Preguntas en la noche

Caminábamos en silencio.
La lluvia hacía que apretáramos el paso, la cabeza hundida en el cuello, encorvados.
El culparnos el uno al otro no tenía sentido, así que avanzábamos en un hosco y obstinado silencio.
Nos habíamos dormido en el ómnibus y el chofer no quiso traernos de vuelta.
Ya corto, dijo, cerró la puerta y nos quedamos viendo como se achicaban las luces a lo lejos.
Empezó a caminar y lo seguí; podíamos esperar al próximo, pero iba a demorar, cerca de dos horas, más o menos.
Caminando rápido habríamos llegado en la mitad del tiempo, así que el andar iba a acortar la espera.
La lluvia había parado mientras dormíamos, pero los charcos parecían buscar nuestros pies, la carretera oscura los ocultaba y, cuando podíamos saltar sobre uno, era sólo para caer en otro mayor.
Aún así, nos manteníamos bastante secos, a excepción de los zapatos, claro.
Hacían ruidos esponjosos a cada paso.
A lo lejos se escuchaba un motor que se acercaba rápido
Un relámpago cruzó el cielo y a su luz pudimos ver un lago sobre la ruta. Un largo, y al parecer profundo, charco que cruzaba la calzada y se alargaba paralelo al arcén.
Mi primo me rozó el codo y bajamos a la banquina.
Pregunté si le hacíamos señas al coche que se acercaba, mi primo se encogió de hombros y empezó a caminar de espaldas, el brazo extendido y el pulgar en alto.
La camioneta avanzaba rápido y no nos acordamos del charco hasta que una cortina de agua se elevó delante de nosotros.
Recuerdo que me llamó la atención que los faroles la iluminaran, esas cosas que uno piensa tan rápido que luego no parece haber tenido tiempo de hacerlo.
Nos empapó.
La suerte que habíamos tenido antes, la suerte de haber evitado la lluvia por pocos minutos ya era historia.
La camioneta frenó varios metros adelante y nos esperó.
Unas sombras se pararon en la caja, comentaron algo con los que iban en la cabina y nos llamaron.
Corrimos, y cuando estábamos a pocos metros, uno de los que estaba arriba dio un par de golpecitos en el techo.
La camioneta aceleró mientras un coro de carcajadas salvajes se alejaba de nosotros. Vimos una mancha blancuzca sobre la caja, tal vez uno nos mostró el trasero.
No tuvo mucho éxito en que lo viéramos, pero la ofensa llegó clara cómo el día.
Los insultamos largamente, hasta que empezamos a reír.
Nuestra situación no tenía mucho de divertida, pero de haber estado en la camioneta, y tomados como sus risas dejaban adivinar, lo que nos habían hecho parecía lo mas cómico del mundo.
De repente, a lo lejos, las luces de posición se movieron bruscamente y, en el silencio encapotado de la noche escuchamos una frenada.
Larga, casi un grito agónico.
Apuramos el paso, mientras mi primo deseaba en voz alta que alguno de aquellos jueputas se hubiera caído.
Se prendieron las balizas de la camioneta, pero sólo un momento. Luego, simplemente dejaron de parpadear.
Allá pasó algo, dije en voz baja y la seguridad de que había sido algo grave nos empujó a trotar.
Habríamos recorrido menos de quinientos metros cuando se descolgó el temporal, un aguacero fuerte y sin viento.
Un aguacero de los que duran horas.
Y aún no habíamos alcanzado la mitad del camino.
Las luces se encendieron de nuevo y la camioneta se alejó.
Al parecer no había sido nada, una comadreja o algún perro, por la frenada, se habría cruzado, pero nada más.
La lluvia había disipado la risa, y también la sensación de urgencia, pero seguíamos avanzando rápido.
Nos quedaban casi tres kilómetros de caminata bajo el agua.
Cuando llegamos donde calculábamos que podía haber ocurrido el incidente, no encontramos nada. Sólo lluvia que anegaba la carretera.
Continuamos, yo con la cabeza baja, la vista tratando de detectar algún pozo por el reflejo, mi primo mirando obstinado hacia delante.
Otro rayo nos iluminó y tuve tiempo de saltar a un costado antes de pisar un charco.
Me llevé por delante a mi primo que había parado como si hubiera chocado contra una pared.
No pareció darse cuenta, Allá hay algo, dijo.
Había un bulto en la banquina, la luz era muy poca, pero nuestros ojos se habían acostumbrado.
Si el golpe no lo hubiese matado, seguro que el tener la cabeza sumergida en un charco lo habría hecho.
Mi primo sacó su encendedor y logró disparar un par de chispas antes que la lluvia lo humedeciera.
Y fue una suerte que lo hiciera, porque la visión era terrible.
Discutimos que hacer, en la calle de casa había una comisaría, quedaba para el otro lado de la ruta, pero la distancia era la misma.
Uno de nosotros debía ir.
Estuvimos de acuerdo en que no podíamos dejarlo ahí. Sabíamos que no podíamos moverlo, ni que tenía mucho sentido hacerlo, era obvio que estaba muerto.
Pero sus amigos lo habían dejado allí, nosotros no podíamos hacer lo mismo.
Voy yo, dijo mi primo, al final fui yo el que pedí que se cayera.
No sé porqué estuve de acuerdo, yo tenía tan pocas ganas como él de quedarme con el muerto (no me engañaba con lo de la culpa, lo que tenía era miedo) pero no podíamos ir los dos.
Él salió casi corriendo, mientras yo me quedé allí, bajo la lluvia, con el muerto.
El único resguardo lo ofrecía un pequeño árbol, unos metros más atrás. Fui hasta el no tanto para buscar refugio, sino para alejarme del cuerpo.
Lo que había confundido con un matorral de pasto al pie del árbol, era un perro grande que gimió cuando tropecé con él.
El padre de la criatura, pensé.
La chofer intentó esquivarlo olvidando que llevaba gente atrás. Muchas veces pasa eso en la ruta.
Por evitar lastimar a un animal, se termina haciendo un daño mayor.
Pero, estoy seguro que ese pobre perro moribundo no habría dejado sólo al cadáver de un amigo.
Porque lo habían abandonado.
En la camioneta habrían tenido tiempo de sobra para ir hasta la comisaría y volver.
Lo dejaron.
Sus amigos prefirieron evitarse problemas y preguntas incómodas. Dejaron a su amigo tirado al lado de la ruta. Con la cabeza rota y hundida en agua barrosa.
Vomité.
Salí del resguardo del árbol, la lluvia había amainado mucho, y me acerqué al cuerpo.
No tenía mucho sentido, pero no quería que estuviera sólo. Quería que supiera que no todos éramos cómo los que se llamaban sus amigos.
La policía seguramente me mataría de enterarse, pero lo di vuelta. Me parecía obsceno que tuviera la cara metida en agua sucia, quería que tuviera la dignidad que sus amigos no le habían dado.
Un relámpago nos volvió a iluminar y pude ver su rostro.
El golpe lo había desfigurado, sí. Pero aún pude ver, o creí ver, un dejo curioso en su mirada.
Cualquiera se reiría ante una afirmación así, la mirada curiosa de un muerto. ¿Pero cuántos mirarían a los ojos a la muerte?
Metí las manos en sus bolsillos cuando vi las luces de la camioneta policial.
Llegaron y me interrogaron como si hubiésemos sido nosotros quienes lo hubieran dejado ahí.
Les respondí con furia y uno de los policías, un hombre de barriga prominente y frente baja me pregunto si quería visitar el calabozo.
Ahí sabemos tratar a los atrevidos, amenazó.
Si hubiese tenido tiempo de contestarle, probablemente habría averiguado como trataban a los atrevidos como yo, pero un policía que tenía una linterna lo llamó.
- Comiserio, venga por favor. -
El comisario me dio una última mirada fría y fue a ver porque lo llamaban.
El milico raso le mostró una chapa de matrícula que iluminaba. Eso no pareció decirle nada a su superior, pero el otro insistió tomándolo del brazo.
Por la poca experiencia que tenía con el comisario, habría jurado que llevaría al milico a conocer como se trataba a los que tomaban del brazo a sus superiores.
Pero al oír lo que el otro tenía para decirle, palideció. Aún con las luces parpadeantes del patrullero, lo vi empalidecer.
- ¿Está seguro? – preguntó. Aunque su tono era más un pedido que una pregunta. Pedía que la respuesta fuera negativa.
El otro hombre asintió en silencio.
Y en ese momento agradecí haber revisado los bolsillos del cuerpo.
El comisario se acercó, todo simpatía, preocupándose por habernos dejado “toda la noche en plena tormenta” y se ofreció a llevarnos personalmente a casa.
Mi primo aceptó encantado y yo no tuve fuerzas para llevarle la contraria.
El comisario suspiró aliviado cuando accedí.
Todos en casa nos quisieron llenar a preguntas, pero el comisario se deshacía en elogios por nuestro civismo y hombría de bien…
Me acosté harto de oírlo.
Al despertar, al mediodía siguiente, mi familia creyó entender mi silencio y me dejaron en paz.
Se suponía que el juez nos llamaría para dar nuestra versión de los hechos, pero se conformó con el parte policial.
Accidente fatal y fuga.
Conductor desconocido.
Pasó un mes y no hubo novedades.
Fui hasta el correo y compré un sobre mediano.
Con la mano izquierda escribí el nombre del hijo de una persona importante.
Y lo dejé en el buzón de su casa.
Con los documentos de su amigo dentro.
Para que alguien más se hiciera preguntas en la noche.