Cuando me tocó hacer de maestro

Hacía dos o tres años que estaba pasando con buena nota y un día me di cuenta que hasta podía ser escolta y todo.
Abanderado era muy difícil, ni hablar de la uruguaya, eso era cosa de los hijos del contador.
Esos eran finos para los números, mi padre decía que era porque eran judíos; unas gotas de sangre moshe adentro de uno y las cuentas se le hacen solas, decía.
Había dos en Artigas, el contador (que era casi rico) y uno que tenía un almacén allá por la bajada San Vicente.
Ese, según mi padre, vivía quejándose que pasaba mal; “no póido” para acá, “no póido” para allá, pero le había hecho flor de cumpleaños de quince a la hija, pero a los trece.
De eso hacía cómo tres años y no estuvimos invitados, pero yo la conocía de vista a la gurisa.
Una vez vino un senador para inaugurar no sé qué cosa y juntaron a las tres escuelas.
Estaban todas las clases en Plaza Artigas y a la gurisa le tocó hablar, delante todo el mundo.
Pensé que le iba a entrar vergüenza o algo (a mí me daría, hablar frente a toda la plaza) pero ella como si nada; va, y así flaquita y de lentes como era se manda terrible discurso. ¡Y sin leer!
De repente miro al hijo del contador y parecía malísimo. La miraba a la gurisa como para matarla.
Está bien que uno medio le tuviera envidia, porque todos la aplaudían y el senador hasta le dio un beso, pero no daba para mirarla así.
Yo no estaba convencido de querer que todos me aplaudieran sí el precio era hablar delante de todo el pueblo, y pensaba que todos sentirían la misma mezcla envidia y miedo.
Pero encontrar esa mirada de odio, porque era odio nomás, me sorprendió.

Así que al llegar a casa le comenté al tío Gabino.
Lo que pasa que los hermanos no se pueden ni ver, y que el pobre le gane al que está mejor es casi una ofensa.
¿El otro es hermano del contador? No sabía.
Sí, pero hace añares que ni se hablan. Uno se fundió y el otro dijo algo que no debía. Los negocios son negocios, pero si sos judío, está mal visto fundirse.
¿Son malos los judíos o algo?
La gente es mala y es buena sin importar mucho de donde sea, mijo. Las malas gentes están bien repartidas, en ningún lado falta.
Como los abombados, dije yo.
Sí señor, dijo el tío Gabino, mire nomás, yo toy hablando con uno.

Le di una mirada seria, pero me reí enseguida, muy de hacerme esas bromas, el tío.

Pasaron unos años y volví a saber de esa muchacha, en la última semana de clases de quinto año me dieron una sorpresa: no resulté escolta, salí abanderado.
Claro que de la bandera de los Treinta y Tres, no de la nacional o la de Artigas, pero era abanderado. El primero en la familia.
Esa semana comí todo lo que quise, me compraron una túnica y zapatos nuevos y todos los tíos me despeinaban contentos cuando pasaban al lado mío.
Cuando le conté, el tío Gabino me dio un abrazo fuerte, apretado y largo mientras se reía. Me agarró de los hombros y me alejó para mirarme mejor.
Los ojos húmedos tenía.

En eso pasó mi padre y el tío le preguntó sí iba en el vasco. Sí señor, dijo, ¿precisa algo?
Que me espere nomás. El viejo se apuró y al ponerse al lado de mi padre dijo, espérenos acá, Julito.
Cuando hablaba un grande no se discutía mucho, así que me fui a jugar con Nippur.

Pasaron algunos días, casi una semana y una tarde el tío Gabino me dijo que lo acompañara.
Cruzamos media ciudad y yo meta preguntarle donde íbamos, pero el tío era fino para cambiar de tema y yo siempre terminaba distrayéndome.
Al final llegamos a un almacén bien provisto, prolijo, limpio y lleno de olores que no se parecían en nada al olor del almacén del vasco.
Un hombre bajito y algo pelado salió de atrás del mostrador y le dio un apretón de manos al tío. ¿Este es el abanderado?
Sí señor, este es Julio Daniel, mi abanderado.
Por primera vez, el tío no me decía Julito, entendí que era por orgullo; el viejo estaba orgulloso de mí y a un abanderado no se le llama por el nombre de chiquilín, pero igual me sentí raro.
¡Ah sí, sí! Dijo el hombre, el estudio lo va a llevar muy lejos, sí señor. El estudio lo va a llevar muy lejos.
Me dio la mano, blanda era, no apretó y le dijo al tío, ¿y si hablamos de nigocios?
Me quedé mirando los cajones con fideos, los tarrones de semillas y las latas de galletitas. Todos los vidrios estaban sanos y limpios.
Había café en grano (molido en el acto, ¡oferta!) y un viejo molinillo todavía tenía una medida pronta para moler.
Había unos yuyos sobre un costado; los conocía, mi madre me hacía té de Marcela cuando me dolía la panza.
Una voz habló a mi espalda, era la muchacha que había hablado en la plaza, pero de aquella gurisa de voz firme y clara parecía quedar poco.
Era la misma, sí. Las mismas piernas blancas que parecían no haber visto nunca el sol y aquel pelo rojo como los ladrillos secos.
Pero era tímida y hablaba bajito. Me hizo señas para que la siguiera y cruzamos un pasillo con altas pilas de cajas a cada lado.
Acá está, dijo cuando salimos, y entonces la vi.
Y fue amor a primera vista.
Había bicicletas en casa, todos andábamos, pero había que pedir permiso porque eran de los tíos. Y no se usaban para bobear, no señor, se hacían mandados, se iba a trabajar o a comprar algo a Quaraí, pero usarlas era asunto serio.

Pero aquella bicicleta, grande, verde y linda iba a ser mía, y ya me imaginaba lo compinches que íbamos a llegar a ser.
Examinaba los frenos, unas gruesas varillas de metal, cuando llegaron el tío y el almacenero. La gurisa me miraba con una semisonrisa, recostada contra la pared, pero cuando padre apareció, se paró derechita detrás de él y desde allí miraba todo con aquellos enormes ojos celeste pálido.

Si el judío se hubiese guiado por mis respuestas, lo más seguro es que creyera que las banderas se las daban a los abombados. No puedo recordar lo que dije, sólo que él me preguntaba cosas, muy entusiasmado y yo respondía sin escucharlo.

Volvíamos subiendo despacio la bajada San Vicente cuando se me ocurrió preguntarle al tío si sabía andar en bicicleta.

Que blanca esa gurisa, ¿eh Julito? Pa mí que el padre la deja salir a tomar sol después de medianoche nada más.

Largué la carcajada, “o los días nublados nomás”, dije.
Seguimos bromeando y conversando casi hasta llegar a casa, el tío dijo que se iba a tirar un rato y yo, que no daba más de ganas de mostrarle a todos mi nuevo orgullo, monté e hice andando los últimos metros.
A Nippur, que se había quedado atado, casi le da un ataque cuando me vio aparecer arriba de semejante cosa, y me ladró bien enojado desde adentro de su casa.
Incluso cuando me acerqué a desatarlo, miraba a la bicicleta y le lardaba desconfiado. Cuando estuvo suelto me olió por todos lados para ver si seguía siendo yo mismo, cuando comprobó que no me faltaba nada, se acercó a la chiva, con las orejas duritas y el pelo del lomo medio levantado.
La desconfianza le duró algunos días, pero luego la tomó como una prolongación de mí y los tres nos hicimos inseparables.

Pero mi duda se mantenía, cada vez que le preguntaba al tío si sabía andar o no, cambiaba de tema o simplemente no me daba bola.
Que un grande no supiera andar en bicicleta era increíble, pero al mismo tiempo tenía un encanto que no dejaba atraerme.
Era cómico, sí, pero también era algo triste.
Y de algo estaba seguro, el tío no podía seguir escapándose; yo tenía que saber.

Así que un día lo encaré y le pregunté de frente.
Tío, ¿usté sabe o no sabe andar en bicicleta?
El medio amagó a cambiar de tema, pero al darse cuenta que no iba a dejarme engañar esta vez, suspiró.
Yo tendría que meterle un rebencazo por atrevido, ¿cómo me va a andar preguntando así?
Sí me da un rebencazo va estar mal. Porque no es de sentir vergüenza, hasta yo podría enseñarle, nadie se tiene que enterar.
El viejo largo la carcajada, y dijo, ¡vivir para escuchar esto!! Usté se da cuenta del atrevimiento que tiene? ¿Cómo es eso que nadie se tiene que enterar? ¡Ni que fuera tanta vergüenza!!
Yo estaba decidido a no dejarme distraer con bobadas, así que le dije, si no es tanta vergüenza, cómo dice usted, – el viejo supo bien clarito de donde iba a venir el golpe y supo también que no iba a poder esquivarlo. – ¿Por qué entonces no me dijo de primera?

Estuve tentado a seguir, pero los dos sabíamos no hacía falta.
Con el tiempo aprendí que ser valiente no es no sentir miedo, sino hacer lo correcto, aunque tenga miedo.
El tío Gabino nunca me lo dijo con esas palabras, pero ese día me enseñó lo que quería decir esa frase.
Lo que hizo requería una gran, una enorme dosis de valentía (mire si un hombre grande se iba a dejar enseñar por un gurí) pero, además, una dosis de generosidad que no todos tenían.
Porque es generoso quién acepta ayuda ofrecida desde el corazón.

Así que el tío pensó, no mucho, y me dice, está bien mijo. Pero entienda que es medio raro que un hombre de mi edad ande aprendiendo como un gurí que no sabe ni como limpiarse el traste. Hay que aprender medio donde no se nos vea, ¿vio?

Así que hubo que encontrar lugar, y nos costó, porque no era cosa de ir a cualquier terraplén o parte con bitumen, mire sí el tío se me caía. Estaba bien para su edad, pero la cosa ahí era esa, para su edad.
Sí se me llegaba a lastimar, él iba a ser víctima de todas las burlas y yo me iba a ligar unos buenos cintazos “por meterle esas cosas en la cabeza al pobre Tío”
Y ese era mi miedo principal, que sí el tío se llegaba a caer, iba pasar a ser “el pobre tío” y no se merecía eso.
Me dije de todo y muchas veces cuando me di cuenta de eso. Creo que ese fue mi primer pensamiento adulto, el entender que la intención podía no tener mucho que ver con el resultado. Y eso me enseñó también que las cosas habías que pensarlas de antemano, eso no garantizaba que todo saldría bien, pero era mucho más lógico que elegir a las apuradas, sobre la marcha.

Pero al final un campito bien liso detrás de la arrocera nos sirvió de salón de clases. Toda esa zona había sido nivelada porque se usaba para acopiar las cáscaras, así que teníamos terreno liso, protección contra miradas indiscretas y también contra caídas, como el tío se ocupó de señalar con aire pesimista, si veo que me vua caer, me tiro arriba del afrecho.

Y se cayó nomás, varias veces.

Yo hacía fuerza para no reírme, y dígase esto en mi nombre, pude aguantarme varias veces. Pero ver al tío avanzando con la punta de la lengua asomando y bamboleándose como borracho en temporal daba gracia, y yo sólo era un gurí de escuela.

Pero hubo un momento que no me reí, hubo un momento que me asusté mucho y me arrepentí mil veces de haber insistido.
El tío Gabino medio le había agarrado la mano a la cosa y lo vi dar sus primeros pedaleos vacilantes, vacilantes, pero sólo.
No podía creer que le hubiera tomado la mano tan rápido, hacía menos de una hora que estábamos allí.
Y, entusiasmado, grité, ¡Bien tío, bien! ¡Ya está andando!
Pero le entraron los nervios, medio quiso mirar para atrás para ver si era cierto que estaba andando sólo y la rueda se le cruzó.
Se desparramó, se cayó de mala manera y se quedó quieto en el piso, boca abajo y hecho un revoltijo con los fierros.
Me acerqué corriendo, con miedo que se hubiese lastimado, pero vi algo que me paró como si hubiera chocado con una pared.
Temblaba, se sacudía apenas, como si estuviera llorando.
Llorando…
Caí de rodillas y empecé a llorar, avanzaba raspándome las rodillas contra las cáscaras secas, con el corazón lleno de angustia.
Había hecho llorar al tío, lo había lastimado hasta el punto de hacerlo llorar.
Y quedé helado al darme cuenta que había pensado “pobre, pobre tío”

Pero el tío aulló, tirándose hacia atrás, y me di cuenta que se reía como nunca lo había visto.
Vamos a tener que ir pa casa mijo, porque sí me sigo riendo me vua miyar.

Y dicho esto se volvió a tirar para atrás, a las risas ambos.

El tío aprendió a andar en bicicleta, yo aprendí que me gustaba enseñar y aunque nunca salimos juntos a pedalear, yo sabía que siempre me acompañaba.
Siempre.

Tobera

Unos amigos del tío habían estado de cacería por campaña y le avisaron que tenían algunas mulitas y chorizos de carpincho.
La mulita era rica, sabrosa, pero los chorizos eran medio fuertones, así que apenas comía.
O comía solo cuando se hacían cazuelas, lo mismo que el charque.
Pero al tío le encantaban y los amigos, que lo conocían, le avisaban siempre que hacían y él encantado.
Le pregunté, una vez, porque no hacía él mismo, así siempre tenía.

– No me gusta cazar, no me gusta carnear y los chorizos le quedan mejor a Tobera. Así que… – hizo un gesto, como diciendo que no había mucho más que agregar.
– No caza, pero le gusta pescar.
– No es lo mismo. El pescado no chilla. ¿Escuchó un chancho chillar cuando lo carnean? – no esperó mi respuesta – Dios nos libre, parece un gurí.
Hizo una pausa y se encogió de hombros. – El pescado no chilla. Tampoco es muy guardián.

Me pareció que había entendido mal, pero al mirarlo el viejo sonrió y me despeinó.
Años después, me di cuenta que hacía ese tipo de cosas muy seguido: si hablábamos de algo feo, siempre agregaba una broma o algo que me hiciera sonreír (cuando no largaba la carcajada), como para borrar el mal sabor de boca.

Tobera era un hombre raro, no era difícil encontrar gente bien conversadora, era un poco más difícil encontrar sordos.
Pero “toberita”, como lo llamaba el tío, era el único sordomudo conversador del que haya tenido oídas.

Tobera trabajaba para el municipio, era el cuidador de plaza Zorrilla, desde hacía como mil años, capaz que mas; el tío decía que un intendente le había dado el trabajo, pero no se acordaba quién. Lo cierto es que la plaza Zorrilla no sólo era la más limpia de la ciudad, sino que las flores, alegrías y pensamientos, eran las más coloridas y cuidadas.
¡Y pobre del algún gurí que las quisiera arrancar!
Tobera no hablaba, no sabía decir casi nada, pero aquel que le tocara alguna planta se ligaba un rezongo que le quedaba más claro que si el hombre supiera hablar.
Muy pocas veces tuvo que rezongar dos veces al mismo gurí y al que le tocó, se acordaba para toda la vida; pero, al poco rato volvía a ser nuestro amigo.
Siempre nos dejaba tomar agua de la manguera si hacía calor y nunca le faltaban curitas y agua oxigenada si nos caíamos.
Buen hombre, Tobera.
Hasta que quería conversar; porque sí algo le gustaba, era conversar, y una cosa tan mínima como ser sordomudo no lo iba a dejar sin charla.
Así que, dos por tres, nos agarraba y estaba largo rato tratando de conversar con nosotros o contarnos cosas, todo muy regado con gestos y caras muy exageradas.

Al principio daba gracia, aunque uno no quisiera, pero después terminabas haciendo el mismo esfuerzo por entender que él hacía para que lo entendieras.
Hacía años que debía haberse jubilado, pero le gustaba estar en la plaza, así que se quedaba, aunque ahora había otra persona que venía dos o tres veces por semana y le hacia el trabajo pesado, o le cambiaba algún foco.
Pero los jardines seguían siendo cosa suya y, si algún perro tenía la mala idea usarle los canteros como baño, el los corría con la misma energía de antes, al grito “ptamárre, ptamárre”

Nippur nos había seguido con toda su alegría de cachorrón, olfateando todo lo que tenía a mano y un poco mas también. Corría media cuadra, encontraba algo interesante y se quedaba dando vueltas hasta que lo alcanzábamos, luego corría de nuevo y la cosa se repetía.
Hasta que, sin darse cuenta, siguiendo un rastro que lo tenía bien interesado, casi se dio de frente con un gato.
El bicho bufó, furioso, y arqueó el lomo.
Eso último no hizo falta.
Nippur se llevó tal susto que casi pareció decir “ay mamá” y se vino que no le daban las patitas, cuando estuvo pegado a nosotros se puso a ladrar, enojadísimo.
Ladraba mirando al gato, que incluso lo había corrido un par de metros, así que no se dio cuenta que el tío se agachó y le pellizcó una pata como si algo lo mordiera.
El pobre se volvió a llevar un susto bárbaro, pero pareció calmarse cuando se dio cuenta que sólo era el tío.
– ¡Pero qué animal bien flojo! ¡Mire que salir disparando de un gato!
– el tío se reía casi tanto yo.
Nippur nos miró con vergüenza y estuvo todo el resto del camino caminando pegadito a mis pies, sin olfatea nada, como recién bañado.

Cuando llegamos, las cosas no mejoraron mucho, Tobera lo había sacado alto del piso cuando quiso hacer en un cantero. Y los dos se acordaban.
El hombre lo vio, me miró y llevándose un dedo a un ojo me dijo: Ójo, ójo. Y señalaba a Nippur.
Él sólo gruñó, con un gruñido que era mitad lloro, también.
Y se quedó detrás de mí.

El tío se puso a conversar con Tobera como si tal cosa y al rato pasaron al fondo, el viejo me hizo señas que me acercara y dijo en voz baja que, si quería, podía pasar, pero Nippur tenía que quedarse ahí.
Lo hice sentarse y allí, lo dejé, quietito y como temblando, mientras me alejaba.
Habitualmente Nippur se habría levantado antes que diera tres pasos, pero ese no era su día y él parecía saberlo.
Así que se quedó, sentado, quietito y mirándome anhelante mientras pasaba al fondo.
El tío Gabino vio que venía sólo, miró al corredor, esperando que Nippur apareciera y asintió al ver que no lo hacía.

Tobera entró a la casa y poco después salió con una tabla de picar con chorizos y pan cortado en cubitos.
Ellos empezaron a comer mientras hablaban por señas. Yo los miré un rato, y al final empecé a entender bastante. Los gestos eran bastante sencillos de adivinar, cada cosa que se quería decir tenía su gesto exagerado.
Me serví una rodajita de chorizo, y agarré dos panes, para ayudar a bajarlo. No era muy rico, era medio fuertón para muy gusto, pero con el pan se pasaba más o menos bien.
Luego de un rato, todos aquellos gestos no tenían miras de aflojar, así que, pedí permiso, y me fui al frente.
Nippur medio que zapateó, sentadito, al verme y dejó escapar un ladrido finito.
Lo hice callar casi como si hubiera ladrado en la iglesia y su carita extrañada me hizo preguntarme, porque lo hacía callar.
Y por qué el tío me había hablado en voz baja.

Me quedé jugando con Nippur hasta que aparecieron, bastante después que yo creyera que no podía dar más de aburrimiento.
Nos despedimos, Nippur mirando receloso detrás de mí, y cuando estábamos a una cuadra, le conté al tío que había hecho callar a Nippur cuando ladró.
El viejo me miró como sí no entendiera adónde quería llegar.

– Si, tío. Lo hice callar, igual que usted me habló en voz baja cuando se iba para el fondo – “Ajá”, acotó él, pero seguía con cara de no entender.
– Claro, tío, en la casa de un sordo no tiene mucho caso hablar bajito.

El viejo asintió con la cabeza. Caminamos algunos metros en silencio, viendo cómo Nippur miraba al gato que lo había corrido.
Todo erizado y repitiendo aquel gruñido, que era mitad queja.

– ¿Sabe lo que pasa? Usted dijo “en la casa de un sordo, no hace falta hablar bajito”, ¿nocierto? – cuando dije que sí, continuó – ¿Y cuáles son las palabras mas importantes en lo que dijo?
– ¿Que es la casa de un sordo? – sabía que esa no era la respuesta que el tío buscaba, pero no estaba seguro de haber entendido la pregunta.
– Es la casa de alguien, Julito; no es nuestra casa. Que el dueño sea sordo, rubio o abombado (y me tocó la cabeza al decirlo) no tiene nada que ver. Es casa ajena igual.

Nos sentamos en un banco de la plaza, el tío puso la bolsa entre los dos y empezó a pelar naco para hacerse un cigarro.
Nippur olvidó los buenos modales y trató de olfatear mejor aquella bolsa que olía tan bien.
Le di un sopapo y se echó medio lejos, mirándonos y quejándose de vez en cuando.

– ¿Sabe qué? Yo me siento raro cuando don Tobera me habla, pero me siento más raro por sentirme raro. ¿Entiende?

El tío armó y prendió el cigarro sin decir nada. Hacía girar su yesquero, despacito, el sol se reflejaba en el metal pulido por el uso.

– ¿Sabe lo que pasa? – hizo una pausa, cómo reconsiderando lo que iba a decir. Me acuerdo que en ese momento Nippur se quejó, el tío Gabino levantó la vista del y se dio dos golpecitos en el muslo.
El bicho se acercó contento y se sentó al lado del viejo.
– ¿Sabe lo que pasa? A la gente las cosas nuevas o diferentes, le llaman la atención. A todos. – aclaró.
Guardó el yesquero, pegó una pitada y continuó.
– Pero pasa que a la gente le gusta vivir tranquila, le gusta que las cosas sigan siempre igual. Aunque no estén conformes; se acostumbran y viven tranquilos.
Pero si un día les aparece un mudo, un sordo, un gringo o cualquier cristiano que no se vea todos los días, usted va a ver que hasta el más conversador parece tropezarse con las palabras.

El tío no tenía como saberlo, pero yo sabía muy bien lo que quería decir; hacía cerca de una semana que teníamos una compañera nueva en la clase.
Y cada vez que la miraba parecía que todas las palabras querían salir a verla y se empujaban y tropezaban en mi boca.
Sí, lo entendía.

Tobera es mudo, y eso ya complica. Pero encima es conversador y eso termina de descolocar a cualquiera.
Hay gente que se enoja, se ríe o trata de evitarlo. Y eso es de lo más normal, la gente reacciona más o menos así con todo lo que no entiende.
Y al portarse así olvidan que Toberita, antes de mudo conversador, es un cristiano. Y bastante brava la tiene aquel que le gusta conversar, pero es mudo. ¿No?
– Sí, señor.
– Así que, si se siente raro de sentirse raro, yo le diría que no se preocupe. – se paró, hizo sonar los huesos de la espalda y me sonrió. – No se preocupe, mijo. No se preocupe que va por buen camino.

Nos volvimos para casa. El tío pensando sus cosas y yo, en cómo hacer para que, la próxima vez, las palabras me salieran ordenadas.

Noche de niebla

Sí, su novio siempre le decía que esperara un poco mas y tomara el otro ómnibus.
“En la parada estás mas protegida; hay luz y gente”, decía.
Pero no le había dicho que uno de sus compañeros de estudios estaba siendo demasiado insistente con sus invitaciones.
Había pasado de las insinuaciones prácticamente al acoso, y eso no era algo que pudiera contarle a Daniel.
Primero preguntaría por qué no le había comentado antes, con aquel tono de “algo habrás hecho” (o su variante en forma de pregunta de fiscal “¿Me querés contar algo?”), por qué lo había dejado ilusionarse.
Cómo sí esos imbéciles necesitaran algún motivo para acosarte; no, simplemente eran maestros en malinterpretar cualquier gesto como una demostración de interés.
O, peor aún, habría ido a “arreglar” el problema de la manera que le parecía más lógica, a los golpes.
Habría ido a pelearse y ella no podría soportar la vergüenza.
Y pensar que todo empezó por casualidad.
Una vez, este muchacho contaba monedas en la parada y dijo: Mierda, voy a tener que cambiar plata. Llevaba la mano al bolsillo de atrás, cuando ella le preguntó cuánto le faltaba.
Él la miró de forma que casi le hizo arrepentirse de la propuesta, sonrió y dijo cuánto le faltaba; le alcanzó la moneda y él rozó sus dedos al tomarla.
Al otro día, insistió en devolverle el dinero y el roce, más notorio está vez, se repitió.
A partir de eso la esperaba a la salida, la invitaba a bailar (¿tenés novio? No importa, no soy celoso) o a estudiar juntos.
Ahora habían empezado los roces.
Se planteó decirle firmemente que parara, pero él podría decir que no se había dado cuenta, que no era para tanto o que había equivocado sus intenciones.
Ahora, lo que hacía era tomar el primer ómnibus que pasara, aunque eso significara caminar varias cuadras más.
Así se limitaba el tiempo en la parada al estrictamente necesario, de las líneas que pasaban por allí, sólo dos le servían, aunque una la dejaba bastante más lejos que la otra.
Pero esa era la que pasaba en primer lugar, pero esos diez minutos sin tener que aguantar al desubicado de su compañero, bien valían una caminata.
Pero esta vez, él había dado un paso más, había tomado el mismo ómnibus y se sentó a su lado.
Lo que le dijo, fue una sarta de estupideces cómo jamás se le hubieran ocurrido; una sarta de estupideces que empezó con: me di cuenta de cómo me mirabas…
Cuando logró hacerlo callar, habían hecho la mitad del recorrido.
– Me das asco, bajate ya o grito. – le dijo harta.
La miró con una incredulidad que lentamente fue tornándose desprecio.
– Perra – dijo, antes de ir hasta la puerta trasera y aporrearla hasta que le abrieron.
Llena de vergüenza, sentía todas las miradas posadas en ella, juzgándola, haciendo que se sintiera sucia, mancha.
El llegar a su parada fue un alivio, cruzó el pasillo con la vista baja y casi se tiró cuando las puertas se abrieron.
La niebla la envolvió y escondió las lágrimas que corrían por sus mejillas. Todavía no podía creer lo que había pasado, cómo un simple gesto de compañerismo podía derivar en lo que acababa de pasarle.
El frío ayudó a despejarla, la niebla no la dejaba ver más allá de sus pasos, se sacó uno de los guantes y agitó la mano delante sí.
Casi no la veía,
De alguna manera, eso hizo que se sintiera algo más calmada.
Empezó a poner más cuidado a cada paso, la calle estaba muy húmeda y debía extremar cuidados para no resbalar.
Los tacos no son los mejores aliados en los días húmedos
Con aquella situación horrible, había olvidado llamar a su novio para avisarle que estaba llegando, él se enojaría hasta que empezara a contarte lo que había pasado.
Ahora sí quería que se peleara, ahora si quería que lo lastimara.
Decirle perr…
El taco se metió entre dos baldosas flojas y se partió con un sonido ahogado.
Casi perdió el equilibrio, y, cuando pensó que lo había recuperado, el otro pie resbaló y la hizo rodar por el pavimento mojado.
Lloró sentada, sintiendo su ropa mojado, sabiendo que no secaría con la humedad horrible y que sus mejores zapatos tenían un taco roto.
La niebla amortigua los ruidos casi tanto como la luz, pero, de todas maneras, sintió cómo algo se movía en el terreno que estaba a un lado.
Un movimiento brusco, que se detuvo casi tan rápido que pareció producto de su imaginación.
Contuvo el aliento, tratando de agudizar la vista y el oído.
Sí, definitivamente, allí había algo.
Se sacó el zapato sano, y empezó a levantarse con cuidado.
¿Era un gemido lo que escuchara?
Había pasado un momento terrible por tratar de ayudar, no iba a arriesgarse a pasar uno peor en medio de la oscuridad.
Empezó a caminar sin perder de vista el terreno baldío.
De repente, una sombra se alzó con un grito casi femenino y se abalanzó sobre ella.
Mientras corría desesperada hacia su casa, no podía dejar de repasar la imagen de cómo esa sombra se alzaba, para caer a los pocos pasos.
El hecho que su atacante también hubiese tropezado en una noche de niebla, no la tranquilizó.
De hecho, el haber escapado por tan poco le daba otra dimensión al terror que sentía.
Su novio demoró en abrirle y empezó a golpear la puerta con ambas manos llamándolo.
Estuvo casi una hora llorando en sus brazos, pidiéndole que, por favor, no la dejara. Ni siquiera para tomar el teléfono.
Cuando se durmió, agotada, él pensó en llamar a la policía para que averiguaran que había pasado en el terreno de esa esquina.
Pero no quiso dejarla sola, y el alba los encontró contracturados, pero juntos…

Escuchaba su tema favorito. Con los nuevos auriculares, la música parecía venir de todas partes; eran caros, pero nada del exterior interfería con el disfrute de la música.
La pesadilla empezó en el estribillo.
La sombra que la alcanzó por detrás, la fuerza que la inmovilizó casi antes que pudiera oponer resistencia, la mordaza que le cerró la boca medio segundo después que la mano (guantes de cuero, fríos) la liberó, el viaje casi en andas hasta el baldío (esto no puede estar pasando, estoy a una cuadra de casa), el golpe atroz que hasta le sacó los auriculares cuando intentó resistirse, la voluntad inexorable que habría sus piernas, la esperanza cuando escuchó el sollozo en la calle, el rodillazo que la liberó, el gritó que no salió por la mordaza y el saberse perdida cuando el peso volvió a caer sobre ella…

Caminaron

… caminaron pocos pasos, tomados de la mano, como niños perdidos…

Cecilia

Y un día las palabras encontraron su orden. Y dejaron de empujarse y tropezar. Y ella respondió. Y no imaginé que su voz fuera mágica.
Porque sólo escuché su voz, sólo escuché su voz. Por varios días.
Sólo escuché su voz.

Y creí que todo era distinto. Y se lo dije al tío.
El me miró, para nada conmovido, y dijo:
– La pucha que le pegó fuerte el primer amor. –
Quedé tan sorprendido que por un momento no pude decir nada, lo miré incrédulo y al final, ambos largamos la carcajada al mismo tiempo.
– Me parece que sí, señor. Pero, sí la viera… – suspiré. Él se sonrió – cuente – dijo, y estuve.rato contándole como era, como brillaba su pelo cuando le daba el sol y como todo parecía nuevo cuando la oía reír.

Hablé rato, mientras él cebaba mate y me miraba con aquella semi sonrisa un poco incrédula.
Al rato, cuando hice una pausa para respirar, creo que la primera en media hora, el tío preguntó: ¿Y cómo se llama?
– Cecilia. Se llama Cecilia. – el pestañeó y se tiró hacia atrás, casi como si le hubiera pegado.
– Ojalá pueda ser feliz, mijo; ojalá todo termine bien. – Era bastante claro que aquel nombre le traía recuerdos amargos y, en ese momento me di cuenta que nunca lo había oído hablar de una mujer. Nunca le conocí novia, ni supe que hubiera estado casado.

– ¿Tío, usted se casó, alguna vez? – Pensé que era extraño no haberle preguntado antes algo tan natural, pero las mujeres nunca habian sido parte importante en nuestras charlas.

– No, mijo. Nunca. – tomó un mate, con el ceño fruncido, como pensando intensamente. Cuando se cebó el segundo sin romper el silencio, me dije que no había sido buena idea hacerle esa pregunta; pero continuó: Nunca me casé, pero estuve enamorado.
Asintió y repitió.
– Estuve enamorado. Mas que usted, probablemente. Pero, a veces, eso sólo no alcanza.
“Se llamaba Cecilia, como habrá.adivinado, y era muy bonita. Hay mujeres lindas, Julito, hay algunas hermosas, pero es con las mujeres bonitas con las que uno tiene que casarse”.
Al ver que yo no entendía la diferencia, movió la cabeza, en un gesto que le había visto hacer muchas veces, algo podía traducirse como: es complicado.
“Cuando uno es joven, se enamora de una cara linda. Luego, le pueden llamar la atención unas buenas curvas, pero al final, con la madurez (y no crea que a eso se llega sólo creciendo), uno se da cuenta que lo mas importante es lo que no se ve a primera vista”

– Papá dice que las que dicen eso son las madres de las feas.

El viejo se sonrió a pesar suyo y asintió “Si, es verdad, lo dicen. Y tienen razón. Hay muchachas que son preciosas, pero sólo piensan en lo que uno puede darles.
Quieren “un buen candidato” y se olvidan que eso no es lo mismo que querer a su candidato.
Cecilia era una muchacha muy linda, despierta, de buen corazón y, ¿Sabe qué? Divertida.
A ningún hombre con la cabeza en su lugar le puede gustar una mujer que se haga la cómica, o se ría de todo. Pero una mujer que sepa ser seria cuando haga falta y que lo haga reír cuando usted lo necesita, es un milagro.
Esa muchacha se adueñó de mi corazón, de mi cabeza, y de mis suspiros – asintió, como si diera cuenta que había dicho una verdad que todavía no había visto – Se adueñó de mis suspiros…
Recuerdo que, cuando la vi por primera vez, sentí un golpe acá – dijo golpeándose el pecho con la mano abierta – como si mi cuerpo supiera que esa mujer sería única”
Me miró y dijo: nunca me pude explicar eso. Lo pensé mil veces y después lo volví a pensar y sigo sin entenderlo.
Yo era muchachote y trabajaba como tropero, todavía, ese fue el último trabajo que hice, después no quise viajar mas.
Fue en Fray Bentos, me acuerdo que el viaje era sólo hasta Mercedes, pocos kilómetros, pero había una crecida y el río negro no daba paso.
Acampamos en el galpón de la estancia, y matábamos el tiempo entre mate, guitarras o alguna cosa que nos llevara tiempo.
Remigio no había ido, tenía una pierna rota;sus problemas con la bebida ya eran bastante graves y borracho, se había caída del caballo.
Tu tata se entendía bien con la guitarra y pasaba horas tocando suave sin hacer mucho caso de lo demás. Por suerte no se le daba por cantar, porque se le daba bien la música, pero no el canto.
No salíamos mucho, ni nos ofrecíamos para ninguna tarea, el capataz de la estancia era un petiso bien prepotente con los peones pero lamebotas del patrón, se hizo odiar a la primera charla.
Pasados dos o tres días, quiso congraciarse y se acercó a nuestra ronda de mate, se puso a hablar como si fuese amigo de años y se reía muy fuerte de sus propias historias.
Se nos estaba acabando el agua y el tata me dijo de ir a buscar agua.
– Deje nomás – dijo el hombre – deje nomás, que acarrear agua no es cosa de hombres. ¡¡Cecilia, agua!! – gritó y enseguida apareció la mujercita mas linda que hubiera visto.
¡Dios mío, que linda era!, le garanto que se me ocurrieron todas las rimas bobas que se le hayan ocurrido a usted y muchas mas también.
Ella trajo el balde con agua, sacó la pava del fuego (con un guantecito, para no quemarse) y la volvió a poner en su lugar, sin derramar una gota.”
– ¿Sabe qué? – dijo el tío, mirándome, casi con sorpresa – hacía todo así. No se le caía una gota, no se le arrugaba nada, todo le salía cómo si lo hubiera hecho toda la vida. Se movía como sí estuviera bailando.
Pero no era que buscara hacer las cosas así, le salían así naturalmente, entiende? – le brillaban los ojos al hablar, el amor y la maravilla de aquellos tiempos se notaban en su mirada.
“Cuando terminó, dijo: permiso. Y ya se daba vuelta para irse cuando su padre le ordenó quedarse.
– Esta es la Cecilia, mi única hija. La madre murió de parto, pero bueno. Ella me sacó a mi mujer, pero ahora me va a sacar de pobre. – se notaba que la muchacha estaba bien incómoda y yo me pregunté cuántas veces el padre había hecho la misma escena – El hijo de los Lence, de allá de la estancia que llevan el ganado ustedes, ya le echó un ojo. Y cuando ésta se case, se terminó el trabajo pesado para mi. ¡¡Juajuajua!!
El hombre se río hasta darse cuenta que nadie acompañaba sus risas; despidió a su hija con un gesto y se quedó un rato mas con nosotros, pero el clima ya no era el mismo.
Yo tenía la cabeza en la mirada que me había dado Cecilia, antes de volverse.
Cuando preparaba todo para dormir, el tata se acercó y dijo: el abombado de tu hermano sólo tiene ojos para la guitarra y la novia esa que parece que tiene por la plaza Zorrilla.
Pero vos tenés dos ojos que miraron bobos a la hija del capataz. Y eso sólo puede ser para problema. Los jóvenes creen que inventaron el amor con cada mirada, y no es así, Gabino.
Vos tenés el nombre de tu abuelo, así que vas a entender lo que me dijo un día “uno siente el enamoramiento como una llamarada en el corazón, pero el fuego que sirve, el que da calor, no es ese, sino el fuego lento de un hogar, el que dura toda la vida”
– Yo lo entendía, sí. Pero en mi juventud, pensé que podía estar equivocado. Pensé que podría controlar un incendio y al final, mi error barrió con todo.

El tío tragó saliva y estuvo rato callado, rato.

“Al otro día – continuó – estuve relojeando el aljibe hasta que la vi aparecer con los baldes; me hice el distraído y “de casualidad” llegamos casi al mismo tiempo.
Un par de buenos días, medio asustados, y le ofrecí ayuda para llevar el agua hasta la cocina.
– Gracias – dijo, con los pocitos de la sonrisa en sus mejillas. Cuando estábamos cerca de la cocina me pidio que los dejara donde estaban, mejor que no lo vean conmigo.
Me quedé pensando en la forma rara en que lo había dicho, porque yo habría esperado un “que no me vean con usted”, pero ella se ganó una sonrisa, y mi corazón, cuando, antes de entrar, dijo: y si va a disimular, por lo menos trate que le salga un poquito mejor.
Los pocitos aparecieron de nuevo y yo estuve toda la mañana con la misma cara de sorprendida (y algo boba) alegría.
Nos vimos tres días seguidos, y el último casi nos pescan, así que decidimos, sin hablar, ser mas cuidadosos.
La última jornada, me animé a acompañarla de nuevo, ella habló primero: Se va mañana, no? Asentí en silencio, dolorido.
Tomó aire y me pidió los baldes, eran pesados, no podía decirle eso porque era el hombre, pero esos baldes eran pesados.
Antes de entrar, me miró seria y dijo: abajo del ombú cuando estén todos dormidos.

El día previo a la salida es de bastante trabajo, así que todos nos acostamos casi con las gallinas. Me acuerdo que incluso dormité un poco, pero la luna no estaba alta todavía, cuando yo llegaba al ombú.
Me acuerdo que demoró bastante y varias veces decidí que me iba a quedar “un ratito mas”, hasta que por fin vi un movimiento, muy cerca, y Cecilia llegó, casi sin hacer ruido.
Nos dimos un abrazo largo, apretado, como asegurándonos que era cierto que por fin estábamos juntos.
Olí su pelo, su piel y supe que ella hacia lo mismo. Por fin, por fin, decía yo, y el primer beso lo compartimos con las sonrisas.

Ella me juró que no quería casarse con aquel hombre, que no quería vivir mas con su padre, en ese lugar.
– Llevame contigo – dijo, en un tiempo que las parejas de años se trataban de usted – Quereme.

Y nos quisimos, como los grandes, todo lo que nos animamos, hasta que el lucero nos obligó a separarnos.
Nos volvimos a dar un abrazo, largo y apretado. Pero no igual al primero. No como El Abrazo.

Poco después salimos con la tropa y antes de cinco días estábamos de vuelta.
Encontramos la estancia toda revolucionada, el capataz se había vuelto loco, de golpe, y había matado a Cecilia.
La gente oyó una discusión horrible la noche después que nos fuéramos y era recién media mañana cuando alguien se animó a entrar a la casa de Rodríguez.
La muchacha estaba tirada en su cuarto y del padre no había rastros.
Al mediodia lo encontraron, colgado, en el ombú.”

Habían pasado mas de cuarenta años y al tío aún se le caían las lágrimas al recordar aquello.
Me miró sin enjuagarse la cara y dijo: Disculpe que le haya contado.
Ojalá usted pueda ser feliz.

Ocho años después, en el primer carnaval luego que el tío tomara su última caña, me encontré con Cecilia luego de largo tiempo.sin vernos.
Junté coraje casi toda la noche, hasta que por fin me animé a invitarla.
– ¿Y ahora viene? ¡Que dormido, el baile está casi por terminar!
El ver los pocitos en su sonrisa me llenó de fuerzas
– Ahora, por decirme eso, se va a casar conmigo.
– ¿Ah, sí? ¿Cuándo, sí se puede saber?
– De aquí a dos años, el cinco de octubre.

En realidad, no tuve razón esa noche.
El cinco de octubre era domingo, así que nos casamos el viernes tres.

 

La apuesta

Había caminado pocos pasos, cuando sintió el tirón en su brazo que lo obligó a volverse.
Habitualmente, en las películas, esas vueltas bruscas terminaban con el protagonista en el suelo, víctima de un golpe traicionero.
Por un segundo creyó que eso era lo que iba a pasar, pero se encontró con aquellos ojos verdes muy cerca de los suyos.

– Vamo´ hablar, calmate. – dijo Ernesto Morales, olvidando por primera vez su tono petulante. – Vamos a medias, te quedas callado la boca y ganamos los dos.

Aflojó la presión en su brazo y movió la cabeza, cómo invitándolo a pensar.
Era increíble, el atrevimiento de ese hombre no tenía límite.

Al principio tampoco lo creía, revisó varias veces las cuentas, esperando que fuera un error suyo, una distracción (muy comprensible dentro de aquel mar de facturas y números) que lo hubiera hecho perder una hoja, o un recibo grande.
Pero no; las pruebas estaban a la vista, por más que no quisiera verlas, por más que le resultará increíble, la evidencia bajo esa montaña de papel era muy clara.
Morales los estaba robando.

Presidente de la cooperativa, capataz de obra y encargado de compras. La lógica marcaba que no se debía juntar todo el poder en un sólo par de manos, que “la plata la imprime el diablo y ese colorado se ríe de la necesidad” y que los controles estaban ahí para evitar esas cosas. Para evitar los robos.
Pero, a poco que uno escarbara, se daba cuenta que los controles no eran tales. Una de las encargadas de hacerlo era la nueva pareja del hombre, se paseaban frente a la esposa abandonada, sin importarle que los viera. Sin importarle el hijo que apenas había dejado los pañales.
El otro “fiscal”, era amigo de toda la vida, cuñado y compañero de copas; fue el que puso el nombre sobre la mesa. El que prefería irse temprano a controlar lo que se hacía con la plata de la que sería su casa.
Pero no podía culparlos sólo a ellos; todos tenían parte de culpa, incluso él mismo. Todos se quejaban en las asambleas, todos decían, enojados, que “alguien” debía haber controlado.
Ese alguien, se traducía en “alguno de ustedes”, porque los voluntarios no abundaban. Resulta mucho más fácil y, cómodo, criticar a quien gobierna, que remangarse y tratar de llevar adelante a un rebaño tan rebelde como omiso.
Y él había sido parte de ese rebaño, hasta que, por vergüenza, había levantado la mano y dicho que podían contar con él, para suplir al segundo fiscal por un par de asambleas.

Nadie esperaba que tomara muy en serio su trabajo, (él mismo, en primer lugar) y tal vez, no hubiera hecho más que sentarse en la reunión de directiva y cebar mate, mientras el presidente y la secretaria revisaban papeles y facturas que entendían mucho más que el fiscal suplente, pero todo cambió cuando debió hacer una “sereneada”.
Las cooperativas de vivienda por ayuda mutua, son una de las poquísimas opciones que tiene un trabajador para acceder a la casa propia. El gobierno presta dinero a la cooperativa y ésta se encarga de administrarlo, mientras sus miembros hacen las veces de albañiles, trabajando en la construcción de sus viviendas.

El dinero del préstamo no es inagotable, ((ningún dinero lo es) así que los ahorros se persiguen y pelean en todos los frentes, una de las primeras etapas donde el ahorro se puede ejercer, es en la compra del terreno. Lo que implica dejar de lado los barrios residenciales, y alejarse del centro de la ciudad, en busca de un terreno amplio (algunas cooperativas pueden albergar mas de cien viviendas) y razonablemente accesible.
Pero, uno de los inconvenientes de buscar economía, es que, a veces, el barrio donde se construirá la casa de nuestros sueños, no es el que elegiríamos de poder comprar esa casa.
Ahí nacía la necesidad de hacer “sereneadas”, que consistían en hacer de sereno en el terreno de la cooperativa, una vez al mes, para prevenir robos de material, o herramientas.
Una de las características de las cooperativas es que están integradas, en su enorme mayoría, por obreros, gente que, luego de largas jornadas de trabajo, se hace un tiempo para participar en las reuniones.
Las de directiva se hacían los miércoles, pero Rodolfo tenía su sereneada el jueves, así que arregló un cambio de fecha con un compañero cooperativista y no tuvo que robarle dos noches a la familia.
Luego de la reunión, (en la que todo su aporte se limitó a cebar mate y firmar donde le decían) abrió la vianda que su esposa le había preparado y enseguida perdió el apetito.
La comida fría parecía cualquier cosa menos comestible, pero se obligó a terminarla, no antes de tomar la decisión de sugerir a la asamblea la compra de un microondas. Naturalmente, habría quién diría que no, que era un gasto inútil; pero al final aceptarían, los micros no eran caros y muchas veces resultaban salvadores.
Después de la segunda ronda, con gran despliegue de silbidos y revoleos de linterna, el sueño empezó a pesarle, así que prendió la radio para que le hiciera compañía.
El aparato ya debía ser viejo antes que sus padres se conocieran, pero, evidentemente, no iba a durar mucho más. Una de las primeras bajas en su guerra contra el tiempo y el descuido, había sido la antena, lo que hacía que siempre sonara un chirrido de fondo que resultaría molesto aún a un grillo; Rodolfo pudo aguantarlo poco más de diez minutos, a decir verdad, los programas evangélicos de la madrugada, se le hicieron insoportables casi al mismo tiempo, así que apagó y buscó en que entretenerse mientras llegaba la mañana.
Nunca había sido muy lector, así que no se le ocurrió llevar un libro que lo acompañara, pero decidió que los papeles de la cooperativa serían un buen sustituto, de paso iba aprendiendo algo, para no tener que ser sólo un cebador de mate en la próxima reunión.
Pensaba que se aburriría enseguida, y la sereneada se le haría eterna, pero ya no dejó el salón esa noche, y el sol lo encontró más despierto de lo que había estado en mucho tiempo.

Su suegro los había invitado a almorzar, el domingo pasado, una cazuela de aquellas que lo hacían sudar de tan picantes y sabrosas, una delicia a la que hizo honor por tercera vez (ignorando olímpicamente la mirada de su esposa) antes de darse por satisfecho.
Al mediar la tarde pidió “algo para leer” y, ya en el baño, se puso a ojear el diario del día. El viejo siempre acaparaba la parte deportiva, era su lectura para después de almorzar, así que su yerno debió conformarse con los clasificados sin saber que ese acontecimiento fortuito costaría dos vidas.
Su padre no era un hombre crédulo, decía no confiar en nada y en casi nadie (salvedad que hacía para no tener problemas con “la patrona”); era un rasgo del que estaba casi orgulloso.
Desconfiaba de todo y de todos, pero, por encima de todo, y muy especialmente, desconfiaba de la dirección general de loterías y quinielas.
– Esos culorroto miran los números que menos se juegan y te los hacen salir, – decía levantando un dedo – así la gente se clava y ellos hacen su negocio.
– Pero usté sacó, una vez, papá. –
El viejo lo había mirado con tristeza, lamentándose que su único gurí le hubiera salido bobo como la familia de su mujer. Era el alcohol, el suegro chupaba más que un cura, por eso le habían salido un par de hijos mongólicos. Y de los otros cinco, bueno, nadie los podría acusar nunca de ser muy despiertos.
– Eso lo hacen para tenerlo más agarrado de los güevo, a uno – su madre interrumpió la explicación con un: “Viejo, la boca”, dicho desde la cocina. – es pa´ tenerlo agarrado mijo. Ahora vaya y hágame la jugada de siempre.
El hombre miró desde la ventana, como su hijo alejaba, jugueteando con el perro. Nunca iba a ser muy despierto, pero estaba seguro que le saldría honrado. Suspiró.
Treinta años después, su hijo suspiró de una forma muy parecida, mientras se aliviaba, con el diario en las rodillas.
Un aviso le llamó la atención: la bolsa de portland salía cincuenta y un pesos.
Cincuenta y uno, el número que jugaba su padre, el número que siguió toda la vida y que tan pocas alegrías le había deparado.
Las pocas veces que sacó, su padre parecía más triste que feliz, no le gustaba que las cosas cambiaran, no le gustaba que no fueran como él sabía que debían ser.

La noche que hizo de sereno, recordó ese momento con sorpresa; las boletas indicaban que estaban pagando casi setenta pesos la bolsa de portland. Claro que el anuncio del domingo era una oferta, pero casi veinte pesos en setenta, era una diferencia demasiado grande. Y la habían estado pagando más, en la asamblea anterior, Morales había dicho, orgulloso, que había logrado una rebaja en el precio; de pagar setenta y dos, habían pasado a pagar sesenta y ocho.
Perrota, que no sabía hablar en serio, había dicho a todo volumen: ¡Uy, qué suerte, uno más y nos dábamos vuelta!

El chiste lo distrajo y no se dio cuenta de la diferencia hasta verla ahí; plasmada en las boletas. No encontraba un motivo valido para que Morales mintiera sobre el precio de los materiales, salvo que… No, era inaudito, pero a medida que revisaba las boletas de compra, veía que el precio pagado era de sesenta y ocho pesos por bolsa, y antes había sido de setenta y dos (en eso, por lo menos, había dicho la verdad).
Pero la diferencia por bolsa era enorme, y para construir cincuenta casas, se usaba mucho cemento, mucho cemento que se estaba pagando carísimo; casi podían comprarse cuatro bolsas por lo que pagaban por tres.
Esperaba que Morales sólo fuera un mal negociante, de corazón esperaba eso, el vasco Urruzola no había criado un hijo tan desconfiado como él, pero Rodolfo había heredado mucho más de su padre, de lo que habría querido admitir. Se podía ser mal negociante, pero un capataz que no tiene idea del precio del cemento es increíble.
Anotó el precio del portland y, lo decidió a último momento, de varios materiales que se compraban en grandes cantidades.
A una cuadra del trabajo de Rodolfo, había una barraca que recibió la visita de un hombre que pedía el precio de algunos materiales. Iba a empezar a edificar, dijo, y quería saber si “se le podía hacer descuento por cantidad”.
La bolsa de portland estaba a cincuenta y cinco, pero, por más de diez, “se podía conversar un cincuenta y tres”.
En otra, el precio, inamovible, era cincuenta y tres con cincuenta, igual que en la barraca que emitió las facturas que revisó aquella noche.
Con los otros materiales pasaba lo mismo, se pagaban sobreprecios de hasta un veinte por ciento; una locura.
Un robo.

Decidió oír lo que tenía que decir en su defensa, pero nada de lo que dijera iba a hacerle cambiar de opinión; Morales tenía que irse, si había hecho esas compras sin averiguar precios, la cooperativa había perdido muchísimo dinero por su ineptitud.
Sí compró a un precio, pero pidió factura por otro, no sólo debía irse de la cooperativa, debía ir preso.

Al día siguiente, en la obra, busco el mejor momento para enfrentarlo, no quería que nadie los viera hablar, no quería que aquello se volviera una batalla campal, estaba seguro que le haría mucho daño a la cooperativa que todo aquello saltara, pero el daño principal estaba hecho, ya; aquel hombre había robado a casi cincuenta familias.
Debía hacerse responsable de lo que había hecho.

Primero se rió, restando importancia a las acusaciones, pero cuando se dio cuenta que Rodolfo realmente sabía de lo que estaba hablando, su actitud cambió.
Se mostró ofendido, indignado ante aquellas falsas acusaciones; “vamos a hacer una asamblea y ahí mostrás lo que tenés”, trataba de aparentar una dignidad herida que sus ojos no acompañaban.
Luego pasó a las amenazas veladas que, enseguida se volvieron directas, cuando dijo “cuidado que los accidentes pasan”, Rodolfo decidió que ya había escuchado lo suficiente.

Se volvió para alejarse y ahí fue que Morales lo agarró del brazo para hacerle la última oferta, compartir parte de lo que había sacado.
Aquello era tan increíble que, por un momento, se quedó sin palabras. El otro hombre interpretó mal su silencio y lo apremió – dale, quedate piola, cuando estos vejigas se den cuenta de lo que pasa, vos y yo vamos a tener casa propia. –
Rodolfo dio un tirón y se desprendió de la mano que aferraba su brazo. – Voy a la comisaría – dijo, y empezó a caminar, furioso, hacia el frente.
Estaba tan perturbado que no sintió los pasos que se acercaban apurados. Por mucho tiempo, después, se preguntó por qué Morales lo había llamado, por qué no lo había atacado mientras estaba de espaldas, indefenso; pero siempre daba gracias por ello.

Cuando escuchó el “Urruzola”, estaba tan furioso, que se volvió levantando los brazos para agarrar a ese ladrón, hijo de puta, por el cuello, y fue una suerte que lo hiciera, porque pudo proteger su cabeza del garrote que bajaba.
Gritó al escuchar como su brazo se rompía y casi volvió a hacerlo cuando la sorpresa lo enmudeció. Trató de volver a levantar su brazo, pero vio que movía sin obedecerlo; el segundo golpe le fisuró la mandíbula…
Despertó en el hospital. Lo primero de lo que fue consciente, fue lo pastosa que sentía la lengua, como si hubiera dormido mucho, luego de una borrachera.
La cabeza acompañaba tal sensación, la notaba pesada, lenta. Pero eso duró poco tiempo, el dolor saltó a primer plano y, por un tiempo, nada le disputó el primer lugar en su atención.

Le dieron el alta casi dos semanas después, le había costado casi la mitad de ese tiempo averiguar qué había pasado.
Morales lo había atacado con el mango de un pico – Cuando pienso que te pudo haber pegado con una pala, o un pico, que te pudo haber matado…- fue todo lo que pudo decir su esposa antes de largarse a llorar.
Cuando por fin se calmó, y pudo sonsacarle lo que había pasado, se enteró que, de no ser por un compañero que había oído su grito, Morales podía haberlo matado.
Luego había escapado, en medio de la confusión, y todavía no se sabía nada de él.
Rodolfo pensaba que los demás creerían que había sido por la agresión, pero su esposa dijo no, también lo buscaban por el robo, la miró sorprendido, ya que no había comentado nada a nadie.
– Nadie mientras estuviste consciente, pero vinieron unos policías a ver si podías declarar algo y lo único que pudieron sacar, antes que te durmieras, fue: Robó, Morales robó y portland. –
Rodolfo no recordaba haber hablado con la policía, no recordaba haber hablado con nadie, en realidad, pero parecía haberlo hecho bastante bien.
Su esposa empezó a reprocharle por qué no había dicho nada antes. Por qué no había ido acompañado a enfrentar a un hombre que le llevaba una cabeza y varios kilos de ventaja, porque…
Rodolfo insinuó estar dolorido y su esposa se calló enseguida, con una mirada de pánico que le rompió el corazón, pero necesitaba silencio para digerir todo lo que había escuchado.

Sin dudas, la secretaria-amante, le habría tenido siempre sobre aviso, anticipándole cada movimiento de la policía o la gente de la cooperativa.
Al día siguiente, Mascareñas, un compañero de la cooperativa, le trajo las últimas novedades. Esas noticias lo condenaron a varias noches en vela.
Mas o menos, a la hora que su esposa le contaba lo que (sin estar consciente) había hablado con la policía, unos agentes detenían a la secretaria, acusándola de complicidad en el caso de robo “y pila de cargos más” – concluyó Mascareñas, moviendo sus grandes manos.
Pero eso no es nada, cuando venía, me llamó mi señora, te manda saludos, para decirme que lo encontraron a Morales. Se ahorcó.
Rodolfo no sabía si estar más sorprendido por la noticia, o por el hecho que Mascareñas le hubiera contado antes del arresto de la mujer.
La llegada del médico, no le permitió hacer todas las preguntas que deseaba (le costaba mucho hablar, ni bien lo hacía un rato, el dolor volvía con fuerza) y, para peor, cuando lo dejaron en paz, su esposa le dijo que Mascareñas se había ido.

Cuando le dieron el alta, estuvo sin salir de casa por otros quince días (aprovechando la licencia médica) y habría seguido, gustoso, por otros tantos, pero una llamada cambió sus planes.

Algunos compañeros de la cooperativa lo invitaban a celebrar “la fiesta del primer mes” – Si te digo la verdad – dijo Perrota hablando tan rápido como siempre- no va a ser una fiesta, sino que nos vamos a juntar a tomar unas chechas. Nada de mujeres, vasco degenerado, sí querés besos me los vas a tener que dar a mí. –
Por primera vez en un mes, Rodolfo Urruzola se rió sin pensar en el dolor en la mandíbula y, gracias a Dios, el dolor tampoco pensó en él. Se dio cuenta que tenía muchas ganas de ir.
– Dale, gordo, pero por lo menos afeitate. – aún sonreía cuando cortó y ni siquiera el mal humor de su esposa le hizo cambiar de idea.

El tiempo voló mientras bebían; eran cuatro, y cada uno de ellos se peleaba con los demás para poder contarle como habían pasado las cosas.
Las cervezas se iban tan rápido como el tiempo, y el tono de sus voces se elevaba mientras trataban de hacerse oír por encima del tumulto.
Increíblemente, había gente que le echaba la culpa por la pérdida del “pobre Morales”, creían que todo era mentira, una “cama” que le había hecho, por envidia.
– Ah, pero esa gente tiene mierda en la cabeza. – dijo fastidiado – ¿Que mierda piensan, que me hice romper todo por ser el capataz? Están locos.
Un silencio incómodo lo hizo darse cuenta que había levantado mucho la voz; estaba enojado, sí, pero tal vez, las cervezas lo ayudaban bastante en eso de enojarse más.
– ¿Sabés que lo enterraron acá enfrente? – dijo Perrota, tratando de romper el mal momento. – Yo me le mearía en la tumba. –

Luego de no mucho pensar, decidieron ir a ver la tumba de Morales, por lo menos para salir un poco y que el aire los despejara.

Eso, por lo menos, salió bien. El frío del otoño les sacó bastante de la euforia, mientras caminaban entre los panteones.
– Hasta muerto nos caga, este hijo de puta – comentó alguien – en vez de estar acá nomás, hace que crucemos todo el cementerio. –

El brazo le estaba molestando, y Rodolfo trataba de no pensar en eso. Pero como siempre pasa, aquello que pretendemos ignorar, es lo único en que pensamos.
Al final llegaron, justo cuando estaban planteándose dar vuelta.

La miraron un rato, pero no les produjo nada, una lápida común y corriente, mal revocada en la parte de atrás.
– Si me la encontrara, – dijo Perrota dándole un codazo – lo meaba todo. ¡Mamita, qué frío!

El golpe que su amigo le había dado fue suave, pero una espina de dolor se clavó en la carne y recorrió de hombro a muñeca.
El dolor y el alcohol se juntaron y lo hicieron decir algo que no esperaba.
– Yo no sé vos, pero yo lo a mear. Voy a esperar que cierren y voy a vaciar todas las cervezas arriba de este hijo de puta. –

Todos creyeron que lo decía en broma, que era sólo era una bravuconada, producto de la cerveza (y una sana dosis de odio), pero cuando dijo de esconderse en el baño, cuando los cuidadores empezaron a avisar que terminaba el horario, el panorama cambió.
Trataron de convencerlo de mil maneras, apelaron a su sentido común, al “que va a decir tu mujer”, incluso lo amenazaron con sacarlo a la fuerza, pero fue inútil.
Ya había entrado al baño y se negaba a salir. Sus amigos hablaron entre ellos y decidieron seguirle la corriente, si el pobre tipo quería orinar arriba del tipo que lo había mandado casi un mes al hospital, tenía derecho a hacerlo.
No serían ellos los que lo detuvieran, sobre todo, teniendo en cuenta que ese tipo les había robado el dinero de sus viviendas.

Pero Perrota decidió probar una última vez.
– Dale, todos sabemos que, cuando baje el sol, no te vas a animar a salir. Te vamos a encontrar muerto de frío en el baño este.

Rodolfo miró alrededor y, entre las herramientas de jardín, encontró algo que le serviría, un cuchillo grande, herrumbrado y sucio de tierra, que debía de usarse cómo pala para trabajos pequeños.
– Te apuesto que, no sólo lo voy a mear, sino que también voy a clavar esto en el árbol ese, que está al lado de su tumba. –

Los demás se miraron y vieron que nada podían hacer. Sólo tuvieron tiempo de acordar a qué hora lo esperarían.
– Ponele que, a las diez, estoy saltando la reja aquella – la señaló con el mentón – tiene que estar oscuro, sino, me ven los cuidadores.

Fueron los últimos en salir y se quedaron mirando mientras los funcionarios cerraban los grandes portones.
– Esos se mueren por entrar – dijo uno, y su compañero respondió con una larga carcajada.

Volvieron al bar y se estuvieron reprochando unos a otros el haber dejado que Rodolfo cometiera una locura.
Los ánimos se caldearon un poco, pero al final, llegaron al acuerdo que no había habido nada que pudieran hacer; el hombre estaba decidido.
Las horas pasaron lentas y a las nueve y media ya estaban rodando la entrada. Pero su compañero no aparecía.
Las posiciones variaban a cada minuto.
“Ya debe estar en la casa”, “lo agarraron los cuidadores y está en cana”, “lo encerraron en el baño y no puede salir hasta mañana” las opiniones cambiaban continuamente, pero primaba la idea que su amigo les había tomado el pelo.
Sin embargo, no podían, ni querían irse; hasta que se hicieron la una y decidieron irse a dormir, pero con la promesa de encontrarse allí a las ocho de la mañana.
Apenas pudieron dormir, y apenas pasadas las siete y media se encontraron en el bar, frente al cementerio. Hablaron de pedir un café, pero desecharon la idea, nada mas plantearla.
Caminaron a lo largo de los altos muros, mientras discutían que podían hacer; uno propuso llamar a la esposa de Rodolfo.
– Claro, si el tipo no fue, le va a dar un ataque, o algo. Capaz que hasta la traen acá mismo. No señor, esperemos y veamos qué pasa.

Mascareñas, que iba unos pasos delante, se detuvo tan de golpe que los demás casi tropezar con él.
No hizo falta preguntar qué pasaba, lo estaban viendo. Dos autos de policía entraban al cementerio.
Se quedaron rodando la entrada hasta que uno de ellos vio a un milico que conocía; la noticia que les dio detuvo sus corazones.
En un tono tan sorprendido como fastidiado, dijo: Uno que apareció muerto.

No podía creer que le dijeran que, probablemente, lo conocían, así que los llevó casi corriendo a ver al comisario y éste, luego de oír el relato, los condujo hasta “el occiso”.
Tirado sobre la tumba de Morales, algo de costado y con un ala de su gabardina clavada por un viejo cuchillo, a la raíz de un árbol, estaba el cadáver de Rodolfo…
En algo, sus amigos tuvieron razón. Uno de los cuidadores entró al baño y cerró la puerta por afuera, cuando salió.
Rodolfo pasó una noche interminable, dentro de aquel baño húmedo y frío. Por suerte había traído una botella debajo de su gabardina; el calor del alcohol lo acompañó bastante.
Muchas veces se reprochó el haber cometido la estupidez de quedarse ahí, pero si uno apuesta, tiene que cumplir.
Y, además, aquel hijo de puta lo había apaleado. Lo había apaleado y mandado al hospital.
¡Y cómo le dolía el brazo con ese frío cruel!
A medida que pasaba la noche, una imagen volvía y volvía a su cabeza: cómo aquel hombre había creído que él era tan sucio de poder querer ir a medias.
Su mente recreaba todo el tiempo cómo Morales lo había tomado del brazo para obligarlo a oír su última propuesta.
Al final, el frío, el cansancio y la botella se aunaron y se durmió, sentado en uno de los inodoros de un cementerio, encerrado.
No supo cuánto tiempo estuvo dormido, pero escuchó el cerrojo de la puerta y como usaban otro de los gabinetes.
Tuvo que morderse la mano para no reírse cuando oyó los ruidos que hacía el hombre mientras estaba el baño. Estuvo largo rato, pero, por suerte, dejó la puerta abierta al salir.
Rodolfo estuvo un rato quieto, esperando que el hombre se alejara, y salió. Fue hasta el portón, e incluso levantó una pierna para empezar a trepar, pero pensó que los demás se reirían de él y, aunque pareciera raro, no había usado el baño en todo el tiempo que estuvo encerrado.

Volvió sobre sus pasos y, sorprendentemente, encontró la tumba de Morales sin ninguna dificultad.
Se apoyó en el árbol que estaba al lado, para que su silueta no lo delatara y orinó larga y lentamente sobre la tumba de aquel hombre.
Luego buscó algo con que limpiarse y sus dedos dieron con aquel viejo cuchillo; faltaba la segunda parte del trato. Se agachó y, con todas sus fuerzas, clavó el cuchillo en la raíz del árbol.
– Vos nunca más vas a robar a nadie, hijo de siete mil putas. – dijo antes de levantarse.
O, de tratar de hacerlo, pues en la oscuridad de la noche, no se dio cuenta que el cuchillo había clavado un ala de su gabardina.
Cuando sintió el tirón, antes que su corazón se detuviera, Rodolfo pensó que Ernesto Morales había vuelto a hacerle una última propuesta…

El Colibrí (El portador de buenas noticias)

Mi padre decía que el trabajo era una distracción. Que, a veces, cuanto más pesada o compleja era una tarea, el tiempo pasaba más rápido.
Así que, dos días después que falleciera, decidí volver al trabajo.
Para no “quedarme en casa pensando” …
El problema, es que yo trabajaba como portero; el volver al trabajo buscando distracción y trajín podía ser cierto para mi padre, que era mecánico industrial, pero para un portero que entraba a las seis de la mañana, la historia era muy otra.
El silencio, la tranquilidad y la vista (estábamos frente al mar) siempre eran reconfortantes, siempre hacían que la primera hora fuera sólo mía.
Pero el dolor era muy patente ese día. La herida, demasiado reciente.
Y la paz y tranquilidad parecían conjurar el recuerdo de mi padre.
Su sonrisa, sus cuellos dobles por su costumbre de usar dos camisas, la forma en que, cada vez que salía de casa, le gritaba al perro que se fuera a echar.
Todo venía y cada cosa era una espina.
Recordé la última vez que fuimos a su casa.
Nos sentamos en el frente, a la sombra de un árbol, mis padres y yo. Mi señora sesteaba con mi hija mayor, la única entonces. Había dicho que la haría dormir y vendría, pero al asomarme al cuarto las vi dormidas.
Sonreí; la mitad de las veces nos dormíamos antes que la niña.
Salí, me senté junto a mis padres y les dije que ambas dormían.
– Tu padre hacía lo mismo – mamá nos miraba sonriendo – iba a verlos y él estaba dormido mientras que vos estabas sentadito, todo ojos.
– Mirá – dijo mi padre – los vecinos.
En el frente de casa había tres hibiscos. Tan juntos que parecían uno sólo con flores distintas. Todos los años florecían y se llenaban de color.
Y entonces venían los vecinos.
Eran tres colibríes, dos muy parecidos, comunes, y otro algo más grande, de pechito blanco.
Todas las tardes visitaban los hibiscos y libaban de una u otra flor, no hacían distinciones, favoreciendo a todas con sus evoluciones.
Pero no venían juntos, los más pequeños de a dos, a veces, pero el de gola blanca venía sólo y al caer el sol.
Sus gorjeos apurados eran parte de la tarde de nuestros padres, y de las nuestras, cuando los visitábamos.
Siempre nos provocaba una sonrisa ver esas movedizas joyitas, siempre apuradas, de flor en flor.
Unos golpes, tan leves que no sé cuánto demoré en notarlos, me sacaron de mis recuerdos.
Escuché con atención y sí, ahí estaba ese leve golpeteo, venía del fondo.
Me puse tenso, alguien podía estar tratando de entrar.
El hall era una gran L, el brazo más corto daba al patio interior. Un seco cuadrado sin uso ni belleza, con altas paredes a cada lado. Regado, a veces, por los cigarros que caían de los pisos superiores.
Un gran ventanal era la puerta de entrada; casi no se usaba, así que eran pocos los que notaban la apremiante falta de lubricación que sufrían sus rieles oxidados.
Abrir esos ventanales costaba trabajo y hacía ruido, nadie podía sorprenderme por allí.
Me acerqué a la ventana para ver que me había llamado la atención.
Un colibrí golpeaba su pico contra ella.
Eran poco más de las seis de la mañana de una fresca mañana de octubre, que yo supiera, los colibríes salían con el sol alto, cuando el día había empezado a templarse. Pero este parecía haber madrugado y volado, además, por encima de los muros que cerraban el patio.
Sí me hubiesen preguntado, habría dicho que era imposible, pero tenía la prueba viviente dando leves golpecitos a medio metro de mí.
Abrí una de las hojas de la ventana y, para mi sorpresa, el colibrí entró. No sólo no se había asustado por el fuerte chirrido que hizo la ventana al abrirse, sino que se mantenía volando casi al alcance de mi mano.
Volví a cerrar, el coro de chirridos se repitió, pero al volverme, el pajarito seguía suspendido en el aire, casi en el mismo lugar.
Estiré el brazo con cuidado, para no asustarlo, pero con un leve cambio en su aleteo mantuvo la distancia que nos separaba.
Por un momento parecimos personajes de historieta, yo daba un paso corto, cuidadoso, en su dirección y él se alejaba con elegancia.
Siempre apenas fuera de mi alcance, pero no mucho más allá.
Una sonrisa debió dibujarse en mi rostro, una sonrisa de sorpresa y maravilla.
Una sonrisa de paz.
Llegamos al frente, a los otros ventanales y el quedó entre el vidrio y yo.
Me saqué la chaqueta y con mucho cuidado la acerqué a la ventana.
Él no se alejó, no se resistió. Simplemente quedó flotando pegado a la ventana.
Bajé la chaqueta pegada al vidrio y cuando estaba casi en el piso, entré mi mano y tomé al colibrí con la mayor delicadeza que pude.
Todas las aves, todos los animales pequeños, tienen corazones que parecen volar, sus tamborcitos viven en un redoblar perpetuo, vertiginoso.
Yo esperaba eso, y lo encontré.
Y, sin embargo, no sentí que estuviera agitado o asustado. Sentí que se sentía seguro, que sabía que no le haría daño.
Y en ese momento escuché la voz de mí padre diciendo, “mirá, ahí están los vecinos”.
Y en ese momento supe que lo que tenía en mis manos era un heraldo. Supe que toda la magia que había sucedido fue un mensaje.
Sentí que mi padre me decía, “no sufras, estoy en un lugar mejor”
Con lágrimas en los ojos fui hasta la puerta y solté al colibrí.
El voló unos metros, volvió, y luego de darme una última mirada, se perdió en la mañana que despertaba.
Y mucho de mí dolor se fue con él.

Nosotros

Era otoño,
Y casi en invierno,
Tu primavera.

Un árbol en el fondo de casa

El tiempo vuela cuando disfrutamos; los malos momentos son los que se llevan la mayor parte en los relatos.
El “y vivieron felices por siempre” es mucho más corto que toda la tragedia de los personajes, aunque “por siempre” signifique toda la vida.
Eso fue lo que sentí cuando Nippur se fue.
Me había acompañado por casi ocho años, pero, mientras iba cada vez más profundo con la pala, me parecía que sólo habíamos estado juntos un rato.
Había pasado de ser un gurí de poco más de nueve, en cuarto año de escuela, que miraba con desagrado a algunos grandotes peleadores a ser un muchacho que acababa de terminar el preparatorio.
Mi idea era trabajar un año, juntar algo de dinero e ir a estudiar a Montevideo.
No era algo común en una familia trabajadora, nadie en mi familia lo había hecho, pero yo pensaba salir adelante, quería volver a Artigas ya recibido.
Tendría que trabajar y estudiar, tendría que agotarme entre largas horas de trabajo y trasnoches de preparación de exámenes.
Muchos me decían que eso no era para alguien como yo (no por mí, sino por ser hijo de trabajadores pobres), que lo mejor era empezar a trabajar desde temprano y sacar adelante una familia que me diera las alegrías.
Había quienes decían que lo que quería hacer era, simplemente, producto de la desidia; “este quiere estudiar pa no trabajar” y pasaban por alto que tenía muy claro que lo que planeaba hacer, llevaría tanto esfuerzo como pasar jornadas embrutecedoras, en campaña, bajo el sol.
Mire quién le dice eso, mijo – decía el tío Gabino – Fíjese la vida de esa gente, se rompen el lomo todo el día, trabajan de sol a sol y, mucho de lo que ganan lo terminan miyando en las veredas.
Esos que le quieren enseñar a vivir, no tienen algo que se pueda llamar vida.
Claro que había mucha gente, entre los que opinaban, que no se gastaba medio sueldo en chopp, cada fin de semana (o, cada día de la semana), pero tampoco era gente que tuviera una vida ejemplar.
– Si la gente fuera tan buena viviendo su vida, como enseñando a otros a vivir la suya, todos seríamos preciosos e hinchas del Wanderes.
– No, señor, del Independencia.
– Puff – dijo, y me cebó un mate.
Era el único que tomaba con él. Desde aquella tarde en que una escapada a nadar casi terminó en desastre, el tío y yo compartíamos los amargos.

Nos quedamos en silencio, mateando, podíamos estar media hora callados, con sólo el ruido de los amargos entre nosotros, que esos silencios nunca se hacían incómodos.
Y en esos días, las pausas se alargaban, yo había tomado una decisión que muchos podían considerar valiente, pero en realidad, estaba bastante nervioso. Tal vez, asustado fuera la definición más adecuada, pero no el miedo al trabajo, como algunos pensaban, sino el temor mas natural de todos.
El miedo al cambio.
Muchos hablaban, hablaban y hablaban. Aconsejaban, opinaban y creían ser de mucha ayuda.
El tío fumaba, armaba sus cigarros con las dos manos cuando pensaba, acariciaba a Nippur, casi sin darse cuenta, y decía algo. A veces, sólo una oración. Preguntaba, aconsejaba, naturalmente, pero sus consejos nunca empezaban con: Lo que tenés que hacer es…

Una mañana, salí y me sorprendió que Nippur no viniera a hacerme fiesta.
Siempre aparecía, ni bien abría la puerta, cuando no estaba mirando fijamente para adentro, pero esa vez, estaba echado bajo el alero del tío.
Y el viejo tenía semblante preocupado.
Di un trotecito hasta su casa, pero mi perro apenas levantó un poco la cabeza, su rabo corto se movió apenas, suspiró.
– Ese animal no está bien, mijo. Para mí que comió algo podre.
Me agaché y comprobé que el tío debía tener razón. Aparte de su apatía casi total, su hocico estaba seco y de sus ojos, salían dos largas líneas cómo lagañas.
Me hicieron acordar, cuando tuve conjuntivitis, y cómo me había asustado al no poder abrir los ojos cuando desperté. Las pestañas estaban pegadas por la mucosidad. Nippur tenía los ojos abiertos, pero no tenían el brillo despierto de siempre.
Le hablé, lo acaricié un rato y apenas esbozó una respuesta. Miré al tío, con los ojos llenos de preguntas.
– Los bichos son así, ¿Vio? Pueden no dar más de gordos, pero igual comen cualquier cosa que encuentren, cuánto más feo el olor, mejor.
Nippur levantó la cabeza, ese perro siempre sabía cuando hablaban de él, e insinuó moverle el rabo.
El tío sonrió, aún con la bombilla en la boca, y dijo: fuera cusco.
Y, en un gesto que nos llenó de horror, con mucho esfuerzo, Nippur se levantó y con paso vacilante, fue a echarse a su cucha.
Nos miramos, tan sorprendidos como asustados, y volvimos a mirar a Nippur, que se había echado en la casa que el tío le había hecho, un día antes que lo trajera.
– Aceite con leche – dijo el viejo, no recordaba haberlo escuchado tan alterado nunca – déale aceite con leche.
Corrí a casa, preparé un plato hondo con aquella mezcla que se veía tan fea (recuerdo los grandes trozos de nata que flotaban en la leche) y la llevé al patio, sin volcar una gota.
Nippur no dio muestras de interés ante aquel plato que, a sus ojos, debía verse tan apetitoso.
Lo agarré, con cuidado, para acercarlo y ayudarlo a beber, pero un gemido me hizo entender que le dolía.
Una sombra se posó sobre nosotros, y supe que el tío nos miraba.
– No quiere tomar, – dije – capaz que no tiene fuerza.
– Vamos para allá, dejémoslo tranquilo.
Habría querido quedarme allí, pegadito a mi amigo, pero me di cuenta que no tenía mucho sentido.
Creo que esa fue la mañana en que estuvimos más callados, gastamos casi dos calderas de agua, pero ninguna palabra.
Sentimos que alguien aplaudía, en el frente, el tío murmuró “Lima” y siguió con la vista clavada en el piso.
Tenía razón, era el cartero, mientras leía que el destinatario era yo, escuché que Lima decía: buen día, señora, es para el hombre, acá, la carta.
Miré sobre mi hombro y vi que mamá había salido de casa, se sacaba las manos con un repasador. Saludó al cartero con una inclinación de cabeza, agarró el sobre sin decir nada “es para vos” dijo mientras lo abría.
Vi cómo su semblante iba cambiando de curioso a exultante de felicidad, – Siiiiiii – gritó, abrazándome Siiiiiii, sí, sí.
Saltaba mientras me abrazaba, no entendía que estaba pasando, sólo quería volver a sentarme donde estaba, mirando a mi perro, preguntándome por qué no tenía que estar abarajándolo para que no saliera disparado a tarasconearle los garrones al pelado Lima.
Mamá me dio la carta y, mientras la leía, escuché, sorprendido, cómo llamaba al tío, absolutamente feliz.
– ¡Tío, tío! ¡Venga, mire!
En cualquier otro momento, la sorpresa me habría hecho caer de espaldas, a mí y al viejo, porque para mi madre, el tío Gabino era “Don Ramos” o, si las cosas andaban tirantes, “el tío de tu padre”, nunca en la vida, la había escuchado llamarlo Tío.
La carta era la respuesta, en pocas palabras, decía que “Bienestar Estudiantil” me había autorizado la beca alimentaria.
Eso significaba que, uno de los principales problemas de ir a estudiar a la capital, quedaba casi resuelto, no me iba a morir de hambre.
Pero también traía un problema que, hasta hacia un par de horas, nunca habría llamado así, tendría que adelantar un año mi calendario.
Porque, si quería, podía empezar la carrera ese mismo año.
En realidad, no sólo fue ese mismo año, sino que fue ese mismo mes, mamá tenía una hermana que trabajaba en la inspección de secundaria y, aunque era una veterana mala y borracha (por eso mi madre no tenía mucho trato con su hermana mayor), movió los trámites muy rápido y, luego de cobrar un par de favores, consiguió que la carrera de ingeniería tuviera al primer Ramos, de Artigas, en el alumnado.

Cuando mamá vio que ni el tío ni yo, nos mostrábamos todo lo entusiasmados que debíamos estar, preguntó que nos pasaba.
Recién se dio cuenta que Nippur no estaba allí, culebreando entre nuestros pies, cuando le dijimos lo que pasaba.
Era una buena madre, era una mujer generosa y, a decir verdad, la que alimentaba más seguido a mi perro, pero el hecho que estuviera apagado no palideció la alegría que sentía por su hijo.
– Denle aceite con leche, vomita y en un par de días está fenómeno de vuelta. – me sonrió, orgullosa y volvió a casa. Dijo que debía bañarse para salir y “hacer todos los trámites hoy mismo”

Nippur tomó aquella mezcla horrible y vomitó, es cierto, pero eso no lo alivió.
Los días siguientes resultaron un caos, mis padres corriendo todo el día, haciendo trámites, orgullosos, igual que toda la familia, mientras el tío y yo estábamos tristes, viendo como mi compañero de andanzas se marchitaba de a poco.

Desperté muy preocupado, esa mañana.
Se suponía que debía viajar a Montevideo a firmar la inscripción. Se había hecho una excepción en mi caso, como favor personal a mi tía Isabel.
Si no estaba mañana a primera hora en la facultad, podía olvidarme de empezar ese año, y de la beca, porque si no quería estudiar, no merecía una beca por la que muchos luchaban.
Pero no quería dejar sólo a mi amigo, no quería fallarle en el último momento.
Sabía eso.
Lo sabía tan bien como sabía que la oportunidad que se me había presentado era única.
La disyuntiva me mantuvo despierto toda la noche. Las primeras luces de la mañana me encontraron en una cama húmeda y desordenada, me lavé la cara y salí a ver si había novedades.
En el correr de la noche, Nippur había logrado arrastrar su cobijita casi hasta la puerta del tío.
Eso había agotado sus fuerzas.
Dicen que los hombres no lloran. Siempre supe que eso era una tontería, siempre lo supe. Así que lloré, de rodillas frente a la puerta, mirando a quién me había acompañado tantas veces.
El tío abrió, me miró con los ojos húmedos. Recuerdo cómo crujieron sus rodillas al agacharse, pasó su mano, despacio, a lo largo del lomo de nuestro perro y apretó los labios.
Entró a su casa y, poco después, salió con una pala. Me la ofreció.
Sin entender, la tomé, mientras él se agachaba, decía “permiso” y levantaba a Nippur.
Fuimos hasta el fondo, nos detuvimos en un rincón y el tío bajó a Nippur con infinito cuidado.
– Una de las últimas cosas que me enseñó el Asdrúbal – dijo – fue que la despedida es menos difícil si uno mismo es quién hace los honores.
Decía que el esfuerzo alivia un poco del dolor.
No sé si eso es cierto o no, mijo. – se encogió de hombros y pareció diez años mayor – Pero creo que usted debería hacerlo.
Mi espalda ya no es la misma, pero puedo quedarme acá, acompañando, si no le molesta.

Trabajé mucho rato, mientras las lágrimas caían calladas, por mis mejillas. La tierra estaba dura, y llena de piedras, el calor pesaba en mi espalda y el olor de la tierra se mezclaba con el de mi esfuerzo.
En cierta forma, me gustaba que así fuera, me hubiera sentido estado si el pozo no me hubiese costado trabajo.
Había bajado casi un metro cuando el tío me tocó el hombro, dejé la pala a un lado y recibí de sus manos a mi perro.

A la noche, mientras el ómnibus devoraba kilómetros rumbo a mi nueva vida, encendí la luz de arriba y miré mis manos doloridas; tenía ampollas que habían nacido y reventado mientras cavaba, esa mañana.
El tío dijo que no sabía si el hecho de hacer uno mismo el pozo resultaba de ayuda, soy chambón con las herramientas, así que tenía la espalda, los brazos y las manos (además del corazón) doloridos por el esfuerzo, pero estaba seguro que lo que había hecho me había ayudado.
Naturalmente, la pérdida de mi amigo era algo que me dolía en el alma, pero el hecho de poder “trabajar” mi dolor, de “hacerle los honores”, como decía el tío, había aliviado, un poco, mi alma.
Poco antes de salir, el tío se acercó a despedirse y me prometió que plantaría un jazmín donde descansaba Nippur.
Me alegré con eso, me encanta el aroma de los jazmines.

Cuando mi tío se quedó sin caña

Fue raro que me llamara mamá.
O, mejor dicho, si uno se ponía a pensar (cosa que yo no estaba en condiciones de hacer) ella mejor que nadie sabía de la fuerza de lo que el tío y yo sentíamos.
Habló un rato largo, creo que consolándome o diciendo que no era taaaan necesario que fuera, que el tío sabía que estaba con él y así.
Pero ella sabía tan bien como yo que luego que dijo: “tu tío está mal” mis oídos se cerraron y ya no escuché más que un murmullo sin sentido.
Cuando cortó, me quedé mirando los cuadraditos que había dibujado mientras mi madre hablaba. Filas y filas de pequeños cuadrados, con los bordes resaltados con varios trazos.
Estuve rato mirándolos, pensando que era una tontería hacerlo, pensando que debía hacer algo, que debía hacer muchas cosas, pero no podía despejar mis ojos de aquellos trazos nerviosos.

– ¿Tenemos encomienda? Dijo una voz alegre desde la cocina. – ¡¡No te olvides que te toca lavar los platos!!
Se asomó al corredor, donde estaba la repisita del teléfono (llamadas al interior ¡¡SE PAGAN ANTES!!) y su sonrisa se apagó.
– ¿Qué te hicieron, mi niño? Me abrazó, recuerdo que atenazó mis brazos, pues no tuve fuerzas para levantarlos.
Era casi cómico, Erminia que pasaba a duras penas del metro y medio, consolando a un grandote que le sacaba casi dos cabezas.
Maestra jubilada, cada vez que podía nos decía que le dábamos más trabajo que todos los alumnos que había tenido y que debía estar loca cuando aceptó manejar el hogar estudiantil, pero nos cuidaba como a hijos y tenía fotos de muchos flamantes profesionales, todas prolijamente enmarcadas en la sala de estar.

– ¿Qué te pasó, Juli? – Dijo mirándome a los ojos. Nunca me habían llamado así, siempre Julito o, más tarde, cuando estudiaba, Ramos, pero solo Erminia me llamaba Juli.
– El tío. El tío está embromado.
– ¿Tu padrino?
– Sí, el tío Gabino.

Ella sabía bastante de nosotros, todas las tardes uno debía ayudarla a lavar los platos y en ese tiempo hablaba hasta por los codos.
Y nunca se te hacían pesadas esas charlas, nos rezongaba si no íbamos bien en los estudios, se quejaba que hacía añares que no ponía una foto nueva, pero siempre dejabas la cocina con una sonrisa en los labios.
Cuando todavía era nuevo se lo comenté a mi compañero de pieza.
Estábamos acostados y vi como la brasa de su cigarro brillaba más fuerte antes que respondiera.
– ¿Sabés lo que pasa? Te voy a repetir algo que me dijeron cuando dije eso mismo: “Erminia es de esas maestras que se acuerdan de los nombres de los alumnos callados.”

– Está bastante embromado, repetí.

Ella me soltó, me miró a los ojos y dijo: “vaya, mijito. Si no llegas a ir, te vas a arrepentir siempre. Me puso la mano sobre la mejilla, ¿pero vos ya sabías eso, ¿no? ¿Ya estabas decidido, ¿verdad?”
Me di cuenta que tenía razón; ya estaba decidido.

Por suerte había cobrado, eso era una cosa menos de la que preocuparse, pero, aun así, no era sencillo explicar que iba a faltar quién sabe cuántos días, luego de mi primer sueldo.
No fue fácil, mi patrón me miró con cara de pocos amigos, – ¿ya enfermando gente?
Una nube roja cruzó mis ojos y la sentí hirviendo en toda la cara. Realmente necesitaba el trabajo, así que conté hasta diez antes de responder.
Pero el hombre había visto mi reacción y supo que era de verdad. Levantó una mano, aplacando mi tono y dijo: “una semana. Más no puedo esperarte.”
Le di las gracias y antes de salir, me preguntó: ¿necesitas plata?
– No señor, gracias.

El ómnibus del mediodía ya había salido, y, aunque lo sabía inútil, pregunté en ventanilla si había otra frecuencia antes de las diez.
Con la simpatía propia de un empleado público, el hombre de la ventanilla dijo: “¿y qué quiere? ¿Llegar a las tres de la mañana?
Hubiese querido decirle que sí, que las tres de la mañana me parecía fenómeno, y las dos y media, mejor, pero no tenía mayor sentido, no iba a importarle.

Casi no pude dormir en todo el viaje. Había llamado a Artigas y, cuando mi padre atendió, después que el vecino que tenía teléfono lo fue a buscar, solo pudo decirme que seguía estable, luego hizo una pausa y dijo:
– Mirá, Julito, los médicos dicen que no… Que no… Mirá, mijo, dicen que de esta no sale. Que debió haberse dado cuenta, que debía haber estado miyando sangre desde hace meses, que debía estar sufriendo bastante.
Pero nunca lo vimos quejarse.
Mientras mi padre hablaba no podía dejar de sorprenderme lo poco que lo conocían. Esperar que el tío Gabino comentara que orinaba sangre era como esperar que entrara desnudo a misa. Jamás lo haría, de esas cosas no se hablaba.
¿E ir al médico para que le revisara ahí? Dios nos libre, mire si lo atendía una mujer. Era inaudito, ni siquiera se le pasaría por la cabeza; no señor.
Probablemente estuvo tomando yuyos, buscando alivio, pero hay cosas que los yuyos no pueden curar. Que la medicina no puede curar.

El cansancio y la tensión me vencieron al pasar Tacuarembó, pero cuando enfrentamos la bajada de Pena, me desperté.
Algún insomne había prendido un cigarro, una mujer vomitó y el aire se volvió irrespirable.
Por suerte no hacía frío y pude abrir la ventana, un poco de aire fresco ayudaría a aclarar mis ideas.

Mi padre me esperaba en la terminal, me invitó a ir a casa, estuve a punto de decir que no. – No te van a dejar entrar, mijo. Desayuná, bañate y a las ocho, cuando abran las puertas, estás ahí. Apoyó su mano en mi hombro: “tenés tiempo Julito”
Había traído las bicicletas, y no sé por qué, eso casi me hizo llorar.
Mientras pedaleábamos en la mañana no conversamos mucho, agradecí eso, el estar en la misma ciudad que mi tío parecía haber hecho más fuerte la angustia.
Mamá me esperaba despierta, me dio un abrazo y me dijo que podía bañarme cuando quisiera.
Al salir, con el pelo húmedo y sin peinar, la mesa estaba servida. Las galletas de campaña, manteca casera y la leche, fría, como siempre me había gustado.
Me senté al borde de la silla y comí apenas, mi madre insistió que seguramente no saldría del hospital en días, quién sabe cuándo podría volver a desayunar decentemente.
Comí sin muchas ganas, hablamos poco de mis estudios y mi nuevo trabajo, pensé que preguntaría si me iban a hacer problema por haber venido, pero no lo hizo.
Salimos al fondo, y me quedé mirando la casita del tío. Hacía menos de un año desde la última vez que había estado, pero parecía haberse encogido.
Se veía mucho más triste y abandonada.
El tío siempre la había mantenido limpia y prolija: “si uno es desordenado con sus cosas, Julito, es desordenado con la vida”
Recordar esa frase, casi oyéndola, reabrió la herida. Cada recuerdo parecía profundizar mi miedo.

– Cuando eras chico también hacías así.
Miré a mi madre, que se había parado a mi lado. – ¿Así cómo?
Cuando eras chico y no querías llorar, ponías la trompita así, como dando un beso.
Nunca había llorado de esa manera, nunca mojé las ropas de alguien con mi llanto.
Pero nunca antes había sentido tanto miedo a la muerte. Nunca había sentido el miedo enorme a la pérdida.

Estaba chiquito.
No era que solo hubiera adelgazado, se lo veía chico, frágil.
Dormía cuando llegué, y eso fue una suerte, porque se habría preocupado al ver mi expresión.
Me senté a su lado, tomé su mano que asomaba entre las sábanas y nos quedamos allí, de la mano.

Debo haber dormitado un rato, porque sentí un leve apretón en la mano, abrí los ojos, y vi los ojos del tío, los ojos de siempre, calmos, sabios, mirándome.
Sin cambiar la expresión seria me dijo: – si me sigue agarrando de la mano vua crér que se me volvió fresco.
La incredulidad dio paso a una risa franca, que me hacía mucha falta.

El tío se rió también, pero su risa se cortó de golpe.
Me sorprendió la fuerza con que apretó mi mano, pero la expresión de sufrimiento en su rostro no dejaba dudas. El dolor debía ser atroz.

Al rato aflojó, y su respiración volvió a acompasarse. Mientras secaba algunas gotas de sudor en su frente le pregunté si le pasaba seguido.
– Mierda, me prometí no quejarme delante suyo, ¿y qué es lo primero que hago? Empiezo a mariconear ni bien llega.

– ¿Y qué sabía usted si yo iba a venir? Capaz que me quedaba allá, y me evitaba el viaje, y que me llamaran de fresco antes de decir buen día. –
El viejo me buscó la mano y la levantó un poco.

– Me estoy quedando sin caña mijo, pero nunca tuve miedo de quedarme solo. –

Hablamos, recordamos y reímos. Y el dolor fue misericordioso y no volvió a atacar.
Una enfermera nos rezongó por reírnos en el hospital, pero no nos importó y seguimos hablando como si estuviera a su lado esperando mi ración de carnecita gorda.

Cuando llegaba la noche el tío me dio un beso en la mano, – ¿Sabe qué? Siempre regué el arbolito del Asdrúbal… No señor, del Nippur, va a pensar que estoy chocheando.
No le vua pedir que lo riegue usted, porque tiene que volver a la capital, recibirse y casarse con una gurisa que no sea de allá.
Pero una cosa sí le voy a pedir. No le vaya a poner Gabino al botija. Nombre de viejo, pobre gurí.

Lo había pensado varias veces, pero sabía que muy pocas mujeres me querían tanto como para dejar que les pusiera ese nombre a nuestros hijos.

– Está bien, tío. Le prometo. –

Salí a estirar las piernas cuando se volvió a dormir. Miré la noche, la luna estaba asomando, enorme y roja.

Volví a mi silla y dormí un rato.
Desperté y apoyé mi mejilla en la mano del tío, estuve rato respirando su olor, recordando.
Y el ritmo se rompió.
Sin aspavientos, sin un estertor, simplemente dejó de respirar…
Algunos años después, volví a encontrar una muchacha que me amaba lo suficiente como para acompañarme en la idea de mentirle al tío.
Pero solo como segundo nombre.