El elefante del Circo

Por culpa de uno de esos circos que van de pueblo en pueblo, una vez mi abuelo Braulio ‘tuvo detenido por faltarle el respeto a la autoridá.

Resulta que fue uno allá, a Artigas.
Tenían un forzudo, unos malabaristas, un mono que te peliaba, un mago y hasta un tigre de los de verdá.
Mis tíos, que eran muchachones, le pidieron al abuelo Braulio pa ir.
El meta decir que no, que no.
Que había que trabajar en la chacrita. Muy humilde era nuestra chacra,
no llegaba a las quince mil cuadras de campo.
Pero al final los dejó ir el sábado. ¡¡Pero me llegan bien temprano que
mañana vamo a misa!!

Pasaron por lo de los Moraes, levantaron al tío Albino (era medio de pocas luces el tío Albino) y allá marcharon pal pueblo y esa carga de promesas que era el circo.

Todo muy lindo, se rieron de los payasos, sobretodo el tío Albino.
No entendieron cómo la muchacha se paró después quel mago la cortara al medio.
El mago se parecía a uno de los malabaristas, capaz quera el mismo

Y le admiraron la enjundia al que se metió con el tigre. Tenía un látigo y todo, pero eso de meterse en una jaula con un tigre…

Anunciaron que iban a traer al elefante.
Pero aaannnteeeeesss – preguntó un engominado que presentaba – ¿Quién se atreve a desafiar aaaaaa Caaaaabilaaaaaaa el orangután traído del Aaaaaaafricaaaaaa?

Según el tío Bartolo, Aaaafricaaaaa quedaba por Salto o un poco mas allá.

El tío Américo dijo que ningún salteño le iba a ganar a él y allá se mandó pa la pista.

El tío Asdrúbal, que tenía buena vista, dijo quel mono tenía un cierre atrás, en la espalda y ojos verdes.
Como el forzudo, dijo, pero estaban empezando la pelea y nadie le dio bola.
Ya era viejo cuando lo conocí al tío Américo, pero me contó quel mono tenía pila de fuerza.
Cuando le dije de los ojos verdes, dijo quera cierto.

Empezaron a pelear, el mono le tiró un par de sopapos bien dados y el tío Américo se calentó.
Medio lo agarró del cogote y el mono dijo: ¡Aflojá, aflojá hijo de puta!

Nadie le iba a ensuciar a la mama por más oratanguán y salteño que fuera; así quel tío se afirmó y entró a apretarle el cuello.

Entonces empezaron a pasar pila de cosas y todas muy rápido.
El mono entró a mover los brazos como si fuera un molino en plena turbonada.
El presentador, el mago, un payaso a medio vestir y un malabarista de pantalón apretado se metieron a la pista pa separar.

Y le entraron a pegar a tío Américo.

Ahí entraron los otros tíos y se armó flor de desbarajuste.

 

¡¡ Dejálo, dejálo – gritaba una malabarista – lo vas a matar, es mi marido!!

Pero era raro porque el tío sólo tenía al mono del cogote.
Y la mujer, por más salteña que fuera, no iba a estar casada con un oratanguán de ésos.
Así que seguía apretando.
En eso entra un flaquito con un rebenque largo y agarra a todo el mundo a los rebencazos.

De repente se escucha un ruido espantoso y la carpa se empieza a mover.
¡¡El elefante!! gritaron todos los del circo agarrándose la cabeza y salieron corriendo pa fuera.

La carpa se fue cayendo despacito y los tíos aprovecharon para escaparse entre todo el lío que se armó.
El tío Américo había soltado al orangután cuando oyó aquel tremendo grito, así que no hubo que convencerlo de nada.
El tío Asdrúbal aprovechó para tocarle el culo a la mujer del mono cuando pasó cerca.
Pero ella ni se dio cuenta.
Cuando llegaron a las casas, el tío Américo estaba desconsolado porque le habían roto la camisa de salir. El pobre Albinito tenía un ojo morado y nadie sabía quién le había pegado.
Dejaron a Albino en la casa y se acostaron calladitos.

Cuando el abuelo Braulio se levantó, no sabía qué era lo que lo había despertado.
Pero los perros lloraban. Y eran perros muy de atropellar, así que algo raro pasaba.
Cuando se asoma ve un animal monstruoso de grande, gris oscuro con los primeros clareos del día.
El abuelo no sabía qué era eso, pero sí sabía que le estaba rompiendo todas las plantas de manices.
Don Braulio no sabía que aquello era un elefante. No se da mucho el elefante silvestre en Artigas. No crece.

El abuelo Braulio decidió llamar a la comisería.
El nuestro fue el primer teléfono rural de Artigas y uno de los primeros del país. Nos sentábamos todas las tardes a mirarlo un rato.
Cuando el comisario atendió, demoró bastante porque había tenido “flor de lío en el circu e’ mierda ese” el abuelo le contó que un animal enorme le estaba deshaciendo media plantanción.

– Lárguele los perro, propuso el comisario.
– Mire si me los mata – respondió el abuelo.
– Bueno, descríbamelo – dijo el comisario.
– Es gris, grandote y parece que tiene dos rabos.
– ¿Dos rabos? – preguntó el oficial – ¿Uno al lado del otro?
– No señor – dijo el abuelo – uno atrás y otro adelante.
– ¿Usté me está tomando el pelo, don Ramos? – preguntó el milico.
– No señor – dijo el abuelo ofendido – yo no miento y menos el día del señor.
– Bueno – dijo el comisario – dígame qué está haciendo.
– ¿¡No le digo que me está deshaciendo toda la plantación de manice?!
– Bueno, sí, le dijo ¿pero qué hace con lo manice?

El abuelo veía mejor ahora que había clareado, pero no sabía si decirle o no al comisario lo quel bicho estaba haciendo.

– No sé si decirle – dijo el abuelo.
– ¡Vamos hombre! ¡Dígame de una vez!!
– ¿Vió que le dije que tenía dos rabos?
– Ajá – dijo el comisario.
– Bueno, agarra los manice con un rabo y …

Así fue cómo el abuelo Braulio se fue detenido por faltarle el respeto a la autoridá.