Los Oprimidos

- Vos vas a tener un gran futuro como abogado, Ramirito, vas a ayudar a los oprimidos, porque en éste país ningún político se interesa por nosotros… – de esta manera, doña Perla comenzaba su arenga socialista, y su defensa de los obreros. Algo que normalmente duraba horas y me aburría mucho.
Como todos en mi familia, yo era derechista, aunque a mi edad no me interesara la política, ni que significaba ser de derecha.
Ella, en cambio, por un resentimiento con su padre, antiguo terrateniente, era una de esas comunistas acérrimas, y no soportaba que no me interesara la política, la lucha de clases, ni ayudar a los oprimidos, como llamaba a los trabajadores.
Realmente, nunca supe si a ella le interesó lo que yo quisiera para mi futuro.
Algo que me llamaba profundamente la atención, era que a su gato diera más mimos y cuidados, que a ella misma.
Stalin, era un gato común – Proletario, Ramirito, proletario- gordo, que tenía la desagradable manía de lamer a todo el que se le acercara. Desgraciadamente, yo debía hacerlo seguido.
A decir verdad no me desagradaba mucho visitar a doña Perla, ya que, si bien, sólo hablaba de política, cocinaba a las mil maravillas, y sus tortas de coco eran un canto a la gula.
El minino comía mejor que muchos de los oprimidos, que su dueña tanto defendía.
Lo sabía porque, normalmente le hacía los mandados a Doña Perla. Hígado, carne picada, alimento especial, y los jueves, como había feria, pescado. No era cualquier comida la que tenía que comprarle al gato, debía ser de la mejor que pudiera conseguir, por ejemplo el pescado, tenía que ser Pescadilla “porque es más sabrosa que la Merluza”.
Esto, unido a sus molestas costumbres, hizo que al cabo de un tiempo, empezara a sentir cierto desagrado por el gato proletario
Algunos de mis compañeros de estudio, comían peor que Stalin, lo que me parecía terriblemente injusto.
Si su dueña alardeaba de su bondad para con los proletarios, había mejores formas de ayudarlos que rellenar a un gato.
Siempre pensé que lo alimentaba, incluso mejor que a ella misma; las veces que se lo comentaba, respondía: “para tenerlo, hay que tenerlo bien, ¡pobrecito! Porque los animales, a veces son mejores que las personas”
Muchas veces pienso, que la razón por la que Doña Perla era comunista tenía más fundamento en el resentimiento con su padre, que por razones meramente ideológicas.
Cuando era joven en la estancia, había un peón de su edad, bastante buen mozo, que supo enamorar a la hija del patrón, quién, como su amado abrazó la doctrina de Lenin.
Don Augusto no veía con buenos ojos, que este peoncito insolente, le hubiese enamorado a la Perlita, así que, cortando por lo sano, despidió al joven y mandó a la Perlita a un internado. “Hasta que se le pasen esas locuras de gurisa”.
Fueron dos largos años de encierro los que tuvo que soportar, pero como siempre pasa en estos casos, el resultado fue distinto del que esperaba su padre.
Lo que empezó como un romance de adolescentes, que podría haber terminado con el tiempo, se convirtió en un amor platónico que idealizaba lo que había sentido. Todo ese tiempo fue acuñando un rencor profundo hacia el padre castrador, que apenas decreció con el tiempo y que duro más allá de la muerte del viejo.
Ella nunca lo hubiera aceptado, pero se sentía culpable en cierta forma de que su padre hubiese muerto, sin que hubieran podido reconciliarse. Tal vez por ese sentimiento de culpa, doña Perla misma se había convertido en uno de los oprimidos que tanto defendía. Aunque su opresor no era un patrón explotador, sino que tenía cuatro patas, era Stalin.
El gato vivía como un sibarita, mejor dicho era un sibarita, no solo comía opíparamente, sino que dormía todo el día y cuando quería salir, Doña Perla debía dejar todo lo que estaba haciendo, sin importar día, ni hora, para abrirle la puerta.
Esas, entre otras eran las razones por las que yo odiaba a Stalin, además del terrible insulto de mirarme como si me perdonara la vida, cada vez que iba a su casa.
En esa época, los gatos estaban en celo, lo que significa, que todas las noches lo tenía al bendito en mi techo maullando hasta la mañana.
Tal vez, esa fue la gota que desbordó el vaso, además ya estaba dándome cuenta de la posición en la que estaba mi vecina, y lo triste de su vida; fue entonces cuando decidí matar a Stalin.
Por más gatos que hubiera en el barrio, siempre podían encontrarse en las alacenas, las marquitas de los dientes de ratones; la casa de doña Perla no fue la excepción, es más, era una de las peores. No era difícil entender, entonces, que allí hubiera veneno para ratas.
- Con lo goloso que es éste bicho, no debe ser muy complicado cambiarlo de lado.- Pensé.
Pero como el minino estaba siempre bien alimentado, y  sólo comía de manos de su dueña, no aceptó comer de mi mano.
Tampoco dio mucho resultado el tratar de obligarlo a comer la carne “sazonada”, que con tanto trabajo había conseguido sacarle a mamá; un doloroso arañazo en mi mano, fue la mejor forma que encontró para darme a entender que no quería abandonar este mundo.
- ¿Que te pasó en la mano, querido? – me dijo Doña Perla, mientras me servía una porción de torta.
- No. Nada, lo que pasa es que mi madre me pidió un limón y me raspé al arrancarlo. – mentí, motivando una mirada de compasión que me rompió el corazón.
Ese martes, cuando Doña Perla salió a cobrar su pensión (una pensión que le había dejado su padre, y que el rencor no le impedía cobrar) entré a su casa con media bolsa de veneno.
En una lata, prepare un excelente caldo de veneno para el gatito.
- Stalin, Stalin, venga gordito; venga mi viejo. ¡Vení bicho imbécil! – dije tratando de atraparlo, pero el minino se negaba a bajar del galpón desde donde me miraba.
Con mucho cuidado me trepé al techo y empecé de nuevo a llamarlo; tal vez por casualidad o por un extraño sentido de autoinmolación, Stalin se me acerco contoneándose.
Lo tome entre mis brazos, y por primera vez en todo ese tiempo lo acaricié, su piel era suave y tersa; tranquilizadora. Ahora entendía por qué Doña Perla pasaba tanto tiempo acariciándolo.
Casi me sentía culpable… Pero luego de este desliz sentimentalista, mi convicción aumentó.
Con cuidado le abrí el hocico y lentamente fui poniéndole el veneno… no hubo reacción, esto era frustrante.
Stalin me lamió, esto me sorprendió mucho, yo acababa de dictar su sentencia de muerte y este bicho me lamía.
Luego de un momento, empezó a correr para todos lados, sin ton, ni son; trepó de un solo salto a la parra, que en esa época debía de medir casi tres metros, para bajar luego con un grito agudo.
En un momento, el dueño del mundo se había convertido en una bola de pelos que corría desesperadamente, sin rumbo fijo. Luego se quedo tieso…
Acababa de hacer una buena acción. Después de todo, estas ideas de izquierda no estaban tan mal.
Había liberado a una oprimida.
¿O no…?