Esperando

Desde fuera la taberna no prometía demasiado. Paredes blanqueadas con cal hacía poco, como atestiguaban algunas secas gotitas blancas en la vereda.
Dentro se estaba fresco; nada más acostumbrar la vista a la penumbra, la tranquilidad caía bien.
Una mujer poco mayor que él, sin curiosidad ante el desconocido, terminó de secar un vaso y preguntó.  ¿Una copa de vino para empezar?
De la casa, respondió.
Un tinto espeso, natural, vivo.
Las manos de la mujer estaban limpias; supo que comería bien allí. Nada muy elaborado, pero si honesto.
La iglesia abría más tarde, así que pudo alargar la sobremesa.