La noche que la Onda batió récord de velocidá

Cuando la santa mi madre estaba embarazada mío, se hizo un tés pa saber si yo era machito.
Ella estaba segura que yo era nene, pero las viejas decían que una nunca podía estar segura. Entonces le dijeron: Nely, vamo te hacer una prueba qués infalible pa saber sies gurí o gurisa.
Si va padelante y patrás, derechito, es un varón, quedate tranquila, porque lo de adelante y atrás, sinifica que va ser matracador
Y si es nena, da vueltas, porque las mujeres son de dar muchas vuelta, nocierto?
Entonces, le ataron una alianza a un cordel. En Artigas, el cordel se llama piolita, por lo que, si la gente precisa un cordel, va y le dice a algún hijo: Mijo, vaya y tráigame una piolita, tráigame.
Le ataron una piolita en el dedo a la mama y la mama tenía que ponerla arriba de la mano de mi madre para ver cómo se movía.
Y así saber que sexo iba a tener el botija.
El abuelo Braulio se puso serio y dijo que usaran la alianza del que para eso era el abuelo y el gurí, (porque iba a ser gurí, mire si no) iba ser el primer nieto, carajo.
Bien orgulloso de su alianza, estaba el abuelo Braulio (el abuelo Braulio nos explicó que él se llamaba abuelo Braulio, ni abuelo, ni don Braulio, ni don Ramos, no señor; Abuelo Braulio).
Una vez, cuando estaba por casarse con la mama, el abuelo Braulio fue en el turco Abdala y le dijo que quería una alianza y que pobre del que lo jodiera, que él ya sabía bien cómo eran todos los turcos, los rusos y todos esos judíos que andaban por ahí.
Y agarró y puso el cuarenta y cuatro en el mostrador.
El turco Abdala puso cara de “Ay, que horible as la hente” y le dijo que tenía una preciosa alianza de oro veinticuatro quilates de verdá.
Que él mismo lo había visto a su primo Suleimán, que Alá lo tenga en la gloria, agarrar unos dientes de oro y dejarle una alianza, preciosa de redondita, con menos de veinte martillazos.
El abuelo Braulio no dijo nada, sólo agarró el cuarenta y cuatro y le preguntó si sabía que calibre era.
El turco dijo, sin dudar, cuarenta y cuatro, don Ramos, pero usté merece uno mucho mejor que tengo acá atrás, que mi propio primo Abdulasim (se ve que era de familia grande el turco) encontró en la montura de un general que…
El abuelo Braulio pegó un grito y le dijo que le hiciera el favor que no le tomara el pelo quel ya le había dicho que no se iba a dejar pasar y que si lo iba a seguir haciendo cuentos mentiroso de primos que robaban milicos (ahí el turco medio amagó a interrumpir, pero el abuelo completó la frase hablando más alto. Tenía voz gruesa, el abuelo Braulio) él se iba en lo del judío ese de la bajada San Vicente y no tenía que aguantar tanta palabrería.
Quietito como gurí cagado, quedó el turco, y escuchó calladito cada palabra cuando el abuelo Braulio dijo:
Si yo puedo tener un revólver cuarenta y cuatro, bien puedo tener una alianza cuarenta y cuatro ¡¡O más!! Así que, si no tiene dese calibre, no me haga perder el tiempo y buenas tardes hasta luego.
El turco era todo sonrisas cuando le pedía disculpas, diciendo que no había querido ofenderlo, mostrándole esa baratija indigna de él y su ilustre prometida y… El turco había agarrado velocidá, y, sí el abuelo Braulio no pegaba una suspirada de fastidio, seguro que seguía otro buen rato.
Así que, sin agregar más, el turco se fue al fondo del cambalache que tenía y al rato apareció con una alianza gruesa como anillo de buey, y pesada como un remordimiento.
Le dijo que ésa era la más grande que tenía, que era de oro cuarenta y cuatro, sí señor, que le disculpara que no tenía más grande, pero si el señor no estaba apurado, capaz que un primo de él…
El señor está apurado ¡Gracias! dijo el abuelo Braulio, y salió, chocho con su par de alianzas nuevas y un cepillo de pelo (de pelo de camello, ¡legítimo! Que el turco le había regalado para su afortunada prometida)
Doscientos cuarenta gramos, pesaba la alianza del abuelo Braulio. Nunca la empeñó el abuelo Braulio, a su alianza.
Las vieja le ataron el piolín a la alianza y ella dio un empellón tan fuerte que se le enriedó en los dedos, con varias vueltas, a la mama.
Violeta, le quedaron los dedos, a la pobre mama, los lagrimones le caían.
Y el abuelo Braulio rezongaba a la mama, porque estaba seguro que ella le había pegado el envión, porque no podía ser que diera esa vuelta sólo. ¿Que al final que era? ¿Que la Nelita taba preñada de un alazán o que mierda?
Y se enojó el abuelo Braulio, y se fue en lo de don Birula, a tomar caña; porque don Birula tenía chorizos de carpincho y de mulita y, como los servía con queso de carpincho la caña bajaba bien.
Porque la caña era medio de ser cabezona.
Un día la Onda. ¿Vio la Onda? La Onda eran los ónibus que iban por todo el país, y era lo que se tomaba para ir en la capital, o en otro lado o en Salto, igual. Pero ese iba vacío porque nadie quiere ir en Salto.
Iba rápido la Onda.
A veces te atropellaba algún cristiano.
Y era gente de tomar, casi siempre, así que era terrible, porque los bares perdían clientela.
Además, la cosa no estaba para andar perdiendo clientela; por más que los choferes fueran de tomar, también, no era cosa de andar perdonándoles así nomás, que le maten a uno un parroquiano.
Más si uno se daba cuenta que los tomadores son muy de jugar a la baraja. Y los que juegan a la baraja son de ajuntarse a hacer campeonatos y de tomar más.
Bueno, la cosa es que, ésa vez, la Onda agarró y atropelló a un Torres.
El problema era que los Torres eran de llevar cuarenta y cuatro y facón en el cinto. ¿Y, no va el facón y le aperfora el tanque de gasoil de la Onda?
Y se quedó sin gasoil la Onda; y sin gasoil no son de andar, las Onda.
Solo en bajada.
Pero yendo en Montevideo, también hay subida, porque sino sería muy fácil ir en Montevideo; uno podría ir en chata, nomás, sólo sería cosa de tener un forzudo que lo abarajara allá, en Montevideo y ta.
Porque uno es muy de agarrar velocidad después de 650 kilómetros de bajada.
Nocierto?
Bueno, total que don Birula, que era buen cristiano agarró un trozo de queso de carpincho y medio que taponearon el agujero que la punta del facón le había hecho al tanque de gasoil.
Cuando tocó el combustible, el queso quedó más duro que todo el resto del tanque, así que todos asintieron conformes.
Pero el problema era que se había perdido gasoil, y, como los choferes llevaban ocho litros y se hacían firmar diez, no les iba a dar para llegar en Montevideo.
Y ahí estaban, tomando, preocupados, y viendo que la hora de salida se les venía encima, hasta que el abuelo Braulio agarró y no fue y les dijo: ¿Che, y si le ponemo caña?
En otro momento capaz que no agarraban, pero estaban tan desesperados, (y la caña era tan cabezona, vamo a decir la verdá) que aceptaron todos encantados.
Hasta invitaron al abuelo Braulio y a don Birula a ir con ellos en la capital, pero ellos, modestos, se quedaron en Artigas.
Don Birula estaba tan orgulloso que, les cobró la mitá de los litros, nomás.
Esa fue la primera vez que la Onda viajó en Montevideo a fuerza de caña. Y, para sorpresa de algunos, en vez de demorar ocho horas, demoró sólo cinco .
Y eso que estuvieron parados como dos horas en la aduana de Manuel Díaz, porque los aduaneros sentían el olor a caña (son locos de la caña, los aduaneros; y de las coima) y meta buscar y no encontraban nada.
Amenazaron, halagaron, gritaron y los hicieron bajar a todos, pero apenas encontraron media botella de Velho Barreiro y, pa pior, caliente.
Así que, ofendidos, los dejaron seguir camino.
Esa noche, la Onda fue más rápido que nunca y, además, no atropelló a ningún cristiano.