Respiro 

​De repente levanté la mirada y la vi. Mi rictus derrotado fue mudando al mirar incrédulo, a la sonrisa, la risa y el llanto.
Pero fue un llanto liberador, largo. 
Largo y liberador del que, jadeando, salí agotado.
Pero agradecido. 

No estaba allí cuando volví a mirar.

Cuando escribo 

​Cuando escribo
Me gustan las oraciones cortas
Cortas
Contundentes
Terminantes
Seguras
Que aseguren
Y duden
Que cuenten
Y pinten
Que huelan
A pan
A lluvia
A amor
A rosas
A rosas de amor
A aventura
Y paz
A tormenta
Y amanecer
A tormento
Y sosiego

Me gustan las oraciones cortas
Cuando escribo

Vida

Nuestra vida es un túnel en el que las velas se encienden a medida que avanzamos.
Podemos atisbar hacia adelante, mas la tenue luz no sugiere más que vagos contornos.
Y si miramos atrás, vemos que a lo lejos las velas cansadas vacilan y se apagan dejando recuerdos en una penumbra de la que no volverán.

Premeditación

Salir, desde el pequeño ritual que significaba vestirse para vencer el intenso frío, era algo que siempre aclaraba mi cabeza.
Mientras tiraba la bola para que mi perro la trajera lo decidí; en realidad acepté que no había otra opción.
La decisión estaba tomada. El conflicto “es él o yo” no podía decantarse nunca a su favor.

El mar

Y me pregunté qué parte del vaso eras.
¿La parte llena?
¿O la vacía de tus ausencias?

Pero no.
Eras la parte llena
Y la vacía

Y eras el vaso
Y el artesano que lo fundió
y la arena

La arena a orillas del mar
y fuiste el mar.
Sos el mar.

El mar…

Erminia

Erminia es de esas maestras que, pasados muchos años, recuerda el nombre de los alumnos callados.

Cuento “A la inglesa”

Marcas de suelas manchaban el piso del pasillo. Había un viejo felpudo pero la gente parecía ignorarlo los días de lluvia.
La cerradura no le dio problemas, no era tan urgente llamar a alguien para repararla.
Hacía frío, y Barnaby Street se veía más gris que de costumbre.
Sólo le quedaba un cigarrillo, negro. Un cigarrillo que le recordaba que debía dejarlo; tal vez lo hiciera, pero no ahora. Lo mantenían enfocado.
Mientras esperaba entre dos autos encendió el Gitanes, el vapor que despedía su boca dejó lugar al humo del tabaco. Los conductores parecían haber entendido por fin que no debían correr un día de lluvia, el tránsito avanzaba casi a paso de hombre.
Cruzó la calle detrás de un Renault destartalado, las manchas de herrumbre se veían por toda la carrocería.
Hizo una bola con la cajilla y la tiró a un desagüe obstruido casi a la entrada del mercado.
Cruzó los portones, viejas y altas puertas de hierro forjado, pintadas de un verde oscuro y manchado.
Las grandes arcadas parecían telarañas sostenidas por el techo.
Le gustaba el bullicio del interior, sentías como golpeaba tu pecho nada más entrar. Y los aromas, la mezcla de olores era estimulante.
Pescado, quesos, frutas y hasta el leve aroma del pan recién horneado.
Su abuela hacía pan casero, todos los niños del vecindario recibían su rodaja, estrictamente iguales entre sí.
Nadie podía quejarse de eso y si se le hubiese ocurrido, nieto propio o ajeno, recibía la misma fría mirada de aquellos verdes ojos alemanes.
Las clientas más viejas controlaban que los tenderos no las engañaran con el peso o poniendo a escondidas fruta en mal estado. Debió esquivar sus carritos para avanzar.
Las naves del mercado eran amplias, pero los puestos crecían siempre hasta el punto que el pasaje en los corredores era un estrecho zigzag.

Cuento “A la francesa”

La llave fallaba a veces, el esperaba con molestia anticipada que volviera a ocurrir, pero la humedad parecía haber lubricado la cerradura.
Siempre que atravesaba la puerta se decía que debía llamar a alguien que la reparara.
Pero, pocos pasos después, una marea de pensamientos sepultaba esa idea. Como una ola que rompía en la costa y arrastraba fragmentos de valvas rotas.
El tiempo desapacible lo recibió, el vapor empezó a salir de su boca ni bien cruzó el umbral.
Rebuscó en sus bolsillos y sacó la cajilla arrugada. Debía dejar de fumar. Sí, debía dejar de hacerlo, pero no hoy, no mañana, no mientras todavía lo ayudara a pensar.
Esperó entre dos autos un hueco en el tránsito. La calle estaba húmeda y, por una vez, los conductores manejaban con prudencia.
Un Renault que había conocido mejores épocas, pasó a su lado mojando la punta de sus zapatos con la negra agua de la calzada.
Cubrió con la mano la llama y el recio placer del tabaco negro bajó por su garganta.
Miró a ambos lados, las casas grises eran las mismas de siempre, pero la mansa lluvia las hacía ver más tristes.
En el mercado el bullicio lo golpeó como un boxeador que lo encontrara con la guardia baja.
Cerró los ojos e inhaló, múltiples aromas competían con el del tabaco.
Pescado, fiambre, frutas y legumbres. Incluso llegaba a él una sombra de olor a pan recién horneado. Pan crujiente y de corteza dura, como lo hacía su abuela. La anciana sacaba el pan de su horno de barro mientras los niños la miraban boquiabiertos. Cortaba el pan en varias rodajas, todas iguales, sin importar cuántos niños estuvieran. Eso evitaba peleas entre sus nietos, los nietos de sangre y sus amigos, que lo eran por adopción. Todos la llamaban mama, propios y ajenos.
Tampoco era que los niños se pelearan en su presencia, menos por comida. Un relámpago de aquellos ojos verdes cortaba cualquier queja.
Avanzó esquivando los carritos de ancianas que, atentas, vigilaban que no les pusieran mercadería fea o las engañaran con el peso.

Cecilia

… y cuando la miraba, todas las palabras querían salir a verla y se empujaban y tropezaban en mi boca…

Migraciones

Surgió un problema con su pasaporte.

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