Caligrafía exquisita

Marcelo Zapata tenía muy buena letra. Todas las maestras se lo decían.
Su madre estaba contenta, con eso. Marcelo no.
La diferencia de criterio se basaba en que su madre no entendía la dinámica masculina.
Tal vez hubo un tiempo en que la buena caligrafía (mierda por conocer esa palabra) era motivo de orgullo grupal y envidia silenciosa.
Pero eso fue hace mucho, y, Marcelo no tenía dudas al respecto, sólo entre mujeres.
Ahora, si tenías una buena cali… (¡no, no, y no! Si tenías buena letra). Ahora, si tenías buena letra, te odiaban.
Bueno, capaz que no te odiaban, odiaban, pero el resultado era tres cuartos de lo mismo; tus “compañeritos” (¡ay, mamá! ¿Cómo pudiste decirlo en voz alta?) te llamaban al orden, te pegaban, te “atendían”.
Eso era lo natural, lo había entendido por segundo o tercero, mas o menos por la época en que entendió que no era buena idea comentárselo a sus padres.
Mamá había ido a hablar con la maestra, que después les dedicó una perorata que les consumió medio recreo.
Marcelo creyó que perder la mitad del recreo, había hecho que sus compañeros entendieran que se habían comportado mal; pero no. Naturalmente que no.
Y demostraron su molestia de la manera más física posible.

Cuando le contó a su padre, a la salida (sí, había sido en tercero. Fue el último año antes que papá cambiara de horario), éste lo miró y le dijo: “Bueno, te voy a anotar en Karate”
Marcelo lo miró incrédulo, esperando una sonrisa o algo que le confirmara que su padre bromeaba, pero no; parecía haberlo dicho en serio.

– O se está volviendo loco, o cree que, de verdad voy a aprender de un día para otro – pensó.
Su padre seguía hablando se los beneficios que le traería el aprender karate: te va a hacer bien mover el cuerpo, vas a sentirte mejor, vas a tomar aire y te vas poder defender. – y dándole un leve codazo (su padre era bastante bajo), agregó: ¡¡y las nenas te van a perseguir!!
Marcelo lo volvió a mirar, su padre le guiñó un ojo y eso confirmó sus sospechas.
Lo había dicho en serio.

A su madre no, no le gustó la idea, no aprobaba “toda esa violencia”, pero estuvo de acuerdo en que le vendría bien un poco de ejercicio, “Para que tome un poco de colorcito”.

La suerte le sonrió a su hijo, pues el profesor dijo no tener cupos.
– Puedo ponerlo en lista de espera, y llamarlos si algún niño deja de venir, pero a esta altura del año, es bastante difícil. – Miró a Marcelo y lo sorprendió con una sonrisa franca – Vas a tener que esperar, campeón.
Éste le devolvió la sonrisa sin darse cuenta, el profesor le había caído bien instantáneamente; casi lamentó no poder empezar.

Al poco tiempo, sus padres olvidaron las artes marciales y él siguió siendo el blanco de burlas y golpes de algunos de sus compañeros.

El peor era Lautaro, un niño insoportable al que su madre jamás había podido controlar (Marcelo lo sufría desde el jardín de infantes). La mujer se limitaba a llamarlo y repetir “Lautaro, vení. Hace caso, le voy a decir a papá”
Todo con el mismo tono aburrido que el niño no parecía oír.
Lautaro era un misterio para Marcelo (quien creía que también debía serlo para su madre), hasta tercer año había llorado todos los días de la primera semana de clases.
Corría, empujaba, pegaba y gritaba, ajeno a los llamados de su madre hasta bien pasada la hora de entrada, sí, por casualidad, ella podía agarrarlo en sus correrías, la pateaba y se resistía con furia, Marcelo recordaba la sorpresa cuando vio aquello por primera vez, pero llegado el momento de entrar al salón, Lautaro se abrazaba a las piernas de su madre como un náufrago se aferra a un salvavidas.
La última oportunidad, fue memorable (la penúltima en realidad); Lautaro había hecho toda su actuación habitual y ya nadie le dedicaba más que una mirada aburrida, cuando tropezó con sus piernas al aferrarse a su madre.
El resultado fue que la mujer lo dejó caer para sostener los pantalones deportivos que su hijo había bajado accidentalmente al tratar de sostenerse.
El niño ni sintió el golpe, con una risa histérica trataba de volver a bajarle el pantalón, revolviéndose cada vez que su madre lograba atraparlo.
Su hijo alcanzó a bajarlo un poco por segunda vez, pero eso colmó la paciencia de la mujer, quien le dio un bofetón que lo hizo caer al piso.
El niño alcanzó a mirarla incrédulo un par de segundos, antes que su madre, roja de furia y vergüenza, lo levantara de una oreja y se lo llevara de vuelta a casa.
Al día siguiente, toda la escuela esperaba con ansias el segundo acto de aquel drama; pero uno de los actores cambió.
Lautaro y su padre aparecieron en la esquina y todos los ojos estuvieron clavados en ellos hasta que sonó el timbre.
El hombre, que vestía un mameluco engrasado y no había soltado a su hijo ni un segundo, lo llevó hasta la puerta del salón y, sin siquiera mirarlo, lo dejó junto a la puerta.
Lautaro no lloró ese día, ni ninguno de los siguientes, tampoco cuando su madre volvió a llevarlo todas las mañanas.

En sexto se había enamorado de una compañera y Marcelo tenía la mala suerte que esa niña, su compañera de banco, era de las pocas que le hablaban y que no lo trataban como a un bicho raro.
Pero Lautaro, que aparecía periódicamente con manchas de grasa en las manos, no veía con buenos ojos esas atenciones.
De poco valía explicarle, pues parecía inmune al influjo de las palabras, y el razonamiento tampoco era algo que se le diera muy bien.
Así que las golpizas volvieron, y realmente eran complicadas, porque Lautaro defendía a “su mujer”, el hecho que la niña lo despreciara y que él prácticamente no pudiera mas que balbucear cuando se dirigía a ella, no parecía importarle mucho.
Porque ella era “su mujer”, porque él ya trabajaba, él ya era un hombre.
Marcelo trataba de evitarlo de todas las maneras posibles y, la verdad, se le iba dando bien. Lautaro no se le había podido acercar en cerca de dos semanas.
Pero todos tenemos necesidades, y Marcelo debió ir al baño una mañana.
Odiaba usar el baño de la escuela; el piso siempre estaba mojado por una gotera casi centenaria, los mingitorios no tenían presión de agua y las bachas tenían dos de tres canillas rotas.
Pero lo peor era sí uno tenía que hacer “lo otro”; en los cubículos, de paredes muy escritas y rayadas con dedos sucios, no había inodoros sino tazas turcas.
Marcelo no usaba el baño salvo en casos de extrema necesidad y éste, gracias a algo que comió y le había producido una descompostura terrible, entraba de lleno en esa categoría.
Mientras discutía con la maestra que necesitaba ir al baño, que lo necesitaba faltara poco para el recreo, se dio cuenta que no sólo era una necesidad; era una emergencia.

Mientras se aliviaba, en precario equilibrio por no querer tocar las paredes, sonó el timbre del recreo.
Se limpió concienzudamente, tiró la cadena por segunda vez y, al abrir la puerta, casi se dio de lleno con Lautaro.
La vieja cisterna hacia un ruido atroz, y, a decir verdad, estaba tan concentrado en salir sin tocar nada, que no habría notado ni siquiera la entrada de un elefante.

– Mirá quién está acá – dijo el otro con tono casi alegre – el que me quiere sacar mi mujer.
Había dos o tres con él, siempre los hay alrededor de los matones, que festejaron lo que dijo, aunque no parecieron entenderlo.
– Vení, maricón, “letra linda”, vení que te voy a mostrar lo que hacen los hombres. –
Marcelo fue súbitamente consciente de todos los olores que poblaban el baño. Fue consciente de cada uno de ellos y lo que significaba.
Y supo que estaba perdido. Contra Lautaro era prácticamente imposible defenderse, pero con sus seguidores cubriendo la salida, ni siquiera tenía sentido plantearse resistir.
Pero Lautaro sacó una revista que tenía en el bolsillo trasero y, con un ademán orgulloso, se la mostró a los demás.
– ¡Esto es lo que compra un hombre con su primer sueldo! – y abrió la revista pornográfica para que todos pudieran verla.
Marcelo la miró con bastante curiosidad al principio, las revistas de ese tipo eran algo casi mitológico a aquella edad, aunque, al poco rato, empezó a sentirse asqueado.
No entendía muy bien la mitad de las fotos y la otra mitad le parecían simplemente asquerosas, pero Lautaro y sus amigos estaban absolutamente fascinados con las imágenes.
– Mirá, esto es lo que le voy hacer a la Karen – decía y sus amigos asentían sin quitar los ojos de las fotos, callados salvo algunas exclamaciones ahogadas.
Cuando creyó que había pasado un tiempo prudencial, Marcelo dijo “bueno, me voy” y empezó a alejarse despacio. Si les llamaba la atención corriendo o algo, lo más seguro es que olvidaran la revista y se ocuparan en pegarle.
Creyó que lo había logrado cuando sintió una pesada mano caer sobre su hombro. Los olores volvieron a ser nítidos, casi tangibles y esta vez, Marcelo apretó el puño y se dispuso a golpear. Lo habían dejado acercarse a la puerta y contaba con la sorpresa.
Pero la voz Lautaro no fue amenazante, incluso su agarrón se sentía distinto.
– Este es el que me va a ayudar en las pruebas, éste es el que me va a pasar todas las respuestas. – lo giró casi sin esfuerzo y preguntó – ¿noverdá?
Marcelo decidió que no, que no le iba a pasar las respuestas, que no le iba a pasa una sola puta respuesta; pero recordó cómo Lautaro había compartido con él su revista, luego de encontrarlo en el baño, absolutamente inerme y cambió de opinión.
– Si, amigazo, te las voy a dar. – sonrió.
Lautaro pareció absolutamente sorprendido, tanto que no hizo nada cuando Marcelo se alejó tranquilo.

Al día siguiente, Marcelo se apuró como nunca en marcar todas las opciones de su hoja de prueba, pero la dejó sin firmar. Cuando la maestra se distrajo respondiendo una pregunta, pasó la prueba terminada hacia atrás y recibió la de Lautaro, casi en blanco, a excepción de la fecha, casi dibujada en el vértice de la hoja.
“El hombre” era tan imbécil que todavía le costaba escribir algunos números.
Molesto, Marcelo borró la fecha y, antes de rellenar la hoja de prueba, puso, con su mejor caligrafía, su nombre y la fecha…

Pasó el fin de semana y el lunes lo encontró tranquilo, feliz. Lautaro pasó a su lado y al grito de ¡amigazo! chocaron las palmas.

La maestra se sentó y comenzó a dar las notas según el sentido en que estaban sentados, luego de decir la de Marcelo (49 respuestas correctas, sobre un total de 50) dijo la de Lautaro.

El estudiar mucho, tiene ventajas. En las pruebas, por ejemplo, uno sabe bien cuáles son las respuestas correctas. Por eso, Marcelo hizo una mueca al saber que había fallado una respuesta.
La mueca se mantuvo aun cuando sintió la pesada mano de Lautaro dándole golpecitos en el hombro, felicitándolo.
Saber todas las respuestas correctas, implica saber, también, cuáles no lo son; por eso, la sonrisa volvió por fin a Marcelo, cuando oyó la nota de Lautaro.
Un resonante cero en cincuenta.

Conversacione con Dio

Resulta que bajé del ónimo medio tarde porque la noche había estado buena y larga.
¿Y cuando estaba llegando a casa, no veo a la patrona yendo pa´la feria?
Lío en fija, así que agarré y me metí en el primer lugar que encontré.
La iglesia.
¡¡Dio mío¡¡ ¿No había un lugar mejor pa meterme?
Y ya que estaba, agarro y me quedo en misa y le agradezco a Dio la mina que me levanté.
Todas las vieja estaban arrodillada así que me arrodillé yo también.
– Gracias Dio, por la mina que me levanté, taba divina la porteña esa…
¿Y no se me aparece Dio parado al lado mío? ¿Podés crer?
– Ejem… Ta, Dio, ponele que toy pecando, pero te agradezco igual. Bueno, yo sé ques la mujer diotro y tengo la mía.
Dio me miraba con cara de milico de tránsito mirando el pibe que le sacó el auto a los viejos.
– Yo la amo y siento que a ella le pasa lo mismo.
Dio nada, seguía serio.
– E verdá, le digo yo. Dio nada y yo que me pongo nervioso y le entro a esplicar bien rápido.
Que no, que mirá que vive allá lejos (casi digo en el culo del mundo, pero eso no se le dice a Dio. Meno en la iglesia)
Fuego y condenación eterna ahí mismo.
– Que no me la cogí, Dio.
Ahí Dio levantó una ceja y se oyeron unos truenos.
Mal yo ahí, porque Dio ve todo. Porque Dio es Dio. ¿Entendé? Ve todo, aunque te escondás.
Te sabe los número de la quiniela Dio.
Pero no juega. Siempre gana. Y si ganá siempre no tiene gracia.
Dio le dice a Rodríguez Tabeira, sacame el 621 a la cabeza y él va y se los saca.
¿No se los va sacar? Si es Dio que le dijo.
Do por tré, Dio está aburrido y va y te hace salir el 03 ques el número de San Cono.
Chocha la gente de contenta.
Bueno Dio, me agarraste, me la cogí. ¡Pero solo una vé!
¿Qué? ¿Que en el altar juré fidelidá?
Pero no dije que no iba a coger.
Ademá me dolía un huevo, Dio. Vo sabé. Pero igual el compañero anduvo.
Ahí Dio medio descruzó los brazo…
Me mira como diciendo: cierto, te la compliqué pila esa noche. ¿Eh? Pero saliste adelante. Eso me complace.
Porque sí, Dio es de meterte el dedo en el culo, pero si salí adelante te respeta.
Como a Onán, que era flor de pajero, pero está en la Biblia.
E un apóstol, creo.
Como que lo descoloqué a Dio cuando le hice acordar que me hizo doler un huevo toda la noche.
Ahí nomá le dije que de la Biblia sabía cualquier cantidá.
Preguntá. Dio, le digo, preguntá nomá.
Medio se sonrió y me dice: ¿Los mandamientos y eso del orgullo lo leíste alguna vez?
Voz gruesa tiene Dio.
Te canta en cualquier orquesta Dio si quiere.
Pero no quiere. ¿Por qué pa qué se mete uno en las orquestas?
Pa montarse las mina. Te ven en el escenario y emputecidas quedan.
Pero Dio no quiere eso. Lo prohibió y todo.
Y Dio no é peronista pa andar trampeando a los que lo votaron.
Entonces no canta en ninguna orquesta.
Yo le digo, no Dio, ese día no vino el monaguillo y no enseñaron esa parte en catequesi.
Y me pregunta de lo apóstole.
Yo le digo, y lo maté.
No lo maté, porque Dio e imortal, pero le dije: ¡Caín, Abel, Poncio Pilato y el faraón de egito papá!
Ahí Dio abre grande los ojos y larga la carcajada. Se ve que se alegró de encontrar uno que sabía tanto.
Ahí Dio me palmea la cabeza y me dice, ta bien hijo mío, ve conmigo.
Porque así dice Dio cuando dice ve con Dio
Y desapareció.
Abrí las vista y estaba una monjita barriendo la iglesia.
Dicen que algunas monja andan siempre medio necesitada, pero esa era vieja y yo con ella no quería nada.
Agarré y me fui pa casa.

El elefante del Circo

Por culpa de uno de esos circos que van de pueblo en pueblo, una vez mi abuelo Braulio ‘tuvo detenido por faltarle el respeto a la autoridá.

Resulta que fue uno allá, a Artigas.
Tenían un forzudo, unos malabaristas, un mono que te peliaba, un mago y hasta un tigre de los de verdá.
Mis tíos, que eran muchachones, le pidieron al abuelo Braulio pa ir.
El meta decir que no, que no.
Que había que trabajar en la chacrita. Muy humilde era nuestra chacra,
no llegaba a las quince mil cuadras de campo.
Pero al final los dejó ir el sábado. ¡¡Pero me llegan bien temprano que
mañana vamo a misa!!

Pasaron por lo de los Moraes, levantaron al tío Albino (era medio de pocas luces el tío Albino) y allá marcharon pal pueblo y esa carga de promesas que era el circo.

Todo muy lindo, se rieron de los payasos, sobretodo el tío Albino.
No entendieron cómo la muchacha se paró después quel mago la cortara al medio.
El mago se parecía a uno de los malabaristas, capaz quera el mismo

Y le admiraron la enjundia al que se metió con el tigre. Tenía un látigo y todo, pero eso de meterse en una jaula con un tigre…

Anunciaron que iban a traer al elefante.
Pero aaannnteeeeesss – preguntó un engominado que presentaba – ¿Quién se atreve a desafiar aaaaaa Caaaaabilaaaaaaa el orangután traído del Aaaaaaafricaaaaaa?

Según el tío Bartolo, Aaaafricaaaaa quedaba por Salto o un poco mas allá.

El tío Américo dijo que ningún salteño le iba a ganar a él y allá se mandó pa la pista.

El tío Asdrúbal, que tenía buena vista, dijo quel mono tenía un cierre atrás, en la espalda y ojos verdes.
Como el forzudo, dijo, pero estaban empezando la pelea y nadie le dio bola.
Ya era viejo cuando lo conocí al tío Américo, pero me contó quel mono tenía pila de fuerza.
Cuando le dije de los ojos verdes, dijo quera cierto.

Empezaron a pelear, el mono le tiró un par de sopapos bien dados y el tío Américo se calentó.
Medio lo agarró del cogote y el mono dijo: ¡Aflojá, aflojá hijo de puta!

Nadie le iba a ensuciar a la mama por más oratanguán y salteño que fuera; así quel tío se afirmó y entró a apretarle el cuello.

Entonces empezaron a pasar pila de cosas y todas muy rápido.
El mono entró a mover los brazos como si fuera un molino en plena turbonada.
El presentador, el mago, un payaso a medio vestir y un malabarista de pantalón apretado se metieron a la pista pa separar.

Y le entraron a pegar a tío Américo.

Ahí entraron los otros tíos y se armó flor de desbarajuste.

¡¡ Dejalo, dejalo – gritaba una malabarista – lo vas a matar, es mi marido!!

Pero era raro porque el tío sólo tenía al mono del cogote.
Y la mujer, por más salteña que fuera, no iba a estar casada con un oratanguán de ésos.
Así que seguía apretando.
En eso entra un flaquito con un rebenque largo y agarra a todo el mundo a los rebencazos.

De repente se escucha un ruido espantoso y la carpa se empieza a mover.
¡¡El elefante!! gritaron todos los del circo agarrándose la cabeza y salieron corriendo pa fuera.

La carpa se fue cayendo despacito y los tíos aprovecharon para escaparse entre todo el lío que se armó.
El tío Américo había soltado al orangután cuando oyó aquel tremendo grito, así que no hubo que convencerlo de nada.
El tío Asdrúbal aprovechó para tocarle el culo a la mujer del mono cuando pasó cerca.
Pero ella ni se dio cuenta.
Cuando llegaron a las casas, el tío Américo estaba desconsolado porque le habían roto la camisa de salir. El pobre Albinito tenía un ojo morado y nadie sabía quién le había pegado.
Dejaron a Albino en la casa y se acostaron calladitos.

Cuando el abuelo Braulio se levantó, no sabía qué era lo que lo había despertado.
Pero los perros lloraban. Y eran perros muy de atropellar, así que algo raro pasaba.
Cuando se asoma ve un animal monstruoso de grande, gris oscuro con los primeros clareos del día.
El abuelo no sabía qué era eso, pero sí sabía que le estaba rompiendo todas las plantas de manices.
Don Braulio no sabía que aquello era un elefante. No se da mucho el elefante silvestre en Artigas. No crece.

El abuelo Braulio decidió llamar a la comisería.
El nuestro fue el primer teléfono rural de Artigas y uno de los primeros del país. Nos sentábamos todas las tardes a mirarlo un rato.
Cuando el comisario atendió, demoró bastante porque había tenido “flor de lío en el circu e’ mierda ese” el abuelo le contó que un animal enorme le estaba deshaciendo media plantanción.

– Lárguele los perro, propuso el comisario.
– Mire si me los mata – respondió el abuelo.
– Bueno, descríbamelo – dijo el comisario.
– Es gris, grandote y parece que tiene dos rabos.
– ¿Dos rabos? – preguntó el oficial – ¿Uno al lado del otro?
– No señor – dijo el abuelo – uno atrás y otro adelante.
– ¿Usté me está tomando el pelo, don Ramos? – preguntó el milico.
– No señor – dijo el abuelo ofendido – yo no miento y menos el día del señor.
– Bueno – dijo el comisario – dígame qué está haciendo.
– ¿¡No le digo que me está deshaciendo toda la plantación de manice?!
– Bueno, sí, le dijo, pero ¿qué hace con lo manice?

El abuelo veía mejor ahora que había clareado, pero no sabía si decirle o no al comisario lo quel bicho estaba haciendo.

– No sé si decirle – dijo el abuelo.
– ¡Vamos hombre! ¡Dígame de una vez!!
– ¿Vio que le dije que tenía dos rabos?
– Ajá – dijo el comisario.
– Bueno, agarra los manice con un rabo y …

Así fue cómo el abuelo Braulio se fue detenido por faltarle el respeto a la autoridá.

Cuando fui chofer del Papa

Resulta que, como la cosa estaba complicada por acá, tuve que ir a probar suerte a Italia.
Hice mucho dinero con mi fábrica de lacas y pinturas
Pinturas Gamo.
Son pinturas de gran calidad, aunque, debo reconocer, parte del negocio no marchó.
Las lacas no funcionaron.
Por alguna razón la gente se resistía a comprar la Laca Gamo.
Estaba tan necesitado de dinero y trabajo (mi apego al trabajo sólo se compara a mi modestia) que acepté el primer empleo que me ofrecieron.
Vendedor de refrescos.
Yo vendía Refrescos Perla, en sus cuatro sabores:
Perla Lima-Limón
Perla Pomelo
Perla Naranja.
Y la que más me pedían las mujeres, el sabor Cola.
Me paré en la única salida de Roma.
Fue difícil encontrarla, no hay muchas salidas de Roma.
Todos los caminos conducen a Roma.
Pero como yo debía ser el único allí, pensé que me iría bien.
Los hombres pedían de todos los sabores (la llamaban Péerla. Muy de estirar las letras los tanos)
Las mujeres sólo pedían cola; Dame Perla-Cola per favore.
De repente, al lado de donde estaba parado, se abre un tremendo portón y sale uno medio vestido de cura.
Lloraba el hombre.
– ¿Qué le pasó signore? le pregunté.
– No, me dice. No lo quiero contare. E molto triste.
Yo de italiano agarraba poco, pero igual entendí bastante.
– Cuénteme, mi amico, desahoguesé.
– En cueste Vaticánolo sono tutto uno malepensado.
– ¿Pero perqué dice que son malepensados? – le pregunté.
– Oggi me levanté sintiéndome penómeno, entonces agradecí al signore.
Cuando bajé a desayunare, les dije a tutti:
¡Oggi me siento uno bambino!
Pero con todos los pederasti que hubo, me interpretaron male.
¿Come que te va sentare un bambino? ¡Degeneratto, mascalzone!
Y me echaronno.
Y estoy acui, sine trabaco y male visto per tutti.
– ¿Y cuál era el lavoro que tu tenía en el vaticánolo? Pregunté, fascinado por cómo me estaba desenvolviendo en un idioma extranjero.
– ¿Ío? era chofere dil Papa.
El mundo es de los que se animan, así que le digo:
– Hagamo cuesto. Tú me vende los jugo (sabore cola no queda piu) y yo le maneco al Papa.
– Buono. – me dice – Pregunta por il monseñore Buonanotte y capá que te da el lavoro y tutti.
Y allá me metí confiado.
Conseguí el trabajo.
Llevé a su Santidá por todos los pueblos de Italia, estuvimos por Sammartini, Santorini, Lambertini, Etcetericini.
Un crá el Papa. Conversábamos y todo.
Pero nada de mirar a las mujeres.
Yo las miraba por los dos, porque las tanas hablarán en italiano, pero están todas buenas.
En una, el Papa me dice: Culio, Caro (re amarrete se ve que era, porque meta decirme que le parecía caro yo), io te veo buono e lavoradore.
– Gratzie, pádere.
– No, none diga gratzie que todo e vero. ¿Culio, tu podere guardare un secreto?
– Ma cóme no, su santidade, cuente.
– Me encanta manecare. ¿Posso manecare cuesto auto ?
Al Papa no se le dice que no y menos yendo de Roma al Vaticano, que es un trayecto larguísimo.
Se te emburraba, se quedaba callado y te aburrías todo el viaje.
– Pero como no, signore, faltaba mase.
Entonces intercambiamos lugares.
Chocho de contento el Papa.
Y le gustaba la velocidad. Lo pisaba al Lancia.
Yo sentado atrás, como un campéon, tomando vino y comiendo hostias, que son como las Lays, pero sin sabor ninguno.
De repente miro el cuentakilómetros…392 km por hora.
Y nos pasan dos carabinieri (les dicen así a los milico allá) y meta hacerle seña a su santidá para que parara.
¡Paaaah! – pensé yo – ¡De ésta no nos salva ni Dió!!
Pero no se lo dije al Papa, porque él le tiene una fe bárbara.
Su santidad afloja la velocidad y para.
Los milicos pararon atrás y mientras venían le dije al Papa: Qué macana, su santidá, nos van a multar.
– Culio, hijo, ten confianza en Dio. – me dice.
Yo tenía más confianza en un billete de cien euros en la libreta de la propiedá.
Se lo iba a decir al Papa pero los carabinieri ya estaban arriba nuestro.
El primer milico lo mira al Papa, me mira a mí, lo vuelve a mirar la Papa y dice:
– ¡CIRCOLARE, CIRCOLARE ! Aquí no ha pasado niente.
Y apurado se lo llevó al otro.
Yo no lo podía creer.
El Papa se sonrió y me dice:
– ¿Viste Culito querido (no me gustaba que me llamaran así), no te dije que había que tenere fe?
Allá atrás, un milico le preguntaba al otro: ¿Perqué los dejaste ire? ¿Era molto importante?
– ¡¡Imaginate cómo sería de importante que el Papa era il suo chofere!!

Pocos pesos de propina

Poco tiempo.
El taxi en la esquina.
Corro, no quiero perderlo.
Nadie dentro.
Nadie a la vista.
Mucho tránsito.
Taxis llenos.
El chofer sale del kiosco.
Sí, está libre.
La puerta trancada.
Da la vuelta despacio.
Renguea.
Apenas.
Se acomoda.
Demora demasiado.
No abre.
Pone algo junto a la radio.
Se estira y saca el seguro.
Agraciada y Bulevar
Un semáforo.
Otro.
Tres seguidos.
Maneja despacio.
Le pido que se apure.
Después que choqué, no corro más.
¿Te bajás y esperas otro?
No respondo.
Antes tampoco jugaba.
Señala.
Un número de lotería.
Junto a la Radio.
Sí ganas, es pa lío.
Mucho problema.
A mi dejame así.
Pero mi mujer dice que juegue.
Ponete el cinto.
Mucho milico, y la multa la pago yo.
Mirá esas minas.
Se les ve todo.
Liceales, tiene razón, polleras muy cortas.
Putas de chicas.
Todas putas.
Pasamos frente a una iglesia.
Se persigna.
Todas putas, repite.
¿Podemos ir más rápido?
No responde.
No acelera.
Hace calor.
Voy a llegar tarde.
Más semáforos.
Tiene que frenar de golpe.
Un ómnibus pasa cerca.
Muy cerca.
Se para en la bocina.
Están de vivos, estos.
Ahora acelera, enojado.
Llego justo a tiempo.
¿No tenés más chico?
Voy a buscar.
Se baja.
Esperame acá
Demora.
Lo veo conversar.
Una cinta roja en el retrovisor.
Olor a tránsito.
A tabaco viejo.
Sigue hablando.
Se ríe.
El billete de lotería.
Lo guardo.
Cruza despacio.
Me da el cambio.
Le dejo propina.
Poca.
Menea la cabeza.
Bajo.
Doblo la esquina.
Miro.
Va lejos.
Llego dos minutos tarde.
Me dicen que espere.
Miro el billete.
Lindo número.
Se sorteó a la tarde.
No saqué.

Perseo era crá

Perseo era crá
Pasa esto; había un rey, medio caracagada, allá en la antigua Grecia.
Bueno, con eso no limito mucho el rango, pero igual.
De otra manera que tampoco reduzco el target, es diciendo que éste rey consultó al oráculo, en Delfos, sobre su futuro.
Sigo sin reducir mucho diciendo que el oráculo dijo que su nieto lo mataría; más o menos, eso se aplica a la mitad de la realeza de Grecia.
La otra mitad, es aquella a la que la pitia dice que serán sus hijos, en lugar de sus nietos, quienes los matarán.
Éste rey, Acrisio, tenía una hija. Una hermosa mujer, llamada Dánae
Cuando el rey vuelve de Delfos, ordena encerrar a su hija en un sótano de palacio, para que ningún hombre pudiera acceder a ella y “conocerla” (Guiño, guiño)
¿Pero, que tienen en común los reyes griegos que son caracagadas y a los que el oráculo vaticinó una muerte violenta a manos de sus hijos/nietos/yernos?
Tienen una hija que está firme cómo teletubby en cama de velcro.
Y Zeus es muy de enterarse de eso.
¿Y qué hace Zeus cuando se entera?
Va y te preña a la nena.
Y uno no puede andar jactándose del suegro; porque viene Hera y te hace algo.
Generalmente malo.
Resulta que Zeus va y la ve a Dánae.
La ve y dice: ¡Ay, me meo!
Y se miyó nomás
Pero sobre la pobre Dánae, en lo que se conoce como lluvia dorada. Y parece que eso tuvo consecuencias inesperadas; los divinos pececitos de Zeus, inundaron el inmaculado cuerpo de Dánae.
Y le llenaron la cocina de humo.
En lugar de mearla, podría haber hecho otra cosa que era mucho más interesante, pero Zeus tenía esas cosas.
Acrisio se enteró que la nena estaba en la dulce espera. Y que necesitaba una ducha.
Pero sabía que, de tomar acciones contra su hija, atentaría contra el hijo de Zeus.
Y Zeus era mucho de fulminarte con el rayo si se enteraba que le limpiabas un descendiente; o te pegaba con la Égida, con resultados igualmente funestos
Tons, Acrisio pensó cómo podía deshacerse de su hija y del niño, que ya había nacido (es lo que tienen los pescaditos divinos; te sacan un botija enterito en un abrir y cerrar de ojos. Cualquier cristiano te hace un pibe en 38, 40 semanas. Pero Zeus te los desarrollaba en un par de noches nomás. Y, como bien puede afirmar Alcmena, Zeus te hacía durar las noches todo el tiempo que quería)
Bueno, total que el rey encierra a hija y nieto dentro de un gran baúl, que luego tira al mar.
Pero, como era medio ladino, agarra y dice: ¡Oh, Poseidón! A ti encomiendo al hijo de Zeus todopoderoso, de rostro cual fuego refulgente. ¡A ti, oh soberano de todas las aguas!
A ti encomiendo al hijo de Zeus y la princesa Dánae de Argos, su madre, mi hija.
Todo esto suena muy ceremonioso, muy griego.
Pero en realidad, era pa lavarse las manos.
Porque, si vos encomendás un baúl al dios del mar, podés alegar que, si sus incómodos ocupantes se ahogan, no es tu culpa, sino la del señor de las aguas.
Entonces, Poseidón se dice, allá en su trono de nácar, rodeado de Nereidas, Sílfides y Tritones; eleva su voz majestuosa, su voz cual rumor de mares lejanos y alegres cañadas de montaña, su voz que recuerda al arcoíris en las cascadas y a la lluvia corta de veranos luminosos.
Y dice: che, pa mí que éste está de dobandi
Porque el culo roto de Zeus se preña a cualquier gato fino de por ahí, y después los defiende como a hijos legítimos.
Así que Poseidón, pa evitarse problemas, se lava las manos y los hace derivar a la isla más cercana, que resulta ser Serifos.
El rey de Serifos se llamaba Polidectes y podía tener múltiples defectos; pero, definitivamente, la ceguera no era uno de ellos; así que, viendo a Dánae, se enamoró de ella.
Dánae lo rechazaba continuamente, por lo que, pasado un tiempo, el bueno de Polidectes, decidió tomar por la fuerza, aquello que no se le daba de buena gana (conducta que contradice aquello de “el bueno de Polidectes”), pero se daba cuenta que Perseo no parecía el tipo de hijos que toman a bien la violación de su madre.
– Mejor lo hago limpiar – se dijo Polidectes – Pero con cuidado, Zeus no debe saberlo.
Pero Zeus, el que lleva la Égida, es muy de enterarse cuando le limpian un hijo.
Es uno de los beneficios de ser el rey de los dioses (eso y descuentos en Corega. Porque sería horriblemente bochornoso que al rey del Olimpo se le caiga un tedien en pleno discurso ¿nocierto?)
Entonces, a Polidectes se le ocurre un plan.
Hace correr la noticia que iba a enamorar a la princesa Hipodamía (que era un caballo)
Perseo, cuando se entera, exclama: ¡Paaah! Esa mina está bárbara, si te la levantás, te hago flor de regalo de bodas; la cabeza de Medusa, una manada de briosos corceles, un apartamento en Puntaleste, lo que quieras.
Ahí Polidectes para la oreja y dice: te tomo la palabra, oh Perseo, querido como un hijo (mentira, pero había que disimular), nada haría mayor honor a mi amor por la bella Hipodamía.
No había forma de echarse atrás, porque toda la corte había oído su promesa, así que Perseo se vio obligado a partir en busca de la cabeza de la más famosa de las gorgonas.
Ser hijo del rey de los dioses tiene pila de ventajas, Zeus movió unos expedientes en el Olimpo y le consiguió algunas cosas que nunca deben faltar en ninguna expedición de matada de Medusa que se precie de tal.
Era una garantía tener de padre a Zeus; ta, ponele que Hera te complicaba, (como al pobre de Heracles) pero igual tenía sus ventajas.
Pero, como todo eso era en el tiempo de antes, no había ADN todavía; no se había inventado; (esas cosas son inventos de los japoneses, viste que a los japoneses se les da bien, eso de hacer las cosas más chicas) Zeus podía negar la paternidad, pero igual, siempre te apoyaba.
Resulta que Zeus le consiguió una bolsa de la que nada podía escapar, unas zapatillas que Hermes usaba para correr (como alitas tenían atrás) y Atenea, (que era medio machona) le regaló un escudo; tan pulido que te podías afeitar en el de lo bien que reflejaba y, por último, un casco de Hades que, si te lo ponías, eras invisible.
Un lujo para meterse en los vestuarios de las mujeres de los baños públicos de Atenas.
Entonces, Perseo va a la caverna donde vivían las parcas, Clotho, Athropos y Laquesis, que serían muy parcas pero tenían un sólo ojo, que se iban pasando por turnos.
Nuestro héroe se escondió tras ellas y, mientras una se le pasaba a otra, se apoderó del ojo que compartían (Re mal, Perseo, ahí; aprovecharse de la gente con capacidades diferentes)
Pero en la antigua Grecia, eran muy de divertirse así; a Homero, ese que escribió de la guerra de Troya y eso, le decíamos que lo ayudábamos a cruzar la circunvalación del Partenón y lo dejábamos ahí, entre los carruajes y eso. Divertidísimo
Y al Pigmalión ese, el escultor, también lo podíamos por rarito (medio enfermito era, se culeaba las estatuas)
“Che, media fría tu novia” le gritábamos, “Media dura de entender, ¿no?” cosas así.
Al final se armó una que estaba muy buena y Afrodita le dio vida (aunque bailando era durísima) y la llamó Galatea.
Al final, todos los que nos reíamos de él, le terminamos envidiando la mina.
Habíamos dejado a Perseo con el ojo que le había robado a las parcas; ellas para recuperarlo, le dijeron donde vivían las gorgonas.
Las gorgonas eran tres hermanas, una de ellas era Medusa.
Se ve que era el apellido o algo, las Gorgonas; como las Pérez, las Gómez, y eso.
Perseo entró a la caverna donde vivían las Gorgonas y esperó a que estuvieran dormidas. Cuando lo estuvieron, usó el escudo de Atenea para cortarle la cabeza a Medusa, sin mirarla directamente.
Porque la cabeza de Medusa, además de lacios cabellos, que en realidad eran víboras, tenía unos ojos horribles cuya sola contemplación, te convertía en piedra.
Y ahí no había Afrodita que te salvara; te quedabas hecho piedra por toda la eternidad y algunos meses más.
Luego de decapitar a Medusa, Perseo guardó la cabeza en la bolsa mágica y huyó.
Pero debió ponerse el casco de invisibilidad, porque las hermanas de Medusa habían despertado y no tomaron muy bien eso de encontrar a la hermana decapitada.
Los zapatos de Hermes son lo último a la hora de surcar raudo los cielos, sobre todo si sos perseguido por un par de furiosas gorgonas, aunque, justo es decirlo, de poco luce la elegancia si uno usa el casco de invisibilidad de Hades.
Cuando Perseo se acercaba a su isla, pasó frente a Etiopía, donde había unos barrancos, a los que estaba encadenada una muchacha.
La madre de la nena no sabía mucho de la debida humildad para con las deidades, así que se anduvo jactando de estar más buena que las Nereidas.
A los dioses no les importa que, en realidad, vos sí estés mas buena que comer dulce de leche con el dedo, lo que les molesta es que lo andes pregonando por ahí, así que llenaron de calamidades al pueblo.
Y los llenaron de plagas e inundaciones, hasta que los sacerdotes dijeron que la pobre botija tenía que ser ofrendada al mar y devorada por un mostro marino.
En aquella zona se daban mucho; había bastante pique de mostros marinos en aquellas costas.
Pero resulta que Perseo venía, vio a esa hermosa muchacha y se enamoró de ella.
Lo que fue muy conveniente para Andrómeda, ya que el mostro se acercaba y parecía tener bastante apetito.
Perseo, sacando la cabeza de Medusa de dentro del saco mágico, se la mostró al mostro al grito de:
“La saco del saco, se la mostro al mostro”
El pobre bicho quedó convertido en piedra y Andrómeda se enamoró de Perseo.
Regresaron juntos a Serifos y encontraron que Dánae y Dictis (un hermano del rey y padre adoptivo de Perseo) se habían encerrado en un castillo, acosados por Polidectes que quería tomar a Dánae por la fuerza.
Entonces, lleno de furia (a ningún botija le gusta que alguien se quiera enhebrar a la madre, y menos medio de a prepo) se apersonó a Polidectes y le dijo: Mirá que linda medusa, la medusa que cacé.
Y el tipo quedó de piedra.
Literalmente
Que es bastante más incómodo que hacerlo en sentido figurado.
Así que, con el apoyo de su hijo adoptivo, Dictis se convirtió en rey de Serifos y colmó de honores a Perseo y Andrómeda.
Luego, Perseo supo que era el legítimo heredero de Argos y para allá marchó, junto a Dánae y Andrómeda.
Acrisio se enteró que su nieto (y con él, la amenaza de la profecía) se dirigía a su reino, así que decidió escapar de incógnito.
Cansado de huir, dijo: ¡Ma sí; yo me vua ver unos partidos!
Y se detuvo a presenciar unos juegos en la ciudad de Larisa. Pero no fue de risa el final de su día, porque Perseo decidió participar en esos juegos, en el lanzamiento de disco.
Hera, que siempre traía desgracia a los hijos de Zeus, hizo que una ráfaga de viento desviara el disco de Perseo, con tanta mala suerte que golpeó a su abuelo, y lo mató.
De esa manera se cumplió la profecía, Perseo se convirtió en rey de Argos por legítimo derecho, pero cedió el trono a uno de sus primos.
Más tarde fundó Micenas, una de las más importantes y hermosas ciudades de Grecia.
Pero eso ya es otra historia.

El primer baño del tío Artemio

Resulta que mi tío Artemio no era muy amigo del agua.
No si no se presentaba en forma de cubitos.
Los demás tíos le decían que no podía ser así, que avergonzaba la familia.
– Tenés que ser como nesotro, Artemio, que se bañamo. Dos vece al año, aunque no haga falta, se bañamo.

Tanto insistieron que quedaron bien arrepentidos cuando, en pleno primer baño, el finadito tío Artemio se ganó ese título.
– Sino le estaríamos diciendo de bañarse, el Artemio taría vivo, todavía.
Hablaban así por telúricos que eran nomás, porque amaban la tierra. Excusa que usaban cuando los invitaban a bañarse.
– No, señor, amo a mi tierra y la llevo pegada. –

Pero el tío Artemio no era así. Trabajaba en los viñedos de Artigas. Cerca de Masoller.
El tío tenía un puesto de importancia. Barría. Pero no sólo dónde se veía, Donde no se veía también, aunque no hubiese alfombras.
Un día viene el gerente, que según el tío no sabía nada, y le dice: ¿Don Ramos, no se me anima a lavarme ahí los barriles?
Mi tío no le tenía miedo al trabajo. No señor. Le mandaban hacer algo y él se quedaba un rato largo quietito, pa’ demostrar que no se amedrentaba.
Valiente, el hombre.
Uno no se quedaría parado delante de un tren o de un tigre furioso. No, porque les tiene miedo.
El tío se paraba ahí, horas delante de un trabajo urgente, sólo pa’ dejar en claro que no le tenía miedo al trabajo.

Bueno, el gerente le pidió que le lavara los toneles y allá fue mi tío.
Y lavó las duelas (así se llaman los palos de los barriles) por afuera.
Tan bien lo hizo que hasta borró los carteles con los nombres de los vinos y las fechas.
Pero él sabía de vinos, así que agarró y les puso todos los nombres que sabía.
Le puso 1924 que fue cuando Uruguay salió campeón olímpico.
Muy del deporte y muy patriota mi tío, para qué negarlo.
Y estaba tan contento que decidió lavar los toneles por dentro también.
Si hago treinta, hago treinta y uno, dijo. Así que agarró la escalera y la apoyó en el barril “Clarete de la casa” cosecha 1924.
Pero le costaba subir con todos los cuestiones, así que dijo: mejor agarro y llevo sólo el jabón.
Y ta, bajó y dejó todo lo demás. Pero allá arriba no había lugar para pasar, así que le sacó la tapa al barril y se metió.
El tío era muy trabajador, pero muy distraído también, así que olvidó que, aunque parecía mentira, en una viña los barriles a veces tienen vino.
Así que, cuando revoleó la pierna, cayó en dos metros y medio de vino.
Con el estruendo vino gente de toda la bodega, para ver que estaba pasando, y lo encontraron al tío Artemio, braceando en el clarete.
La verdad sea dicha, como un tigre se defendió el tío a todos los intentos de sacarlo.
Tanto se resistió que, al final, se ahogó nomás.
Pero les dejó un vino que era un lujo, doce mil botellas del famoso “Clarete de la casa, 1924″.
Eso sí, hubo que velarlo de cajón cerrado, pobre tío, no quedaba bien que tuviera esa sonrisa de oreja a oreja en el propio velorio.
Y menos en el velorio de él mismo.

Pero peor fue cuando le cumplieron la última voluntad, que era ser cremado.
Con todo el alcohol que tenía tío Artemio adentro, el horno empezó a agarrar una temperatura que no se podía estar cerca, brillaba la chimenea.
Un faro parecía.
El horno quedaba cerca del río Cuareim, así que, con la luz que largaba la chimenea, pila de gente bajó esa noche a pescar a la encandilada.
De boca abierta, los pescado.
Bueno, abrían y cerraban, pero estaban bien sorprendidos, animalitos de Dios.
Chimenea así de brillante, no debían tener visto.
Todavía se recuerda, allá en Artigas.
Pero es un recuerdo agridulce, porque, que el tío necesitaba un baño, era cierto.
Pero andar muriéndose así, en pleno horario laboral…
Mirá sí la familia quedaba marcada de desprolija.

Mariposas que olían flores

En Japón, los cuadros son poesía.
Una vez, un maestro.
Puso la prueba final a sus alumnos.
Dibujen, dijo:
Un caballo que haya corrido entre flores.
Cosa harto difícil.
Pues, es fácil dibujar un caballo corriendo entre flores.
Más no que haya corrido entre flores.
Pero el maestro había sido explícito en su parquedad.
Frente a sus alumnos, sentado, y sin levantar la vista de su trabajo de caligrafía.
Dijo: Un corcel corrió entre los campos de flores.
Y un gesto, tan sutil como grácil, indicó que podían retirarse.
Una reverencia silenciosa.
A la que el maestro respondió, más con la voluntad que con el cuerpo.
Los despidió.
Larga se hizo la noche.
Llena de temores.
Y dudas.
La vergüenza de la familia.
La falta de aptitud.
La convicción que parecía ganar.
Pero la duda reptaba en el fondo de la mente.
Las horas fueron cortas.
Y, uno a uno, presentaron sus trabajos.
Los ojos húmedos del maestro.
Sus pasos cortos.
Vacilantes.
Piernas débiles y manos llenas de gracia.
Se detuvo.
Asintió.
Los demás bajaron los hombros.
El maestro había vuelto a su caligrafía.
Y ellos esperaron.
De a uno, se movieron.
Y miraron el dibujo elegido.
Silenciosas reverencias de respeto.
El incrédulo aprendiz.
En su último día como tal.
Esperaba atónito.
Las sakuras estaban en flor.
El sonido del agua en el jardín.
Una de las flores cayó frente a sus ojos.
Eso lo despertó.
Con pasos cortos.
Temiendo hacer un ruido que rompiera el hechizo.
Miró su dibujo.
Mariposas volando junto a los cascos de un caballo.
Mariposas que aún olían las flores…

Preguntas en la noche

Caminábamos en silencio.
La lluvia hacía que apretáramos el paso, la cabeza hundida en el cuello, encorvados.
El culparnos el uno al otro no tenía sentido, así que avanzábamos en un hosco y obstinado silencio.
Nos habíamos dormido en el ómnibus y el chofer no quiso traernos de vuelta.
Ya corto, dijo, cerró la puerta y nos quedamos viendo cómo se achicaban las luces a lo lejos.
Empezó a caminar y lo seguí; podíamos esperar al próximo, pero iba a demorar, cerca de dos horas, más o menos.
Caminando rápido habríamos llegado en la mitad del tiempo, así que el andar iba a acortar la espera.
La lluvia había parado mientras dormíamos, pero los charcos parecían buscar nuestros pies, la carretera oscura los ocultaba y, cuando podíamos saltar sobre uno, era sólo para caer en otro mayor.
Aun así, nos manteníamos bastante secos, a excepción de los zapatos, claro.
Hacían ruidos esponjosos a cada paso.
A lo lejos se escuchaba un motor que se acercaba rápido
Un relámpago cruzó el cielo y a su luz pudimos ver un lago sobre la ruta. Un largo, y al parecer profundo, charco que cruzaba la calzada y se alargaba paralelo al arcén.
Mi primo me rozó el codo y bajamos a la banquina.
Pregunté si le hacíamos señas al coche que se acercaba, mi primo se encogió de hombros y empezó a caminar de espaldas, el brazo extendido y el pulgar en alto.
La camioneta avanzaba rápido y no nos acordamos del charco hasta que una cortina de agua se elevó delante de nosotros.
Recuerdo que me llamó la atención que los faroles la iluminaran, esas cosas que uno piensa tan rápido que luego no parece haber tenido tiempo de hacerlo.
Nos empapó.
La suerte que habíamos tenido antes, la suerte de haber evitado la lluvia por pocos minutos ya era historia.
La camioneta frenó varios metros adelante y nos esperó.
Unas sombras se pararon en la caja, comentaron algo con los que iban en la cabina y nos llamaron.
Corrimos, y cuando estábamos a pocos metros, uno de los que estaba arriba dio un par de golpecitos en el techo.
La camioneta aceleró mientras un coro de carcajadas salvajes se alejaba de nosotros. Vimos una mancha blancuzca sobre la caja, tal vez uno nos mostró el trasero.
No tuvo mucho éxito en que lo viéramos, pero la ofensa llegó clara cómo el día.
Los insultamos largamente, hasta que empezamos a reír.
Nuestra situación no tenía mucho de divertida, pero de haber estado en la camioneta, y tomados como sus risas dejaban adivinar, lo que nos habían hecho parecía lo mas cómico del mundo.
De repente, a lo lejos, las luces de posición se movieron bruscamente y, en el silencio encapotado de la noche escuchamos una frenada.
Larga, casi un grito agónico.
Apuramos el paso, mientras mi primo deseaba en voz alta que alguno de aquellos jueputas se hubiera caído.
Se prendieron las balizas de la camioneta, pero sólo un momento. Luego, simplemente dejaron de parpadear.
Allá pasó algo, dije en voz baja y la seguridad de que había sido algo grave nos empujó a trotar.
Habríamos recorrido menos de quinientos metros cuando se descolgó el temporal, un aguacero fuerte y sin viento.
Un aguacero de los que duran horas.
Y aún no habíamos alcanzado la mitad del camino.
Las luces se encendieron de nuevo y la camioneta se alejó.
Al parecer no había sido nada, una comadreja o algún perro, por la frenada, se habría cruzado, pero nada más.
La lluvia había disipado la risa, y también la sensación de urgencia, pero seguíamos avanzando rápido.
Nos quedaban casi tres kilómetros de caminata bajo el agua.
Cuando llegamos donde calculábamos que podía haber ocurrido el incidente, no encontramos nada. Sólo lluvia que anegaba la carretera.
Continuamos, yo con la cabeza baja, la vista tratando de detectar algún pozo por el reflejo, mi primo mirando obstinado hacia delante.
Otro rayo nos iluminó y tuve tiempo de saltar a un costado antes de pisar un charco.
Me llevé por delante a mi primo que había parado como si hubiera chocado contra una pared.
No pareció darse cuenta, Allá hay algo, dijo.
Había un bulto en la banquina, la luz era muy poca, pero nuestros ojos se habían acostumbrado.
Si el golpe no lo hubiese matado, seguro que el tener la cabeza sumergida en un charco lo habría hecho.
Mi primo sacó su encendedor y logró disparar un par de chispas antes que la lluvia lo humedeciera.
Y fue una suerte que lo hiciera, porque la visión era terrible.
Discutimos que hacer, en la calle de casa había una comisaría, quedaba para el otro lado de la ruta, pero la distancia era la misma.
Uno de nosotros debía ir.
Estuvimos de acuerdo en que no podíamos dejarlo ahí. Sabíamos que no podíamos moverlo, ni que tenía mucho sentido hacerlo, era obvio que estaba muerto.
Pero sus amigos lo habían dejado allí, nosotros no podíamos hacer lo mismo.
Voy yo, dijo mi primo, al final fui yo el que pedí que se cayera.
No sé por qué estuve de acuerdo, yo tenía tan pocas ganas como él de quedarme con el muerto (no me engañaba con lo de la culpa, lo que tenía era miedo) pero no podíamos ir los dos.
Él salió casi corriendo, mientras yo me quedé allí, bajo la lluvia, con el muerto.
El único resguardo lo ofrecía un pequeño árbol, unos metros más atrás. Fui hasta el no tanto para buscar refugio, sino para alejarme del cuerpo.
Lo que había confundido con un matorral de pasto al pie del árbol, era un perro grande que gimió cuando tropecé con él.
El padre de la criatura, pensé.
El chofer intentó esquivarlo olvidando que llevaba gente atrás. Muchas veces pasa eso en la ruta.
Por evitar lastimar a un animal, se termina haciendo un daño mayor.
Pero, estoy seguro que ese pobre perro moribundo no habría dejado sólo al cadáver de un amigo.
Porque lo habían abandonado.
En la camioneta habrían tenido tiempo de sobra para ir hasta la comisaría y volver.
Lo dejaron.
Sus amigos prefirieron evitarse problemas y preguntas incómodas. Dejaron a su amigo tirado al lado de la ruta. Con la cabeza rota y hundida en agua barrosa.
Vomité.
Salí del resguardo del árbol, la lluvia había amainado mucho, y me acerqué al cuerpo.
No tenía mucho sentido, pero no quería que estuviera sólo. Quería que supiera que no todos éramos cómo los que se llamaban sus amigos.
La policía seguramente me mataría de enterarse, pero lo di vuelta. Me parecía obsceno que tuviera la cara metida en agua sucia, quería que tuviera la dignidad que sus amigos no le habían dado.
Un relámpago nos volvió a iluminar y pude ver su rostro.
El golpe lo había desfigurado, sí. Pero aún pude ver, o creí ver, un dejo curioso en su mirada.
Cualquiera se reiría ante una afirmación así, la mirada curiosa de un muerto. ¿Pero cuántos mirarían a los ojos a la muerte?
Metí las manos en sus bolsillos cuando vi las luces de la camioneta policial.
Llegaron y me interrogaron como si hubiésemos sido nosotros quienes lo hubieran dejado ahí.
Les respondí con furia y uno de los policías, un hombre de barriga prominente y frente baja me pregunto si quería visitar el calabozo.
Ahí sabemos tratar a los atrevidos, amenazó.
Si hubiese tenido tiempo de contestarle, probablemente habría averiguado como trataban a los atrevidos como yo, pero un policía que tenía una linterna lo llamó.
– Comiserio, venga por favor. –

El comisario me dio una última mirada fría y fue a ver porque lo llamaban.
El milico raso le mostró una chapa de matrícula que iluminaba. Eso no pareció decirle nada a su superior, pero el otro insistió tomándolo del brazo.
Por la poca experiencia que tenía con el comisario, habría jurado que llevaría al milico a conocer como se trataba a los que tomaban del brazo a sus superiores.
Pero al oír lo que el otro tenía para decirle, palideció. Aún con las luces parpadeantes del patrullero, lo vi empalidecer.
– ¿Está seguro? – preguntó. Aunque su tono era más un pedido que una pregunta. Pedía que la respuesta fuera negativa.

El otro hombre asintió en silencio.
Y en ese momento agradecí haber revisado los bolsillos del cuerpo.
El comisario se acercó, todo simpatía, preocupándose por habernos dejado “toda la noche en plena tormenta” y se ofreció a llevarnos personalmente a casa.
Mi primo aceptó encantado y yo no tuve fuerzas para llevarle la contraria.
El comisario suspiró aliviado cuando accedí.
Todos en casa nos quisieron llenar a preguntas, pero el comisario se deshacía en elogios por nuestro civismo y hombría de bien…
Me acosté harto de oírlo.
Al despertar, al mediodía siguiente, mi familia creyó entender mi silencio y me dejaron en paz.
Se suponía que el juez nos llamaría para dar nuestra versión de los hechos, pero se conformó con el parte policial.
Accidente fatal y fuga.
Conductor desconocido.
Pasó un mes y no hubo novedades.
Fui hasta el correo y compré un sobre mediano.
Con la mano izquierda escribí el nombre del hijo de una persona importante.
Y lo dejé en el buzón de su casa.
Con los documentos de su amigo dentro.
Para que alguien más se hiciera preguntas en la noche.

El diputado y “El sordo Sosa”

Me acuerdo que hacía días que mis padres estaban como nerviosos.
Parece que venía un DIPUTADO de Montevideo.
Cuando ellos lo decían sonaba todo en mayúsculas. EL DIPUTADO.
El tío Gabino no daba mucha bola.
– ¿Pa que va venir, decía, si al final siempre es lo mismo? Siempre cuesta lo mismo parar la olla. Si no cuesta más.
Me llamaba la atención que pensara así, porque mi padre estaba bien contento que viniera el DIPUTADO. Capaz que no se da cuenta, pensé, porque no pareció entusiasmado cuando le fui a contar, capaz que no entiende bien quién viene.
– Pero tío, mire que el que viene es el DIPUTADO, ¿eh?
– Cuando sea grande va a entender que todo eso es teatro, mijo. O no, capaz que sale como su padre y cree en esas cosas. – dijo, y se cebó un amargo.
Yo no dije nada, pero lo miré serio hasta que se dio cuenta. Me miró de reojo y siguió amargueando. Yo meta mirarlo, callado nomás.
El viejo se cebó un par más, hasta que lo noté inquieto. Yo sabía que mirarlo así, medio era un atrevimiento, pero hay cosas que no se dicen.
Otro me hubiese rezongado o metido un soplamocos, pero el tío Gabino era distinto.
Los grandes siempre te tratan como a un gurí, pero piensan que uno, además de gurí, es abombado.
El tío no me trataba como si fuera grande, no señor, pero por lo menos, no me trataba como un abombado.
-Ta bien, mijo, no tuve que decir eso. ¿Le da un abrazo al tío?
¿Cómo no le iba a dar? ¿Si yo lo quería y el medio se me había disculpado?
– Ahora vaya que debe tener deberes de la escuela.
– No me gusta estudiar. Yo voy a ser tropero o algo.
– ¡¡Peero!! – dijo fastidiado – Usté primero se porta cómo un hombre y después cómo un gurí abombado. ¡¡Camine para casa!!
Medio amagó que iba a agarrar el rebenque y yo salí corriendo.
Pero me reía.
Y creo que él también.
Al otro día fue el gran día.
¡¡¡Iba a venir el DIPUTADO!!!
Mis padres insistieron en que bañara, yo les decía que no hacía falta ninguna, que ya estaba limpio, pero no hubo caso.
Al final mi padre se cansó de tanta conversación y medio me amenazó con una paliza, así que me tuve que bañar.
Y al final allá fuimos.
Estaba lindo yo. Me puse la ropa de los domingos.
Fui a lo del tío Gabino para que me viera, pero no estaba.
Volví rápido porque a mi madre no le gustaba que fuera y que el tío Gabino no estuviera no hacía que me hubiera escapado menos.
Hacía calor y toda la sombra de la plaza estaba ocupada, así que nos paramos cerca del camión que estaba en la mitad de la calle.
Papá dijo que habíamos conseguido el mejor lugar, cerca del estrado. Pero mi madre dijo que nos íbamos a morir de calor.
– ¿Mirá si al Julito le da una insolación o algo? Vamos mas para allá.
Mi padre no le hizo caso, él era el hombre; ¿cómo iba a aflojar?
Pero el sol tampoco aflojó, así que al rato estábamos todos sudados y las miradas que mi madre le daba a papá eran de las que cortaban leche.
Pero al final vino el DIPUTADO…
Y fue un chasco, porque parecía un hombre.
Además, era bajito y medio pelado. Le brillaba la pelada. Y tenía la camisa mojada abajo de los brazos.
Yo lo miraba a mi padre como pidiéndole una explicación.
Pero él lo miraba como si estuviera mirando al niño Dios.
Al final el diputado era un fiasco, ni voz gruesa tenía.
Me fui a jugar a la sombra, mis padres ni se dieron cuenta; mamá estaba tan embobada como papá.
Ahora a la sombra había mas lugar, la gente se había apretado contra el camión para ver al diputado aquél.
Y para escucharlo, porque hablaba bajito.
Al final el tío Gabino tenía razón. El diputado era un fiasco.
– ¿No estás escuchando Julito? – dijeron al lado mío. Medio me asusté porque estaba distraído y casi me gritaron.
El hombre me sonaba, pero no lo terminaba de sacar.
– No señor. Mi tío Gabino dice que esto es puro teatro…
Ni bien lo dije me dieron ganas de cortarme la lengua. ¿Cómo iba a decir eso adelante de un grande?
Si el hombre me daba un sopapo, mis padres iban a estar de acuerdo.
– Ah, sí. Muy bien, muy bien – dijo el desconocido, con una sonrisa de oreja a oreja.
Pero, pero… ¿Yo acababa de decir que el diputado era puro teatro y aquél viejo me daba la razón?
Entonces me di cuenta quién era y porque no lo había reconocido.
¡¡Era el sordo Sosa!! ¡¡Pero con dientes!!!
Si toda la vida había tenido uno sólo. Bien adelante, pero uno sólo.
Yo sabía que había dientes postizos. Cuando la mama sesteaba, ponía los de ella en un vaso.
Yo los había visto.
Pero los del sordo debían ser nuevos.
Aquél había sido, sin dudas, un día de muchas sorpresas.
Pero ver al sordo Sosa con dientes era la más grande de todas.
Casi no podía más de ganas de contarle al tío Gabino. El sordo Sosa era muy amigo de él.
¡¡Pero cuidadito de decirle el sordo adelante del tío!!
Para el tío Gabino y para nadie más, el sordo era Elisardo Sosa.
Por fin todo terminó en la plaza y nos volvimos para casa.
Mi padre no daba más de contento y estaba meta preguntarme sí había visto al diputado.
Él lo decía como si todavía fuera todo en mayúsculas, pero yo sabía que no era así.
Le dije que sí, que lo había visto, pero estaba tan entusiasmado que ni me oyó.
Mamá era otra cosa, estaba contenta por el diputado, sí, pero se había insolado y le dolía la cabeza.
Así que cuando llegamos, nadie me hizo caso.
Mamá se acostó con un trapo mojado en la frente y mi padre se fue a lo de un conocido a hablar del diputado.
Yo me puse la ropa de andar en casa y me fui a lo del tío Gabino.
– ¡¡Tío, no sabe lo que vi!!
– Buen día, Julito. ¿O dormimos juntos?
– No señor. Buen día señor.
– Buen día mijo.
Una vez cumplidas las formalidades, le conté la historia de don Sosa y su dentadura nueva.
Yo le decía así, don Sosa, con cuidado, para no equivocarme y largar un “sordo”
El tío Gabino se carcajeó.
– ¿Así que se la puso? ¡Jua Jua! ¡¡Ay, Elisardo, amigazo, tan viejo y tan bobeta!!
Me contó que esa dentadura no era nueva, sino que tenía sus buenos años y el sordo la guardaba como un tesoro. Estaba muy orgulloso de ella.
– Pero no la usa nunca, sólo en ocasiones especiales. Y se ve que el muy bobeta creyó que esta era una.
– Con los dientes casi no lo reconocí al sordo… – dije y me quedé helado. Se me había escapado.
– Lógico – dijo el tío Gabino – caso nadie lo vio con dientes. Y casi nadie le conoce el nombre. O no les importa.
– Yo si – dije orgulloso y aliviado porque se le había pasado lo de sordo – se llama Elisardo, don Elisardo Sosa.
– ¿Cierto, pero sabe cómo vino ese nombre?
No esperó mi respuesta y empezó a contar.
Los padres habían tenido seis hijas mujeres, una atrás de otra. La gente ya empezaba a bromear (y no tanto) con que la próxima mujer sería bruja.
Yo asentí con la cabeza, la séptima hija mujer es bruja. Y el séptimo varón es lobizón.
Cualquiera sabe eso.
Pero el viejo se lastimó la pierna con un hacha (era monteador, como tu padre) casi se la corta y estuvo a punto de morir desangrado. Se arrastró por medio monte hasta encontrar a alguien que lo ayudara.
Se salvó, gracias a Dios, pero nunca más fue el mismo.
Esa familia pasó hambre, Julito, y cuando peor estaban, llegó Elisardo.
Capaz que, como el padre estaba enfermo, la semilla no estaba bien, porque Elisardo nació casi sordo.
Pero desde chiquito trabajó y se puso la familia al hombro.
Nunca preguntó el peso del fardo, siempre le puso el hombro a la responsabilidad.
Fue más hombre que muchos que conocí y a una edad en que los demás gurises andaban correteando todo el día.
Por eso no me gusta que le digan “el sordo”. Elisardo Sosa es un hombre.
Es más hombre que muchos que ganaron menos peleas de las que se pavonean.
– Y ahora párese.
Yo sabía lo que venía, pero me paré igual y le día la espalda.
Me pegó con la lengua de la fusta, una sola vez, en la cola.
Yo no iba a mariconear después de lo que me había contado, y lo cierto es que me pegó suave.
– ¿Sabe por qué fue eso, ¿no?
– Sí señor. Por boca floja.
Asintió y me indicó que me sentara.
– ¿Sabe una cosa, Julito? Elisardo no se iba a llamar así.
Lo miré extrañado.
Si, dijo, se iba a llamar Lizardo.
– Pero cuando el padre lo fue a anotar (eso es cosa de hombres) le dijo al juez de paz: El Lizardo.
Y el hombre anotó Elisardo.
No sé si esa historia era cierta o el tío Gabino la inventó como disculpa por la palmada, pero lo cierto es que largué la carcajada.
Mi padre me llamó y me fui para casa siendo bien amigo de mi tío.
Cuando estaba a unos metros me gritó
– ¿Cómo estuvo lo del diputado?
– Puro teatro, le dije
Y le tocó a mi tío el turno de reír.