Haditha

El calor era abrasador, incluso para alguien criado en Nuevo México. En casa podías soportarlo porque sabías que, por más pesado que estuviera el sol, el aire acondicionada te esperaba cuando volvías al camión o la casa. En la noche la temperatura volvería a caer, como siempre lo hacía en el desierto, pero a mediodía nada quería moverse. Desearía estar en casa, allá, en Los Álamos, la semana próxima será el día de la pesca sin licencia. De estar allí invitaría al viejo e iríamos a tirar nuestras líneas al río Bravo. Tal vez así le encuentre sentido a la pesca, entienda por qué mi padre ama tanto hacerlo.
Pero ya he vuelto a distraerme, es la segunda vez que me pasa desde que he llegado. Lo más probable es que se deba a que este es el primer año que pasaré mi cumpleaños lejos de casa. Ya no soy un crío, pero la distancia tiene esas cosas. La añoranza, el desear cosas que jamás harías estando en Nuevo México.
Hace más de dos horas que estoy controlando el pueblo; los marines avanzan casa por casa y debo cubrirles las espaldas.
Esta zona es tranquila, no es Fallujah, pero nunca puedes fiarte de estos cerdos; no hay un día en que algunos de ellos quieran ganarse un viaje al infierno. Su único equipaje, una mochila cargada de explosivos. Daesh, les llaman aquí, aunque en voz baja, temerosa; hasta el ejército iraquí les teme.
¡Payasos! Perdieron casi todo su territorio sin ofrecer resistencia, huyeron como cobardes, dejando atrás incluso algunos de los Abrams que les dimos para volver a crear sus unidades acorazadas.
Esta semana apenas di cuenta de cuatro de ellos, muy lejos de la leyenda de Chris Kyle, pero lo suficiente para poner nervioso a algunos jefazos entre los jodedores de cabras. Inteligencia dice que han enviado a un par de sus francotiradores a cazarme.
No me preocupa, no les temo. Ellos creen ser muy valientes, pero en Sinjar retroceden frente a los kurdos y sus francotiradoras.
Abdulillah dijo que, si es una mujer quien te mata, no puedes ir al cielo, no te ganas el pasaje vip al prostíbulo de vírgenes que Alá montó en el cielo.
Por lo menos su paraíso parece más divertido que su país, donde no beben y están rezando la mitad del día; cualquiera lo desearía con esa vida miserable en este lugar horrible.

La radio cruje, Jim responde y me informa que hay un francotirador activo en el sector cinco. Debemos movernos rápido; el humvee llegará en dos minutos y hacerlo esperar es peligroso. Se detiene entre una nube de polvo, carrera hacia él, gritos, una conducción temeraria y subir tres pisos corriendo hasta el sitio donde estará nuestra posición de tiro.
Es un buen lugar, el campo de tiro está limpio y desde aquí controlo cinco bloques de la calle principal. Lo único que me molesta es que un hilo de la red de camuflaje está frente a mi visor. Miro a Jim, pero está transmitiendo nuestra posición al capitán; decido componer yo mismo mi puesto. Me agacho frente a la ventana, miró el cañón de mi Barrett y muevo un poco más la red.
– Sin novedad, cambio y fuera. – dice mi camarada; luego me mira y agrega. – ¡Sal de ahí, idiota! ¡Pueden dispararte!
Siento un golpe en la cabeza y me desplomo. Jim corre hacía mí…

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