Sobre la suerte y el destino

El sumo sacerdote sabía que la suerte no existía, que todo había sido escrito ya por El Padre, y las palabras grabadas en el libro de la vida eran inamovibles. En ocasiones el amparo de La Madre suaviza los golpes o alivia la carga pues sus palabras allanan el camino y éste no parece tan difícil a los pies de sus hijos. Pero incluso ella es impotente ante lo que está escrito, ya que no recuerda aquello que una vez su esposo le hiciera olvidar. El Padre conoce todas las historias porque Él las escribió. Y aunque sabe que muchas de ellas no tienen final feliz, o que sus hijos sufrirán el camino a su destino, nada puede hacer para cambiarlo, porque el dolor es aprendizaje, y las cicatrices en las rodillas son inevitables cuando se aprende a caminar.