Paranoia

Había visto las noticias todo ese tiempo; cualquier persona que apreciara su vida tenía que hacerlo.
Según decían, y siempre se ocultan verdades en estos casos, había un asesino en la ciudad. Alguien que contaba media docena de crímenes en apenas un par de meses. Y la policía, para variar, no tenía pistas; decían que lo único que ligaba a las víctimas era la virulencia con que habían sido atacadas.
Cinco hombres y una mujer; esto, ella, pareció haber desconcertado aún más a los investigadores. Los asesinos seriales difícilmente atacaban a personas de distintos sexos, pero el modus operandi era el mismo que en los crímenes cuyas víctimas eran de sexo masculino. Ataques por la espalda con un arma blanca. Se decía que debía ser un cuchillo de hoja gruesa, pues uno convencional no podría soportar aquel maltrato sin quebrarse.
Él sabía de eso, devoraba los programas de investigaciones en el cable y era un asiduo visitante de cada web sobre crímenes que encontrara en la red.
Porque el conocimiento salvaba; no había otra forma de decirlo. Si se conocían las costumbres de los criminales o las características de los lugares donde solían atacar, se podía establecer una rutina que, a la larga, podía salvar la vida.
No se le escapaba, sin embargo, que aquella frase constaba de dos condicionales. De uno sólo, en realidad, aunque repetido.
Entonces mucho de lo que estudiaba, gran parte de lo que planificaba estaba teñido por el pensamiento mágico, por el deseo de que todo funcionase bien. Se podía extremar precauciones, pero nunca se estaría cien por ciento seguro.

Al principio eso no le molestaba, pues estaba consciente de que en el país no había más que un antecedente; bueno, existían otros, pero eran personas de mala vida que se deshacían de la competencia.
Pero la duda era un parásito insidioso; se mantenía callado, inmóvil en apariencia, pero moviendo lentamente su colita ponzoñosa. Y el efecto de ese veneno que se destila lentamente es el miedo a toda sombra, a todo ruido imprevisto, a la forma que una imaginación agitada dibuja tras cada árbol o zona oscura.
Por eso miraba hacia atrás al llegar a las esquinas, por eso usaba suelas de goma, suelas que no interferían con su sentido del oído, que le permitían estar alerta. A veces escuchaba pasos detrás de él, pasos que le seguían pero que desistían al notarle atento, en tensión, preparado.
Aunque no siempre era así; no, no lo era.
Y había tenido que actuar en consecuencia, lo habían obligado a devolver con saña cada golpe que pensaban asestarle.
Seis veces lo había hecho, ya.

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