Cuento “A la francesa”

La llave fallaba a veces, el esperaba con molestia anticipada que volviera a ocurrir pero la humedad parecía haber lubricado la cerradura.
Siempre que atravesaba la puerta se decía que debía llamar a alguien que la reparara.
Pero, pocos pasos después, una marea de pensamientos sepultaba esa idea. Como una ola que rompía en la costa y arrastraba fragmentos de valvas rotas.
El tiempo desapacible lo recibió, el vapor empezó a salir de su boca ni bien cruzó el umbral.
Rebuscó en sus bolsillos y sacó la cajilla arrugada. Debía dejar de fumar. Si, debía dejar de hacerlo, pero no hoy, no mañana, no mientras todavía lo ayudara a pensar.
Esperó entre dos autos un hueco en el tránsito. La calle estaba húmeda y, por una vez, los conductores manejaban con prudencia.
Un Renault que había conocido mejores épocas, pasó a su lado mojando la punta de sus zapatos con la negra agua de la calzada.
Cubrió con la mano la llama y el recio placer del tabaco negro bajó por su garganta.
Miró a ambos lados, las casas grises eran las mismas de siempre, pero la mansa lluvia las hacía ver más tristes.
En el mercado el bullicio lo golpeó como un boxeador que lo encontrara con la guardia baja.
Cerró los ojos e inhaló, múltiples aromas competían con el del tabaco.
Pescado, fiambre, frutas y legumbres. Incluso llegaba a él una sombra de olor a pan recién horneado. Pan crujiente y de corteza dura, como lo hacía su abuela. La anciana sacaba el pan de su horno de barro mientras los niños la miraban boquiabiertos. Cortaba el pan en varias rodajas, todas iguales, sin importar cuántos niños estuvieran. Eso evitaba peleas entre sus nietos, los nietos de sangre y sus amigos, que lo eran por adopción. Todos la llamaban mama, propios y ajenos.
Tampoco era que los niños se pelearan en su presencia, menos por comida. Un relámpago de aquellos ojos verdes cortaba cualquier queja.
Avanzó esquivando los carritos de ancianas que, atentas, vigilaban que no les pusieran mercadería fea o las engañaran con el peso.