La “primer” vergüenza de mi tío

Una vez había acompañado a mi padre a campaña y me traje una bolsa por la mitá de pitangas.
Le llevé unas al tío y quedó chocho.
Primero me dijo que trajera “gelo” de la heladera. Cuando volví, había puesto las frutitas en un plato hondo y las había cubierto de agua.
Puse el hielo con cuidado de no volcar y me senté.
Las chicharras cantaban mientras esperábamos que las pitangas quedaran fresquitas.
Hace años, dijo, cuando hice mi primer viaje de tropero, vi el pitanguero más grande que tenga visto.
Revolvió el agua con la punta de los dedos y continuó.
Ese fue mi primera tropilla y también la más larga, hasta Cerro Largo tuvimos que ir.
El viaje fue largo, pero además nos quedamos un par de semanas en aquella estancia, para que los animales no sufrieran tanto el viaje.
Cuando el verano se ponía amargo nos íbamos a bañar al Tacuarí.
Después del primer baño para sacarnos lo peor del calor, trepábamos a la isla del ahogado a comer pitangas.
La isla del ahogado no era una isla, pero el ahogado parece que tampoco se había ahogado.
Una de las orillas se levantaba como cinco metros sobre el arroyo, cuando había crecidas era la única parte que no se inundaba.
Sólo, en la parte más alta, un viejo pitanguero miraba el agua.
Una vez, hacía años, un paisano buscaba un par de vacas perdidas.
Cuando la tormenta es grande, con mucho relámpago y truenos, el ganado se espanta y no hay corral que lo aguante.
Se habían soltado algunas en el campo de los Irureta y a este peón le dio por inventar que habían disparado para el arroyo.
Allá fue a buscarlas, pero vino un empuje de agua y no pudo volver a vadear.
Lo encontraron casi una semana después, loco de hambre, pero con un ternero al lado. Empapados los dos, pero a salvo.
Aquel había sido un verano lluvioso, así que tenían un árbol lleno de pequeñas frutas para alimentarse.
Pero seis días son muchos, y el hombre había compartido su alimento con el animal.
No quedó bien después de aquello.
Cuando don Clivio quiso mandar el ternero, que ya era novillo, al abasto, se puso como loco y los amenazó a todos con el facón.
Las cosas entonces no eran como ahora, Julito, por una cosa así el patrón podía mandarte a degüello y nadie diría nada.
Incluso se decía que el viejo Saravia, en el campo de al lado, lo había hecho más de una vez.
Pero don Irureta era un vasco derecho.
Lo echó al hombre, sí; pero no hizo la denuncia y hasta dejó que aquel desgraciado se llevara al bicho.
¿Y se ahogó?
No, mijo. Nunca más se supo de él, pero a aquella piedra de la orilla le quedó la isla del ahogado, nomás.
Nosotros íbamos luego de la siesta, nos dábamos unos buenos baños, y después saltábamos desde allá arriba.
¿En serio? ¿Y era hondo?
En esa parte el arroyo se estrechaba y era más profundo, pero en las partes más anchas podías pasar caminando y el agua no te pasaba del pecho.
Yo me miré el pecho, tratando de imaginar hasta donde me daría el agua, pero el tío se sonrió y me despeinó.
Hasta el pecho de unos muchachones de dieciséis años.
Ahí me enamoré por primera vez. Mi primer amor de hombre, pero también la primera gran vergüenza de la que me acuerdo.
Yo lo miré buscando que se riera pero el tío hablaba en serio, siempre me sorprendía con esas cosas.
Los grandes no saben hablar con uno. Creen que además de gurí, uno es abombado.
El tío me hablaba casi como a un grande, y escuchaba. Eso era más raro todavía.
Comió una pitanga, escupió la semilla y siguió, yo estaba tirándome desde la piedra con el Remigio; trepábamos, tomábamos carrera y al agua.
Después de un rato hasta eso se puede volver aburrido, así que nos tirábamos de espaldas, de costado, con las piernas abrazadas o en punta.
Era raro que hablara del tío Remigio. Yo sabía que era hermano del tío Gabino, unos años mayor y que había sido “de mal beber”.
En una estábamos jugando a quién aguantaba más abajo del agua, Remigio salió antes y yo me quedé un rato más sólo para mostrarle que podía.
Me pareció oír como un chiflido, pero abajo del agua no podía estar seguro.
Mi hermano me tocó la cabeza y yo salí, resoplando.
Así aguantas bastante, me dijo, pero a ver si aguantás tanto después de tirarte.
Quería que me tirara de la isla del ahogado y aguantara sin salir.
Te gano, dijo.
¡¡Ja, ni muerto!! Contesté y empecé a trepar.
Ya el silencio me tendría que haber avisado algo, porque Remigio estaba muy callado, pero en medio del desafío no me di cuenta.
Cuando me tiré, alcancé a ver un brillo dorado en la otra orilla y mientras entraba al agua me di cuenta que la hija de don Irureta nos estaba mirando.
Remigio la había visto venir y me hizo subir por gusto, nos bañábamos pelados…
Yo largué la carcajada, y más me reí al ver que el tío Gabino se había vuelto a poner colorado luego de tantos años.
Él le juró a mi padre que no la había visto, pero después, cuando estábamos solos me dijo que sí.
El tío sonreía rascándose la nuca.
Ahora me río, pero que malo estaba. ¡Mire que hacerme eso!
Miró el plato vacío y dijo pucha, me quedé sin pitangas para la caña. ¿La verdá que tampoco tengo mucha caña, no mijo?
No señor. Vua buscar, dijo y se fue a lo del vasco.
Yo sabía que esos mandados siempre le llevaban tiempo, el tío era conversador y el vasco…
Bueno, el vasco era un buen almacenero.
El tío siempre demoraba, pero creo que al volver encontró las pitangas que le había dejado.