Espera

La tarde caía mientras esperaba, sorbiendo el sucio aire de la ciudad, que la humedad volvía casi líquido.
Sentí la cálida seguridad de que al final de la espera la tendría, y todo lo demás ya no importaría. Aunque parezca extraño tuve la rara certeza de que ella vendría, cuando en mi walkman sonara un tema que me gustara; Era algo casi matemático, no podía escuchar mis canciones favoritas sin que algo o alguien me interrumpiera.
Según mi reloj, ésta era la hora acordada y mi tema preferido era el telón de fondo para mis pensamientos. Ella debía de bajar ahora.
Pero ésta vez las matemáticas fallaron, y el siguiente tema estaba por terminar, cuando traté de explicarme por qué mi tesis no había funcionado, pero lo más importante, por qué ella aún no estaba aquí.
Llegué a dos conclusiones, la primera, fue que la interrupción en este caso había sido mi propia impaciencia, al preguntarme continuamente, porque aún no había bajado.
Pero lo que más me convenció, fue que ella jamás sería una interrupción, sino el principio de todas las cosas.
– No sería la primera vez que te atrasaras tanto, bonita, pero no es habitual que te demores de esta manera. – me dije –
– Después de todo, cinco minutos no son tantos, y demostrar tanto interés puede ser contraproducente. – mentí.

Deje que el tiempo pasara discutiendo con mi orgullo machista, pero sabiendo que cuando Camila llegara no importarían la espera, ni guardar las apariencias.

– Estás raro mi vida – dijo mi prometida – ¿te pasa algo?
– No, no – dos negaciones afirman, siempre hacía lo mismo cuando no quería contarle algo; aunque parezca cínico, aliviaba un poco mi sentimiento de culpa.
– No estabas así, desde lo que paso hace un año; ¿tenés algo que decirme?
– Asusta saber cuánto me conoce – pensé, pero no respondí.
Una tenue llovizna comenzó a caer sobre mí, la espera se volvía eterna. La gente pasaba a mí alrededor inmersa en sus mundos particulares, esquivando gotas que caían de las marquesinas y los paraguas que las ancianas previsoras ya sacaban a relucir. Algunos las maldecían en voz baja, mientras ellas los usaban inconscientemente como arietes o estiletes poniendo en peligro los ojos y el autodominio de quienes pasaran a su lado.
Recordé una canción infantil “Paraguas multicolores, arcoíris de las calles…” Una de esas canciones creadas para la entonación forzada de los niños, que siempre acentúan todas las sílabas.
Me gustaría saber qué pensaría el autor, al ver a estas frágiles señoras blandiendo como armas sus “arcoíris de las calles” mientras los usan bajo toldos, marquesinas y galerías, ocupando el poco espacio resguardado que quedaba en la acera.

La espera me estaba volviendo ácido, irónico. Sonreí. Podría decirse que mi situación es irónica – me dije – Estoy aquí mojándome y tomando frío, es probable que me enferme y mi novia tenga que cuidarme, ¿y todo por qué? Por esperar a otra mujer.
– Que no lo vea tu novia – dijo mientras me daba un post-it con su teléfono; creo que aún lo llevo en mi billetera.
Nuestros dedos se rozaron cuando lo tomé. Sentí eso que algunos llaman química fluyendo a raudales entre nosotros; el contacto duró sólo lo suficiente para que ambos supiéramos que aunque lo pareciera, no había sido accidental.
– No te haces una idea de todo lo que me gustás – dije por fin.
Ella supo darle a su respuesta ese tono, entre sorprendido y halagado, que confirmó todo lo que sus ojos me habían dado a entender.
– ¿Sí?
Es sorprendente como un monosílabo puede resultar tan esclarecedor como un discurso de horas.

– Holacomolevabienyustébiengracias.- dijo un vecino, despertándome bruscamente de mi ensueño. Siempre me molestó esa gente que en su saludo, recita todo un “versito” sin respirar, ni interesarse por la respuesta que pudiera dársele.
Además, el que hubiera interrumpido mis pensamientos me exasperó lo suficiente como para que en mi rostro se pintara el desagrado que su llegada me había provocado.
Pero él no pareció darse cuenta.
– Hola – dije lacónicamente, con la esperanza que mi parquedad fuera freno para sus ansías de comunicación.
– ¿Qué tiempito, eh? – Ahora viene eso de “Este tiempo `ta loco, loco, loco.” – pensé.
– `ta locazo el tiempo.- dijo, sonrió
– Sí, uno no sabe cómo va a salir, ahora llueve, pero hoy hacía calor.- Era lo que se esperaba que dijera.
– Ahí viene el ónimo – dijo caminando hacia el cordón – ¿no lo toma?
– No, en este siempre viajo parado, el próximo viene con asientos libres- dije mintiendo descaradamente, pues se veía a la distancia que el ómnibus venía vacío.- hasta luego.
Feliz por haber recuperado mi libertad para sentirme melancólico, cambié de emisora y sintonicé la que transmite solamente música clásica.
– Si no me atormentan con violines y piano en plan “soprano triste”, perfecto – pensé.

Acababa de terminar un programa llamado “Joyas del Barroco”, hice una mueca. Me encanta el barroco.
Pero la emisora se redimió con unas obras de Ravel, empezando por el Bolero, a mi entender, una de las composiciones más eróticas que existen.
Mi exclamación de satisfacción debió ser audible, pues una joven se volvió a mirarme.
La obra comenzaba ahora, con su ritmo cadencioso, sensual, envolvente.
Me deje llevar por la melodía y ya no importaron el frío, la media hora de espera, ni la llovizna convertida en lluvia. Todo se detuvo a mí alrededor.
Una vez escuche decir que por su duración, pero ante todo por su ritmo el Bolero era lo mejor que se podía encontrar para oficiar como telón de fondo para hacer el amor. Pensándolo ahora, debe de ser verdad.
La recordé, y volvieron a mi memoria su voz, su piel, la estrechez de su cuerpo, pero sobretodo, sus jadeos agudos y excitantes y su forma de repetir mi nombre…

Mi sonrisa y mi mirada debían de reflejar muy claramente todo lo que pensaba, pues la joven que me miraba tenía una sonrisa cómplice en sus labios.
“Quien sólo sonríe, sus pecados recuerda”. Dijo en cierta oportunidad una amiga; estaba total y completamente en lo cierto.
Vas a tener que pensar en otra cosa, precioso – me dije – porque con esa mirada la gente sabe perfectamente que pasa por tu cabeza.
Le guiñé un ojo a mi “cómplice” y trate de tener pensamientos algo más santos.
– Sabés bastante sobre historia – dijo luego de una mini clase sobre la revolución rusa.
– Sabiendo misceláneas, uno puede ser considerado brillante, yo trato de parecer informado y los temas que me interesan, los estudio. Es simple
– Sabiendo solamente fechas no se puede hablar diez minutos con tanta seguridad – dijo obstinada.
– Puede que tengas razón – acepté; si ella estaba empeñada en acariciar mi ego, no sería yo quién la convenciera de lo contrario.
La lluvia había amainado, y me sentía de maravilla, un poco de buena música hace milagros en la moral de quien espera.
Faltaba poco para que el Bolero terminara cuando la vi; bonita como siempre y con ese andar felino que rezumaba femineidad.
La adoraba.

La chica de la parada se movió bruscamente y eso llamó mi atención. Su ómnibus había llegado; la seguí con la mirada, mientras subía y compraba su boleto.
Se sentó y volvió a mirarme, cuando el coche empezó a moverse me dedicó un mohín y un beso
Sonreí, jamás había tenido suerte con el sexo opuesto; ahora estaba enamorado de dos mujeres maravillosas y lo mejor de todo (aunque tal vez fuera lo peor) era que ambas me correspondían y ahora una chica bastante interesante me tiraba besos desde un ómnibus.
Mi autoestima galopaba.

Seguí el coche con la vista hasta que vi nuevamente a Camila, parada en uno de los arcenes centrales de la avenida. Cruzó la calle con su pasito apurado, aún no me había visto; estaba resguardándome de la lluvia bajo un dintel. Di un paso hacia delante
Nuestras miradas se encontraron, su rostro se iluminó.
Se acercó sonriendo y suavemente me beso en los labios; sentí su perfume, me encantaba; se lo había recomendado.
– Me gusta tu perfume – dije oliendo su cabello.
– ¿Sí? Por eso lo uso; para tenerte bajo mi poder – dijo forzando su voz para que pareciera fantasmal.
Ambos reímos de buena gana, más que por su broma, por la alegría de estar juntos. Nos miramos a los ojos y me sumergí en la claridad de su mirada y la calidez de su cuerpo.
– Lamento haber llegado tarde, ¿Esperaste mucho?
– Acabo de llegar – dije, y la bese en los labios.