Cuento “A la inglesa”

Marcas de suelas manchaban el piso del pasillo. Había un viejo felpudo pero la gente parecía ignorarlo los días de lluvia.
La cerradura no le dio problemas, no era tan urgente llamar a alguien para repararla.
Hacía frío, y Barnaby Street se veía más gris que de costumbre.
Sólo le quedaba un cigarrillo, negro. Un cigarrillo que le recordaba que debía dejarlo; tal vez lo hiciera, pero no ahora. Lo mantenían enfocado.
Mientras esperaba entre dos autos encendió el Gitanes, el vapor que despedía su boca dejó lugar al humo del tabaco. Los conductores parecían haber entendido por fin que no debían correr un día de lluvia, el tránsito avanzaba casi a paso de hombre.
Cruzó la calle detrás de un Renault destartalado, las manchas de herrumbre se veían por toda la carrocería.
Hizo una bola con la cajilla y la tiró a un desagüe obstruido casi a la entrada del mercado.
Cruzó los portones, viejas y altas puertas de hierro forjado, pintadas de un verde oscuro y manchado.
Las grandes arcadas parecían telarañas sostenidas por el techo.
Le gustaba el bullicio del interior, sentías como golpeaba tu pecho nada más entrar. Y los aromas, la mezcla de olores era estimulante.
Pescado, quesos, frutas y hasta el leve aroma del pan recién horneado.
Su abuela hacía pan casero, todos los niños del vecindario recibían su rodaja, estrictamente iguales entre sí.
Nadie podía quejarse de eso y si se le hubiese ocurrido, nieto propio o ajeno, recibía la misma fría mirada de aquellos verdes ojos alemanes.
Las clientas más viejas controlaban que los tenderos no las engañaran con el peso o poniendo a escondidas fruta en mal estado. Debió esquivar sus carritos para avanzar.
Las naves del mercado eran amplias, pero los puestos crecían siempre hasta el punto que el pasaje en los corredores era un estrecho zigzag.

Cuento “A la francesa”

La llave fallaba a veces, el esperaba con molestia anticipada que volviera a ocurrir, pero la humedad parecía haber lubricado la cerradura.
Siempre que atravesaba la puerta se decía que debía llamar a alguien que la reparara.
Pero, pocos pasos después, una marea de pensamientos sepultaba esa idea. Como una ola que rompía en la costa y arrastraba fragmentos de valvas rotas.
El tiempo desapacible lo recibió, el vapor empezó a salir de su boca ni bien cruzó el umbral.
Rebuscó en sus bolsillos y sacó la cajilla arrugada. Debía dejar de fumar. Sí, debía dejar de hacerlo, pero no hoy, no mañana, no mientras todavía lo ayudara a pensar.
Esperó entre dos autos un hueco en el tránsito. La calle estaba húmeda y, por una vez, los conductores manejaban con prudencia.
Un Renault que había conocido mejores épocas, pasó a su lado mojando la punta de sus zapatos con la negra agua de la calzada.
Cubrió con la mano la llama y el recio placer del tabaco negro bajó por su garganta.
Miró a ambos lados, las casas grises eran las mismas de siempre, pero la mansa lluvia las hacía ver más tristes.
En el mercado el bullicio lo golpeó como un boxeador que lo encontrara con la guardia baja.
Cerró los ojos e inhaló, múltiples aromas competían con el del tabaco.
Pescado, fiambre, frutas y legumbres. Incluso llegaba a él una sombra de olor a pan recién horneado. Pan crujiente y de corteza dura, como lo hacía su abuela. La anciana sacaba el pan de su horno de barro mientras los niños la miraban boquiabiertos. Cortaba el pan en varias rodajas, todas iguales, sin importar cuántos niños estuvieran. Eso evitaba peleas entre sus nietos, los nietos de sangre y sus amigos, que lo eran por adopción. Todos la llamaban mama, propios y ajenos.
Tampoco era que los niños se pelearan en su presencia, menos por comida. Un relámpago de aquellos ojos verdes cortaba cualquier queja.
Avanzó esquivando los carritos de ancianas que, atentas, vigilaban que no les pusieran mercadería fea o las engañaran con el peso.

Caligrafía exquisita

Marcelo Zapata tenía muy buena letra. Todas las maestras se lo decían.
Su madre estaba contenta, con eso. Marcelo no.
La diferencia de criterio se basaba en que su madre no entendía la dinámica masculina.
Tal vez hubo un tiempo en que la buena caligrafía (mierda por conocer esa palabra) era motivo de orgullo grupal y envidia silenciosa.
Pero eso fue hace mucho, y, Marcelo no tenía dudas al respecto, sólo entre mujeres.
Ahora, si tenías una buena cali… (¡no, no, y no! Si tenías buena letra). Ahora, si tenías buena letra, te odiaban.
Bueno, capaz que no te odiaban, odiaban, pero el resultado era tres cuartos de lo mismo; tus “compañeritos” (¡ay, mamá! ¿Cómo pudiste decirlo en voz alta?) te llamaban al orden, te pegaban, te “atendían”.
Eso era lo natural, lo había entendido por segundo o tercero, mas o menos por la época en que entendió que no era buena idea comentárselo a sus padres.
Mamá había ido a hablar con la maestra, que después les dedicó una perorata que les consumió medio recreo.
Marcelo creyó que perder la mitad del recreo, había hecho que sus compañeros entendieran que se habían comportado mal; pero no. Naturalmente que no.
Y demostraron su molestia de la manera más física posible.

Cuando le contó a su padre, a la salida (sí, había sido en tercero. Fue el último año antes que papá cambiara de horario), éste lo miró y le dijo: “Bueno, te voy a anotar en Karate”
Marcelo lo miró incrédulo, esperando una sonrisa o algo que le confirmara que su padre bromeaba, pero no; parecía haberlo dicho en serio.

– O se está volviendo loco, o cree que, de verdad voy a aprender de un día para otro – pensó.
Su padre seguía hablando se los beneficios que le traería el aprender karate: te va a hacer bien mover el cuerpo, vas a sentirte mejor, vas a tomar aire y te vas poder defender. – y dándole un leve codazo (su padre era bastante bajo), agregó: ¡¡y las nenas te van a perseguir!!
Marcelo lo volvió a mirar, su padre le guiñó un ojo y eso confirmó sus sospechas.
Lo había dicho en serio.

A su madre no, no le gustó la idea, no aprobaba “toda esa violencia”, pero estuvo de acuerdo en que le vendría bien un poco de ejercicio, “Para que tome un poco de colorcito”.

La suerte le sonrió a su hijo, pues el profesor dijo no tener cupos.
– Puedo ponerlo en lista de espera, y llamarlos si algún niño deja de venir, pero a esta altura del año, es bastante difícil. – Miró a Marcelo y lo sorprendió con una sonrisa franca – Vas a tener que esperar, campeón.
Éste le devolvió la sonrisa sin darse cuenta, el profesor le había caído bien instantáneamente; casi lamentó no poder empezar.

Al poco tiempo, sus padres olvidaron las artes marciales y él siguió siendo el blanco de burlas y golpes de algunos de sus compañeros.

El peor era Lautaro, un niño insoportable al que su madre jamás había podido controlar (Marcelo lo sufría desde el jardín de infantes). La mujer se limitaba a llamarlo y repetir “Lautaro, vení. Hace caso, le voy a decir a papá”
Todo con el mismo tono aburrido que el niño no parecía oír.
Lautaro era un misterio para Marcelo (quien creía que también debía serlo para su madre), hasta tercer año había llorado todos los días de la primera semana de clases.
Corría, empujaba, pegaba y gritaba, ajeno a los llamados de su madre hasta bien pasada la hora de entrada, sí, por casualidad, ella podía agarrarlo en sus correrías, la pateaba y se resistía con furia, Marcelo recordaba la sorpresa cuando vio aquello por primera vez, pero llegado el momento de entrar al salón, Lautaro se abrazaba a las piernas de su madre como un náufrago se aferra a un salvavidas.
La última oportunidad, fue memorable (la penúltima en realidad); Lautaro había hecho toda su actuación habitual y ya nadie le dedicaba más que una mirada aburrida, cuando tropezó con sus piernas al aferrarse a su madre.
El resultado fue que la mujer lo dejó caer para sostener los pantalones deportivos que su hijo había bajado accidentalmente al tratar de sostenerse.
El niño ni sintió el golpe, con una risa histérica trataba de volver a bajarle el pantalón, revolviéndose cada vez que su madre lograba atraparlo.
Su hijo alcanzó a bajarlo un poco por segunda vez, pero eso colmó la paciencia de la mujer, quien le dio un bofetón que lo hizo caer al piso.
El niño alcanzó a mirarla incrédulo un par de segundos, antes que su madre, roja de furia y vergüenza, lo levantara de una oreja y se lo llevara de vuelta a casa.
Al día siguiente, toda la escuela esperaba con ansias el segundo acto de aquel drama; pero uno de los actores cambió.
Lautaro y su padre aparecieron en la esquina y todos los ojos estuvieron clavados en ellos hasta que sonó el timbre.
El hombre, que vestía un mameluco engrasado y no había soltado a su hijo ni un segundo, lo llevó hasta la puerta del salón y, sin siquiera mirarlo, lo dejó junto a la puerta.
Lautaro no lloró ese día, ni ninguno de los siguientes, tampoco cuando su madre volvió a llevarlo todas las mañanas.

En sexto se había enamorado de una compañera y Marcelo tenía la mala suerte que esa niña, su compañera de banco, era de las pocas que le hablaban y que no lo trataban como a un bicho raro.
Pero Lautaro, que aparecía periódicamente con manchas de grasa en las manos, no veía con buenos ojos esas atenciones.
De poco valía explicarle, pues parecía inmune al influjo de las palabras, y el razonamiento tampoco era algo que se le diera muy bien.
Así que las golpizas volvieron, y realmente eran complicadas, porque Lautaro defendía a “su mujer”, el hecho que la niña lo despreciara y que él prácticamente no pudiera mas que balbucear cuando se dirigía a ella, no parecía importarle mucho.
Porque ella era “su mujer”, porque él ya trabajaba, él ya era un hombre.
Marcelo trataba de evitarlo de todas las maneras posibles y, la verdad, se le iba dando bien. Lautaro no se le había podido acercar en cerca de dos semanas.
Pero todos tenemos necesidades, y Marcelo debió ir al baño una mañana.
Odiaba usar el baño de la escuela; el piso siempre estaba mojado por una gotera casi centenaria, los mingitorios no tenían presión de agua y las bachas tenían dos de tres canillas rotas.
Pero lo peor era sí uno tenía que hacer “lo otro”; en los cubículos, de paredes muy escritas y rayadas con dedos sucios, no había inodoros sino tazas turcas.
Marcelo no usaba el baño salvo en casos de extrema necesidad y éste, gracias a algo que comió y le había producido una descompostura terrible, entraba de lleno en esa categoría.
Mientras discutía con la maestra que necesitaba ir al baño, que lo necesitaba faltara poco para el recreo, se dio cuenta que no sólo era una necesidad; era una emergencia.

Mientras se aliviaba, en precario equilibrio por no querer tocar las paredes, sonó el timbre del recreo.
Se limpió concienzudamente, tiró la cadena por segunda vez y, al abrir la puerta, casi se dio de lleno con Lautaro.
La vieja cisterna hacia un ruido atroz, y, a decir verdad, estaba tan concentrado en salir sin tocar nada, que no habría notado ni siquiera la entrada de un elefante.

– Mirá quién está acá – dijo el otro con tono casi alegre – el que me quiere sacar mi mujer.
Había dos o tres con él, siempre los hay alrededor de los matones, que festejaron lo que dijo, aunque no parecieron entenderlo.
– Vení, maricón, “letra linda”, vení que te voy a mostrar lo que hacen los hombres. –
Marcelo fue súbitamente consciente de todos los olores que poblaban el baño. Fue consciente de cada uno de ellos y lo que significaba.
Y supo que estaba perdido. Contra Lautaro era prácticamente imposible defenderse, pero con sus seguidores cubriendo la salida, ni siquiera tenía sentido plantearse resistir.
Pero Lautaro sacó una revista que tenía en el bolsillo trasero y, con un ademán orgulloso, se la mostró a los demás.
– ¡Esto es lo que compra un hombre con su primer sueldo! – y abrió la revista pornográfica para que todos pudieran verla.
Marcelo la miró con bastante curiosidad al principio, las revistas de ese tipo eran algo casi mitológico a aquella edad, aunque, al poco rato, empezó a sentirse asqueado.
No entendía muy bien la mitad de las fotos y la otra mitad le parecían simplemente asquerosas, pero Lautaro y sus amigos estaban absolutamente fascinados con las imágenes.
– Mirá, esto es lo que le voy hacer a la Karen – decía y sus amigos asentían sin quitar los ojos de las fotos, callados salvo algunas exclamaciones ahogadas.
Cuando creyó que había pasado un tiempo prudencial, Marcelo dijo “bueno, me voy” y empezó a alejarse despacio. Si les llamaba la atención corriendo o algo, lo más seguro es que olvidaran la revista y se ocuparan en pegarle.
Creyó que lo había logrado cuando sintió una pesada mano caer sobre su hombro. Los olores volvieron a ser nítidos, casi tangibles y esta vez, Marcelo apretó el puño y se dispuso a golpear. Lo habían dejado acercarse a la puerta y contaba con la sorpresa.
Pero la voz Lautaro no fue amenazante, incluso su agarrón se sentía distinto.
– Este es el que me va a ayudar en las pruebas, éste es el que me va a pasar todas las respuestas. – lo giró casi sin esfuerzo y preguntó – ¿noverdá?
Marcelo decidió que no, que no le iba a pasar las respuestas, que no le iba a pasa una sola puta respuesta; pero recordó cómo Lautaro había compartido con él su revista, luego de encontrarlo en el baño, absolutamente inerme y cambió de opinión.
– Si, amigazo, te las voy a dar. – sonrió.
Lautaro pareció absolutamente sorprendido, tanto que no hizo nada cuando Marcelo se alejó tranquilo.

Al día siguiente, Marcelo se apuró como nunca en marcar todas las opciones de su hoja de prueba, pero la dejó sin firmar. Cuando la maestra se distrajo respondiendo una pregunta, pasó la prueba terminada hacia atrás y recibió la de Lautaro, casi en blanco, a excepción de la fecha, casi dibujada en el vértice de la hoja.
“El hombre” era tan imbécil que todavía le costaba escribir algunos números.
Molesto, Marcelo borró la fecha y, antes de rellenar la hoja de prueba, puso, con su mejor caligrafía, su nombre y la fecha…

Pasó el fin de semana y el lunes lo encontró tranquilo, feliz. Lautaro pasó a su lado y al grito de ¡amigazo! chocaron las palmas.

La maestra se sentó y comenzó a dar las notas según el sentido en que estaban sentados, luego de decir la de Marcelo (49 respuestas correctas, sobre un total de 50) dijo la de Lautaro.

El estudiar mucho, tiene ventajas. En las pruebas, por ejemplo, uno sabe bien cuáles son las respuestas correctas. Por eso, Marcelo hizo una mueca al saber que había fallado una respuesta.
La mueca se mantuvo aun cuando sintió la pesada mano de Lautaro dándole golpecitos en el hombro, felicitándolo.
Saber todas las respuestas correctas, implica saber, también, cuáles no lo son; por eso, la sonrisa volvió por fin a Marcelo, cuando oyó la nota de Lautaro.
Un resonante cero en cincuenta.

Preguntas en la noche

Caminábamos en silencio.
La lluvia hacía que apretáramos el paso, la cabeza hundida en el cuello, encorvados.
El culparnos el uno al otro no tenía sentido, así que avanzábamos en un hosco y obstinado silencio.
Nos habíamos dormido en el ómnibus y el chofer no quiso traernos de vuelta.
Ya corto, dijo, cerró la puerta y nos quedamos viendo cómo se achicaban las luces a lo lejos.
Empezó a caminar y lo seguí; podíamos esperar al próximo, pero iba a demorar, cerca de dos horas, más o menos.
Caminando rápido habríamos llegado en la mitad del tiempo, así que el andar iba a acortar la espera.
La lluvia había parado mientras dormíamos, pero los charcos parecían buscar nuestros pies, la carretera oscura los ocultaba y, cuando podíamos saltar sobre uno, era sólo para caer en otro mayor.
Aun así, nos manteníamos bastante secos, a excepción de los zapatos, claro.
Hacían ruidos esponjosos a cada paso.
A lo lejos se escuchaba un motor que se acercaba rápido
Un relámpago cruzó el cielo y a su luz pudimos ver un lago sobre la ruta. Un largo, y al parecer profundo, charco que cruzaba la calzada y se alargaba paralelo al arcén.
Mi primo me rozó el codo y bajamos a la banquina.
Pregunté si le hacíamos señas al coche que se acercaba, mi primo se encogió de hombros y empezó a caminar de espaldas, el brazo extendido y el pulgar en alto.
La camioneta avanzaba rápido y no nos acordamos del charco hasta que una cortina de agua se elevó delante de nosotros.
Recuerdo que me llamó la atención que los faroles la iluminaran, esas cosas que uno piensa tan rápido que luego no parece haber tenido tiempo de hacerlo.
Nos empapó.
La suerte que habíamos tenido antes, la suerte de haber evitado la lluvia por pocos minutos ya era historia.
La camioneta frenó varios metros adelante y nos esperó.
Unas sombras se pararon en la caja, comentaron algo con los que iban en la cabina y nos llamaron.
Corrimos, y cuando estábamos a pocos metros, uno de los que estaba arriba dio un par de golpecitos en el techo.
La camioneta aceleró mientras un coro de carcajadas salvajes se alejaba de nosotros. Vimos una mancha blancuzca sobre la caja, tal vez uno nos mostró el trasero.
No tuvo mucho éxito en que lo viéramos, pero la ofensa llegó clara cómo el día.
Los insultamos largamente, hasta que empezamos a reír.
Nuestra situación no tenía mucho de divertida, pero de haber estado en la camioneta, y tomados como sus risas dejaban adivinar, lo que nos habían hecho parecía lo mas cómico del mundo.
De repente, a lo lejos, las luces de posición se movieron bruscamente y, en el silencio encapotado de la noche escuchamos una frenada.
Larga, casi un grito agónico.
Apuramos el paso, mientras mi primo deseaba en voz alta que alguno de aquellos jueputas se hubiera caído.
Se prendieron las balizas de la camioneta, pero sólo un momento. Luego, simplemente dejaron de parpadear.
Allá pasó algo, dije en voz baja y la seguridad de que había sido algo grave nos empujó a trotar.
Habríamos recorrido menos de quinientos metros cuando se descolgó el temporal, un aguacero fuerte y sin viento.
Un aguacero de los que duran horas.
Y aún no habíamos alcanzado la mitad del camino.
Las luces se encendieron de nuevo y la camioneta se alejó.
Al parecer no había sido nada, una comadreja o algún perro, por la frenada, se habría cruzado, pero nada más.
La lluvia había disipado la risa, y también la sensación de urgencia, pero seguíamos avanzando rápido.
Nos quedaban casi tres kilómetros de caminata bajo el agua.
Cuando llegamos donde calculábamos que podía haber ocurrido el incidente, no encontramos nada. Sólo lluvia que anegaba la carretera.
Continuamos, yo con la cabeza baja, la vista tratando de detectar algún pozo por el reflejo, mi primo mirando obstinado hacia delante.
Otro rayo nos iluminó y tuve tiempo de saltar a un costado antes de pisar un charco.
Me llevé por delante a mi primo que había parado como si hubiera chocado contra una pared.
No pareció darse cuenta, Allá hay algo, dijo.
Había un bulto en la banquina, la luz era muy poca, pero nuestros ojos se habían acostumbrado.
Si el golpe no lo hubiese matado, seguro que el tener la cabeza sumergida en un charco lo habría hecho.
Mi primo sacó su encendedor y logró disparar un par de chispas antes que la lluvia lo humedeciera.
Y fue una suerte que lo hiciera, porque la visión era terrible.
Discutimos que hacer, en la calle de casa había una comisaría, quedaba para el otro lado de la ruta, pero la distancia era la misma.
Uno de nosotros debía ir.
Estuvimos de acuerdo en que no podíamos dejarlo ahí. Sabíamos que no podíamos moverlo, ni que tenía mucho sentido hacerlo, era obvio que estaba muerto.
Pero sus amigos lo habían dejado allí, nosotros no podíamos hacer lo mismo.
Voy yo, dijo mi primo, al final fui yo el que pedí que se cayera.
No sé por qué estuve de acuerdo, yo tenía tan pocas ganas como él de quedarme con el muerto (no me engañaba con lo de la culpa, lo que tenía era miedo) pero no podíamos ir los dos.
Él salió casi corriendo, mientras yo me quedé allí, bajo la lluvia, con el muerto.
El único resguardo lo ofrecía un pequeño árbol, unos metros más atrás. Fui hasta el no tanto para buscar refugio, sino para alejarme del cuerpo.
Lo que había confundido con un matorral de pasto al pie del árbol, era un perro grande que gimió cuando tropecé con él.
El padre de la criatura, pensé.
El chofer intentó esquivarlo olvidando que llevaba gente atrás. Muchas veces pasa eso en la ruta.
Por evitar lastimar a un animal, se termina haciendo un daño mayor.
Pero, estoy seguro que ese pobre perro moribundo no habría dejado sólo al cadáver de un amigo.
Porque lo habían abandonado.
En la camioneta habrían tenido tiempo de sobra para ir hasta la comisaría y volver.
Lo dejaron.
Sus amigos prefirieron evitarse problemas y preguntas incómodas. Dejaron a su amigo tirado al lado de la ruta. Con la cabeza rota y hundida en agua barrosa.
Vomité.
Salí del resguardo del árbol, la lluvia había amainado mucho, y me acerqué al cuerpo.
No tenía mucho sentido, pero no quería que estuviera sólo. Quería que supiera que no todos éramos cómo los que se llamaban sus amigos.
La policía seguramente me mataría de enterarse, pero lo di vuelta. Me parecía obsceno que tuviera la cara metida en agua sucia, quería que tuviera la dignidad que sus amigos no le habían dado.
Un relámpago nos volvió a iluminar y pude ver su rostro.
El golpe lo había desfigurado, sí. Pero aún pude ver, o creí ver, un dejo curioso en su mirada.
Cualquiera se reiría ante una afirmación así, la mirada curiosa de un muerto. ¿Pero cuántos mirarían a los ojos a la muerte?
Metí las manos en sus bolsillos cuando vi las luces de la camioneta policial.
Llegaron y me interrogaron como si hubiésemos sido nosotros quienes lo hubieran dejado ahí.
Les respondí con furia y uno de los policías, un hombre de barriga prominente y frente baja me pregunto si quería visitar el calabozo.
Ahí sabemos tratar a los atrevidos, amenazó.
Si hubiese tenido tiempo de contestarle, probablemente habría averiguado como trataban a los atrevidos como yo, pero un policía que tenía una linterna lo llamó.
– Comiserio, venga por favor. –

El comisario me dio una última mirada fría y fue a ver porque lo llamaban.
El milico raso le mostró una chapa de matrícula que iluminaba. Eso no pareció decirle nada a su superior, pero el otro insistió tomándolo del brazo.
Por la poca experiencia que tenía con el comisario, habría jurado que llevaría al milico a conocer como se trataba a los que tomaban del brazo a sus superiores.
Pero al oír lo que el otro tenía para decirle, palideció. Aún con las luces parpadeantes del patrullero, lo vi empalidecer.
– ¿Está seguro? – preguntó. Aunque su tono era más un pedido que una pregunta. Pedía que la respuesta fuera negativa.

El otro hombre asintió en silencio.
Y en ese momento agradecí haber revisado los bolsillos del cuerpo.
El comisario se acercó, todo simpatía, preocupándose por habernos dejado “toda la noche en plena tormenta” y se ofreció a llevarnos personalmente a casa.
Mi primo aceptó encantado y yo no tuve fuerzas para llevarle la contraria.
El comisario suspiró aliviado cuando accedí.
Todos en casa nos quisieron llenar a preguntas, pero el comisario se deshacía en elogios por nuestro civismo y hombría de bien…
Me acosté harto de oírlo.
Al despertar, al mediodía siguiente, mi familia creyó entender mi silencio y me dejaron en paz.
Se suponía que el juez nos llamaría para dar nuestra versión de los hechos, pero se conformó con el parte policial.
Accidente fatal y fuga.
Conductor desconocido.
Pasó un mes y no hubo novedades.
Fui hasta el correo y compré un sobre mediano.
Con la mano izquierda escribí el nombre del hijo de una persona importante.
Y lo dejé en el buzón de su casa.
Con los documentos de su amigo dentro.
Para que alguien más se hiciera preguntas en la noche.

El prestamista

Uno de sus porteros entró para avisarle que alguien esperaba afuera.
Asintió y esperó la descripción. Los poderosos son parcos.
– Estuvo diez minutos buscando la puerta. Caminó de arriba abajo mirando este papelito. –
Extendió el brazo y su hombre de confianza le dio un trozo de papel arrugado, con su dirección dibujada con letra casi infantil. Nunca dejaba de sorprenderle lo mal que escribían sus clientes, pero esa era la primera vez que veía la palabra Bolívar con la b y la v invertida.
Dejó el papel sobre su escritorio.
– ¿Quién?
– Minguta. No parece paraguayo, (no se parece a nada, en realidad) pero dice que fue Minguta quien le habló de usted.
Minguta le mandaba clientes muy de vez en cuando, gente pobre, paraguayos en su mayoría.
Pedían poco, eran buenos pagadores y entendían cuando se les hablaba en serio. Y no iban a la policía.
Poco riesgo, en general. Pero siempre había que estar atento.
– Que pase.
El portero mantuvo la puerta abierta hasta que el hombre pasó y volvió a su puesto.
Dos en la puerta, uno en “la sala de espera” y otro allí, a sus espaldas.
Todos de confianza, todos callados y con memorias que sabían fallar en el momento adecuado.
El portero tenía razón, había dicho que este hombre no se parecía a nada (comentario que le había molestado un poco) y tenía razón.
Alto, ancho de espaldas, poco abrigado para el frío que hacía. Un buzo muy viejo y de mangas cortas que dejaban asomar las muñecas de unas manos enormes.
Una bolsa de las que su madre llamaba “chismosas” parecía llevar todo lo poco que tenía.
Bien a la vista, sin peligro, tal vez por eso sus hombres lo habrían dejado pasar con ella.
Pero eso era peligroso, decidió que haría golpear al que lo había acompañado.
No sólo por no haber requisado la bolsa, sino por su comentario. Los hombres que trabajaban con él por sus músculos, además de fieles, debían ser callados.
El hombre no se había alejado de la puerta, estaba quieto, sus ojos iban de la punta de sus zapatos a la mitad del escritorio.
Le indicó que se acercara y tomara asiento.
El hombre siseó un “con su permiso, mi señor” y se sentó muy tieso, en el borde de la silla, pronto a pararse de un salto si así se lo ordenaban.

¿Cómo era que decía Abraham cuando veía a un boliviano o paraguayo particularmente feo?
No habló con él hombre hasta dar con la respuesta, hacerlos esperar era otra forma de conocerlos; los que hablaban o se movían mucho no eran buenos pagadores y se iban con los bolsillos vacíos.
Este hombre se mantenía quieto, aunque se le notaba terriblemente incómodo. Quieto y en obstinado silencio. No, obstinado no.
En un respetuoso silencio.
Eso estaba bien.
Mandíbulas grandes, fuertes y sólidas, pómulos salientes, macizos. Una cara grande que podía transmitir decisión.
Pero la imagen se rompía con un cráneo diminuto.
Mucho más chico de lo que debería. Un cráneo varios talles más chico que el resto de la cabeza.
Un cráneo de un hombre estúpido, primitivo.
¡¡Eso!! Cuando Abraham veía a un hombre como este (aunque no tan particular como este) preguntaba: ¿Éstos no estaban extintos ya?
Que personaje su primo Abraham, se había ido a la patria cuando la guerra del sesenta y siete.
Salió al quinto día y llegó con la guerra terminada hacía dos.
Pero allá se quedó. Siempre prometía volver, nunca lo haría.

Preguntó al hombre que necesitaba y dejó de oírlo ni bien empezó a hablar. Sólo registró la cifra que pedía (nada que no fuera habitual) y su mente volvió a su infancia.

El primo Abraham era más que un hermano, era su compañero de la vida.
Pensó que tal vez él mismo podría viajar a la patria y verlo, el señor sabía que hacía años que acaricia la idea.
Y a su esposa, siempre muy devota, le encantaría la idea. Visitar Jerusalén, el muro de los lamentos y la tierra prometida, sería lo más grande de su vida.
Sólo debía terminar con ese prestamista que había aparecido y le estaba robando clientes.
Nada muy ruidoso, pero esas cosas no se podían dejar crecer. Sino el trabajo era doblemente pesado y podía llamar la atención.
Le hacía falta averiguar quién era para hacer un golpe quirúrgico. Pero el problema era que nadie lo sabía.
Corrían todo tipo de historias y rumores sin sentido.
Turco, judío, armenio y hasta paraguayo; si se hacía caso a los rumores, ese hombre tenía más nacionalidades que ninguno.
Debía averiguar quién era y ser cuidadoso.
La discreción siempre era buena. La historia de su pueblo sabía que, como decía su padre: “Cuando levantamos mucho la cabeza, nunca faltó quien quisiera cortarla”
Sí señor; la discreción era buena.
Accedió a prestar un ochenta por ciento de lo que el hombre pedía, no porque no pudiera con la cifra completa, sino porque no se podía acceder a todas las demandas sin regatear un poco.
El hombre se mostró muy agradecido y estiró las manos como para estrechar las suyas.
Pareció más incómodo que nunca al bajarlas sin su saludo.
Salió casi corriendo.
Ya lo había olvidado cuando el hombre le dio la espalda para salir.
Sacó su cuaderno de contabilidad y anotó con precisa letra de contable: Ungido Villar (¡Ungido! los paraguayos eran crueles a la hora de bautizar a sus hijos) anotó la cifra y el plazo.
Miró su reloj y decidió salir a almorzar temprano.
Mientras encajaba con cuidado su brazo débil en el sobretodo que su guardaespaldas sostenía, vio la bolsa que el paraguayo había dejado olvidada.
Pegada a su escritorio, por eso no la habían visto.
Tan estúpido como parecía. Volvió a recordar la frase de su primo y sonrió.

La explosión barrió su pequeña oficina y mató también al guardia en la sala de espera.
Los hombres que vigilaban la puerta se precipitaron hacia adentro, en un inútil esfuerzo por ayudar a su jefe.
Eso dio tiempo al prestamista a girar la esquina sin que nadie reparara en él.
Había algunos trabajos que eran necesarios hacer y para los que ningún hombre es lo suficientemente confiable.
Esos trabajos debía hacerlos uno mismo.
Y, cuando la naturaleza te beneficia con un disfraz natural, uno no puede menos que aprovecharlo.
Muchos decían, afirmaban y estaban convencidos que su apariencia estúpida era sólo inferior a su estupidez.
Y se sorprendían (mortalmente, a veces) al descubrir su error.
Su rostro primitivo era un disfraz perfecto, nadie sospechaba de él porque parecía demasiado estúpido para ser peligroso.
Su apariencia era el mejor aliado de la discreción.
Y la discreción siempre es buena…

Difícil de explicar

Había sido una mañana tranquila. Un par de llamados por hipertensión, un niño que había recibido una descarga eléctrica y un tipo en moto que había chocado contra una volqueta. Gonzalo se negaba a aceptarlo, pero ese hombre estaba vivo por borracho.

– Casi se mata, por borracho – decía.

Eso era indiscutible, pero los borrachos tienen un dios aparte, salen con moretones (o la clavícula rota, como en este caso) de accidentes que le hubiesen costado la vida de haber estado sobrios.
Pero el doctor Gonzalo Clara era muy joven, todavía. Trabajaba bien, eso era innegable; pero no tenía quince años en una ambulancia de emergencia móvil.

Éramos tres en el móvil, el Dr. Clara, Marcelo, que dentro de poco sería el doctor Trias, y yo. Los tres bastante apretados en la cabina, hacía frío y los camperones sumaban centímetros a tres hombres grandes.
Llevamos el borracho al Maciel sin apurarnos demasiado. Sus heridas no parecían graves, pero algunas horas de observación no estarían de más.
Mientras esperábamos que nos recibieran, peleábamos con Marcelo. Su cuadro de fútbol estaba por descender, pero él seguía manteniendo esperanzas.
Fénix debería ganar todos los partidos y los otros cuadros tendrían que matarse entre ellos para que se salvaran, pero él sonreía y decía: el Féni no baja.

Como siempre, perdimos casi una hora esperando a que nos encontraran un lugar en emergencia. Cuando el paciente llegaba en situación crítica, podías estar seguro que te harían un lugar, pero si sólo era un quebrado, la espera era inevitable.
Salí a fumar y conversé un poco con los colegas, uno estaba organizando un partido de fútbol cinco y me invitaron.
No, gracias. Esos partidos te dejaban molido, al otro día te dolía todo y si alguno te pegaba mal, rengueabas toda la semana.
Y eso sin contar algún vejiga que se lo tomaba muy en serio y se terminaba armando lío.
Gracias, pero no, gracias.

Un enfermero se asomó por la puerta de emergencia y me hizo señas para que nos acercáramos.
El paciente se rebeló cuando lo cambiábamos de camilla y hubo que sostenerlo entre varios. Le pegó una piña en la boca al que nos había llamado.
El enfermero era puto, pero tenía brazos de marino. Le plantó la mano en el pecho al borracho y lo clavó a la camilla.
Al sentir toda aquella fuerza, el tipo quedó manso, casi sobrio.

Cuando terminamos el papeleo, miré para atrás y allá estaba el enfermero, con un labio hinchado, pero trabajando como si tal cosa.

Nos quedaba sólo una hora y estábamos en camino a la central, cuando nos llegó el llamado.
Una mujer se había descompensado en el Goes.

Antes de empezar en la emergencia, fui chofer de taxis. Conocía al pistero del Goes y, si una pareja pedía para ir a “un lugar más tranquilo” los llevaba al Goes y repartíamos las propinas.

Estuvimos allí en pocos minutos, apagué la sirena unos metros antes de entrar; a nadie le gusta escuchar una sirena si está de trampa.

Agarramos todo el material, y subimos corriendo las escaleras. El portero iba delante de nosotros, mostrándonos el camino, hablando en vos baja.
Casi al final del pasillo, un hombre en bóxer salió de una pieza y vino casi corriendo, movía las manos delante del cuerpo, como si se hubiera quemado.

– ¡¡Carina, Carina!! – repetía, y en un gesto que me pareció de lo mas infantil y desvalido, le agarró la mano a Gonzalo y casi lo arrastró a la habitación.

Me quedé un rato afuera, hablando con el portero, que me contó lo poco que sabía.
“Estaba abajo, tomando mate, tranquilo, cuando se prende la luz de puerta abierta. Subo a ver si necesitaban algo y me encuentro con éste – señaló hacia adentro de la habitación con el mentón – corriendo en bolas por el pasillo. Cuando pude sacar algo en claro, sólo repetía el nombre de la mina, entendí que a la mujer le había dado un ataque o algo. Y los llamé”

Le pregunte por mi viejo conocido y el hombre sonrió – Ése está en España, un hijo se fue y al tiempo lo mandó buscar. Allá abajo tengo una foto que mandó; El en una playa llena de gringas en tetas. –

La gente que trabaja en el sexo tiene algo en común con los que trabajan en la salud; el estar tanto tiempo en contacto con los impulsos más básicos, te hace desarrollar una coraza.
Si no es así te volvés loco.
Por motivos bien distintos, pero te volvés loco.

Entré a la habitación, de las grandes, cara, y al ver a la mujer, supe que no había nada que hacer.
Claro que los médicos iban a tratar de reanimarla, pero se veía que todo lo que hicieran, aparte de firmar el certificado de defunción, sería una pérdida de tiempo.

La mujer había sido muy bonita. Estaba acostada a lo largo de la cama, justo al medio, desnuda todavía.
Caderas anchas, pechos pequeños y la marca de la cesárea sonreía sobre un pubis liso, liso.

– ¿Está bien, doctor? ¿Está bien? – el hombre se había puesto un pantalón, pero no lo tenía prendido y su torso seguía desnudo.

Marcelo me miró de reojo y me hizo una seña, para que me encargara de él.
Saqué el formulario de los datos y le pedí que me acompañara al pasillo. Parecía que iba a negarse, pero el Dr. Clara le pidió con aspereza que les dejara espacio.

Cuando se habla con víctimas de accidentes, personas que acaban de sufrir la pérdida de un familiar o que los tienen en plena lucha por sus vidas, tienden a mostrarse inconexos, se nota que aún las respuestas más sencillas, son difíciles de encontrar en la maraña de sus emociones.
Pero este hombre iba más allá. Había cosas básicas que parecía desconocer de su compañera.
En un momento, a mitad de una respuesta, me preguntó si la mujer se iba a salvar, si se iba a “poner bien”.

– Los médicos están haciendo todo lo posible, señor. –

El hombre asintió y pareció olvidar mi respuesta antes de terminar el gesto. – Se va a poner bien – afirmó.

Poco después salió Marcelo, y a la pregunta del hombre, respondió: el Dr. Clara le va a informar. – Y se alejó por el corredor.
Iba a avisarle al encargado que habría que llamar al forense. Siempre hay que hacerlo cuando la víctima fallece sin atención médica.

Entré a la habitación para juntar todo; esa tarde habría que hacer horas extras, los fallecimientos llevan mucho papeleo, y, por las circunstancias de éste, tendríamos suerte si podíamos salir antes que anocheciera.

El hombre preguntó si Carina se iba a poner bien. El Dr. Gonzalo Clara tenía cara de niño, pero esa vez su rostro parecía el de un anciano. Y habló con una pomposidad que nunca le había oído.

– Señor, lamento informarle que su compañera falleció antes que llegáramos al lugar… – Gonzalo siguió hablando, explicando cuál creía que podía ser el motivo, pero el hombre no escuchaba.
Cuando oyó las primeras palabras, el hombre se sentó (se dejó caer, en realidad) en el borde de la cama, se tapó la cara con las manos y comenzó lo que fue casi una letanía.

– No, no, no, no… – su voz se fue apagando hasta quedar en silencio. Bajó la cara, las palmas sobre la frente, los ojos clavados en el piso.

El doctor me miró sin saber qué hacer. Iba a encogerme de hombros, cuando el hombre volvió a hablar.

La gente que trabaja en la salud debe desarrollar una coraza. No significa eso que uno se vuelva insensible, sino que trata de despegarse del dolor ajeno para desempeñar bien su trabajo.
Sino, pueden perder la cabeza.
Gonzalo aún no la había desarrollado; yo creía tener la mía muy gruesa luego de trabajar años manejando una ambulancia de emergencias.
Pero nada de lo que hubiera vivido antes me habría preparado para las palabras de ese hombre.
Porque levantó la vista, nos miró a ambos y dijo:

– Es la esposa de mi mejor amigo…

Mamá lo habría querido así

Había una vez una mariposa. Una mariposa de un brillante azul metálico.
Una Lysandra Ishtaraye, aunque el común de la gente la llamaba “niña azul”.
Había una vez una mariposa, y esa mariposa era la obsesión de Francisco Sosa…

Mamá cuidaba de él.
Lo hizo en la escuela, en el secundario y mientras cursaba la carrera de contaduría.
Mamá tenía que hacerlo porque no había señor Sosa. Nunca lo había habido; Sosa era el apellido de mamá.
Un día, mamá decidió recompensar su esfuerzo y dedicación con un paseo.
Recién había terminado las clases, había logrado la bandera de Artigas. Ella sabía que merecía el pabellón nacional, se lo había dicho, indignada a esa mujer estúpida que era la maestra de quinto (¡era separada y hasta tenía novio!) pero ella le contestó que los niños votaban; ellos elegían a quien correspondía cada bandera.
¿A quién se le podía ocurrir dejar votar a un niño? Todos eran estúpidos, todos eran malos e irrespetuosos.
¿Pero que se podía esperar? Con una maestra que tuviera novio, la educación jamás sería la adecuada.
Más allá de la vergüenza horrible que Francisco sintió ese día, la verdad es que agradeció no haber sido elegido.
Para mamá fue un golpe, pero él hubiera preferido ser uno de los cientos de niños ignotos en las filas, en lugar de estar parado allí, frente a todos.
Al dejar la escuela, airada, mamá le había prometido llevarlo a pasear.
Nada que lo agitara o despertara su alergia, naturalmente, sino un paseo tranquilo, propio de un niño frágil como él.
La playa era impensable, había demasiado sol, arena que se le metía a uno por todos lados (“en las partes”, decía mamá) y el agua estaba sucia y podía ahogarlo. Y mamá no podría soportarlo.
El zoológico estaba lleno animales; el centro, lleno de humo y ruido (además de gente que no lavaba “sus partes”) y los parques estaban llenos de perros y parejas que se besaban en público.
Fueron a un museo. Mamá decía que estaba lleno de pintores modernos, pero algunas obras eran bellísimas y Francisco hubiera querido tener más tiempo para admirarlas. Mamá se estaba aburriendo y ya había insinuado un par de veces que le dolían los pies y el polvo le molestaba.
Pero olvidó todo cuando, en una pequeña sala, casi escondida, al fondo, encontraron una exposición de insectos disecados.
Había un joven, de gruesos lentes reparados con cinta adhesiva, que trató de explicarles, con entusiasmo no compartido por mamá, todo lo que veían y las particularidades de cada ejemplar.
El único momento donde mamá pareció animarse fue cuando se dio cuenta que en una de las bandejas había un espacio vacío.
– ¿Que pasó acá? Te quedó incompleto esto – dijo en tono acusador. El muchacho se veía visiblemente incómodo.
– No, señora, no lo hice yo. Esta exposición tiene veinte años, yo sólo soy un estudiante.
– ¿Entonces, a esta que iba acá, la sacaste vos? – levantó su índice corto y gordo, acusador – Porque ustedes, los jóvenes, hacen maldades, por hacerlas nomás. Se emborrachan y hacen macanas; hacen cosas.
Antes que el pobre joven se repusiera de la sorpresa, mamá tomó al pobre Francisquito de la mano y lo sacó casi corriendo de allí.
– ¿Viste cómo se puso? – Dijo mamá, airada mientras esperaban en la parada – Seguro que ése anda en algo; capaz que hace pasar a la novia de noche y hacen cosas…
Francisco lo dudaba mucho. No estaba muy seguro de que significaría “hacer cosas”, pero dudaba que aquel joven, con lentes remendados y caspa en los hombros, tuviera una novia con quien hacerlas.
Su madre lo encaró y le dijo, muy sería: Vos prometeme que nunca vas a andar haciendo cosas por ahí – se llevó la mano al pecho donde, debajo de aquel enorme seno, debía latir su atormentado corazón – Prometeme, Francisco, prometeme que nunca le vas a hacer algo así a tu madre.
Francisco, aterrado, estaba dispuesto a jurar, prometer, o lo que fuera necesario para que le creyera, que jamás le haría algo así a su madre.
Mamá pareció dudar de la promesa de su hijo (los hijos te hacen sufrir, Francisco) pero la llegada del ómnibus, pareció distraerla de aquella duda.
– Esa mariposa debía ser la más linda – dijo mamá con expresión soñadora – por eso se la regaló a la novia; sin duda.
Pasado un rato, continuó: Que lindo sería tener alguien que te regale cosas lindas…
Probablemente, habría seguido en esa nebulosa hasta recordar que los hombres “sólo la quieren a una para hacer cosas”, pero una frenada brusca, hizo que el tema cambiara a otro de sus favoritos: en la calle están todos locos, nadie respeta nada.
Pero Francisco no la escuchaba. Sin saberlo, había sembrado en su hijo una idea que, al día siguiente, lo llevaría a hacer algo inaudito: faltar a clases.
Mamá siempre acompañaba a su hijo a la escuela, lo habría hecho hasta el salón sí aquella separada lo permitiera.
Pero no, aquella mujer ni siquiera les exigía formar filas; los dejaba entrar a medida que entraban. ¿Que se podía esperar de una mujer así?
Francisco entró a la escuela y, antes de doblar para ir a su salón, saludó a su madre, que lo miraba como un exiliado mira a la patria que deja.
La fila en la que estaba su salón lo cubría de la mirada de su madre, así que protegido por él, caminó hasta el muro al otro lado del patio y sin dudarlo, saltó por encima.
Esperó algún grito o algo que le indicara que lo habían visto, pero no. No hubo nada.
La maestra apenas parecía recordar su nombre, así que difícilmente notara su ausencia, y, aunque lo hiciese (como ocurrió) pensaría que aquella arpía lo había vuelto a llevar al médico.
El Dios de los evadidos volvió a sonreírle cuando, al llegar a la parada, pasaba un ómnibus que lo dejaba cerca del museo.
El joven seguía allí, con su cara de asombro perpetuo detrás de los lentes. Cuando lo reconoció, miró casi con pánico hacia la puerta, esperando que aquella mujer horrible volviera a aparecer y tardó en convencerse de que no vendría.
Se sorprendió un poco con la pregunta del niño, pero cuando Francisco, así se llamaba el escolar, le pidió que se lo deletreara, olvidó cualquier prurito que pudiera tener.
Las horas pasaron volando, y Francisco saltó nuevamente el muro de la escuela, justo cuando el timbre comenzó a sonar.
Su madre jamás sospechó nada, pero él tenía el nombre que necesitaba para el regalo que mamá tanto merecía.
Recordar a mamá fue una puñalada en el corazón. Hacía dos años, ya, que había fallecido (uno de esos paros cardíacos que siempre decía que se la llevarían) pero la herida seguía abierta.
La azafata se acercó, amable, preguntando si algo estaba mal. “Sí, estúpida perra, mi madre murió y vos te debes acostar con todos los pilotos”
– No, joven – trató de sonreír – temo volar. Nada más.
Las “niñas azules” sólo se daban en España, en una pequeña región en los límites de Valencia, Aragón y Cataluña. Prácticamente se habían extinguido, eso hizo tan difícil hacer en vida el regalo que mamá merecía.
Había que ir y tratar de atrapar una, in situ. Aunque eso significara vencer su miedo a volar y pasar luego un largo tiempo buscándola en campo abierto.
A decir verdad, todos lo atendieron muy bien, muy amables, muy atentos.
Consiguió locomoción con absoluta facilidad y se sorprendió al comprobar que los arreglos que había hecho desde casa, no escondían sorpresas, no lo habían estafado.
Se sintió incómodo, algo tenía que estar fallando, la gente siempre se reía de él, o de mamá (que en paz descanse), algo debían estar ocultándole.
Selv resultó ser casi un pueblo fantasma, no vio niños, ni jóvenes en las calles, sólo ancianos, que lo miraban pasar con ojos aburridos.
En la posada lo atendió la persona más joven que había visto hasta ese momento, una mujer cincuentona, de labio leporino. Aunque había sido sometida a una operación para solucionar su problema, aún hablaba con un tono nasal que, sumado a su español catalán, hacía casi imposible entender lo que decía.
La mujer comprendió que su huésped no la entendía y se calló, dejando una oración inconclusa.
– Se desayuna desde las siete – dijo, dándole las llaves. Francisco la miró sin decir nada, la mujer se movió incómoda y llamó: ¡Josep!
Apareció un joven, con lentes de marco grueso y ropa muy informal.
– Acompaña al señor a su habitación – el joven miró a la puerta por la que había entrado; una joven (hermosa, arreglándose el bretel) se asomó. Sonrió cuando la mujer dijo: No te preocupes, te va a esperar. Igual, siempre está aquí.
La habitación era espartana, sin lujos, pero perfectamente limpia, Francisco que era muy puntilloso al respecto quedó complacido.
También con el paisaje que se veía desde su ventana, un valle descendía desde la loma en la que estaba el pueblo.
Prados, aparentemente salvajes, de un verde amarillento, las colinas parecían retener el aire húmedo del mediterráneo.
Respiró hondo, aire seco, sano.
Francisco durmió bien esa noche. No lo habría creído posible, pero el cansancio del viaje pesó más que la ansiedad de estar tan cerca de conseguir el regalo de su madre.
Bajó a desayunar cuando sintió el aroma del pan recién horneado. Un desayuno simple pero abundante lo dejó satisfecho.
Pensó en salir sólo, por su cuenta a buscar a su mariposa, pero, por lo que había leído, sólo salían cuando el sol estaba alto.
La posadera lo confirmó.
– ¿Niñas azules? Casi ni se ven; Tiene que hacer calor y no haber viento, pero quedan muy pocas.
Francisco pasó cuatro tardes seguidas en el campo, caminando con cuidado bajó el sol, pero fue inútil.
Había una brisa bastante intensa, viento en algunos momentos, que bajaba por las laderas. Ninguna mariposa podría mantener el vuelto en esa corriente.
Al volver a la posada, el cuarto día, se torció un tobillo. Había caminado por los campos hasta el anochecer, no vio un hueco entre dos piedras. Tuvo suerte de no quebrarse, pero al día siguiente, cada paso era una tortura.
Pero esa era la última jornada allí, sí no encontraba la mariposa, debería volver a casa habiendo fracasado en el único objetivo que lo había acompañado toda la vida.
Cuando la posadera vio que no podría convencerlo de quedarse, le ofreció un bastón. Un viejo bastón de montaña, pesado y con punta metálica, ideal para terrenos agrestes.
Podría haber dicho que no, pero se daba cuenta que sería una descortesía, además de una estupidez; la mujer le hacía un honor, el bastón era, a todas luces, un recuerdo familiar y, en segundo lugar (y tal vez, mas importante) lo necesitaba.
La última tarde fue la más larga, agotadora y angustiosa de toda su vida, a cada minuto sentía el dolor y la frustración crecer en su interior.
El bastón le ayudaba, pero el caminar con él, hacía que, además del tobillo, le doliera todo el brazo y la espalda.
Su voluntad lo empujó toda la tarde, pero llegó un momento en que su cuerpo dijo basta.
Se sentó bajo una roca, estiró la pierna con cuidado y se sorprendió al ver lo que le costaba estirar los dedos. Se había aferrado al bastón, como a su esperanza y ahora, con los dedos agarrotados, reconoció que había fallado.
Lágrimas caían mansas por sus mejillas, las sentía correr calientes, pero no tenía fuerza ni ganas para secarlas.
El viento se había detenido por fin y el calor empezó a molestarle, iba siendo hora de volver a la posada.
Sintió la mano pegajosa, al mirarla vio las ampollas reventadas en su palma. Las miró largo rato hasta que un movimiento llamó su atención. El hijo de la posadera bajó a pocos metros de donde estaba y, con un suspiro, empezó a orinar.
Francisco sintió que la risa lo invadía, pero no quería hacer pasar al muchacho por la vergüenza de haber sido descubierto orinando en el campo. Quién sabe qué pensaría.
Pero la magia hizo que Francisco quedara helado, pues, cuando el muchacho terminó, algo llamó su atención.
Lo vio pocos segundos antes que Francisco, pero también lo mantuvo quieto.
Una “niña azul”, una Lysandra Ishtaraye; la bellísima mariposa azul que, siendo niño, hubiera prometido regalar a su madre, había aparecido.
Y era maravillosa, era hermosa, una imagen del paraíso, una veta de lapislázuli en el aire de la tarde.
Pero el muchacho hizo un movimiento brusco, la atrapó en vuelo y, antes que Francisco pudiera reaccionar, se alejó caminando a buen paso.
Olvidando todo cansancio y dolor, Francisco lo siguió, quiso llamarlo, pero no recordaba su nombre.
Cuando pudo hacerlo, el muchacho se refugió debajo de un árbol inclinado.
Extrañado, Francisco disminuyó el ritmo y se acercó con cuidado; escuchó jadeos y un gemido femenino.
Se asomó y vio una pareja haciendo el amor. La chica tenía la mariposa de su madre en el pelo.
Francisco jadeó sorprendido y la joven abrió los ojos, gritó.
Josep, se volvió, a tientas buscó sus lentes, y al ponérselos, la imagen se completó.
Ahí estaba el muchacho del museo, mamá tenía razón.
Habían robado su mariposa para hacer cosas.
El gesto de reconocimiento del joven, se trocó en pánico cuando el pesado bastón cayó por primera vez…

Noche de niebla

Sí, su novio siempre le decía que esperara un poco mas y tomara el otro ómnibus.
“En la parada estás mas protegida; hay luz y gente”, decía.
Pero no le había dicho que uno de sus compañeros de estudios estaba siendo demasiado insistente con sus invitaciones.
Había pasado de las insinuaciones prácticamente al acoso, y eso no era algo que pudiera contarle a Daniel.
Primero preguntaría por qué no le había comentado antes, con aquel tono de “algo habrás hecho” (o su variante en forma de pregunta de fiscal “¿Me querés contar algo?”), por qué lo había dejado ilusionarse.
Cómo sí esos imbéciles necesitaran algún motivo para acosarte; no, simplemente eran maestros en malinterpretar cualquier gesto como una demostración de interés.
O, peor aún, habría ido a “arreglar” el problema de la manera que le parecía más lógica, a los golpes.
Habría ido a pelearse y ella no podría soportar la vergüenza.
Y pensar que todo empezó por casualidad.
Una vez, este muchacho contaba monedas en la parada y dijo: Mierda, voy a tener que cambiar plata. Llevaba la mano al bolsillo de atrás, cuando ella le preguntó cuánto le faltaba.
Él la miró de forma que casi le hizo arrepentirse de la propuesta, sonrió y dijo cuánto le faltaba; le alcanzó la moneda y él rozó sus dedos al tomarla.
Al otro día, insistió en devolverle el dinero y el roce, más notorio está vez, se repitió.
A partir de eso la esperaba a la salida, la invitaba a bailar (¿tenés novio? No importa, no soy celoso) o a estudiar juntos.
Ahora habían empezado los roces.
Se planteó decirle firmemente que parara, pero él podría decir que no se había dado cuenta, que no era para tanto o que había equivocado sus intenciones.
Ahora, lo que hacía era tomar el primer ómnibus que pasara, aunque eso significara caminar varias cuadras más.
Así se limitaba el tiempo en la parada al estrictamente necesario, de las líneas que pasaban por allí, sólo dos le servían, aunque una la dejaba bastante más lejos que la otra.
Pero esa era la que pasaba en primer lugar, pero esos diez minutos sin tener que aguantar al desubicado de su compañero, bien valían una caminata.
Pero esta vez, él había dado un paso más, había tomado el mismo ómnibus y se sentó a su lado.
Lo que le dijo, fue una sarta de estupideces cómo jamás se le hubieran ocurrido; una sarta de estupideces que empezó con: me di cuenta de cómo me mirabas…
Cuando logró hacerlo callar, habían hecho la mitad del recorrido.
– Me das asco, bajate ya o grito. – le dijo harta.
La miró con una incredulidad que lentamente fue tornándose desprecio.
– Perra – dijo, antes de ir hasta la puerta trasera y aporrearla hasta que le abrieron.
Llena de vergüenza, sentía todas las miradas posadas en ella, juzgándola, haciendo que se sintiera sucia, mancha.
El llegar a su parada fue un alivio, cruzó el pasillo con la vista baja y casi se tiró cuando las puertas se abrieron.
La niebla la envolvió y escondió las lágrimas que corrían por sus mejillas. Todavía no podía creer lo que había pasado, cómo un simple gesto de compañerismo podía derivar en lo que acababa de pasarle.
El frío ayudó a despejarla, la niebla no la dejaba ver más allá de sus pasos, se sacó uno de los guantes y agitó la mano delante sí.
Casi no la veía,
De alguna manera, eso hizo que se sintiera algo más calmada.
Empezó a poner más cuidado a cada paso, la calle estaba muy húmeda y debía extremar cuidados para no resbalar.
Los tacos no son los mejores aliados en los días húmedos
Con aquella situación horrible, había olvidado llamar a su novio para avisarle que estaba llegando, él se enojaría hasta que empezara a contarte lo que había pasado.
Ahora sí quería que se peleara, ahora si quería que lo lastimara.
Decirle perr…
El taco se metió entre dos baldosas flojas y se partió con un sonido ahogado.
Casi perdió el equilibrio, y, cuando pensó que lo había recuperado, el otro pie resbaló y la hizo rodar por el pavimento mojado.
Lloró sentada, sintiendo su ropa mojado, sabiendo que no secaría con la humedad horrible y que sus mejores zapatos tenían un taco roto.
La niebla amortigua los ruidos casi tanto como la luz, pero, de todas maneras, sintió cómo algo se movía en el terreno que estaba a un lado.
Un movimiento brusco, que se detuvo casi tan rápido que pareció producto de su imaginación.
Contuvo el aliento, tratando de agudizar la vista y el oído.
Sí, definitivamente, allí había algo.
Se sacó el zapato sano, y empezó a levantarse con cuidado.
¿Era un gemido lo que escuchara?
Había pasado un momento terrible por tratar de ayudar, no iba a arriesgarse a pasar uno peor en medio de la oscuridad.
Empezó a caminar sin perder de vista el terreno baldío.
De repente, una sombra se alzó con un grito casi femenino y se abalanzó sobre ella.
Mientras corría desesperada hacia su casa, no podía dejar de repasar la imagen de cómo esa sombra se alzaba, para caer a los pocos pasos.
El hecho que su atacante también hubiese tropezado en una noche de niebla, no la tranquilizó.
De hecho, el haber escapado por tan poco le daba otra dimensión al terror que sentía.
Su novio demoró en abrirle y empezó a golpear la puerta con ambas manos llamándolo.
Estuvo casi una hora llorando en sus brazos, pidiéndole que, por favor, no la dejara. Ni siquiera para tomar el teléfono.
Cuando se durmió, agotada, él pensó en llamar a la policía para que averiguaran que había pasado en el terreno de esa esquina.
Pero no quiso dejarla sola, y el alba los encontró contracturados, pero juntos…

Escuchaba su tema favorito. Con los nuevos auriculares, la música parecía venir de todas partes; eran caros, pero nada del exterior interfería con el disfrute de la música.
La pesadilla empezó en el estribillo.
La sombra que la alcanzó por detrás, la fuerza que la inmovilizó casi antes que pudiera oponer resistencia, la mordaza que le cerró la boca medio segundo después que la mano (guantes de cuero, fríos) la liberó, el viaje casi en andas hasta el baldío (esto no puede estar pasando, estoy a una cuadra de casa), el golpe atroz que hasta le sacó los auriculares cuando intentó resistirse, la voluntad inexorable que habría sus piernas, la esperanza cuando escuchó el sollozo en la calle, el rodillazo que la liberó, el gritó que no salió por la mordaza y el saberse perdida cuando el peso volvió a caer sobre ella…

La apuesta

Había caminado pocos pasos, cuando sintió el tirón en su brazo que lo obligó a volverse.
Habitualmente, en las películas, esas vueltas bruscas terminaban con el protagonista en el suelo, víctima de un golpe traicionero.
Por un segundo creyó que eso era lo que iba a pasar, pero se encontró con aquellos ojos verdes muy cerca de los suyos.

– Vamo´ hablar, calmate. – dijo Ernesto Morales, olvidando por primera vez su tono petulante. – Vamos a medias, te quedas callado la boca y ganamos los dos.

Aflojó la presión en su brazo y movió la cabeza, cómo invitándolo a pensar.
Era increíble, el atrevimiento de ese hombre no tenía límite.

Al principio tampoco lo creía, revisó varias veces las cuentas, esperando que fuera un error suyo, una distracción (muy comprensible dentro de aquel mar de facturas y números) que lo hubiera hecho perder una hoja, o un recibo grande.
Pero no; las pruebas estaban a la vista, por más que no quisiera verlas, por más que le resultará increíble, la evidencia bajo esa montaña de papel era muy clara.
Morales los estaba robando.

Presidente de la cooperativa, capataz de obra y encargado de compras. La lógica marcaba que no se debía juntar todo el poder en un sólo par de manos, que “la plata la imprime el diablo y ese colorado se ríe de la necesidad” y que los controles estaban ahí para evitar esas cosas. Para evitar los robos.
Pero, a poco que uno escarbara, se daba cuenta que los controles no eran tales. Una de las encargadas de hacerlo era la nueva pareja del hombre, se paseaban frente a la esposa abandonada, sin importarle que los viera. Sin importarle el hijo que apenas había dejado los pañales.
El otro “fiscal”, era amigo de toda la vida, cuñado y compañero de copas; fue el que puso el nombre sobre la mesa. El que prefería irse temprano a controlar lo que se hacía con la plata de la que sería su casa.
Pero no podía culparlos sólo a ellos; todos tenían parte de culpa, incluso él mismo. Todos se quejaban en las asambleas, todos decían, enojados, que “alguien” debía haber controlado.
Ese alguien, se traducía en “alguno de ustedes”, porque los voluntarios no abundaban. Resulta mucho más fácil y, cómodo, criticar a quien gobierna, que remangarse y tratar de llevar adelante a un rebaño tan rebelde como omiso.
Y él había sido parte de ese rebaño, hasta que, por vergüenza, había levantado la mano y dicho que podían contar con él, para suplir al segundo fiscal por un par de asambleas.

Nadie esperaba que tomara muy en serio su trabajo, (él mismo, en primer lugar) y tal vez, no hubiera hecho más que sentarse en la reunión de directiva y cebar mate, mientras el presidente y la secretaria revisaban papeles y facturas que entendían mucho más que el fiscal suplente, pero todo cambió cuando debió hacer una “sereneada”.
Las cooperativas de vivienda por ayuda mutua, son una de las poquísimas opciones que tiene un trabajador para acceder a la casa propia. El gobierno presta dinero a la cooperativa y ésta se encarga de administrarlo, mientras sus miembros hacen las veces de albañiles, trabajando en la construcción de sus viviendas.

El dinero del préstamo no es inagotable, ((ningún dinero lo es) así que los ahorros se persiguen y pelean en todos los frentes, una de las primeras etapas donde el ahorro se puede ejercer, es en la compra del terreno. Lo que implica dejar de lado los barrios residenciales, y alejarse del centro de la ciudad, en busca de un terreno amplio (algunas cooperativas pueden albergar mas de cien viviendas) y razonablemente accesible.
Pero, uno de los inconvenientes de buscar economía, es que, a veces, el barrio donde se construirá la casa de nuestros sueños, no es el que elegiríamos de poder comprar esa casa.
Ahí nacía la necesidad de hacer “sereneadas”, que consistían en hacer de sereno en el terreno de la cooperativa, una vez al mes, para prevenir robos de material, o herramientas.
Una de las características de las cooperativas es que están integradas, en su enorme mayoría, por obreros, gente que, luego de largas jornadas de trabajo, se hace un tiempo para participar en las reuniones.
Las de directiva se hacían los miércoles, pero Rodolfo tenía su sereneada el jueves, así que arregló un cambio de fecha con un compañero cooperativista y no tuvo que robarle dos noches a la familia.
Luego de la reunión, (en la que todo su aporte se limitó a cebar mate y firmar donde le decían) abrió la vianda que su esposa le había preparado y enseguida perdió el apetito.
La comida fría parecía cualquier cosa menos comestible, pero se obligó a terminarla, no antes de tomar la decisión de sugerir a la asamblea la compra de un microondas. Naturalmente, habría quién diría que no, que era un gasto inútil; pero al final aceptarían, los micros no eran caros y muchas veces resultaban salvadores.
Después de la segunda ronda, con gran despliegue de silbidos y revoleos de linterna, el sueño empezó a pesarle, así que prendió la radio para que le hiciera compañía.
El aparato ya debía ser viejo antes que sus padres se conocieran, pero, evidentemente, no iba a durar mucho más. Una de las primeras bajas en su guerra contra el tiempo y el descuido, había sido la antena, lo que hacía que siempre sonara un chirrido de fondo que resultaría molesto aún a un grillo; Rodolfo pudo aguantarlo poco más de diez minutos, a decir verdad, los programas evangélicos de la madrugada, se le hicieron insoportables casi al mismo tiempo, así que apagó y buscó en que entretenerse mientras llegaba la mañana.
Nunca había sido muy lector, así que no se le ocurrió llevar un libro que lo acompañara, pero decidió que los papeles de la cooperativa serían un buen sustituto, de paso iba aprendiendo algo, para no tener que ser sólo un cebador de mate en la próxima reunión.
Pensaba que se aburriría enseguida, y la sereneada se le haría eterna, pero ya no dejó el salón esa noche, y el sol lo encontró más despierto de lo que había estado en mucho tiempo.

Su suegro los había invitado a almorzar, el domingo pasado, una cazuela de aquellas que lo hacían sudar de tan picantes y sabrosas, una delicia a la que hizo honor por tercera vez (ignorando olímpicamente la mirada de su esposa) antes de darse por satisfecho.
Al mediar la tarde pidió “algo para leer” y, ya en el baño, se puso a ojear el diario del día. El viejo siempre acaparaba la parte deportiva, era su lectura para después de almorzar, así que su yerno debió conformarse con los clasificados sin saber que ese acontecimiento fortuito costaría dos vidas.
Su padre no era un hombre crédulo, decía no confiar en nada y en casi nadie (salvedad que hacía para no tener problemas con “la patrona”); era un rasgo del que estaba casi orgulloso.
Desconfiaba de todo y de todos, pero, por encima de todo, y muy especialmente, desconfiaba de la dirección general de loterías y quinielas.
– Esos culorroto miran los números que menos se juegan y te los hacen salir, – decía levantando un dedo – así la gente se clava y ellos hacen su negocio.
– Pero usté sacó, una vez, papá. –
El viejo lo había mirado con tristeza, lamentándose que su único gurí le hubiera salido bobo como la familia de su mujer. Era el alcohol, el suegro chupaba más que un cura, por eso le habían salido un par de hijos mongólicos. Y de los otros cinco, bueno, nadie los podría acusar nunca de ser muy despiertos.
– Eso lo hacen para tenerlo más agarrado de los güevo, a uno – su madre interrumpió la explicación con un: “Viejo, la boca”, dicho desde la cocina. – es pa´ tenerlo agarrado mijo. Ahora vaya y hágame la jugada de siempre.
El hombre miró desde la ventana, como su hijo alejaba, jugueteando con el perro. Nunca iba a ser muy despierto, pero estaba seguro que le saldría honrado. Suspiró.
Treinta años después, su hijo suspiró de una forma muy parecida, mientras se aliviaba, con el diario en las rodillas.
Un aviso le llamó la atención: la bolsa de portland salía cincuenta y un pesos.
Cincuenta y uno, el número que jugaba su padre, el número que siguió toda la vida y que tan pocas alegrías le había deparado.
Las pocas veces que sacó, su padre parecía más triste que feliz, no le gustaba que las cosas cambiaran, no le gustaba que no fueran como él sabía que debían ser.

La noche que hizo de sereno, recordó ese momento con sorpresa; las boletas indicaban que estaban pagando casi setenta pesos la bolsa de portland. Claro que el anuncio del domingo era una oferta, pero casi veinte pesos en setenta, era una diferencia demasiado grande. Y la habían estado pagando más, en la asamblea anterior, Morales había dicho, orgulloso, que había logrado una rebaja en el precio; de pagar setenta y dos, habían pasado a pagar sesenta y ocho.
Perrota, que no sabía hablar en serio, había dicho a todo volumen: ¡Uy, qué suerte, uno más y nos dábamos vuelta!

El chiste lo distrajo y no se dio cuenta de la diferencia hasta verla ahí; plasmada en las boletas. No encontraba un motivo valido para que Morales mintiera sobre el precio de los materiales, salvo que… No, era inaudito, pero a medida que revisaba las boletas de compra, veía que el precio pagado era de sesenta y ocho pesos por bolsa, y antes había sido de setenta y dos (en eso, por lo menos, había dicho la verdad).
Pero la diferencia por bolsa era enorme, y para construir cincuenta casas, se usaba mucho cemento, mucho cemento que se estaba pagando carísimo; casi podían comprarse cuatro bolsas por lo que pagaban por tres.
Esperaba que Morales sólo fuera un mal negociante, de corazón esperaba eso, el vasco Urruzola no había criado un hijo tan desconfiado como él, pero Rodolfo había heredado mucho más de su padre, de lo que habría querido admitir. Se podía ser mal negociante, pero un capataz que no tiene idea del precio del cemento es increíble.
Anotó el precio del portland y, lo decidió a último momento, de varios materiales que se compraban en grandes cantidades.
A una cuadra del trabajo de Rodolfo, había una barraca que recibió la visita de un hombre que pedía el precio de algunos materiales. Iba a empezar a edificar, dijo, y quería saber si “se le podía hacer descuento por cantidad”.
La bolsa de portland estaba a cincuenta y cinco, pero, por más de diez, “se podía conversar un cincuenta y tres”.
En otra, el precio, inamovible, era cincuenta y tres con cincuenta, igual que en la barraca que emitió las facturas que revisó aquella noche.
Con los otros materiales pasaba lo mismo, se pagaban sobreprecios de hasta un veinte por ciento; una locura.
Un robo.

Decidió oír lo que tenía que decir en su defensa, pero nada de lo que dijera iba a hacerle cambiar de opinión; Morales tenía que irse, si había hecho esas compras sin averiguar precios, la cooperativa había perdido muchísimo dinero por su ineptitud.
Sí compró a un precio, pero pidió factura por otro, no sólo debía irse de la cooperativa, debía ir preso.

Al día siguiente, en la obra, busco el mejor momento para enfrentarlo, no quería que nadie los viera hablar, no quería que aquello se volviera una batalla campal, estaba seguro que le haría mucho daño a la cooperativa que todo aquello saltara, pero el daño principal estaba hecho, ya; aquel hombre había robado a casi cincuenta familias.
Debía hacerse responsable de lo que había hecho.

Primero se rió, restando importancia a las acusaciones, pero cuando se dio cuenta que Rodolfo realmente sabía de lo que estaba hablando, su actitud cambió.
Se mostró ofendido, indignado ante aquellas falsas acusaciones; “vamos a hacer una asamblea y ahí mostrás lo que tenés”, trataba de aparentar una dignidad herida que sus ojos no acompañaban.
Luego pasó a las amenazas veladas que, enseguida se volvieron directas, cuando dijo “cuidado que los accidentes pasan”, Rodolfo decidió que ya había escuchado lo suficiente.

Se volvió para alejarse y ahí fue que Morales lo agarró del brazo para hacerle la última oferta, compartir parte de lo que había sacado.
Aquello era tan increíble que, por un momento, se quedó sin palabras. El otro hombre interpretó mal su silencio y lo apremió – dale, quedate piola, cuando estos vejigas se den cuenta de lo que pasa, vos y yo vamos a tener casa propia. –
Rodolfo dio un tirón y se desprendió de la mano que aferraba su brazo. – Voy a la comisaría – dijo, y empezó a caminar, furioso, hacia el frente.
Estaba tan perturbado que no sintió los pasos que se acercaban apurados. Por mucho tiempo, después, se preguntó por qué Morales lo había llamado, por qué no lo había atacado mientras estaba de espaldas, indefenso; pero siempre daba gracias por ello.

Cuando escuchó el “Urruzola”, estaba tan furioso, que se volvió levantando los brazos para agarrar a ese ladrón, hijo de puta, por el cuello, y fue una suerte que lo hiciera, porque pudo proteger su cabeza del garrote que bajaba.
Gritó al escuchar como su brazo se rompía y casi volvió a hacerlo cuando la sorpresa lo enmudeció. Trató de volver a levantar su brazo, pero vio que movía sin obedecerlo; el segundo golpe le fisuró la mandíbula…
Despertó en el hospital. Lo primero de lo que fue consciente, fue lo pastosa que sentía la lengua, como si hubiera dormido mucho, luego de una borrachera.
La cabeza acompañaba tal sensación, la notaba pesada, lenta. Pero eso duró poco tiempo, el dolor saltó a primer plano y, por un tiempo, nada le disputó el primer lugar en su atención.

Le dieron el alta casi dos semanas después, le había costado casi la mitad de ese tiempo averiguar qué había pasado.
Morales lo había atacado con el mango de un pico – Cuando pienso que te pudo haber pegado con una pala, o un pico, que te pudo haber matado…- fue todo lo que pudo decir su esposa antes de largarse a llorar.
Cuando por fin se calmó, y pudo sonsacarle lo que había pasado, se enteró que, de no ser por un compañero que había oído su grito, Morales podía haberlo matado.
Luego había escapado, en medio de la confusión, y todavía no se sabía nada de él.
Rodolfo pensaba que los demás creerían que había sido por la agresión, pero su esposa dijo no, también lo buscaban por el robo, la miró sorprendido, ya que no había comentado nada a nadie.
– Nadie mientras estuviste consciente, pero vinieron unos policías a ver si podías declarar algo y lo único que pudieron sacar, antes que te durmieras, fue: Robó, Morales robó y portland. –
Rodolfo no recordaba haber hablado con la policía, no recordaba haber hablado con nadie, en realidad, pero parecía haberlo hecho bastante bien.
Su esposa empezó a reprocharle por qué no había dicho nada antes. Por qué no había ido acompañado a enfrentar a un hombre que le llevaba una cabeza y varios kilos de ventaja, porque…
Rodolfo insinuó estar dolorido y su esposa se calló enseguida, con una mirada de pánico que le rompió el corazón, pero necesitaba silencio para digerir todo lo que había escuchado.

Sin dudas, la secretaria-amante, le habría tenido siempre sobre aviso, anticipándole cada movimiento de la policía o la gente de la cooperativa.
Al día siguiente, Mascareñas, un compañero de la cooperativa, le trajo las últimas novedades. Esas noticias lo condenaron a varias noches en vela.
Mas o menos, a la hora que su esposa le contaba lo que (sin estar consciente) había hablado con la policía, unos agentes detenían a la secretaria, acusándola de complicidad en el caso de robo “y pila de cargos más” – concluyó Mascareñas, moviendo sus grandes manos.
Pero eso no es nada, cuando venía, me llamó mi señora, te manda saludos, para decirme que lo encontraron a Morales. Se ahorcó.
Rodolfo no sabía si estar más sorprendido por la noticia, o por el hecho que Mascareñas le hubiera contado antes del arresto de la mujer.
La llegada del médico, no le permitió hacer todas las preguntas que deseaba (le costaba mucho hablar, ni bien lo hacía un rato, el dolor volvía con fuerza) y, para peor, cuando lo dejaron en paz, su esposa le dijo que Mascareñas se había ido.

Cuando le dieron el alta, estuvo sin salir de casa por otros quince días (aprovechando la licencia médica) y habría seguido, gustoso, por otros tantos, pero una llamada cambió sus planes.

Algunos compañeros de la cooperativa lo invitaban a celebrar “la fiesta del primer mes” – Si te digo la verdad – dijo Perrota hablando tan rápido como siempre- no va a ser una fiesta, sino que nos vamos a juntar a tomar unas chechas. Nada de mujeres, vasco degenerado, sí querés besos me los vas a tener que dar a mí. –
Por primera vez en un mes, Rodolfo Urruzola se rió sin pensar en el dolor en la mandíbula y, gracias a Dios, el dolor tampoco pensó en él. Se dio cuenta que tenía muchas ganas de ir.
– Dale, gordo, pero por lo menos afeitate. – aún sonreía cuando cortó y ni siquiera el mal humor de su esposa le hizo cambiar de idea.

El tiempo voló mientras bebían; eran cuatro, y cada uno de ellos se peleaba con los demás para poder contarle como habían pasado las cosas.
Las cervezas se iban tan rápido como el tiempo, y el tono de sus voces se elevaba mientras trataban de hacerse oír por encima del tumulto.
Increíblemente, había gente que le echaba la culpa por la pérdida del “pobre Morales”, creían que todo era mentira, una “cama” que le había hecho, por envidia.
– Ah, pero esa gente tiene mierda en la cabeza. – dijo fastidiado – ¿Que mierda piensan, que me hice romper todo por ser el capataz? Están locos.
Un silencio incómodo lo hizo darse cuenta que había levantado mucho la voz; estaba enojado, sí, pero tal vez, las cervezas lo ayudaban bastante en eso de enojarse más.
– ¿Sabés que lo enterraron acá enfrente? – dijo Perrota, tratando de romper el mal momento. – Yo me le mearía en la tumba. –

Luego de no mucho pensar, decidieron ir a ver la tumba de Morales, por lo menos para salir un poco y que el aire los despejara.

Eso, por lo menos, salió bien. El frío del otoño les sacó bastante de la euforia, mientras caminaban entre los panteones.
– Hasta muerto nos caga, este hijo de puta – comentó alguien – en vez de estar acá nomás, hace que crucemos todo el cementerio. –

El brazo le estaba molestando, y Rodolfo trataba de no pensar en eso. Pero como siempre pasa, aquello que pretendemos ignorar, es lo único en que pensamos.
Al final llegaron, justo cuando estaban planteándose dar vuelta.

La miraron un rato, pero no les produjo nada, una lápida común y corriente, mal revocada en la parte de atrás.
– Si me la encontrara, – dijo Perrota dándole un codazo – lo meaba todo. ¡Mamita, qué frío!

El golpe que su amigo le había dado fue suave, pero una espina de dolor se clavó en la carne y recorrió de hombro a muñeca.
El dolor y el alcohol se juntaron y lo hicieron decir algo que no esperaba.
– Yo no sé vos, pero yo lo a mear. Voy a esperar que cierren y voy a vaciar todas las cervezas arriba de este hijo de puta. –

Todos creyeron que lo decía en broma, que era sólo era una bravuconada, producto de la cerveza (y una sana dosis de odio), pero cuando dijo de esconderse en el baño, cuando los cuidadores empezaron a avisar que terminaba el horario, el panorama cambió.
Trataron de convencerlo de mil maneras, apelaron a su sentido común, al “que va a decir tu mujer”, incluso lo amenazaron con sacarlo a la fuerza, pero fue inútil.
Ya había entrado al baño y se negaba a salir. Sus amigos hablaron entre ellos y decidieron seguirle la corriente, si el pobre tipo quería orinar arriba del tipo que lo había mandado casi un mes al hospital, tenía derecho a hacerlo.
No serían ellos los que lo detuvieran, sobre todo, teniendo en cuenta que ese tipo les había robado el dinero de sus viviendas.

Pero Perrota decidió probar una última vez.
– Dale, todos sabemos que, cuando baje el sol, no te vas a animar a salir. Te vamos a encontrar muerto de frío en el baño este.

Rodolfo miró alrededor y, entre las herramientas de jardín, encontró algo que le serviría, un cuchillo grande, herrumbrado y sucio de tierra, que debía de usarse cómo pala para trabajos pequeños.
– Te apuesto que, no sólo lo voy a mear, sino que también voy a clavar esto en el árbol ese, que está al lado de su tumba. –

Los demás se miraron y vieron que nada podían hacer. Sólo tuvieron tiempo de acordar a qué hora lo esperarían.
– Ponele que, a las diez, estoy saltando la reja aquella – la señaló con el mentón – tiene que estar oscuro, sino, me ven los cuidadores.

Fueron los últimos en salir y se quedaron mirando mientras los funcionarios cerraban los grandes portones.
– Esos se mueren por entrar – dijo uno, y su compañero respondió con una larga carcajada.

Volvieron al bar y se estuvieron reprochando unos a otros el haber dejado que Rodolfo cometiera una locura.
Los ánimos se caldearon un poco, pero al final, llegaron al acuerdo que no había habido nada que pudieran hacer; el hombre estaba decidido.
Las horas pasaron lentas y a las nueve y media ya estaban rodando la entrada. Pero su compañero no aparecía.
Las posiciones variaban a cada minuto.
“Ya debe estar en la casa”, “lo agarraron los cuidadores y está en cana”, “lo encerraron en el baño y no puede salir hasta mañana” las opiniones cambiaban continuamente, pero primaba la idea que su amigo les había tomado el pelo.
Sin embargo, no podían, ni querían irse; hasta que se hicieron la una y decidieron irse a dormir, pero con la promesa de encontrarse allí a las ocho de la mañana.
Apenas pudieron dormir, y apenas pasadas las siete y media se encontraron en el bar, frente al cementerio. Hablaron de pedir un café, pero desecharon la idea, nada mas plantearla.
Caminaron a lo largo de los altos muros, mientras discutían que podían hacer; uno propuso llamar a la esposa de Rodolfo.
– Claro, si el tipo no fue, le va a dar un ataque, o algo. Capaz que hasta la traen acá mismo. No señor, esperemos y veamos qué pasa.

Mascareñas, que iba unos pasos delante, se detuvo tan de golpe que los demás casi tropezar con él.
No hizo falta preguntar qué pasaba, lo estaban viendo. Dos autos de policía entraban al cementerio.
Se quedaron rodando la entrada hasta que uno de ellos vio a un milico que conocía; la noticia que les dio detuvo sus corazones.
En un tono tan sorprendido como fastidiado, dijo: Uno que apareció muerto.

No podía creer que le dijeran que, probablemente, lo conocían, así que los llevó casi corriendo a ver al comisario y éste, luego de oír el relato, los condujo hasta “el occiso”.
Tirado sobre la tumba de Morales, algo de costado y con un ala de su gabardina clavada por un viejo cuchillo, a la raíz de un árbol, estaba el cadáver de Rodolfo…
En algo, sus amigos tuvieron razón. Uno de los cuidadores entró al baño y cerró la puerta por afuera, cuando salió.
Rodolfo pasó una noche interminable, dentro de aquel baño húmedo y frío. Por suerte había traído una botella debajo de su gabardina; el calor del alcohol lo acompañó bastante.
Muchas veces se reprochó el haber cometido la estupidez de quedarse ahí, pero si uno apuesta, tiene que cumplir.
Y, además, aquel hijo de puta lo había apaleado. Lo había apaleado y mandado al hospital.
¡Y cómo le dolía el brazo con ese frío cruel!
A medida que pasaba la noche, una imagen volvía y volvía a su cabeza: cómo aquel hombre había creído que él era tan sucio de poder querer ir a medias.
Su mente recreaba todo el tiempo cómo Morales lo había tomado del brazo para obligarlo a oír su última propuesta.
Al final, el frío, el cansancio y la botella se aunaron y se durmió, sentado en uno de los inodoros de un cementerio, encerrado.
No supo cuánto tiempo estuvo dormido, pero escuchó el cerrojo de la puerta y como usaban otro de los gabinetes.
Tuvo que morderse la mano para no reírse cuando oyó los ruidos que hacía el hombre mientras estaba el baño. Estuvo largo rato, pero, por suerte, dejó la puerta abierta al salir.
Rodolfo estuvo un rato quieto, esperando que el hombre se alejara, y salió. Fue hasta el portón, e incluso levantó una pierna para empezar a trepar, pero pensó que los demás se reirían de él y, aunque pareciera raro, no había usado el baño en todo el tiempo que estuvo encerrado.

Volvió sobre sus pasos y, sorprendentemente, encontró la tumba de Morales sin ninguna dificultad.
Se apoyó en el árbol que estaba al lado, para que su silueta no lo delatara y orinó larga y lentamente sobre la tumba de aquel hombre.
Luego buscó algo con que limpiarse y sus dedos dieron con aquel viejo cuchillo; faltaba la segunda parte del trato. Se agachó y, con todas sus fuerzas, clavó el cuchillo en la raíz del árbol.
– Vos nunca más vas a robar a nadie, hijo de siete mil putas. – dijo antes de levantarse.
O, de tratar de hacerlo, pues en la oscuridad de la noche, no se dio cuenta que el cuchillo había clavado un ala de su gabardina.
Cuando sintió el tirón, antes que su corazón se detuviera, Rodolfo pensó que Ernesto Morales había vuelto a hacerle una última propuesta…

El Colibrí (El portador de buenas noticias)

Mi padre decía que el trabajo era una distracción. Que, a veces, cuanto más pesada o compleja era una tarea, el tiempo pasaba más rápido.
Así que, dos días después que falleciera, decidí volver al trabajo.
Para no “quedarme en casa pensando” …
El problema, es que yo trabajaba como portero; el volver al trabajo buscando distracción y trajín podía ser cierto para mi padre, que era mecánico industrial, pero para un portero que entraba a las seis de la mañana, la historia era muy otra.
El silencio, la tranquilidad y la vista (estábamos frente al mar) siempre eran reconfortantes, siempre hacían que la primera hora fuera sólo mía.
Pero el dolor era muy patente ese día. La herida, demasiado reciente.
Y la paz y tranquilidad parecían conjurar el recuerdo de mi padre.
Su sonrisa, sus cuellos dobles por su costumbre de usar dos camisas, la forma en que, cada vez que salía de casa, le gritaba al perro que se fuera a echar.
Todo venía y cada cosa era una espina.
Recordé la última vez que fuimos a su casa.
Nos sentamos en el frente, a la sombra de un árbol, mis padres y yo. Mi señora sesteaba con mi hija mayor, la única entonces. Había dicho que la haría dormir y vendría, pero al asomarme al cuarto las vi dormidas.
Sonreí; la mitad de las veces nos dormíamos antes que la niña.
Salí, me senté junto a mis padres y les dije que ambas dormían.
– Tu padre hacía lo mismo – mamá nos miraba sonriendo – iba a verlos y él estaba dormido mientras que vos estabas sentadito, todo ojos.
– Mirá – dijo mi padre – los vecinos.
En el frente de casa había tres hibiscos. Tan juntos que parecían uno sólo con flores distintas. Todos los años florecían y se llenaban de color.
Y entonces venían los vecinos.
Eran tres colibríes, dos muy parecidos, comunes, y otro algo más grande, de pechito blanco.
Todas las tardes visitaban los hibiscos y libaban de una u otra flor, no hacían distinciones, favoreciendo a todas con sus evoluciones.
Pero no venían juntos, los más pequeños de a dos, a veces, pero el de gola blanca venía sólo y al caer el sol.
Sus gorjeos apurados eran parte de la tarde de nuestros padres, y de las nuestras, cuando los visitábamos.
Siempre nos provocaba una sonrisa ver esas movedizas joyitas, siempre apuradas, de flor en flor.
Unos golpes, tan leves que no sé cuánto demoré en notarlos, me sacaron de mis recuerdos.
Escuché con atención y sí, ahí estaba ese leve golpeteo, venía del fondo.
Me puse tenso, alguien podía estar tratando de entrar.
El hall era una gran L, el brazo más corto daba al patio interior. Un seco cuadrado sin uso ni belleza, con altas paredes a cada lado. Regado, a veces, por los cigarros que caían de los pisos superiores.
Un gran ventanal era la puerta de entrada; casi no se usaba, así que eran pocos los que notaban la apremiante falta de lubricación que sufrían sus rieles oxidados.
Abrir esos ventanales costaba trabajo y hacía ruido, nadie podía sorprenderme por allí.
Me acerqué a la ventana para ver que me había llamado la atención.
Un colibrí golpeaba su pico contra ella.
Eran poco más de las seis de la mañana de una fresca mañana de octubre, que yo supiera, los colibríes salían con el sol alto, cuando el día había empezado a templarse. Pero este parecía haber madrugado y volado, además, por encima de los muros que cerraban el patio.
Sí me hubiesen preguntado, habría dicho que era imposible, pero tenía la prueba viviente dando leves golpecitos a medio metro de mí.
Abrí una de las hojas de la ventana y, para mi sorpresa, el colibrí entró. No sólo no se había asustado por el fuerte chirrido que hizo la ventana al abrirse, sino que se mantenía volando casi al alcance de mi mano.
Volví a cerrar, el coro de chirridos se repitió, pero al volverme, el pajarito seguía suspendido en el aire, casi en el mismo lugar.
Estiré el brazo con cuidado, para no asustarlo, pero con un leve cambio en su aleteo mantuvo la distancia que nos separaba.
Por un momento parecimos personajes de historieta, yo daba un paso corto, cuidadoso, en su dirección y él se alejaba con elegancia.
Siempre apenas fuera de mi alcance, pero no mucho más allá.
Una sonrisa debió dibujarse en mi rostro, una sonrisa de sorpresa y maravilla.
Una sonrisa de paz.
Llegamos al frente, a los otros ventanales y el quedó entre el vidrio y yo.
Me saqué la chaqueta y con mucho cuidado la acerqué a la ventana.
Él no se alejó, no se resistió. Simplemente quedó flotando pegado a la ventana.
Bajé la chaqueta pegada al vidrio y cuando estaba casi en el piso, entré mi mano y tomé al colibrí con la mayor delicadeza que pude.
Todas las aves, todos los animales pequeños, tienen corazones que parecen volar, sus tamborcitos viven en un redoblar perpetuo, vertiginoso.
Yo esperaba eso, y lo encontré.
Y, sin embargo, no sentí que estuviera agitado o asustado. Sentí que se sentía seguro, que sabía que no le haría daño.
Y en ese momento escuché la voz de mí padre diciendo, “mirá, ahí están los vecinos”.
Y en ese momento supe que lo que tenía en mis manos era un heraldo. Supe que toda la magia que había sucedido fue un mensaje.
Sentí que mi padre me decía, “no sufras, estoy en un lugar mejor”
Con lágrimas en los ojos fui hasta la puerta y solté al colibrí.
El voló unos metros, volvió, y luego de darme una última mirada, se perdió en la mañana que despertaba.
Y mucho de mí dolor se fue con él.