semáforo.
Otro.
Tres seguidos.
Maneja despacio.
Le pido que se apure.
Después que choqué, no corro más.
¿Te bajás y esperas otro?
No respondo.
Antes tampoco jugaba.
Señala.
Un número de lotería.
Junto a la Radio.
Sí ganas, es pa lío.
Mucho problema.
A mi dejame así.
Pero mi mujer dice que juegue.
Ponete el cinto.
Mucho milico, y la multa la pago yo.
Mirá esas minas.
Se les ve todo.
Liceales, tiene razón, polleras muy cortas.
Putas de chicas.
Todas putas.
Pasamos frente a una iglesia.
Se persigna.
Todas putas, repite.
¿Podemos ir más rápido?
No responde.
No acelera.
Hace calor.
Voy a llegar tarde.
Más semáforos.
Tiene que frenar de golpe.
Un ómnibus pasa cerca.
Muy cerca.
Se para en la bocina.
Están de vivos, estos.
Ahora acelera, enojado.
Llego justo a tiempo.
¿No tenés más chico?
Voy a buscar.
Se baja.
Esperame acá
Demora.
Lo veo conversar.
Una cinta roja en el retrovisor.
Olor a tránsito.
A tabaco viejo.
Sigue hablando.
Se ríe.
El billete de lotería.
Lo guardo.
Cruza despacio.
Me da el cambio.
Le dejo propina.
Poca.
Menea la cabeza.
Bajo.
Doblo la esquina.
Miro.
Va lejos.
Llego dos minutos tarde.
Me dicen que espere.
Miro el billete.
Lindo número.
Se sorteó a la tarde.
No saqué.

Mariposas que olían flores

En Japón, los cuadros son poesía.
Una vez, un maestro.
Puso la prueba final a sus alumnos.
Dibujen, dijo:
Un caballo que haya corrido entre flores.
Cosa harto difícil.
Pues, es fácil dibujar un caballo corriendo entre flores.
Más no que haya corrido entre flores.
Pero el maestro había sido explícito en su parquedad.
Frente a sus alumnos, sentado, y sin levantar la vista de su trabajo de caligrafía.
Dijo: Un corcel corrió entre los campos de flores.
Y un gesto, tan sutil como grácil, indicó que podían retirarse.
Una reverencia silenciosa.
A la que el maestro respondió, más con la voluntad que con el cuerpo.
Los despidió.
Larga se hizo la noche.
Llena de temores.
Y dudas.
La vergüenza de la familia.
La falta de aptitud.
La convicción que parecía ganar.
Pero la duda reptaba en el fondo de la mente.
Las horas fueron cortas.
Y, uno a uno, presentaron sus trabajos.
Los ojos húmedos del maestro.
Sus pasos cortos.
Vacilantes.
Piernas débiles y manos llenas de gracia.
Se detuvo.
Asintió.
Los demás bajaron los hombros.
El maestro había vuelto a su caligrafía.
Y ellos esperaron.
De a uno, se movieron.
Y miraron el dibujo elegido.
Silenciosas reverencias de respeto.
El incrédulo aprendiz.
En su último día como tal.
Esperaba atónito.
Las sakuras estaban en flor.
El sonido del agua en el jardín.
Una de las flores cayó frente a sus ojos.
Eso lo despertó.
Con pasos cortos.
Temiendo hacer un ruido que rompiera el hechizo.
Miró su dibujo.
Mariposas volando junto a los cascos de un caballo.
Mariposas que aún olían las flores…

Ubaldo

Hay un accidente.
En Rosario.
Un taxi.
Una ambulancia del ejército.
Lleva un niño que se quemó.
Chocan.
El taxi queda con la trompa desecha.
La ambulancia cruzó con roja.
Porque un niño llora.
Quemado.
Avanza muchos metros en dos ruedas.
Pero no vuelca.
No, gracias a Dios.
El chofer sabe que no fue él.
El que la mantuvo.
Fue Dios.
Porque el señor ama los niños.
Y el Ubaldo pensó lo mismo.
La mami le dijo que Dios amaba a los changuitos.
Y era la fiesta del día del niño.
Y él había entrado de conscripto.
¡¡¡Ubaldo Cejas, micapitán!!!
Cuando cumplió los dieciocho.
No le tocaba, pero fue voluntario.
Porque el Manuel estaba en la guerra.
Porque iba a venir el principito.
Y él mismo, el Manuel, lo iba a matar.
Sí hasta un rifle le han dado.
Y está allá en Puerto Argentino.
Pero la guerra ha terminado.
Y parece que perdimos.
Y el Manuel no ha vuelto.
Y lo que decía el señor general.
Parece que no está siendo cierto.
Pero el sargento mayor Estrada.
Dice que a la autoridá no se discute.
Y es culpa de los chilenos.
Que les dieron nafta y gasoil a los aviones de los ingleses.
La fiesta de los niños no fue linda ese año.
Porque él siguió en el ejército.
Porque en Santiago no había mucho.
Y allá le daban casa y comida.
Y palo también.
Pero en el norte la vida es brava.
Y palo dan los patrones también.
Y se ha quedado.
Y ese año no fue mucha gente.
A la fiesta del día del niño.
Y había más caras largas, que risas.
Y ese chango que se ha tirado encima el agua de los panchos.
Y se ha quemado el bracito y la panza.
Y él estaba cerca y no pudo hacer nada.
Y lo mandaron en la ambulancia.
En esa ciudad del río tan grande.
Que no hacía ni un mes que estaba.
Y llovía siempre.
Y era húmedo.
Y la ropa agarraba olor.
Y allá en el norte que era seco.
Y él polvo te ahogaba a veces.
Y acá era agua y gente que habla alto y se ríe.
Y el changuito que le agarra la mano.
Y no lo suelta.
Y el sargento mayor Estévez.
Que le ha dicho que vaya atrás, por que el niño no lo suelta.
Y ha habido ese golpe.
Y la piel del changuito que se le pegó a la mano.
Cuando lo agarró.
Para que no se caiga.
Y bajó.
Y quiso manotear el FAL.
Porque la mami decía.
Que la cosa estaba brava con los militares.
Ella decía los milicos.
Pero desde que el hijo mayor entró al ejército.
Los llama militares.
Porque el general Perón nunca se ha referido.
Como milicos a los militares.
Pero no llevó el FAL.
Porque salió corriendo con los ojos en ese changuito,
Quemado, pobrecito.
Y él sargento mayor Estévez lo va broncar.
Por no tenerlo, al FAL.
Pero el taxi.
No eran los montoneros.
Era un taxi.
Que decía que la luz le daba paso.
Pero el chofer.
El cabo Villegas, de allá de río tercero.
Le ha dicho que llevamos un niñito quemado en el pechito.
Niño de Dios.
El taxista ha dicho.
Que sigan, sigan nomás.
Y hemos llegado al hospital.
Y aquí estoy, esperando.
Y una enfermera me ha dado un café.
Bien caliente.