Medias rojas

La ropa se amontonaba luego de casi una semana de humedad y lluvias intermitentes.
Miró su ropero con aire escéptico.
No.
Lo que no estaba ajado, estaba directamente sucio.
Y que la mataran si iba a ir a estudiar con la ropa sucia.
¿Pero qué hacer?  Si ni siquiera medias podía encontrar…
Su padre decía que la máquina de lavar era una puerta a algún lado, que nunca salían tantas como entraban.
Tal vez tuviera razón.
Era difícil encontrar pares y aquellos que tenían su pareja tenían los hilos estirados; el puño de la media colgaba flácido. Las imaginó sobre sus tobillos y el desánimo la hizo caer sentada sobre su cama.
Sopló su flequillo y recordó que su abuela le había obsequiado algunas para  el día de su santo.
Pobre abuela, sus regalos eran tan llenos de cariño como faltos de buen gusto. Medias rojas. ¿A quién se le habría ocurrido?
Cierto que se veían abrigadas ¿pero rojas?
Imaginó que a la noche, cuando se las quitara, sus talones y pantorrillas estarían teñidos, pero pocas opciones tenía.
Suspiró y se las puso.
Esa noche no recordó mirar si le habían manchado la piel.
Él la había besado por primera vez y las mariposas volaban en sus mejillas cuando se durmió.