Cuento “A la inglesa”

Marcas de suelas manchaban el piso del pasillo. Había un viejo felpudo pero la gente parecía ignorarlo los días de lluvia.
La cerradura no le dio problemas, no era tan urgente llamar a alguien para repararla.
Hacía frío, y Barnaby Street se veía más gris que de costumbre.
Sólo le quedaba un cigarrillo, negro. Un cigarrillo que le recordaba que debía dejarlo; tal vez lo hiciera, pero no ahora. Lo mantenían enfocado.
Mientras esperaba entre dos autos encendió el Gitanes, el vapor que despedía su boca dejó lugar al humo del tabaco. Los conductores parecían haber entendido por fin que no debían correr un día de lluvia, el tránsito avanzaba casi a paso de hombre.
Cruzó la calle detrás de un Renault destartalado, las manchas de herrumbre se veían por toda la carrocería.
Hizo una bola con la cajilla y la tiró a un desagüe obstruido casi a la entrada del mercado.
Cruzó los portones, viejas y altas puertas de hierro forjado, pintadas de un verde oscuro y manchado.
Las grandes arcadas parecían telarañas sostenidas por el techo.
Le gustaba el bullicio del interior, sentías como golpeaba tu pecho nada más entrar. Y los aromas, la mezcla de olores era estimulante.
Pescado, quesos, frutas y hasta el leve aroma del pan recién horneado.
Su abuela hacía pan casero, todos los niños del vecindario recibían su rodaja, estrictamente iguales entre sí.
Nadie podía quejarse de eso y si se le hubiese ocurrido, nieto propio o ajeno, recibía la misma fría mirada de aquellos verdes ojos alemanes.
Las clientas más viejas controlaban que los tenderos no las engañaran con el peso o poniendo a escondidas fruta en mal estado. Debió esquivar sus carritos para avanzar.
Las naves del mercado eran amplias, pero los puestos crecían siempre hasta el punto que el pasaje en los corredores era un estrecho zigzag.