¿Qué habría pasado?

Recién casados vivíamos en casa de mis suegros. En el fondo, en una pieza del tamaño de un garaje, separada del resto de la casa.
Frente a la puerta, a pocos pasos, las cuerdas de tender la ropa cruzaban el patio. Un palo las sostenía para que no bajaran tanto cuando las cargaban. Siempre me pareció exagerado ese pedazo de madera; no el largo, sino el volumen. El mucho palo que era para una función que, aunque importante, podía ser desempeñada por un humilde mango de escoba.
Si lo mirabas de un extremo parecía un cuarto de círculo, dos lados en ángulo recto y la curva que los unía.

Mi suegro trabajaba en una metalúrgica y su ropa no era de las que se lavan fácil; no señor. Necesitaban músculo y para ello estaba la pileta, de hormigón, hecha para soportar años de esfuerzo. En medio del fondo estaba; fregar es cansado y no iba una a estar yendo y viniendo. A la mitad el camino es más corto.
En ocasiones, al palo de las cuerdas lo apoyaban en la pileta. Otras, como aquella vez, esperaba caído a que alguien viniera y le encomendara la ropa limpia.

Salí apurado, de nochecita, y no lo vi cruzando mi camino; lo pisé y la curva de su costado me jugó una mala pasada. Giró y mi cuerpo sobre él le imitó. Mi cabeza pasó a apenas centímetros de la pileta.
Recuerdo la claridad con que la vi, a la tenue luz que salía de nuestra habitación. El vértice asesino contra el cual podría haber golpeado mi sien.

No se lo conté a mi esposa.
Aunque la esperanza de recién casados iluminara nuestra rutina, la luz de aquella lamparita era débil.
No habría podido con la oscuridad del miedo a la pérdida.

Respiro 

​De repente levanté la mirada y la vi. Mi rictus derrotado fue mudando al mirar incrédulo, a la sonrisa, la risa y el llanto.
Pero fue un llanto liberador, largo. 
Largo y liberador del que, jadeando, salí agotado.
Pero agradecido. 

No estaba allí cuando volví a mirar.

Medias rojas

La ropa se amontonaba luego de casi una semana de humedad y lluvias intermitentes.
Miró su ropero con aire escéptico.
No.
Lo que no estaba ajado, estaba directamente sucio.
Y que la mataran si iba a ir a estudiar con la ropa sucia.
¿Pero qué hacer? Si ni siquiera medias podía encontrar…
Su padre decía que la máquina de lavar era una puerta a algún lado, que nunca salían tantas como entraban.
Tal vez tuviera razón.
Era difícil encontrar pares y aquellos que tenían su pareja tenían los hilos estirados; el puño de la media colgaba flácido. Las imaginó sobre sus tobillos y el desánimo la hizo caer sentada sobre su cama.
Sopló su flequillo y recordó que su abuela le había obsequiado algunas para el día de su santo.
Pobre abuela, sus regalos eran tan llenos de cariño como faltos de buen gusto. Medias rojas. ¿A quién se le habría ocurrido?
Cierto que se veían abrigadas ¿pero rojas?
Imaginó que, a la noche, cuando se las quitara, sus talones y pantorrillas estarían teñidos, pero pocas opciones tenía.
Suspiró y se las puso.
Esa noche no recordó mirar si le habían manchado la piel.
Él la había besado por primera vez y las mariposas volaban en sus mejillas cuando se durmió.

Premeditación

Salir, desde el pequeño ritual que significaba vestirse para vencer el intenso frío, era algo que siempre aclaraba mi cabeza.
Mientras tiraba la bola para que mi perro la trajera lo decidí; en realidad acepté que no había otra opción.
La decisión estaba tomada. El conflicto “es él o yo” no podía decantarse nunca a su favor.

Incomprensible

Se paró a mi lado y pidió un ramo de rosas.
Sin poder moverme, vi que una culata asomaba del bolsillo de su abrigo.
Ojalá me acepte y volvamos, dijo.
Lo vi perderse entre el gentío.

Leyendo fábulas

“Y, mientras parado junto a la ventana lamía sus patas húmedas, el gato pensaba: delicioso el pececito dorado”
Sonrió; sin duda Esopo jamás habría terminado así una fábula, pero este era uno de esos casos en que lo importante no es tanto el relato sino la voz del narrador.
El barcito estaba a pocos pasos; no podía llamársele así en el sentido estricto de la palabra, mas tenía cuanto necesitaba para disfrutar la lectura.
Una viva gota rubí tiñó el blanco mantel al servir.
Saboreó despacio su copa de vino, suspiró de placer y se sumergió en la siguiente página.

Por accidente

No recuerdo cómo cayó la copa, sólo que tenía vino en mi blusa de estreno.
“El baño está clausurado. Por favor, use el de caballeros al otro lado del salón”
Me volví como diciendo ¿Puedes creer esto? Pero se había sumergido en su móvil.
Cuando salí, lo vi mirar a la puerta del otro servicio.
Una mirada furtiva, orgullosamente culpable.
Antes de guardar el teléfono leyó con deleite lo que había recibido.
Sonrió y levantó su copa en un brindis invisible, feliz.
Así nació la sospecha, por una copa de vino.

Esperando

Desde fuera la taberna no prometía demasiado. Paredes blanqueadas con cal hacía poco, como atestiguaban algunas secas gotitas blancas en la vereda.
Dentro se estaba fresco; nada más acostumbrar la vista a la penumbra, la tranquilidad caía bien.
Una mujer poco mayor que él, sin curiosidad ante el desconocido, terminó de secar un vaso y preguntó. ¿Una copa de vino para empezar?
De la casa, respondió.
Un tinto espeso, natural, vivo.
Las manos de la mujer estaban limpias; supo que comería bien allí. Nada muy elaborado, pero si honesto.
La iglesia abría más tarde, así que pudo alargar la sobremesa.

Ojos de botones

La abuela hacía muñecas de trapo y nosotros las vendíamos a los turistas en la plaza.
Secretamente esperábamos que, algún día, uno las comprara y nos las regalara.

Desayuno a la cama

Estiró la mano sin despertar del todo pero no lo encontró. Abrió los ojos y pestañó mientras se acostumbraban al sol de la mañana.
El vestido blanco se había caído de la silla; se levantó a recogerlo y sobre la mesita junto a la ventana vio la rosa pálida que había separado antes de tirar el ramo.
Escuchó cómo se abría la ducha y decidió levantarse tarde su primer día de casada; volvió a la cama.
Huele tan bien, pensó antes de dormirse con una sonrisa.
Él la encontró sobre su lado de la cama.