El encargo de la Pitia

Con movimiento seguro giró la taza boca abajo.
Esperamos un minuto; le sonreí en incómodo silencio.
Luego la volvió, miró la borra detenidamente y frunció el ceño.
Levantó la vista despacio, tragó saliva y dijo: No, por favor.
Era buena, eso la convertía en un peligro.
Disparé.