El diputado y “El sordo Sosa”

Me acuerdo que hacía días que mis padres estaban como nerviosos.
Parece que venía un DIPUTADO de Montevideo.
Cuando ellos lo decían sonaba todo en mayúsculas. EL DIPUTADO.
El tío Gabino no daba mucha bola.
– ¿Pa que va venir, decía, si al final siempre es lo mismo? Siempre cuesta lo mismo parar la olla. Si no cuesta más.
Me llamaba la atención que pensara así, porque mi padre estaba bien contento que viniera el DIPUTADO. Capaz que no se da cuenta, pensé, porque no pareció entusiasmado cuando le fui a contar, capaz que no entiende bien quién viene.
– Pero tío, mire que el que viene es el DIPUTADO, ¿eh?
– Cuando sea grande va a entender que todo eso es teatro, mijo. O no, capaz que sale como su padre y cree en esas cosas. – dijo, y se cebó un amargo.
Yo no dije nada, pero lo miré serio hasta que se dio cuenta. Me miró de reojo y siguió amargueando. Yo meta mirarlo, callado nomás.
El viejo se cebó un par más, hasta que lo noté inquieto. Yo sabía que mirarlo así, medio era un atrevimiento, pero hay cosas que no se dicen.
Otro me hubiese rezongado o metido un soplamocos, pero el tío Gabino era distinto.
Los grandes siempre te tratan como a un gurí, pero piensan que uno, además de gurí, es abombado.
El tío no me trataba como si fuera grande, no señor, pero por lo menos, no me trataba como un abombado.
-Ta bien, mijo, no tuve que decir eso. ¿Le da un abrazo al tío?
¿Cómo no le iba a dar? ¿Si yo lo quería y el medio se me había disculpado?
– Ahora vaya que debe tener deberes de la escuela.
– No me gusta estudiar. Yo voy a ser tropero o algo.
– ¡¡Peero!! – dijo fastidiado – Usté primero se porta cómo un hombre y después cómo un gurí abombado. ¡¡Camine para casa!!
Medio amagó que iba a agarrar el rebenque y yo salí corriendo.
Pero me reía.
Y creo que él también.
Al otro día fue el gran día.
¡¡¡Iba a venir el DIPUTADO!!!
Mis padres insistieron en que bañara, yo les decía que no hacía falta ninguna, que ya estaba limpio, pero no hubo caso.
Al final mi padre se cansó de tanta conversación y medio me amenazó con una paliza, así que me tuve que bañar.
Y al final allá fuimos.
Estaba lindo yo. Me puse la ropa de los domingos.
Fui a lo del tío Gabino para que me viera, pero no estaba.
Volví rápido porque a mi madre no le gustaba que fuera y que el tío Gabino no estuviera no hacía que me hubiera escapado menos.
Hacía calor y toda la sombra de la plaza estaba ocupada, así que nos paramos cerca del camión que estaba en la mitad de la calle.
Papá dijo que habíamos conseguido el mejor lugar, cerca del estrado. Pero mi madre dijo que nos íbamos a morir de calor.
– ¿Mirá si al Julito le da una insolación o algo? Vamos mas para allá.
Mi padre no le hizo caso, él era el hombre; ¿cómo iba a aflojar?
Pero el sol tampoco aflojó, así que al rato estábamos todos sudados y las miradas que mi madre le daba a papá eran de las que cortaban leche.
Pero al final vino el DIPUTADO…
Y fue un chasco, porque parecía un hombre.
Además, era bajito y medio pelado. Le brillaba la pelada. Y tenía la camisa mojada abajo de los brazos.
Yo lo miraba a mi padre como pidiéndole una explicación.
Pero él lo miraba como si estuviera mirando al niño Dios.
Al final el diputado era un fiasco, ni voz gruesa tenía.
Me fui a jugar a la sombra, mis padres ni se dieron cuenta; mamá estaba tan embobada como papá.
Ahora a la sombra había mas lugar, la gente se había apretado contra el camión para ver al diputado aquél.
Y para escucharlo, porque hablaba bajito.
Al final el tío Gabino tenía razón. El diputado era un fiasco.
– ¿No estás escuchando Julito? – dijeron al lado mío. Medio me asusté porque estaba distraído y casi me gritaron.
El hombre me sonaba, pero no lo terminaba de sacar.
– No señor. Mi tío Gabino dice que esto es puro teatro…
Ni bien lo dije me dieron ganas de cortarme la lengua. ¿Cómo iba a decir eso adelante de un grande?
Si el hombre me daba un sopapo, mis padres iban a estar de acuerdo.
– Ah, sí. Muy bien, muy bien – dijo el desconocido, con una sonrisa de oreja a oreja.
Pero, pero… ¿Yo acababa de decir que el diputado era puro teatro y aquél viejo me daba la razón?
Entonces me di cuenta quién era y porque no lo había reconocido.
¡¡Era el sordo Sosa!! ¡¡Pero con dientes!!!
Si toda la vida había tenido uno sólo. Bien adelante, pero uno sólo.
Yo sabía que había dientes postizos. Cuando la mama sesteaba, ponía los de ella en un vaso.
Yo los había visto.
Pero los del sordo debían ser nuevos.
Aquél había sido, sin dudas, un día de muchas sorpresas.
Pero ver al sordo Sosa con dientes era la más grande de todas.
Casi no podía más de ganas de contarle al tío Gabino. El sordo Sosa era muy amigo de él.
¡¡Pero cuidadito de decirle el sordo adelante del tío!!
Para el tío Gabino y para nadie más, el sordo era Elisardo Sosa.
Por fin todo terminó en la plaza y nos volvimos para casa.
Mi padre no daba más de contento y estaba meta preguntarme sí había visto al diputado.
Él lo decía como si todavía fuera todo en mayúsculas, pero yo sabía que no era así.
Le dije que sí, que lo había visto, pero estaba tan entusiasmado que ni me oyó.
Mamá era otra cosa, estaba contenta por el diputado, sí, pero se había insolado y le dolía la cabeza.
Así que cuando llegamos, nadie me hizo caso.
Mamá se acostó con un trapo mojado en la frente y mi padre se fue a lo de un conocido a hablar del diputado.
Yo me puse la ropa de andar en casa y me fui a lo del tío Gabino.
– ¡¡Tío, no sabe lo que vi!!
– Buen día, Julito. ¿O dormimos juntos?
– No señor. Buen día señor.
– Buen día mijo.
Una vez cumplidas las formalidades, le conté la historia de don Sosa y su dentadura nueva.
Yo le decía así, don Sosa, con cuidado, para no equivocarme y largar un “sordo”
El tío Gabino se carcajeó.
– ¿Así que se la puso? ¡Jua Jua! ¡¡Ay, Elisardo, amigazo, tan viejo y tan bobeta!!
Me contó que esa dentadura no era nueva, sino que tenía sus buenos años y el sordo la guardaba como un tesoro. Estaba muy orgulloso de ella.
– Pero no la usa nunca, sólo en ocasiones especiales. Y se ve que el muy bobeta creyó que esta era una.
– Con los dientes casi no lo reconocí al sordo… – dije y me quedé helado. Se me había escapado.
– Lógico – dijo el tío Gabino – caso nadie lo vio con dientes. Y casi nadie le conoce el nombre. O no les importa.
– Yo si – dije orgulloso y aliviado porque se le había pasado lo de sordo – se llama Elisardo, don Elisardo Sosa.
– ¿Cierto, pero sabe cómo vino ese nombre?
No esperó mi respuesta y empezó a contar.
Los padres habían tenido seis hijas mujeres, una atrás de otra. La gente ya empezaba a bromear (y no tanto) con que la próxima mujer sería bruja.
Yo asentí con la cabeza, la séptima hija mujer es bruja. Y el séptimo varón es lobizón.
Cualquiera sabe eso.
Pero el viejo se lastimó la pierna con un hacha (era monteador, como tu padre) casi se la corta y estuvo a punto de morir desangrado. Se arrastró por medio monte hasta encontrar a alguien que lo ayudara.
Se salvó, gracias a Dios, pero nunca más fue el mismo.
Esa familia pasó hambre, Julito, y cuando peor estaban, llegó Elisardo.
Capaz que, como el padre estaba enfermo, la semilla no estaba bien, porque Elisardo nació casi sordo.
Pero desde chiquito trabajó y se puso la familia al hombro.
Nunca preguntó el peso del fardo, siempre le puso el hombro a la responsabilidad.
Fue más hombre que muchos que conocí y a una edad en que los demás gurises andaban correteando todo el día.
Por eso no me gusta que le digan “el sordo”. Elisardo Sosa es un hombre.
Es más hombre que muchos que ganaron menos peleas de las que se pavonean.
– Y ahora párese.
Yo sabía lo que venía, pero me paré igual y le día la espalda.
Me pegó con la lengua de la fusta, una sola vez, en la cola.
Yo no iba a mariconear después de lo que me había contado, y lo cierto es que me pegó suave.
– ¿Sabe por qué fue eso, ¿no?
– Sí señor. Por boca floja.
Asintió y me indicó que me sentara.
– ¿Sabe una cosa, Julito? Elisardo no se iba a llamar así.
Lo miré extrañado.
Si, dijo, se iba a llamar Lizardo.
– Pero cuando el padre lo fue a anotar (eso es cosa de hombres) le dijo al juez de paz: El Lizardo.
Y el hombre anotó Elisardo.
No sé si esa historia era cierta o el tío Gabino la inventó como disculpa por la palmada, pero lo cierto es que largué la carcajada.
Mi padre me llamó y me fui para casa siendo bien amigo de mi tío.
Cuando estaba a unos metros me gritó
– ¿Cómo estuvo lo del diputado?
– Puro teatro, le dije
Y le tocó a mi tío el turno de reír.

La “primer” vergüenza de mi tío

Una vez había acompañado a mi padre a campaña y me traje una bolsa por la mitá de pitangas.
Le llevé unas al tío y quedó chocho.
Primero me dijo que trajera “gelo” de la heladera. Cuando volví, había puesto las frutitas en un plato hondo y las había cubierto de agua.
Puse el hielo con cuidado de no volcar y me senté.
Las chicharras cantaban mientras esperábamos que las pitangas quedaran fresquitas.
– Hace años, dijo, cuando hice mi primer viaje de tropero, vi el pitanguero más grande que tenga visto. – Revolvió el agua con la punta de los dedos y continuó.
“Ese fue mi primera tropilla y también la más larga, hasta Cerro Largo tuvimos que ir.
El viaje fue largo, pero además nos quedamos un par de semanas en aquella estancia, para que los animales no sufrieran tanto el viaje.
Cuando el verano se ponía amargo nos íbamos a bañar al Tacuarí.
Después del primer baño para sacarnos lo peor del calor, trepábamos a la isla del ahogado a comer pitangas.
La isla del ahogado no era una isla, pero el ahogado parece que tampoco se había ahogado.
Una de las orillas se levantaba como cinco metros sobre el arroyo, cuando había crecidas era la única parte que no se inundaba.
Sólo, en la parte más alta, un viejo pitanguero miraba el agua.
Una vez, hacía años, un paisano buscaba un par de vacas perdidas.
Cuando la tormenta es grande, con mucho relámpago y truenos, el ganado se espanta y no hay corral que lo aguante.
Se habían soltado algunas en el campo de los Irureta y a este peón le dio por inventar que habían disparado para el arroyo.
Allá fue a buscarlas, pero vino un empuje de agua y no pudo volver a vadear.
Lo encontraron casi una semana después, loco de hambre, pero con un ternero al lado. Empapados los dos, pero a salvo.
Aquel había sido un verano lluvioso, así que tenían un árbol lleno de pequeñas frutas para alimentarse.
Pero seis días son muchos, y el hombre había compartido su alimento con el animal.
No quedó bien después de aquello.
Cuando don Clivio quiso mandar el ternero, que ya era novillo, al abasto, se puso como loco y los amenazó a todos con el facón.
Las cosas entonces no eran como ahora, Julito, por una cosa así el patrón podía mandarte a degüello y nadie diría nada.
Incluso se decía que el viejo Saravia, en el campo de al lado, lo había hecho más de una vez.
Pero don Irureta era un vasco derecho.
Lo echó al hombre, sí; pero no hizo la denuncia y hasta dejó que aquel desgraciado se llevara al bicho.”
– ¿Y se ahogó?
– No, mijo. Nunca más se supo de él, pero a aquella piedra de la orilla le quedó la isla del ahogado, nomás. Nosotros íbamos luego de la siesta, nos dábamos unos buenos baños, y después saltábamos desde allá arriba.
– ¿En serio? ¿Y era hondo?
– En esa parte el arroyo se estrechaba y era más profundo, pero en las partes más anchas podías pasar caminando y el agua no te pasaba del pecho.
Yo me miré el pecho, tratando de imaginar hasta donde me daría el agua, pero el tío se sonrió y me despeinó.
“Hasta el pecho de unos muchachones de dieciséis años.
Ahí me enamoré por primera vez. Mi primer amor de hombre, pero también la primera gran vergüenza de la que me acuerdo.
Yo lo miré buscando que se riera, pero el tío hablaba en serio, siempre me sorprendía con esas cosas.”
Los grandes no saben hablar con uno. Creen que además de gurí, uno es abombado.
El tío me hablaba casi como a un grande, y escuchaba. Eso era más raro todavía.
Comió una pitanga, escupió la semilla y siguió “yo estaba tirándome desde la piedra con el Remigio; trepábamos, tomábamos carrera y al agua.
Después de un rato hasta eso se puede volver aburrido, así que nos tirábamos de espaldas, de costado, con las piernas abrazadas o en punta.
Era raro que hablara del tío Remigio. Yo sabía que era hermano del tío Gabino, unos años mayor y que había sido “de mal beber”.
En una estábamos jugando a quién aguantaba más abajo del agua, Remigio salió antes y yo me quedé un rato más sólo para mostrarle que podía.
Me pareció oír como un chiflido, pero abajo del agua no podía estar seguro.
Mi hermano me tocó la cabeza y yo salí, resoplando.
Así aguantas bastante, me dijo, pero a ver si aguantás tanto después de tirarte.
Quería que me tirara de la isla del ahogado y aguantara sin salir.
Te gano, dijo.
¡¡Ja, ni muerto!! Contesté y empecé a trepar.
Ya el silencio me tendría que haber avisado algo, porque Remigio estaba muy callado, pero en medio del desafío no me di cuenta.
Cuando me tiré, alcancé a ver un brillo dorado en la otra orilla y mientras entraba al agua me di cuenta que la hija de don Irureta nos estaba mirando.
Remigio la había visto venir y me hizo subir por gusto, nos bañábamos pelados…”
Yo largué la carcajada, y más me reí al ver que el tío Gabino se había vuelto a poner colorado luego de tantos años.
Él le juró a mi padre que no la había visto, pero después, cuando estábamos solos me dijo que sí.
El tío sonreía rascándose la nuca.
Ahora me río, pero que malo estaba. ¡Mire que hacerme eso!
Miró el plato vacío y dijo pucha, me quedé sin pitangas para la caña. ¿La verdá que tampoco tengo mucha caña, no mijo?
No señor. Vua buscar, dijo y se fue a lo del vasco.
Yo sabía que esos mandados siempre le llevaban tiempo, el tío era conversador y el vasco…
Bueno, el vasco era un buen almacenero.
El tío siempre demoraba, pero creo que al volver encontró las pitangas que le había dejado.

Cuando mi tío se asustó

Estaba en la cocina comiendo las uvas que la mama guardaba en la heladera. Arriesgaba unas buenas palmadas, así que tenía cuidado no hacer ruido.
Antes de sestear la mama cortaba algún racimo lindo, lo ponía en un vaso esmaltado que tenía, lo tapaba con agua y a la heladera.
Al levantarse tenía unas ricas uvas, bien fresquitas.
Pero a todos nos gustaban las uvas y dos por tres agarraban a alguno de mis primos con las manos en el vaso.
Ese se la ligaba.
Palmada de la mama y del padre también.
Pero mis primos eran abombados. Comían ahí mismo o dejaban el vaso por la mitad.
Yo hacía otra cosa y nunca me agarraron.
Bueno, una vez me agarró el tío Gabino, me sacó el racimo y se lo comió él sólo; ni una me dio.
Robado es más rico, dijo. Y me miraba muy contento.
Como yo era el más petiso de los primos (no el más más petiso, porque estaban los gurises chicos, pero ellos eran chicos) me las tenía que arreglar solo si quería comer uvas. Mis primos me daban algún racimo, pero los mejores siempre eran para ellos y a mí no me gustaba andar pidiendo.
Así que aprendí a trepar. Trepar sabe cualquiera, pero las parras son de ramas finas, uno tiene que saber dónde pisa para no caerse y tampoco lastimar la planta.
Yo trepaba rápido, bien y comía las mejores uvas.
Y acá venía la segunda parte; yo comía las uvas de la mama, pero reponía. Le dejaba otras en lugar de las que había dejado.
Las mías capaz que estaban tan buenas como las de ella, pero las suyas tenían dos cosas.
Primero, estaban fresquitas y segundo, robado es más rico.
Como bien dijo el tío aquella vez.
Yo estaba cambiando las uvas de la mama por las mías cuando escuché voces que hablaban bajito. Yo siempre tenía las antenas prendidas cuando hacía aquello, así que las escuché desde lejos.
Salí sin hacer ruido y me acerqué mirando con cuidado por donde pisaba.
Dos de mis primos hablaban y se reían bajito. El Shico decía
– ¡El Coqui, el Coqui! – y se agarraba la barriga riéndose.
– ¿Pero me vas a contar o no? ¡Sos más abombado!
Resulta que la noche anterior, el Shico se había escondido atrás de una higuera grandota que había en el fondo de casa, casi pegado a la otra calle
Se había puesto una bolsa grande de Nitrofoska por arriba y cuando pasó el Coqui, se paró y gritando lo correteó.
– ¡¡Ay mamá! Dijo el Coqui y salió que no le daban más las patas.
El Shico se reía porque hoy, en la escuela, el Coqui le contaba a todo el que quisiera oír, que anoche había visto a la mujer de blanco.
Yo me reía en voz baja, traté de imaginarme al Coqui salir disparando y no pude aguantar la risa.
Mis primos escucharon y me amenazaron con una paliza si decía algo.
No señor, yo no iba a decir nada. No por la paliza, sino porque el tal de Coqui ese me caía mal.
Además, aunque fuera a contarle con bolsa y todo, no me iba a creer. Era mucho mejor haber disparado de la mujer de blanco que de un gurí disfrazado.
Nadie me iba a creer, nadie querría creerme.
Y, como decía el tío, la verdad siempre es menos interesante que lo que uno quiere que sea verdad.
Pero al tío si le voy a contar, dije, decidiéndolo en ese momento.
Al Shico no le gustó nada, pero el Lolo lo paró, el tío es bien, dijo.
Y eso bastó.
El tío se sonrió apenas.
– ¡Qué maldá! – dijo, pero no mucho más.
Me sorprendió su reacción. Él se cebó un amargo y volvió a sorprenderme.
– Estuve varios días sin dormir por culpa de la dichosa mujer de blanco.
No me miraba, así que no vio mi cara de asombro, miraba lejos, como viendo a través de los años.
“Tendría tu edad, era un verano bravo, la seca duraba varios meses y los campos se angostaban.
El ganado pasaba de lengua afuera y si no hubiese sido por el tajamar de cerca de casa, se nos habrían muerto varios animales.
Esas fueron mis primeros trasnoches. Nos acostábamos tarde, los cuartos estaban que hervían y si uno se metía a la cama era sólo para dar vueltas y vueltas, sudando y a los sopapos con los mosquitos.
El tata amargueaba abajo del ombú, como siempre. El hecho que fuera de noche no parecía importarle. Siempre tomaba mate a la sombra.
Una vaca le había pegado una cornada cuando la sacaba del tajamar. Las orillas estaban hechas un barrial y el pobre animal se había empantanado.
Cuando lo fueron a sacar estaba muerta de miedo. El tata se descuidó y la vaca le pegó un fuerte golpe. Si no hubiese sido de cuernos mochos lo habría lastimado feo.
Estaba de mal humor el tata.
Los perros ladraron y uno medio que atropelló; para los demás el calor era demasiado hasta para eso.
El finadito mi padre se paró y lo vi tantearse la faja, atrás, para ver si tenía el facón en su lugar.
La noche estaba despejada y la luna iluminaba bastante.
Nuestros ojos se habían acostumbrado a esa luz, así que vimos al hombre desde buena distancia.
El perro que le había avanzado caminaba unos metros atrás, ya no ladraba.
Yo amagué a pararme e ir con mi padre, pero el tata me puso la mano en el hombro.
No dijo nada, no hacía falta.
– Seu Torres – dijo mi padre a modo de saludo, su voz sonaba cautelosa más que tensa.
El hombre lo miró, pero no dijo nada. Simplemente paró y se pasó la mano por la cara.
Luego de un rato miró al tata, que aún no se había levantado.
– Ó Paulo. ¿Qué fue?
– ¿Eu tó acá? – Preguntó el hombre y cayó de rodillas.
Nunca lo habría imaginado, pero estaba viendo llorar a un hombre. ¡Y a un Torres!
El abuelo de ese hombre había venido del Brasil luego de la revolución de los farrapos.
Según el tata, había desertado del ejército imperial y se unió a los revolucionarios.
Pero más por la promesa de saqueo que por convicciones.
Cuando las cosas se pusieron bravas allá, cruzó la frontera y se aquerenció en el campo al lado del nuestro.
Nunca fue trigo limpio, pero lo que fuera que hiciera, lo hacía lejos, así que nadie preguntaba nada y todos contentos.
Las familias se saludaban, pero ahí terminaba la relación.
Tuvo dos hijos, uno desapareció luego de tirotearse con la policía, se rumoreaba que había cruzado la frontera y contrabandeaba desde allá.
El otro parecía más tranquilo, pero el tata decía que ese era el que pensaba.
Siempre se necesitan dos para las malas artes, me dijo una vez, uno que piense y otro que ponga músculo.
Si quieren que la cosa dure tiene que ser así.
Eran hombres de 44 en el cinto, uno más tranquilo que el otro, pero de facón rápido los dos.
Paulo parecía haber heredado lo mejor de los dos hermanos.
Nunca se le había descubierto nada, pero se sabía que contrabandeaba y vendía ganado a los que no les importaba la marca del cuero.
Ese era el hombre que lloraba frente a nosotros.
El tata se paró y se acercó. No lo había visto sacar el arma, pero vi el brillo del empavonado cuando la volvió a poner en la faja.
– Gabino! Caña mijo.
Cuando les acerqué la botella y un par de vasos, el hombre se había repuesto.
Le dijeron de sentarse, pero pidió pasar “donde haya luz”.
Entramos a la cocina. La mama se asomó, pero el viejo la corrió con un ademán.
Estas eran cosas de hombres.
Pensé que me iba a correr también, pero no se acordó de mí.
Se sentaron y mi padre sirvió caña para los tres. Torres tomo la suya de un trago y se sirvió de nuevo.
La botella tintineó cuando golpeó el vaso.
El segundo trago pareció tranquilizarlo, respiró hondo y se miró las manos.
– Iba a encontrarme con el tío, dijo, hay un embarque que entra en éstos días – el tata y mi padre intercambiaron miradas, pero no comentaron nada.
El hombre siguió.
– Mi caballo se quebró una pata antes de salir, así que fui caminando. No llega a dos leguas.
Corté por el monte en lo de los Romero y antes de llegar al vado escuché un llanto.
La temperatura en la cocina bajó bastante. Sentí un nudo enorme en la garganta, tragué saliva, pero no hubo caso, seguía ahí.
Me desvié, pero el llanto parecía cambiar de lugar cada vez que me acercaba.
El hombre llevó la mano a la botella y se concentró en que dejara de temblar antes de agarrarla.
El tintineo contra el vaso se repitió.
– De repente sentí frío. Mucho frío. – la luz del farol era fuerte, y vi que Torres tenía erizados los brazos. – Me di vuelta y ahí estaba.
Sin cambiar el tono, agregó, si hablan de esto los voy a tener que matar.
No había amenaza ni enojo en su voz, tal vez eso hizo que me asustara más. Lo dijo como quien dice que el sol sale de mañana. Como diciendo una verdad que todos sabemos.
Vi a la mujer de blanco, dijo, me habló.
Hizo una pausa tan larga que pensamos que no iba a continuar. Estaba a punto de preguntarle que le había dicho cuando siguió.
Me habló y yo caminé. Muerto de miedo caminé. Rato y rato.
Ella hablaba y yo caminaba. – Nos miró con angustia – ¿No sé qué me dijo, entienden? No sé qué me dijo.
Se llevó las manos a la frente, y apoyándonos codos en la mesa repitió. No sé qué me dijo. No sé si me preguntó por los hijos, si sabía dónde estaban o que mierda.
Estiró las manos para que las viéramos, vacías.
Sólo sé que me hablaba y yo caminaba…
El farol zumbaba; nunca lo había escuchado, capaz que el silencio nunca fue tanto.
Al rato volvió a hablar: ¿Me puedo quedar hasta que amanezca?
El tata y mi padre se ofrecieron a acompañarlo, pero no hubo caso, no quería salir de noche.
Les dio sus 44, llevaba dos, diciendo que no se sentía seguro con ellos encima.
El finadito mi padre me los dio y los puse arriba de un aparador. Uno tenía dos muescas en la culata.
Cuando me di vuelta el tata pareció acordarse que era muy tarde.
– Vaya a acostarse mijo y en un gesto que nunca voy a dejar de agradecer, agregó – y llévese un farol también.
Hubiera asegurado que esa noche no podría dormir, pero cuando desperté, tardísimo, mi padre y el tata ya habían vuelto.
Nunca más se habló del tema y yo dormí un par de noches más con el farol en el cuarto.”
El tío se cebó un mate y escupió el agua.
Se enfrió, dijo y entró a la casa.
Como demoraba en salir volví a la mía, pensando.
Era raro que el tío me hubiese contado, no que tuviera miedo, aunque eso era nuevo. Lo raro era que me hubiera contado.
A la hora de acostarme, me permití pensar: ¡Que flojo el tío! ¡Mire que andar durmiendo con un farol en el cuarto!
Prendí la luz y me volví a la cama.

El hombre mas fuerte del mundo

Desde el asunto de la mujer de blanco, el Coqui era medio la estrella de la escuela.
Parecía que en vez que él hubiera salido rajando, la que había disparado era la aparecida.
Nadie veía como cobardía que él hubiese corrido a lo loco; había sobrevivido al encuentro con la mujer de blanco y eso era lo importante.
Claro que las maestras nos habían sermoneado con aquello de que las apariciones no existían, que los fantasmas eran puro cuento y que el séptimo hijo varón no salía lobizón.
Pero ellas eran maestras, y la gente, cuanto más estudia parece que de más cosas se olvida.
Así que el Coqui vivía acompañado por una corte de aduladores y gurises que pasaban todo el día copiando lo que hacía.
Un día apareció con una honda y dijo que iba a cazar el palomón que estaba parando en el paraíso del patio.
Eso era doblemente arriesgado, porque si te veían con una honda en la escuela, lo más seguro era que te la quitaran y pasaras un buen rato en la dirección.
Y a nadie le gustaba la idea de estar mucho rato con la directora. Era vieja (hasta el tío Gabino decía que era vieja) y mala. Si uno pensaba un rato, se daba cuenta que era bien raro que fuera directora de escuela.
No se había casado, no tenía hijos y parecía odiar a todo el mundo, padres e hijos por igual.
Pero otro peligro que el Coqui enfrentaba, y este era más grande, era el de errar el tiro.
Si fallaba, todos se iban a dar cuenta que no era tan campeón como pensaban, que era un gurí común y corriente que había disparado de una aparición.
Pero eso no parecía importarle al Coqui, creo que nunca se le pasó por la cabeza el hecho que podía fallar.
Los abombados, decía el tío, están convencidos de dos cosas. Que son unos fenómenos que hacen todo bien y que los que opinan distinto a ellos son los abombados.
Pero el palomón no aparecía.
Pasaron dos o tres días y el bicho no aparecía. El Coqui dijo que era porque le tenía miedo y al rato todos empezaron a repetir esa bobada como si fuera verdad.
Toda la escuela (menos las maestras, claro) estaba enterada y esperando el momento que el palomón apareciera y el Coqui lo bajara de un hondazo. Porque todos querían que lo hiciera.
Bueno, yo quería que le errara, pero tenía cada vez más miedo que pudiera pegarle.
Y el último día de la semana, mientras nos moríamos de calor en la clase, escuchamos el arrullo que nos era tan familiar.
Se hizo un silencio duro en la clase y todos nos miramos sin decir nada.
Imagino que en toda la escuela se repitió esa imagen.
El pájaro había venido a su cita.
Hubiese pagado por estar en la clase del Coqui. Dicen que sólo sonrió y se dio dos golpecitos en el bolsillo donde llevaba la honda.
Cuando sonó la campana, la puerta se nos hizo estrecha; todos queríamos salir al mismo tiempo.
El patio se llenó más rápido que nunca. Todos nos mirábamos, los codazos y las risitas nerviosas se veían por todas partes…
Pero no se veía a nadie de sexto.
Nadie había salido del salón, todavía.
El Coqui siempre era el primero en salir, aunque no hubiera terminado las cuentas. Pero ese día se quedó en el salón, terminando de copiar del pizarrón, con la punta de la lengua asomando y bien concentrado en su trabajo.
Cuando terminó, se tomó su tiempo para guardar sus útiles (cosa que nunca hacía) y salió.
Todos soltamos la respiración cuando lo vimos asomar.
Se sentó en el banco de siempre, sacó un refuerzo de dulce de membrillo y se puso a comer, callado y con cara de “conmigo no es”.
Uno de cuarto se le acercó y se le puso a hablar a todo trapo, el Coqui no le dio bola; seguía comiendo tranquilo, despacio.
El gurí le tocó el brazo, el Coqui miró la mano que lo molestaba y eso bastó, el bobeta sacó la mano como si se estuviera quemando.
El Coqui se levantó, sacó la honda del bolsillo de atrás, se humedeció un dedo en la boca y probó el viento. Estuvo rato señalando el cielo hasta que pareció saber de dónde venía el viento y que tan rápido.
Yo podía decirle que no había nada de viento, pero él pensaba distinto.
Levantó la vista, relojeó a las maestras y preparó el tiro.
Estuvo rato con las gomas extendidas, el ceño fruncido por la concentración, y la mirada fija, sin pestañar, clavada en la presa.
Y la piedra partió…
Levanté la mirada tan rápido como pude y vi una nube de plumas salir de donde estaba el palomón.
Pero el pájaro levantó el vuelo, escapando con la cola casi desplumada, pero vivo.
Todos soltamos el aliento y yo dije algo de lo que después me arrepentí.
¡Empate!
Si, si, dijeron todos. ¡Empate! ¡Empate!
Apareció la directora, preguntando que era todo aquel escándalo y se fue derecho al Coqui.
Él le dio la honda al que estaba más cerca, ese se la pasó a otro y nadie hubiese podido seguirle el rastro.
No sé cómo, pero la honda terminó en mis manos.
La directora estaba rezongando al Coqui, por las dudas nomás, y todos disfrutaban del espectáculo.
Ninguno se dio cuenta que me guardaba la honda entre la ropa.
Más tarde, al mostrársela al tío le dije, me tiene medio cansado el abombados ese.
Capaz que cazo yo el palomón, solo para bajarle el agrande.
El tío se cebó un mate, le dio una chupada y me miró.
– ¿Y el pobre animal qué culpa tiene?
Lo miré con la boca abierta. Esa pregunta me había agarrado totalmente por sorpresa, ni había pensado en el bicho.
Yo sólo quería que el Coqui no fuera tan insoportable.
El tío me cerró la boca y me hizo mirarlo a los ojos.
– Si usté no puede devolver la vida, no se apure en dar muerte.
Se tocó el corazón y me tocó la sien, Piense mijo.
Mi madre me llamó. Me fui para casa pensando, cabizbajo.
Al otro día me levanté tarde, me había costado dormir, estuve pensando hasta la madrugada.
Cuando voy a saludar al tío, encuentro el candado puesto. Dormía con la puerta entornada, sostenida con una piedra, pero si salía lejos, ponía cadena.
Apareció casi a mediodía, unos tablones y un pedazo de chapa le abultaban los brazos.
– Buen día, Julito. ¿Cómo empezó el día? – Todo natural, no parecía estar enojado ni nada; pero enseguida agregó, vaya para allá mijo, el tío va a estar ocupado.
Estuvo toda la tarde martillando y serruchando, ni sesteó.
Yo si lo hice, la siesta siempre me había parecido la peor de las pérdidas de tiempo, pero esa tarde el desvelo me pasó factura.
Cuando me desperté, el motivo de tanto martilleo no se veía por ningún lado.
El tío me recibió con el pelo mojado y secándose las manos.
– Vaya y dígale a su padre que vamos a hacer el mandado que le hablé hoy de mañana.
No entendí mucho, pero eso me pasaba la mayoría del tiempo con los grandes. Me encogí de hombros y me fui a hablar con papá.
– Dice el tío que vamos a hacer el mandado que le dijo hoy.
Mi padre me dijo, bueno vaya Julito y se me porta bien, ¿eh?
Medio me despeinó, me gustaba que me hiciera eso, se dio vuelta y le dijo a mamá, cambiá la cara vos; es por el gurí.
Ni la miré a mamá, si me dolía algo era la primera que buscaba, pero cuando se trataba del tío, mejor no decirle nada.
– Cuando trabajé en el circo ambulante, dijo el tío Gabino mientras caminábamos, había un forzudo.
Un tipo grande, medio abombado y con cara de malo, pero era un pan de Dios.
Asdrúbal se llamaba, pero ese nombre no se podía poner en un cartel; en unos lados era un nombre muy feo y en otros, era muy común.
Así que el dueño del circo, que era un tipo muy leído, le inventó un nombre todo fino.
El tío hizo como que estiraba un cartel con las manos “Nippur, el guerrero de Babilonia” y en la fila de abajo “El hombre más fuerte del mundo”
Parece que hay un lugar que se llama así, y era un nombre mucho mejor que Asdrúbal.
Estuve de acuerdo, me siguió contando que había hecho amistad con aquel hombre.
Era medio lento y no tenía muchos amigos, salvo un perro flaco y feo a más no poder, pero cuando uno lo conocía, y él te daba su confianza, el hombre era un gran compañero de viaje.
¿Hasta me enseñó una cosa, sabe mijo?
Si quiere que un perro le sea fiel y haga lo que usted le pida, tiene que criarlo con cariño.
Una recompensa vale mucho más que un rebencazo, el animal lo tiene que querer a uno desde chico.
Aquel perro flaco hacia todo lo que Asdrúbal le pedía, parecía cosa de magia…
Ah mire, dijo señalando, ya llegamos.
Entramos a una casa que no conocía, el tío saludó a una señora, preguntó por el esposo y pasamos juntos para el fondo cuando la mujer dijo que nos estaba esperando.
Si me preguntan cómo era esa casa, no puedo decir nada.
Solo tenía ojos para la perra que se había erizado y para los cachorritos que protegía.
El hombre y el tío conversaron un rato, luego el dueño de casa se llevó la perra a otro lado y nos dejó solos con los cachorros.
El perro mas despierto, dijo el tío mientras los metía en la cucha, es siempre el primero en salir.
Dio unos pasos atrás y apoyó una mano en mi hombro.
– Ese es su perro, Julito – dijo cuando el primer cachorro asomó el hocico.
Yo no sabía si abrazar al tío o abrazar primero a mi perro, pero el tío estaba cerca.
Cuando volvíamos, el cachorrito bien apretadito en mis brazos, el tío me dice, es bueno que duerma con algo que tenga su olor, así se siente protegido cuando está solo.
Ajá, dije.
El perrito tenía un olor precioso y nos olíamos mutuamente. Me mordisqueaba el dedo, me hacía cosquillas.
Y dele algo que pueda romper, agregó el tío, así se entretiene.
Llegando a casa, mientras abría el candado, el tío me dice: ¿Y qué nombre le piensa poner?
No tuve que pensarlo
– Nippur
El tío sonrió y abrió la puerta.
Adentro estaba una preciosa casita con un Nippur pintado sobre la puerta.
O parecía, porque las lágrimas no me dejaron mirarla mucho rato.
Consiga algo con su olor, me dijo. Fui corriendo a casa y pedí un trapo con mi olor.
Con cara de pocos amigos, mamá me dio un buzo viejo.
Pasé por mi cuarto, agarré una cosa y me fui corriendo a lo del tío.
Le puse mi buzo en la cuchita y por primera vez, Nippur entró a su nueva casa.
Cuando salió de nuevo, le di algo mejor que mi dedo para que mordiera.
Le di la honda del Coqui.
Mi perrito le iba a dar mucho mejor uso.

San Pilato

La mama no encontraba su San Pilato y se le ocurrió que el Nippur podía haberlo agarrado o algo.
En casa siempre hubo perros, pero afuera, como debe ser. La cosa es que Nippur, como todavía era cachorrón, no sabía cuál era su lugar y me había seguido cuando entré.
Yo lo saqué carpiendo, pero él divertidísimo, me hacía fiesta y pensaba que la cosa era juguete.
La mama nos vio y se sacó la chinela. Un chinelazo en la cola del Nippur y otra en la mía por “haberlo dejado entrar”.
Se ve que mi perro entendió que no se podía entrar, porque nunca más volvió a meterse en casa.
Pero bastó que la mama no encontrara su Pilato, para poner el grito en el cielo, diciendo que ese perro que vivía adentro de casa le había comido el santo.
Mi padre me rezongó por dejar que el perro entrara y preguntó sí el santo no estaba en la cucha del cusco aquel.
Yo le dije que no señor, que el Nippur (no iba a sumarme al insulto de decirle cusco a mi perro) había entrado sólo una vez, y que yo estaba seguro que en la cucha no había santo ninguno.
Me mandaron revisar igual, por las dudas. No me quejé ni nada, el horno no estaba para bollos; si decía algo me la ligaba yo y capaz que hasta me quitaban el perro y todo.
Fui hasta la cucha, no había nada a la vista, pero metí la mano. Si no revisaba bien y algún mayor encontraba el Pilato en la casilla del Nippur, ya podía ir despidiéndome de él.
El susodicho me miraba muy serio. Cuando vio que metí la mano entró y olfateaba cada movimiento que hacía.
Saqué todo para afuera, unos cuantos huesos, mi buzo viejo, que ya era un trapo sin forma y los restos de la honda del Coqui.
Del santo, ni rastros.
Yo sabía que iba a ser así, pero igual sentí algo de alivio. Me senté y suspiré.
– A la pucha. ¿Y ese suspiro?
El tío Gabino me miraba medio sonriente, con el mate en la mano y la pava renegrida al lado; amargueaba con el tío Ariel.
– Buenas tardes, tío. ¿Cómo anda mi ternero?
– Andaba bien; muy rico era.
Con el tío Ariel uno nunca sabía si le estaba tomando el pelo o le hablaba en serio. Todo te lo decía con la misma cara. Serio riéndose y serio rezongando.
Pero yo había ido a campaña hacía unos meses, para la yerra y él me había dicho que un ternerito que andaba como perdido era mío.
Sólo por eso yo era capaz de perdonarle casi cualquier broma, por más serio que estuviera al decírmela.
– ¿Y dígame, por lo menos me trajo unas costillas o algo?
Su barba se abrió y el viejo largó la carcajada, el tío Gabino me miraba contento.
– ¿Viste? Le dijo.
– Si, si, respondió el tío Ariel, y mirándome preguntó: ¿Que buscaba ahí adentro?
Les conté del Pilato de la mama y la acusación al Nippur. Pero yo estoy seguro que él no fue, les dije ofendido, si entró solo una vez.
– Y si está seguro: ¿Por qué buscó igual? El tío Ariel hacía algo que me parecía magia, armaba sus cigarros con una sola mano; usaba la izquierda sólo para sacar la tirita de chala que usaba para hacerle el nudito final.
– Porque me mandaron. – me encogí de hombros – Y si al final yo digo que no está y alguien lo encuentra…
– Lazo pa usté.
– Sí, pero me quitan al perro y es peor.
Los viejos se miraron y asintieron.
– Usté sabe que, con el Ariel, acá presente, tuvimos nuestra historia también con el famoso San Pilato?
El tío Ariel sonrió asintiendo; media fea la historia, pero si, tuvimos nuestra historia con el amigo Pilato.
Tendríamos tu edad, capaz que un poco más, salimos el finadito tu tata, Remigio, Gabino y yo, a bañarnos en el Cuaró.
Pasábamos las tardes, nos bañábamos, pescábamos un rato si habíamos traído los aparejos y después nos volvíamos a casa.
Esa tarde nos quedamos un buen rato, porque era la última que ellos se iban a quedar en las chacras.
– Es cierto, siguió el tío Gabino, a veces iba uno, otras, dos de nosotros. Pero que fuéramos los tres era raro.
El tío Ariel asentía, que siga tu tío, que lo cuenta mejor.
Armamos las monturas, y recién habíamos montado cuando tu tata dice: ¿¡Y eso!?
Sonaba medio asustado, así que nos dimos vuelta todos de golpe.
Una nube negra se venía hacía nosotros y ya empezábamos a oír un zumbido apagado.
Alguien dijo ¡¡langostas!! Y si, era una nube enorme de langostas que avanzaba rápido, sacamos los caballos altos del suelo.
Esos bichos no eran peligrosos, no picaban como las avispas ni te ardían como los bichos peludos, pero cualquier cosa en tal cantidad es jodida.
El ruido que hacían era tan fuerte que nos teníamos que hablar a los gritos y así y todo casi no nos escuchábamos.
Los caballos se asustaron y empezaron a correr despavoridos, capaz que las langostas no fueran tan peligrosas, pero una caída a esa velocidad te podía salir muy cara.
De repente Remigio, o tu tata gritó: ¡¡Acuestensé en el lomo, tirensé para que les pasen por arriba!!
– Remigio fue. – dijo el tío Ariel. – Era el que tenía la voz más gruesa, me parece que todavía lo oigo.
El tío Gabino asintió y siguió contando, no sé cuánto demoraron en pasar por arriba nuestro, fue mucho rato.
– Mucho. – el tío Ariel tenía la mirada perdida, como mirando lejos. – Yo nunca vi, pero hay gente que dice que cuando un enjambre de esos se posa en un árbol, lo desgaja con su peso. Tantas así, son.
– Sí, pasa eso, rompen las ramas, yo lo vi. – acotó su hermano. – Y dejan los campos arrasados, los plantíos comidos hasta la raíz y de las ramas más gruesas sólo quedan muñones. Es una vista horrible, comen una cosecha entera en medio día. –

Yo no podía imaginar nada que se comiera una cosecha entera en algunas pocas horas, ni que unas cuantas langostas rompieran las ramas de un árbol, pero los tíos estaban serios. No bromeaban.
Eso había pasado en serio.

“Cuando pasó, por fin, teníamos bichos en la ropa, en la boca, en el pelo y hasta en la raya, no bajamos de los caballos hasta que salimos a una zona más limpia.
Cuando pasa una nube de esas deja un rastro de bichos muertos atrás, ni nosotros ni los caballos teníamos ánimos para caminar a pie descalzo arriba de langostas medio muertas.
Nos desnudamos, nos sacudimos todos los bichos que podíamos tener y recién cuando empezamos a vestirnos, nos dimos cuenta que faltaba Remigio.
La última media hora había sido una locura, así que no teníamos idea de dónde o cuando podíamos haberlo perdido.
Nos separamos para buscarlo y lo hicimos llamándolo a los gritos hasta que oscureció.
Entre los tres decidimos que lo mejor era que yo fuera hasta la chacra a buscar a los mayores, dijo tío Ariel, y de paso traer algunos faroles para iluminarnos en la noche.”
– Casi me cagan a palo en las casas por haber perdido a Remigio, por haberlos dejado a ellos – señaló al tío Gabino con el mentón – solos en el oscuro y sobre todo por no dar bola cuando nos hablaron de las langostas.
Pero la abuela les gritó que aprontaran las cosas en vez de molestarme, e insistió con que comiera algo.
Le dije que ni muerto, que si perdía tiempo comiendo se iban a ir sin mí.
– No sea bobo mijo, ellos no saben dónde se perdió el Remigio.

Como yo seguía diciendo que por más que comiera, iba a devolver todo, preparó un atado con algunas galletas y panceta. Para vos y tus primos, dijo.
Salió de la cocina y al ratito volvió con un santo de madera, se paró delante del rosario y haciendo tres nudos en un pañuelo dijo: San Pilato, San Pilato, hasta que no aparezca, no te desato.
Yo la miraba de boca abierta, pero antes que pudiera decir nada, mi padre y los tíos volvieron a buscarme.
Por suerte, me acordaba bien donde habían quedado Gabino y tu tata Francisco, nos salieron al encuentro cuando llegábamos.
– No hicimos mucho cuando se fue, siguió el tío Gabino, aunque era luna llena no nos animados a buscar mucho, no fuera que termináramos perdidos tres en vez de uno.
Pasamos la noche en vela, buscando en grupos, rastrillamos casi una legua por cada orilla, pero el sol asomaba y nada. Remigio no aparecía.
Mediando la mañana escuchamos un quejido y vimos a mi hermano aparecer de entre unas ramas rotas.
Tenía un ojo terriblemente hinchado y un feo moretón le cruzaba la frente.
Su cara y brazos estaban arañados y rayas de sangre seca cubrían casi toda la piel que podía verse.
Las piernas se me aflojaron y si no fuera por mi tío Artemio, me hubiera caído del alivio.
Hasta pasado un buen rato no hubo forma de entender lo que decía, pero con paciencia logramos sacar en claro lo que había pasado.
El caballo se desbocó por el miedo y salió corriendo sin que Remigio pudiera hacer otra cosa que aferrarse a las riendas y gritarle aterrado para que parara.
El animal enfiló para el monte, al lado del arroyo, y continuó su loca carrera, llevándose por delante ramas, chircas y cuanto encontrara a su paso.
Remigio se cubría la cara con un brazo mientras tenía el otro firmemente enredado en las riendas. Pasado un rato creyó que podía detener al caballo, pero al tirarse atrás, casi parándose en los estribos para frenarlo, no vio una gruesa rama que cruzaba su camino.
El moretón que cruzaba su frente era producto del golpe contra esa rama.
Fue una suerte que no se hubiera matado; medio metro a un costado había un gajo partido. Si su cabeza hubiera golpeado ahí, Remigio habría muerto.
Cuando llegamos a la chacra, la abuela se desmayó nada más verlo. Algunos se habían adelantado y ya estaba sobre aviso, pero ver el estado Remigio asustaba.
Lo primero que hizo al despertar, y luego de cubrir con delicados besos la frente de su nieto, fue desatar los tres pequeños nudos que le había hecho a San Pilato. Agradecía de rodillas y con lágrimas en los ojos.
El tío Ariel suspiró y empezó a armarse un tabaco.
Me levanté y volví a casa, entendiendo un poco el porqué de la importancia que la mama daba a su santo.
Tal vez el suyo no fuera aquella reliquia milagrosa, pero era, sin dudas, algo de mucho mayor valor de lo que uno podía imaginar al verlo.
La casa estaba tranquila, busqué a la mama y le pregunté por su San Pilato.
– Lo encontré, mijito, se había caído atrás de la cómoda. – señalando la pared, dijo – lo volví a poner en su lugar.
El tata había fallecido poco antes que yo naciera; se acostó una noche y no se despertó más. Pero unos años antes, se sacó la segunda y última foto de su vida.
Al lado de una foto retocada de unos jóvenes y serios recién casados, estaba la de tres hombres en la cuarentena larga.
Tres hombres que guardaban tal parecido que uno bien podía suponer que eran hermanos.
Sobre esa foto estaba apoyado el San Pilato de la mama.
Muy cerca de la imagen del tío Remigio.

El eximio centrojás Gardely Lepera

Hacía como una semana que le estaba enseñando al Nippur a traer un palo que le tiraba.
Pero el hombre no colaboraba. A veces lo traía, sí; pero si no tenía ganas, uno se podía volver viejo tirándole el dichoso palo, que ni una olfateada le daba.

Yo quería que lo trajera siempre, no quería ir a mostrarle al tío y que el bicho me quedara mirando.
Así que practicábamos, o por lo menos, lo hacíamos mientras a él le duraba el entusiasmo.

Y un día, al final el Nippur le agarró la mano a la cosa. Estuvo casi toda la tarde trayéndome el palo que le tiraba.

Allá nos fuimos a lo del tío Gabino, muy orgulloso yo, muy contento él.

Cómo le va, don Ramos, dijo el tío al vernos. Salí de acá, cusco, le dijo a Nippur, que ni se dio por aludido.
El tío siempre lo recibía con algo parecido, pero mas por costumbre que por otra cosa, no lo decía en serio y ambos nos habríamos sorprendido si mi perro le hubiera hecho caso.

– Tío, le enseñé una cosa al Nippur, enseguida la aprendió.

El me miro como sí no creyera mucho eso que lo hubiera aprendido rápido.
Ta, tuvimos que practicar un rato, pero aprendió.

El tío le dio una mirada a mi perro, incrédulo. Él lo miró y giró la cabecita, como si de esa manera entendiera por que el viejo lo miraba tanto.

– A ver…

Yo me paré y lo miré como diciendo: Agárrese que ahora va ver algo que lo va dejar seco.
Saqué el palo del bolsillo de atrás, lo había puesto ahí para que el tío no pudiera verlo antes y no tuviera idea de lo que iba a pasar, le llamé la atención al Nippur y cuando me miró tiré el palo lo mas lejos que pude.

Lo seguí con la mirada casi hasta que cayó; allá, bien lejos.
Pero del Nippur ni noticia.
Yo no esperaba que lo pescara en el aire, pero por lo menos quería verlo aparecer, mientras corría alto del piso para traerme el palo.

Sentado al lado del tío estaba.
Y parecía que se aguantaba las risas tan mal como el viejo.

Me di vuelta sin decir nada y crucé medio patio hasta donde estaba el dichoso palo. Me costó encontrarlo, aunque lo había seguido con la mirada. Para peor, estaba entre un rosal silvestre de la mama y me arañé.

Volví y no los miré hasta estar al lado. Nippur seguía paradito al lado del tío, de cabecita ladeada me miraba.

– Culpa mía – dije, con el tono más tranquilo que pude sacar – no le llamé la atención.
– Claro, claro – dijo el tío – Pobre animal no sabía que usté le iba a pedir eso. Llámelo ahora, a ver qué pasa.

Pero me había entrado la preocupación; ¿y si el Nippur me fallaba?
El tío no se me iba a reír, se iba a aguantar y eso era peor.

Estaba en ese dilema cuando mi padre me llamó.

– Mijo, ¿vamo al fúbol?

Medio me aburría el fúbol, pero esa vez me pareció lo más divertido del mundo.

– Pa, tío. ¡Justo me llaman ahora! ¿Qué se le va hacer? – Y me fui medio corriendo, no fuera que a mi padre se le ocurriera ofrecerme quedar.
– Vaya nomás, mijo – dijo el tío a mis espaldas. Se le notaba la risa en la voz…

No me aburrí tanto en el fúbol esa vez. Había uno jugaba pila y Papá estaba contentísimo.
Como para no, ¡el hombre había metido tres goles!
¡Y al Wanderers!

Mi padre era hincha del Independencia, así que yo también era, aunque no ganábamos nunca.
Estar ganando y encima a un cuadro grande era rarísimo, daba para estar chocho de la vida.

Yo tenía que saber el nombre de ese jugadorazo, así le contaba al tío.
Cuando terminó el partido y entre abrazo y abrazo, le pregunté a Papá.

– ¿Ese? ¡Ese es Gardel y Lepera mijo! ¡Gardel y Lepera!

A mí me parecía medio raro el nombre Gardely para un hombre, pero el cristiano acababa de meterle tres al Wanderers. Mientras siguiera metiendo goles, podía llamarse como quisiera.

Cuando llegábamos a casa, el Nippur nos salió a esperar. Mi padre hasta lo acarició de tan contento que estaba.
El bicho me miró con una cara de sorpresa que parecía un cristiano, luego me siguió hasta lo del tío, haciéndome fiesta.

– Por cuanto perdieron esta vez, Julito?
– No señor, le dije mientras agarraba el palito del Nippur, ganamos.
– Que milagro, dijo.

Se ve que a Nippur también le sentó bien el triunfo del Independencia; porque en cuanto le tiré el palo, salió como una flecha y me lo dejó en los pies.

Yo me hice el que siempre pasaba eso, y le dije al tío, lo que pasa es que hay un jugador nuevo, un tal Gardely.
El tío Gabino me miró extrañado.

– Si – dije, mientras volvía a tirarle el palo a Nippur – Gardely Lepera, un jugadorazo. –

Creo que esa fue la vez que más se me asustó el Nippur. Porque cuando me dejaba por segunda vez el palo cerca de los pies, el tío Gabino pegó un alarido que nos hizo saltar del susto.
Jua Jua Jua, se reía el viejo, las lágrimas le corrían por las mejillas.
Hasta tuve miedo que se cayera del taburete.

– Gardely Lepera? ¡Debe ser un jugadorazo! – Trataba de parar, pero al rato volvía a tentarse y largaba la carcajada.

Mi padre me llamó y me fui a casa sin entender mucho.
Pero por lo menos el Independencia había ganado, y yo lo había visto.

Dos mojarras y una tortuga

Un día vi pasar unos gurises con un calderín y unos pescaditos en la mano.
Era ya bastante después de la siesta así que me imaginé que habían pasado toda la tarde de pesquería.
Y me entraron ganas de ir.
Mi padre habría sido la primera opción, porque a veces, en semana santa, se iba a cazar y de pesquería con unos amigos.
Pero yo no podía. Primero, era muy chico, o eso decía mamá que me trataba como sí uno usara pañales todavía.
Y lo otro era mi madre misma, que ni loca me iba a dejar ir a pasar una semana con cinco hombres armados y pa peor, mamados.
No es así, no es así, decía mi padre sin mucha convicción, pero lo cierto es que llevaban más damajuanas que otra cosa.

Pero esos eran detalles, el verdadero problema era que mi padre había marchado para el monte hacia dos días y nunca demoraba menos de dos semanas.
Ahí estaba el problema. Y decirle a mi madre que iba a salir de pesquería con el tío Gabino era medio al cuete. Era todo al cuete, no lo quería nada al tío Gabino y tampoco le gustaba la idea de la pesca.

Mamá iba a decir que no, o sino que esperara a mi padre.
Que no pensaba venir quién sabe hasta cuando y capaz que tampoco tenía ganas cuando viniera y que esto y que lo otro y al final yo iba a terminar pescando cuando tuviera edad de ir a cazar y mamarme toda la semana santa con mis amigos.
Así que me dije, Julio Daniel, sí vos querés ir a pescar, lo mejor es escaparse.

Así que, bien contento, me fui a lo del tío para informarle que él y yo nos íbamos de pesca.

– Y su madre que dijo?
Me dejó sin asunto, yo esperaba que no preguntara nada, así no tenía que andar mintiendo.
Bueno, sí me ponía a pensar, aquello de escaparse era medio mentir, también. Pero no era lo mismo y yo no tenía muchas ganas de ponerme a pensar, no fuera que me convenciera que estaba haciendo algo mal.
– Mamá? Esteee, no. No la quise molestar, vio? Taba ocupada y uno no va a andar molestando por ahí.
O sea que usté se iba a escapar y me quería pa que lo cubriera.
Cualquier cosa que dijera iba a empeorar las cosas, así que bajé la cabeza y dije, medio que sí señor.

Nippur se había acercado mucho al tío, buscando la sombra, y se echó pegado a sus pies.
Esto es el colmo, dijo el tío mirándolo, pero no hizo nada para espantarlo.
Y por qué fue que se le dio por pescar ahora?
Le conté, le dije que los gurises aquellos habían pasado con el calderín y como veinte mojarras en la mano. Capaz que las comen y todo.
Veinte mojarras?
Sí, señor, más o menos. No eran tantas ni de cerca, pero capaz que por ahí le podía entrar.
Capaz que lo saco pescador y todo, mijo. Todavía no fuimos y ya está agrandando las cosas.

Quedó callado un rato y me dice, usté va y le hace buena letra a su madre por unos días y yo capaz que hasta la convenzo que nos deje ir.
Pero se porta bien y hace toodo lo que le digan.

Sí señor, yo no daba más de contento. Y ahora se me va y se lleva al cusco este antes que le meta un rebencazo.

Estuve como tres días portándome tan bien que daba asco, mi madre se dio cuenta que toda esa buena letra era por algo, pero no me preguntó.
Sí hasta me bañé!!
No sé cómo no me llevó al hospital, por las dudas.

Y una tarde apareció el tío Gabino y pidió para hablar con mamá. Yo la fui a llamar, el tío me hizo señas para que me fuera y, aunque me hubiese encantado quedarme, salí calladito la boca.
El tío estuvo un rato adentro, alcanzaba a verles los pies, sentados a la mesa.
Yo hacía que jugaba con Nippur pero trataba de adivinar que quería decir cada movimiento de aquellos pies enfrentados.
Mi perro se dio cuenta que yo no le estaba dando bolilla porque me ladró. Miré y vi que había traído su palito. Se lo tiré un par de veces distraído, pero pareció darse cuenta que yo tampoco le prestaba atención a eso, así que se fue a su cucha y miraba desde allá.

El tío salió y me dijo su madre lo llama, mijo. Serio me dijo, así que entré a casa medio cabizbajo.
Mamá seguía a la mesa. Vacía estaba.

El tío de tu padre vino a pedir si los dejaba ir a pescar. Vos le habías dicho algo antes?
Sí señora, yo le comenté que quería ir.
Y porque no me dijiste a mi? Porque no me preguntaste, amor?
La miré y sonreí. Incliné la cabeza como preguntando sí no era claro.
Ella sonrió y se paró.

Agarró el mate, le puso dos cucharadas de azúcar y me cebó uno.
Ya me parecía raro a mí, tanta buena voluntad. Toda esa buena letra era para ablandarme, no?
Chupé la bombilla hasta que hizo ruidito, el agua estaba fría; hasta me bañé, mamá.
Ella se río mientras ponía a calentar el agua de nuevo.
Y cómo tres días seguidos!! Ya me creía yo que era demasiado bueno para ser verdad.
Se sentó a la mesa y sonriendo me dijo, cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía.
Yo no entendí mucho que quiso decir, pero cualquier pensamiento que hubiese querido tener se fue cuando dijo, Bueno, vaya.

Al otro día salimos tempranito, el tío, Nippur y yo. Mi perrito nos seguía sin que lo hubiésemos llamado, disimulaba olfateando piedras y mirando de reojo.
– Y al cusco ese, lo va llevar?
– Sí, señor. Pero si usté quiere le mando quedarse.
– Pal caso que le va hacer…

Yo iba a decir que no, que el Nippur era bien obediente, pero los dos sabíamos que el bicho tenía personalidad propia.

El tío me fue explicando por el camino como enhebrar el anzuelo, como sacarlo sin pincharse, como “encarnar” una lombriz y muchas cosas más.
Me miró sin decir nada mientras preparaba todo. Yo me iba repitiendo todo como si fuera una lista.
Cuando terminé, controlé que la línea no tuviera nudos y la tiré bien lejos, al medio del arroyo.

El tío dijo, vua miar y se fue entre los yuyos.
Yo me quedé quietito, mirando bien serio la boya para, al primer tirón, sacarla bien fuerte, así agarraba al pescado.
No le había dicho nada al tío, pero mientras tomaba unos mates dulces con mamá, le había prometido que iba a llevar pescado para la cena.
Pero no éramos mucho de comer pescado en casa, ni cuando papá volvía de semana santa.
El siempre traía carpincho o algunos tatuces, pero pescado no me acordaba…
Estaba tan preocupado por sí mamá sabría o no preparar los pescados que iba a llevarle que casi no sentí los primeros piques.
Pero cuando me di cuenta estaba tan sorprendido que casi me olvidé de tirar.
– Tío, tío. Pesqué, pesqué!!
Por los tirones que daba el bicho parecía que iba a rendir varias cenas, pero cuando rompió el agua resultó que no era tan grande.
Pero era mi primer pescado y yo estaba chocho.
Dientudo, dijo el tío Gabino.
Y debía ser cierto, porque el bicho tenía pila de dientitos cómo agujas.
El bicho se retorcía en la tierra, Nippur se arrimó a ver que era aquella novedad y lo tuve que espantar.
Sáquele el cuestión, dijo el tío, yo traté de hacerle caso, pero me cuidé tanto de los dientes al sacarle el anzuelo que me pinché y el bicho cayó a mis pies.
Dio un par de saltos y terminó en el agua.

Yo estaba furioso, pero el tío me dijo que, para ser mi primer pescado, aquel dientudo estaba bien.
– Y si no se pincha los dedos no va ser pescador nunca.

No lo había pensado de esa forma, y parecía bien lógico. Así que, orgulloso, me miré mi primer pinchazo de pescador y, lleno de optimismo, tiré la línea bien lejos.

Habían pasado como dos horas en la cañada y yo sólo tenía dos mojarritas, chiquitas chiquitas, que había podido pescar.

Ya me estaba aburriendo, Nippur andaba husmeando por ahí y el tío Gabino medio se había recostado apoyado en un tronco caído.

Y de repente siento un tirón que casi me saca la caña de las manos.
Me afirmé fuerte, tire para atrás para asegurar el anzuelo y aquel tirón fuerte se repitió.
Esta vez no era mentira, el bicho era grande mismo, porque saltó en el agua y lo vi bien grande.
El pescado hizo un ¡¡plaf!! chato al caer y el tío se despertó.

Yo levanté la caña lo más arriba que pude y el bicho volvió a asomarse fuera del agua, retorciéndose furioso.
Nippur ladraba como loco, pero no tenía tiempo de mirarlo.
Estaba acercando mi presa a la orilla, éste sí iba a dar para la cena, cuando me permití mirar al tío.

Su cara de feliz asombro se convirtió en decepción.
De golpe, sentí mi caña terriblemente liviana. Demasiado liviana.

Y volví a escuchar aquel plaf húmedo. Aunque ya no me sonó feliz.
Volví la cabeza para ver al pez saltar de nuevo, pero lejos de mi caña.

Derrotado, me senté en la orilla con la caña entre las piernas, Nippur seguía ladrando como si nada hubiese pasado.
Me di vuelta y casi le revoleo la caña por la cabeza.
Pero no me miraba, no miraba para nuestro lado, sino que ladraba a algo en la orilla.
Me levanté para ver qué era lo que lo tenía tan nervioso y me acerque con cuidado.
Nippur le ladraba a una tortuga. La arañaba con las patitas y de a poco la iba alejando de la orilla.
El tío se acercó, sacudió a Nippur de un sopapo para alejarlo y la levantó.
Mi perro ni se enteró que el tío le había dado un tatequieto, sólo tenía ojos para la tortuga.

Esto es un morrocoyo, Julito. Tenga cuidado porque muerden fuerte.

Cuando volvíamos para casa y estábamos a pocas cuadras, miré las tristes mojarritas con las que volvíamos de nuestra pesquería.
No iban a dar ni siquiera para un bocado.

Por lo menos llevaba la tortuga.
La miré para estar seguro que no se le ocurriera sacar la cabeza y morderme.
No sería la cena, pero por lo menos no volvía con las manos vacías.
Suspiré.

Usté sabe que yo tuve una tortuga cuando era chico?
Me di cuenta que el tío me había estado mirando, y que sabía lo que pensaba, y como me sentía.

Si, continuó, tuve una tortuga pero se me escapó.

Seguimos caminando y cuando estábamos a pocos metros de casa, repitió, pero se me escapó…

– Y que pasó, tío?
– La alcancé enseguida.

Mi mamá se enteró por mis risas que habíamos llegado

 

 

Sólo los abombados están seguros

Había acompañado al tío a hacer algunos mandados, y a la vuelta nos sentamos en plaza Batlle a ver la gente que salía de misa.
Mucha gente mayor, mucha viuda, por lo que se veía.
El padre Espada les daba la mano y dedicaba algunas breves palabras a cada uno de sus feligreses.
Salió una compañera de clase con sus padres, el hombre era policía y se comentaba que le pegaba a la mujer. Ella se mantenía unos pasos atrás y luego de saludar al padre Espada, miró a su marido, nerviosa, como sí hubiera hecho algo malo.
Pero el hombre parecía haberse olvidado de ella, avanzaba con una mano sobre el hombro de su hija, los siguió apurada, dando cortos pasitos que hacían ondear su pollera.
Siempre decíamos que la pollera de Mariela barría el piso por donde pasaba, así era de larga. La de la madre debía servirle de ejemplo, pues apenas podían verse sus pies, debajo de la amplia campana.

– Jueputas – dijo el tío, y el desprecio de su voz desmentía el tono bajo al que había hablado. – Y seguro que la pobre infeliz va a vestirse toda la vida de negro si el de abajo se lo lleva antes que a ella.

Mi familia no era mucho de ir a misa, pero las misas de semana santa y navidad, siempre nos tenían a todos. Incluso el tío Gabino se aparecía en la misa de año nuevo.

– ¿Por qué Dios deja que pasen cosas malas, tío? – El viejo suspiró y empezó a armarse un tabaco. Habitualmente armaba los cigarros con una sola mano, eso era, para mí, mezcla a partes iguales de habilidad y magia. Pero esta vez usaba las dos, señal clara que estaba pensando en serio.
Yo lo deje hacer, sabía que el apurarlo no llevaba a nada. Y, además, había aprendido a disfrutar nuestros silencios casi como nuestras charlas.
Le dio unas pitadas al cigarro y empezó a hablar.

– Dios y yo no hemos sido nunca muy aparceros. Hay muchas cosas que no entiendo y que le recriminaba. Ahora sigo sin entenderlas, pero sé que Dios no tiene mucho que ver

Me miró con intensidad, – la culpa es del hombre, Julito. Nunca te olvides de eso. Si pasan cosas malas es por culpa de la gente. –

Me quedé pensando en eso. Al rato, el tío Gabino continuó.
– Mi madre, tu bisabuela María, era muy devota. Era santa hasta en el nombre, y por partida doble, nunca me voy a olvidar lo que me dijo una vez.
Yo tendría tu edad, capaz que un poco mas, y quería una silla de montar que le había visto a un milico.
Le pregunté si Dios me la traía sí yo le pedía en misa, ella sonrió y me dijo
– No, mi amor. Dios te da lo que vos necesitas, no lo que vos querés. – Lógico que yo estaba convencido que necesitaba esa montura, pero con el tiempo entendí lo que mi madre quería decir.

Me sonreí – mi padre dice que lo que necesita, es plata; pero parece que Dios no escucha mucho.

– ¿Sabés que, Julito? Otra cosa que aprendí, es que con la plata pasa algo parecido. – Se levantó y estiró la espalda. Cuando crujió, suspiró aliviado y continuó. – Parecido, pero al revés. Uno puede comprar muchas cosas que quiere. Pero de las que necesita, de las que uno realmente necesita para ser feliz, de esas no se compran con plata.

El padre Espada nos saludó desde la vereda de enfrente y con un “buen día, padre”, el tío Gabino empezó a caminar de nuevo.

Lo seguí un par de pasos más atrás, pensando. Aquello que uno no podía comprar todo con plata parecía bobo, pero no lo era.
Algo que me había ido dando cuenta es que las cosas bobas, las cosas simples, al final siempre resultaban interesantes o ingeniosas.
Uno podía decir: Claro, no se pueden comprar a los padres, ni a los parientes.
Era fácil y rápido pensar eso, pero, al ser tan fácil, uno podía pensar que no era tan importante; lo importante cuesta esfuerzo.
Pero la cosa estaba en darse cuenta de lo importantes que eran las cosas que no se compraban.
Mis padres, el tío y el Nippur (que estaba en penitencia, atado en casa), por ejemplo.
Me apuré hasta ponerme a la altura del tío.

– Tengo otra pregunta. – el viejo levantó los brazos como diciendo “lo que hay que aguantar”, pero al bajarlos me dio la mano, así que yo sabía que todavía podía preguntarle un par de cosas más.
– Por qué va los primeros de año a misa si no cree en Dios?
– Yo nunca dije que no creyera, dije que no somos muy compañeros. Yo creo que Él hizo el mundo y todo eso – hizo un gesto amplio, sin soltarme – lo que no creo mucho es en aquello del fuego, el infierno y el cielo.
– ¿Pero por qué va?
– Para agradecer. – levantó mi mano hasta su boca, le dio un beso y repitió. – para agradecer.

Recién llegando a casa, y luego que Nippur saliera a hacernos fiesta (un corto trozo de cuerda masticada era lo que quedaba de su correa) el tío soltó mi mano.
Señaló a mi perro con la cabeza y dijo: éste se acaba de ligar un par de días mas atado.
Miré la cara de alegría Nippur y medio entendí aquello de agradecer.
– ¿Para agradecer?
– Sí, Julito, para agradecer. – meneó la cabeza y dijo – además, nunca se sabe.
Se volvió y empezó a caminar hacia su casa. De espaldas y alzando la voz, dijo – Sólo los abombados están seguros, sólo los abombados.

Caminó unos pasos y agregó: Estoy seguro de eso.

Nippur parecía devolverme la sonrisa.

Dos de Noviembre

Todos los dos de noviembre marchábamos en familia al cementerio.
El camino que seguíamos corría junto a la vía por casi medio kilómetro, y nunca faltaba quien caminara unos metros sobre los rieles. La tía Ana era fina para caminar arriba de las vías; igual te caminaba una cuadra, rapidito y sin perder el equilibrio nunca. Yo le envidiaba la habilidad.
El tío Gabino decía que no se caía porque era petisa, pero yo era más bajo y me caía igual. “Pero ella es grande” decía el viejo, y parecía creer que esa era explicación suficiente.

Era una salida rara; la ida estaba llena de charla y risas, pero la vuelta era distinta; al volver las caras eran serias y los silencios largos y cargados de suspiros.
Nuestra familia tenía un panteón chico (en el último corredor, antes del muro del fondo) siempre caluroso y con olor a polvo. Alguno de los tíos abría y la primera en entrar era la mama, todos esperábamos afuera mientras tocaba la urna del abuelo, la del tío Lindolfo (murió joven, pobre, en un accidente) y recorría con la mirada las que estaban muy altas para que pudiera tocarlas. Cuando salía, los ojos húmedos y pequeñas gotitas de sudor sobre los labios, los tíos se aclaraban la garganta y entraban a dar sus respetos.
Los gurises éramos los últimos, luego que mamá o alguna tía limpiara de polvo y telarañas los osarios. Teníamos una escoba (sólo el escobillón, porque el mango había desaparecido) muy vieja y de cerdas dobladas, que cada año se prometía cambiar, pero que, seguramente, sobreviviría a todos los que estábamos allí. Había un trapo que nos mandaban humedecer para pasar sobre los vidrios de las fotos.
La primera vez que me dijeron que fuera le pedí al tío que me acompañara para mostrarme el camino. Él no dijo nada y empezó a caminar, las manos detrás de la espalda. Se paró al lado de la canilla y esperó, todavía en silencio, a que enjuagara el trapo. Cuando volvíamos, sin mirarme dijo:
– No tiene que tener miedo acá, mijo. El problema son los vivos. – Esa vez, nadie me tuvo que acompañar, fui sólo sin mayor problema.

Cuando todos nuestros difuntos quedaron saludados, la mama hizo lo que hacía todos los años, recorrer el cementerio viendo quién se había muerto desde la última vez. Se paró delante de una tumba que tenía varias coronas y ramos marchitos.
– Mirá Tito, el dotor Peralta Alonso – le dijo a mi padre. Luego me miró y agregó – El dotor Peralta Alonso lo trajo al mundo, a tu padre. A tu padre y a tus tíos.
– Y a él también – dijo mamá – Era el doctor Peralta desde que me conozco.

Me parecía increíble que el mismo médico que estuvo cuando mi padre vino al mundo, fuera el que me había atendido a mí cuando mi madre me llevó al hospital por unas vacunas. Me acerqué a ver mejor la lápida y, sin poder evitarlo, dije casi gritando:
– ¡Paah, Beresmundo! –

Antes que pudiera arrepentirme, oí el rugido del tío Gabino.
– ¡¡Juicio!! –

Mi madre, de quién no se podía decir que tuviera al tío en muy alta estima, dijo casi lo mismo:
– ¡Tené modo, Julio Daniel!

No me hizo falta levantar la vista para darme cuenta que todos los ojos estaban clavados en mí, y que nadie me estaba sonriendo.
– Que vergüenza, mijo. Reírse de un finado – mi padre sonaba más triste que enojado – y peor, de un gran hombre. Ojalá tengamos el orgullo que usté sea la mitá de bueno que él.

Quedé muerto, porque realmente no había querido hablar tan alto, ni mucho menos reírme, pero encontrar un Beresmundo no era cosa de todos los días.
Marchamos para casa, luego que la mama revisara todos los difuntos recientes y mis padres me llevaran a dejar unas siemprevivas en el nicho donde estaba el abuelo Decio, el padre de mamá. La vuelta siempre era mas callada, las charlas aparecían recién faltando dos cuadras para casa; pero esa vez, el horno no estaba para bollos conmigo, así que, sin pensarlo mucho, me fui quedando rezagado. Para colmo, Nippur no había ido con nosotros (mire si íbamos a llevar a un perro al cementerio), por lo que el camino me parecía más largo que nunca. De repente, sentí el olor fuerte del tabaco del tío Gabino, el viejo había hecho tiempo para esperarme. Mis padres eran partidarios del “le vamos a dar un tiempo para que piense”, cuando no del chinelazo antes, así que caminaban adelante y aparentaban no acordarse de mí.
– A veces es complicado abarajar la lengua antes que se desboque – dijo el tío, mirando lejos. Yo llevaba la vista baja, pero sabía que él hablaba sin mirarme. – Y, eso, mijito, no se vuelve mucho mas fácil con el tiempo.-

Carraspeó y escupió. Eso era otra de las cosas que tenía el naco, además de ser catinguiento, te hacía escupir, también. El tío no mascaba, pero tenía un amigo, el viejo Barrientos, que lo hacía y eso era peor, porque encima le dejaba negro el único diente que le quedaba.
– Usté estuvo bien rezongado allá; ya sé que no lo quiso hacer, – el tío levantó una mano para apaciguar la protesta que esperaba que viniera, pero yo no estaba en ánimo discutidor – pero igual, hay veces que, con el reto, la cosa queda más clara. –

Sacudí la cabeza; lo más seguro es que tuvieran razón, que yo tendría que haberme callado la boca, haberme aguantado, pero Beresmundo… El tío dio voz a mis dudas:
– También, quién lo manda llamarse así…-

Hice fuerza para no reírme, no podía largar la carcajada en pleno dos de noviembre, media hora después que toda la familia me hubiese rezongado. El tío tenía algo que a mí me parecía casi magia; te podía decir cualquier cosa, cualquier bolazo, sin que le cambiara la cara. Y ahora estaba bien serio, yo casi reventando por aguantarme la risa, y el hombre pitando con cara de “recién salimos del cementerio”
– ¿Vio ese que le dicen Foro? Uno de Rivera – me miró, y al ver que no me daba cuenta, agregó – El que tiene el almacén en frente a plaza Batlle. –
Ah, sí. ¿Uno medio de mi altura, bajito?
– El mismo. – dijo el tío – Si ese, Dios no quiera, pasa a mejor vida, usted no vaya en el cementerio. –

No entendía mucho, pero antes que le preguntara, el tío me sacó la duda.
– Porque se llama Nicéforo…-

Me gané un segundo rezongo, esa tarde. Porque esa vez no pude, ni quise, contener la risa

Cometas de nombre raro

Era una primavera bien ventosa y las cometas se veían por todo el cielo.
Las mirábamos con el tío; pasábamos rato, el mateando y yo jugando con alguna piedra o algo.
A veces conversábamos un poco, pero eran frases cortas, el tío tomaba mate despacio, casi siempre sólo, por eso mismo.
Había gente lo devolvía enseguida, como si el objeto de tomar mate en ronda sólo fuese tomar agua caliente con yerba.
Y hablaba poco mientras mateaba.

Yo había hecho un camino con tierra (tuve que darle un chirlo al Nippur, porque estaba meta oler lo que hacía y me desarmaba todo) y estaba jugando, cuando el tío dijo:

– Aquella cometa tiene la cola muy corta. – lo miré y agregó, señalando con el mentón – por eso hace esas piruetas.

Seguí su mirada, buscando aquella cometa, pero no hacía falta; había varias en el aire, pero sólo una daba vueltas, nerviosas.
Se hamacaba de un lado al otro, se hundía en el aire cayendo diez o veinte metros y se remontaba, veloz, a la altura de donde había caído.

– En cualquier momento se mete en una bajada muy fuerte y la tienen que recoger toda rota. –

Nos quedamos mirándola, en silencio, pero la cometa siguió su loco baile de subidas y bajadas sin que esa caída grande llegara.
El caminito de tierra me volvió a llamar y estuve moviendo piedras y palitos de un lado a otro, por un ratito.
Mamá siempre terminaba mi jornada con un baño, cada vez que hacía eso, pero valía la pena.
Con los palos hacía corrales de los que trasladaba rebaños de piedritas de uno a otro.
A veces, alguna se me escapaba y había que mandar al tropero a buscarla y llevarla de regreso al ruedo.

– Mirá, el tano – dijo el tío Gabino, casi para sí mismo. El tropero tuvo que esforzarse en llevar una vaca rebelde al corral, antes que pudiera distraerme en prestar atención al tío.

– ¿Cómo, don Ramos?
– Aquella cometa; – dijo, y volvió a señalar, esta vez con la bombilla – aquella la hizo el tano Vattolo.

Las cometas que tenía vistas eran todas, más o menos parecidas y de dos formas distintas; unas redondas, que se hacían con cuatro tiras de tacuara y unas medio cuadradas, que mamá decía que tenían forma de rombo.
Éstas se hacían sólo con dos tiras de caña, uno largo y otro más corto, como haciendo una cruz.
Como sólo tenían dos palos, todo el que quería aprender a hacer sus propias cometas, empezaba con ese tipo; daban bastante menos trabajo que las otras.

Esas eran las que conocía, había otros modelos, claro, pero eran las otras con algunos cambios o directamente, mal hechas.

Esta no, esta era totalmente distinta y, según mi experiencia en cometas, no podía estar volando.
¡Pero si ni siquiera cola! ¡¿Cómo podía volar una cometa sí no tenía cola?!
Era una estrella; no una cosa medio parecida a una estrella, no señor. Era una estrella.
Con cinco puntas y cortos flecos que salían de ellas.
Y volaba.
Aunque no pudiera creerlo, la cometa se elevaba tranquila, casi sin moverse para los costados. Subía como siguiendo un riel, derechita.

La que hice era una pregunta bastante tonta, y merecía una respuesta que fuera medio rezongo, pero el tío parecía entender tan poco como yo del porqué volaba esa cometa.

– La verdá no sé, mijo. El tano tampoco, si uno cree lo que dice (y no tiene porque no hacerlo), pero la cosa es que las hace. Una o dos por año, nada más, y las regala.
Y sus cometas vuelan, y son únicas, no hay manera de confundirlas.
En eso estaba de acuerdo, esa cometa era única.
Y sí me hubieran dicho que volaba mansa sin tener cola, no les habría creído, pero la estaba viendo. Mis ojos no mentían.

– ¿Pa, tío, y le podremos comprar una? – Yo había estado juntando, muy despacio para mi gusto, los vintenes que me regalaban de los vueltos. Pero al ver a esa cometa me dije que mi pobre chanchita tenía las horas contadas.

El tío Gabino me miro molesto – Pero usté se debe haber caído de la cuna cuando era chico. ¿No le digo que no las vende, que las regala? –
Sí, me había dicho, y estaba bien rezongado. Si le llegaba a decir que había pensado romper la chanchita, me ligaba un rebencazo y de vuelta estaría bien.

Me quedé mirándola callado, sin acordarme de mis corrales de tierra, llenos de vacas rebeldes.
Cuando mamá me llamó para adentro, acaricié a Nippur, que se había acercado y, mientras me pegaba manotazos en la ropa para sacar lo peor del polvo, le dije al tío.

– ¿Sabe qué? Me gustaría tener una, pero más me gustaría saber por qué vuela tan bien. –

El tío asintió en silencio. Ya estaba llegando a casa cuando lo escuché decir: A mí también.
Al día siguiente, el tío me dijo que le pidiera permiso a mi madre para hacer un mandado.
Mamá estaba fregando la olla de las conservas; era grande, vieja y pesada, se ponía directo sobre el fuego de leña y siempre terminaba llena de hollín.
Cualquier distracción era buena para robarle un segundo a un trabajo tan pesado, así que mamá dejó lo que estaba haciendo, se sopló un mechón de pelo que le caía sobre la cara y me sonrió.
Me encantaba que hiciera aquello con el pelo; fruncía un poquito la boca, soplaba y el mechón se acomodaba. Me hubiera encantado aprender a hacer algo así, pero los hombres no llevan el pelo largo.
Y dejarme crecer un mechón sólo para poder soplarlo era bastante bobo.
Me dejó ir, pero antes me pidió un abrazo. Nos dimos un abrazo raro, porque mamá tenía las manos y brazos tiznados (y era a ella a quién le tocaría lavar mi ropa cuando se ensuciara) y no quería mancharme.

El tío me esperaba en el portón. Nippur iba y venía, parecía nervioso. Hacía pocos meses que el tío me lo había regalado y ya éramos inseparables.
Dio unas vueltas y se agachó como para hacer de cuerpo; yo miré para otro lado, pero el tío enganchó los índices y, tirando de ellos, se los mostró a Nippur.
El bicho se paró y lo quedó mirando sin entender mucho.

“Jiejiejie” se río el tío, en voz baja. Y empezó a caminar, chiflando. Si largaba la carcajada, era un “Juajuajua”, bien clarito y que te hacía reír, aunque no supieras muy bien porqué.
Pero si me hacía alguna maldad de las de él, o me tomaba el pelo, se reía así; parecía un gurí chico.

– ¿Que fue, tío? –
– Si uno hace así, – volvió a enganchar los dedos y dar un par de tironcitos – el bicho no va de cuerpo; no hace.
– ¿Y eso que gracia tiene, pobre animal? – me sonaba medio raro, pero me moría de probar, a ver sí funcionaba.
– Pal bicho, garanto que ninguna – se encogió de hombros, como si tampoco fuera cosa seria y no pude menos que sonreírme.
A veces, el gurí chico parecía él.

Habíamos caminado dos o tres cuadras, cuando el tío me llamó la atención, había un perro en la vereda, olfateando todo y me dije que esa era la oportunidad de probar.
Nippur ya había hecho, pero lo habíamos dejado en paz; no era cosa de andar judiando al animal de uno, mire si se enfermaba.

El perro se fue a agachar, y yo medio le chiflé bajito. Cuando me miró, hice lo que el tío me había mostrado… ¡El bicho miró para otro lado, luego me miró de reojo y se levantó sin hacer nada!
Sorprendido, miré al tío Gabino y largamos la carcajada al mismo tiempo.
El pobre perro caminó media cuadra y se agachó de nuevo, mirándonos con desconfianza, pero lo dejamos aliviarse; con una vez era suficiente.

Poco después llegamos a un galpón grande, que tenía cinco o seis largas porteras apoyadas en el frente. Al otro lado de la entrada había algunas puertas y marcos de ventana.
Un ruido agudo venía desde adentro, luego vería que era una gran sierra que cortaba largos tirantes del tronco de un árbol; un pino, tal vez.
El olor de la resina se mezclaba con el del engrudo que usaban para pegar y el penetrante olor del barniz.

– Andá con cuidado que esto no es juguete, Julito. No te alejes y no toques nada. – asentí y el tío le habló a un muchachito que no alcanzaría los doce todavía y que, con muchísimo cuidado, pintaba una portera. A decir verdad, el gran portón de madera ya parecía estar perfectamente pintado, pero el muchacho se esmeraba como si la madera aún estuviese virgen.

– Buen día, mijo – saludó el tío – ¿El tano anda por ahí? –
– Sí, señor – dijo el muchacho mientras se paraba, se enderezó y soltó un gruñido cuando su espalda estralló. El tío preguntó si había sido una jornada larga y el muchacho sonrió – Pocos patrones tan bravos como el padre de uno. Ya se lo llamo. – agregó.

Oímos como la sierra se apagaba y al salir, poco después, el joven nos invitó a pasar. Lo último que vi antes de entrar, fue como miraba la portera con ojo crítico.
El galpón parecía más grande por dentro que por fuera, y en su penumbra cavernosa había maderas de muchos colores y tamaños diferentes, en pilas que llegaban casi hasta el techo.
Una pared estaba ocupada por un tablero enorme, donde colgaba todo tipo de herramientas. Siluetas pintadas en amarillo indicaban el lugar que cada una debía ocupar.
Si se miraba con atención, uno se podía dar cuenta que el desorden que parecía haber era engañoso.
Todo estaba ordenado y las cosas que se usaban más seguido, se encontraban bien a mano.

El hombre se alegró al ver al tío y hablaron un rato antes de acordarse de mí.
Me entretuve mirando las herramientas, las distintas maderas, el gran tronco del que la sierra cortaba tablones del ancho de mi puño.
Me quedé bastante quieto hasta que vi una pequeña montaña de aserrín; me acerqué y, sin poder evitarlo, hundí las manos, tomé una buena cantidad y aspiré el aroma de la madera.

Cuando volví a dejar el aserrín en su pila, el tío Gabino me miraba incrédulo, mientras que el tano lo hacía con una semisonrisa complacida.
Sonreí, culpable (pero nada arrepentido) y me acerqué; el tío hizo las presentaciones y el tano Vattolo sonrió de nuevo cuando le tendí la mano.
– Todo un caballerito, el señor – dijo mientras hacía desaparecer mi mano entre la suya. Antes de soltarme, pareció recordar algo y preguntó: ¿Que le dijiste a tu tío de mis pandorgas, ayer?
No sabía a qué se refería, y sentí la aspereza de sus manos alrededor de las mías; pero antes de ponerme nervioso, recordé la charla que, el tío y yo habíamos tenido la tarde anterior.
Pero ni muerto me acordaba de la palabra que usó el hombre para decir cometa.
– Le dije que me encantaría tener una, pero más me gustaría saber cómo vuelan tan serenitas sin tener cola.

El hombre me soltó y sonrió, sin decir palabra, se fue al fondo del galpón. El tío me acarició la cabeza y dijo: Pandorga, Julito. En Paysandú, y parte de Argentina, a las cometas las llaman pandorgas.

Vattolo volvió con una de sus cometas; una estrella. La hacía hamacarse, sosteniéndola sólo con dos dedos apoyados en las puntas de dos de sus rayos.

Me la dio, la giró un poco antes de hacerlo y me dijo: ya que te interesa más el secreto que la pandorga, vamos a hacer esto: Si descubrís cual es, te regalo una.
Antes de encender la sierra, señaló al tío Gabino y sonriendo, gritó: ¡Pero que ese viejo sinvergüenza no te ayude!

El tío salió y yo me quedé mirando la cometa, sin saber muy bien qué hacer. Para colmo, era incómoda de agarrar, se le daba por inclinarse para un lado.
El señor Vattolo no había hablado de tiempo, pero me molestaba estar ahí parado, como un bobo sin que se me ocurriera nada.
Me puse a mirar la carpintería y volví a darme cuenta que el desorden era sólo aparente.
Si aquí se cuidaban tanto los detalles, era seguro que el secreto de la pandorga debía estar muy cuidado, no se debía ver con facilidad, debía estar escondido.
Los flecos que caían de cada rayo de la estrella no alcanzaban ni por asomo a juntar el largo de una cola normal, eran más de adorno que de otra cosa.
Pero, en realidad, en uno de los rayos de los rayos no había flecos. El acabado era impecable, como en toda la cometa, así que el que no estuvieran, tenía un motivo, ese rayo era el de arriba.
Al girar la pandorga para que esa punta quedara en su lugar, me di cuenta de otra cosa, la manía de la cometa por girar, no se notaba.
Había algo que hacía peso, y, estando abajo, la mantenía derecha, no la dejaba girar.
Mi sonrisa fue creciendo a medida que me iba dando cuenta de eso; la cometa tenía unos pequeños contrapesos unos gramitos de plomo o algo, que la mantenían en la posición correcta.
Me asomé a la puerta, donde la luz era más fuerte, y me puse a examinar las puntas los dos rayos que quedaban abajo. Sí, ahí estaban, casi invisibles si no se los buscaba y el único lugar donde la terminación no parecía tan fina como en los otros extremos.
Había encontrado el secreto.
No se los veía, pero debajo de la piola que los cubría, debía haber dos pequeños pedacitos de plomo que mantenían la cometa derecha.
El tío me había visto sonreír luego de descubrir el secreto, se acercó, pero no le dije nada; simplemente, entré a la carpintería con la cometa sostenida en posición invertida.
Cuando Vattolo me miró, la dejé girar.

Una gran sonrisa iluminó y su cara. Apagó la sierra y se acercó…

Cuando volvíamos a casa, el tío hacía girar la pandorga (de ahora en adelante, sólo las llamaría así) y la miraba con respeto.

Y estábamos tan contentos en ese viaje de vuelta que no molestamos a ningún perro.