De la A a la Omega (Gregorio)

El sacerdote lo miraba con ojos de espanto, aquel niño acababa de dejarle sin palabras, respiró hondo, miró hacia afuera buscando inspiración y comenzó a explicarle: Tú no puedes ser monaguilio Gregorio, eres zambo, tienes un pie zambo. – su acento español se notaba más en algunas palabras que en otras – Mira si por culpa de tu problema se te cae la hostia, Gregorio. ¡Mira si se te cae! – lo miró a los ojos – ¡¡El cuerpo de Cristo, Gregorio!!
El niño no quería que Cristo cayera de sus manos; negó con vehemencia, y su mirada se llenó de horror cuando el padre agregó: ¿Y si derramas el vino, hijo mío? El vino de la eucaristía es la sangre de nuestro señor, Gregorio…
Luego de darle un momento para pensar, para entender las dimensiones de lo que podía pasar si tropezaba en misa, el sacerdote apoyó la mano en el hombro del pequeño voluntario y lo encaminó a la salida.
– Todos tenemos un lugar en la obra del señor, hijo mío. Pero el tuyo no está detrás del altar. – le tomó la barbilla para que el niño lo mirara – ¿Viste alguna vez un sacerdote rengo o zambo? ¿Viste acaso, alguno bizco o tartamudo?
Gregorio bajó la cabeza y reconoció que no. Jamás había visto a un cura así.
– El señor elige a los mejores hombres para ser sus apóstoles, hijo mío – Desde su apuesto metro ochenta, el sacerdote respiró hondo y repitió – El Padre elige a los mejores hombres para trasmitir La Palabra.
– Ahora vaya, dijo, dándole suaves palmaditas en la espalda. El niño se alejó, anadeando bajo el sol de enero, cruzó la plaza cabizbajo y casi se llevó por delante un puesto de mazamorra.
– Zambo y distraído, pobrecito, suspiró el sacerdote. A veces los caminos del señor eran insondables, quién sabe en qué terminaría aquel niño tullido, el padre esperaba al menos que la lección de humildad hubiese quedado clara en su cabeza – Monaguilio – dijo al volverse. La soberbia era uno de las puertas de entrada favoritas del maligno y aspirar a algo más allá del lugar que a uno le corresponde, es la forma más común del séptimo de los pecados.
El buen padre miró el crucifijo que le habían regalado al llegar allí, era antiguo, de madera, tallado por salvajes en las reducciones de San Ignacio miní, lo apretó un momento agradeciendo al señor por poner en sus labios las palabras que salvarían a aquel chico y se retiró a vicaría. Allí se estaba más fresco.
Sus pasos resonaron en las naves de la parroquia.

Gregorio caminó, decepcionado. El padre fue más generoso de lo que esperaba, no había gritado ni se había reído de él. Sus ojos se abrieron con sorpresa cuando le planteó que quería ser monaguillo, pero no lo mandó a rezar nada, ni a lavarse la boca con agua bendita en castigo por su atrevimiento.

Su conciencia ni siquiera registró cuando su cuerpo esquivó aquel puesto, Goyo estaba sumido en profundas reflexiones y su mente no tenía espacio para mirar el camino. Papá decía que ése era su problema; se quedaba pensando, pensaba y pensaba.
Y veía.
Nadie entendía mucho cuando trataba de explicarlo, pero veía formas, profundidades, sombras y algunos pocos colores. No sabía qué significaban, no sabía por qué se le metían en la cabeza mientras hacía los mandados o mientras esperaba por las sobras que algún pescador le regalaba, él solo las veía. Nadie más.
La gente no entiende sí uno va y le dice que ve formas en el aire, o dibujos en las paredes, la gente piensa que uno está loco y a nadie le gustan los locos, su padre se encargó de dejarle eso bien claro.
El recuerdo de aquellas palmadas lo sacó de su ensueño.

Sus pies, como el práctico que conoce todos los bancos y corrientes del río, lo habían acercado a casa sin que notara cuánto caminaba.
Esto era normal, se perdía en esa formas en aquellos dibujos y el tiempo pasaba como el agua indiferente del río; uno podía mirarla o no, pero la corriente avanzaba siempre.

Varios chicos pasaron corriendo a su lado, uno le rozó la gorra, al grito de rengo inútil, pero no se la tiró. Se quedó boquiabierto, esperando encontrar algo para gritarles, pero un rezagado completó el trabajo.
Un coro de risas festejó la gracia, Gregorio los miró, alejarse.
– Mierda – dijo, y se agachó a levantar su gorra preguntándose cómo habrían visto los de adelante que el último lo había dejado descubierto.
De repente, el miedo que otro le diera una palmada en la cola levantada, o, peor aún una patada, hizo que mirara hacia atrás.
Y si alguien hubiese prestado atención, habría escuchado el click de las piezas del destino al encajar.
Por primera vez, y como le gustaba recordar más tarde, mientras el sol le templaba el traste, vio una de las formas en las que su mente se perdía.
A pocos pasos de él, un hombre llevaba, aparentemente sin esfuerzo, una pesada plancha de madera labrada.
– ¿Le pasa algo, mijo? – Dijo alguien, a su lado. Goyo se dio cuenta que aún seguía teniendo la cola en alto y que, aquel que quisiera patearlo, tendría todo el derecho del mundo.
– No señor, no – respondió rápido, mientras se alejaba siguiendo a aquellos dibujos que veía en sueños.
Como el buen padre habría dicho, un zambo no puede caminar con elegancia, mucho menos, con sigilo, o tratando de pasar desapercibido.
El desconocido notó que lo seguían, y se detuvo. La oscura madera debía ser más pesada de lo que parecía, pues gotas de sudor perlaban su frente. Hacía calor, sí, pero no tanto.
– ¿No le dijeron sus padres que está mal seguir a la gente?
Nunca le habían dicho algo así, pero no le pareció bien empezar la charla con una negativa.
– Si señor, disculpe señor.
– Para ratero, muy discreto no es, tampoco. – Gregorio no registró el insulto nada velado de suponerlo ratero, tenía tanto que mirar que debía recordar el no ponerse a soñar ahí parado.
Los brazos del desconocido tenían pequeñas lascas de aserrín, poquitas pero se veían y frente a él, de costado estaba la puerta (viéndola de cerca se dio cuenta de qué era) reposando sobre su pie. Goyo pensó que tenía que ser bien guapo, porque toda aquella madera debía pesar bastante.
El hombre sacó un pañuelo del bolsillo de atrás del pantalón, se limpió el sudor de la cara y preguntó.
– ¿Que mira niño?
– Esos dibujos – respondió Gregorio, señalando.
El artesano tiró el cuerpo hacia atrás y observó su trabajo, asintió y preguntó si le gustaba.
– Si, ya tenía visto
La mirada del padre Espada fue de sorpresa casi temerosa; la del desconocido luego de reír con la cabeza atrás, era parecida, aunque el temor dio paso casi a la burla.
– ¿Ah sí? ¿Y dónde las vio? Porque esto acabo de hacerlo – y con indisimulado orgullo agregó – nadie más hace estos dibujos.
El niño se encogió de hombros y dijo que en ningún lado, estaban en su cabeza.

El desconocido quedó tan sorprendido con la respuesta que hizo algo que nunca se pudo explicar del todo; tal vez hubiera sido el esfuerzo bajo el sol o el arduo trabajo que era pesado y delicado a la vez.

O el destino, que de forma algo cómica, había tomado las riendas de la conversación.
Tal vez, como siempre, la respuesta tenía una parte de todas aquellas razones, todas las casualidades eran principios comunes con finales inesperados. Y se recuerdan por eso que las hace diferentes.
El artesano no era un hombre de perder tiempo en pensando en el destino, mucho menos si está escrito o no, pero siempre recordó ese momento como si acabara de pasar, porque estaba seguro que el destino actuaba en aquel momento.
Sacó una pequeña lámina de madera de uno de sus bolsillos, tenía muchos, y Gregorio observó con asombro que parecía saber bien qué guardaba en cada uno.
Dándole la tablilla y un pequeño trozo de carbonilla dijo: a ver, dibújeme lo que vio.

Dios no le había dado piernas fuertes, Dios ni siquiera le había dado piernas normales, pero sus manos y los ojos dentro de su cabeza trabajaban juntos.
Y muy bien
Su lengua se soltó mientras dibujaba por primera vez en algo que no fuera tierra o alguna pared (el papel era caro) y sin haber aprendido jamás cuál o qué era la técnica. – Claro que esto es para una madera más grande, pero esta forma está bien, ésta es la que vi.
El desconocido lo miraba dibujar, apurado, concentrado, con la punta de la lengua asomando, ausente de todo menos de la madera que sostenía; no demoró mucho y fue una suerte, pues la cordura estaba volviendo al desconocido.
Cuando tomó aire para decir que debía irse, el niño le devolvió la tableta, el desconocido soltó despacio el aire que inhalara.
No pensaba dedicar más que una fugaz mirada a los garabatos de un niño tullido, pero la sorpresa lo congeló.
– ¿Dónde viste esto? ¿En qué casa, en qué puerta?
– No lo vi en ningún lado, lo vi en mi cabeza. – El chico pareció incómodo, no temeroso, sino ofendido por la pregunta.
El artesano habría podido discutir, podría insistir que ese dibujo era la copia de algo que el niño hubiera visto y que simplemente, volvía a dibujar.
Pero no, sus trazos habían sido demasiado fluidos, demasiado rápidos, ausentes, no recordaba, ni siquiera copiaba algo que tenía enfrente. Siempre hay pausas cuando se hace eso.
Este niño estaba diciendo la verdad, dibujaba lo que veía su mente y eso era cosa de un maestro.

El diablo no entraría a esa alma por la soberbia; el carpintero era muy bueno en su trabajo; sabía que lo era y sabía que siempre se estaba aprendiendo, pero también sabía que hay gente que nace sabiendo.
Y que él no era de ellos.
La puerta que llevaba era de los primeros trabajos de ese tipo que le encomendaban; apenas había hecho una docena de ellas y cada diseño le llevó horas de trabajo y frustraciones.
Ese niño creó frente a sus ojos; sin esfuerzo, sin pensar ni mucho menos frustrarse. El chico había disfrutado cada momento que tuvo la carbonilla en la mano y era claro que, de ser por él, habría seguido haciéndolo toda la tarde.

Por segunda vez ese día, Juan Carlos Duarte, se dejó llevar por un impulso, algo que jamás hacía. El destino, se decía al recordar, ya viejo.
– ¿Donde vive, mijo?
Gregorio no debía hablar con extraños, no debía aceptar nada de desconocidos, ni mucho menos, darles las señas de su casa.
Pero la alegría liberadora de poder dibujar lo que veía le hizo olvidar todas esas órdenes.
– Mañana voy a hablar con tu familia. – dijo el desconocido. Levantando la puerta, se alejó, bamboleándose por el peso, mientras voceaba a la gente que se abriera.
Miró hacia atrás, una vez, y asintió en dirección al niño que lo miraba, Gregorio se dio cuenta también que la puerta no giró cuando el hombre volvió la cabeza.
Llegó a casa poco después, cuando su cabecita empezaba a asegurarle que el encuentro no había ocurrido. Pero él sabía que sí, recordaba las pequeñas briznas de madera en los brazos del artesano (se negaba a pensar en él como carpintero, alguien que hacía esas puertas no era igual a uno que hiciera sillas) el sutil aroma a resina que desprendía y la forma en que evitó que la puerta apoyara en el piso.
Ahora, sólo esperaba que el artesano cumpliera su palabra, no quería hacerse muchas ilusiones y que éstas se rompieran después; no sería la primera vez que ocurría, no quería, siquiera, imaginarlo.
Su padre lo ayudó en su deseo de no pensar, tenía muchas tareas para hacer en casa y, el trajín lo mantuvo tan ocupado que no tuvo tiempo para nada más.
Mamá trabajaba todo el día, lavando para afuera o limpiando, así que las tareas de la casa quedaban para sus hijos; los mayores trabajaban ya, entonces el hijo del medio era el encargado de hacerlas.
Se acostó agotado, las preguntas nocturnas no tuvieron tiempo de plantearse. Lo último que vio fue a su madre, masajeando los pies de sus hermanos; trabajaban mucho tiempo parados.
Él no habría podido hacerlo.

Cuando asaltados por las dudas, tenemos una larga noche de insomnio, el amanecer trae una nueva esperanza y las preocupaciones no parecen tan graves.
Sin embargo, Gregorio no tuvo ese alivio Todas las inseguridades que el cansancio había mantenido lejos, lo atacaron a la mañana, llenando su silencio con preguntas.
Su familia no pareció darse cuenta de sus cavilaciones; todos desayunaron por turnos, ocupándose de sus asuntos, las charlas cortas, apenas monosílabos, mechados entre los bocados.

Su padre se quedaba en casa hasta mediodía. El barco en el que salía a pescar estaba en dique y el dueño empleó a algunos en tierra para desenredar y remendar las redes; aunque se hacía cuando los barcos terminaban la descarga, casi a mediodía.
Su hijo tomó aire más de una vez para comentarle de su encuentro de la tarde anterior, pero su padre se veía más callado y preocupado que de costumbre.
La pesca no sólo reportaba dinero, también pescado que se cocinaba o que mamá llevaba a sus patronas; con el barco en arreglo, eso no pasaba y se sentía.
Gregorio no quería distraerlo con historias, ni mucho menos, hablarle de una visita que casi seguramente no se daría.
Pero por cada vez que decidía guardar silencio, desalentado, la esperanza volvía a despertar, lenta, pero tesonera.

Unas palmas en el frente lo sobresaltaron. Su padre miró afuera, a través de la cortina, frunció el ceño y lo miró inquisitivo.
Su hijo se encogió de hombros, indicando que si su padre no conocía a quién golpeaba en el frente, él, sin verlo, no tenía mayores oportunidades de saberlo.
Pero su padre ya salía, no vio el gesto de su patizambo, que, además, no era del todo sincero; Gregorio tenía una idea muy clara de quién podía estar en la puerta.

No pudo escuchar mucho de lo que hablaban, salvo un: ¿el Goyo? muy sorprendido, de su padre.
El acercarse a la cortina y escuchar detrás de ella era una idea sin mucho sentido; con su problema, estaría muy cerca cuando su padre decidiera entrar y si se daba cuenta que estaba espiando, tendría la suela de su sandalia todo el día marcada en la cola.
Se sentó a la mesa y esperó. No tenía reloj, ni forma de medir el paso del tiempo, pero se daba cuenta que en caso de poder hacerlo, comprobaría que se estaba moviendo más despacio de lo habitual.
Siguió el deambular de una mosca desde una taza que aún no había recogido, a las migas de pan que tenía delante. Otra mosca llegó volando y se posó sobre la primera; se separó rápido,
– ¡¡Juicio!! – dijo Gregorio, tirando un manotazo que, para su sorpresa, terminó con los dos insectos aplastados sobre la mesa.
Bastante orgulloso las miraba cuando su padre entró, seguido del artesano con el que hablara ayer. Gregorio se levantó, mientras su padre pasaba una mano sobre la mesa, barriendo las migas. Cuando vio las moscas, hizo una mueca y le dedicó una mirada que confirmó que, a fin de cuentas, la tarde lo encontraría con esa marca de sandalia en la cola.

Llegaron a un acuerdo rápido cuando el artesano dijo que estaba dispuesto a pagarle. Desde ese momento, el señor Duarte pareció convertirse en el mejor amigo de su padre, que incrédulo, miraba a su hijo, fugazmente, antes de volver la cabeza, atento a no perder nada de lo que dijera su interlocutor.
El hombre debió irse poco después, su padre entendió, “claro, claro”, que un artesano no podía dejar trabajo para atrás, así que lo acompañó hasta la puerta, repitió las instrucciones para llegar al taller y entró a casa con una sonrisa que Gregorio no recordaba haber visto nunca.
No dirigida a él, por lo menos.
No, decir eso habría sido injusto; su padre les sonreía así, muy pocas veces, es cierto, pero lo hacía y Gregorio adoraba esos momentos. Decidió esforzarse todo lo posible, en su futuro trabajo para que algún día, su padre pudiera sonreír de la misma manera al ver algo que las manos de su hijo hubiesen hecho.
Pero, detrás de esa idea de amor filial, estaba la firme convicción de que, todo lo que hiciera, estaría encaminado a sacar de la madera todas las formas que había visto y de todas las que estaba seguro, aparecerían después.

Poco antes de las siete de la mañana, estaban golpeando la puerta abierta del taller; su padre lo llevó a las corridas, repitiendo en todo momento que debía prestar atención para aprender el camino.

En el poco tiempo restante, le indicaba cómo debía dirigirse a Duarte (señor), cuándo debía hablar (sólo si le preguntaban algo) y cuándo podía distraerse (nunca; ni una vez).
Llegaron agitados. El viaje era más largo de lo que Gregorio imaginara, pero el taller no lo defraudó. Se daba cuenta que no sabía que esperar, que no había pensado siquiera en cómo sería el taller (sus pensamientos estaban llenos de dibujos que haría el primer día) pero al verlo supo que no podía ser de otra manera.
Después de las formalidades y un abrazo largo de su padre, empezó su primer día de aprendizaje y de trabajo. Porque trabajó mucho, muy pesado y casi sin descanso hasta el mediodía.
Duarte le pedía herramientas, las describía pero no le indicaba cuál podía ser en aquella larga pared, llena de ellas.
Su aprendiz se dio cuenta que el artesano estaba perdiendo tiempo al hacerlo, que podían ahorrar un buen rato sí se las hubiese señalado, pero el hombre no lo hacía. Las describía y esperaba.
Gregorio era un buen hijo. Trataba de ayudar en la casa, peleaba sólo lo imprescindible con sus hermanos menores y hacía caso todas las veces que podía.
Pero había dos cosas por las que, bastante seguido, sus padres lo llamaban al orden; una de ellas era “quedarse en la luna”, ponerse a pensar en las formas que veía, en por qué el sol siempre salía por (más o menos) el mismo lado, o, cómo volaban los pájaros. El otro motivo de rezongo estaba muy ligado al primero: Gregorio preguntaba.
Todo.
Todo lo que no entendía, lo preguntaba, habitualmente, antes de pensar si la pregunta llegaba en el momento o lugar adecuado.
Tal vez por eso su padre insistió tanto en que fuera respetuoso y hablara sólo cuando le hablaran. El hombre sabía que su hijo era un niño bastante educado y nunca faltaba el respeto a nadie, pero era de preguntar. Y, Dios nos libre, hasta de opinar.
En defensa de Gregorio, se puede decir que refrenó su lengua muchas veces esa mañana, tanto que ya era media tarde cuando no pudo aguantar más y preguntó por qué Duarte no señalaba las cosas. -Así es más rápido ¿vio? Se puede trabajar más rápido.
El artesano se tomó su tiempo para terminar lo que estaba haciendo, se limpió la frente con un trapo que sólo usaba para eso y, para sorpresa del chico, sonrió.
– ¿Vio que hay herramientas parecidas? ¿Que a veces, las diferencias entre una y otra son chicas, difíciles de encontrar?
Gregorio volvió a mirar el tablero y asintió; eran muchas herramientas y algunas, casi iguales.
– Cuando yo le pido algo, se lo trato de describir de la mejor manera, trato que usted se dé cuenta sólo con mis palabras; y hay dos razones, para eso.
La primera es que usted tiene que saber muy bien cuál es cada herramienta y cuáles son las diferencias hay entre ellas.
Y la segunda, que es la más importante, es que, siendo tan parecidas, usted va a tener que prestar mucha atención a los detalles.
Y los detalles, Gregorio, – dijo mientras volvía a su tarea – son lo más importante en nuestro trabajo.

Si Goyo esperaba labrar alguna puerta, o tan solo dibujar, ese día resultó decepcionado. No lo hizo la primera jornada, tampoco la segunda o tercera; en realidad, recién pudo dibujar algo a fines de la segunda semana de trabajo, cuando ya reconocía el nombre de la gran mayoría de las herramientas.
Duarte era un maestro callado, habitualmente estaba horas absorto, con su silencio roto sólo para pedir una gubia, una segueta o alguna otra pieza que hiciera falta. Pero el que hablara poco, no significaba que no enseñara; una de las primeras cosas que entendió su aprendiz, fue el valor de la paciencia.
Gregorio jamás fue un niño callado y su curiosidad le planteaba continuas preguntas que debió aprender a callar. La madera era más generosa que la piedra, como pudo comprobar años después, pero para hacer un buen trabajo con ella necesitaba ser paciente; a veces toda una jornada de labor se limitaba a mirar y mirar hasta encontrar dónde debía darse ese leve golpecito que eliminaba una lasca que sobraba.
Otras veces, el artesano salía de su mutismo, para explicar cómo se usaba una herramienta, por qué estaba diseñada de esa manera y cuál era la forma de agarrarla. Eso podía parecer obvio, pero algunas de ellas no se tomaban de la manera que uno pensaría al verlas por primera vez, pero teniéndolas en la mano, Duarte le enseñaba cómo hacerlo.

Cuando terminó la semana, el hombre lo llamó al fondo del taller, la zona que hacía de depósito.
Era complicado cuando llegaba materia prima, pero el guardar la madera allí, era mejor para mantenerla alejada de las inclemencias del tiempo.
Fueron sacando planchas de madera virgen de cada una de las distintas pilas que había, observando las diferencias de peso, aroma, dureza, color y muchas cosas más. Tantas que Gregorio estuvo seguro que no podría recordarlas a todas.
Para darse algo de tiempo, preguntó por qué debían olerlas. Duarte pasó la mano sobre la tabla, casi una caricia y la olió con placer.
– La madera viene de los árboles, Gregorio. Sí, yo sé que lo sabe, pero capaz que no tiene tan claro que los árboles también están vivos. Cuando usted huele algo, lo entiende mejor; cuando se enamora de una mujer, reconoce su olor en la oscuridad.
Vio que su aprendiz no creía del todo esta referencia, así que sonrió y dijo, créame, eso pasa. Usted reconoce el aroma de su mujer, lo conoce y lo ama, también. Con la madera pasa lo mismo, usted la huele y la entiende un poco más. Así como los árboles son diferentes, sus maderas son diferentes y su olor también es distinto.
El hombre sonrió de nuevo y se encogió de hombros.
– Que se yo – dijo – es así.

Siguieron mirando, oliendo, tocando. Duarte golpeó algunas tablas con los nudillos y le dijo que prestara atención. No se sorprendió que sonaran distinto, aunque sí lo hizo cuando su maestro dijo “la buena madera suena limpio, redondo”
Gregorio no entendió eso tampoco, supuso que debía ser otra de las cosas que eran así. Parecía cosa de magia saber si una madera estaba pronta para trabajar sólo por cómo sonaba.
Se dio cuenta que podría amar ese trabajo.

Pasó casi una década antes que Duarte le dijera que ya no tenía nada que enseñarle, de hecho, reconoció, podía habérselo dicho un par de años antes.
Trabajaban bien, juntos. Con esa confianza basada en el respeto mutuo, que era la base de cualquier relación duradera.
No trabajaban como patrón y empleado, ni como maestro y alumno, lo hacían como amigos, en un cómodo silencio que Gregorio aprendió a disfrutar.

Un día, el artesano lo llamó frente a una pila de madera y le pidió que eligiera una chapa fina. – De este tamaño – dijo y le mostró la puerta de un mueble bajo, oscuro y de patas retorcidas en el que estaba trabajando.
Parecía sencillo, pero Goyo sabía que era un cliente importante (Duarte no hacía ese tipo de trabajos) así que estuvo un momento mirando el mueble, cómo corría la veta y el espesor de las otras puertas.
Fue hasta la pila y buscó.
La lámina adecuada estaba debajo de varias otras, complicadas de sacar y su maestro se lo hizo ver, aunque él mismo le había dicho unos días antes que elegir bien la materia prima hacía que el trabajo fuera menos laborioso después.
Eso no resultó del todo cierto, el trabajo resultaba igual de complicado, mas el resultado final era mejor y eso era lo que contaba.
El trabajo era liviano esa semana, por eso tomaron aquel mueble, así que Duarte podía darse el lujo de sentarse a mirarlo trabajar.
– Ésta – dijo Gregorio, luego de retirar, con mucho esfuerzo (y cuidado; las demás láminas habían quedado igual a como estaban antes que Gregorio sacara la que necesitaba).
– ¿Seguro? – el muchacho estaba seguro – Usted va a hacer lo más grande y yo, las terminaciones.
Era la primera vez que le encomendaba una tarea grande, antes sólo había pulido interminables horas y Goyo tragó saliva. Duarte lo vio sonreír, nervioso y asintió. – Dígame que herramientas necesita y hoy yo voy hacer el ayudante.
En realidad, no fue ayudante ni maestro ese día, sino observador y reconoció haber tenido una gran corazonada al contratar al chico.
Gregorio midió la puerta, trazó la forma sobre la plancha que eligiera y antes de cortar lo miró.
– ¿Por qué va a cortar en el medio? ¿No le sirve una punta? Sino, nos van a quedar dos partes sueltas.
– La veta es mejor acá, coincide con el marco. – no cualquiera prestaba atención a esos detalles en su primer trabajo, buena señal.
Duarte asintió y lo ayudó a cortar.
Mientras pulía hasta que tenía ampollas donde se reventaran las anteriores, Gregorio aprendió las diferencias al tacto de maderas distintas, su textura, su dureza, cómo podían resaltarse las vetas lijando en una u otra dirección.

Había ayudado a su maestro a cortar, varias veces y sabía qué esperar cuando los dientes mordían la madera, pero sintió un escalofrío al darse cuenta que ésta sería la primera vez que guiaba.
Ese escalofrío fue lo último que recordaba al volver a casa, con los brazos cansados aunque ansiosos por seguir.
Trabajó con herramientas que apenas tocó antes para dárselas a Duarte, sintió que eran parte de él, una extensión de sus manos y sintió placer al hacerlo.
Quién hubiese estado mirando, esa noche mientras llegaba a casa, no lo habría visto renguear, porque Gregorio se sentía flotar.
El artesano miraba la puerta casi terminada, pensativo. Conocía a carpinteros con años de experiencia que difícilmente habrían hecho un trabajo tan bueno.
Claro que años de trabajo no significa que fueran años de “buen trabajo” o de trabajo bien hecho, eso era tan viejo como la humanidad; sí, debía reconocer que el niño tenía habilidades naturales.
Duarte se estiró, hizo una mueca cuando su espalda crujió y otra cuando fueron sus rodillas las que lo hicieron al agacharse. Como lo había pensado, la puerta encajaba perfectamente; necesitaba una pequeña atención con una lija fina, naturalmente, incluso las que él hacía, lo necesitaban de vez en cuando.
Dio los pequeños toques finales que la puerta necesitaba y la barnizó en la cada vez más tenue luz del crepúsculo.

Un año pasa rápido y cada uno parece más corto que el anterior; el artesano conocía esa regla desde siempre, mas el avance del tiempo era un misterio que lo sorprendía a diario.
El niño también era una fuente de sorpresas, tenía una habilidad intuitiva, la capacidad de anticiparse a sus pedidos y abstraerse de todo cuando tenía herramientas en las manos.
Duarte sabía que Gregorio estaba pronto para dar un paso más, para encarar su primer trabajo importante y el pedido de los Peña Paz fue la confirmación que no necesitaba.

Hijo de quienes fueran Romeo y Julieta de la ciudad, veinte años antes, Cándido Peña Paz fue niño mimado y enfant terrible de la sociedad bonaerense desde que sus padres confirmaran la buena noticia.

Muchos creyeron que seguiría la carrera militar, como alguno de sus ilustres ancestros, algunos otros, que se dedicaría a las leyes para luego volcarse, como era natural, a la política.
La mayoría, sostenía una teoría similar a la anterior: sería un bon vivant, a costa de la fortuna familiar (todos sabían que los Peña Paz harían que Craso palideciera de envidia) hasta que su padre o abuelo, moviera las cuerdas que lo habrían de sentar en avenida de Mayo…
Cándido los sorprendió a todos eligiendo medicina; un médico era casi tan bueno como un abogado, mas el joven dejó a todos boquiabiertos y a más de uno ofendido, cuando sostuvo que pensaba ejercer.
Trabajar, para alguien de su posición, era algo casi revolucionario, un trabajo donde uno no mantuviera las manos impecables al final de la jornada, era inaudito.
Pero el joven mantuvo esa tranquila mirada que tan bien conocían sus niñeras; simplemente se limitaba a pestañar y repetía sus argumentos, con el mismo tono mesurado que empleaba siempre.
Hablaron sus padres, sus amigos, incluso apelaron al patriarca de la familia como última opción; el viejo preguntó, detrás de aquellas gruesas y autoritarias cejas, qué era aquella tontería que había escuchado.
Su nieto volvió a explicar sus motivos con la frente en alto; no desafiante, de ningún modo, aunque con una serena firmeza que el abuelo ya conocía.
Escuchar detrás de las puertas es de pésimo gusto, tan feo que los señores jamás caerían en esa conducta deplorable; la servidumbre no tenía esos reparos cuando recibía una orden directa.
A decir verdad, la vieja ama de llaves estaba tan intrigada como los señores; esperaba oír los legendarios bramidos de Don Braulio, aquella voz militar hacía temblar las paredes y quienquiera que incurriera en su furia, no lo olvidaba jamás.
Todos sabían que el niño Cándido era la debilidad de su abuelo, pero ese silencio era algo inesperado. La sorpresa creció cuando ambos salieron juntos del estudio y el viejo, dando un abrazo a su nieto, dijo: Vaya con mi bendición, hijo.

Blanca había sido ama de llaves de esa casa por generaciones, era de las personas en las que el general confiaba y la única que pudo servirle, luego del amargo trago de la viudez. Tal vez por eso, el señor respondió cuando ella, sin poder soportar la curiosidad, preguntó si era cierto que el niño iba a estudiar medicina.
El anciano frunció el ceño, se sirvió una copa de Brandy y, luego de tomar un trago, se recostó, pensativo. Blanca creyó haberse excedido, que por primera vez en cincuenta años, había olvidado su lugar.

Don Braulio respondió y ella supo que el anciano señor no tuvo oportunidad.
– Tiene la mirada de su abuela…

El niño Cándido volvía de sus largos años de estudio en Europa, toda la familia había ido a esperarlo, se agolpaban para ser el primero en verlo tanto como puede uno estar agolpado en la zona de primera clase, al menos.
El joven que vieron aparecer era diferente al que partiera, parecía más alto, más seguro de sí mismo, pero la sonrisa que llenó su cara fue la misma que sus padres habían visto toda la vida.
El joven hasta tenía un suave tono francés en su dicción, acentuando las palabras de una manera encantadora. Luego que su madre lo soltara, con lágrimas en las mejillas, su padre lo estrechó en un fuerte abrazo, lo separó, teniéndolo aun de los hombros y se dio cuenta que todo lo ensayado había sido en vano, no recordaba nada.
Se decantó por lo que sentía.
– Bienvenido, hijo, estamos orgullosos de usted.

Él agradeció, balbuceando mientras su padre volvía a abrazarlo, aunque sus ojos se posaron en Blanca, que esperaba detrás, tan orgullosa como ellos, con las arrugas de los años y el esfuerzo barridas por la alegría de tener de nuevo en casa al niño.
Ella recibió un abrazo más largo (y, sin dudas más sentido) que muchos de sus familiares y fue a quien preguntó si el abuelo estaba bien.
Sabía que no, por las cautelosas cartas que llegaban a su apartamento, pero leyó en los ojos de la vieja ama de llaves que la situación no era sencilla. El anciano lo esperaba en casa, pues tenía prohibida la salida, por motivos de salud.

Cándido supuso que debía ser algo verdaderamente grave, porque no existía médico que pudiera decirle a Don Braulio Peña lo que debía hacer, por lo que insistió en ir directo a la casa, dejando a algunos familiares ofendidos por su falta de tacto.
Cuando llegó, se encontró con su abuelo envuelto en su vieja bata militar, aquella por la que, incluso la abuela recibiera uno o dos gritos cuando sugirió deshacerse de ella.

Y otra cosa que Cándido vio y lo llenó de hogar, fue que el viejo estaba usando todo su vocabulario cuartelero. El general se enorgullecía de saber blasfemar como cualquier soldado raso, de vivir con y como ellos cuando estaban en campaña; quienes estaban bajo su mando lo sabían e idolatraban al patricio que comía con ellos.
Pero cuando se enojaba, incluso los de cuna más baja se sonrojaban por “la boca del general”. Años después también lo sufrieron adversarios en el congreso, políticos o aventureros que venían a proponerle negocios infalibles.
Cándido se sintió aliviado: si el abuelo estaba de ánimo para rezongar y hablar como un estibador de puerto, lo suyo no debía ser tan grave.
Aunque no se engañó, el viejo ya sentía los años y por más que gritara que “por una cagalera no me dejaron ir” se le notaba desmejorado, su piel tenía un tinte grisáceo y su nariz se veía más afilada.
Hablaron largo rato, Cándido contó por primera vez todo lo que viviera, todo lo que había visto y conocido.
Muchas veces repitió esa historia, mas nunca fue tan detallada ni la disfrutó tanto como la charla de bienvenida con su abuelo.
Cuando ya los otros estaban asomándose demasiado seguido, don Braulio se levantó, su nieto notó el esfuerzo que le costaba y dijo: Venga, hijo, quiero mostrarle algo.

Los Peña eran excelentes clientes desde mucho tiempo, muy exigentes y quisquillosos, pero pagaban y sabían que un trabajo bien hecho llevaba tiempo.
En un tiempo en que hasta los inodoros se traían del extranjero, habían apostado a los artesanos nacionales para algunos trabajos. Duarte era uno de ellos y el único que quedaba, luego de dos décadas; el último de aquella camada, aparte de él, claro, fue un yesero que trajo su arte desde Italia. Sus hijos no heredaron su pasión por el trabajo, ni su habilidad, tampoco mantuvieron el trabajo con aquellos patricios.
Duarte decidió vestir su ropa de domingo, cuando el mensajero le aseguró que era don Braulio en persona quién lo había mandado llamar. Y decidió, también, que no iría sólo.

– Mañana se me viste prolijo, tenemos que ir a la ciudad.
Gregorio pestañó, sorprendido y pensó, casi en pánico que no tenía muchas posibilidades de vestirse diferente.
– ¿Ropa de misa? – preguntó al artesano. – No, no tenían, la familia de Goyo casi no iba.

Duarte lo miró y se dio cuenta que el muchacho casi no cambiaba de atuendo. Estaba todo lo limpia que puede estar una ropa de trabajo, los remiendos y costuras eran prolijos, pero no era vestimenta como para pararse frente a don Braulio Peña.
Así que, por primera vez en su vida, Gregorio fue de compras. Claro que no a una tienda, sino al mercachifle de ropa usada y casi le dio al viejo judío una lección de cómo regatear.
Al otro día, volvió al taller sintiéndose otro, no del todo cómodo debía reconocerlo, aunque estaba bastante seguro de “estar prolijo”.
La ropa que comprara, tenía casi la misma edad de la que usara ayer (y quién sabe por cuánto tiempo antes), aunque no estaba remendada; eso ya era un gran paso adelante.
Si Gregorio y su maestro hubiesen sabido la importancia que esa reunión tendría en la vida del joven, el judío habría podido desempolvar su mejor mercancía.

Se detuvieron un momento antes de golpear la aldaba de la puerta de servicio; se miraron, buscando alguna mota de polvo que se les hubiese pegado por el camino.
Duarte se peinó, usando las manos, lo miró con gesto inquisitivo. Gregorio asintió y golpearon. Los atendió una mujer mayor, una anciana casi, que les indicó que el señor general los estaba esperando.
Goyo jamás había pisado una casa así, ni imaginó siquiera que pudieran existir. ¡¡Las maderas, los colores, las pinturas!! Todo hermoso, reluciente; madera, vidrio y metal, todo brillaba como sólo pueden hacerlo aquellas cosas a las que se dedican horas y horas de pulidos y cuidados.
Al ver aquella casa de maravillas, se preguntó qué podía querer Duarte de él, allí. Esos muebles estaban por encima de sus posibilidades, miraba la forma de las patas, frágiles en apariencia, pero de madera dura, que resistiría años.
Miraba el diseño, las formas, apreciaba cada detalle en el poco tiempo que tenía mientras avanzaban. El encaje perfecto de las piezas, hacía que los muebles parecieran tallados de un sólo trozo de madera.
Los huecos de las cerraduras, escondidos en el relieve labrado de los cajones, las bisagras invisibles, la perfecta alineación de las puertas. . .
Gregorio se detuvo como si hubiese chocado contra una pared; él conocía esa puerta, conocía ese mueble, conocía su trabajo.

Ignoró las frenéticas señas que le hacía Duarte, del otro lado del pasillo y se agachó a examinar lo que había sido su primer trabajo importante. Sí, era “su” puerta.
Miró al artesano con tal sorpresa que éste, que ya se acercaba hecho una furia, detuvo sus pasos y miró lo que llamara la atención de Goyo.
Su rostro se suavizó, lo ayudó a parar y dijo: Si, es su trabajo.
Pasó el brazo por sus hombros, el muchacho era casi tan alto como él y lo hizo caminar.
– Es su trabajo, sí. – repitió – siempre sorprende verlo fuera del taller, uno se siente orgulloso de ver su trabajo rodeado de tanta cosa linda y bien hecha. Aunque, si no nos apuramos, lo más probable es que no haga mucho más que esa puerta.

El pedido que Don Braulio Peña tenía para hacerles no era grande, no era una mesa ni un vestidor de ésos que se debían trasladar por partes y armar en el lugar, ni siquiera otro mueble como el que Gregorio había trabajado.
El anciano General quería una puerta.
Su pedido no resultó habitual, quería una puerta labrada como varias otras que Duarte hiciera antes y Gregorio ayudara a pulir, pero quería un dibujo específico.
Su nieto estaba en viaje por Europa, luego de recibirse de médico en Francia.
– Buen muchacho, serio – dijo su abuelo – de los de antes.

Quería que la puerta de su consultorio particular tuviera el símbolo de la medicina “para que todos sepan qué y quién es, el que vive allí”.
Gregorio pensó que era demasiada pompa para sólo poner una cruz en una puerta, el anciano demostró enseguida que se había equivocado.
Detrás del amplio sillón desde el que hablaba, una placa de madera sostenía algo que Goyo jamás había visto. Dos serpientes de metal (el trabajo en ellas era extraordinario) enlazadas en lo que parecía un bastón alado.
– Es el caduceo de Mercurio – dijo el general y era lo que Don Braulio quería en la puerta de su nieto.
Duarte preguntó si podían verlo más de cerca y el anciano se deshizo en consejos y pedidos de cuidado mientras lo bajaban.
Si a la distancia la orfebrería en la escultura se veía bien, al observarlo de cerca, el grado de detalle quitaba el aliento. Ese era el trabajo de un maestro; el trabajo de un genio.
Gregorio extrajo una carbonilla de su bolsillo (no se dio cuenta que había ensuciado la tela con ella y que, tal vez, su camisa nueva no sería tan permisiva con el carbón como lo fuera la anterior) y, con una pequeña tablilla, se dispuso a copiar.
El general frunció el ceño ante aquel muchacho desgarbado que acompañaba al artesano, pero su expresión se tornó asombro al ver la seguridad de su trazo y la confianza con que dibujaba.
Viendo a Duarte, pensó que para el hombre no era una novedad ver a su ayudante bosquejar algo sin mirar sus trazos, independientemente que fuera algo nuevo o viejo, era claro que aún no perdía la magia.
El joven hizo una reproducción que de presentarla en una galería habría tenido a varios compradores dispuestos a irse a las manos por ella y la apartó sin ninguna ceremonia. Tomó otra tablilla y se abocó a dibujar detalles y texturas. En un momento, dio dos pasos atrás y caminó lentamente alrededor del escritorio, pasó junto al general con un “permiso” ausente e hizo unos últimos toques a sus dibujos.
Cuando dijo “ya está”, tanto Duarte como el general soltaron el aire que habían estado conteniendo, no entendían muy bien qué acababa de pasar allí, mas ambos sabían que habían visto algo especial.
Antes que se retiraran, el general miró al muchacho.
– Joven, cuando termine el trabajo, voy a querer que me haga un lindo marco para esos dibujos que hizo; se los compro.
Gregorio tardó un momento en darse cuenta a qué se refería el anciano.
– ¿Éstos dibujos, dice? – levantó la mano donde los llevaba- Son bocetos, nomás, para tener una guía. El marco le va a salir más caro.
Para sorpresa de los trabajadores, Don Braulio tiró su cabeza hacia atrás y rió. La risa de un león, pensó Gregorio perplejo.
El general se dirigió al artesano – Duarte, no lo deje hacer negocios. Su ayudante es un artista y para peor, no lo sabe.

Ya en la calle, Duarte pidió las tablillas, con el pretexto de ver si las proporciones estaban bien. El muchacho se las pasó mientras caminaba en silencio.
El anciano militar tenía razón. Aunque no lo supiera, Gregorio era un artista; el grado de detalle y la fluidez en las líneas no eran el trabajo de un principiante. Las piernas del muchacho estaban mal, eso era innegable; Gregorio tenía un don y lo plasmaba a través de sus manos.
No fue la primera vez que el artesano pensó eso, pero nunca sintió con tanta intensidad, que su alumno sería un maestro.
Lo miraba de reojo cuando el joven habló, su voz entrecortada por el caminar: ¿Vio que estaba el mueble ese al que le hice una puerta, hace un tiempo? Que increíble, mi trabajo en una casa así.
– Ajá – convino Duarte, sonriendo.
Don Braulio dijo que el muchacho era un artista y aún no era consciente de ello. No se dio cuenta tampoco, que el propio general los había acompañado casi hasta la vereda.
Y que habían salido por la puerta principal.

En el taller descansaron un poco. La idea que Duarte tenía del descanso era hacer un trabajo liviano, así que Gregorio lijaba una plancha de roble, mientras conversaban.
No faltaba mucho para que la noche los dejara sin luz para nada útil; el carpintero guardaba las últimas herramientas, tocó la punta de una gubia y la separó, esa necesitaría afilado, eso sería mañana.
– Gregorio, ¿vio la puerta ésa que hay que hacer? – el muchacho asintió.
– Si. Precioso trabajo – subió la plancha y miró con atención, buscando alguna imperfección. Duarte sabía que no la habría, aunque Gregorio repasó un extremo antes de dejarla junto a las demás. – Precioso trabajo – repitió.
Duarte estaba de acuerdo; iba a ser un trabajo delicado, difícil, que implicaría horas de labor lenta y cuidadosa. Una tarea de ese calibre, no en el tamaño, sino por la dificultad (don Braulio Peña no era mezquino a la hora pagar, pero era muy claro cuando algo no estaba perfecto) y por la belleza que tendría el resultado final, no era cosa de todos los días.

Sería una de esas obras de arte que pocos pueden ver, de las que muchos hablan sin conocer más que su fama, una obra que cualquier artista mataría por tener la oportunidad de hacer.
Así que, miró al muchacho que ya se iba y dijo: – Mañana va a ser un día largo, habrá que empezar a trabajar en esa puerta y ya tener algo pensado para el final de la jornada. Por qué no va temprano y, por el camino va pensando cómo la va a hacer.
El artesano jamás había visto una pared allí, tampoco la veía ahora, aunque Gregorio se detuvo como si hubiese chocado contra un muro.
Al ver esa mirada, mezcla de sorpresa, miedo y esperanza, Duarte supo que aquella corazonada que tuviera casi diez años atrás, no resultó errada.
Cualquiera habría saltado feliz, sin pensar en la responsabilidad que ese encargo significaba; los ojos del muchacho indicaban que él no caería en ese error.
Mientras lo escuchaba decir que no estaba preparado, vio nacer en sus ojos, algo que, mucho tiempo después pudo entender cabalmente.
Su esposa acostumbraba leerle fragmentos de la Biblia; en el que leía ese día, la historia trataba de un hombre al que un ángel se apareció.
Nadie más que él lo veía, nadie entendía por qué sus ojos brillaban de esa manera, como viendo una imagen de belleza incomprensible.
Gregorio discutía diciendo que la sola idea que él pudiera hacer esa obra era una locura, pero Duarte veía en sus ojos el brillo de la inspiración.
Cuando el joven volvió, a la mañana, parecía más apocado que de costumbre; su mirada era esquiva, una arruga de preocupación cruzaba su frente y su charla se redujo a poco más que el “buenos días” al llegar.
El artesano esperó casi hasta el mediodía. Se había propuesto esperar hasta que el muchacho hablara, aunque su actitud no tenía visos de cambiar, así que Duarte decidió que haría la pregunta cuando pararan a almorzar.
No sería la primera vez que un aprendiz se arrepintiera a último momento ante la dificultad de un trabajo; los talleres donde se hacían muebles sencillos sabían de esa gente.
Duarte se negaba a creer que Gregorio se hubiera asustado. El muchacho era más responsable que la mayoría de la gente y jamás mezquinó esfuerzo: además, estaba el hecho innegable que el joven tenía un don. Estaba seguro que no era “sólo” talento; Gregorio tenía un don, lo había visto en sus ojos, menos de doce horas antes.
– ¿Duarte, cuánto se puede cubrir con barniz? – La pregunta lo tomó absolutamente por sorpresa, el muchacho rompió su silencio nada más que para preguntar eso. Sin ningún preámbulo.
El artesano dudó. No porque la pregunta fuera difícil, sino que su aparente simplicidad debía esconder algo más.
Quiso tomarse un tiempo para pensar aunque la mirada apremiante casi angustiada de su aprendiz, lo instó a responder.
– Mire, se barnizan barcos enteros. Y algunos son muy… – la mirada de Gregorio, de una exasperación rayana en el insulto, lo silenció en seco. Respiró hondo, quería al chico casi como a un hijo.
– ¿Qué es bien, lo que quiere saber? -preguntó.
– Si yo hago un hueco, póngale, de dos pulgadas – se inclinaba hacia adelante con pasión mientras hablaba, Duarte se sorprendió con lo mucho que había cambiado. – ¿lo puedo rellenar con barniz? Suponga que es una pileta del tamaño de media puerta y dos pulgadas de profundidad.
Duarte quiso tragar saliva, pero su boca estaba seca. Gregorio no quería abandonar, no estaba asustado, ni su silencio se debía a falta de confianza.
El muchacho quería hacer algo nuevo.

Con algo parecido al temor, el artesano reconoció que no sabía, que jamás se le ocurrió hacer esa pregunta. El barniz no se usaba para dar volumen, sino para dar brillo o proteger la madera. Claro que, en algunos casos, algunas capas daban grosor, aunque era mínimo.
– No sé, Gregorio, – dijo y separó las manos en gesto humilde – nunca se me ocurrió eso.
– Sí yo creo que tampoco funcionaría… – luego de una pausa, empezó a hablar, pero lo hacía consigo mismo, como si el artesano fuera una pared en la que rebotaban sus ideas. Como un niño que tira una pelota contra un muro en ángulos diferentes, sólo para ver como vuelven.
Capaz que, sí usáramos resinas… claro que habría que filtrarla muy bien, para eliminar… – levantó la vista y mirándolo sin ver, agregó – sí, el problema es el mantenerla fluida.
Continuó hablando largo rato, planteando formas, procedimientos e, incluso, mencionado que, tal vez, debiera inventar una o dos herramientas nuevas.
Cuando terminó, Duarte se sentía tan cansado como después de una larga y pesada jornada de trabajo. Se sorprendió de sentirse así luego de escuchar a una persona hablar, mas en su fuero interno, el artesano sabía que no sólo había escuchado.
Había aprendido.

El aplicar resina no era un proceso complicado si se trataba de superficies pequeñas o que se mantuvieran en reposo.
Pero, si se quería hacer un ladrillo y mantenerlo vertical, empezaban a surgir problemas.
Duarte trabajó mucho esas semanas, no porque hubiera más trabajo (lo que era cierto) sino porque debió hacer sus tareas más las que eran competencia de Gregorio. Porque el muchacho no podía ayudarlo, estaba inmerso en una larga serie de pruebas para conseguir una resina dura y transparente a la vez.
Hubo algunos momentos en que el artesano temió que incendiara el taller; siempre tenía una o dos latas al fuego; mezclas de resina y sal, azúcar u otros materiales que hervían, esperando su turno en las pruebas.

Más de una vez Gregorio creyó haber dado con la fórmula adecuada, mas el producto final era quebradizo en placas grandes, demasiado opaco o presentaba burbujas que no podían eliminarse.
El joven tenía muy claro lo que quería (por lo menos alguien aquí lo sabe, se quejaba Duarte, en silencio) y no iba a cejar hasta lograrlo.
El general mandó a preguntar cómo iban los trabajos, el artesano debió responder, Gregorio murmuró que estaba ocupado, que en un momento iría, pero pasó más de media hora mirando las perezosas burbujas que subían en las latas donde calentaba la resina.
Duarte volvió a llamarlo.
– ¿Quién?- preguntó el joven, extrañado – ¿hace mucho que está?
El artesano, exasperado, le dijo que hacía más de media hora que estaba allí.
– Vaya a hablarle, dígale algo. – Gregorio no pareció entender muy bien a qué se refería. Duarte lo señaló, exasperado.
Cuando el artesano empezaba a tranquilizarse, creyendo que había podido traer le mente del muchacho de donde fuera que estuviera, éste hizo que casi se cortara una mano.
Gregorio ofreció la mano al edecán del general, que miró con mal disimulado asco, los restos de resina que tenía. Esto pareció desconcertar al joven, que miró sus manos, la primera lo sorprendió tanto que debió mirar la segunda. Ambas estaban igual de sucias.
Suspiró resignado y dijo: diga al general que estamos trabajando.
Y se volvió. Caminaba a su lugar, tironeando tiritas de resina, ausente de todo lo demás. El edecán miró a Duarte, que se encogió de hombros, él estaba tan sorprendido como el militar.

– ¡¡Aunque sea dígame cuándo va a estar!! – gritó el hombre – No puedo decirle sólo eso al general.
– Va a quedar, no se preocupe que va a quedar bien.
Dicho esto, Gregorio se sentó a mirar como subían aquellas fragantes burbujas.

La tercera fue la visita del general.
El anciano llegaba hecho una furia. Al verlo caminar, los faldones del sobretodo flotando en la mañana, Duarte pensó que la mujer de Lot no había visto nada en comparación.
– ¿Qué pasa con mi encargo? – rugió – ¿Por qué tengo que salir de casa para controlar lo que ya debería estar pronto?
Sin culpa, Duarte le indicó que él no tenía nada que ver, que hablara con “El Gregorio”. Siempre recordarían con una sonrisa ese momento de flaqueza; el artesano estaba aterrado y eso fue lo primero que se le ocurrió.
Gregorio estaba en el fondo, inyectando gotas de tinta negra en una barra de resina tibia; Duarte no tenía idea de dónde podía haber conseguido aquella jeringa o las agujas que estaba usando; el muchacho lo sorprendió con su inventiva (y recursos para hacerla realidad) esos últimos días, así que, cuando apareció con ellas, no preguntó.
El general no tuvo oportunidad de ver nada más que aquella epifanía cuando el joven hiciera los bocetos, aunque fue suficiente para respetar a aquel tullido que se inclinaba sobre el fuego.
Cuando vio que el muchacho tenía una jeringa, la curiosidad aplacó el enojo. Se quedó allí, quieto, mirándolo trabajar. La economía de movimientos, la precisión con que insertaba y sacaba la aguja, incluso cómo limpiaba el metal para eliminar los residuos, todo parecía parte de una coreografía ensayada muchas veces.
El anciano carraspeó y Gregorio por fin se dio cuenta que no estaba solo.
Se acercó a saludarlo, su andar no tenía nada de la gracia que viera unos momentos, mas si algo le habían enseñado los años, fue que las sorpresas se daban cuando uno olvidaba que las apariencias pueden engañar.
El joven aseguró que la puerta estaría en su lugar dos días antes que su nieto llegara al país, le daba su palabra.
– Sé, general, que la palabra de un joven puede no valer mucho, pero…
– La suya es la palabra de un hombre – interrumpió el militar – y estoy seguro que hace años que es así.
Miró a Duarte, que asintió – Sí, señor. Es un hombre de palabra, desde que lo conocí y era apenas un niño la primera vez que lo vi, nunca falló a una promesa. Si le dice que va a estar, va a estar.
Cuando el anciano subía al carruaje que lo trajera, Gregorio lo llamó; al volverse, el general lo vio trotar a su encuentro, desgarbado, con un paquete bajo el brazo.
Se lo entregó jadeando y prometió tener pronta la puerta para cuando su nieto llegara.

El anciano esperó a que el carruaje se detuviera frente a casa antes de romper el hilo que ceñía los cuadros. Todo el camino supo que el muchacho había enmarcado los bocetos, tal como pidiera. Aunque no los recordaba tan bien como creía.
El general Peña contuvo la respiración al verlos de nuevo. Sólo dijo una palabra.
– Arte…

Cuando Duarte pasó de casa al taller, encontró dos baldes con algunas finas tiras de madera en aceite; el artesano extrajo un par con cuidado y comprobó que eran incluso más delicadas de lo que creyera. Gregorio debía haber puesto unas gotas de colorante en uno de los baldes, pues el líquido era más oscuro en uno que en otro. Para cuando el muchacho retirara las cintas, su color sería levemente distinto.
Golpearon el portón mientras volvía a poner aquellas tiras, casi cordones, en su lugar; compuso la expresión para borrar la mirada culpable antes de abrir.
– El viernes y el sábado voy a tener que dormir acá – dijo Gregorio a modo de saludo, después pareció reparar en su falta de modales y agregó – buen día Duarte. Si puedo…
El artesano devolvió el saludo, en silencio, aún se preguntaba por qué se había sentido culpable cuando Gregorio llegó, se dijo que parecía un alumno al que un maestro estricto hubiese encontrado haciendo algo malo.
Decidió que Gregorio tendría sus propias llaves cuando terminara su trabajo. Hacía años que, por responsabilidad y confianza, las merecía, así que era justo (aunque algo tarde) que las tuviera.
Le aseguró al muchacho que no existía ningún problema en que se quedara allí, podía dormir en un catre que…
– No, no. – respondió el joven – no es para dormir, es para vaciar la resina, va a llevar tiempo y no lo puedo parar sin que algo salga mal.
Duarte ofreció ayuda en esa larga jornada, pero Gregorio la rechazó, necesitaba otra cosa de él.
Se sacó un bolso que colgaba a su espalda, una caja chata con manija, en realidad y le pidió que acercara la lámpara.
El artesano se sorprendió de nuevo al ver cómo cambiaba cuando trabajaba.

Seguía siendo el muchacho amable y serio de siempre, aunque tenía una seguridad, una soltura que hasta se notaba en sus movimientos.
Cuando Gregorio apoyó su escuche sobre la mesa, Duarte se dio cuenta, divertido, que lo ubicó de manera que él no pudiera ver el interior.
El joven no sólo tenía talento para lo que hacía, también poseía una intuitiva habilidad para la puesta en escena, para que las cosas fueran apareciendo en el orden que él quería.

Sin poder evitarlo, el artesano extendió la mano y lo despeinó, ambos se sorprendieron por aquella camaradería que jamás habían demostrado, el muchacho sonrió cohibido. – Dale – lo animó Duarte – mostrame esa obra maestra.
Gregorio volvió a animarse y de un bolsillo de su estuche sacó varias tablillas con los planos de lo que pensaba hacer. Al verlas, el artesano no pudo evitar la decepción.
Era una buena idea, sí. Pero era algo que a él (en un raro momento de inspiración, es cierto) se le podía llegar a ocurrir.
Un caduceo enorme, que cubría la puerta casi por completo, hecho con placas de diferentes maderas.
Bonito sí, sin dudas, mas no original.
El muchacho fue sacando con mucho cuidado piezas torneadas que encastraban para formar cada una de las serpientes; no podían desplegarlas juntas, la mesa no alcanzaba aunque Duarte podía ver que el trabajo era fino.
Lo más seguro es que él se hubiese decantado por hacerlas de una sola pieza, o esculpiéndolas en hueco grabado, Gregorio optó por una solución más sencilla y elegante; debía reconocer que era un gran trabajo.
Pero seguía sin convencerlo. No era lo que esperaba, no sabía qué esperaba, sólo sabía que lo sorprendería.
– Y acá va el aplique – decía Gregorio cuando pudo prestarle atención. En el medio de la puerta, un rectángulo aparecía ocupando parte del espacio de las serpientes y apenas dejando los extremos del bastón a la vista.
Duarte preguntó a qué se refería, Gregorio dijo que lo vería cuando fuera el momento.
El artesano se encogió de hombros y fue a buscar la madera para la puerta. Encontró que el muchacho ya había marcado cuáles eran las planchas adecuadas y dónde hacer los cortes.
Entre eso y la idea de “el aplique”, Duarte empezó a recuperar la confianza.

Trabajaron juntos en la puerta dos días enteros, cortando, puliendo y barnizando. Cuando Duarte quiso poner los contrapesos, Gregorio dijo que pusieran algunos menos sobre las bisagras.
Esos contrapesos hacían sus puertas más pesadas, pero lograban que al cerrar, sonaran más firmes, contundentes, sonaban sólidas. Transmitían seguridad y la gente interpretaba eso como calidad; sus puertas eran objetos de calidad, naturalmente, Duarte reforzaba esa realidad con sentimiento.
El artesano preguntó por qué habrían de cambiar esa norma. Por qué cambiar lo que funcionaba bien.
– No es cambiar – dijo Gregorio, algo cohibido – Vamos a poner pesos en el otro lado, así la puerta no golpea muy fuerte.
Poner peso sobre el lado externo se hacía que costara más cerrarla, la puerta cerraba más despacio, pero eso generaba mayor trabajo sobre los ejes.
Cuando Duarte planteó sus dudas, el muchacho explicó su idea de insertar pernos en la puerta y el marco, de manera que el peso se repartiera mejor.
Eso se hacía para portones o puertas principales, monstruos de tres metros de altura y muchos kilos de peso, jamás se le ocurrió hacerlo para una interior.
– No quiero que golpeen mi puerta – dijo Gregorio, encogiéndose de hombros.
El trabajo continuó hasta que la puerta estuvo pronta, secándose en la sombra, la primera de varias capas de barniz.

Cuando Duarte estaba por retirarse, preguntó si iba a necesitar algo más – la pintura plateada, sólo eso – dijo Gregorio.
Las pocas las veces que debían usarla, se preparaba en el momento, pues era cara y no envejecía bien. El artesano se quedó algunos minutos más, luego de prepararla, mas el joven estaba visiblemente incómodo con su presencia, así que se despidieron.

Dos días después, todo el misterio desapareció y Duarte quería tirarse al mar por haber dudado de Gregorio. El muchacho dormía agotado en un rincón del taller, roncaba. Roncaba como un aserradero, decía su madre, hablando de don Duarte.
El artesano recordó un cartel que viera en un barco, en el puerto: un hotel que promocionaba su vista a las sierras “en todas las habitaciones”.
Carlos Duarte no tenía vista a ese tipo de sierras en el taller, pero los ronquidos de Gregorio hacían que tuviera sonido a sierras.
Todavía con la sonrisa en los labios, se acercó a la puerta que reposando sobre una gran mesa de trabajo, descansaba también.
Por primera vez, Duarte pudo ver aquello a lo que el muchacho se refería como “el aplique” y comprendió el porqué de varias de las extrañas preguntas que le hiciera los últimos días.
Gregorio trenzó aquellas cintas de madera casi como si se tratase de telas o cuero. Sí, eso era parecía el trabajo en cuero sobre un rebenque o fusta bien repujada.
Había hecho dos de esas serpientes, las cabezas delicadamente talladas e integradas en el cuerpo como si fuesen naturales.
Los animales debían medir casi un metro, aunque, trenzadas en el bastón, apenas pasaban de la mitad de esa longitud. Duarte buscó con exasperada meticulosidad tratando de encontrar un detalle, una minúscula separación, un pequeño aflojar de la férrea atención que requería un trabajo así.
Nada, con tanto orgullo como envidia, debió reconocer que el trabajo era perfecto; si Gregorio le hubiese contado qué pensaba hacer, él habría insistido en que cambiara de idea, de seguro lo habría hecho.
Ahora estaba agradecido por su silencio.
Tal vez, si el trabajo hubiese terminado en eso, en dos serpientes trenzadas (con maestría, debía reconocerlo) alrededor de un caduceo, Duarte habría temido algún reparo.
Pero Gregorio las sumergió en resina, parecían flotar en ámbar inmortalizadas en un abrazo eterno, mágico.
Cuando todavía era un aprendiz, su maestro le mostró una pieza en la que trabajaba, una pequeña cajita cuya tapa, curva, cobijaba un insecto, un mosquito, tal vez, atrapado en ámbar.
Duarte jamás había vuelto a ver algo que quisiera mirar tanto como esa pequeña piecita de magia. El insecto parecía a punto de extender sus alas y echarse a volar, incluso podían verse las pequeñas nervaduras de sus alas.
Pero el maestro le aseguró que esa pieza tenía al menos dos siglos. Era una reliquia familiar que cruzó el Atlántico con ellos y que pasaba de madre a hija mayor con cada generación.
Gregorio logró recrear esa magia en una obra mucho más grande, con las serpientes y el caduceo flotando, en ese transparente mar ocre.
El grado de detalle quitaba el aliento, las escamas de las serpientes parecían naturales y sus ojos… Duarte se inclinó para ver mejor aquellas cuentas rojas.
– Así que para esto querías la pintura de aluminio – murmuró y una sonrisa asomó en sus labios.

La única vez que Duarte debió llamar la atención a un siempre serio y responsable Gregorio, fue cuando debieron pintar algo, no recordaba qué, con esa pintura. Al diluirla, las pequeñas partículas de aluminio flotaban, mareantes, en aquel líquido. Era algo interesante de ver, mas a Gregorio le pareció fascinante y cada vez que podía, se sentaba a mirar cómo sus golpecitos llenaban de movimiento y reflejos la latita donde remojaban los pinceles.
Ahora recordando esa fascinación, había mezclado una gotita de pintura roja con esas minúsculas partículas y las inyectó (aunque no podía estar seguro, creía que eso era lo que Gregorio quería probar cuando “vacunaba” la tibia resina).
Ahora, los ojos de las serpientes tenían unos subyugantes reflejos que cambiaban con el ángulo de visión.
Duarte asintió y agradeció a Dios la intuición que tuviera el día que dio con aquel niño desgarbado. Sonreía todavía cuando, sin saberlo, repitió lo que dijera el anciano militar.
– Arte…

El general Peña dejó orden estricta de ser avisado cuando su encargo estuviese pronto; aunque el artesano no tuvo la presencia de ánimo para despertar a Gregorio, que seguía durmiendo en el fondo.
– Por lo menos, paró de roncar – pensó divertido. El muchacho realmente merecía un descanso, se lo había ganado con esfuerzo y horas de insomnio, su trabajo era algo totalmente original y único, el trabajo de un artista, lo que hizo que se diera cuenta que sería casi una herejía mandar a alguien con ese talento a hacer el trabajo de un simple recadero, así que se asomó y llamó a un chico del barrio.
Le preguntó si quería ganarse una moneda; el niño estaba tan dispuesto como las veces anteriores y en pocos segundos Duarte lo vio desaparecer corriendo entre el gentío.
El general llegó poco más de dos horas después, el artesano tuvo algunos momentos de nerviosismo, en un debate interno sobre si debía o no despertar a Gregorio.
El muchacho podía estar muerto de cansancio, pero al general no le iba a gustar nada encontrarle recién despierto, o peor aún, dormido. El anciano trataba a todos como si fuesen reclutas dentro del regimiento, incluso a aquellos que no trabajaban directamente para él y exigía un comportamiento de lo más espartano en todos quienes le rodeaban.
El joven despertó cuando el recadero que enviara apenas iría por la mitad del camino. Duarte lo vio desperezarse, mirando todo extrañado, tratando de entender porqué su cuarto parecía haberse convertido en un taller.
Su somnolencia se disipó al ver la puerta, dio un salto hacia adelante y se acercó rápido, ansioso.

El artesano oyó su suspiro de placer al verla, el joven miraba la puerta con deleite, como un hombre vería a una mujer desnuda y hermosa.
No…
No era exactamente así, la miraba absorbiendo su belleza, acariciándola con los ojos, sin tocarla, sólo viendo. Viendo.
Duarte recordó una historia que le contara, hacía años, un cliente adinerado, ese hombre tenía una afición algo particular, coleccionaba mascarones de proa. De hecho, su trabajo fue reparar uno de ellos que acababa de llegar del extranjero. Duarte recordaba el gemido que se le escapó al ver el estado en que estaba.
Debió retirar varias capas de barniz y pintura viejas hasta llegar a la veta natural; planeaba solamente darle barniz que la protegiera de la humedad sin cambiar su color natural.
Sabía que aquellas varias capas eran necesarias para proteger la madera del agua salada y las inclemencias del tiempo, pero el trabajo que habían hecho sobre esa escultura, no era más que una chapuza, el trabajo de un principiante indolente.
Cuando terminó, su cliente estaba tan satisfecho que le regaló una historia:
En Japón, desde hacía siglos, los ancianos poderosos hacían raptar a jóvenes hermosas para verlas dormir.
No las tocaban, no se aprovechaban de ellas y las devolvían a sus familias intactas y con bolsitas llenas de dinero.
– ¿Entonces, por qué lo hacen?- preguntó.
– Para verlas dormir – respondió el hombre, como si fuese obvio. – Simplemente miran a esas jóvenes, las admiran en su belleza pura, dormidas, gráciles, tan delicadas que tocarlas no tiene sentido.
– Es… – el hombre movió la mano en el aire, buscando el término adecuado.
– ¿Elegante…?
– Elegante – el hombre asintió, feliz y bebió un sorbo de su whisky. – Elegante… – repitió y parecía saborear la palabra tanto como el elixir escocés…

Esa fue la imagen que Duarte recordó al ver a Gregorio mirar su trabajo, un hombre viendo algo de tal belleza que posar una mano sobre ella, sería mancillarla.
El joven se volvió y sus miradas se cruzaron. Le sonrió feliz, una mezcla de orgullo y alegría casi infantil en sus ojos – ¿La vio?

Duarte se acercó y dijo: La vi. Es la cosa más bonita que haya visto.
Los ojos de Gregorio se abrieron enormes, sorprendidos. Trató de balbucear algunas palabras, pero éstas se negaban a salir de su boca.

No podía creer lo que acababa de escuchar y tuvo que contener su emoción al ver al general Peña entrando en el taller.
El anciano se acercó, los saludó con un corto y enérgico movimiento de cabeza y preguntó dónde estaba su encargo. Antes que pudieran responderle, el general la vio y se acercó a la puerta en silencio. Duarte se dio cuenta que sus pasos fueron mucho más lentos, cautelosos.
Caminó lentamente alrededor de la puerta, que yacía horizontal sobre una amplia mesa de trabajo; las telas con que la envolverían para el traslado estaban extendidas debajo.
Blanco lienzo para aquella obra de arte.
En un par de oportunidades, el general se acercó a ver algún detalle, para examinarlo con detenimiento, sus manos cruzadas tras la espalda, con cuidado de no rozarla.
En un momento echó levemente la cabeza atrás frunciendo el ceño, sorprendido. Volvió sobre sus pasos y miró esa zona hasta ver lo que llamara su atención.

Cuando encontró el lugar adecuado, se quedó allí, moviendo la cabeza suavemente, viendo cómo los ángulos diferentes despertaban distintos reflejos en los ojos de las serpientes.
Miró a Gregorio, luego a Duarte; los hombres se entendieron sin palabras, el anciano patriarca de familia rica y el curtido artesano se comunicaron en silencio. Éste asintió imperceptiblemente.
El general completó otra vuelta alrededor de aquella obra de arte, hizo de nuevo el pequeño ejercicio de cambiar el ángulo de visión y en silencio, se acercó a Gregorio.
– Entiendo que esto es obra suya. – el joven tragó saliva, incómodo.
– S sí… Mi general – agregó sin saber por qué.
El anciano militar se sacó la boina que llevaba siempre que salía de casa, golpeó una imaginaria mota de polvo y extendiendo la mano dijo:
– Salut maître.

Cándido siguió a su abuelo de vuelta al frente de la casa. Don Braulio pasaba cada vez más tiempo en el pequeño estudio junto a su dormitorio, una mezcla de biblioteca y “sala de fumar” donde el general recibía a quienes iban a visitarlo.
Esa habitación estaba casi al fondo de la casa, lejos del ruido exterior y las distracciones que podía generar, era un lugar de reposo, donde el anciano pasaba horas silenciosas, con su copa de brandy absorto en la lectura.
Pero sobre el frente de la casa, a la izquierda de la puerta principal, había dos pequeñas habitaciones. Una casi un recibidor para la otra, donde la abuela se sentaba a bordar, mientras enseñaba a sus nietas esa tarea noble, que toda señorita debía conocer.
La segunda habitación era bastante más amplia, donde la matriarca tomaba el té de la tarde o jugaba al bridge con algunas otras señoras tan distinguidas como ella.
Ésa era, para Cándido, una habitación muy querida, donde podía leer tranquilo o jugar en silencio, mientras su abuela cuidaba no fallar ningún punto.
Tenía además, el recuerdo del aroma del té o aquellas deliciosas galletitas, recién horneadas, de canela o limón.
El abuelo lo llevó frente a esa puerta, se detuvo y dijo: Permítame hacerle un regalo, Cándido. Quisiera que usted ejerza aquí. – Su nieto estaba a punto de negarse, cuando el anciano agregó – Sé que usted quiso mucho esta habitación y también sé que su abuela se sentiría honrada si aceptara.
Don Braulio Peña siempre fue implacable: indios, militares y adversarios políticos aprendieron (por el camino difícil) que el viejo era astuto como un zorro y no pestañaba siquiera a la hora de usar trucos bajos para lograr lo que quería.
Cándido era su nieto, el primero y aunque nacieran otros él sabía que no tendría tiempo de sentirse tan orgulloso de ellos como lo estaba de ese joven que tragaba saliva a su lado. Él quería a ese muchacho y quería tenerlo cerca, así que no dudó en nombrar a su difunta esposa para conseguirlo.
Sabía que eso no estaba bien, pero tampoco se permitió perder tiempo en pensarlo, había cosas que debían hacerse y no todas le dejaban buen sabor de boca a quién las hacía.
Cuando cruzó el umbral de aquella puerta, el joven doctor vio por primera vez el trabajo de Gregorio y los engranajes del destino volvieron a girar. Cándido vio muchas obras famosas en Europa, visitó los mejores museos y el apellido de su familia se encargó de abrir puertas infranqueables para otros.
París, Roma y Viena habían acariciado sus ojos, Praga valió cada minuto de aquel largo viaje en tren, cruzando un viejo continente donde las tensiones nacionalistas se sentían a flor de piel.
Cándido sentía una efervescencia que presagiaba problemas. Gente cantaba el himno en las esquinas a la noche. Las obras que sonaban en los teatros, en las óperas reivindicaban viejos héroes y el amor a la patria, al suelo que muchos llamaban sagrado.
Ese sentir en el aire casi le convenció de no hacer la última jornada de su viaje, conocer “La Venecia del Frío”, como llamaban a la ciudad de veraneo de los césares rusos.

Muchas ciudades proclamaban ser la Venecia del norte, prácticamente cada país tenía la suya desde las costas del canal hasta los Urales; cuando Cándido oyó hablar de San Petersburgo, entendió por qué la ciudad del Neva necesitaba diferenciarse.
Le apasionó su arquitectura, tan diferente a la del resto de Europa, sus canales, el orden y limpieza (las capitales latinas eran hermosas, pero ni siquiera su más férreo partidario podía defender su higiene), lo exuberante y recargado de su decoración.
Se enamoró de la ciudad, como antes hiciera con otras en su recorrido y una alegre casualidad hizo que descubriera algo absolutamente fascinante; una maravilla que opacó sus recuerdos de los palacios franceses o la majestuosidad del coliseo.
El embajador argentino ante los zares salía del Hermitage cuando Cándido pasaba. El hombre había sido muy amigo de su padre, compañeros de correrías de juventud; por mucho tiempo para el niño fue “el tío Emilio”.
Don Emilio Fábregas se alegró de ver a su casi ahijado en aquella tierra lejana y lo invitó a participar de una recepción, algunos kilómetros a las afueras de la ciudad.
En sus varios años en Europa, el muchacho conoció muchas de las más famosas obras de arte, incluso vivió con la imponente obra de Monsieur Eiffel dominando la vista desde su ventana, mas la habitación del ámbar fue lo que más impactó a Cándido Peña Paz.
Sus distintos tonos de ocre, su estilo recargado y el leve aroma que desprendía cada una de las piezas le daban un aire distinto a todo lo que hubiese visto antes.
El regalo que Federico de Prusia hiciera al Zar, casi doscientos años atrás, era fascinante en todo sentido, la opulencia, la belleza y el buen gusto. Cándido llevó grabada siempre esa imagen en sus retinas.
Cuando su abuelo abrió la puerta, cualquier queja que hubiera preparado perdió sentido. Cándido sabía que no quería trabajar desde casa, limitarse a atender a familiares, amigos o gente que soñara asociar su apellido a los Peña Paz, él quería ayudar, hacer la diferencia y tenía muy claro que desde allí sería imposible.
Pero supo también que quería vivir cerca de esa obra de arte.
El general Braulio Peña vio cómo su nieto se agachaba para apreciar mejor el trabajo de aquel artista desgarbado y se sintió complacido al contestar que sí, que el artista era argentino y su nieto bien podía conocerlo si así lo deseaba.
– ¿Le gusta? – sonrió cuando su nieto dijo: es algo perfecto. Y la sonrisa se ensanchó cuando Cándido agregó “es justo y perfecto”.

Se conocieron algunos días después y durante años mantuvieron una extraña relación donde el respeto mutuo salvaba las distancias.

Pocos fueron sus encuentros y todos por alguna necesidad puntual mas se escuchaban y respetaban la palabra, la opinión del otro. Gregorio lo visitó con frecuencia durante la enfermedad que, a la larga se llevó a Duarte y el Doctor Peña Paz no dudaba en recomendarle a sus colegas o hermanos de logia.
Porque otro de los motivos por los que el abuelo Braulio estaba orgulloso de su nieto (y ciertamente aliviado, dadas las circunstancias) era que, mientras estudiaba, Cándido se había hecho miembro de la honorable hermandad.
La estirpe de su nieto estaba perlada por ambos lados, de nombres ilustres en lo económico, en la política, o el campo militar. Hombres que habían forjado la patria, que la liberaron del yugo colonial menos de cien años antes, que dedicaron su vida a hacerla grande y digna de los ideales de igualdad, libertad y fraternidad que abrazaron al unirse a la masonería.
Braulio Peña sentía temor que su nieto, que era tan excéntrico como para querer vivir de su trabajo, pudiera albergar dudas sobre unirse a una organización que a veces, más parecía una cueva de nepotismo que una hermandad dedicada a hacer el bien.
Pero los antiguos valores de la revolución seguían vivos en algunos sectores y Cándido parecía haberlos encontrado en la ciudad luz; su abuelo pensó en ello mientras cenaban, mirando el brillo de sus ojos mientras contaba sus años en el extranjero. Era su muchacho, siempre lo sería; su acento afrancesado que arrastraba las erres no podía ocultar, aunque sonara infantil, que Cándido había madurado.
El general se dio cuenta que su nieto ya era un hombre, que sólo el tiempo diría qué tan grande podía llegar a ser y reconoció, una vez más en aquel muchacho la serena templanza de su abuela.

Nelson Pavón era, como gustaba decir, un comerciante en maderas “habilitado por la municipalidad”, esto es, era proveedor del municipio para cualquier trabajo mediano.
Si la obra era grande, la municipalidad compraba en grande, era algo lineal. Una línea que pasaba muy por encima de las posibilidades del mejor de los hijos de don Pavón, que en paz descanse.
Como él mismo dijera a su hijo, “a veces no es lo mucho, es lo seguidito”. Claro que el hombre se refería al motivo del malhumor con el que llegaba a casa cada vez que su mujer mandaba a nelsito a buscar a su padre al boliche. No era una gran molestia que lo mandaran buscar, el problema era lo seguido.

Su hijo entendió el concepto y trató de aplicarlo siempre, eso no hizo que las palizas que su padre les daba, a él, a su madre y hermanas cada vez que llegaba muy bebido dolieran menos, aunque a la larga resultó una gran lección de vida.

Los que se dedicaban a los grandes embarques tenían ganancias enormes eso era innegable, aunque la propia dimensión del negocio hacía que los márgenes no fueran tan amplios como se podría pensar. Y los riesgos no eran algo a pasar por alto.
Pavón conoció un par de mayoristas que se creían demasiado grandes para caer, que movían enormes cantidades de materias y dinero, pero en un caso una tormenta en el Paraná y en el otro un voraz incendio (se murmuraba que no del todo accidental) los habían llevado a la ruina y a las puertas de la tragedia.
Él se dedicaba a los pedidos medianos, aquellos que no llamaban la atención de los grandes mercaderes y escapaban de las posibilidades de la mayoría; cambiar la madera de cien o doscientos bancos de plaza no ameritaban mover un barco por todo el río hasta Misiones, aunque ese era un tipo de pedido que se hacía con regularidad.
Y como nelsito aprendiera mientras las lágrimas de mamá corrían como las suyas, lo importante no era lo mucho, era lo seguidito.
Una ciudad en constante expansión necesitaba materias primas todo el tiempo; el trabajo y las oportunidades nunca faltaban. Si le importara plantear las cosas de alguna manera, podría decir que tenía casi todo lo que un hombre pudiera pedir.
Nelson supo desde pequeño que no tenía mucha imaginación ni sentido del humor, aunque no veía problema alguno en eso; lo que sí echaba de menos era la aptitud para el arte. Claro que llevar un negocio como el suyo, con tantos riesgos y competidores era casi un arte, mas él sabía que esa broma escondía un anhelo.
Por eso y casi a escondidas de sí mismo, aquel hombre llevaba un negocio pequeño, tan querido como deficitario y que lo llenaba de satisfacción. Nelson Pavón importaba maderas finas para artesanos.
El roble, el lapacho y algunas otras maderas duras constituían la columna vertebral de su negocio Gracias a Dios la mayoría de ellas podían encontrarse en las interminables selvas del norte o al pie de las montañas.
En algunos casos, el ébano por ejemplo, había que importar desde el África y eso complicaba las cosas, las encarecía al punto de volverlas casi prohibitivas, pero Pavón conocía alguna gente que podía transformar todo ese periplo en uno mucho más corto.
El viaje de uno o dos tablones desde el puerto hasta su depósito era mucho más corto y sobre todo, más económico. No era del todo legal (de hecho, era ilegal) y los hermanos verían esa acción como el robo que era, mas había que hacer algún sacrificio en el nombre del arte.
El hecho que prácticamente no obtuviera beneficio, ayudaba a mantener su conciencia a raya.
Cuando Duarte comentó, como al pasar, que su aprendiz logró hacer una puerta casi tan buena como las suyas no prestó mucha atención; el poco interés que conservaba se esfumó cuando supo que sólo se trataba de la puerta de un mueble.

El artesano compraba con bastante regularidad, elegía bien la materia prima que llevaba y no temía gastar un poco más por la calidad. Defendía con uñas y dientes cada peso que gastaba (Pavón no lo respetaría sí no fuera así) aunque entendía que había cosas que nunca serían ofertas.
Cuando Duarte comentó que el mueble en cuestión era propiedad de los Peña Paz, el comerciante volvió a ser todo oídos. Esa familia no sólo era una de las más poderosas de la Argentina, el general y su hijo, además, ocupaban puestos muy altos dentro de su logia.
Logia que era distinta a la suya; patricios y comerciantes integraban ramas distintas dentro de la hermandad. Se reconocían como hermanos. Las diferencias entre ellos eran menores dentro de la honorable sociedad que las que existían afuera, mas no podía negarse que estaban allí.
A grandes rasgos, las ramas principales eran cuatro: los constructores y artesanos (aunque casi debían ser artistas para ser invitados a entrar), los comerciantes importantes, los militares y por último, los patricios.
Personas como el general Peña podían integrar logias de las dos últimas ramas por derecho propio y se daba el caso de artesanos que, con el tiempo, se habían convertido en comerciantes bastante prósperos; pero, por regla general, no existía movilidad entre logias.
Así que el maderero prestó atención cada vez que Duarte habló de su aprendiz, siguió sus avances desde la distancia y cuando lo conoció, supo que había mucho más de lo que se veía a simple vista.
El joven acariciaba las maderas, las olía al pasar anadeando entre ellas, disfrutaba sentirlas y Pavón reconocía en esos gestos la pasión del artista. El creador de arte debía, en primer lugar amar su materia prima, entenderla al punto de ver lo que escondía en su interior, oír lo que tenía para decirle.
Ese muchacho lisiado miraba un par de tablas en apariencia iguales y elegía una de ellas sin atisbo de duda, desechando la otra sin pensarlo dos veces, absolutamente convencido que no le servía. Si se le preguntaba el por qué de su decisión (el comerciante lo hizo una vez) sólo se encogía de hombros y decía “no sé, no es la que preciso”.
Cuando una tarde Gregorio se apareció por el depósito buscando algo especial para hacer unos marcos, Pavón creyó que el aprendiz de Duarte había perdido la cabeza.
El joven explicó para qué, pero sobre todo para quién los quería y el comerciante entendió porqué debía ser algo especial.
Recomendó una madera que casi no se usaba en amoblamientos por ser muy blanda, aunque su veteado la hacía muy interesante para piezas pequeñas.
Cuando Gregorio vio las delicadas líneas que cruzaban los tablones hizo una pregunta rara.
Por forma general, la madera trabaja de manera longitudinal; si van a usarse listones finos, la forma de asegurarse que no se romperán, es cortar sin atravesar la veta, que es el área menos resistente.
Láminas muy finas que atravesaban lo que habían sido los anillos del árbol corrían el riesgo de separarse; cualquiera lo sabía, un novato podía darse cuenta, el muchacho preguntó si esa madera podía trabajarse como mimbre si se cortaban las tiras en el sentido “equivocado”.
Pavón jamás probó algo así, no con esa madera (con ninguna, a decir verdad) dijo que desconocía la respuesta, pero gustoso le daría algunas tiras para que hiciera las pruebas que considerara pertinentes.
Gregorio no tenía herramientas y no quiso usar las que le ofrecían. Prometió volver poco después y cuando lo hizo, llevaba además uno de sus bocetos que mostró al mayorista.
Éste quedó boquiabierto por la calidad y la atención a los detalles de algo que, visiblemente, era un trabajo rápido y hecho a mano alzada.
Mientras el muchacho sacaba finas tiras, casi hebras, de los tablones de Ulcumano, él salió al sol para apreciar mejor su obra y volvió a llevarse una sorpresa: ¡¡Eso era el Caduceo!!
Uno de los símbolos masones más conocidos, ése era el trabajo que el General había encargado; Pavón no tenía mucha idea de por qué ese muchacho estaba cortando aquellas bandas de madera y estaba seguro que el joven tampoco imaginaba la magnitud del encargo que le habían hecho.
Y la curiosidad que despertara el comentario de Duarte creció para convertirse en un interés serio, él iba a seguir la evolución de ese muchacho, si los bocetos que acababa de ver eran de las primeras muestras de su talento, Nelson Pavón podía asegurar que estaba ante el surgimiento de un artista como pocos.
Decidió hacer algo que en cualquier otra situación, habría considerado un atrevimiento, algo que escapaba a la fina etiqueta de las tenidas: iba a hablar con El General. Él tenía que ver ese caduceo con sus propios ojos.
En los años que le llevó pasar de ser el aprendiz rengo de un artesano competente a convertirse en un hombre que llevó su trabajo al grado de arte, Gregorio siempre tuvo un mecenas operando en las sombras. Un comerciante que apenas deslizaba una o dos palabras a los oídos de sus hermanos o de clientes respetados, un hombre que sólo decía: presten atención, mírenlo.
El general Peña hablaba maravillas del muchacho que descubriera, pero la fama del anciano patricio muchas veces jugaba en contra de su patrocinio.
Muchos por envidia, celos o rivalidad, jamás harían caso de una recomendación del militar. La de un, en apariencia humilde comerciante, era mucho menos avasallante. Aquellos que sentían celos del general, o se consideraban sus rivales, no veían la sugerencia de un simple maderero como una amenaza a su posición, a su exclusividad.

Cuando Duarte llegó un día, radiante de felicidad, el comerciante supo que la pieza en la que trabajaba el muchacho había sido entregada y recibida con absoluto beneplácito.
El artesano lo confirmó: la puerta que hiciera Gregorio era una verdadera obra de arte, era mucho mejor que cualquier cosa que él pudiera hacer nunca; al general y su familia estaban muy conformes.
Juan Carlos Duarte fue cliente por años, era un hombre serio, no taciturno aunque reía poco. Un hombre muy competente en su oficio, nunca sería un innovador, mas era una garantía de trabajo bien hecho y (esto era lo que lo diferenciaba de muchos colegas) entregado en fecha.
Un hombre derecho, parco en palabras y aún más en halagos, aunque no como los albañiles, siempre opinando mal del trabajo de los demás, Duarte no hablaba mal de un colega, y tampoco regalaba alabanzas a quien no las merecía.
Verlo hablar, feliz, con los ojos brillantes y una sonrisa casi infantil en su rostro, convenció a Pavón que debía ver esa puerta.
Aunque existía un grave inconveniente: la avanzada edad del militar y sobre todo su estado de salud, conspiraban contra los deseos del maderero. Hacía varios meses que el anciano no asistía a las reuniones habituales y no había otro lugar donde pudieran hablar.

Días después, Pavón se enteró de algo que hizo renacer su esperanza. Cándido, el nieto del general volvía de Europa menos de un mes atrás, en algunas semanas se haría una tenida especial (en realidad, era un homenaje en vida a su abuelo) para recibirlo formalmente en la hermandad; el muchacho se había unido en París.

El general estaba radiante, orgulloso de aquel joven que se veía incómodo entre tanta gente, muchos hermanos lo saludaban, se disputaban su compañía y marcaban citas con excusas ficticias.
Todos entendían que el muchacho era la continuación del linaje; su padre había unido a dos de las familias más ricas y poderosas del país, aunque sus logros no fueron mucho más allá de meros triunfos de alcoba.
Cándido era un muchacho serio, inteligente. Un título “avec les felicitacions du jury” en la escuela de medicina de La Sorbona no era algo que se comprara con dinero. Los hermanos se daban cuenta que el joven era un hombre y poco a poco, fueron dejando libre al abuelo para dedicar atención a su nieto.
El anciano agradeció dejar de ser el centro de atención, caminó despacio hasta un sillón en uno de los salones menores y observaba todo a través de la puerta.
Pavón se dio cuenta que el general había dejado su copita de Brandy sobre una mesa, mucha gente lo saludaba y era más cómoda dejarla allí por un rato que saludar a todos con el temor de bañarles en néctar francés.
El comerciante llenó su copa, hizo lo mismo con la del general y cruzó la sala.
El anciano agradeció con su voz grave y lo invitó a sentarse. En condiciones normales, ambos habrían actuado ante esa invitación como lo que era, un mero formalismo; esta vez, Pavón tomó asiento junto al patriarca.
– Graduado con honores, eh? – levantó su copa en un brindis silencioso. El anciano asintió.
– Sí señor, se esforzó mucho. – volviéndose, el general Peña lo señaló con un índice aleccionador – Escúcheme lo que le digo: ese muchacho va a hacer historia. No como yo o aquel viejo sediento de sangre, abuelo de su madre. – Pavón contuvo una sonrisa, sólo alguien como el general Peña podía referirse así a uno de los padres de la nación – Nosotros lo hicimos de la manera fácil; ese muchacho (señaló la otra sala sin dejar de mirarle fijamente) va a hacer historia ayudando a los demás, ayudando a los necesitados.
Bajó la vista y estuvo un rato en silencio, giraba el vaso con aire abstraído, mirando el piso. Cuando habló, lo hizo en voz baja – Capaz que hasta se va al sur y arregla alguna de las injusticias que hizo el abuelo…
Si Nelson Pavón aprendió algo de su madre, fue a no romper un silencio incómodo; si no se sabía qué decir, lo mejor era quedarse callado y tratar de pasar desapercibido, así que estuvo allí, mirando incrédulo al anciano militar, sin decir nada.
Rato después, el general suspiró, lo miró como si recién acabara de notar su presencia y dijo en voz alta: Pero alguien tenía que enseñarles a vivir como cristianos decentes a esos indios taimados. ¡¡Uno se descuida y cuando quiere acordar ya tiene el malón a las puertas del pueblo!!
Lo miró con el ceño fruncido, como desafiándolo a estar en desacuerdo. Pavón leyó angustia en sus ojos, el miedo del anciano que toma conciencia que pronto será juzgado. El general era un héroe de la nación, había movido las fronteras de la paz doscientas leguas al sur y, aunque todos miraran en otra dirección, eso no podía hacerse sin expulsar a quienes vivían antes en esas tierras, los indios.

Los soldados que fueron al sur eran, naturalmente, hombres; nunca hubo niños ni mujeres en el ejército, así que tampoco los hubo cuando se contaron las bajas (las mujeres que se perdieron eran en su mayoría, prostitutas que seguían a las tropas, era de mal gusto hablar de eso) pero del lado de los indios se arrasaron poblados, tribus enteras y era ingenuo pensar que no hubiese habido víctimas inocentes.
Ancianos, mujeres y niños murieron sólo por el crimen de ser indios, porque la política era erradicar el problema de raíz, Ése era el eufemismo usado para ordenar que no hubiera supervivientes.

Pavón apoyó la mano en el hombro del anciano, lo miró a los ojos y con toda la sinceridad que logró darle a su tono, dijo: Nadie dijo que sería fácil, general, sólo que debía hacerse, un gran hombre debe cumplir con su deber y el deber de un militar es hacer aquello que la nación demande.
El anciano lo miraba anhelante, lo hizo largos segundos hasta recuperar la compostura, suspiró y asintió varias veces, en silencio. Enderezó los hombros y el tono de su voz volvió a ser el de siempre – Tiene razón, un militar sólo cumple órdenes, la responsabilidad es de quien la firma. De esos navegantes de oficina que miran el mundo desde atrás de un escritorio. Usted habla con la verdad, señor…
– Pavón, general. Nelson Pavón es mi gracia.
– Mayor gusto – el anciano hablaba con vehemencia, sin rastros de su momento de duda – ¿Que necesitaba decirme?
Así fue cómo Nelson Pavón logró conocer la puerta del caduceo.
Así fue cómo Gregorio ganó un mecenas en las sombras.

En los años que siguieron, mientras el nombre de aquel artesano desgarbado creció, Duarte fue delegando en él responsabilidades; ambos trabajaban a la par (al menos al principio), pero las decisiones creativas eran cosa de Gregorio. El joven tenía una habilidad especial para entender qué querían sus clientes, sabía cuando algo no quedaría bien y no tenía empacho en cambiar algo para que la pieza quedara tal como él creía que debía ser.
El maestro atendía a quienes venían con pedidos, mientras el muchacho escuchaba en segundo plano, luego éste hacía un boceto rápido y ambos se ponían a trabajar sobre eso.
Era un arreglo que servía a los dos, Gregorio se sentía incómodo tratando con gente que se distraía mirando su pierna en lugar de contarle que necesitaban. Por otro lado, estaban aquellos que creían que su problema le impedía hacer su trabajo y se empeñaban en hablar con el artesano en lugar de hacerlo con quien, era obvio nada más verlo, sólo podía ser un ayudante.
Duarte era un buen artesano, aunque crear le costaba cada vez más; el muchacho lo hacía casi sin pensar y mucho mejor de lo que él jamás pudiera aspirar, así que él vendía a la gente (y quien crea que un artesano no puede ser un vendedor, no aprendió nada de la vida) los servicios que cada uno podía hacer mejor.
El acuerdo tácito funcionó a la perfección hasta varios años después que el joven dejara de ser Goyo y de ser por él, habría continuado indefinidamente, mas el tiempo pasó también para Duarte, que jamás fue hombre de quejarse, incluso cuando el aire le faltaba de tal modo que todo se volvía negro.
Gregorio trabajaba en aquel silencio que tanto conocían cuando escuchó un ruido sordo. Levantó la vista y no vio al artesano, jamás le pasó por la cabeza que pudiera sentirse mal, ni mucho menos que se hubiese desmayado.
Algo hizo que se levantara y fuera a investigar qué había sido aquel golpe. No tuvo tiempo de pensar por qué Duarte yacía allí, caído, simplemente llamó a gritos a su esposa mientras le daba cada vez mas ansiosos cachetazos, buscando que se recuperara.
Vestida de negro y de un hablar bajo, casi vergonzoso, fue una aparición muy poco frecuente en el taller. Gregorio no recordaba que le hubiese dirigido la palabra más de una o dos veces por año, tal vez menos.
La señora lo encaró nada más entrar, volviendo del hospital y con voz clara dijo que el trabajo debía seguir adelante.
– Juan Carlos no nos perdonaría si dejamos que el taller deje de funcionar, va a tener que contratar un aprendiz que lo ayude mientras mi esposo se recupera.
– Pero yo apenas soy un aprendiz, todavía. – la fría serenidad de aquella mujer bajita y pálida le sorprendió profundamente, apretando nervioso sus manos, continuó – faltan años para que pueda hacerme cargo de un taller.
– No sea bobo. Usted hace rato que debería tener gente a cargo, mi marido siempre lo dijo – apenas suavizando la aspereza con que le hablara, dijo – tiene gente, vaya, que los negocios no se atienden solos.
Gregorio se volvió, más para escapar de aquella pequeña y vehemente mujer que por ver si de verdad había alguien allí. Cuando quiso preguntar si realmente estaba segura que él podía encargarse del taller, la esposa de Duarte (debió hacer un esfuerzo para recordar su nombre, Fátima) ya desaparecía en el fondo.
Con el tiempo Gregorio entendió que un ayudante era mucho más que un lujo, era una necesidad; quería a alguien que, además de ayudar, fuera aprendiendo el oficio, tal como él hiciera, década y media atrás.
Aunque temía fallar en la elección, Duarte había visto algo en él que ni siquiera el pequeño Goyo sabía que estaba allí y aunque no tenía un ápice de orgullo, Gregorio sabía que su caso no podía llamarse común.
Decidió hablarlo con la señora Fátima, que no resultó de ayuda pues volvió a su parquedad y afirmaba que, sí él no tenía idea ella jamás había pensado siquiera estar en una posición así.
Aunque dijo algo que abrió una luz de esperanza: preguntó si Gregorio no conocía a nadie de confianza, alguien a quien pudiera pedir consejo en este asunto.
Pavón recomendó al hijo de uno de sus empleados más viejos, al que siguió, luego de unos años, otro que resultó un alumno aventajado, aunque viviera a la sombra de su maestro.

El maderero tuvo siempre alguien cerca de Gregorio, sabía que el hombre era un artista y éstos no siempre eran despiertos con los números (en el caso de su protegido, se equivocaba), por lo que se sentía más tranquilo teniendo a alguien que le dijera si habían problemas económicos o de materiales.
Eso nunca pasó, el negocio prosperó a medida que se conocía la destreza, el arte del nuevo artesano, el cuidado a los detalles y la originalidad de su trabajo.
Gente importante no tenía inconvenientes en viajar personalmente hasta su zona de la ciudad (Gregorio jamás vio motivo para mudar el taller) para hablar con el maestro tullido.
Muchos de esos clientes eran hermanos masones que vieron con buenos ojos la propuesta de Pavón de invitar al artesano a la hermandad; no en su logia naturalmente, aunque estarían felices de llamarle hermano.

Gregorio pestañó sorprendido, ante la sugerencia del comerciante, hacía años que se conocían y él sabía que mucho de su éxito se debía al apoyo de Pavón. Claro que tenía talento, no era falta de humildad el decirlo, no había envanecimiento ni soberbia, sólo el reconocer algo que le llevó tiempo aceptar.
Pero y eso era algo que siempre tuvo claro, por cada hombre que triunfa en su campo, hay varios de similar o mayor capacidad, que no destacaban por falta de voluntad u oportunidades.
El había tenido una oportunidad, la reconoció como la única que tendría en la vida y se aferró a ella con todas sus fuerzas, puso toda su voluntad en aprovecharla y estaba viendo los frutos de ese esfuerzo.
Ahora le ofrecían entrar a una hermandad desconocida, cuya finalidad era muy loable, casi demasiado buena para ser cierta, pensó, que no parecía tener motivos para fijarse en él.
Todo era bueno, todos los puntos eran a favor, no se veían zonas oscuras y eso fue lo que despertó sus dudas; su abuela decía “Si en un cajón toooodas las frutas de arriba son preciosas, abajo hay varias podridas”.
– ¿Y qué pasa si las de abajo también son lindas, si todas las manzanas de un cajón son lindas lindas?
– Capaz que son arenosas – levantó la voz al completar la oración, pues su nieto volvía a tomar aire para hablar – y si todas son ricas, lindas y lustrosas, entonces Goyo, entonces no son para nosotros.
Hubiera seguido, agregando que esas frutas irían a casas de gente acomodada, donde niños malcriados las dejarían por ahí, luego de dar uno o dos bocados (la habían echado de una de esas casas por comer la pera que el niño acababa de tirar. Sabía que estaba mal, sabía que le daría problemas, aunque ¡era tan linda y ella tenía tanta hambre!

El niño volvió a la habitación y la vio comiendo, apurada, los últimos bocados, decidió que aún quería aquella pera y entre lágrimas contó a sus padres que “nanina” le había quitado su fruta).
Estuvo a punto de contarle eso y advertirle de ese monstruo sucio y cruel que era el amor, el niño era zambo, su vida ya sería bastante difícil, mejor dejarle unos años de feliz ignorancia infantil.
Gregorio entendió más de lo que su abuela suponía; podía ser un niño, podía ser ingenuo, pero la mama nunca tuvo que mirar deseosa mientras otros niños corrían unos detrás de otros.

Cuando Pavón hizo su pregunta, cuando contó las bondades de la hermandad, el artesano no pudo dejar de recordar aquella charla.
– ¿Y las manzanas que no se ven? – se preguntó, sin darse cuenta que lo hizo en voz alta. Aunque Pavón no conocía la anécdota entendió lo que quiso decir.
– En todos lados hay frutas que se ven sanas y se pudren desde adentro, pero le garantizo que todos luchamos por que cada vez haya menos. – lo miró hasta que Gregorio levantó la vista y leyó la sinceridad en sus ojos – Tratamos de hacer el bien, mi amigo.
Con los años, Gregorio se dio cuenta que el maderero había dicho la verdad, en todo sentido. No era una novedad que en un grupo grande de personas hubiera algunos más inclinados al egoísmo que otros, aunque el saldo general era favorable.
Y hubo algo más, muy pocas veces antes sintió que su tara no interesaba a nadie; entre sus hermanos era admirado por su talento, si su pie no apuntaba en la dirección correcta no era algo que les importara demasiado.
Sólo tres de ellos trabajaban madera y él era el más joven por varios años, en toda la logia un solo hermano era menor, un ingeniero que en ese momento dirigía la remodelación de uno de los mayores teatros de la ciudad.
El brillante muchacho y el artista de la madera hicieron buenas migas desde el primer momento, nunca entendieron muy bien porqué, sobre todo teniendo en cuenta la forma en que se conocieron.
El ingeniero Rivara se acercó a él, en la primera tenida en la que Gregorio participaba, le extendió la mano y antes de soltarlo dijo: mi nombre es Héctor, ingeniero Héctor Rivara, le juego una carrera.
Por un momento, el artesano no supo responder. No era sólo lo imprevisible de aquellas palabras, lo inesperadas que resultaban en aquel contexto, sino que la actitud del joven era novedosa.

Básicamente, las personas reaccionaban de dos maneras distintas cuando lo conocían, algunos aparentaban (actuando muy mal) que no tenía nada raro en las piernas, mientras que otros lo trataban como si fuera frágil, o estuviera a punto de romperse.
El ingeniero lo sorprendió al hacer una broma sobre un tema espinoso en el momento mismo de presentarse, Gregorio se lo agradeció mucho, después, pero en ese momento la sorpresa lo mantuvo tanto tiempo en silencio que una sombra de duda apareció en los ojos del joven.
Cuando al fin pudo hablar, el artesano dijo que sí, que no tendría inconvenientes en correr contra él, aunque antes debían sacar a todos los vejestorios del camino.
Rieron en voz baja, aliviados por haber superado una situación que podía haberse vuelto incómoda y sorprendidos por su propia audacia, Gregorio jamás había tenido mucho sentido del humor por lo que no estaba seguro si su respuesta sería aceptada sin ofensa, Héctor reconoció haber tenido mucha suerte, pues nada garantizaba que su broma no resultara un insulto.
Luego de aquel raro comienzo, su amistad creció y se tiñó de admiración al conocer las obras que, a lo largo de los años, ambos construyeron.
Gregorio volvió a descubrir el placer de la charla, hablaban horas, de los temas más diversos y discutían con pasión en las grandes diferencias.
Tal vez la más importante fuera la religión, el artesano concurrió a la iglesia casi cada domingo desde que tuviera memoria (una costumbre arraigada con los años, y no compartida por su familia) reconocía que lo hacía más por rutina que por devoción, aunque creía ser un buen católico.
Héctor debió explicar que agnóstico no era lo mismo que ateo, él estaba más inclinado a aceptar la existencia de un Dios artesano que el concepto de iglesia como portadora de la palabra.
– Predican la paz, el amor y la igualdad, pero hay grandes diferencias entre su jerarquía y los curas más pobres, entre un cardenal y el más humilde de sus feligreses – Héctor gesticulaba con vehemencia, su amigo lo escuchaba con aburrida tolerancia hasta que el ingeniero dijo algo que despertó un recuerdo. – dicen que todos tienen su lugar en el plan del señor, aunque si no te bautizas… ¿Qué pasa, de qué se ríe?
Gregorio le contó cómo un joven sacerdote había roto sus ilusiones de ser monaguillo, hasta se animó a remedar su acento español. – si no me hubiese rechazado, lo más seguro es que estuviese evangelizando tobas en la selva.
-¡¡Dios nos libre!! – dijo Héctor con fervor casi ebrio y a continuación levantó su vaso de vino para proponer un brindis – Brindemos por aquel sacerdote ignoto que le arrancó de las garras de los frentones para depositarlo en los cálidos brazos del arte…

– ¡No es desconocido! – dijo Gregorio, riendo – Me acuerdo bien clarito, era el padre Espada.
Ninguno de ellos bebió en demasía, pero cualquier vestigio de alcohol en la alegría del ingeniero se desvaneció por completo.
– ¿¡El obispo!? Si me acaba de llegar el aviso que gané la licitación para la renovación de la catedral; por eso el festejo.
Gregorio suponía que su amigo tenía un gran trabajo por delante, Héctor sólo bebía para celebrar y el haber obtenido la remodelación de la catedral metropolitana era un logro enorme.
Lo que sí resultó una sorpresa fue el darse cuenta que aquel sacerdote de su infancia podía ser el obispo de Buenos Aires, la cabeza de toda la iglesia argentina.
Cuando Héctor lo invitó a acompañarlo en la primera visita preliminar, Gregorio dudó un instante, pero la curiosidad pudo más; quería comprobar si el padre Espada era ahora el obispo y sobre todo, si podía reconocerle luego de tantos años.

El trabajo que debía afrontar el joven ingeniero Rivara habría puesto nerviosos a profesionales con tantos años de experiencia como aquel contaba de vida, no había mucho deterioro visible, la insidiosa humedad hacía su trabajo desde dentro, en silencio.
Era imprescindible trabajar en profundidad, lo que suponía un tratamiento agresivo para combatir el daño, los frescos de las paredes debían preservarse a cualquier costo.
Héctor encontraba estímulo en esas dificultades, no dejaba de reconocerlas como tales y el desafío era el más grande que hubiera enfrentado jamás, aunque también lo sería la recompensa si lograba sacar las obras adelante.
Gregorio esperaba en un banco cerca de las últimas filas, quería ver al obispo sin que éste le prestara atención, sentarse al final significaría que estaría muy cerca de él cuando pasara hablando con el ingeniero.
Demoraban en salir, el artesano se entretenía buscando símbolos de la logia en la construcción. Los masones habían sido, desde un principio, constructores y aunque la iglesia y la hermandad estaban en conflicto, se necesitaban.
Erigir iglesias, parroquias importantes o catedrales, requería de arquitectos, ingenieros y constructores muy capaces (los mejores en su rubro, muchas veces), esos profesionales eran masones y se encargaban de dejar marcas de su hermandad en el edificio en que trabajaban.
La escuadra y el compás, el sol, el triángulo y las flores de lis se repartían, más o menos camufladas entre la decoración, en las cariátides de las columnas y en los vértices.
Una vez que sabía qué buscar, el ojo atento a los detalles los encontraba con relativa facilidad.

La iglesia condenaba a la masonería, amenazas de excomunión caían sobre los hermanos con regularidad, pero éstos se encargaban de dejar constancia que, a pesar de sus amenazas, el clero los tenía trabajando en su propia casa.
Los padres de la patria, masones muy notorios, estaban sepultados en capillas anexas al cuerpo principal del templo, era un lugar privilegiado sí, mas no era dentro. La iglesia los había aceptado a regañadientes, porque su aporte a la independencia era tan grande como innegable, pero eso no les ganó un lugar bajo las amplias naves.
Gregorio miró el pasillo central, esos ilustres hermanos debían estar allí, en un lugar de honor, en el lugar que merecían como libertadores de la nación; sus restos debían reposar bajo esas grandes lozas, sin importar si eran o no masones, el no reconocer su aporte era mezquino.
Al final del pasillo estaba el ara, la piedra principal del altar, el único lugar libre de símbolos, salvo el universal del cristianismo de alfa y omega: Dios está en todas partes, de principio a fin.

Dos hombres salieron de sacristía, el artesano reconoció el paso enérgico de su amigo. Aún cuando el andar lento de su acompañante le obligara a contenerse, Gregorio estuvo seguro que la lentitud con la que se movía el obispo era buscada, no era su naturaleza.
Marcaba ese ritmo para que el ingeniero se acompasara a él, para refrenar el ímpetu de su juventud, era una maniobra muy inteligente, pues inconscientemente Héctor sentiría estar al lado de un anciano y el respeto lo haría atemperar su postura si el otro la veía muy radical.
El religioso caminaba erguido y su voz, educada por años de homilías, resonaba sobre el murmullo de los pocos feligreses de la mañana, eso era el detalle que lo delataba, la mesura en su andar no cuadraba con su tono de voz.
Se acercaban mientras conversaban y Gregorio clavó la mirada en el ara, tratando de pasar desapercibido porque, lo decidió en ese momento, no quería hablar con aquel hombre.
No tuvo suerte Poco después Héctor lo llamó en voz baja y lo presentó al obispo, llamándolo por su apellido. Gregorio nunca supo qué llevó a su amigo a presentarlo de esa manera y sintió alivio de que así fuera; habría resultado muy extraño que el obispo recordara su nombre luego de tanto tiempo, aunque no había muchos zambos con su nombre.
El obispo lo saludó sin dar muestras de haberle reconocido y al ver su problema actuó con la estudiada indiferencia que Gregorio conocía desde hacía décadas.
No le gustaba ese hombre. Definitivamente, no le gustaba.

No porque lo hubiese rechazado cuando era un niño, de hecho sabía que su vida había dado un giro para bien en aquel momento, tampoco por la frialdad que siguió al enterarse que Gregorio no era un profesional sino un carpintero.
No, el padre Espada no le gustaba porque no era una buena persona, sencillamente por eso.
Podría haber sido un religioso intachable toda su vida, podría haber cumplido con creces todos los requisitos para ejercer el sacerdocio, respetado los ayunos, el celibato y haber luchado contra todas sus debilidades.
Ese hombre podía ser señalado como un adalid de la iglesia, un religioso de la A a la Z (de alfa a omega, pensó Gregorio con amarga sonrisa) pero jamás sería un buen cristiano.

Cerca de seis meses después, Héctor entró al taller con aire agotado y se dejó caer sobre uno de los bajos e incómodos taburetes que Duarte usara en vida.
– ¿No sería mala idea que me invitara con algo fresco, sabe?
Su amigo trajo una jarra de limonada y el ingeniero sólo empezó a hablar luego de terminado el segundo vaso.
– La gente, estimado Gregorio, es muy informal. Incluso aquella que tiene trabajo importante que hacer – su amigo sabía que detrás de ese tono ligero, burlón, había preocupación.
El trabajo en la catedral avanzaba a buen ritmo, aunque necesitaba supervisión constante y que todos los plazos se cumplieran antes que la llegada del invierno dificultara las labores.
Héctor olvidó su tono de afectada pomposidad cuando continuó – El platero que tenía que hacerme los paneles del altar mayor tuvo un accidente, se quemó con metal líquido – asintió cuando Gregorio dio un respingo – Sí, debe doler como la gran siete, por suerte no hay riesgo de vida.
Se sirvió otro vaso de limonada y sirvió el resto en el del artesano, quedaba poco.
– El hombre no se va a morir, aunque lo más probable es que ya no pueda volver a trabajar. Lo que sí es seguro, es que esta obra no la va a poder hacer. El hijo mayor puede seguir sus instrucciones para fundir el metal y vaciarlo en los moldes, el problema es que no están hechos todavía.
El muchacho dice que puede, el padre opina que no está tan preparado como cree y yo necesito un verdadero artista para eso – levantó la vista y lo miró a los ojos – necesito que vos talles esos moldes.
Hacía casi cinco años que se conocían y fueron amigos desde el primer momento, pero nunca habían trabajado juntos; era la primera vez que Héctor pedía que lo hicieran.

Las maderas, todo el ornamento y las tallas iban a permanecer tal como estaban, no iban a tocarse en toda la obra, así que Gregorio sabía de antemano que ése no sería el primer trabajo que compartiría con su amigo, ahora la situación había cambiado.
Estuvo tentado a negarse, pero se dio cuenta que no tenía motivos válidos para hacerlo (mas allá del desagrado que le provocaba el padre Espada), además era un trabajo sencillo y su amigo lo necesitaba.
Héctor robó su vaso, lo vacío de un trago y dijo: otra cosa: quiero que seas vos porque el obispo no te quiere.
Al ver la sorpresa de Gregorio, el ingeniero largó la carcajada.
– ¡Cierto que no te había contado! Le ofrecí tus servicios por si alguna vez necesitaban un artista para restaurar o hacer algo para la catedral. Hay muchas cosas en madera y el trabajo es exquisito, sólo vos podés trabajar así.
Se tuteaban pocas veces, en ocasiones estaban meses hablando como si apenas se conocieran y en otras, Héctor lo tuteaba toda una tarde.
– El obispo dijo que no, gracias. ¿Mire si “el pobre hombre” tropieza y se lastima? – el ingeniero remedaba el acento español del religioso, luego se encogió de hombros y agregó – dijo otras cosas sobre su tranquilidad de espíritu y no sé qué más, aunque estoy seguro que lo que pasa es que no cree que tu problema te permita ser un verdadero artista. ¡Obtuso!
Gregorio estaba acostumbrado, no daba importancia a lo que el obispo pudiera pensar. Dijo a su amigo que lo ayudaría y preguntó los datos de cómo llegar al taller de los plateros.
El trabajo no era complicado, en realidad era bastante simple: tallar en un cubo de madera los símbolos que irían en la decoración del altar mayor, estos cubos se hundirían en yeso dejando un molde donde se vaciaría el metal.
La idea se le ocurrió casi llegando al taller.

El día de la inauguración de la remodelada catedral metropolitana fue el nueve de Julio y se hizo a toda pompa; muchas de las más altas personalidades de la nación estuvieron presentes.
Grandes nombres de los más diversos campos se codeaban, literalmente, apretados hilera tras hilera, pues nadie se quería perder tamaño acontecimiento.
Aunque Gregorio se excusó. Nunca había disfrutado de las multitudes, las aglomeraciones le daban miedo, temía caerse.
Héctor entendió su negativa y aunque hubiera querido que su amigo compartiera la fiesta, lo conocía lo suficiente como para entender que sus motivos no eran simples excusas.

Lo que nadie supo fue que Gregorio asistió a misa, por primera vez en mucho tiempo, el domingo siguiente a la inauguración. Mientras los feligreses entonaban himnos él se complacía mirando el trabajo de su amigo; no veía casi nada, en realidad, el ingeniero había respetado a rajatabla el mandato de afectar lo menos posible el exterior de las zonas reacondicionadas.
El artesano sabía dónde buscar y vislumbró la escuadra y el compás (junto con la representación del sol, el símbolo más famoso de la hermandad) que Héctor insinuara en uno de los capiteles principales.

– Yo lo habría hecho más notorio – dijo Gregorio cuando su amigo le contó lo que había hecho.
– Hay que guardar las formas. – Héctor estuvo extrañamente comedido – Ellos podrán adorar idolitos, pero es su casa.

La efervescencia por “la nueva” catedral se mantenía, mucha gente fue a misa ese domingo, así que el artesano se quedó hasta que los más rezagados hubieran cruzado las grandes puertas.
Miró su trabajo, asintió con una sonrisa que no era más que un esbozo y caminó, desgarbado hasta la salida.

– Gregorio – llamó una voz; el obispo se apresuraba a su encuentro. – Te recuerdo, tú quisiste ser monaguillo, hace muchos años.
– Usted tenía razón, padre. Mi lugar no está detrás del altar. – Sin esperar respuesta, se dirigió a la entrada, en el umbral volvió por última vez a mirar su obra.

Hay un error muy común a la hora de representar alfa y omega; de hecho, es tan común que ya casi no se considera como tal (aunque un gran artesano jamás incurriría en él) ese error es el de representar a la alfa como una A.
Muchos consideraban a Gregorio más que un gran artesano, más que un artista incluso, había quienes estaban seguros que aquel hombre desgarbado era un maestro.

Por esa razón, muchos se habrían sorprendido que, en un encargo relativamente simple, el artesano hubiese cometido no uno, sino dos errores.
En primer lugar, Gregorio moldeó una A en lugar de la letra alfa; en segundo lugar, un yerro mucho menor y discutible, la barra horizontal de aquella, tenía un leve ángulo, igual a una escuadra muy abierta.
Casi como si la A estuviera formada por una escuadra y un compás, como si alguien hubiese querido poner un símbolo masón en la piedra más importante de la catedral.

Mientras bajaba los peldaños con mucho cuidado, las escaleras son peligrosas para los zambos, Gregorio repitió:
– Tenía razón padre, mi lugar no está detrás del altar – sonrió al llegar a la vereda – mi lugar está delante…

Un rayo de sol iluminó al maestro, mientras se alejaba sonriendo…