Zetting

– Finnegan, deberá hacerse cargo de su escuadra. – dijo el capitán Fortswithe – ¿Puede hacerlo o tendré que llamar a alguien más, chief?

No había “alguien más”; días atrás, los pacos y las ametralladoras pesadas habían diezmado el regimiento desde casi una milla de distancia. Por eso el capitán hablaba conmigo, apenas un cabo, para que dirigiera la artillería durante el ataque. Pero, aunque nuestros números fueran los correctos, habría aceptado sin vacilar; quería vengarme de aquellos bastardos.
El ataque a Zetting era apenas una manobra de diversión dentro de una ofensiva mayor que cubriría varios sectores del frente, sería la respuesta aliada a la ofensiva de las Ardenas. Los nazis nos habían tomado por sorpresa y el alto mando quería que pagaran la afrenta con sangre.

Observaba el pueblo desde una colina cercana. Nos habíamos dado de bruces con un habitante que huía aprovechándose de la confusión y nos había hablado de dónde estaban los alemanes y con qué equipamiento contaban. Con esa información había precisado dónde caerían mis obuses; llamé varias veces a la unidad meteorológica para cerciorarme de como estaría el clima a la hora del ataque; no quería que nada saliera mal.
De repente un reflejo en el campanario llamó mi atención. Duró menos de un segundo y apenas lo vi por el rabillo del ojo, pero estoy convencido de que estaba allí. Revisé mis notas y vi que la iglesia no era uno de los objetivos. Eso habría de cambiar, porque no había mejor lugar que la altura de su torre para instalar un nido de ametralladoras o para que un paco se apostará allí con su fusil de precisión.
Comuniqué las nuevas coordenadas a mis muchachos para que agregaran ese objetivo; un par de disparos de 105 serían suficientes.

Cuando llegó la hora señalada, me quedé pegado a los binoculares mientras los obuses volaban sobre mi cabeza, me puse en marcha cuando vi que el campanario de la iglesia comenzó a desmoronarse tras un impacto directo.
Trepé de un salto al jeep que me aguardaba colina abajo y avanzamos en loca carrera tras la infantería que corría tras la cortina de artillería que se desplazaba barriendo todo a su paso. Había que tener cojones para hacerlo; a veces, la metralla y los escombros volaban sobre ti, pero si les dabas tiempo, los hunos se reponían y comenzaban a disparar ni bien levantaban la cabeza.

Llegué diez minutos tras la avanzada y la situación parecía ya de relativa calma.
– Los nazis abandonaron el pueblo ayer por la noche, chief. – dijo un soldado nada más bajé del jeep. – Sólo hay algunos heridos que se quedaron para cubrir a sus camaradas…

No sé cómo habría continuado, pero una mujer le interrumpió con sus gritos, mientras corría hacia nosotros.
– ¡Les enfants! ¡Les enfants, monsieur soldat! – no hablaba una palabra de francés, pero uno de los alemanes, alarmado, tradujo: ¡los niños, se refiere a los niños!

Corrimos tras la mujer y al girar una esquina vinos cómo el campanario de la iglesia había caído sobre un edificio anexo a ésta. Uno de los muchachos corrió hacia mí, líneas claras marcaban sus mejillas, las lágrimas habían barrido el polvo, allí.
– La torre cayó sobre el orfanato, chief. Habían traído niños de toda la zona. –

¡Oh Dios, no! – pensé mientras corría. – ¡Por las dulces lágrimas de Cristo, no permitas que haya asesinado niños!

Nos lanzamos sobre los escombros, tratando de liberar a los pequeños. En un momento alguien, no recuerdo si francés, alemán o de los nuestros, levantó la mano y pidió silencio.
Sobre el tronar de los cañones del ataque principal, a cinco millas de allí, escuchamos el ahogado llanto de los niños atrapados bajo los escombros.
Luchamos contra los restos de las paredes derrumbadas, y, poco a poco, fuimos abriéndonos camino. El esfuerzo no conocía de bandos, pues aún los alemanes, con sus vendas ensangrentadas, se afanaban igual que nosotros.
Pero sus camaradas, que no sabían de nuestro esfuerzo, iniciaron un contraataque y el pueblo recibió su segunda barrera de artillería del día.
Milagrosamente, las cargas cayeron a nuestro alrededor mas no afectaron nuestro trabajo. Quedaba poco, ya, cuando empezaron a oírse disparos.
Muchos de mis compañeros huyeron, pero yo no podría haber vivido de haberlo hecho, así que me quedé, escarbando con mis manos desnudas, manchando de sangre cada escombro que tocaba.
De repente, una bala silbó sobre mi cabeza y otras más le siguieron como abejorros enfurecidos, me volví, tratando de tomar mi Garand cuando vi una granada volando en mi dirección.
La explosión me hizo volar por los aires, un retorcido trozo de metal asomaba de mis entrañas.
Antes de perder el sentido vi que los niños empezaban a salir por un hueco entre los escombros; uno de ellos clavó sus ojos en los míos, como si supiese quién era yo.
Ese es mi último recuerdo de la guerra…

Haditha

El calor era abrasador, incluso para alguien criado en Nuevo México. En casa podías soportarlo porque sabías que, por más pesado que estuviera el sol, el aire acondicionada te esperaba cuando volvías al camión o la casa. En la noche la temperatura volvería a caer, como siempre lo hacía en el desierto, pero a mediodía nada quería moverse. Desearía estar en casa, allá, en Los Álamos, la semana próxima será el día de la pesca sin licencia. De estar allí invitaría al viejo e iríamos a tirar nuestras líneas al río Bravo. Tal vez así le encuentre sentido a la pesca, entienda por qué mi padre ama tanto hacerlo.
Pero ya he vuelto a distraerme, es la segunda vez que me pasa desde que he llegado. Lo más probable es que se deba a que este es el primer año que pasaré mi cumpleaños lejos de casa. Ya no soy un crío, pero la distancia tiene esas cosas. La añoranza, el desear cosas que jamás harías estando en Nuevo México.
Hace más de dos horas que estoy controlando el pueblo; los marines avanzan casa por casa y debo cubrirles las espaldas.
Esta zona es tranquila, no es Fallujah, pero nunca puedes fiarte de estos cerdos; no hay un día en que algunos de ellos quieran ganarse un viaje al infierno. Su único equipaje, una mochila cargada de explosivos. Daesh, les llaman aquí, aunque en voz baja, temerosa; hasta el ejército iraquí les teme.
¡Payasos! Perdieron casi todo su territorio sin ofrecer resistencia, huyeron como cobardes, dejando atrás incluso algunos de los Abrams que les dimos para volver a crear sus unidades acorazadas.
Esta semana apenas di cuenta de cuatro de ellos, muy lejos de la leyenda de Chris Kyle, pero lo suficiente para poner nervioso a algunos jefazos entre los jodedores de cabras. Inteligencia dice que han enviado a un par de sus francotiradores a cazarme.
No me preocupa, no les temo. Ellos creen ser muy valientes, pero en Sinjar retroceden frente a los kurdos y sus francotiradoras.
Abdulillah dijo que, si es una mujer quien te mata, no puedes ir al cielo, no te ganas el pasaje vip al prostíbulo de vírgenes que Alá montó en el cielo.
Por lo menos su paraíso parece más divertido que su país, donde no beben y están rezando la mitad del día; cualquiera lo desearía con esa vida miserable en este lugar horrible.

La radio cruje, Jim responde y me informa que hay un francotirador activo en el sector cinco. Debemos movernos rápido; el humvee llegará en dos minutos y hacerlo esperar es peligroso. Se detiene entre una nube de polvo, carrera hacia él, gritos, una conducción temeraria y subir tres pisos corriendo hasta el sitio donde estará nuestra posición de tiro.
Es un buen lugar, el campo de tiro está limpio y desde aquí controlo cinco bloques de la calle principal. Lo único que me molesta es que un hilo de la red de camuflaje está frente a mi visor. Miro a Jim, pero está transmitiendo nuestra posición al capitán; decido componer yo mismo mi puesto. Me agacho frente a la ventana, miró el cañón de mi Barrett y muevo un poco más la red.
– Sin novedad, cambio y fuera. – dice mi camarada; luego me mira y agrega. – ¡Sal de ahí, idiota! ¡Pueden dispararte!
Siento un golpe en la cabeza y me desplomo. Jim corre hacía mí…

El viento

En el período de deshielo el agua, bravía, alcanzaba el metro de altura, aun más en las partes estrechas. Pero ahora el río era apenas un hilillo de agua que avanzaba entre los cantos rodados.
El follaje se cerraba sobre nosotros, dando la idea de que avanzábamos en una galería natural con vitrales por los que se colaban los rayos de sol.
Habríamos dado la vida por Timmy; era objeto de todas nuestras burlas, le decíamos cosas tan terribles como sólo pueden decirse a tus mejores amigos; apenas les daba importancia, sabía que contaba con nosotros, sabíamos que contábamos con él.

Habíamos planeado esa expedición por meses, nuestros padres dudaron antes de autorizarnos, pero luego de posponerla en un par de ocasiones, dieron el brazo a torcer y allí estábamos; alejándonos de la civilización, a dos horas de nuestros patrios traseros.

Avanzábamos despacio por el lecho del río, cuidando donde poníamos los pies, pues los cantos rodados son traicioneros, aunque estén secos.
Timmy iba detrás, no porque sus piernas fuesen más débiles (que lo eran) sino porque todo le llamaba la atención. Todo, literalmente. Se agachaba cada pocos pasos para observar un caracol, alguna piedra verde de musgo o los pececillos atrapados en un mermante estanque natural.
Peleábamos con él, le decíamos que se diera prisa, que era una suerte contar con él en caso que apareciera algún oso. Era tan distraído que no se daría cuenta aunque la bestia lo tragase.
Pero no podíamos culparle, no realmente. Había mucho para ver, mucho para oír, tocar y hasta para oler. La tenue brisa se encargaba de traernos los aromas del bosque, el olor del agua que corría, el fresco, verde, aroma de las coníferas, o el fétido de algún animal muerto. Nos deteníamos a menudo olfateando el aire cual animales, intentando saber de dónde provenía cada uno de los olores que percibíamos.

Brad se ocultó detrás de un árbol para orinar y mientras esperábamos que retornara miramos lo que Timmy había recogido por el camino.
Debía de dejar de recoger todo cuanto le llamaba la atención. Estaríamos dos días y una noche en el bosque y a ese ritmo llenaría nuestras mochilas con sus cosas.
Cuando Brad regresó dijo que había hecho lugar para un pequeño refrigerio, eso hizo que nos diéramos cuenta que estábamos famélicos. Comimos los sándwiches que mi madre había hecho; los chicos los amaban, mamá era la única persona sin canas que aún preparaba mayonesa natural.

Stuart dijo que debíamos ponernos en movimiento de nuevo, todavía faltaba mucho para llegar. Él no tenía más claro que nosotros hacia dónde nos dirigíamos, pero todos sabíamos que faltaba un par de horas para sentir que habíamos llegado.
Comenzamos a andar, hablando entre nosotros; Timmy se había rezagado de nuevo y cada cierto tiempo le instábamos a que apretara el paso.
En un momento le oímos decir Puajj, pensamos que podía haber visto algo, pero estaba parado allí, tomándose la nariz.
Nos miramos unos a otros hasta que un aire tibio y fétido nos envolvió y entendimos el porqué de la expresión de disgusto de nuestro amigo.
Pasó tan rápido como llegó; cuando sentimos que el aire volvía a ser fresco de a poco nos fuimos aventurando a respirar. Tal vez habíamos pasado cerca de un animal en descomposición, uno grande sin dudas, y el viento nos trajo su hedor.
Sea lo que fuere estábamos seguros que no queríamos dormir cerca de aquella cosa, por lo que apretamos el paso y, por un rato, caminamos todos al mismo ritmo.

De repente Brad dijo que el bosque estaba en silencio. Nos detuvimos. Era cierto; no se oía el canto de las aves, ni el insistente repiquetear de un carpintero que nos había acompañado un buen tramo.
Nos miramos extrañados y cuando nos volvimos a preguntarle a Timmy si escuchaba algo, era el de mejor oído, vimos algo que nos quitó el aliento.
A lo lejos, los árboles a los lados del río se movían como azotados por un intenso viento que avanzaba cuál si fuese una ola. Y se acercaba.

Timmy fue el primero en echar a correr y todos seguimos su ejemplo. Mientras huía me di cuenta que aquel extraño silencio se hacía más denso, no escuchaba más que mis pasos, los de mis amigos y el sonido de vidrio al romperse. Stuart era religioso y jamás decía malas palabras, pero en ese momento le escuché soltar un “Oh, mierda”. Seguí su mirada y vi que Timmy se había detenido y buscaba algo entre las piedras, sus lentes habían caído. Era un topo sin ellos; los necesitaba.
La ola de viento se acercaba, azotando los árboles a medida que consumía la distancia que le separaba de nosotros, devoraba los metros en silencio.
En completo, sobrenatural silencio.

Gritábamos a Tim que se diera prisa; que, por amor de Dios, se apresurara cuando la ola le alcanzó. Presa del pánico miró atrás en el último minuto y así le recuerdo, de espaldas cuando el viento que avanzaba llegó a él, agitó su cabello y desapareció.
Tan repentinamente como había empezado, aquella ola invisible se esfumó ni bien llegó a nuestro amigo. Él se mantuvo allí, levemente agachado, en la posición en que nos encuentra el miedo, momentos antes de echar a correr.

Se enderezó y parecía más alto, más fuerte, más… No lo sé, salvaje.
Seguía de espaldas cuando Brad le llamó. Su tono aprensivo cuando dijo ¿Timothy?
No Tim, ni Timmy. Brad llamó Timothy a su amigo de toda la vida.
Vimos que pareció sobresaltarse y se volvió. Lentamente.

Recuerdo cuánto me asustó aquella sonrisa voraz antes que se abalanzara sobre nosotros…

Compañeros de mesa

Pietro Vilela estuvo a punto de cortarse cuando la idea llegó a su cabeza. Bajó la Gillette con una sonrisa incrédula, ¡las cosas que se le ocurrían a uno cuando la radio no funcionaba!

El tano es un hombre puntual, decían en el ministerio, siempre marca en hora. Incluso cuando los paros de transporte dejaban medio capital a pie, el tano Vilela no llegaba ni un minuto tarde. Ni a la oficina ni al café.
En el café también sabían que era un hombre de costumbres regulares. No era mucho más lo que conocían de un habitué de casi tres décadas, pero eso era algo que podía decirse de toda la clientela de “Don Victoriano”.

Porque aquel lugar tenía una característica única; allí no se hablaba. Nadie, ni mozos, ni clientes, ni siquiera algún despistado que entrara por primera vez; nadie. Y eso, en opinión de Vilela, estaba muy bien

Cuando empezó a trabajar los compañeros de área se dieron cuenta que había heredado la verborragia de su padre, a quien resultaba imposible sacarle algo más que un “buenas” dicho entre dientes. La leyenda decía que una vez lo habían oído despedirse, pero la gente en las oficinas tiende a exagerar.

Ya no quedaban quienes recordaran al viejo, la vida sedentaria y silenciosa se le había ido una tarde cuando la primera bala de un tiroteo lo encontró saliendo del subte. El viejo Fabiano habría gruñido con disgusto ante el escándalo que siguió; tiros, sirenas y puteadas de milicos y asaltantes rodeaban el cadáver que se enfriaba en la vereda.

Poco dejó el viejo y nada que no estuviera ya en casa, así que la vida de su hijo no había cambiado mucho. Casi podría decirse que la única herencia había sido su lugar en el café al que llegaba siempre media hora antes de empezar a trabajar.
Esa mañana Pietro ocupó el lugar que fuera de su padre, el mozo dejó el café, el platillo con las dos medialunas y se fue sin decir palabra. Como siempre.

Todo fue lenta rutina hasta que un día un hombre se sentó del otro lado de la mesa. Quedaban un par de mesas libres pero el hombre había elegido compartir la suya; Pietro se sintió un poco invadido, pero no dijo nada. El desconocido tampoco habló y el mozo se mantuvo fiel a su silencio. Así empezó una nueva rutina en la vida de un hombre que pocas veces usaba aquella palabra. Una costumbre que pronto se volvió cotidianidad y poco después, invisible, como todas las cosas que no cambian.

Pero algo no estaba bien, algo comenzó a incomodar a Vilela. Primero fue como un ruido que se escucha a lo lejos y no puede identificarse, luego como algo que se percibe más allá del rabillo del ojo y que no está ahí cuando miramos. Por unos días pensó que tal vez pudiera estar por enfermarse, pero no, nunca lo había hecho y no tenía motivos para empezar en ese momento. Algo no estaba bien y eso al tano Vilela lo tenía a mal traer.

Hasta que llegó el día en que casi se cortó con la máquina de afeitar. Y pasó porque se dio cuenta que su piel ya no estaba tan firme como antes, nunca había pensado en envejecer, no tenía sentido pensar en lo inexorable. Pero la radio se había descompuesto y esa mañana en el baño sólo se escuchaba el sonido del agua corriente y el suave rumor de la hoja al rozar una piel lampiña.

Así que Pietro se miró al espejo con una atención que nunca antes se había permitido. Sí, su piel no era la misma, incluso su color pálido había cambiado un poco de tono. El tiempo pasa para todos, pensaba, cuando reparó que no. No recordaba que la piel de su compañero de mesa hubiera cambiado desde que se sentara junto a él.
Capaz que es el diablo, se dijo, y la idea fue tan tonta y repentina que estuvo a punto de cortarse. Debió bajar la máquina de afeitar, sorprendido por las cosas que se le ocurren a uno cuando la radio deja de funcionar la noche anterior.

Pero como su compañero de mesa, aquella idea había llegado para formar parte de su rutina y parecía tener toda la intención de quedarse. Entonces Pietro decidió sacarse la duda y mirar a aquel hombre con todo el cuidado y disimulo que pudiera aunar.

No, el tipo tenía la misma cara, la misma piel que el primer día. Lo sabía porque lo había mirado con detenimiento, sorprendido cuando se había sentado con él en lugar de ocupar alguno de los lugares libres que quedaban.

Camino a la oficina hizo cuentas. Al viejo lo habían matado veintiséis, no, veintiocho años atrás. ¿Tanto? ¡Qué increíble, veintiocho años, ya! Y este hombre habría llegado unos meses, medio año después, como mucho.

Nadie vive casi treinta años sin que le cambie la cara. Pero este tipo sí. Habían muerto clientes, se habían cambiado lámparas, mozos y hasta la marca de la soda, pero este hombre estaba igual. Se vestía igual, pensó Pietro, aunque eso no era raro; él seguía usando las mismas camisetas del once desde quién sabe cuándo.
Pero este hombre no envejece, se dijo, y se dio cuenta que eso era una convicción. De haber sido otro café tal vez hubiera podido preguntarle, pero en Don Victoriano la gente no hablaba, hasta había un cartelito en el mostrador que lo recordaba.

El menú era corto, allí; muy corto. Sólo se servía café con medialunas. Un vaso de café, otro de soda y un platillo blanco con dos medialunas. Ni siquiera tenías que preguntar el precio porque estaba allí, en el cartelito. Tomabas tu café, comías una medialuna y pagabas, no hacía falta hablar.
Nadie sabía el nombre de nadie, ni siquiera el de los mozos. Nadie conversaba, nadie pedía otro café en voz alta, nadie preguntaba a su compañero de mesa si el infierno realmente tenía olor a azufre.

Al año Pietro decidió seguirlo, ver dónde trabajaba, averiguar su nombre, saber más de él. No fue una decisión fácil porque si el hombre iba muy lejos el tano Vilela podía llegar tarde por primera vez. Pero lo perdía, no importaba qué tan atento estuviera a cada paso de su perseguido, lo perdía. Una vez caminó tan cerca que no hubiera ni siquiera tenido que estirar el brazo para tocarlo, pero una mujer pasó entre ambos y cuando volvió a mirar el hombre ya no estaba allí. Quedó tan sorprendido, tan absolutamente absorto que cuando volvió en sí debió correr casi diez cuadras para llegar transpirado y jadeando marcar cuando casi terminaba el minuto de su hora de entrada.

Compró el arma cuando vio que se estaba quedando calvo. Un Taurus, treinta y ocho milímetros o algo. Lo tenía en el cajón de su escritorio cuando el gerente de área le dijo que no podían dejarle pasar más tiempo, tenía que tomarse licencia.

– Pero ¿qué voy a hacer? – preguntó en tono desvalido.
Su jefe meneó la cabeza y se fue sin responder.

El Taurus le pesaba en el bolsillo del saco cuando llegó a Don Victoriano. Poco después entró el diablo a tomar su café. Pietro miró la medialuna que el otro siempre dejaba, hizo tiempo para que no se diera cuenta que le seguía y salió.
Caminaba casi una cuadra atrás, mucho más lejos de lo que había estado nunca y sin embargo esa vez no lo perdió.

Esperó ocho horas frente a la puerta del edifico y lo vio salir, despreocupado, con el pelo abundante moviéndose con el viento.
Lo siguió desde el otro lado de la calle y tuvo un pequeño momento de ansiedad cuando lo vio meterse al subte. Cuando bajó lo vio casi enseguida, el tren llegó rápido y subieron a vagones contiguos. Lo controló a través de las puertas y demoró bajar hasta que el timbre acabó de sonar.

La calle no estaba bien iluminada, algunos focos estaban rotos y en una de esas lagunas oscuras Pietro sacó el revólver y desde pocos pasos disparó hasta vaciar el cargador. Siete tiros que no sonaron tan fuerte como esperaba, pero que no inmutaron al hombre a quien iban dirigidos.

Debajo de un foco encendido su compañero de mesa se volvió, lo miró con una semisonrisa decepcionada y con ese tono, entre aleccionador y divertido, que se usa con los niños lentos, que no miden los riesgos de sus travesuras, dijo: Pieeetroo…

Kepler-907c

“Trescientos setenta billones de kilómetros. Poco más o menos. O dicho en un lenguaje que hacía que nuestro trabajo pareciera más interesante, treinta y nueve años luz.
A esa distancia había nacido la emisión que respondió una de las preguntas más antiguas de la humanidad…
Cuando de pequeño miraba Cosmos, una de las frases de Sagan me marcó profundamente; recuerdo su hablar pausado diciendo: Que gran desperdicio de espacio sería si realmente estuviésemos solos.
Miré a mi alrededor, al exiguo mobiliario que teníamos en el remolque. La cama de mis padres sobre un extremo, la mía, que al plegarse formaba la mesa donde comíamos, y nuestro único lujo, un televisor blanco y negro que era mi ventana al mundo. Sentado allí la idea de desperdiciar espacio me parecía escandalosa. Tanto que debí salir y mirar al cielo preguntándome qué demonios significaba tener todo ese vasto universo nada más que para que en él vivieran personas detestables como la maestra Dillion, aquel idiota de Chuck Winslow o, sin ir más lejos, mi padre.
Aquel momento cambió mi futuro, porque fue en esa cálida noche de 1980 en que decidí dedicar mi vida a demostrar que no, que todo lo que veíamos no era apenas un enorme escenario para unos pocos actores…”

El viejo era astrofísico y uno famoso, además. Uno que había inspirado a toda una generación que quería formar parte del ya no tan selecto grupo de escuchas celestiales. El Dr. Jerry Thomas era un científico, pero demonios si no era también un narrador excelente. En esas entrevistas que esperaba se convertirían en su video biografía oficial, el anciano había hablado de los calores húmedos y agobiantes de Arecibo, de las noches gélidas del desierto de New México y de cómo una noche las alarmas sonaron cuando preparaba el café que le mantenía despierto.
Al principio creyó que era imposible, una estrella tan cercana habría sido estudiada en innumerables ocasiones y cualquier señal que se originara allí tendría que haber sido descubierta años atrás. Y sin embargo el equipo así lo mostraba. De Gliese 1132, una estrella que se encontraba en términos espaciales a un paso de la tierra, llegaba una señal que, a primera vista, era de origen inteligente. El joven astrofísico respiró hondo, se obligó a seguir cada uno de los pasos del protocolo, hizo todas las llamadas correspondientes y cuando comenzaba a sentirse orgulloso de su profesionalismo y presencia de ánimo recordó algo que le hizo desplomarse en su asiento.
Resultaba extraño que hubiera olvidado algo que le obsesionara por meses y que se había concretado apenas quince días atrás. Un nuevo software había hecho mucho más certero el procesamiento de las señales; esos nuevos algoritmos eliminaban el ruido de fondo y permitían que las emisiones anómalas destacaran de la estática. Y eso habían hecho con la emisión proveniente de Gliese 1132, filtraron el ruido y se enfocaron en una señal tan débil que apenas se distinguía del entorno.
Accedió a la información sobre aquel sistema solar y su corazón estuvo a punto de detenerse. Era un sistema Kepler, había un planeta no mayor que la tierra, casi en el centro de la “zona ricitos de oro” y, lo más importante, su atmósfera no era tenue, sino densa como la de nuestro planeta. Aunque cuando empezaron a descubrirse habían despertado gran revuelo, los planetas potencialmente plausibles de albergar vida habían caído rápidamente en el interés del público.
La prensa había abusado de los titulares infundados y la gente culpaba a la Nasa por su decepción. Pero eso cambiaría pronto, porque de Kepler-907c acababa de llegar una señal que sólo podía ser causada por seres inteligentes.

Habían pasado casi treinta años desde que recibimos aquella señal, y aunque el escepticismo había reinado al principio, la humanidad debió aceptar la realidad más removedora de su historia. No estábamos solos, y lo más aterrador, probablemente no fuéramos tan especiales como nos habíamos habituado a creer.
Lingüistas, criptógrafos y científicos de todas las disciplinas trabajaban mancomunadamente en un esfuerzo frenético por descifrar la lengua de nuestros primos lejanos, pero sin éxito.
Se reconocieron varios sistemas lingüísticos distintos, aunque con predominio muy marcado de dos de ellos, “Los dos imperios” como les llamó un periodista avispado.
El público abrazó la denominación, como acontece siempre con aquello que está lejos de la realidad, pero tiene la dimensión de lo simple. Los políticos usaron la frase para justificar su enemistad con sus rivales, asesinatos raciales fueron cometidos porque también en el cosmos había razas, se formaron comunidades pregonando la paz universal y mientras tanto la vida siguió.
Día a día, distinta, pero igual.

Ignorábamos si los Keplerianos podían recibir nuestras señales, si habían elevado sus antenas al cielo buscando aquello que nos había permitido encontrarles, pero muchos deseábamos fervientemente que así fuera porque apenas faltaba una década para que nuestra respuesta llegara a su planeta. El optimismo inundaba el proyecto.

Hasta que llegó el primer pico.

Se trató de mantener en secreto, pero con tantos oídos atentos la tarea resultaba imposible. Los rumores se extendieron como reguero de pólvora y las reuniones de gabinete se convocaron a una velocidad aún mayor.
Cuando se cotejaron los datos el horror asomó a los ojos de todos; aquel pico no podía deberse a otra cosa que a una prueba nuclear.

Hubo varias más a lo largo de casi un lustro y con el nuevo instrumental pudimos discernir que las pruebas se realizaban en lugares diferentes.
Nos hubiera encantado gritarles que se detuvieran, que no anduvieran ese camino, pero nuestras buenas intenciones tardarían casi cuarenta años en llegar. Sentíamos que corríamos una carrera contra el tiempo, que los acontecimientos cambiarían su curso cuando nuestra primera transmisión de respuesta llegará. No sabíamos si estaban escuchando el exterior como hacíamos en la tierra, pero identificarían sus transmisiones dentro de la nuestra y sabrían que los habíamos encontrado.

Nos aferramos a la esperanza de que, aunque no pudiesen decodificar el mensaje (sin referencias nosotros aún no lográbamos discernir el suyo) el saber que no estaban solos, y que una civilización más desarrollada había logrado dejar atrás el peligro nuclear les ayudaría a entender que la paz era posible.

Y de repente, uno tras otro y por espacio de casi dos semanas los picos llegaron. Una cima que se dio en un día y fue decreciendo hasta desaparecer.

Y ahora, desde el hogar de nuestros hermanos pequeños no recibimos más que silencio…

El Último Regalo

Ana lo vio llegar; vio el coche girar casi tocando la fuente. Poco antes se había ido Juan. Tenían todo calculado, el tiempo siempre ajustaba perfectamente.
Él llegaba siempre a las dos de la tarde, media hora antes Fausto dejaba la casa. Luego tendrían cuatro horas para amarse, para demostrar lo que sentían el uno por el otro, para sentirse.
Fausto entró mientras pensaba; era quince años mayor que ella, la había visto crecer, forjar su belleza. Cuando Ana cumplió los veinte se casaron; pronto haría dos años.

– Te traje un regalo, mi vida. Espero que te guste, combina con tus ojos – dijo.

Ella se acercó con dos pequeños pasitos y suavemente lo besó en los labios.
Fausto sacó una pequeña cajita de su bolsillo izquierdo y con una leve inclinación de cabeza se la entregó.
Ana sonrió, abrió la caja…
La esmeralda brilló y el oro bajo ella pareció desaparecer. En el negro terciopelo de la caja, el brillo del oro que parecía irreal y la clara pureza de la esmeralda parecían resaltar su belleza. Ella no pudo contener una exclamación de sorpresa y júbilo.

– Quiero probármela – dijo – ¿puedes colocármela?

Mientras lo decía, se volvía recogiendo sus cabellos; el azabache de su pelo contrastaba con la blancura de su piel. Fausto colocó el collar en su cuello y la besó, sintió su perfume atrapante y sugestivo…
Todo en ella era perfecto, sus labios, su piel, su cuerpo… Su cuerpo era la realidad más hermosa que los sueños pudieran pedir.
Ana nunca se sacaba su collar, a veces hasta dormía con él.

Ese día Fausto llegó más temprano que de costumbre, era la víspera de su aniversario, mañana cumplirían dos años juntos, dos años desde que se conocieran y que ella soportara la dulce crueldad que terminó con su inocencia.
Entró sigilosamente, quería darle una sorpresa. Ana no estaba en el estudio, ni tampoco en el living.

– Debe de estar dormida – pensó mientras caminaba hacia el dormitorio.

Abrió la puerta con cuidado para no despertarla… Sintió que su corazón se detenía, allí estaban, amándose, en su cama, en su propia cama.

Cerró con mayor sigilo que el que había usado para abrir, contuvo su ira y su llanto y salió.
Pensó seguir al amante de su esposa – Saldrá por detrás, nunca saldría por delante, nunca lo haría. Se escondió entre los Fresnos del parque y oculto, esperó, Fausto tenía razón, Juan salió por detrás; antes Ana miró cuidadosamente hacia ambos lados, para que nadie los viera.
Luego se despidieron con un furtivo beso y él se marchó.
Caminaba rápidamente, conocía el camino, Fausto se preguntó cuántas veces lo habría hecho.

Ya se veía la cabaña de Juan en el bosque, donde tantas veces se habían amado. Juan pensaba en ella, en su belleza cuando creyó oír el tenue ruido de una rama al quebrarse, cuando se volvió, sólo vio el bastón de Fausto caer sobre su cabeza.
Trato de defenderse, pero fue inútil… Despertó en su cabaña.
Sintió calor… ¿¡En invierno!?
Entonces vio las llamas bailando a su alrededor, sintió miedo, mucho miedo.
Gritó, gritó con todas sus fuerzas, pero sólo Fausto lo escuchó mientras se alejaba sonriendo.

Ana no se preocupó, Fausto llegaba tarde casi siempre, se fue a la cama temprano. Cuando él llegó, ella dormía
Abrió la puerta del cuarto y la miró, un rayo de luna iluminaba su hermoso cuerpo, su blancura parecía irreal. Fausto contuvo su ira, su llanto y salió
Fue hasta la biblioteca, se sentó en su sillón rojo y tomó la caja del collar que estaba sobre la repisa de la chimenea. Estuvo largo tiempo acariciando el terciopelo negro de la caja.
Luego fue hasta el dormitorio; abrió, la esmeralda brilló, caminó hasta la cama y tomó el collar que aún estaba en el cuerpo de Ana. Tiró, sintió un leve estremecimiento en el cuerpo de su esposa; tiró con más firmeza hasta no sentir resistencia.
Sacó el collar del cuerpo inmóvil pero tibio aún. Se lo puso y no pudiendo contener las lágrimas salió del cuarto
En la cocina se preparó café, su reloj dio las doce, sonrió, hoy cumplirían dos años; el café estaba muy cargado, no importaba, acarició el collar, sonrió sin motivo. Salió.

El coche estaba lejos, caminó hasta él, bajó la capota y partió.
Miró su reloj, doce quince, volvió a sonreír y aceleró.

Las curvas de la carretera, la sonrisa todavía en sus labios, la capota baja, el viento en su pelo, la barranca…

Los Oprimidos

– Vos vas a tener un gran futuro como abogado, Ramirito, vas a ayudar a los oprimidos, porque en éste país ningún político se interesa por nosotros… – de esta manera, doña Perla comenzaba su arenga socialista, y su defensa de los obreros. Algo que normalmente duraba horas y me aburría mucho.
Como todos en mi familia, yo era derechista, aunque a mi edad no me interesara la política, ni que significaba ser de derecha.
Ella, en cambio, por un resentimiento con su padre, antiguo terrateniente, era una de esas comunistas acérrimas, y no soportaba que no me interesara la política, la lucha de clases, ni ayudar a los oprimidos, como llamaba a los trabajadores.
Realmente, nunca supe si a ella le interesó lo que yo quisiera para mi futuro.
Algo que me llamaba profundamente la atención, era que a su gato diera más mimos y cuidados, que a ella misma.
Stalin, era un gato común – Proletario, Ramirito, proletario- gordo, que tenía la desagradable manía de lamer a todo el que se le acercara. Desgraciadamente, yo debía hacerlo seguido.
A decir verdad, no me desagradaba mucho visitar a doña Perla, ya que, si bien, sólo hablaba de política, cocinaba a las mil maravillas, y sus tortas de coco eran un canto a la gula.
El minino comía mejor que muchos de los oprimidos, que su dueña tanto defendía.
Lo sabía porque, normalmente le hacía los mandados a Doña Perla. Hígado, carne picada, alimento especial, y los jueves, como había feria, pescado. No era cualquier comida la que tenía que comprarle al gato, debía ser de la mejor que pudiera conseguir, por ejemplo, el pescado, tenía que ser Pescadilla “porque es más sabrosa que la Merluza”.
Esto, unido a sus molestas costumbres, hizo que, al cabo de un tiempo, empezara a sentir cierto desagrado por el gato proletario
Algunos de mis compañeros de estudio, comían peor que Stalin, lo que me parecía terriblemente injusto.
Si su dueña alardeaba de su bondad para con los proletarios, había mejores formas de ayudarlos que rellenar a un gato.
Siempre pensé que lo alimentaba, incluso mejor que a ella misma; las veces que se lo comentaba, respondía: “para tenerlo, hay que tenerlo bien, ¡pobrecito! Porque los animales, a veces son mejores que las personas”
Muchas veces pienso, que la razón por la que Doña Perla era comunista tenía más fundamento en el resentimiento con su padre, que por razones meramente ideológicas.
Cuando era joven en la estancia, había un peón de su edad, bastante buen mozo, que supo enamorar a la hija del patrón, quién, como su amado abrazó la doctrina de Lenin.
Don Augusto no veía con buenos ojos, que este peoncito insolente, le hubiese enamorado a la Perlita, así que, cortando por lo sano, despidió al joven y mandó a la Perlita a un internado. “Hasta que se le pasen esas locuras de gurisa”.
Fueron dos largos años de encierro los que tuvo que soportar, pero como siempre pasa en estos casos, el resultado fue distinto del que esperaba su padre.
Lo que empezó como un romance de adolescentes, que podría haber terminado con el tiempo, se convirtió en un amor platónico que idealizaba lo que había sentido. Todo ese tiempo fue acuñando un rencor profundo hacia el padre castrador, que apenas decreció con el tiempo y que duro más allá de la muerte del viejo.

Ella nunca lo hubiera aceptado, pero se sentía culpable en cierta forma de que su padre hubiese muerto, sin que hubieran podido reconciliarse. Tal vez por ese sentimiento de culpa, doña Perla misma se había convertido en uno de los oprimidos que tanto defendía. Aunque su opresor no era un patrón explotador, sino que tenía cuatro patas, era Stalin.
El gato vivía como un sibarita, mejor dicho, era un sibarita, no solo comía opíparamente, sino que dormía todo el día y cuando quería salir, Doña Perla debía dejar todo lo que estaba haciendo, sin importar día, ni hora, para abrirle la puerta.
Esas, entre otras eran las razones por las que yo odiaba a Stalin, además del terrible insulto de mirarme como si me perdonara la vida, cada vez que iba a su casa.

En esa época, los gatos estaban en celo, lo que significa, que todas las noches lo tenía al bendito en mi techo maullando hasta la mañana.
Tal vez, esa fue la gota que desbordó el vaso, además ya estaba dándome cuenta de la posición en la que estaba mi vecina, y lo triste de su vida; fue entonces cuando decidí matar a Stalin.
Por más gatos que hubiera en el barrio, siempre podían encontrarse en las alacenas, las marquitas de los dientes de ratones; la casa de doña Perla no fue la excepción, es más, era una de las peores. No era difícil entender, entonces, que allí hubiera veneno para ratas.
– Con lo goloso que es éste bicho, no debe ser muy complicado cambiarlo de lado. – Pensé.
Pero como el minino estaba siempre bien alimentado, y sólo comía de manos de su dueña, no aceptó comer de mi mano.
Tampoco dio mucho resultado el tratar de obligarlo a comer la carne “sazonada”, que con tanto trabajo había conseguido sacarle a mamá; un doloroso arañazo en mi mano, fue la mejor forma que encontró para darme a entender que no quería abandonar este mundo.
– ¿Que te pasó en la mano, querido? – me dijo Doña Perla, mientras me servía una porción de torta.
– No. Nada, lo que pasa es que mi madre me pidió un limón y me raspé al arrancarlo. – mentí, motivando una mirada de compasión que me rompió el corazón.

Ese martes, cuando Doña Perla salió a cobrar su pensión (una pensión que le había dejado su padre, y que el rencor no le impedía cobrar) entré a su casa con media bolsa de veneno.
En una lata, prepare un excelente caldo de veneno para el gatito.
– Stalin, Stalin, venga gordito; venga mi viejo. ¡Vení bicho imbécil! – dije tratando de atraparlo, pero el minino se negaba a bajar del galpón desde donde me miraba.
Con mucho cuidado me trepé al techo y empecé de nuevo a llamarlo; tal vez por casualidad o por un extraño sentido de autoinmolación, Stalin se me acerco contoneándose.
Lo tomé entre mis brazos, y por primera vez en todo ese tiempo lo acaricié, su piel era suave y tersa; tranquilizadora. Ahora entendía por qué Doña Perla pasaba tanto tiempo acariciándolo.
Casi me sentía culpable… Pero luego de este desliz sentimentalista, mi convicción aumentó.
Con cuidado le abrí el hocico y lentamente fui poniéndole el veneno… no hubo reacción, esto era frustrante.

Stalin me lamió, esto me sorprendió mucho, yo acababa de dictar su sentencia de muerte y este bicho me lamía.

Luego de un momento, empezó a correr para todos lados, sin ton, ni son; trepó de un solo salto a la parra, que en esa época debía de medir casi tres metros, para bajar luego con un grito agudo.
En un momento, el dueño del mundo se había convertido en una bola de pelos que corría desesperadamente, sin rumbo fijo. Luego se quedó tieso…
Acababa de hacer una buena acción. Después de todo, estas ideas de izquierda no estaban tan mal.
Había liberado a una oprimida.

¿O no…?

Espera

La tarde caía mientras esperaba, sorbiendo el sucio aire de la ciudad, que la humedad volvía casi líquido.
Sentí la cálida seguridad de que al final de la espera la tendría, y todo lo demás ya no importaría. Aunque parezca extraño tuve la rara certeza de que ella vendría, cuando en mi walkman sonara un tema que me gustara; Era algo casi matemático, no podía escuchar mis canciones favoritas sin que algo o alguien me interrumpiera.
Según mi reloj, ésta era la hora acordada y mi tema preferido era el telón de fondo para mis pensamientos. Ella debía de bajar ahora.
Pero ésta vez las matemáticas fallaron, y el siguiente tema estaba por terminar, cuando traté de explicarme por qué mi tesis no había funcionado, pero lo más importante, por qué ella aún no estaba aquí.
Llegué a dos conclusiones, la primera, fue que la interrupción en este caso había sido mi propia impaciencia, al preguntarme continuamente, porque aún no había bajado.
Pero lo que más me convenció, fue que ella jamás sería una interrupción, sino el principio de todas las cosas.
– No sería la primera vez que te atrasaras tanto, bonita, pero no es habitual que te demores de esta manera. – me dije –
– Después de todo, cinco minutos no son tantos, y demostrar tanto interés puede ser contraproducente. – mentí.

Deje que el tiempo pasara discutiendo con mi orgullo machista, pero sabiendo que cuando Camila llegara no importarían la espera, ni guardar las apariencias.

– Estás raro mi vida – dijo mi prometida – ¿te pasa algo?
– No, no – dos negaciones afirman, siempre hacía lo mismo cuando no quería contarle algo; aunque parezca cínico, aliviaba un poco mi sentimiento de culpa.
– No estabas así, desde lo que paso hace un año; ¿tenés algo que decirme?
– Asusta saber cuánto me conoce – pensé, pero no respondí.
Una tenue llovizna comenzó a caer sobre mí, la espera se volvía eterna. La gente pasaba a mí alrededor inmersa en sus mundos particulares, esquivando gotas que caían de las marquesinas y los paraguas que las ancianas previsoras ya sacaban a relucir. Algunos las maldecían en voz baja, mientras ellas los usaban inconscientemente como arietes o estiletes poniendo en peligro los ojos y el autodominio de quienes pasaran a su lado.
Recordé una canción infantil “Paraguas multicolores, arcoíris de las calles…” Una de esas canciones creadas para la entonación forzada de los niños, que siempre acentúan todas las sílabas.
Me gustaría saber qué pensaría el autor, al ver a estas frágiles señoras blandiendo como armas sus “arcoíris de las calles” mientras los usan bajo toldos, marquesinas y galerías, ocupando el poco espacio resguardado que quedaba en la acera.

La espera me estaba volviendo ácido, irónico. Sonreí. Podría decirse que mi situación es irónica – me dije – Estoy aquí mojándome y tomando frío, es probable que me enferme y mi novia tenga que cuidarme, ¿y todo por qué? Por esperar a otra mujer.
– Que no lo vea tu novia – dijo mientras me daba un post-it con su teléfono; creo que aún lo llevo en mi billetera.
Nuestros dedos se rozaron cuando lo tomé. Sentí eso que algunos llaman química fluyendo a raudales entre nosotros; el contacto duró sólo lo suficiente para que ambos supiéramos que, aunque lo pareciera, no había sido accidental.
– No te haces una idea de todo lo que me gustás – dije por fin.
Ella supo darle a su respuesta ese tono, entre sorprendido y halagado, que confirmó todo lo que sus ojos me habían dado a entender.
– ¿Sí?
Es sorprendente como un monosílabo puede resultar tan esclarecedor como un discurso de horas.

– Holacomolevabienyustébiengracias. – dijo un vecino, despertándome bruscamente de mi ensueño. Siempre me molestó esa gente que, en su saludo, recita todo un “versito” sin respirar, ni interesarse por la respuesta que pudiera dársele.
Además, el que hubiera interrumpido mis pensamientos me exasperó lo suficiente como para que en mi rostro se pintara el desagrado que su llegada me había provocado.
Pero él no pareció darse cuenta.
– Hola – dije lacónicamente, con la esperanza que mi parquedad fuera freno para sus ansías de comunicación.
– Qué tiempito, ¿eh? – Ahora viene eso de “Este tiempo `ta loco, loco, loco.” – pensé.
– `ta locazo el tiempo. – dijo, sonrió
– Sí, uno no sabe cómo va a salir, ahora llueve, pero hoy hacía calor. – Era lo que se esperaba que dijera.
– Ahí viene el ónimo – dijo caminando hacia el cordón – ¿no lo toma?
– No, en este siempre viajo parado, el próximo viene con asientos libres- dije mintiendo descaradamente, pues se veía a la distancia que el ómnibus venía vacío. – hasta luego.
Feliz por haber recuperado mi libertad para sentirme melancólico, cambié de emisora y sintonicé la que transmite solamente música clásica.
– Si no me atormentan con violines y piano en plan “soprano triste”, perfecto – pensé.

Acababa de terminar un programa llamado “Joyas del Barroco”, hice una mueca. Me encanta el barroco.
Pero la emisora se redimió con unas obras de Ravel, empezando por el Bolero, a mi entender, una de las composiciones más eróticas que existen.
Mi exclamación de satisfacción debió ser audible, pues una joven se volvió a mirarme.
La obra comenzaba ahora, con su ritmo cadencioso, sensual, envolvente.
Me deje llevar por la melodía y ya no importaron el frío, la media hora de espera, ni la llovizna convertida en lluvia. Todo se detuvo a mí alrededor.
Una vez escuche decir que, por su duración, pero ante todo por su ritmo el Bolero era lo mejor que se podía encontrar para oficiar como telón de fondo para hacer el amor. Pensándolo ahora, debe de ser verdad.
La recordé, y volvieron a mi memoria su voz, su piel, la estrechez de su cuerpo, pero sobretodo, sus jadeos agudos y excitantes y su forma de repetir mi nombre…

Mi sonrisa y mi mirada debían de reflejar muy claramente todo lo que pensaba, pues la joven que me miraba tenía una sonrisa cómplice en sus labios.
“Quien sólo sonríe, sus pecados recuerda”. Dijo en cierta oportunidad una amiga; estaba total y completamente en lo cierto.
Vas a tener que pensar en otra cosa, precioso – me dije – porque con esa mirada la gente sabe perfectamente que pasa por tu cabeza.
Le guiñé un ojo a mi “cómplice” y traté de tener pensamientos algo más santos.
– Sabés bastante sobre historia – dijo luego de una mini clase sobre la revolución rusa.
– Sabiendo misceláneas, uno puede ser considerado brillante, yo trato de parecer informado y los temas que me interesan, los estudio. Es simple
– Sabiendo solamente fechas no se puede hablar diez minutos con tanta seguridad – dijo obstinada.
– Puede que tengas razón – acepté; si ella estaba empeñada en acariciar mi ego, no sería yo quién la convenciera de lo contrario.
La lluvia había amainado, y me sentía de maravilla, un poco de buena música hace milagros en la moral de quien espera.
Faltaba poco para que el Bolero terminara cuando la vi; bonita como siempre y con ese andar felino que rezumaba femineidad.
La adoraba.

La chica de la parada se movió bruscamente y eso llamó mi atención. Su ómnibus había llegado; la seguí con la mirada, mientras subía y compraba su boleto.
Se sentó y volvió a mirarme, cuando el coche empezó a moverse me dedicó un mohín y un beso
Sonreí, jamás había tenido suerte con el sexo opuesto; ahora estaba enamorado de dos mujeres maravillosas y lo mejor de todo (aunque tal vez fuera lo peor) era que ambas me correspondían y ahora una chica bastante interesante me tiraba besos desde un ómnibus.
Mi autoestima galopaba.

Seguí el coche con la vista hasta que vi nuevamente a Camila, parada en uno de los arcenes centrales de la avenida. Cruzó la calle con su pasito apurado, aún no me había visto; estaba resguardándome de la lluvia bajo un dintel. Di un paso hacia delante
Nuestras miradas se encontraron, su rostro se iluminó.
Se acercó sonriendo y suavemente me beso en los labios; sentí su perfume, me encantaba; se lo había recomendado.
– Me gusta tu perfume – dije oliendo su cabello.
– ¿Sí? Por eso lo uso; para tenerte bajo mi poder – dijo forzando su voz para que pareciera fantasmal.
Ambos reímos de buena gana, más que por su broma, por la alegría de estar juntos. Nos miramos a los ojos y me sumergí en la claridad de su mirada y la calidez de su cuerpo.
– Lamento haber llegado tarde, ¿Esperaste mucho?
– Acabo de llegar – dije, y la besé en los labios.

Un dinosaurio triste

Estaba lloviendo y mis amigos y yo nos quedamos en casa para merendar. Mamá nos preparó tortas fritas y las comimos con la leche.
De repente empezaron a escucharse los ruidos que hacen los trenes; acá no hacen “chucu”, sino “fuuuiiii”, finito.
Mamá dijo: ¿Chiquilines, a que se parece ese ruido?
El Carlitos que siempre habla sin pensar, dijo ¡¡A la bocina de un auto!!
– No – dijimos todos- no se parece a la bocina de un auto; es más gruesa, como la de un camión. La bocina de un camión se parece a la de un auto, pero más gruesa, esta termina finito y la de un camión, no.
No es como la bocina de un camión tampoco.
Juan levantó la mano como si estuviera en la escuela y dijo, La sirena de un barco – después hizo que no con la cabeza y se quedó pensando…
Nos quedamos esperando para ver que iba a decir- la sirena de un barco no termina finito y esta sí…
Yo los miraba y no se me ocurría nada; pensé en una vaca, pero las vacas hacen “muuuuu”.
Capaz que una vaca triste sí, sino no.
Mi hermanito se puso a mirar una de dinosaurios en la tele y eso me dio una idea.
– Se parece a un dinosaurio, un dinosaurio solo y triste. –
Todos estuvimos de acuerdo.
Mamá sonrió y se fue a la cocina a prepararle el mate a Papá.

Muñecas de trapo

Por enésima vez miró el reloj. El segundero parecía haberse detenido y volvió a temer que se hubiera quedado sin pilas.
La fina aguja se movió y mantuvo un ritmo invariable hasta que dejó escapar el aire, casi mareada. Había estado conteniendo el aliento sin darse cuenta.
Parada junto a la mesa, apoyaba una mano sobre el respaldo de una silla. Esa y la del otro extremo eran las únicas que quedaban del juego original. Las otras fueron víctimas del tiempo y las mudanzas. Estaba descolorida, el asiento ya no era mullido y uno de los resortes asomaba por debajo.
La mesa había perdido brillo. Todo desde su matrimonio había perdido brillo.
Volvió a pasar un trapo húmedo sobre el mantel; estaba limpio, lo sabía, pero a él no le gustaba “comer entre la mugre”.
Fue una de las cosas que aprendió más rápido.
Lo primero que supo fue que le molestaba que le hablara luego del sexo.
Se habían casado rápido; lo vio la primera vez que sus padres la habían dejado salir a bailar, como regalo por su decimoctavo cumpleaños.
Con una seguridad en sí misma que no había sentido nunca antes.
Tal vez fueran esos dieciocho años.

Su madre dijo que todo cambiaría cuando fuera una mujer, pero despertó ese día sintiéndose igual que siempre; los días eran iguales, monótonos y el de su entrada en la adultez no se distinguió de los anteriores o los que siguieron.
Pero un día todo tembló.
Sentada frente a la ventana, leyendo una Corín Tellado de las que había cambiado hacía poco, acompañaba a su madre mientras tejía.
Hmm, dejó escapar la señora; siguió su mirada y vio a Carina, la hija mayor de la vecina de enfrente.
Entendió la desaprobación de su madre. La muchacha volvía a salir con esa pollera por encima de la rodilla. Carina ya había tenido varios novios. ¡Varios! Como tres o cuatro.
Un escándalo. Y, aunque no los conocía, mamá afirmaba que no debían ser trigo limpio.
Ella había visto uno y sintió que la miraba de manera indebida. Sintió un calor que la recorría, pero no le pareció bien. Él no debía mirarla de esa manera, no era apropiado; el calor que había sentido lo probaba.

Su madre levantó la vista del tejido y la miró por encima de sus lentes.
Parecía magia, pero mantenía el ritmo de sus puntos como sí aún los estuviera viendo. Ella creía que contaba los puntos en voz baja mientras no miraba, pero era de mal gusto mirarle los labios.
– El sábado vas a ir a bailar – Contó las hileras que le faltaban para la sisa, afirmó con la cabeza y continuó – Ya sos una mujer, tenés que salir; no podés quedarte para vestir santos.
Recién había cumplido la mayoría de edad, pero mamá pensaba que sí no se casaba antes de los veinte, todos los buenos partidos estarían tomados.

Recibió la noticia casi con horror. ¿Cómo sería salir a bailar? Ella había bailado con sus primos en los cumpleaños de quince. Sueltos, claro, y con su madre vigilando todo como un halcón, pero ella hablaba ahora de salir a una discoteca.
Y todo indicaba que pretendía que fuera sola.

Miró a la calle, pero Carina ya había desaparecido de la vista.
¿Cómo sería tener novio? Tener más de uno era impensable. ¿Pero si su novio tenía bigote? ¿Y si el bigote le hacía cosquillas? ¿Y si tenía mal aliento?
Llevó una mano frente a la boca y olió el suyo.
No tenía ningún olor. Aunque no era probable que su futuro novio apareciera ahora a comprobarlo
.
Por primera vez no recitó todo el rosario en la misa de las siete. Si hoy era viernes, mañana sería sábado y llegaría su primera salida.
Cuando juntó fuerzas para preguntar si su prima más querida podía acompañarla, su madre se negó fastidiada.
Las mujeres que van de a dos se ponen a hablar y reírse entre ellas y los hombres se dan cuenta que son muy niñas.
Vos ya sos una mujer…
Había ido sola. Poco después de entrar vio al que había sido novio de Carina y decidió que él sería su marido.
Esa noche, la acompañó casi hasta su casa. No permitió que pasara de la esquina, pero para endulzar su negativa lo dejó besar su mejilla.
Poco tiempo después la acompañaba hasta la puerta de casa y luego de un mes el candidato era felizmente recibido en casa por su futura suegra.
Antes de un año los anillos habían cambiado de manos y, orgullosa, había agregado un “de Rodríguez” a su apellido.
Fue una fiesta pequeña; algunos amigos del novio y pocos familiares de ambos.
Él tomó mucho.

Cualquier sueño que hubiese tenido sobre su luna de miel quedó desgarrado con su brusquedad.
El alcohol había hecho que no fuera delicado, amable ni paciente.
Tomó lo que era suyo y le dio la espalda. Ella había ensayado mil veces las palabras que diría en ese momento y no quería quedarse sin decirlas. Nada había resultado como soñara, pero era la esposa y eso le daba ciertos derechos; decidió hablar de todas formas.

Cuando empezó, él masculló algo y no se dio vuelta.
Alzó un poco la voz para que no tuviera forma de no oírla; lo que quería decir era importante, lo había ensayado muchas veces.
– Esas gotitas que ves ahí… En realidad, era una sola y bastante grande, pero a su esposo no parecía molestarle; no estaba de su lado.
Continuó hablando hasta que él se dio vuelta despacio…
Al fin la oiría, sabría lo que ella sentía en ese momento.

– ¿Vos me estás tomando el pelo?
Se quedó helada. Jamás se le habría ocurrido una reacción así. – No, no mi amor, yo…
– Entonces callate y dejame dormir.
Trató de explicarle y en ese momento le dio el primer bofetón. No fue muy fuerte, no fue el último. Ni siquiera le dejó una marca.
Eso vendría después.

Las marcas, las “caídas” y hasta el yeso vendrían después.
Ese no fue el golpe más fuerte.
Pero fue el que más le dolió.

Hasta anoche.
Llegó a casa, muy borracho. Sin saludar se sentó en la mesa y empezó a comer. Se limpió la boca con la manga y dijo: Me voy con otra.
Miró el plato de su esposo sin entender. No comían juntos; ella hacía ruido. Él había tratado de enseñarle, varias veces; y creyó haber aprendido. Comieron juntos un par de semanas hasta que, una noche, él dejó caer su tenedor sobre el plato.
– Haces mucho ruido.
Ella se aflojó, había aprendido que si se quedaba floja los golpes dolían menos.
A golpes se aprende.

Pero no le pegó esa noche. Sólo dijo: vas a comer después de mí. Lo miró sin comprender.
– Yo voy a comer, vos vas a lavar mi plato y después vas a comer. – No hace falta ensuciar otro, usas el mío.

De alguna manera aquello la había asustado mucho más que los golpes.
Pero ahora un terremoto había golpeado su vida.
– ¿Q-qué?
– ¿Qué? – remedó él – Que me voy con otra, sorda. Que no te aguanto más. Ahora andá a prepararme la valija. Y pobre de vos que las camisas no queden bien planchadas.
Ella miraba el plato de su esposo. No había acabado aún su comida.
¿Cómo podía estar diciéndole esto si aún no había terminado su sopa? Era inaudito.
Algo estaba mal. Muy mal.
Él amagó a pararse y gritó ¡¡dale mierda!!
Ella fue corriendo hasta el cuarto y empezó a arreglar toda la ropa en dos valijas.
Una tenía el cierre trabado y se quebró una uña al abrirla.
Enchufó la plancha con el dedo en la boca.
El sabor metálico de la sangre la distrajo y dejó calentar demasiado el hierro.
La plancha dejó una leve aura marrón en la solapa de la camisa.
Volvió el hierro hacia arriba y se dio cuenta que lloraba.
Una lágrima cayó sobre el metal y se evaporó con un siseo.
Si se entera de esto me va a pegar, pensó.
En ese momento la cabeza de una de sus antiguas muñecas de trapo se desprendió y cayó sobre la cama.
No había motivo para que eso pasara, así que dejó la plancha y parándose descalza sobre la cama revisó la muñeca descabezada.
De sus hombros sobresalía, a modo de macabro cuello, un rollito de billetes.
Esas muñecas eran lo único suyo que había en la casa. Él las había querido tirar innumerables veces, le habían costado dos costillas y dolores al respirar los días fríos.
Pero estaban allí y eran lo único realmente suyo en esa casa.
Las miró un rato, volvió a poner la cabeza sobre la que la había perdido y le arregló una trenza rebelde.
– Traeme el vermú. – dijo su marido – Y acordate que son dos hielos, no tres.
Al rato, como si no viniera al caso agregó: pelotuda de mierda.

Se acercó por detrás, alzó la plancha y golpeó.
Golpeó por el vermut y por cada piedrita de hielo.
Aunque decidió servirle tres.