La noche que la Onda batió récord de velocidá

Cuando la santa mi madre estaba embarazada mío, se hizo un tés pa saber si yo era machito.
Ella estaba segura que yo era nene, pero las viejas decían que una nunca podía estar segura. Entonces le dijeron: Nelly, vamo te hacer una prueba qués infalible pa saber sies gurí o gurisa.
Si va padelante y patrás, derechito, es un varón, quedate tranquila, porque lo de adelante y atrás, sinifica que va ser matracador
Y si es nena, da vueltas, porque las mujeres son de dar muchas vuelta, ¿nocierto?
Entonces, le ataron una alianza a un cordel. En Artigas, el cordel se llama piolita, por lo que, si la gente precisa un cordel, va y le dice a algún hijo: Mijo, vaya y tráigame una piolita, tráigame.
Le ataron una piolita en el dedo a la mama y la mama tenía que ponerla arriba de la mano de mi madre para ver cómo se movía.
Y así saber que sexo iba a tener el botija.
El abuelo Braulio se puso serio y dijo que usaran la alianza del que para eso era el abuelo y el gurí, (porque iba a ser gurí, mire si no) iba ser el primer nieto, carajo.
Bien orgulloso de su alianza, estaba el abuelo Braulio (el abuelo Braulio nos explicó que él se llamaba abuelo Braulio, ni abuelo, ni don Braulio, ni don Ramos, no señor; Abuelo Braulio).
Una vez, cuando estaba por casarse con la mama, el abuelo Braulio fue en el turco Abdala y le dijo que quería una alianza y que pobre del que lo jodiera, que él ya sabía bien cómo eran todos los turcos, los rusos y todos esos judíos que andaban por ahí.
Y agarró y puso el cuarenta y cuatro en el mostrador.
El turco Abdala puso cara de “Ay, que horible as la hente” y le dijo que tenía una preciosa alianza de oro veinticuatro quilates de verdá.
Que él mismo lo había visto a su primo Suleimán, que Alá lo tenga en la gloria, agarrar unos dientes de oro y dejarle una alianza, preciosa de redondita, con menos de veinte martillazos.
El abuelo Braulio no dijo nada, sólo agarró el cuarenta y cuatro y le preguntó si sabía que calibre era.
El turco dijo, sin dudar, cuarenta y cuatro, don Ramos, pero usté merece uno mucho mejor que tengo acá atrás, que mi propio primo Abdulasim (se ve que era de familia grande el turco) encontró en la montura de un general que…
El abuelo Braulio pegó un grito y le dijo que le hiciera el favor que no le tomara el pelo quel ya le había dicho que no se iba a dejar pasar y que si lo iba a seguir haciendo cuentos mentiroso de primos que robaban milicos (ahí el turco medio amagó a interrumpir, pero el abuelo completó la frase hablando más alto. Tenía voz gruesa, el abuelo Braulio) él se iba en lo del judío ese de la bajada San Vicente y no tenía que aguantar tanta palabrería.
Quietito como gurí cagado, quedó el turco, y escuchó calladito cada palabra cuando el abuelo Braulio dijo:
Si yo puedo tener un revólver cuarenta y cuatro, bien puedo tener una alianza cuarenta y cuatro ¡¡O más!! Así que, si no tiene dese calibre, no me haga perder el tiempo y buenas tardes hasta luego.
El turco era todo sonrisas cuando le pedía disculpas, diciendo que no había querido ofenderlo, mostrándole esa baratija indigna de él y su ilustre prometida y… El turco había agarrado velocidá, y, sí el abuelo Braulio no pegaba una suspirada de fastidio, seguro que seguía otro buen rato.
Así que, sin agregar más, el turco se fue al fondo del cambalache que tenía y al rato apareció con una alianza gruesa como anillo de buey, y pesada como un remordimiento.
Le dijo que ésa era la más grande que tenía, que era de oro cuarenta y cuatro, sí señor, que le disculpara que no tenía más grande, pero si el señor no estaba apurado, capaz que un primo de él…
El señor está apurado ¡Gracias! dijo el abuelo Braulio, y salió, chocho con su par de alianzas nuevas y un cepillo de pelo (de pelo de camello, ¡legítimo! Que el turco le había regalado para su afortunada prometida)
Doscientos cuarenta gramos, pesaba la alianza del abuelo Braulio. Nunca la empeñó el abuelo Braulio, a su alianza.
Las vieja le ataron el piolín a la alianza y ella dio un empellón tan fuerte que se le enriedó en los dedos, con varias vueltas, a la mama.
Violeta, le quedaron los dedos, a la pobre mama, los lagrimones le caían.
Y el abuelo Braulio rezongaba a la mama, porque estaba seguro que ella le había pegado el envión, porque no podía ser que diera esa vuelta sólo. ¿Que al final que era? ¿Que la Nelita taba preñada de un alazán o que mierda?
Y se enojó el abuelo Braulio, y se fue en lo de don Birula, a tomar caña; porque don Birula tenía chorizos de carpincho y de mulita y, como los servía con queso de carpincho la caña bajaba bien.
Porque la caña era medio de ser cabezona.
Un día la Onda. ¿Vio la Onda? La Onda eran los ónibus que iban por todo el país, y era lo que se tomaba para ir en la capital, o en otro lado o en Salto, igual. Pero ese iba vacío porque nadie quiere ir en Salto.
Iba rápido la Onda.
A veces te atropellaba algún cristiano.
Y era gente de tomar, casi siempre, así que era terrible, porque los bares perdían clientela.
Además, la cosa no estaba para andar perdiendo clientela; por más que los choferes fueran de tomar, también, no era cosa de andar perdonándoles así nomás, que le maten a uno un parroquiano.
Más si uno se daba cuenta que los tomadores son muy de jugar a la baraja. Y los que juegan a la baraja son de ajuntarse a hacer campeonatos y de tomar más.
Bueno, la cosa es que, ésa vez, la Onda agarró y atropelló a un Torres.
El problema era que los Torres eran de llevar cuarenta y cuatro y facón en el cinto. ¿Y, no va el facón y le aperfora el tanque de gasoil de la Onda?
Y se quedó sin gasoil la Onda; y sin gasoil no son de andar, las Onda.
Solo en bajada.
Pero yendo en Montevideo, también hay subida, porque sino sería muy fácil ir en Montevideo; uno podría ir en chata, nomás, sólo sería cosa de tener un forzudo que lo abarajara allá, en Montevideo y ta.
Porque uno es muy de agarrar velocidad después de 650 kilómetros de bajada.
Nocierto?
Bueno, total que don Birula, que era buen cristiano agarró un trozo de queso de carpincho y medio que taponearon el agujero que la punta del facón le había hecho al tanque de gasoil.
Cuando tocó el combustible, el queso quedó más duro que todo el resto del tanque, así que todos asintieron conformes.
Pero el problema era que se había perdido gasoil, y, como los choferes llevaban ocho litros y se hacían firmar diez, no les iba a dar para llegar en Montevideo.
Y ahí estaban, tomando, preocupados, y viendo que la hora de salida se les venía encima, hasta que el abuelo Braulio agarró y no fue y les dijo: ¿Che, y si le ponemo caña?
En otro momento capaz que no agarraban, pero estaban tan desesperados, (y la caña era tan cabezona, vamo a decir la verdá) que aceptaron todos encantados.
Hasta invitaron al abuelo Braulio y a don Birula a ir con ellos en la capital, pero ellos, modestos, se quedaron en Artigas.
Don Birula estaba tan orgulloso que, les cobró la mitá de los litros, nomás.
Esa fue la primera vez que la Onda viajó en Montevideo a fuerza de caña. Y, para sorpresa de algunos, en vez de demorar ocho horas, demoró sólo cinco.
Y eso que estuvieron parados como dos horas en la aduana de Manuel Díaz, porque los aduaneros sentían el olor a caña (son locos de la caña, los aduaneros; y de las coima) y meta buscar y no encontraban nada.
Amenazaron, halagaron, gritaron y los hicieron bajar a todos, pero apenas encontraron media botella de Velho Barreiro y, pa pior, caliente.
Así que, ofendidos, los dejaron seguir camino.
Esa noche, la Onda fue más rápido que nunca y, además, no atropelló a ningún cristiano.

Conversacione con Dio

Resulta que bajé del ónimo medio tarde porque la noche había estado buena y larga.
¿Y cuando estaba llegando a casa, no veo a la patrona yendo pa´la feria?
Lío en fija, así que agarré y me metí en el primer lugar que encontré.
La iglesia.
¡¡Dio mío¡¡ ¿No había un lugar mejor pa meterme?
Y ya que estaba, agarro y me quedo en misa y le agradezco a Dio la mina que me levanté.
Todas las vieja estaban arrodillada así que me arrodillé yo también.
– Gracias Dio, por la mina que me levanté, taba divina la porteña esa…
¿Y no se me aparece Dio parado al lado mío? ¿Podés crer?
– Ejem… Ta, Dio, ponele que toy pecando, pero te agradezco igual. Bueno, yo sé ques la mujer diotro y tengo la mía.
Dio me miraba con cara de milico de tránsito mirando el pibe que le sacó el auto a los viejos.
– Yo la amo y siento que a ella le pasa lo mismo.
Dio nada, seguía serio.
– E verdá, le digo yo. Dio nada y yo que me pongo nervioso y le entro a esplicar bien rápido.
Que no, que mirá que vive allá lejos (casi digo en el culo del mundo, pero eso no se le dice a Dio. Meno en la iglesia)
Fuego y condenación eterna ahí mismo.
– Que no me la cogí, Dio.
Ahí Dio levantó una ceja y se oyeron unos truenos.
Mal yo ahí, porque Dio ve todo. Porque Dio es Dio. ¿Entendé? Ve todo, aunque te escondás.
Te sabe los número de la quiniela Dio.
Pero no juega. Siempre gana. Y si ganá siempre no tiene gracia.
Dio le dice a Rodríguez Tabeira, sacame el 621 a la cabeza y él va y se los saca.
¿No se los va sacar? Si es Dio que le dijo.
Do por tré, Dio está aburrido y va y te hace salir el 03 ques el número de San Cono.
Chocha la gente de contenta.
Bueno Dio, me agarraste, me la cogí. ¡Pero solo una vé!
¿Qué? ¿Que en el altar juré fidelidá?
Pero no dije que no iba a coger.
Ademá me dolía un huevo, Dio. Vo sabé. Pero igual el compañero anduvo.
Ahí Dio medio descruzó los brazo…
Me mira como diciendo: cierto, te la compliqué pila esa noche. ¿Eh? Pero saliste adelante. Eso me complace.
Porque sí, Dio es de meterte el dedo en el culo, pero si salí adelante te respeta.
Como a Onán, que era flor de pajero, pero está en la Biblia.
E un apóstol, creo.
Como que lo descoloqué a Dio cuando le hice acordar que me hizo doler un huevo toda la noche.
Ahí nomá le dije que de la Biblia sabía cualquier cantidá.
Preguntá. Dio, le digo, preguntá nomá.
Medio se sonrió y me dice: ¿Los mandamientos y eso del orgullo lo leíste alguna vez?
Voz gruesa tiene Dio.
Te canta en cualquier orquesta Dio si quiere.
Pero no quiere. ¿Por qué pa qué se mete uno en las orquestas?
Pa montarse las mina. Te ven en el escenario y emputecidas quedan.
Pero Dio no quiere eso. Lo prohibió y todo.
Y Dio no é peronista pa andar trampeando a los que lo votaron.
Entonces no canta en ninguna orquesta.
Yo le digo, no Dio, ese día no vino el monaguillo y no enseñaron esa parte en catequesi.
Y me pregunta de lo apóstole.
Yo le digo, y lo maté.
No lo maté, porque Dio e imortal, pero le dije: ¡Caín, Abel, Poncio Pilato y el faraón de egito papá!
Ahí Dio abre grande los ojos y larga la carcajada. Se ve que se alegró de encontrar uno que sabía tanto.
Ahí Dio me palmea la cabeza y me dice, ta bien hijo mío, ve conmigo.
Porque así dice Dio cuando dice ve con Dio
Y desapareció.
Abrí las vista y estaba una monjita barriendo la iglesia.
Dicen que algunas monja andan siempre medio necesitada, pero esa era vieja y yo con ella no quería nada.
Agarré y me fui pa casa.

El elefante del Circo

Por culpa de uno de esos circos que van de pueblo en pueblo, una vez mi abuelo Braulio ‘tuvo detenido por faltarle el respeto a la autoridá.

Resulta que fue uno allá, a Artigas.
Tenían un forzudo, unos malabaristas, un mono que te peliaba, un mago y hasta un tigre de los de verdá.
Mis tíos, que eran muchachones, le pidieron al abuelo Braulio pa ir.
El meta decir que no, que no.
Que había que trabajar en la chacrita. Muy humilde era nuestra chacra,
no llegaba a las quince mil cuadras de campo.
Pero al final los dejó ir el sábado. ¡¡Pero me llegan bien temprano que
mañana vamo a misa!!

Pasaron por lo de los Moraes, levantaron al tío Albino (era medio de pocas luces el tío Albino) y allá marcharon pal pueblo y esa carga de promesas que era el circo.

Todo muy lindo, se rieron de los payasos, sobretodo el tío Albino.
No entendieron cómo la muchacha se paró después quel mago la cortara al medio.
El mago se parecía a uno de los malabaristas, capaz quera el mismo

Y le admiraron la enjundia al que se metió con el tigre. Tenía un látigo y todo, pero eso de meterse en una jaula con un tigre…

Anunciaron que iban a traer al elefante.
Pero aaannnteeeeesss – preguntó un engominado que presentaba – ¿Quién se atreve a desafiar aaaaaa Caaaaabilaaaaaaa el orangután traído del Aaaaaaafricaaaaaa?

Según el tío Bartolo, Aaaafricaaaaa quedaba por Salto o un poco mas allá.

El tío Américo dijo que ningún salteño le iba a ganar a él y allá se mandó pa la pista.

El tío Asdrúbal, que tenía buena vista, dijo quel mono tenía un cierre atrás, en la espalda y ojos verdes.
Como el forzudo, dijo, pero estaban empezando la pelea y nadie le dio bola.
Ya era viejo cuando lo conocí al tío Américo, pero me contó quel mono tenía pila de fuerza.
Cuando le dije de los ojos verdes, dijo quera cierto.

Empezaron a pelear, el mono le tiró un par de sopapos bien dados y el tío Américo se calentó.
Medio lo agarró del cogote y el mono dijo: ¡Aflojá, aflojá hijo de puta!

Nadie le iba a ensuciar a la mama por más oratanguán y salteño que fuera; así quel tío se afirmó y entró a apretarle el cuello.

Entonces empezaron a pasar pila de cosas y todas muy rápido.
El mono entró a mover los brazos como si fuera un molino en plena turbonada.
El presentador, el mago, un payaso a medio vestir y un malabarista de pantalón apretado se metieron a la pista pa separar.

Y le entraron a pegar a tío Américo.

Ahí entraron los otros tíos y se armó flor de desbarajuste.

¡¡ Dejalo, dejalo – gritaba una malabarista – lo vas a matar, es mi marido!!

Pero era raro porque el tío sólo tenía al mono del cogote.
Y la mujer, por más salteña que fuera, no iba a estar casada con un oratanguán de ésos.
Así que seguía apretando.
En eso entra un flaquito con un rebenque largo y agarra a todo el mundo a los rebencazos.

De repente se escucha un ruido espantoso y la carpa se empieza a mover.
¡¡El elefante!! gritaron todos los del circo agarrándose la cabeza y salieron corriendo pa fuera.

La carpa se fue cayendo despacito y los tíos aprovecharon para escaparse entre todo el lío que se armó.
El tío Américo había soltado al orangután cuando oyó aquel tremendo grito, así que no hubo que convencerlo de nada.
El tío Asdrúbal aprovechó para tocarle el culo a la mujer del mono cuando pasó cerca.
Pero ella ni se dio cuenta.
Cuando llegaron a las casas, el tío Américo estaba desconsolado porque le habían roto la camisa de salir. El pobre Albinito tenía un ojo morado y nadie sabía quién le había pegado.
Dejaron a Albino en la casa y se acostaron calladitos.

Cuando el abuelo Braulio se levantó, no sabía qué era lo que lo había despertado.
Pero los perros lloraban. Y eran perros muy de atropellar, así que algo raro pasaba.
Cuando se asoma ve un animal monstruoso de grande, gris oscuro con los primeros clareos del día.
El abuelo no sabía qué era eso, pero sí sabía que le estaba rompiendo todas las plantas de manices.
Don Braulio no sabía que aquello era un elefante. No se da mucho el elefante silvestre en Artigas. No crece.

El abuelo Braulio decidió llamar a la comisería.
El nuestro fue el primer teléfono rural de Artigas y uno de los primeros del país. Nos sentábamos todas las tardes a mirarlo un rato.
Cuando el comisario atendió, demoró bastante porque había tenido “flor de lío en el circu e’ mierda ese” el abuelo le contó que un animal enorme le estaba deshaciendo media plantanción.

– Lárguele los perro, propuso el comisario.
– Mire si me los mata – respondió el abuelo.
– Bueno, descríbamelo – dijo el comisario.
– Es gris, grandote y parece que tiene dos rabos.
– ¿Dos rabos? – preguntó el oficial – ¿Uno al lado del otro?
– No señor – dijo el abuelo – uno atrás y otro adelante.
– ¿Usté me está tomando el pelo, don Ramos? – preguntó el milico.
– No señor – dijo el abuelo ofendido – yo no miento y menos el día del señor.
– Bueno – dijo el comisario – dígame qué está haciendo.
– ¿¡No le digo que me está deshaciendo toda la plantación de manice?!
– Bueno, sí, le dijo, pero ¿qué hace con lo manice?

El abuelo veía mejor ahora que había clareado, pero no sabía si decirle o no al comisario lo quel bicho estaba haciendo.

– No sé si decirle – dijo el abuelo.
– ¡Vamos hombre! ¡Dígame de una vez!!
– ¿Vio que le dije que tenía dos rabos?
– Ajá – dijo el comisario.
– Bueno, agarra los manice con un rabo y …

Así fue cómo el abuelo Braulio se fue detenido por faltarle el respeto a la autoridá.

Cuando fui chofer del Papa

Resulta que, como la cosa estaba complicada por acá, tuve que ir a probar suerte a Italia.
Hice mucho dinero con mi fábrica de lacas y pinturas
Pinturas Gamo.
Son pinturas de gran calidad, aunque, debo reconocer, parte del negocio no marchó.
Las lacas no funcionaron.
Por alguna razón la gente se resistía a comprar la Laca Gamo.
Estaba tan necesitado de dinero y trabajo (mi apego al trabajo sólo se compara a mi modestia) que acepté el primer empleo que me ofrecieron.
Vendedor de refrescos.
Yo vendía Refrescos Perla, en sus cuatro sabores:
Perla Lima-Limón
Perla Pomelo
Perla Naranja.
Y la que más me pedían las mujeres, el sabor Cola.
Me paré en la única salida de Roma.
Fue difícil encontrarla, no hay muchas salidas de Roma.
Todos los caminos conducen a Roma.
Pero como yo debía ser el único allí, pensé que me iría bien.
Los hombres pedían de todos los sabores (la llamaban Péerla. Muy de estirar las letras los tanos)
Las mujeres sólo pedían cola; Dame Perla-Cola per favore.
De repente, al lado de donde estaba parado, se abre un tremendo portón y sale uno medio vestido de cura.
Lloraba el hombre.
– ¿Qué le pasó signore? le pregunté.
– No, me dice. No lo quiero contare. E molto triste.
Yo de italiano agarraba poco, pero igual entendí bastante.
– Cuénteme, mi amico, desahoguesé.
– En cueste Vaticánolo sono tutto uno malepensado.
– ¿Pero perqué dice que son malepensados? – le pregunté.
– Oggi me levanté sintiéndome penómeno, entonces agradecí al signore.
Cuando bajé a desayunare, les dije a tutti:
¡Oggi me siento uno bambino!
Pero con todos los pederasti que hubo, me interpretaron male.
¿Come que te va sentare un bambino? ¡Degeneratto, mascalzone!
Y me echaronno.
Y estoy acui, sine trabaco y male visto per tutti.
– ¿Y cuál era el lavoro que tu tenía en el vaticánolo? Pregunté, fascinado por cómo me estaba desenvolviendo en un idioma extranjero.
– ¿Ío? era chofere dil Papa.
El mundo es de los que se animan, así que le digo:
– Hagamo cuesto. Tú me vende los jugo (sabore cola no queda piu) y yo le maneco al Papa.
– Buono. – me dice – Pregunta por il monseñore Buonanotte y capá que te da el lavoro y tutti.
Y allá me metí confiado.
Conseguí el trabajo.
Llevé a su Santidá por todos los pueblos de Italia, estuvimos por Sammartini, Santorini, Lambertini, Etcetericini.
Un crá el Papa. Conversábamos y todo.
Pero nada de mirar a las mujeres.
Yo las miraba por los dos, porque las tanas hablarán en italiano, pero están todas buenas.
En una, el Papa me dice: Culio, Caro (re amarrete se ve que era, porque meta decirme que le parecía caro yo), io te veo buono e lavoradore.
– Gratzie, pádere.
– No, none diga gratzie que todo e vero. ¿Culio, tu podere guardare un secreto?
– Ma cóme no, su santidade, cuente.
– Me encanta manecare. ¿Posso manecare cuesto auto ?
Al Papa no se le dice que no y menos yendo de Roma al Vaticano, que es un trayecto larguísimo.
Se te emburraba, se quedaba callado y te aburrías todo el viaje.
– Pero como no, signore, faltaba mase.
Entonces intercambiamos lugares.
Chocho de contento el Papa.
Y le gustaba la velocidad. Lo pisaba al Lancia.
Yo sentado atrás, como un campéon, tomando vino y comiendo hostias, que son como las Lays, pero sin sabor ninguno.
De repente miro el cuentakilómetros…392 km por hora.
Y nos pasan dos carabinieri (les dicen así a los milico allá) y meta hacerle seña a su santidá para que parara.
¡Paaaah! – pensé yo – ¡De ésta no nos salva ni Dió!!
Pero no se lo dije al Papa, porque él le tiene una fe bárbara.
Su santidad afloja la velocidad y para.
Los milicos pararon atrás y mientras venían le dije al Papa: Qué macana, su santidá, nos van a multar.
– Culio, hijo, ten confianza en Dio. – me dice.
Yo tenía más confianza en un billete de cien euros en la libreta de la propiedá.
Se lo iba a decir al Papa pero los carabinieri ya estaban arriba nuestro.
El primer milico lo mira al Papa, me mira a mí, lo vuelve a mirar la Papa y dice:
– ¡CIRCOLARE, CIRCOLARE ! Aquí no ha pasado niente.
Y apurado se lo llevó al otro.
Yo no lo podía creer.
El Papa se sonrió y me dice:
– ¿Viste Culito querido (no me gustaba que me llamaran así), no te dije que había que tenere fe?
Allá atrás, un milico le preguntaba al otro: ¿Perqué los dejaste ire? ¿Era molto importante?
– ¡¡Imaginate cómo sería de importante que el Papa era il suo chofere!!

Perseo era crá

Perseo era crá
Pasa esto; había un rey, medio caracagada, allá en la antigua Grecia.
Bueno, con eso no limito mucho el rango, pero igual.
De otra manera que tampoco reduzco el target, es diciendo que éste rey consultó al oráculo, en Delfos, sobre su futuro.
Sigo sin reducir mucho diciendo que el oráculo dijo que su nieto lo mataría; más o menos, eso se aplica a la mitad de la realeza de Grecia.
La otra mitad, es aquella a la que la pitia dice que serán sus hijos, en lugar de sus nietos, quienes los matarán.
Éste rey, Acrisio, tenía una hija. Una hermosa mujer, llamada Dánae
Cuando el rey vuelve de Delfos, ordena encerrar a su hija en un sótano de palacio, para que ningún hombre pudiera acceder a ella y “conocerla” (Guiño, guiño)
¿Pero, que tienen en común los reyes griegos que son caracagadas y a los que el oráculo vaticinó una muerte violenta a manos de sus hijos/nietos/yernos?
Tienen una hija que está firme cómo teletubby en cama de velcro.
Y Zeus es muy de enterarse de eso.
¿Y qué hace Zeus cuando se entera?
Va y te preña a la nena.
Y uno no puede andar jactándose del suegro; porque viene Hera y te hace algo.
Generalmente malo.
Resulta que Zeus va y la ve a Dánae.
La ve y dice: ¡Ay, me meo!
Y se miyó nomás
Pero sobre la pobre Dánae, en lo que se conoce como lluvia dorada. Y parece que eso tuvo consecuencias inesperadas; los divinos pececitos de Zeus, inundaron el inmaculado cuerpo de Dánae.
Y le llenaron la cocina de humo.
En lugar de mearla, podría haber hecho otra cosa que era mucho más interesante, pero Zeus tenía esas cosas.
Acrisio se enteró que la nena estaba en la dulce espera. Y que necesitaba una ducha.
Pero sabía que, de tomar acciones contra su hija, atentaría contra el hijo de Zeus.
Y Zeus era mucho de fulminarte con el rayo si se enteraba que le limpiabas un descendiente; o te pegaba con la Égida, con resultados igualmente funestos
Tons, Acrisio pensó cómo podía deshacerse de su hija y del niño, que ya había nacido (es lo que tienen los pescaditos divinos; te sacan un botija enterito en un abrir y cerrar de ojos. Cualquier cristiano te hace un pibe en 38, 40 semanas. Pero Zeus te los desarrollaba en un par de noches nomás. Y, como bien puede afirmar Alcmena, Zeus te hacía durar las noches todo el tiempo que quería)
Bueno, total que el rey encierra a hija y nieto dentro de un gran baúl, que luego tira al mar.
Pero, como era medio ladino, agarra y dice: ¡Oh, Poseidón! A ti encomiendo al hijo de Zeus todopoderoso, de rostro cual fuego refulgente. ¡A ti, oh soberano de todas las aguas!
A ti encomiendo al hijo de Zeus y la princesa Dánae de Argos, su madre, mi hija.
Todo esto suena muy ceremonioso, muy griego.
Pero en realidad, era pa lavarse las manos.
Porque, si vos encomendás un baúl al dios del mar, podés alegar que, si sus incómodos ocupantes se ahogan, no es tu culpa, sino la del señor de las aguas.
Entonces, Poseidón se dice, allá en su trono de nácar, rodeado de Nereidas, Sílfides y Tritones; eleva su voz majestuosa, su voz cual rumor de mares lejanos y alegres cañadas de montaña, su voz que recuerda al arcoíris en las cascadas y a la lluvia corta de veranos luminosos.
Y dice: che, pa mí que éste está de dobandi
Porque el culo roto de Zeus se preña a cualquier gato fino de por ahí, y después los defiende como a hijos legítimos.
Así que Poseidón, pa evitarse problemas, se lava las manos y los hace derivar a la isla más cercana, que resulta ser Serifos.
El rey de Serifos se llamaba Polidectes y podía tener múltiples defectos; pero, definitivamente, la ceguera no era uno de ellos; así que, viendo a Dánae, se enamoró de ella.
Dánae lo rechazaba continuamente, por lo que, pasado un tiempo, el bueno de Polidectes, decidió tomar por la fuerza, aquello que no se le daba de buena gana (conducta que contradice aquello de “el bueno de Polidectes”), pero se daba cuenta que Perseo no parecía el tipo de hijos que toman a bien la violación de su madre.
– Mejor lo hago limpiar – se dijo Polidectes – Pero con cuidado, Zeus no debe saberlo.
Pero Zeus, el que lleva la Égida, es muy de enterarse cuando le limpian un hijo.
Es uno de los beneficios de ser el rey de los dioses (eso y descuentos en Corega. Porque sería horriblemente bochornoso que al rey del Olimpo se le caiga un tedien en pleno discurso ¿nocierto?)
Entonces, a Polidectes se le ocurre un plan.
Hace correr la noticia que iba a enamorar a la princesa Hipodamía (que era un caballo)
Perseo, cuando se entera, exclama: ¡Paaah! Esa mina está bárbara, si te la levantás, te hago flor de regalo de bodas; la cabeza de Medusa, una manada de briosos corceles, un apartamento en Puntaleste, lo que quieras.
Ahí Polidectes para la oreja y dice: te tomo la palabra, oh Perseo, querido como un hijo (mentira, pero había que disimular), nada haría mayor honor a mi amor por la bella Hipodamía.
No había forma de echarse atrás, porque toda la corte había oído su promesa, así que Perseo se vio obligado a partir en busca de la cabeza de la más famosa de las gorgonas.
Ser hijo del rey de los dioses tiene pila de ventajas, Zeus movió unos expedientes en el Olimpo y le consiguió algunas cosas que nunca deben faltar en ninguna expedición de matada de Medusa que se precie de tal.
Era una garantía tener de padre a Zeus; ta, ponele que Hera te complicaba, (como al pobre de Heracles) pero igual tenía sus ventajas.
Pero, como todo eso era en el tiempo de antes, no había ADN todavía; no se había inventado; (esas cosas son inventos de los japoneses, viste que a los japoneses se les da bien, eso de hacer las cosas más chicas) Zeus podía negar la paternidad, pero igual, siempre te apoyaba.
Resulta que Zeus le consiguió una bolsa de la que nada podía escapar, unas zapatillas que Hermes usaba para correr (como alitas tenían atrás) y Atenea, (que era medio machona) le regaló un escudo; tan pulido que te podías afeitar en el de lo bien que reflejaba y, por último, un casco de Hades que, si te lo ponías, eras invisible.
Un lujo para meterse en los vestuarios de las mujeres de los baños públicos de Atenas.
Entonces, Perseo va a la caverna donde vivían las parcas, Clotho, Athropos y Laquesis, que serían muy parcas pero tenían un sólo ojo, que se iban pasando por turnos.
Nuestro héroe se escondió tras ellas y, mientras una se le pasaba a otra, se apoderó del ojo que compartían (Re mal, Perseo, ahí; aprovecharse de la gente con capacidades diferentes)
Pero en la antigua Grecia, eran muy de divertirse así; a Homero, ese que escribió de la guerra de Troya y eso, le decíamos que lo ayudábamos a cruzar la circunvalación del Partenón y lo dejábamos ahí, entre los carruajes y eso. Divertidísimo
Y al Pigmalión ese, el escultor, también lo podíamos por rarito (medio enfermito era, se culeaba las estatuas)
“Che, media fría tu novia” le gritábamos, “Media dura de entender, ¿no?” cosas así.
Al final se armó una que estaba muy buena y Afrodita le dio vida (aunque bailando era durísima) y la llamó Galatea.
Al final, todos los que nos reíamos de él, le terminamos envidiando la mina.
Habíamos dejado a Perseo con el ojo que le había robado a las parcas; ellas para recuperarlo, le dijeron donde vivían las gorgonas.
Las gorgonas eran tres hermanas, una de ellas era Medusa.
Se ve que era el apellido o algo, las Gorgonas; como las Pérez, las Gómez, y eso.
Perseo entró a la caverna donde vivían las Gorgonas y esperó a que estuvieran dormidas. Cuando lo estuvieron, usó el escudo de Atenea para cortarle la cabeza a Medusa, sin mirarla directamente.
Porque la cabeza de Medusa, además de lacios cabellos, que en realidad eran víboras, tenía unos ojos horribles cuya sola contemplación, te convertía en piedra.
Y ahí no había Afrodita que te salvara; te quedabas hecho piedra por toda la eternidad y algunos meses más.
Luego de decapitar a Medusa, Perseo guardó la cabeza en la bolsa mágica y huyó.
Pero debió ponerse el casco de invisibilidad, porque las hermanas de Medusa habían despertado y no tomaron muy bien eso de encontrar a la hermana decapitada.
Los zapatos de Hermes son lo último a la hora de surcar raudo los cielos, sobre todo si sos perseguido por un par de furiosas gorgonas, aunque, justo es decirlo, de poco luce la elegancia si uno usa el casco de invisibilidad de Hades.
Cuando Perseo se acercaba a su isla, pasó frente a Etiopía, donde había unos barrancos, a los que estaba encadenada una muchacha.
La madre de la nena no sabía mucho de la debida humildad para con las deidades, así que se anduvo jactando de estar más buena que las Nereidas.
A los dioses no les importa que, en realidad, vos sí estés mas buena que comer dulce de leche con el dedo, lo que les molesta es que lo andes pregonando por ahí, así que llenaron de calamidades al pueblo.
Y los llenaron de plagas e inundaciones, hasta que los sacerdotes dijeron que la pobre botija tenía que ser ofrendada al mar y devorada por un mostro marino.
En aquella zona se daban mucho; había bastante pique de mostros marinos en aquellas costas.
Pero resulta que Perseo venía, vio a esa hermosa muchacha y se enamoró de ella.
Lo que fue muy conveniente para Andrómeda, ya que el mostro se acercaba y parecía tener bastante apetito.
Perseo, sacando la cabeza de Medusa de dentro del saco mágico, se la mostró al mostro al grito de:
“La saco del saco, se la mostro al mostro”
El pobre bicho quedó convertido en piedra y Andrómeda se enamoró de Perseo.
Regresaron juntos a Serifos y encontraron que Dánae y Dictis (un hermano del rey y padre adoptivo de Perseo) se habían encerrado en un castillo, acosados por Polidectes que quería tomar a Dánae por la fuerza.
Entonces, lleno de furia (a ningún botija le gusta que alguien se quiera enhebrar a la madre, y menos medio de a prepo) se apersonó a Polidectes y le dijo: Mirá que linda medusa, la medusa que cacé.
Y el tipo quedó de piedra.
Literalmente
Que es bastante más incómodo que hacerlo en sentido figurado.
Así que, con el apoyo de su hijo adoptivo, Dictis se convirtió en rey de Serifos y colmó de honores a Perseo y Andrómeda.
Luego, Perseo supo que era el legítimo heredero de Argos y para allá marchó, junto a Dánae y Andrómeda.
Acrisio se enteró que su nieto (y con él, la amenaza de la profecía) se dirigía a su reino, así que decidió escapar de incógnito.
Cansado de huir, dijo: ¡Ma sí; yo me vua ver unos partidos!
Y se detuvo a presenciar unos juegos en la ciudad de Larisa. Pero no fue de risa el final de su día, porque Perseo decidió participar en esos juegos, en el lanzamiento de disco.
Hera, que siempre traía desgracia a los hijos de Zeus, hizo que una ráfaga de viento desviara el disco de Perseo, con tanta mala suerte que golpeó a su abuelo, y lo mató.
De esa manera se cumplió la profecía, Perseo se convirtió en rey de Argos por legítimo derecho, pero cedió el trono a uno de sus primos.
Más tarde fundó Micenas, una de las más importantes y hermosas ciudades de Grecia.
Pero eso ya es otra historia.

El primer baño del tío Artemio

Resulta que mi tío Artemio no era muy amigo del agua.
No si no se presentaba en forma de cubitos.
Los demás tíos le decían que no podía ser así, que avergonzaba la familia.
– Tenés que ser como nesotro, Artemio, que se bañamo. Dos vece al año, aunque no haga falta, se bañamo.

Tanto insistieron que quedaron bien arrepentidos cuando, en pleno primer baño, el finadito tío Artemio se ganó ese título.
– Sino le estaríamos diciendo de bañarse, el Artemio taría vivo, todavía.
Hablaban así por telúricos que eran nomás, porque amaban la tierra. Excusa que usaban cuando los invitaban a bañarse.
– No, señor, amo a mi tierra y la llevo pegada. –

Pero el tío Artemio no era así. Trabajaba en los viñedos de Artigas. Cerca de Masoller.
El tío tenía un puesto de importancia. Barría. Pero no sólo dónde se veía, Donde no se veía también, aunque no hubiese alfombras.
Un día viene el gerente, que según el tío no sabía nada, y le dice: ¿Don Ramos, no se me anima a lavarme ahí los barriles?
Mi tío no le tenía miedo al trabajo. No señor. Le mandaban hacer algo y él se quedaba un rato largo quietito, pa’ demostrar que no se amedrentaba.
Valiente, el hombre.
Uno no se quedaría parado delante de un tren o de un tigre furioso. No, porque les tiene miedo.
El tío se paraba ahí, horas delante de un trabajo urgente, sólo pa’ dejar en claro que no le tenía miedo al trabajo.

Bueno, el gerente le pidió que le lavara los toneles y allá fue mi tío.
Y lavó las duelas (así se llaman los palos de los barriles) por afuera.
Tan bien lo hizo que hasta borró los carteles con los nombres de los vinos y las fechas.
Pero él sabía de vinos, así que agarró y les puso todos los nombres que sabía.
Le puso 1924 que fue cuando Uruguay salió campeón olímpico.
Muy del deporte y muy patriota mi tío, para qué negarlo.
Y estaba tan contento que decidió lavar los toneles por dentro también.
Si hago treinta, hago treinta y uno, dijo. Así que agarró la escalera y la apoyó en el barril “Clarete de la casa” cosecha 1924.
Pero le costaba subir con todos los cuestiones, así que dijo: mejor agarro y llevo sólo el jabón.
Y ta, bajó y dejó todo lo demás. Pero allá arriba no había lugar para pasar, así que le sacó la tapa al barril y se metió.
El tío era muy trabajador, pero muy distraído también, así que olvidó que, aunque parecía mentira, en una viña los barriles a veces tienen vino.
Así que, cuando revoleó la pierna, cayó en dos metros y medio de vino.
Con el estruendo vino gente de toda la bodega, para ver que estaba pasando, y lo encontraron al tío Artemio, braceando en el clarete.
La verdad sea dicha, como un tigre se defendió el tío a todos los intentos de sacarlo.
Tanto se resistió que, al final, se ahogó nomás.
Pero les dejó un vino que era un lujo, doce mil botellas del famoso “Clarete de la casa, 1924″.
Eso sí, hubo que velarlo de cajón cerrado, pobre tío, no quedaba bien que tuviera esa sonrisa de oreja a oreja en el propio velorio.
Y menos en el velorio de él mismo.

Pero peor fue cuando le cumplieron la última voluntad, que era ser cremado.
Con todo el alcohol que tenía tío Artemio adentro, el horno empezó a agarrar una temperatura que no se podía estar cerca, brillaba la chimenea.
Un faro parecía.
El horno quedaba cerca del río Cuareim, así que, con la luz que largaba la chimenea, pila de gente bajó esa noche a pescar a la encandilada.
De boca abierta, los pescado.
Bueno, abrían y cerraban, pero estaban bien sorprendidos, animalitos de Dios.
Chimenea así de brillante, no debían tener visto.
Todavía se recuerda, allá en Artigas.
Pero es un recuerdo agridulce, porque, que el tío necesitaba un baño, era cierto.
Pero andar muriéndose así, en pleno horario laboral…
Mirá sí la familia quedaba marcada de desprolija.