Gregorio – adelanto V

Duarte recordó la historia que, años atrás, le contara un cliente adinerado. Ese hombre tenía una afición algo particular, coleccionaba mascarones de proa. Su trabajo fue reparar uno de ellos que acababa de llegar del extranjero, Duarte recordaba el gemido que se le escapó al ver el estado en que estaba.
Debió retirar varias manos de barniz y pintura viejas hasta llegar a la veta natural; planeaba solamente darle una laca que la protegiera de la humedad sin cambiar su color.
Sabía que aquellas capas eran necesarias para proteger la madera del agua salada y las inclemencias del tiempo, pero el trabajo que habian hecho sobre esa escultura, no era mas que una chapuza, el trabajo de un principiante indolente.
Cuando terminó, su cliente estaba tan satisfecho que le regaló una historia:
En Japón, desde hacia siglos, los ancianos poderosos hacían raptar a jóvenes hermosas para verlas dormir.
No las tocaban, no se aprovechaban de ellas y las devolvían a sus familias intactas y con bolsillos llenos de dinero.

- ¿Pero entonces, por qué lo hacían?- preguntó Duarte.
- Para verlas dormir – respondió el otro, como si fuese obvio. – Simplemente miran a esas jóvenes, las admiran en su belleza pura, dormidas, gráciles, tan delicadas que tocarlas no tiene sentido. – Es… – el hombre movió la mano en el aire, buscando el término adecuado.
- ¿Elegante…?
- Elegante – su cliente asintió, feliz, y bebió un sorbo de whisky. – Elegante… – repitió, y parecía saborear la palabra tanto como el elixir escocés…

Esa fue la imagen que Duarte recordó al ver a Gregorio mirar su trabajo, un hombre viendo algo de tal belleza que posar una mano sobre ella, sería mancillarla.
El joven se volvió y sus miradas se cruzaron. Le sonrió feliz, una mezcla de orgullo y alegría casi infantil en sus ojos – La vio?
Duarte se acercó y dijo: La vi. Es la cosa mas bonita que haya visto.
Los ojos de Gregorio se abrieron enormes, sorprendidos. Trató de balbucear algunas palabras, pero estás se negaban a salir de su boca.
No podía creer lo que acababa de escuchar, y tuvo que contener su emoción al ver al general Peña entrando al taller.
El anciano se acercó, los saludó con un corto y enérgico movimiento de cabeza y preguntó dónde estaba su encargo; antes que pudieran responderle, el general la vio y se acercó a ella en silencio. Duarte se dio cuenta que sus pasos fueron mucho mas lentos, cautelosos.
Caminó lentamente alrededor de la puerta, que yacía horizontal sobre una amplia mesa de trabajo, las telas con que la envolverían para el traslado estaban extendidas debajo.
Blanco lienzo para aquella obra de arte.
En un par de oportunidades, el general se acercó a ver algún detalle, para examinarlo con detenimiento, sus manos cruzadas tras la espalda, con cuidado de no rozar.
En un momento echó levemente la cabeza atrás, frunciendo el ceño, sorprendido. Volvió sobre sus pasos y miró esa zona hasta ver lo que había llamado su atención. Cuando encontró el lugar adecuado, se quedó allí, movimiento la cabeza suavemente, viendo cómo los ángulos diferentes despertaban distintos reflejos en los ojos de las serpientes.
Miró a Gregorio, luego a Duarte; los hombres se entendieron sin palabras, el anciano patriarca de familia rica y el curtido artesano se comunicaron en silencio. Éste asintió imperceptiblemente.
El general completó otra vuelta alrededor de aquella obra de arte, hizo de nuevo el pequeño ejercicio de cambiar el ángulo de visión y, en silencio, se acercó a Gregorio.

- Entiendo que esto es obra suya. – el joven tragó saliva, incómodo.
- S sí… Mi general – agregó sin saber porqué.
El anciano militar se sacó la boina que llevaba, quitó una imaginaria mota de polvo y, extendiendo la mano dijo:
- Salut maître