Zetting

– Finnegan, deberá hacerse cargo de su escuadra. – dijo el capitán Fortswithe – ¿Puede hacerlo o tendré que llamar a alguien más, chief?

No había “alguien más”; días atrás, los pacos y las ametralladoras pesadas habían diezmado el regimiento desde casi una milla de distancia. Por eso el capitán hablaba conmigo, apenas un cabo, para que dirigiera la artillería durante el ataque. Pero, aunque nuestros números fueran los correctos, habría aceptado sin vacilar; quería vengarme de aquellos bastardos.
El ataque a Zetting era apenas una manobra de diversión dentro de una ofensiva mayor que cubriría varias sectores del frente, sería la respuesta aliada a la ofensiva de las Ardenas. Los nazis nos habían tomado por sorpresa y el alto mando quería que pagaran la afrenta con sangre.

Observaba el pueblo desde una colina cercana. Nos habíamos dado de bruces con un habitante que huía aprovechándose de la confusión y nos había hablado de dónde estaban los alemanes y con qué equipamiento contaban. Con esa información había precisado dónde caerían mis obuses; llamé varias veces a la unidad meteorológica para cerciorarme de como estaría el clima a la hora del ataque; no quería que nada saliera mal.
De repente un reflejo en el campanario llamó mi atención. Duró menos de un segundo y apenas lo vi por el rabillo del ojo, pero estoy convencido de que estaba allí. Revisé mis notas y vi que la iglesia no era uno de los objetivos. Eso habría de cambiar, porque no había mejor lugar que la altura de su torre para instalar un nido de ametralladoras o para que un paco se apostará allí con su fusil de precisión.
Comuniqué las nuevas coordenadas a mis muchachos para que agregaran ese objetivo; un par de disparos de 105 serían suficientes.

Cuando llegó la hora señalada, me quedé pegado a los binoculares mié tras los obuses volaban sobre mi cabeza, me puse en marcha cuando vi que el campanario de la iglesia comenzó a desmoronarse tras un impacto directo.
Trepé de un salto al jeep que me aguardaba colina abajo y avanzamos en loca carrera tras la infantería que corría tras la cortina de artillería que se desplazaba barriendo todo a su paso. Había que tener cojones para hacerlo; a veces, la metralla y los escombros volaban sobre ti, pero si les dabas tiempo, los hunos se reponían y comenzaban a disparar ni bien levantaban la cabeza.

Llegué diez minutos tras la avanzada y la situación parecía ya de relativa calma.
– Los nazis abandonaron el pueblo ayer por la noche, chief. – dijo un soldado nada más bajé del jeep. – Sólo hay algunos heridos que se quedaron para cubrir a sus camaradas…

No sé cómo habría continuado, pero una mujer le interrumpió con sus gritos, mientras corría hacia nosotros.
– ¡Les enfants! ¡Les enfants, monsieur soldat! – no hablaba una palabra de francés, pero uno de los alemanes, alarmado, tradujo: los niños, se refiere a los niños!

Corrimos tras la mujer y al girar una esquina vinos cómo el campanario de la iglesia había caído sobre un edificio anexo a ésta. Uno de los muchachos corrió hacia mí, líneas claras marcaban sus mejillas, las lágrimas habían barrido el polvo, allí.
– La torre cayó sobre el orfanato, chief. Habían traído niños de toda la zona. –

¡Oh Dios, no! – pensé mientras corría. – ¡Por las dulces lágrimas de Cristo, no permitas que haya asesinado niños!

Nos lanzamos sobre los escombros, tratando de liberar a los pequeños. En un momento alguien, no recuerdo si francés, alemán o de los nuestros, levantó la mano y pidió silencio.
Sobre el tronar de los cañones del ataque principal, a cinco millas de allí, escuchamos el ahogado llanto de los niños atrapados bajo los escombros.
Luchamos contra los restos de las paredes derrumbadas, y, poco a poco, fuimos abriéndonos camino. El esfuerzo no conocía de bandos, pues aún los alemanes, con sus vendas ensangrentadas, se afanaban igual que nosotros.
Pero sus camaradas, que no sabían de nuestro esfuerzo, iniciaron un contraataque y el pueblo recibió su segunda barrera de artillería del día.
Milagrosamente, las cargas cayeron a nuestro alrededor mas no afectaron nuestro trabajo. Quedaba poco, ya, cuando empezaron a oírse disparos.
Muchos de mis compañeros huyeron, pero yo no podría haber vivido de haberlo hecho, así que me quedé, escarbando con mis manos desnudas, manchando de sangre cada escombro que tocaba.
De repente, una bala silbó sobre mi cabeza y otras más le siguieron como abejorros enfurecidos, me volví, tratando de tomar mi Garand cuando vi una granada volando en mi dirección.
La explosión me hizo volar por los aires, un retorcido trozo de metal asomaba de mis entrañas.
Antes de perder el sentido vi que los niños empezaban a salir por un hueco entre los escombros; uno de ellos clavó sus ojos en los míos, como si supiese quién era yo.
Ese es mi último recuerdo de la guerra…