Un dinosaurio triste

Estaba lloviendo y mis amigos y yo nos quedamos en casa para merendar. Mamá nos preparó tortas fritas y las comimos con la leche.
De repente empezaron a escucharse los ruidos que hacen los trenes; acá no hacen “chucu”, sino “fuuuiiii”, finito.
Mamá dijo: ¿Chiquilines, a que se parece ese ruido?
El Carlitos que siempre habla sin pensar, dijo ¡¡A la bocina de un auto!!
– No – dijimos todos- no se parece a la bocina de un auto; es más gruesa, como la de un camión. La bocina de un camión se parece a la de un auto, pero más gruesa, esta termina finito y la de un camión, no.
No es como la bocina de un camión tampoco.
Juan levantó la mano como si estuviera en la escuela y dijo, La sirena de un barco – después hizo que no con la cabeza y se quedó pensando…
Nos quedamos esperando para ver que iba a decir- la sirena de un barco no termina finito y esta sí…
Yo los miraba y no se me ocurría nada; pensé en una vaca, pero las vacas hacen “muuuuu”.
Capaz que una vaca triste sí, sino no.
Mi hermanito se puso a mirar una de dinosaurios en la tele y eso me dio una idea.
– Se parece a un dinosaurio, un dinosaurio solo y triste. –
Todos estuvimos de acuerdo.
Mamá sonrió y se fue a la cocina a prepararle el mate a Papá.

Muñecas de trapo

Por enésima vez miró el reloj. El segundero parecía haberse detenido y volvió a temer que se hubiera quedado sin pilas.
La fina aguja se movió y mantuvo un ritmo invariable hasta que dejó escapar el aire, casi mareada. Había estado conteniendo el aliento sin darse cuenta.
Parada junto a la mesa, apoyaba una mano sobre el respaldo de una silla. Esa y la del otro extremo eran las únicas que quedaban del juego original. Las otras fueron víctimas del tiempo y las mudanzas. Estaba descolorida, el asiento ya no era mullido y uno de los resortes asomaba por debajo.
La mesa había perdido brillo. Todo desde su matrimonio había perdido brillo.
Volvió a pasar un trapo húmedo sobre el mantel; estaba limpio, lo sabía, pero a él no le gustaba “comer entre la mugre”.
Fue una de las cosas que aprendió más rápido.
Lo primero que supo fue que le molestaba que le hablara luego del sexo.
Se habían casado rápido; lo vio la primera vez que sus padres la habían dejado salir a bailar, como regalo por su decimoctavo cumpleaños.
Con una seguridad en sí misma que no había sentido nunca antes.
Tal vez fueran esos dieciocho años.

Su madre dijo que todo cambiaría cuando fuera una mujer, pero despertó ese día sintiéndose igual que siempre; los días eran iguales, monótonos y el de su entrada en la adultez no se distinguió de los anteriores o los que siguieron.
Pero un día todo tembló.
Sentada frente a la ventana, leyendo una Corín Tellado de las que había cambiado hacía poco, acompañaba a su madre mientras tejía.
Hmm, dejó escapar la señora; siguió su mirada y vio a Carina, la hija mayor de la vecina de enfrente.
Entendió la desaprobación de su madre. La muchacha volvía a salir con esa pollera por encima de la rodilla. Carina ya había tenido varios novios. ¡Varios! Como tres o cuatro.
Un escándalo. Y, aunque no los conocía, mamá afirmaba que no debían ser trigo limpio.
Ella había visto uno y sintió que la miraba de manera indebida. Sintió un calor que la recorría, pero no le pareció bien. Él no debía mirarla de esa manera, no era apropiado; el calor que había sentido lo probaba.

Su madre levantó la vista del tejido y la miró por encima de sus lentes.
Parecía magia, pero mantenía el ritmo de sus puntos como sí aún los estuviera viendo. Ella creía que contaba los puntos en voz baja mientras no miraba, pero era de mal gusto mirarle los labios.
– El sábado vas a ir a bailar – Contó las hileras que le faltaban para la sisa, afirmó con la cabeza y continuó – Ya sos una mujer, tenés que salir; no podés quedarte para vestir santos.
Recién había cumplido la mayoría de edad, pero mamá pensaba que sí no se casaba antes de los veinte, todos los buenos partidos estarían tomados.

Recibió la noticia casi con horror. ¿Cómo sería salir a bailar? Ella había bailado con sus primos en los cumpleaños de quince. Sueltos, claro, y con su madre vigilando todo como un halcón, pero ella hablaba ahora de salir a una discoteca.
Y todo indicaba que pretendía que fuera sola.

Miró a la calle, pero Carina ya había desaparecido de la vista.
¿Cómo sería tener novio? Tener más de uno era impensable. ¿Pero si su novio tenía bigote? ¿Y si el bigote le hacía cosquillas? ¿Y si tenía mal aliento?
Llevó una mano frente a la boca y olió el suyo.
No tenía ningún olor. Aunque no era probable que su futuro novio apareciera ahora a comprobarlo
.
Por primera vez no recitó todo el rosario en la misa de las siete. Si hoy era viernes, mañana sería sábado y llegaría su primera salida.
Cuando juntó fuerzas para preguntar si su prima más querida podía acompañarla, su madre se negó fastidiada.
Las mujeres que van de a dos se ponen a hablar y reírse entre ellas y los hombres se dan cuenta que son muy niñas.
Vos ya sos una mujer…
Había ido sola. Poco después de entrar vio al que había sido novio de Carina y decidió que él sería su marido.
Esa noche, la acompañó casi hasta su casa. No permitió que pasara de la esquina, pero para endulzar su negativa lo dejó besar su mejilla.
Poco tiempo después la acompañaba hasta la puerta de casa y luego de un mes el candidato era felizmente recibido en casa por su futura suegra.
Antes de un año los anillos habían cambiado de manos y, orgullosa, había agregado un “de Rodríguez” a su apellido.
Fue una fiesta pequeña; algunos amigos del novio y pocos familiares de ambos.
Él tomó mucho.

Cualquier sueño que hubiese tenido sobre su luna de miel quedó desgarrado con su brusquedad.
El alcohol había hecho que no fuera delicado, amable ni paciente.
Tomó lo que era suyo y le dio la espalda. Ella había ensayado mil veces las palabras que diría en ese momento y no quería quedarse sin decirlas. Nada había resultado como soñara, pero era la esposa y eso le daba ciertos derechos; decidió hablar de todas formas.

Cuando empezó, él masculló algo y no se dio vuelta.
Alzó un poco la voz para que no tuviera forma de no oírla; lo que quería decir era importante, lo había ensayado muchas veces.
– Esas gotitas que ves ahí… En realidad, era una sola y bastante grande, pero a su esposo no parecía molestarle; no estaba de su lado.
Continuó hablando hasta que él se dio vuelta despacio…
Al fin la oiría, sabría lo que ella sentía en ese momento.

– ¿Vos me estás tomando el pelo?
Se quedó helada. Jamás se le habría ocurrido una reacción así. – No, no mi amor, yo…
– Entonces callate y dejame dormir.
Trató de explicarle y en ese momento le dio el primer bofetón. No fue muy fuerte, no fue el último. Ni siquiera le dejó una marca.
Eso vendría después.

Las marcas, las “caídas” y hasta el yeso vendrían después.
Ese no fue el golpe más fuerte.
Pero fue el que más le dolió.

Hasta anoche.
Llegó a casa, muy borracho. Sin saludar se sentó en la mesa y empezó a comer. Se limpió la boca con la manga y dijo: Me voy con otra.
Miró el plato de su esposo sin entender. No comían juntos; ella hacía ruido. Él había tratado de enseñarle, varias veces; y creyó haber aprendido. Comieron juntos un par de semanas hasta que, una noche, él dejó caer su tenedor sobre el plato.
– Haces mucho ruido.
Ella se aflojó, había aprendido que si se quedaba floja los golpes dolían menos.
A golpes se aprende.

Pero no le pegó esa noche. Sólo dijo: vas a comer después de mí. Lo miró sin comprender.
– Yo voy a comer, vos vas a lavar mi plato y después vas a comer. – No hace falta ensuciar otro, usas el mío.

De alguna manera aquello la había asustado mucho más que los golpes.
Pero ahora un terremoto había golpeado su vida.
– ¿Q-qué?
– ¿Qué? – remedó él – Que me voy con otra, sorda. Que no te aguanto más. Ahora andá a prepararme la valija. Y pobre de vos que las camisas no queden bien planchadas.
Ella miraba el plato de su esposo. No había acabado aún su comida.
¿Cómo podía estar diciéndole esto si aún no había terminado su sopa? Era inaudito.
Algo estaba mal. Muy mal.
Él amagó a pararse y gritó ¡¡dale mierda!!
Ella fue corriendo hasta el cuarto y empezó a arreglar toda la ropa en dos valijas.
Una tenía el cierre trabado y se quebró una uña al abrirla.
Enchufó la plancha con el dedo en la boca.
El sabor metálico de la sangre la distrajo y dejó calentar demasiado el hierro.
La plancha dejó una leve aura marrón en la solapa de la camisa.
Volvió el hierro hacia arriba y se dio cuenta que lloraba.
Una lágrima cayó sobre el metal y se evaporó con un siseo.
Si se entera de esto me va a pegar, pensó.
En ese momento la cabeza de una de sus antiguas muñecas de trapo se desprendió y cayó sobre la cama.
No había motivo para que eso pasara, así que dejó la plancha y parándose descalza sobre la cama revisó la muñeca descabezada.
De sus hombros sobresalía, a modo de macabro cuello, un rollito de billetes.
Esas muñecas eran lo único suyo que había en la casa. Él las había querido tirar innumerables veces, le habían costado dos costillas y dolores al respirar los días fríos.
Pero estaban allí y eran lo único realmente suyo en esa casa.
Las miró un rato, volvió a poner la cabeza sobre la que la había perdido y le arregló una trenza rebelde.
– Traeme el vermú. – dijo su marido – Y acordate que son dos hielos, no tres.
Al rato, como si no viniera al caso agregó: pelotuda de mierda.

Se acercó por detrás, alzó la plancha y golpeó.
Golpeó por el vermut y por cada piedrita de hielo.
Aunque decidió servirle tres.

Caballo de madera

Hay un caballo de madera.
Un balancín, de patas largas.
Con dos palitos a cada lado de la cabeza, plana, para agarrarse.
Está pintado de Beige.
La crin es roja y los rasgos, azules.
El niño se hamaca.
Lo adora.
Lo encuentra años después.
En una casa de antigüedades.
Lo renueva.
Un gran obsequio para su hijo.
Ahora.
Las imágenes.
La alegría.
El niño cae hacía atrás.
El padre se estira.
Se estira.
Se estiiiiira…

Caligrafía exquisita

Marcelo Zapata tenía muy buena letra. Todas las maestras se lo decían.
Su madre estaba contenta, con eso. Marcelo no.
La diferencia de criterio se basaba en que su madre no entendía la dinámica masculina.
Tal vez hubo un tiempo en que la buena caligrafía (mierda por conocer esa palabra) era motivo de orgullo grupal y envidia silenciosa.
Pero eso fue hace mucho, y, Marcelo no tenía dudas al respecto, sólo entre mujeres.
Ahora, si tenías una buena cali… (¡no, no, y no! Si tenías buena letra). Ahora, si tenías buena letra, te odiaban.
Bueno, capaz que no te odiaban, odiaban, pero el resultado era tres cuartos de lo mismo; tus “compañeritos” (¡ay, mamá! ¿Cómo pudiste decirlo en voz alta?) te llamaban al orden, te pegaban, te “atendían”.
Eso era lo natural, lo había entendido por segundo o tercero, mas o menos por la época en que entendió que no era buena idea comentárselo a sus padres.
Mamá había ido a hablar con la maestra, que después les dedicó una perorata que les consumió medio recreo.
Marcelo creyó que perder la mitad del recreo, había hecho que sus compañeros entendieran que se habían comportado mal; pero no. Naturalmente que no.
Y demostraron su molestia de la manera más física posible.

Cuando le contó a su padre, a la salida (sí, había sido en tercero. Fue el último año antes que papá cambiara de horario), éste lo miró y le dijo: “Bueno, te voy a anotar en Karate”
Marcelo lo miró incrédulo, esperando una sonrisa o algo que le confirmara que su padre bromeaba, pero no; parecía haberlo dicho en serio.

– O se está volviendo loco, o cree que, de verdad voy a aprender de un día para otro – pensó.
Su padre seguía hablando se los beneficios que le traería el aprender karate: te va a hacer bien mover el cuerpo, vas a sentirte mejor, vas a tomar aire y te vas poder defender. – y dándole un leve codazo (su padre era bastante bajo), agregó: ¡¡y las nenas te van a perseguir!!
Marcelo lo volvió a mirar, su padre le guiñó un ojo y eso confirmó sus sospechas.
Lo había dicho en serio.

A su madre no, no le gustó la idea, no aprobaba “toda esa violencia”, pero estuvo de acuerdo en que le vendría bien un poco de ejercicio, “Para que tome un poco de colorcito”.

La suerte le sonrió a su hijo, pues el profesor dijo no tener cupos.
– Puedo ponerlo en lista de espera, y llamarlos si algún niño deja de venir, pero a esta altura del año, es bastante difícil. – Miró a Marcelo y lo sorprendió con una sonrisa franca – Vas a tener que esperar, campeón.
Éste le devolvió la sonrisa sin darse cuenta, el profesor le había caído bien instantáneamente; casi lamentó no poder empezar.

Al poco tiempo, sus padres olvidaron las artes marciales y él siguió siendo el blanco de burlas y golpes de algunos de sus compañeros.

El peor era Lautaro, un niño insoportable al que su madre jamás había podido controlar (Marcelo lo sufría desde el jardín de infantes). La mujer se limitaba a llamarlo y repetir “Lautaro, vení. Hace caso, le voy a decir a papá”
Todo con el mismo tono aburrido que el niño no parecía oír.
Lautaro era un misterio para Marcelo (quien creía que también debía serlo para su madre), hasta tercer año había llorado todos los días de la primera semana de clases.
Corría, empujaba, pegaba y gritaba, ajeno a los llamados de su madre hasta bien pasada la hora de entrada, sí, por casualidad, ella podía agarrarlo en sus correrías, la pateaba y se resistía con furia, Marcelo recordaba la sorpresa cuando vio aquello por primera vez, pero llegado el momento de entrar al salón, Lautaro se abrazaba a las piernas de su madre como un náufrago se aferra a un salvavidas.
La última oportunidad, fue memorable (la penúltima en realidad); Lautaro había hecho toda su actuación habitual y ya nadie le dedicaba más que una mirada aburrida, cuando tropezó con sus piernas al aferrarse a su madre.
El resultado fue que la mujer lo dejó caer para sostener los pantalones deportivos que su hijo había bajado accidentalmente al tratar de sostenerse.
El niño ni sintió el golpe, con una risa histérica trataba de volver a bajarle el pantalón, revolviéndose cada vez que su madre lograba atraparlo.
Su hijo alcanzó a bajarlo un poco por segunda vez, pero eso colmó la paciencia de la mujer, quien le dio un bofetón que lo hizo caer al piso.
El niño alcanzó a mirarla incrédulo un par de segundos, antes que su madre, roja de furia y vergüenza, lo levantara de una oreja y se lo llevara de vuelta a casa.
Al día siguiente, toda la escuela esperaba con ansias el segundo acto de aquel drama; pero uno de los actores cambió.
Lautaro y su padre aparecieron en la esquina y todos los ojos estuvieron clavados en ellos hasta que sonó el timbre.
El hombre, que vestía un mameluco engrasado y no había soltado a su hijo ni un segundo, lo llevó hasta la puerta del salón y, sin siquiera mirarlo, lo dejó junto a la puerta.
Lautaro no lloró ese día, ni ninguno de los siguientes, tampoco cuando su madre volvió a llevarlo todas las mañanas.

En sexto se había enamorado de una compañera y Marcelo tenía la mala suerte que esa niña, su compañera de banco, era de las pocas que le hablaban y que no lo trataban como a un bicho raro.
Pero Lautaro, que aparecía periódicamente con manchas de grasa en las manos, no veía con buenos ojos esas atenciones.
De poco valía explicarle, pues parecía inmune al influjo de las palabras, y el razonamiento tampoco era algo que se le diera muy bien.
Así que las golpizas volvieron, y realmente eran complicadas, porque Lautaro defendía a “su mujer”, el hecho que la niña lo despreciara y que él prácticamente no pudiera mas que balbucear cuando se dirigía a ella, no parecía importarle mucho.
Porque ella era “su mujer”, porque él ya trabajaba, él ya era un hombre.
Marcelo trataba de evitarlo de todas las maneras posibles y, la verdad, se le iba dando bien. Lautaro no se le había podido acercar en cerca de dos semanas.
Pero todos tenemos necesidades, y Marcelo debió ir al baño una mañana.
Odiaba usar el baño de la escuela; el piso siempre estaba mojado por una gotera casi centenaria, los mingitorios no tenían presión de agua y las bachas tenían dos de tres canillas rotas.
Pero lo peor era sí uno tenía que hacer “lo otro”; en los cubículos, de paredes muy escritas y rayadas con dedos sucios, no había inodoros sino tazas turcas.
Marcelo no usaba el baño salvo en casos de extrema necesidad y éste, gracias a algo que comió y le había producido una descompostura terrible, entraba de lleno en esa categoría.
Mientras discutía con la maestra que necesitaba ir al baño, que lo necesitaba faltara poco para el recreo, se dio cuenta que no sólo era una necesidad; era una emergencia.

Mientras se aliviaba, en precario equilibrio por no querer tocar las paredes, sonó el timbre del recreo.
Se limpió concienzudamente, tiró la cadena por segunda vez y, al abrir la puerta, casi se dio de lleno con Lautaro.
La vieja cisterna hacia un ruido atroz, y, a decir verdad, estaba tan concentrado en salir sin tocar nada, que no habría notado ni siquiera la entrada de un elefante.

– Mirá quién está acá – dijo el otro con tono casi alegre – el que me quiere sacar mi mujer.
Había dos o tres con él, siempre los hay alrededor de los matones, que festejaron lo que dijo, aunque no parecieron entenderlo.
– Vení, maricón, “letra linda”, vení que te voy a mostrar lo que hacen los hombres. –
Marcelo fue súbitamente consciente de todos los olores que poblaban el baño. Fue consciente de cada uno de ellos y lo que significaba.
Y supo que estaba perdido. Contra Lautaro era prácticamente imposible defenderse, pero con sus seguidores cubriendo la salida, ni siquiera tenía sentido plantearse resistir.
Pero Lautaro sacó una revista que tenía en el bolsillo trasero y, con un ademán orgulloso, se la mostró a los demás.
– ¡Esto es lo que compra un hombre con su primer sueldo! – y abrió la revista pornográfica para que todos pudieran verla.
Marcelo la miró con bastante curiosidad al principio, las revistas de ese tipo eran algo casi mitológico a aquella edad, aunque, al poco rato, empezó a sentirse asqueado.
No entendía muy bien la mitad de las fotos y la otra mitad le parecían simplemente asquerosas, pero Lautaro y sus amigos estaban absolutamente fascinados con las imágenes.
– Mirá, esto es lo que le voy hacer a la Karen – decía y sus amigos asentían sin quitar los ojos de las fotos, callados salvo algunas exclamaciones ahogadas.
Cuando creyó que había pasado un tiempo prudencial, Marcelo dijo “bueno, me voy” y empezó a alejarse despacio. Si les llamaba la atención corriendo o algo, lo más seguro es que olvidaran la revista y se ocuparan en pegarle.
Creyó que lo había logrado cuando sintió una pesada mano caer sobre su hombro. Los olores volvieron a ser nítidos, casi tangibles y esta vez, Marcelo apretó el puño y se dispuso a golpear. Lo habían dejado acercarse a la puerta y contaba con la sorpresa.
Pero la voz Lautaro no fue amenazante, incluso su agarrón se sentía distinto.
– Este es el que me va a ayudar en las pruebas, éste es el que me va a pasar todas las respuestas. – lo giró casi sin esfuerzo y preguntó – ¿noverdá?
Marcelo decidió que no, que no le iba a pasar las respuestas, que no le iba a pasa una sola puta respuesta; pero recordó cómo Lautaro había compartido con él su revista, luego de encontrarlo en el baño, absolutamente inerme y cambió de opinión.
– Si, amigazo, te las voy a dar. – sonrió.
Lautaro pareció absolutamente sorprendido, tanto que no hizo nada cuando Marcelo se alejó tranquilo.

Al día siguiente, Marcelo se apuró como nunca en marcar todas las opciones de su hoja de prueba, pero la dejó sin firmar. Cuando la maestra se distrajo respondiendo una pregunta, pasó la prueba terminada hacia atrás y recibió la de Lautaro, casi en blanco, a excepción de la fecha, casi dibujada en el vértice de la hoja.
“El hombre” era tan imbécil que todavía le costaba escribir algunos números.
Molesto, Marcelo borró la fecha y, antes de rellenar la hoja de prueba, puso, con su mejor caligrafía, su nombre y la fecha…

Pasó el fin de semana y el lunes lo encontró tranquilo, feliz. Lautaro pasó a su lado y al grito de ¡amigazo! chocaron las palmas.

La maestra se sentó y comenzó a dar las notas según el sentido en que estaban sentados, luego de decir la de Marcelo (49 respuestas correctas, sobre un total de 50) dijo la de Lautaro.

El estudiar mucho, tiene ventajas. En las pruebas, por ejemplo, uno sabe bien cuáles son las respuestas correctas. Por eso, Marcelo hizo una mueca al saber que había fallado una respuesta.
La mueca se mantuvo aun cuando sintió la pesada mano de Lautaro dándole golpecitos en el hombro, felicitándolo.
Saber todas las respuestas correctas, implica saber, también, cuáles no lo son; por eso, la sonrisa volvió por fin a Marcelo, cuando oyó la nota de Lautaro.
Un resonante cero en cincuenta.

Conversacione con Dio

Resulta que bajé del ónimo medio tarde porque la noche había estado buena y larga.
¿Y cuando estaba llegando a casa, no veo a la patrona yendo pa´la feria?
Lío en fija, así que agarré y me metí en el primer lugar que encontré.
La iglesia.
¡¡Dio mío¡¡ ¿No había un lugar mejor pa meterme?
Y ya que estaba, agarro y me quedo en misa y le agradezco a Dio la mina que me levanté.
Todas las vieja estaban arrodillada así que me arrodillé yo también.
– Gracias Dio, por la mina que me levanté, taba divina la porteña esa…
¿Y no se me aparece Dio parado al lado mío? ¿Podés crer?
– Ejem… Ta, Dio, ponele que toy pecando, pero te agradezco igual. Bueno, yo sé ques la mujer diotro y tengo la mía.
Dio me miraba con cara de milico de tránsito mirando el pibe que le sacó el auto a los viejos.
– Yo la amo y siento que a ella le pasa lo mismo.
Dio nada, seguía serio.
– E verdá, le digo yo. Dio nada y yo que me pongo nervioso y le entro a esplicar bien rápido.
Que no, que mirá que vive allá lejos (casi digo en el culo del mundo, pero eso no se le dice a Dio. Meno en la iglesia)
Fuego y condenación eterna ahí mismo.
– Que no me la cogí, Dio.
Ahí Dio levantó una ceja y se oyeron unos truenos.
Mal yo ahí, porque Dio ve todo. Porque Dio es Dio. ¿Entendé? Ve todo, aunque te escondás.
Te sabe los número de la quiniela Dio.
Pero no juega. Siempre gana. Y si ganá siempre no tiene gracia.
Dio le dice a Rodríguez Tabeira, sacame el 621 a la cabeza y él va y se los saca.
¿No se los va sacar? Si es Dio que le dijo.
Do por tré, Dio está aburrido y va y te hace salir el 03 ques el número de San Cono.
Chocha la gente de contenta.
Bueno Dio, me agarraste, me la cogí. ¡Pero solo una vé!
¿Qué? ¿Que en el altar juré fidelidá?
Pero no dije que no iba a coger.
Ademá me dolía un huevo, Dio. Vo sabé. Pero igual el compañero anduvo.
Ahí Dio medio descruzó los brazo…
Me mira como diciendo: cierto, te la compliqué pila esa noche. ¿Eh? Pero saliste adelante. Eso me complace.
Porque sí, Dio es de meterte el dedo en el culo, pero si salí adelante te respeta.
Como a Onán, que era flor de pajero, pero está en la Biblia.
E un apóstol, creo.
Como que lo descoloqué a Dio cuando le hice acordar que me hizo doler un huevo toda la noche.
Ahí nomá le dije que de la Biblia sabía cualquier cantidá.
Preguntá. Dio, le digo, preguntá nomá.
Medio se sonrió y me dice: ¿Los mandamientos y eso del orgullo lo leíste alguna vez?
Voz gruesa tiene Dio.
Te canta en cualquier orquesta Dio si quiere.
Pero no quiere. ¿Por qué pa qué se mete uno en las orquestas?
Pa montarse las mina. Te ven en el escenario y emputecidas quedan.
Pero Dio no quiere eso. Lo prohibió y todo.
Y Dio no é peronista pa andar trampeando a los que lo votaron.
Entonces no canta en ninguna orquesta.
Yo le digo, no Dio, ese día no vino el monaguillo y no enseñaron esa parte en catequesi.
Y me pregunta de lo apóstole.
Yo le digo, y lo maté.
No lo maté, porque Dio e imortal, pero le dije: ¡Caín, Abel, Poncio Pilato y el faraón de egito papá!
Ahí Dio abre grande los ojos y larga la carcajada. Se ve que se alegró de encontrar uno que sabía tanto.
Ahí Dio me palmea la cabeza y me dice, ta bien hijo mío, ve conmigo.
Porque así dice Dio cuando dice ve con Dio
Y desapareció.
Abrí las vista y estaba una monjita barriendo la iglesia.
Dicen que algunas monja andan siempre medio necesitada, pero esa era vieja y yo con ella no quería nada.
Agarré y me fui pa casa.

El elefante del Circo

Por culpa de uno de esos circos que van de pueblo en pueblo, una vez mi abuelo Braulio ‘tuvo detenido por faltarle el respeto a la autoridá.

Resulta que fue uno allá, a Artigas.
Tenían un forzudo, unos malabaristas, un mono que te peliaba, un mago y hasta un tigre de los de verdá.
Mis tíos, que eran muchachones, le pidieron al abuelo Braulio pa ir.
El meta decir que no, que no.
Que había que trabajar en la chacrita. Muy humilde era nuestra chacra,
no llegaba a las quince mil cuadras de campo.
Pero al final los dejó ir el sábado. ¡¡Pero me llegan bien temprano que
mañana vamo a misa!!

Pasaron por lo de los Moraes, levantaron al tío Albino (era medio de pocas luces el tío Albino) y allá marcharon pal pueblo y esa carga de promesas que era el circo.

Todo muy lindo, se rieron de los payasos, sobretodo el tío Albino.
No entendieron cómo la muchacha se paró después quel mago la cortara al medio.
El mago se parecía a uno de los malabaristas, capaz quera el mismo

Y le admiraron la enjundia al que se metió con el tigre. Tenía un látigo y todo, pero eso de meterse en una jaula con un tigre…

Anunciaron que iban a traer al elefante.
Pero aaannnteeeeesss – preguntó un engominado que presentaba – ¿Quién se atreve a desafiar aaaaaa Caaaaabilaaaaaaa el orangután traído del Aaaaaaafricaaaaaa?

Según el tío Bartolo, Aaaafricaaaaa quedaba por Salto o un poco mas allá.

El tío Américo dijo que ningún salteño le iba a ganar a él y allá se mandó pa la pista.

El tío Asdrúbal, que tenía buena vista, dijo quel mono tenía un cierre atrás, en la espalda y ojos verdes.
Como el forzudo, dijo, pero estaban empezando la pelea y nadie le dio bola.
Ya era viejo cuando lo conocí al tío Américo, pero me contó quel mono tenía pila de fuerza.
Cuando le dije de los ojos verdes, dijo quera cierto.

Empezaron a pelear, el mono le tiró un par de sopapos bien dados y el tío Américo se calentó.
Medio lo agarró del cogote y el mono dijo: ¡Aflojá, aflojá hijo de puta!

Nadie le iba a ensuciar a la mama por más oratanguán y salteño que fuera; así quel tío se afirmó y entró a apretarle el cuello.

Entonces empezaron a pasar pila de cosas y todas muy rápido.
El mono entró a mover los brazos como si fuera un molino en plena turbonada.
El presentador, el mago, un payaso a medio vestir y un malabarista de pantalón apretado se metieron a la pista pa separar.

Y le entraron a pegar a tío Américo.

Ahí entraron los otros tíos y se armó flor de desbarajuste.

¡¡ Dejalo, dejalo – gritaba una malabarista – lo vas a matar, es mi marido!!

Pero era raro porque el tío sólo tenía al mono del cogote.
Y la mujer, por más salteña que fuera, no iba a estar casada con un oratanguán de ésos.
Así que seguía apretando.
En eso entra un flaquito con un rebenque largo y agarra a todo el mundo a los rebencazos.

De repente se escucha un ruido espantoso y la carpa se empieza a mover.
¡¡El elefante!! gritaron todos los del circo agarrándose la cabeza y salieron corriendo pa fuera.

La carpa se fue cayendo despacito y los tíos aprovecharon para escaparse entre todo el lío que se armó.
El tío Américo había soltado al orangután cuando oyó aquel tremendo grito, así que no hubo que convencerlo de nada.
El tío Asdrúbal aprovechó para tocarle el culo a la mujer del mono cuando pasó cerca.
Pero ella ni se dio cuenta.
Cuando llegaron a las casas, el tío Américo estaba desconsolado porque le habían roto la camisa de salir. El pobre Albinito tenía un ojo morado y nadie sabía quién le había pegado.
Dejaron a Albino en la casa y se acostaron calladitos.

Cuando el abuelo Braulio se levantó, no sabía qué era lo que lo había despertado.
Pero los perros lloraban. Y eran perros muy de atropellar, así que algo raro pasaba.
Cuando se asoma ve un animal monstruoso de grande, gris oscuro con los primeros clareos del día.
El abuelo no sabía qué era eso, pero sí sabía que le estaba rompiendo todas las plantas de manices.
Don Braulio no sabía que aquello era un elefante. No se da mucho el elefante silvestre en Artigas. No crece.

El abuelo Braulio decidió llamar a la comisería.
El nuestro fue el primer teléfono rural de Artigas y uno de los primeros del país. Nos sentábamos todas las tardes a mirarlo un rato.
Cuando el comisario atendió, demoró bastante porque había tenido “flor de lío en el circu e’ mierda ese” el abuelo le contó que un animal enorme le estaba deshaciendo media plantanción.

– Lárguele los perro, propuso el comisario.
– Mire si me los mata – respondió el abuelo.
– Bueno, descríbamelo – dijo el comisario.
– Es gris, grandote y parece que tiene dos rabos.
– ¿Dos rabos? – preguntó el oficial – ¿Uno al lado del otro?
– No señor – dijo el abuelo – uno atrás y otro adelante.
– ¿Usté me está tomando el pelo, don Ramos? – preguntó el milico.
– No señor – dijo el abuelo ofendido – yo no miento y menos el día del señor.
– Bueno – dijo el comisario – dígame qué está haciendo.
– ¿¡No le digo que me está deshaciendo toda la plantación de manice?!
– Bueno, sí, le dijo, pero ¿qué hace con lo manice?

El abuelo veía mejor ahora que había clareado, pero no sabía si decirle o no al comisario lo quel bicho estaba haciendo.

– No sé si decirle – dijo el abuelo.
– ¡Vamos hombre! ¡Dígame de una vez!!
– ¿Vio que le dije que tenía dos rabos?
– Ajá – dijo el comisario.
– Bueno, agarra los manice con un rabo y …

Así fue cómo el abuelo Braulio se fue detenido por faltarle el respeto a la autoridá.

Pocos pesos de propina

Poco tiempo.
El taxi en la esquina.
Corro, no quiero perderlo.
Nadie dentro.
Nadie a la vista.
Mucho tránsito.
Taxis llenos.
El chofer sale del kiosco.
Sí, está libre.
La puerta trancada.
Da la vuelta despacio.
Renguea.
Apenas.
Se acomoda.
Demora demasiado.
No abre.
Pone algo junto a la radio.
Se estira y saca el seguro.
Agraciada y Bulevar
Un semáforo.
Otro.
Tres seguidos.
Maneja despacio.
Le pido que se apure.
Después que choqué, no corro más.
¿Te bajás y esperas otro?
No respondo.
Antes tampoco jugaba.
Señala.
Un número de lotería.
Junto a la Radio.
Sí ganas, es pa lío.
Mucho problema.
A mi dejame así.
Pero mi mujer dice que juegue.
Ponete el cinto.
Mucho milico, y la multa la pago yo.
Mirá esas minas.
Se les ve todo.
Liceales, tiene razón, polleras muy cortas.
Putas de chicas.
Todas putas.
Pasamos frente a una iglesia.
Se persigna.
Todas putas, repite.
¿Podemos ir más rápido?
No responde.
No acelera.
Hace calor.
Voy a llegar tarde.
Más semáforos.
Tiene que frenar de golpe.
Un ómnibus pasa cerca.
Muy cerca.
Se para en la bocina.
Están de vivos, estos.
Ahora acelera, enojado.
Llego justo a tiempo.
¿No tenés más chico?
Voy a buscar.
Se baja.
Esperame acá
Demora.
Lo veo conversar.
Una cinta roja en el retrovisor.
Olor a tránsito.
A tabaco viejo.
Sigue hablando.
Se ríe.
El billete de lotería.
Lo guardo.
Cruza despacio.
Me da el cambio.
Le dejo propina.
Poca.
Menea la cabeza.
Bajo.
Doblo la esquina.
Miro.
Va lejos.
Llego dos minutos tarde.
Me dicen que espere.
Miro el billete.
Lindo número.
Se sorteó a la tarde.
No saqué.

Perseo era crá

Perseo era crá
Pasa esto; había un rey, medio caracagada, allá en la antigua Grecia.
Bueno, con eso no limito mucho el rango, pero igual.
De otra manera que tampoco reduzco el target, es diciendo que éste rey consultó al oráculo, en Delfos, sobre su futuro.
Sigo sin reducir mucho diciendo que el oráculo dijo que su nieto lo mataría; más o menos, eso se aplica a la mitad de la realeza de Grecia.
La otra mitad, es aquella a la que la pitia dice que serán sus hijos, en lugar de sus nietos, quienes los matarán.
Éste rey, Acrisio, tenía una hija. Una hermosa mujer, llamada Dánae
Cuando el rey vuelve de Delfos, ordena encerrar a su hija en un sótano de palacio, para que ningún hombre pudiera acceder a ella y “conocerla” (Guiño, guiño)
¿Pero, que tienen en común los reyes griegos que son caracagadas y a los que el oráculo vaticinó una muerte violenta a manos de sus hijos/nietos/yernos?
Tienen una hija que está firme cómo teletubby en cama de velcro.
Y Zeus es muy de enterarse de eso.
¿Y qué hace Zeus cuando se entera?
Va y te preña a la nena.
Y uno no puede andar jactándose del suegro; porque viene Hera y te hace algo.
Generalmente malo.
Resulta que Zeus va y la ve a Dánae.
La ve y dice: ¡Ay, me meo!
Y se miyó nomás
Pero sobre la pobre Dánae, en lo que se conoce como lluvia dorada. Y parece que eso tuvo consecuencias inesperadas; los divinos pececitos de Zeus, inundaron el inmaculado cuerpo de Dánae.
Y le llenaron la cocina de humo.
En lugar de mearla, podría haber hecho otra cosa que era mucho más interesante, pero Zeus tenía esas cosas.
Acrisio se enteró que la nena estaba en la dulce espera. Y que necesitaba una ducha.
Pero sabía que, de tomar acciones contra su hija, atentaría contra el hijo de Zeus.
Y Zeus era mucho de fulminarte con el rayo si se enteraba que le limpiabas un descendiente; o te pegaba con la Égida, con resultados igualmente funestos
Tons, Acrisio pensó cómo podía deshacerse de su hija y del niño, que ya había nacido (es lo que tienen los pescaditos divinos; te sacan un botija enterito en un abrir y cerrar de ojos. Cualquier cristiano te hace un pibe en 38, 40 semanas. Pero Zeus te los desarrollaba en un par de noches nomás. Y, como bien puede afirmar Alcmena, Zeus te hacía durar las noches todo el tiempo que quería)
Bueno, total que el rey encierra a hija y nieto dentro de un gran baúl, que luego tira al mar.
Pero, como era medio ladino, agarra y dice: ¡Oh, Poseidón! A ti encomiendo al hijo de Zeus todopoderoso, de rostro cual fuego refulgente. ¡A ti, oh soberano de todas las aguas!
A ti encomiendo al hijo de Zeus y la princesa Dánae de Argos, su madre, mi hija.
Todo esto suena muy ceremonioso, muy griego.
Pero en realidad, era pa lavarse las manos.
Porque, si vos encomendás un baúl al dios del mar, podés alegar que, si sus incómodos ocupantes se ahogan, no es tu culpa, sino la del señor de las aguas.
Entonces, Poseidón se dice, allá en su trono de nácar, rodeado de Nereidas, Sílfides y Tritones; eleva su voz majestuosa, su voz cual rumor de mares lejanos y alegres cañadas de montaña, su voz que recuerda al arcoíris en las cascadas y a la lluvia corta de veranos luminosos.
Y dice: che, pa mí que éste está de dobandi
Porque el culo roto de Zeus se preña a cualquier gato fino de por ahí, y después los defiende como a hijos legítimos.
Así que Poseidón, pa evitarse problemas, se lava las manos y los hace derivar a la isla más cercana, que resulta ser Serifos.
El rey de Serifos se llamaba Polidectes y podía tener múltiples defectos; pero, definitivamente, la ceguera no era uno de ellos; así que, viendo a Dánae, se enamoró de ella.
Dánae lo rechazaba continuamente, por lo que, pasado un tiempo, el bueno de Polidectes, decidió tomar por la fuerza, aquello que no se le daba de buena gana (conducta que contradice aquello de “el bueno de Polidectes”), pero se daba cuenta que Perseo no parecía el tipo de hijos que toman a bien la violación de su madre.
– Mejor lo hago limpiar – se dijo Polidectes – Pero con cuidado, Zeus no debe saberlo.
Pero Zeus, el que lleva la Égida, es muy de enterarse cuando le limpian un hijo.
Es uno de los beneficios de ser el rey de los dioses (eso y descuentos en Corega. Porque sería horriblemente bochornoso que al rey del Olimpo se le caiga un tedien en pleno discurso ¿nocierto?)
Entonces, a Polidectes se le ocurre un plan.
Hace correr la noticia que iba a enamorar a la princesa Hipodamía (que era un caballo)
Perseo, cuando se entera, exclama: ¡Paaah! Esa mina está bárbara, si te la levantás, te hago flor de regalo de bodas; la cabeza de Medusa, una manada de briosos corceles, un apartamento en Puntaleste, lo que quieras.
Ahí Polidectes para la oreja y dice: te tomo la palabra, oh Perseo, querido como un hijo (mentira, pero había que disimular), nada haría mayor honor a mi amor por la bella Hipodamía.
No había forma de echarse atrás, porque toda la corte había oído su promesa, así que Perseo se vio obligado a partir en busca de la cabeza de la más famosa de las gorgonas.
Ser hijo del rey de los dioses tiene pila de ventajas, Zeus movió unos expedientes en el Olimpo y le consiguió algunas cosas que nunca deben faltar en ninguna expedición de matada de Medusa que se precie de tal.
Era una garantía tener de padre a Zeus; ta, ponele que Hera te complicaba, (como al pobre de Heracles) pero igual tenía sus ventajas.
Pero, como todo eso era en el tiempo de antes, no había ADN todavía; no se había inventado; (esas cosas son inventos de los japoneses, viste que a los japoneses se les da bien, eso de hacer las cosas más chicas) Zeus podía negar la paternidad, pero igual, siempre te apoyaba.
Resulta que Zeus le consiguió una bolsa de la que nada podía escapar, unas zapatillas que Hermes usaba para correr (como alitas tenían atrás) y Atenea, (que era medio machona) le regaló un escudo; tan pulido que te podías afeitar en el de lo bien que reflejaba y, por último, un casco de Hades que, si te lo ponías, eras invisible.
Un lujo para meterse en los vestuarios de las mujeres de los baños públicos de Atenas.
Entonces, Perseo va a la caverna donde vivían las parcas, Clotho, Athropos y Laquesis, que serían muy parcas pero tenían un sólo ojo, que se iban pasando por turnos.
Nuestro héroe se escondió tras ellas y, mientras una se le pasaba a otra, se apoderó del ojo que compartían (Re mal, Perseo, ahí; aprovecharse de la gente con capacidades diferentes)
Pero en la antigua Grecia, eran muy de divertirse así; a Homero, ese que escribió de la guerra de Troya y eso, le decíamos que lo ayudábamos a cruzar la circunvalación del Partenón y lo dejábamos ahí, entre los carruajes y eso. Divertidísimo
Y al Pigmalión ese, el escultor, también lo podíamos por rarito (medio enfermito era, se culeaba las estatuas)
“Che, media fría tu novia” le gritábamos, “Media dura de entender, ¿no?” cosas así.
Al final se armó una que estaba muy buena y Afrodita le dio vida (aunque bailando era durísima) y la llamó Galatea.
Al final, todos los que nos reíamos de él, le terminamos envidiando la mina.
Habíamos dejado a Perseo con el ojo que le había robado a las parcas; ellas para recuperarlo, le dijeron donde vivían las gorgonas.
Las gorgonas eran tres hermanas, una de ellas era Medusa.
Se ve que era el apellido o algo, las Gorgonas; como las Pérez, las Gómez, y eso.
Perseo entró a la caverna donde vivían las Gorgonas y esperó a que estuvieran dormidas. Cuando lo estuvieron, usó el escudo de Atenea para cortarle la cabeza a Medusa, sin mirarla directamente.
Porque la cabeza de Medusa, además de lacios cabellos, que en realidad eran víboras, tenía unos ojos horribles cuya sola contemplación, te convertía en piedra.
Y ahí no había Afrodita que te salvara; te quedabas hecho piedra por toda la eternidad y algunos meses más.
Luego de decapitar a Medusa, Perseo guardó la cabeza en la bolsa mágica y huyó.
Pero debió ponerse el casco de invisibilidad, porque las hermanas de Medusa habían despertado y no tomaron muy bien eso de encontrar a la hermana decapitada.
Los zapatos de Hermes son lo último a la hora de surcar raudo los cielos, sobre todo si sos perseguido por un par de furiosas gorgonas, aunque, justo es decirlo, de poco luce la elegancia si uno usa el casco de invisibilidad de Hades.
Cuando Perseo se acercaba a su isla, pasó frente a Etiopía, donde había unos barrancos, a los que estaba encadenada una muchacha.
La madre de la nena no sabía mucho de la debida humildad para con las deidades, así que se anduvo jactando de estar más buena que las Nereidas.
A los dioses no les importa que, en realidad, vos sí estés mas buena que comer dulce de leche con el dedo, lo que les molesta es que lo andes pregonando por ahí, así que llenaron de calamidades al pueblo.
Y los llenaron de plagas e inundaciones, hasta que los sacerdotes dijeron que la pobre botija tenía que ser ofrendada al mar y devorada por un mostro marino.
En aquella zona se daban mucho; había bastante pique de mostros marinos en aquellas costas.
Pero resulta que Perseo venía, vio a esa hermosa muchacha y se enamoró de ella.
Lo que fue muy conveniente para Andrómeda, ya que el mostro se acercaba y parecía tener bastante apetito.
Perseo, sacando la cabeza de Medusa de dentro del saco mágico, se la mostró al mostro al grito de:
“La saco del saco, se la mostro al mostro”
El pobre bicho quedó convertido en piedra y Andrómeda se enamoró de Perseo.
Regresaron juntos a Serifos y encontraron que Dánae y Dictis (un hermano del rey y padre adoptivo de Perseo) se habían encerrado en un castillo, acosados por Polidectes que quería tomar a Dánae por la fuerza.
Entonces, lleno de furia (a ningún botija le gusta que alguien se quiera enhebrar a la madre, y menos medio de a prepo) se apersonó a Polidectes y le dijo: Mirá que linda medusa, la medusa que cacé.
Y el tipo quedó de piedra.
Literalmente
Que es bastante más incómodo que hacerlo en sentido figurado.
Así que, con el apoyo de su hijo adoptivo, Dictis se convirtió en rey de Serifos y colmó de honores a Perseo y Andrómeda.
Luego, Perseo supo que era el legítimo heredero de Argos y para allá marchó, junto a Dánae y Andrómeda.
Acrisio se enteró que su nieto (y con él, la amenaza de la profecía) se dirigía a su reino, así que decidió escapar de incógnito.
Cansado de huir, dijo: ¡Ma sí; yo me vua ver unos partidos!
Y se detuvo a presenciar unos juegos en la ciudad de Larisa. Pero no fue de risa el final de su día, porque Perseo decidió participar en esos juegos, en el lanzamiento de disco.
Hera, que siempre traía desgracia a los hijos de Zeus, hizo que una ráfaga de viento desviara el disco de Perseo, con tanta mala suerte que golpeó a su abuelo, y lo mató.
De esa manera se cumplió la profecía, Perseo se convirtió en rey de Argos por legítimo derecho, pero cedió el trono a uno de sus primos.
Más tarde fundó Micenas, una de las más importantes y hermosas ciudades de Grecia.
Pero eso ya es otra historia.

El primer baño del tío Artemio

Resulta que mi tío Artemio no era muy amigo del agua.
No si no se presentaba en forma de cubitos.
Los demás tíos le decían que no podía ser así, que avergonzaba la familia.
– Tenés que ser como nesotro, Artemio, que se bañamo. Dos vece al año, aunque no haga falta, se bañamo.

Tanto insistieron que quedaron bien arrepentidos cuando, en pleno primer baño, el finadito tío Artemio se ganó ese título.
– Sino le estaríamos diciendo de bañarse, el Artemio taría vivo, todavía.
Hablaban así por telúricos que eran nomás, porque amaban la tierra. Excusa que usaban cuando los invitaban a bañarse.
– No, señor, amo a mi tierra y la llevo pegada. –

Pero el tío Artemio no era así. Trabajaba en los viñedos de Artigas. Cerca de Masoller.
El tío tenía un puesto de importancia. Barría. Pero no sólo dónde se veía, Donde no se veía también, aunque no hubiese alfombras.
Un día viene el gerente, que según el tío no sabía nada, y le dice: ¿Don Ramos, no se me anima a lavarme ahí los barriles?
Mi tío no le tenía miedo al trabajo. No señor. Le mandaban hacer algo y él se quedaba un rato largo quietito, pa’ demostrar que no se amedrentaba.
Valiente, el hombre.
Uno no se quedaría parado delante de un tren o de un tigre furioso. No, porque les tiene miedo.
El tío se paraba ahí, horas delante de un trabajo urgente, sólo pa’ dejar en claro que no le tenía miedo al trabajo.

Bueno, el gerente le pidió que le lavara los toneles y allá fue mi tío.
Y lavó las duelas (así se llaman los palos de los barriles) por afuera.
Tan bien lo hizo que hasta borró los carteles con los nombres de los vinos y las fechas.
Pero él sabía de vinos, así que agarró y les puso todos los nombres que sabía.
Le puso 1924 que fue cuando Uruguay salió campeón olímpico.
Muy del deporte y muy patriota mi tío, para qué negarlo.
Y estaba tan contento que decidió lavar los toneles por dentro también.
Si hago treinta, hago treinta y uno, dijo. Así que agarró la escalera y la apoyó en el barril “Clarete de la casa” cosecha 1924.
Pero le costaba subir con todos los cuestiones, así que dijo: mejor agarro y llevo sólo el jabón.
Y ta, bajó y dejó todo lo demás. Pero allá arriba no había lugar para pasar, así que le sacó la tapa al barril y se metió.
El tío era muy trabajador, pero muy distraído también, así que olvidó que, aunque parecía mentira, en una viña los barriles a veces tienen vino.
Así que, cuando revoleó la pierna, cayó en dos metros y medio de vino.
Con el estruendo vino gente de toda la bodega, para ver que estaba pasando, y lo encontraron al tío Artemio, braceando en el clarete.
La verdad sea dicha, como un tigre se defendió el tío a todos los intentos de sacarlo.
Tanto se resistió que, al final, se ahogó nomás.
Pero les dejó un vino que era un lujo, doce mil botellas del famoso “Clarete de la casa, 1924″.
Eso sí, hubo que velarlo de cajón cerrado, pobre tío, no quedaba bien que tuviera esa sonrisa de oreja a oreja en el propio velorio.
Y menos en el velorio de él mismo.

Pero peor fue cuando le cumplieron la última voluntad, que era ser cremado.
Con todo el alcohol que tenía tío Artemio adentro, el horno empezó a agarrar una temperatura que no se podía estar cerca, brillaba la chimenea.
Un faro parecía.
El horno quedaba cerca del río Cuareim, así que, con la luz que largaba la chimenea, pila de gente bajó esa noche a pescar a la encandilada.
De boca abierta, los pescado.
Bueno, abrían y cerraban, pero estaban bien sorprendidos, animalitos de Dios.
Chimenea así de brillante, no debían tener visto.
Todavía se recuerda, allá en Artigas.
Pero es un recuerdo agridulce, porque, que el tío necesitaba un baño, era cierto.
Pero andar muriéndose así, en pleno horario laboral…
Mirá sí la familia quedaba marcada de desprolija.

Mariposas que olían flores

En Japón, los cuadros son poesía.
Una vez, un maestro.
Puso la prueba final a sus alumnos.
Dibujen, dijo:
Un caballo que haya corrido entre flores.
Cosa harto difícil.
Pues, es fácil dibujar un caballo corriendo entre flores.
Más no que haya corrido entre flores.
Pero el maestro había sido explícito en su parquedad.
Frente a sus alumnos, sentado, y sin levantar la vista de su trabajo de caligrafía.
Dijo: Un corcel corrió entre los campos de flores.
Y un gesto, tan sutil como grácil, indicó que podían retirarse.
Una reverencia silenciosa.
A la que el maestro respondió, más con la voluntad que con el cuerpo.
Los despidió.
Larga se hizo la noche.
Llena de temores.
Y dudas.
La vergüenza de la familia.
La falta de aptitud.
La convicción que parecía ganar.
Pero la duda reptaba en el fondo de la mente.
Las horas fueron cortas.
Y, uno a uno, presentaron sus trabajos.
Los ojos húmedos del maestro.
Sus pasos cortos.
Vacilantes.
Piernas débiles y manos llenas de gracia.
Se detuvo.
Asintió.
Los demás bajaron los hombros.
El maestro había vuelto a su caligrafía.
Y ellos esperaron.
De a uno, se movieron.
Y miraron el dibujo elegido.
Silenciosas reverencias de respeto.
El incrédulo aprendiz.
En su último día como tal.
Esperaba atónito.
Las sakuras estaban en flor.
El sonido del agua en el jardín.
Una de las flores cayó frente a sus ojos.
Eso lo despertó.
Con pasos cortos.
Temiendo hacer un ruido que rompiera el hechizo.
Miró su dibujo.
Mariposas volando junto a los cascos de un caballo.
Mariposas que aún olían las flores…