Los cuchillos del “Chumbo” Guerra

Aparte de algunos muy buenos jugadores de fútbol, Artigas nunca había dado otros deportistas conocidos. No era que a la gente le importara mucho, la verdad sea dicha; porque teniendo al Independencia, a Wanderers y San Eugenio, los artiguenses ya estábamos locos de contentos.
Hasta que apareció el Chumbo Guerra.
El Chumbo Guerra cambió todo.

Porque la gente se puso a escuchar ciclismo de un día para el otro, porque el Chumbo corría que era un lujo. No ganaba, pero siempre andaba entreverado.
Cuando las 500 millas del norte llegaban a Artigas, toda la ciudad bajaba a las calles; a veces algún ciclista se llevaba por delante un gurí, pero nunca era el Chumbo el que los pisaba. Y eso que venía volando, porque el Chumbo siempre ganaba la etapa que terminaba en Artigas.
Y en la Vuelta ciclista también y en carnaval, cuando se corría Rutas de América, el Chumbo siempre ganaba la etapa que terminaba en Artigas. Y después salía en un carro alegórico para él sólo.
Todos orgullosos del Chumbo Guerra, estábamos, hasta que llegó el día de la tragedia.

Carnaval había empezado tarde ese año, era cerca del treinta de febrero y Rutas de América todavía no había llegado a Artigas.
Pero eso no era lo que preocupaba a los veteranos, sino que un salteño venía dominando la general y, la verdad, a nadie le gustan los salteños.
El pueblo andaba serio, el cielo siempre nublado y los contrabandistas hasta paraban solos en la Aduana. Pero los aduaneros no los revisaban; ni siquiera agarraban la coima, todos estaban atentos a la radio.

Un par de días antes que la caravana llegara a la ciudad, el Enrique llegó a casa con un ojo negro.
Le preguntamos qué había pasado y dijo que el padre le había dado un sopapo. El padre del Enrique era más bueno que el pan, así que le preguntamos por qué le había pegado tan fuerte.

– Pregunté qué íbamos a hacer si en vez del Chumbo ganaba el salteño ese…
Mi padre lo mandó ir a ver si en la esquina estaba lloviendo y cuando el Enrique salió para afuera, cerró la puerta y dijo que ese gurí no pisaba nunca más su casa.

Pero ganó nomás aquel salteño y el carnaval de ese año casi se suspende.
Porque una cosa era perder, pero en casa ¡y con un salteño!
No señor, eso no se podía dejar pasar.
Al otro día lo llamaron de casa Chaia, al Chumbo, y le dijeron que no le iban a dar más camisetas de correr. Y lo mismo pasó con el cambio Revatur, el almacén del Pocho Simón y hasta el club deportivo.

Para poder sobrevivir, el Chumbo tuvo que adaptar su bicicleta, que era lo único que le quedaba. Le puso una correa, una piedra de afilar, un asiento que se daba vuelta y empezó a trabajar de afilador.
Cuando pedaleaba para atrás, la rueda hacía girar la piedra de afilar y el Chumbo te afilaba un juego de cubiertos de cien piezas en menos tiempo de lo que te llevaba buscar sombra para sentarte
¡Y qué afilados quedaban!
Medio los mirabas fijo y te sangraban las vistas.
El mismo Chumbo te decía que tuvieras cuidado porque, de tan afilados, te cortaban aunque los agarraras por el mango.
Claro, las piernas de ciclista eran otra cosa a la hora de mover la afiladora.

Precisamente, fue con uno de los cuchillos del Chumbo Guerra que mi tío abuelo, Artilugio Moraes, viajó al pasado.
Precioso era aquel cuchillo; de buena calidá, pesado y con empuñadura de alpaca.
El tío se había hecho grabar sus iniciales en el mango, A. M. Artilugio Moraes.
Pero el tío había medio quedado ofendido con el tipo que se lo había grabado. Aquel brasilero decía Moráis y por más que el tío le explicó varias veces que era con E, el tipo seguía diciendo de la misma manera.
Así que el tío estaba orgulloso de su cuchillo, pero no tanto porque decía que tenía grabadas las iniciales de otro, un tal Artilugio Moráis, no las suyas.

Y otra cosa lo molestaba al tío, su mujer.
Resulta que siempre lo andaba mandando buscar; siempre hacía falta algo, siempre había algo que arreglar, siempre había algo que comprar, siempre, siempre, siempre…
Y para peor, ese día, era veintinueve y los veintinueve, en toda casa que se precie, se comen ñoquis.

El tío Artilugio estaba jugando al truco.
Le habían cantado envido y, antes que pudiera responder: ¡Tengo flor, atrevido!, el Albinito estaba en el boliche, diciéndole que la mama lo andaba buscando.
Y empezó: porque tiene que venir, porque se enfrían los ñoquis, porque hoy es veintinueve y los veintinueve se comen ñoquis y los ñoquis no se pueden recalentar porque quedan duros y el tuco ya tiene una costra naranja arriba porque a tu padre le gusta el tuco bien gordo y cuando se enfría le queda esa costra arriba y…
Porque el Albino sería de pocas luces pero te repetía todo igualito, no le erraba nunca. Aunque le preguntaras diez días después, no le erraba. Te repetía todo.

El tío suspiró y miró para arriba, mientras su hijo seguía repitiendo el discurso que lo esperaba en casa.
Pero, medio como a esta altura, el tío vio como una mota de polvo o algo que flotaba en el aire.
Y se dijo: Fijo que eso es una anomalía en este continuo espacio tiempo que llamamos realidad tridimensional.

Y ahí mismo sacó el cuchillo que le había afilado el Chumbo, cortó el tejido de la realidad y se fue al pasado.

Allá se casó con otra candidata que tenía en vista, que no estaría tan bien de traste pero, por lo menos, era mucho más calladita.
Y, ya que estaba, se hizo grabar las iniciales por otro; por uno que decía bien su apellido.