¿Qué habría pasado?

Recién casados vivíamos en casa de mis suegros. En el fondo, en una pieza del tamaño de un garaje, separada del resto de la casa.
Frente a la puerta, a pocos pasos, las cuerdas de tender la ropa cruzaban el patio. Un palo las sostenía para que no bajaran tanto cuando las cargaban. Siempre me pareció exagerado ese pedazo de madera; no el largo, sino el volumen. El mucho palo que era para una función que, aunque importante, podía ser desempeñada por un humilde mango de escoba.
Si lo mirabas de un extremo parecía un cuarto de círculo, dos lados en ángulo recto y la curva que los unía.

Mi suegro trabajaba en una metalúrgica y su ropa no era de las que se lavan fácil; no señor. Necesitaban músculo y para ello estaba la pileta, de hormigón, hecha para soportar años de esfuerzo. En medio del fondo estaba; fregar es cansado y no iba una a estar yendo y viniendo. A la mitad el camino es más corto.
En ocasiones, al palo de las cuerdas lo apoyaban en la pileta. Otras, como aquella vez, esperaba caído a que alguien viniera y le encomendara la ropa limpia.

Salí apurado, de nochecita, y no lo vi cruzando mi camino; lo pisé y la curva de su costado me jugó una mala pasada. Giró y mi cuerpo sobre él le imitó. Mi cabeza pasó a apenas centímetros de la pileta.
Recuerdo la claridad con que la vi, a la tenue luz que salía de nuestra habitación. El vértice asesino contra el cual podría haber golpeado mi sien.

No se lo conté a mi esposa.
Aunque la esperanza de recién casados iluminara nuestra rutina, la luz de aquella lamparita era débil.
No habría podido con la oscuridad del miedo a la pérdida.