Gregorio – adelanto III

Ya en la calle, Duarte pidió las tablillas, con el pretexto de ver si las proporciones estaban bien. El muchacho se las pasó mientras caminaba en silencio.
El anciano militar tenía razón. Aunque no lo supiera, Gregorio era un artista; el grado de detalle y la fluidez en las lineas no eran el trabajo de un principiante. Las piernas del muchacho estaban mal, eso era innegable, pero Gregorio tenía un don y lo plasmaba a través sus manos.
No fue la primera vez que el artesano pensó eso, pero nunca sintió con tanta intensidad, que su alumno sería un maestro.
Lo miraba de reojo cuando el joven habló, su voz entrecortada por el caminar: Vio que estaba el mueble ese que yo le hice una puerta, hace un tiempo? Que increíble, mi trabajo en una casa así.
– Ajá – convino Duarte, sonriendo.
Don Braulio dijo que el muchacho era un artista y aún no era consciente de ello. No se había dado cuenta, tampoco, que el propio general los había acompañado a la puerta.
Porque habian salido por la puerta principal